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Al pico del Arenal desde Cogeces del Monte

28 julio, 2018

Se trata de una excursión por los páramos y valles de Campaspero y Peñafiel. Planicie casi perfecta encima de la capa caliza, y vallejos modelados por la acción del agua y del tiempo. La excursión no era más que dar una vuelta, sin rumbo fijo, pasando por Oreja, Langayo y poco más. Pero al llegar al pico o vértice geodésico del Brujo vimos a lo lejos dos mogotes, picos o tetones que sobresalían de la rasante de la paramera. Eran el pico del Arenal y el del Otero, cual dos hermanos bien avenidos.

Ahí tenemos que subir otro día, dijo uno

¿por qué no hoy?, contestó otro. Y allá que fuimos.

Iglesia de Molpeceres

Se levantan a 905 y 903 m de altura, encima de Molpeceres y sobre el arroyo que viene de Fompedraza, frente al pico del Moño, del que los separa un tajo de 100 m de profundidad. Es un buen lugar para observar el entramado de páramos, cerros y picos que se yergue sobre el Duero, el Duratón y sus arroyos. O para observar los buitres que anidan y descansan en sus verticales paredes de caliza. Abajo, Molpeceres con su hermosa iglesia, parece dormir la noche de los tiempos. O del tiempo contemporáneo, mejor dicho.

A este pico llegamos desde Fompedraza. El último tramo estaba impracticable debido a que los cardos, con las abundantes lluvias de primavera y las tormentas de verano se han crecido, y no respetan ni al ciclista -pinchos en los puños- ni a su burra, pues llegan a hacer resbalar la cadena sobre los piñones, al meterse por medio. La bajada -en directo hasta la iglesia de Molpeceres- fue casi vertical. Pero puede decirse que nos fue parando la maleza para no desplomarnos por el tremendo cantil. O casi.

Cantiles de los buitres bajo el pico del Arenal

¿Qué más? Pues que para estar a 21 de julio hacía un agradable día. Nada de calor. Brisa fresquita en los páramos. En el valle, si te parabas, notabas también fresco al cabo de un rato. Sol al comenzar; se acabó cubriendo a media excursión. Pues eso: nos pareció una agradable jornada de finales de abril.

Salimos de Cogeces en dirección sur buscando la mítica cañada de la Yunta. La acabamos encontrando después de cruzar campos en los que se cosechaba bien cebada, bien ajo. Y nos llevó hasta los restos de Oreja que se encontraban como en los últimos 40 años pero llenos de maleza. Las piedras de los muros están unidas como por un cemento especial que las hace mantenerse si los humanos no actúan para llevárselas como ocurrió, por ejemplo, no muy lejos de aquí con la Pared del Castro. También nos acercamos a la fuente de Oreja, que manaba como pocas veces, en un valle que parecía haberse olvidado de entrar en la estación veraniega.

Oreja

De nuevo a rodar, esta vez cuesta abajo, hasta la fuente de Vacentollo, entre el camino y un campo de cereal bien cuajado. Bella estampa en otro húmedo vallejo.

Otro poco más y llegamos a Langayo. Parada en la fuente de tres caños y en el humilladero del Cristo y salida, cuesta arriba, hasta los corrales del Brujo, ya arriba. Y de nuevo ante la amplitud del cielo. Nos acercamos al vértice del Brujo para contemplar mejor el paisaje. Retomamos por unos metros la cañada de la Yunta y nos desviamos hasta el embalse de Valdemudarra.

Embalse

Sus aguas estaban de ese color entre verde y azul que tanto contrasta con las tierras pardas y amarillentas del páramo. Dulcifican el paisaje austero -y más en verano- de Castilla. Por eso, es un descanso para la vista. Pero no hacía calor, ya lo hemos adelantado, y a pesar del ejercicio ciclista, no apetecía el baño. En la superficie saltaban las carpas y nadaban -con sus crías- fochas y patos de diferentes especies. En lo más alto, un águila real parecía vigilarlo todo.

Bajamos por el valle del embalse hasta un crucero donde tomamos la colada de Pajares en dirección sur, con una breve parada en los majuelos de la Asperilla para visitar los restos de una cuca casita de servicio que todavía conserva en sus paredes los resultados de algunas vendimias de mediados del siglo pasado con simpáticos dibujos.

Aquí podemos ver los resultados de la vendimia de 1953 en la Asperilla: mayoral, Rufo; mulero, Fernando; 9 vendimiadores; se extendió del 8 al 16 de octubre, con un día de lluvia (el 9), y se recogieron 244 comportas.

En Aldeayuso, como siempre, no dejó de llamarnos la atención el pico en forma de cuchilla que se dirige hacia el pueblo y que alberga las cuevas… pero no subimos. Nos conformamos con acercarnos a ver los restos de la vieja iglesia, construida en el siglo XVIII. Su nave está cubierta de maleza y sólo resta por caer la bóveda de la cabecera. Pero en las calles del pueblo se celebrarán, a primeros de agosto, las fiestas de los santos Justo y Pasto, titulares que fueron de lo que hoy es ruina. Es lo que queda de tiempos pasados. No le demos más vueltas.

En el Arenal

Al lado, la sencilla y hermosa iglesia de Molpeceres dedicada a la Asunción, libra una pelea a muerte con el tiempo y los hombres de nuestro siglo. Situada en un lugar inmejorable, junto a una umbría alameda y a los pies del pico de los Arenales, su entorno se ha llenado de maleza y con dificultad subimos las escaleras para acercamos a la puerta y al ábside románico. Otros detalles son góticos y la sólida torre, de dos cuerpos, completa el conjunto. Lo pasó mucho peor a finales del siglo pasado, cuando perdió toda su techumbre y fue reconstruida. Esperemos que termine por salir airosa de su personal crisis.

De Molpeceres subimos al páramo por el Camino Real Viejo, y nos encontramos con el vergel de la fuente del Cáliz, que en realidad son dos fuentes con sus manantiales respectivos, uno a cada lado del camino. Ya casi en el páramo, descubrimos otro manantial. Ya se ve que este año han surgido muchos de los antiguos hontanares.

En Fompedraza

En Fompedraza, además de visitar su iglesia, paramos en su fuente, extensa como pocas por sus amplios lavaderos. De aquí nos fuimos al pico del Arenal, como hemos visto y en Molpeceres pusimos rumbo al fin de la etapa de donde también habíamos salido. No pudimos volver en línea recta, de manera que dibujamos un zigzag en la cuadrícula de caminos de concentración, hasta que caímos en Cogeces por el barrio de las bodegas.

Aquí podéis ver el recorrido, de 65 km.

El pico de las Cuevas

23 julio, 2010

Va a ser ésta una excursión muy fresca,  ideal para jornadas estivales o calurosas. Tendremos a nuestra disposición las aguas trucheras del Durantón para pegarnos un baño reparador, y los altos páramos de Olmos y Fompedraza, donde siempre sopla una brisa que refresca al acalorado ciclista.

La salida de Peñafiel -y subsiguiente subida al páramo- la hacemos por cañada de la Yunta, viejo camino ganadero y medieval que unía esta villa con la de Cuéllar y que cruza la paramera por tierras de labor, algunos montes y lugares mágicos como Oreja y Minguela, que ya conocemos.  El camino de subida es amplio, cruzamos una granja y pasamos entre algún almendro y restos de vallas de piedra por el barranco de Carralpozo. Pero al llegar arriba dejamos la cañada  para desviarnos por los corrales de Sebellares -inundados de maleza por el desuso- en dirección a Aldeayuso.

Aquí nos dirigimos a visitar algo curioso: el pico de las Cuevas, que se levanta tras la vieja iglesia arruinada. Por cierto, que aquí veremos algún mochuelo o alguna lechuza; el lugar es tan tranquilo que duermen o anidan entre sus huecos.  Conforme nos acercamos al cerro, aumenta la cantidad de brillantes espejuelos en forma de  puntas de flecha. Y vemos una pared vertical con cuevas a diferentes niveles. Aunque hemos preguntado a varios vecinos, ninguno estaba seguro del origen de estas cuevas –siempre estuvieron ahí– pero parece claro que se trata de antiguas explotaciones -más o menos familiares- de yeso. Buen sitio para contemplar el vallejo resguardados del viento o de la lluvia.

Si continuáramos por el valle, pasaríamos por Molpeceres, pueblo casi arruinado, y acabaríamos asuso, en Fompedraza, con su enorme antena al lado de un diminuto crucero, pero también con su recién restaurada iglesia que exhibe unos increíbles frescos góticos. Su alcaldesa lloraba al presentarlos. Eso le honra, a ella y al pueblo por ella representado. (Aldeayuso es aldea de abajo)

También veríamos las blanqueras que caen del páramo, y algunas paredes donde se atreven a descansar los buitres, y quién sabe si a anidar. Pero vamos a subir de frente, por la ladera opuesta a donde se encuentra Aldeayuso. Y tras la fuerte  subida, atravesamos un páramo con suaves ondulaciones y restos de corralizas. Si nos acercamos hacia el Este, contemplaremos el amplio panorama del valle del Duratón. Pero dejemos aquí la narración para continuar en la entrada siguiente.