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¿Primavera?

17 enero, 2016

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La verdad es que hay flores en el campo, muy pocas, pero demasiadas para estar en enero… Hoy mismo hemos visto un almendro floreciendo. El pobre debió empezar a echar flores hace dos o tres días y le ha pillado de lleno la helada de estas dos noches. Pero ahí estaba, resistiendo, en Laguna de Duero, junto al Canal.

¿Todavía no ha llegado el invierno o ha empezado ya la primavera? El tiempo lo dirá.

Lluvia y sol en los majuelos

28 marzo, 2013

La seca

Había amanecido gris y habíamos llegado a La Seca. El cielo estaba cubierto de esa masa informe y gris que amenaza agua. Sin embargo, como el aire no estaba en calma, sino que soplaba un viento mas bien fuerte, tampoco presagiaba lluvia; antes habría de calmarse el viento. Empezamos a rodar por unos caminos con un firme nada firme. Las ruedas se pegaban al suelo y costaba avanzar. Iba a ser la tónica de todo el trayecto. La bicicleta buscaba el centro de los caminos, o la orilla, para avanzar por la hierba y pegarse menos al barro, ¡y mira que la hierba es pegajosa para el caucho de las cubiertas! Pero aguantaba sin llover.

¿Sin llover? Pero al oeste ya se ven chubascos. Y avanzan hacia nuestras posiciones. Parece que saben donde estamos.

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Efectivamente, a ponerse el chubasquero. Divisamos Medina del Campo desde el alto donde estuvo la ermita de San Cristóbal (¡qué forma de construir muros tan curiosa, mezclando ladrillo, cantos rodados y argamasa!), hoy podríamos llamarle el alto de las antenas de telecomunicaciones.

Para un poco de llover, nos secamos y vemos que la nube meona que ahora nos persigue es mucho más grande y fuerte que la anterior. Menos mal que tenemos a un tiro de piedra un pinarillo de reciente plantación con tres enormes y densos pinos. Unos de ellos, con su verde cúpula en vuelo sin destino sostenida por una rugosa forma que de tierra asciende -son decires del poeta Luelmo- nos guarece y nos sirve de observatorio para contemplar el paso del aguacero. Agua, claros, agua, sol, agua… y así sucesivamente.

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Dejamos nuestro pino protector sabiendo que cualquier nube podrá descargar encima de nosotros y subimos de nuevo –pero por otro camino-  la cuestecilla que separa las tierras de Medina de las de Pozaldez. ¡Qué gran panorama se abre ante nosotros: al sur llanuras dominadas por el castillo de la Mota, al oeste las altas torres de San Boal y Santa María, y al norte las ruinas del castillo de Pozaldez! Aquí abundan los cantos rodados mas que las arenas limosas de donde venimos. El sol sigue luchando con las nubes y el paisaje no puede ser más vivo, luminoso y claro, pues las aguas han limpiado el ambiente y el cielo es de un azul intenso.

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Un paréntesis para decir que las cunetas de nuestros caminos están salpicadas de margaritas, dientes de león e inundadas de zapatitos de la Virgen, esa pequeña flor morada. Y nunca habíamos visto tantas liebres –muchas emparejadas- en sólo unas horas.

Caemos por un antiguo camino escoltado de viejísimos almendros, recién enyerbado, que nos conduce hasta un pinar que parece nacer de un prado. Un poco más abajo, la fuente de Aguanverde, cuyo segundo pilón se encuentra sumergido en agua, de tanta que ha manado o caído, o de las dos.

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Pozaldez desde el olivar

Y enfilamos hacia Pozaldez, dejando a la izquierda el pinar y a la derecha la suave caída hacia el Adaja. Pasado el pueblo nos detenemos a observar un momento su luz y sus torres desde el olivar, brillante como pocas veces.

Ya en bajada hacia La Seca nos sorprende –sin sorpresa- un último aguacero pero después… después sale de nuevo el sol entre nubes, y un completo arco iris nos escolta entre campos de grava y viñedo, como si hubiéramos pasado bajos sus colores. Al terminar, un solitario almendro, nos saluda antes de terminar el viaje:

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Almendro en el majuelo

Como seco pastor de la llanura,
sin más sangre que savia contenida,
se te nace una flor en cada herida
que marzo abre y llena de blancura

 (Al decir también del mismo poeta)

Nunca comenzamos un trayecto tan gris y nunca lo terminamos tan luminoso. Cosas de la primavera recién estrenada. Moraleja: siempre merece la pena salir en bici. Y ya que estamos en La Seca, ¿estrenamos un verdejo?

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Árboles en invierno

21 diciembre, 2008

¡Qué colores y tonalidades muestran la mayoría de los árboles de nuestros campos en otoño! Incluso en verano, cuando todo es fuego, se agradece acogerse –relativamente fresco- bajo la sombra de un álamo.

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En invierno los árboles también tienen su encanto. Vemos perfectamente como se van adelgazando desde el inicio del tronco hasta el final de sus extremidades, las ramas. A veces se dividen en cientos, miles, de pequeñísimas ramificaciones.

Todos distintos, todos diferentes, pero todos siguiendo a su manera la misma regla. Se les ve mostrando su perfil. El color, ahora, es lo de menos. Nos muestran, por encima de todo, la forma. El color y tono los apreciamos más bien en verano o en otoño.

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Los más llamativos son los robles. Claro que para observarles delgados es preciso a que entre de verdad el invierno. Bien porque ya estemos en fechas invernales o bien porque las heladas sean una realidad persistente… aunque el calendario señale sólo el otoño. Los robles se esparcen enviando sus ramas hacia todas las direcciones. Los almendros se dirigen, más bien, hacia arriba. Los álamos envían hacia arriba las ramas principales y las demás varían…

almendros

Y luego están las encinas y los pinos, que no sueltan su hoja en invierno. Como si fueran más tímidos, la van reponiendo a la vez que de ella se desprenden. Pero en invierno su vestimenta brilla más gracias a las lluvias, al viento y al frío.

Además, todos se adornan con musgos y líquenes que mantienen en razón a la humedad del invierno.

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De manera que en nuestras salidas invernales podemos estar especialmente atentos a estos seres vivos tan peculiares y distintos a los humanos… ¡Qué paciencia la de los árboles, siempre sin moverse del sitio en el que nacieron!

También puedes ver árboles en otoño.