El espigón del Bajoz y los vados del Hornija

Pedrosa del Rey se asienta sobre un llano, al lado justo de los últimos picos y mesas del páramo de los Torozos. De una de estas mesas o paramillos, llamada precisamente de las Canteras,  se ha venido extrayendo la piedra caliza que vemos en las construcciones de la localidad. En otros picos, como los de las Atalayas, sus cárcavas dejan ver las diferentes capas de que están formados… Nunca es mal momento para una lección práctica de geología.

Salimos hacia el oeste, por el camino de la ermita y su fuente donde vemos tapias y traseras que no cierran ya nada.

Aspecto del valle del Bajoz

El camino que seguimos, siendo uno, nos lleva por todos los posibles caminos de la provincia. Me explico. Por unos cientos de metros está seco y, por tanto, duro, se rueda con facilidad y de manera descansada. Luego, en otros tramos está empapado de agua y el firme es como de arena: la consecuencia es que las ruedas de la bici parecen hundirse y ¡cuesta tanto dar pedales! cada metro que recorremos es de una dureza inusitada, como si fuera una subida de máxima pendiente… Pero luego aparecen unos cuantos metros en los que está cubierto de durísimo hielo, te juegas la vida; un resbalón puede tener nefastas consecuencias. Poco después, hay que bajarse de la bici porque la rueda se clava en la nieve blanda. Pero enseguida transitamos por una nieve dura, apisonada por los tractores, por la que se rueda como nunca. O todo es un charco inmenso, una gran laguna. Y así continuamente… Esta tónica no fue sólo del primer camino, hacia el oeste, sino de todas las pistas y senderos que recorrimos en esta excursión de 30 km.

Río Bajoz. Al fondo, el depósito de agua.

Tras recorrer los seis primeros kilómetros, caímos al curioso y agradable valle del Bajoz, que forma una cinta de tierra llana para el cultivo entre colinas no muy elevadas. Estaba medio helado y llevaba agua, pero no la suficiente como para impedir atravesarlo con decisión de un salto en su zona más estrecha.

Después, subimos hasta un depósito –torre que se ve en varios kilómetros a la redonda- con su captación de agua. Seguramente antaño hubo aquí una fuente o manantial. Estamos sobre una especie de espigón entre el Bajoz y el aroyo del Valle, y lo seguimos hasta su punta que anuncia la confluencia de ambos. Curioso lugar, si bien toda la poesía se la ha llevado, sin duda, la autovía que cruza casi por el mismo pico del espigón. Estamos en una comarca de cantos enormes que, aunque vistos muchas veces, no dejan de llamar la atención por su tamaño, forma y colores. Difícilmente los encontramos en otras comarcas de la provincia.

Camino entre valles

Del cauce del Bajoz nos acercamos al del Hornija. Este río ya es otra cosa: es más ancho y lleva más agua que el primero. El molino cercano a Villaester de Arriba es una mole inmensa en medio de la vega. Conserva parte de la balsa y en el cárcavo restos del rodezno. ¡Imposible cruzar por el vado! En bici, el agua nos llegaría casi a la rodilla. Y no es agradable pasear con los pies helados y mojados.

Cárcavo del molino

Volvemos a aparecer unos kilómetros más arriba: aquí los vados están cubiertos de hielo y la corriente pasa por debajo. Además de mojarnos bien, el peligro aumenta debido a que un resbalón en el hielo puede significar, además de un buen golpe, una mojadura completa. Así que lo dejamos hasta encontrar un puente por el que atravesamos el infranqueable Hornija invernal.

Vado helado

Seguimos por su orilla derecha y vemos cómo la superficie del río está helada en totalmente helada en algunos tramos, mientras que el otro el agua discurre por el centro, manteniéndose heladas las orillas. De lejos, ya en el término de Villalar, vemos los restos del Molino Nuevo, pero no nos acercamos.

Finalmente entramos en Pedrosa por la torre de Santa Cruz y aprovechamos para contemplar algunos edificios que muestran la esencia de lo que  fue la arquitectura popular de esta zona peculiar donde abunda el barro y la piedra. Uno de ellos, frente al pósito y dos viejos carros restaurados, siempre nos llamó la atención por su curioso soportal en madera que mantiene una galería superior con barandilla de curiosos adornos.

Entre Villalar y Pedrosa, donde las estribaciones del páramo desaparecen

Agradable excursión si no fuera por el fuerte viento que soplaba del oeste. Aun así, como siempre, mereció la pena. Amenazaba lluvia, no cayó ni gota y, sin embargo, entre las nubes se colaron bastantes rayos de sol. Era el undécimo días después de la ventisca y aún permanecía la nieve en caminos y ventisqueros, como puede apreciarse en las fotografías.

Hornija con hielo en las orillas y corriente en el centro

El misterio de los ríos Bajoz y Hornija

 

Desembocadura del Hornija

En la entrada anterior comento que nos acercamos a ver la presa o central de Toro desde la orilla derecha del Duero. Pues bien, para ello tuvimos que cruzar (y descruzar en otro punto) una especie de arroyo o zanja, de cauce profundo, con agua y ligerísima corriente, que dibujaba una línea en forma convexa desde el río, típica de un brazo: desembocaba en el Duero y parecía venir de él. Y tal vez así fuera, pues podría de una antigua orilla del Duero que se inunda en las crecidas. Estas formaciones –entre un brazo y el río- vemos que abundan entre Tordesillas y Zamora y lleva el nombre de Isla, porque sin duda lo fueron. Este brazo venía acompañado por un tupido bosque de ribera.

Aspecto del ‘brazo’

Ahí lo dejamos y seguimos avanzando por el camino que traíamos, paralelo y cercano al Duero, hasta toparnos con la finca de Villaguer, donde tuvimos que girar hacia el norte pues estaba prohibido el paso. Nos desviamos hasta el canal de Toro cruzando y luego  cruzamos por encima de los ríos Bajoz y Hornija, de forma que al llegar a éste, le acompañamos primero hasta su confluencia con el Bajoz –bajo la atenta mirada de las vacas del caserío de la Rinconada– y después hasta su misma desembocadura. Fue difícil asomarse a sus aguas, pues una intrincada valla de tamarindos, sauces, chopos y zarzas, y de carrizo en las mismas aguas, le acompañaba. Tampoco tampoco pudimos contemplar bien la unión con el Bajoz –a un palmo de nuestros morros- por la maraña vegetal.

Pero conforme nos acercábamos al Duero, la vegetación era menos asfixiante y el nivel del agua subía. Bueno, más bien parecía subir, pues eran las aguas del Duero las que entraban en el cauce del Hornija debido a que están elevadas a causa de la central de Toro que, por cierto, se ve desde la desembocadura.

Mapa actual

Por si fuera poco, unos 300 m aguas arriba de la confluencia, un arroyo, acequia o brazo desembocaba, a su vez, en el Duero. Se trata de una zanja parecida al primer cauce descrito, pero con menos arbolado y abundante carrizo y cañaveral y con entrada casi perpendicular al Duero.

Hasta aquí la realidad de las cosas, o sea, del paisaje, pero cuando miramos el mapa nos empezamos a sorprender.

Mapa de 1929

Así, un mapa de 1929 señala al Hornija, una vez recibido el Bajoz, discurriendo por el primer brazo citado. O sea, que en esa época torcía 90 grados al noroeste y ocupaba dicho cauce, lo cual significa no sólo que ha cambiado de desembocadura, entrando entonces suavemente en el Duero, sino que su recorrido se ha acortado dos kilómetros.

Y el otro arroyo o brazo señalado 300 metros aguas arriba bien podría ser una desembocadura anterior del Hornija, directa al Duero, sin recibir al Bajoz, que lo haría por separado en la actual del Hornija o, incluso, en la primitiva.

El Duero desde la desembocadura del Hornija

No he visto más mapas, salvo los citados por Sánchez del Corral en su trabajo Geomorfología del dominio fluvial del Duero en el sector de Toro (2007) Aquí traigo uno: parece que, efectivamente, pudo haber otro momento (mapa de la provincia de Zamora de 1863) en el que Bajoz y Hornija desembocaron por separado en el Duero.

Mapa 1863

Y todo esto se complica un poco más si consultamos la actual web de la Confederación Hidrográfica del Duero al mencionar una de las masas de río en el vigente plan hidrológico (2016-2021):

Arroyo Valle del Monte hasta confluencia con el río Bajoz, río Bajoz hasta confluencia con el  Arroyo Valle del Monte hasta río Hornija, y río Hornija desde confluencia con río Bajoz hasta confluencia con el río Duero.

Esta masa tiene una longitud de 21,27 km, una cuenca de 1002,45 km2 y una aportación media de 48,7 hm2 al año. Está catalogada como muy modificada desde 2013 (Alteraciones morfológica e hidrológica). Y este es su esquema o mapa:

En resumen: que los actuales Bajoz y Hornija parecen poseer tres , seguramente, desembocaduras diferentes en el río Duero, que llevan sus aguas, bien directamente o por filtración. ¡Quién lo diría, de ríos tan humildes que nacen en el corazón del páramo de Torozos!

A la derecha pasa el Hornija

Seguramente los cambios se deban a la fuerza y movimiento del Duero por efecto de sus crecidas. Los romanos sabian que los ríos grandes modificaban a veces las propiedades ribereñas, lo que estaba regulado en su derecho. Sin duda el Duero sigue jugando con sus afluentes.

 

 

 

Tesos de Villamor

El páramo de los Torozos se deshace hacia el oeste en cuestas redondas, tesos, cerros, motas y colinas. A ello contribuyen especialmente los valles del Hornija y del Bajoz que, si bien en sus nacimientos solo arañan la paramera, luego la tajan hasta que, finalmente, la disuelven en una llanura baja y suavemente alomada.

Los tesos de Villamor han sido esculpidos por el río Bajoz, el arroyo Daruela y las regueras que desembocan en ambos, provenientes de los barcos que forma el cercano páramo. Su nombre se lo deben a Villamor, despoblado entre Mota del Marqués y San Cebrián de Mazote del que sólo quedan unos corrales y las ruinas de un molino harinero.

San Cebrián

Así que nos dimos un paseo corto desde San Cebrián aprovechando la cañada de Valcaliente pero desviándonos de ella para asomarnos al valle del Bajoz desde el cerral. Antes pudimos visitar las ruinas de algunos palomares y chozos de San Cebrián. Los tesos, de yeso, hoy aparecen vestidos de verde gracias a los pinos plantados en el siglo pasado para sujetar las laderas y evitar que el yeso y las margas enfangaran las tierras de cultivo en épocas de lluvias más o menos torrenciales. Antes nos ofrecían una imagen blanca, a la vez que áspera y austera, que hoy se ha dulcificado.

Valle del Bajoz

El páramo termina en el teso de la Portilla, portilla que está entre éste y el de Villamor. Y este último es una buena atalaya para contemplar el valle del Bajoz, que aquí se ensancha hasta formar prácticamente una llanura. Al este, vemos el perfil de Tiedra sobre el páramo enrasado y hacia el sur, Mota del Marqués..

Volvemos hacia San Cebrián intentando descubrir la fuente del Pintor. Pero ya no existe; sólo quedan algunos juncales y zarzales que señalan donde antaño manaba agua.

En los corrales de Arévalo

Nos vamos ahora al páramo de la otra orilla, la derecha, del Bajoz. Primero subimos y bajamos cruzando vallejos y regueras, hasta llegar al monte de San Manuel, un monte privado que, a Dios gracias, tiene las puertas de los vallados abiertas y se puede pasar sin problema. Salvo que haya ganado, en cuyo caso estarán cerradas. El monte es de encinas jóvenes. Acabamos, antes de bajar, visitando los corrales de Arévalo, que no dejan de ser curiosos por su disposición y (restos de) chozo.

Aquí tenéis el trayecto.

Y el valle del Bajoz

Tapias, verdaderas murallas, de la Granja
Tapias, verdaderas murallas, de la Granja

Viene de la entrada anetrior

Buscamos agua en el recinto de la Santa Espina, pero las fuentes se habían helado. Aun así, se estaba bien entre los murallones del viejo monasterio disfrutando de un tímido sol bajo gélidas nubes que daban frío sólo con mirarlas.

Y nos topamos con el Bajoz, que viene de ver la luz en la fuente de las Panaderas, en pleno páramo, recibe las aguas medicinales de la fuente de la Salud y pasa por Castromonte, donde bebe otros manantiales. Desde esa localidad hasta la Espina, le daba tiempo a mover dos molinos y a formar un embalse tan pequeño como hermoso. Luego se aleja para atravesar San Cebrián, Mota del Marqués, Villalbarba y Casasola, y desembocará en el Duero junto con otro río que también nace casi hermanado con él, el Hornija, de La Mudarra. En total, recorre 53 km, aunque es un arroyo seco en verano más que un verdadero río…

Monte y campo en el valle
Monte y campo en el valle

Justo en la puerta del monasterio tomamos un simpático camino por la orilla izquierda del río, adornado, de vez en cuando, por hileras de chopos y sauces aislados. A nuestra izquierda dejamos el camposanto del poblado de la Santa Espina. En la orilla derecha, los restos de un antiguo molino. Un poco más allá, enormes piedras que parecen haber caído rodando desde lo alto del páramo.

Y un amplio valle, tranquilo y verde que tiende a ensancharse. Abajo cultivan los agricultores sus tierras y, arriba, por las vargas rebosan las encinas y robles del páramo. El lugar no puede ser más apacible, olvidado y hermoso; se comprende bien por qué fue elegido por los monjes cordobeses para levantar un monasterio, y más tarde por la infanta doña Sancha y los monjes de Claraval para fundar la Santa Espina.

Balsa helada, en las Arcas
Balsa helada, en las Arcas

Nos paramos a ver la Granja, con su viejo edificio y su terreno protegido por murallas. Bajo un enorme sauce buscamos una fuente que ha desaparecido. Cerca, un molino restaurado parcialmente que parece surgir de manera repentina. Seguimos pedaleando por la ladera, entre ramas de pino que pretenden frenarnos, hasta llegar a la fuente de las Arcas, entre una balsa helada y un simpático puente de madera.

El páramo, antes de bajar a San Cebrián
El páramo, antes de bajar a San Cebrián

Rodamos un poco más casi a campo traviesa hasta tomar el camino que sube a la ermita del Cristo de Santas Martas, con su estanque, merendero, fuente y su enorme moral, lugar que ya conocemos bien, siempre adecuado para recomponer fuerzas.

Subimos al páramo –monte de molinos de viento- para bajar, último tramo y a tumba abierta, hasta San Cebrián. Nos acercamos al pozo donde un burro movía la noria y damos por terminada la excursión de hoy, fresquita como pocas.

El guiño de San Cipriano
El guiño de San Cipriano

Cañada de los Aguachales, en Castromonte

Robles en el monte
Robles en el monte

Los alrededores de la Santa Espina son especialmente agradables para el paseo y la observación de la naturaleza; gracias a la labor de los monjes del monasterio, todavía podemos contemplar algo de lo que fue este extenso monte de encina y roble que en otros tiempos cubrió todo el páramo y parte de Tierra de Campos.

El embalse del Bajoz es bien conocido tanto por senderistas como por pescadores. Hace unos tres días hemos dado un paseo por sus alrededores, en concreto por la Cañada de los Aguachales.

El embalse, helado
El embalse, helado

Realmente, esta cañada nace junto al monasterio de la Santa Espina, recorre su tapia oeste –hoy carretera-, sigue junto al camino del embalse y, después de pasar junto al molino de Romano y antes de llegar a la presa, se desvía hacia el norte tomando un vallecito de fondo más bien llano y verde suelo.

Antes de entrar en el valle disfrutamos del principal, que es el del río Bajoz: robles, chopos, álamos, encinas, alegran el paso del caminante o rodador. Hay que decir que hemos de olvidarnos de aquellos robles y encinas enormes, conocidos como talayas o atalayas por su altura. Eso es historia. El monte actual –lo que de él queda- es de matas y arbolitos, gracias a lo cual todavía pueden vivir jabalíes, conejos y zorros. Veremos algunos robles de tamaño medio, y gracias.

Robles en la ladera
Robles en la ladera

Volvemos a la cañada. Ascendemos muy suavemente, casi no lo notamos. A nuestra izquierda un monte de pinos, a nuestra derecha el pradillo que forma el valle, separado de nuestro camino por una hilera de matas de roble que a estas alturas del año han perdido totalmente la hoja, por lo que nos amedrentan con sus fantasmagóricas ramas cubiertas de musgos y líquenes.

Llegamos a un punto en el que el camino se hace llano, sin pendiente, y en el valle vemos un extenso juncal. Ahora entendemos el nombre de la cañada, pues estos son los aguachales que la bautizan.

El camino "protegido"
El camino «protegido»

Subimos de nuevo un poco más y vemos, en la suave pendiente de la ladera, los restos de unos amplios corrales, señal de que esta zona del monte se aprovechaba por el ganado. Aquí descubrimos también los restos de un hermoso camino, limitado por vallas de piedra caliza, que sube hasta el páramo. Aunque está invadido por la maleza, podemos contar su existencia… todavía.

Al llegar arriba se extiende una pradera llana salpicada de robles y encinas, algunos de buen porte. De nuevo los robles, desnudos, impresionan: bien podíamos encontrarnos en un bosque de de brujas, escondidas tras las matas y entre las nieblas invernales.

Palomar en el Molino Nuevo
Palomar en el Molino Nuevo

La vuelta podemos hacerla por el embalse: otra cañada nos llevará hasta Castromonte salvando un espacio diáfano para tomar otro precioso camino, también protegido por viejas vallas de piedra, por la orilla izquierda del Bajoz. O bien tomar el antiguo camino de las Carreterías, que aprovecha los límites de este término municipal con los de Villabrágima, Tordehumos, Villagarcía y Urueña, y tomar la dirección de la Santa Espina al cruzarnos con alguna de las carreteras o caminos paralelos a ellas.

Camino junto al Bajoz
Camino junto al Bajoz

 

San Román de Hornija, o el descanso de Chindasvinto

San Román de HornijaSan Román se extiende por una ladera que mira hacia el oeste y cae hacia el Hornija, no lejos del amplio valle del Duero. Por su término municipal también atraviesa el río Bajoz. Hoy sus tierras sostienen muchas y buenas cepas de la Tinta de Toro, que dan un excelente caldo, modernas bodegas envejecen el mosto y el pueblo parece vivir una nueva pujanza económica donde las ruinas sólo se ven, por desgracia, en la vieja casa prioral. Pero vayamos por partes.

Los orígenes de San Román se pierden en la noche de los tiempos. En el prado de la Requejada ha escondido tres esqueletos de la edad del Bronce durante milenios. Y tuvo sus tiempos romanos, a juzgar por la columna que vemos en la iglesia.

Viñedo
Viñedo

El descanso de Chindasvinto

Vayamos ahora al priorato de los benedictinos, edificio del siglo XVIII -que se está cayendo al lado de la iglesia- donde vemos cinco columnas y tres capiteles mozárabes, en mármol, que nada tienen que ver con la austeridad castellana. Y es que precisamente aquí quiso descansar el rey Chindasvinto -¿qué tendría este lugar?- junto con su esposa -¿o hija?- Reciberga. Lo cuentan las fuentes y lo ratifica la tradición, y aún podemos ver restos en una capilla-museo de la iglesia.

No queda nada de aquel primitivo monasterio de Chindasvinto, enterrado aquí en el año 653. Se debió de construir otro mozárabe hacia el siglo X, que tal vez fue destruido por Almanzor y volvió a ser reconstruido hacia el siglo XI. De siglo IX-X vemos una piedra con inscripciones funerarias en el muro de una capilla del siglo XVIII que da precisamente al pórtico del priorato.

Casa del Priorato benedictino
Casa del Priorato benedictino

Y hacia el siglo XVI el antiguo templo fue demolido para construir el que hoy vemos.

En el siglo XIX el obispo de León Joaquín Barbagero, hijo del pueblo, coloca la famosa inscripción del texto compuesto por San Eugenio de Toledo para Regiberta, que leemos en la iglesia, junto a los restos de los reyes.

Capitel mozárabe
Capitel mozárabe

Todo esto parecen trasmitirlo las piedras. A juzgar por las columnas, capiteles y otros restos que se conservan en la capilla, ¡qué hermosura debió tener el monasterio mozárabe: lo nunca visto en Castilla! Incluso los estudiosos se atreven a decir, por los restos que quedan, que fue el más magnífico de los mosnasterios mozárabes leoneses.

La bodegas

Cruzando a la orilla opuesta del Hornija por el puente romano, como metidas en los pliegues del cerro, descubrimos las bodegas. Son diferentes a las que normalmente hemos visto en cualquier otro pueblo de la provincia. Grandes de portada, amplias por dentro, con una entrada o boca que va apartando la tierra para preparar la bodega. No se solucionan con una simple puerta, sino que muchas llegan a parecer la fachada de una casa.

Vieja bodega
Vieja bodega

En medio del conjunto, una alameda con mesas para almorzar. Hoy vemos una fuente moderna y los restos de la antigua, que se alimentaba de un manantial.

 Fuentes y lagunas

 En la localidad hemos de visitar el Caño Viejo, con la típica arca que recogía las aguas para beber; los animales podían beber en el mismo Hornija y en el pozo junto al puente.

También nos acercamos a la fuente del Caño, ya en el término de Morales de Toro. Este paraje sería agradable si no estuviera tan lleno de basura. Una pena. De la fuente todavía mana abundante agua.

Laguna de Enmedio
Laguna de Enmedio

En la zona del paramillo, las arenas parecen conservar bien el agua: ahí tenemos la laguna de Enmedio, y otros encharcamientos que surgen con facilidad en época de lluvias. Y ya abajo, en los valles, las últimas graveras han provocado lagunas artificiales debido a lo próximo al suelo que se encuentra el nivel freático. El prado de la Requejada se encuentra en buena parte encharcado.

 Miradores

 El cerro del Rebollar, que separa Hornija y Bajoz es ideal para contemplar los valles de ambos ríos, y el del Duero. Igual se puede decir del borde del páramo que va desde San Román hacia la dehesa de Cubillas: el amplio valle del Duero a nuestros pies.

Valle del Bajoz
Valle del Bajoz

Al Oeste se distingue la perfección vertical de la torre de la Colegiata de Toro y otras torres de pueblos zamoranos.

La dehesa y las viñas

La dehesa de Cubillas pertenece al término municipal de Castronuño, pero es más fácil acceder a ella desde San Román que desde aquel pueblo, en la otra orilla del Duero. No obstante, San Román también tiene monte, en su mayoría de pino y muy arenoso, para fastidio del ciclista. Pero es espléndido para contemplarlo.

Camino entre viñas
Camino entre viñas

El extenso terreno dedicado a viñedo nos llamará enseguida la atención por el enorme tamaño de los cantos rodados. La mayoría no se puede levantar con una mano y algunos, ni con dos. ¿Algún geólogo nos puede decir la causa de estas dimensiones? ¿O es que en la comarca las proporciones son otras, como en el caso de las bodegas?

 Duero, Hornija, Bajoz

 Lo que sí sabemos es que este paisaje ha sido diseñado, al menos durante los últimos millones de años, por tres ríos: Duero, Hornija y Bajoz. El Duero se dobla aquí hacia el sur, formando una gran rodilla en Castronuño, posee preciosas riberas y, en ellas, los restos de agradables casas de labor con prados y frutales.

Bajoz
Bajoz

Los otros dos, rompen el paramillo en pequeños cerros para entrar juntos y descansar en el padre Duero, cerca de la alameda de la Rinconada. El Hornija contó con dos molinos; hoy solo podemos visitar el de Arriba, convertido en un palomar arruinado. Con dos ojos y de dimensiones reducidas –proporcional al río- tenemos el denominado puente Romano, que evidentemente no es romano, pero seguramente alguno de sus antecesores en este mismo lugar sí lo fue.

El Bajoz movió la piedra de un molino muy cerca de la fuente del Caño, pero no queda ni rastro, sólo la huella del caz.

Recorrimos unos 36 km. Lluviosos los primeros, soleados algunos.

Puente Romano
Puente Romano

Algunos enlaces: excavaciones; el monasterio; poema de San Eugenio.