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Entre La Nava y Bayona

21 diciembre, 2017

En la entrada anterior hablamos de los Evanes, que seguramente fue lo más llamativo de la excursión. Pero hubo mucho más.

Salimos de Nava del Rey, donde la noche anterior se había celebrado la procesión de la Virgen de los Pegotes, lo que se notaba en la calle y en ventanas y balcones. Por eso, cuando visitamos la ermita de la Concepción, la Virgen no estaba en su camerino habitual, sino abajo, en la nave, sobre un pequeño altar. Y un goteo continuo de navarrenses  se acercaba a saludar a su patrona.

Desde el pico Zarcero

También pasamos por el cementerio municipal, de 1889. Como hace poco más de un año habíamos visto el civil, así como el antiguo católico en cuyo recinto se encuentra la ermita del Cristo de Trabancos, teníamos esta curiosidad. De manera que recorrimos el bonito y recto paseo, adornado de hileras de cipreses, que conduce al camposanto desde el lavajo de las Cruces.

En el camino hacia los Evanes atravesamos varias cañadas y pasamos junto al Mirador, que es como un avance del paramillo sobre el valle del Trabancos. Merece la pena hacer una parada para contemplar este hondón, Sieteiglesias y, más al fondo, las agujas de Alaejos y la ermita de la Virgen de la Casita. Hacia el otro lado, la cadena de Torozos. Qué descansada vista la del que –al menos semanalmente y sin subir a la montaña- puede contemplar estos amplios paisajes de un fondo casi infinito…

El día no estuvo muy luminoso

Y después de una descansada cuesta (hacia abajo, claro), llegamos al fondo del valle, que no del río. Por un arenal que hace de lecho seco y recuerda más un desierto que un humedal, entre árboles muertos, y después de atravesar la autovía y el viaducto del AVE, nos presentamos en el Eván de Arriba.

Y dejado el de Abajo, la cañada de Bayona nos condujo de nuevo al cauce del Trabancos, que forma un territorio feraz para el cultivo, donde precisamente cruzamos otra cañada, la de Salamanca. Y así, acompañando al cauce seco y protegidos del viento oeste por el pinar, llegamos a Bayona y a la desembocadura misma del Trabancos. Bueno, lo de desembocadura es una ilusión, pues como la corriente de agua brilla por su ausencia, la unión se hace irreconocible, y todo es un maremágnum de zarzas, ramas, troncos secos y zonas pantanosas sobre lo que se avanza con dificultad.

Entre la vía y la carretera

Este lugar también estuvo muy concurrido allá por la edad media: Bayona era un pueblo no pequeño que ha dejado su nombre en cañadas, pinares y tierras; Pozuelo del Eván se encontraba en la orilla izquierda, entre el Eván de Abajo y Bayona, frente al molino; la Porra estaba entre Bayona y Pollos. Como se ve, la comarca ha ido perdiendo importancia con el paso de los siglos…

Pino en Bayona

Para volver tomamos otra vez, pero en sentido contrario, la cañada de Bayona, que nos condujo hasta el molino de Trabancos, pues hasta molinos movía nuestro imaginario río cuando era real. Río abajo quedan las Peñas de Santa Lucía –otro buen balcón del valle- y río arriba veremos las grandes peñas –alguna desprendida- que dan a la alameda del Conde. En la explanada del cauce, una gran densidad de árboles: algunos vivos, otros moribundos, muertos los más. Triste espectáculo de una belleza que desaparece para no volver. Y es que aquí –donde se levantó Pozuelo del Eván- los pozos que hemos visto, algunos bien profundos, ya no tienen agua.

Así estaba Santa Lucía poco antes de desaparecer por completo

Y seguimos el cauce –de vuelta siempre aguas arriba, claro- por la orilla derecha. Cuando quisimos pasar por el caserío de Santa Lucía del Anís ¡¡¡había desaparecido por completo, caramba, caramba!!! En su lugar, una plantación de arbolitos ¿almendros? Ya veremos. No se sabe qué es mejor, si dejar las ruinas a su aire y que se las coma el tiempo o hacerlas desaparecer para que no estorbe a una plantación. Al menos, lo primero es más romántico…

En la cañada de Salamanca

Ahora, continuamos por un sendero con agradables toboganes que nos sirvió de auténtico mirador para contemplar los prados y alamedas que sobreviven abajo, en el cauce ancho del Trabancos, hasta que llegamos a la altura del Eván de Arriba, en cuya pradera pastaba un rebaño de toros de un color negro reluciente que destacaba  de manera llamativa sobre el no menos reluciente verde.

Sendero del Trabancos

Y desde aquí, por el humedal o arroyo de los Altares, nos fuimos a enlazar con otro curioso sendero-mirador que, a media altura y entre continuos –y ahora ya un poco cansados- toboganes, nos llevó contemplando el valle –que se perdía más allá de Alaejos- y bajo la protección del paramillo de las Aguileras hasta el alto de las Calaveras. Desde aquí, después de recorrer 4 kilómetros tampoco exentos de –esta vez- suaves toboganes, nos presentamos en Nava, donde entramos por el Pico Zarcero, sobre el que se asienta la casa de la Concepción.

Ermita de la Concepción tras un bando de avutardas

Tiempo nos quedó para entrar en la catedral de Nava y admirar los tesoros que contiene.

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El río de la frontera

1 abril, 2010

(El río del olvido, 2)

El Trabancos recorre unos 40 km por la provincia de Valladolid, después de recorrer 45 por la de Ávila. Vamos a acompañarle desde su desembocadura en el Duero hasta Villa Luz, en el límite provincias. Esta vez, no señalamos la ruta en el mapa porque hemos cabalgado por su orilla, aprovechando los cembos que existen a lo largo de casi todo el trayecto, aplanados por el paso de vehículos o de personas. En algún caso nos tocará meter el piñón grande y el plato pequeño, pero para eso están las bicis todo terreno.

Esta vez el mapa nos ha quedado algo pequeño: tendrás que pincharle un poco para verlo bien.

Entre otras muchas cosas, el Trabancos nos recuerda el tiempo que fue frontera entre Castilla y León, allá por los siglos XII y XIII. Los restos de sus torrejones así lo cuentan, y también los documentos: el 1 de junio de 1183 apud Fraxinum et Lavanderam firmaron los reyes de León y Castilla uno de sus muchos tratados de paz. Fraxinum (Fresno el Viejo) era León y Lavaderam, (cerca de Carpio), Castilla. O sea, que lo firmaron al lado del Trabancos. Río de paz.

Pero comencemos el recorrido.

De Bayona a la Cañada

El Trabancos, aunque está muerto desde su nacimiento, muere –técnicamente- en el Duero junto a Bayona, que si antiguamente fue una localidad habitada hoy es una sencilla casa de labor. La maleza nos impide acercarnos a la desembocadura (bayona significa lugar de bayones, carrizos). Entre el Duero y la carretera el cauce atraviesa un ancho prado con alamedas  protegido a su vez por pinares.


Y entre los puentes de la carretera y el ferrocarril, una vieja presilla tomaba agua para una acequia, lo cual indica que no siempre estuvo muerto el río. Hoy no serviría, pues la zona represada se ha llenado de piedra y tierras transportadas por la corriente.
Seguimos avanzado y vemos restos de una noria y, al lado, lo que pudo ser una bodega y restos de una caseta. Un buen talud protege las alamedas de los fríos vientos del Este. Desde arriba contemplamos el paisaje del valle. Enfrente, una gravera se aprovecha de los acopios milenario del río: seguro que acabarán en el firme del AVE. Se divisa, en fin,  una zona de bosque y maleza, llena de vida en cualquier época del año.
El cauce –cantos rodados y arena- indica que, de vez en cuando, en épocas lluviosas, pasa algo de agua. En la orilla derecha dejamos los restos de un molino (estamos en Valdelobos, cerca del lugar donde se levantó Pozuelo, hoy despoblado), atravesamos la cañada real de Salamanca, bien amojonada, muy concurrida hasta mediados del siglo pasado, y nos plantamos en Villa Lucía (también conocida en los mapas como Santa Lucía del Anís) abandonada por sus habitantes pero muy bien acompañada por hileras de almendros. Curiosa construcción en cuesta y en forma de triángulo; aun podemos apreciar el material con que se cubrían los establos.


Así son los ambientes del Trabancos hoy: llenos de vegetación y vacíos de sus gentes, despoblados.

El viejo Evanejo en sus  jóvenes praderas

Al poco el río se abre de nuevo en inmensas praderías, ahora verdes y esmaltadas de chirivitas, con algún bosquete de álamos como la alameda del Conde. Arriba, la tierra de labor es llamativamente roja.


Y los prados nos conducen hasta el primero, para nosotros, de los Evanes: el de Abajo, en el que destaca la construcción de una ermita apoyada en un viejo muro. Ya se les nombra en 1265, como Febam de Suso y Febam de Yuso. Y es que la villa de Eván de Arriba y el lugar de Eván de Abajo debieron conocer su máximo auge en los años en que estuvieron separados los reinos de León y de Castilla (1157-1230). El origen de estas poblaciones pudo estar en sus fortalezas, construidas en tapial, cantos rodados y cal: hoy todavía impresionan sus restos. En 1631 Eván de Arriba contaba únicamente con cinco vecinos, aunque se fueron despoblando con el paso del tiempo hasta convertirse en cotos redondos o fincas privadas, pasando en 1843 a la jurisdicción de Siete Iglesias.


En Eván de Abajo todavía podemos ver los restos de la fortificación, que debió de ser un recito circular de unos 45 metros de diámetro y un torreón, del que subsiste un paredón almenado. A su abrigo se levantó en el XVIII la iglesia de San Miguel, de una sola planta rectangular, testero plano, espadaña a los pies y portada abierta a mediodía, realizada en ladrillo y tapial. En Eván de Arriba se conservan los restos, muy similares a los anteriores, de su fortaleza medieval de planta circular con torreón cuadrado. Muy próxima se encuentra la parroquia de Santa Cecilia, también construida en el XVIII, y muy similar a la vecina de abajo.
Estos dos lugares, junto con Pozuelo y Pinilla, vigilaban los pasos al sur del Duero, en la línea fronteriza con el reino de León, al Oeste.
Conforme nos aproximamos al Eván de Arriba el prado va desapareciendo y en el cauce abundan aguas estancadas y carrizos.  El puente de este Eván es una compuerta para detener las aguas del Trabancos. Y por aquí, más vale tomar la carretera general para saltar al otro lado y evitar, al mismo tiempo, las faraónicas obras del AVE.
Por cierto, que el Trabancos se llamó Eván o Evanejo hasta que tomó el nombre de Trabancos, hoy despoblado como luego veremos.


Y una sugerencia: desde la asomada del Eván (donde termina el camino que antes llegaba desde Pollos hasta el Eván de abajo) hasta el trazado del AVE, una agradable y estrecha cañada nos lleva a media altura y con subidas y bajadas continuas por el límite de Sieteiglesias con la Nava. Descubriremos desde una amplia perspectiva el amplio valle del Trabancos. Merece la pena.