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Entre el Valderaduey y el Cea, o entre el cielo y la tierra

29 abril, 2018

En Tierra de Campos, el cielo tiene tanta importancia como la tierra para fijar y completar el paisaje. En Torozos, donde se da una perfecta llanura, te acostumbras a tener el cielo encima como si fuera el interior de media cáscara de naranja. En Tierra de Pinares, los mismos pinos no te dejan fijarte lo debido en el cielo. Lo mismo ocurre en los valles, con las laderas o los árboles. En Medina estás más pendiente de pinarillos, motas, cañadas, lavajos, que te fijan la vista en la distancia corta, que de los espacios celestes, más distantes e incluso, en ocasiones, infinitos.

Cerca de Villalba de la Loma

En Tierra de Campos no sólo es que el cielo se refleja en la tierra, pues sus sombras y colores, e incluso el tono de sus aires, sino que -de una extraña manera- forma parte de ella. No vemos aquí campos llanos por ningún sitio. Son continuas ondulaciones, suaves colinas, pendientes ligeras, acompañados de algunos cerros desgastados por el tiempo, las aguas y los aires. Cuando haces una ruta por estos campos la tierra cambia constantemente y, por eso mismo, también el cielo. Siempre tienes la suficiente perspectiva como para contemplar grandes extensiones de tierra sin perder la referencia del cielo. En la excursión de hoy todo ello se puede apreciar de manera particular: salimos de Becilla en dirección al monte de Urones; pues bien, por momentos ves la torre de Becilla, o el pueblo entero, mientras en otros los dejas de ver; al llegar a la fuente Escontrilla se divisa, a sus pies, la localidad, encima el cielo y a los lados tierras pardas… son paisajes profundos que no se conciben sin la profundidad del cielo y el raudo cruzar de las nubes.

Casa del Monte de Urones

Más tarde, las nubes lo cubren todo y el cielo se convierte en una tupida mancha gris que, a su vez, convierte los campos en un lugar triste y oscuro… Luego, pasaremos por el teso del Cuerno o el cerro de la Máscara, en Villalba de la Loma, desde donde alcanzaremos a contemplar -de nuevo- casi una docena de pueblos con sus respectivos paisajes -al norte, la cordillera nevada- saturados de pequeños altozanos y suaves valles. Y como fondo, dando profundidad a todo, los aires, siempre cambiantes.

Fuente Escontrilla

En fin, describamos un poco el trayecto. La primera parte es una suave subida pasando por campos en los que nacen regueras. Cerca de una de ellas y a la vera del camino, la curiosa fuente Escontrilla que, por su aspecto, nos recuerda una una tumba, eso sí, alegre y luminosa. Después rodeamos la casa del Monte de Urones. Lo del monte es un topónimo sin mayor significado, pues de lo que seguramente fue un extenso monte, no queda mas que una docena de carrascas.

Como esta casa está en lo más alto, comenzamos a bajar hacia el Cea. Hasta que el camino tomado se pierde y nos deja frente a un campo de cereal. Un poco más abajo hay un manantial que echa abundante agua por una tubería de riego y luego una pequeña laguna. Después, una pinar para salir a la carretera y llegar a Mayorga.

En la cañada

Cruzado el Cea, nos vamos derechos por la cañada real leonesa hacia el molino que está junto a la ermita de San Vicente. Pues ni ermita ni molino, que todo está vallado en propiedad privada. De manera que no queda sino seguir adelante. La verdad es que la cañada está preciosa: es una ancha y verde alfombra que se dirige hacia el norte entre campos de labor. De vez en cuando, algunas lagunas la adornan y diversos arroyos que se dirigen a desembocar en el río la atraviesan. Sólo hay un pero: que desde Mayorga hasta el arroyo de Valdelamuza -2,5 km- está llena de basura y escombros; una pena, vamos, ¡con lo fácil que sería no tirarlos aquí! Por mucho Rollo, primer buzón de correos y Museo del Pan, si luego no somos capaces de no echar basura en la cañada…

Por Castroponce

En Valdelamata, después de cruzarnos con un rebaño de churras, enfilamos hacia Saélices. Vamos con la idea de ver el molino que aprovecha la fuerza del Cea, y lo vimos, pero en ruina total. Hace 25 años todavía se encontraba visitable, con sus seis cárcavos, piedras e ingenios intactos. Ahora ya no queda casi nada, y lo poco que queda se caerá en breve.

De manera que, con el corazón en un puño por tanta desolación, pusimos rumbo a Becilla donde termina esta excursión: allí, al menos, el puente que los romanos construyeron todavía sigue en pie a pesar de todo. Mientras, disfrutamos del paisaje desde la cresta que se levanta entre los valles del Cea y del Valderaduey, desde la que se nos presenta la inmensidad de esta Tierra.

Aquí he subido la ruta.

Vegas del Valderaduey

30 abril, 2014

Villavicencio

El campo sigue rezumando agua. Aunque no ha llovido mucho y las tierras están secas, los manantiales están volviendo a manar como nunca, y con frecuencia aparecen manchas húmedas en laderas y hondonadas. Las regueras y zanjas de Tierra de Campos vuelven a servir para conducir las aguas.

Esta vez el paseo lo damos por el valle del Valderaduey, entre los términos de Villavicencio de los Caballeros y vega de Ruiponce. Es un valle que tiene sus peculiaridades y belleza: amplio, de suaves elevaciones hasta las respectivas vertientes con los ríos Cea y Navajos, con colinas y motas, y con el cauce del río acompañado de hileras de árboles las más de las veces.

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Fuentes

Algunas fuentes por las que pasamos: la del Responso, en Becilla, echaba su hilillo de agua para llenar el correspondiente abrevadero. Mana en una ladera, dominando el amplio valle del Valderaduey. En el mismo término, la fuente de Gonzalín, junto a la cañada merinera, también tiene agua, pero ha sido cerrada para aprovechar la captación.

En Villavicencio, la fuente del Caño parece exhausta: un hilillo es lo que sale del caño. Pero los siete sabios de Grecia –que eso parecen los álamos que la arropan- siguen escuchándola con atención. Aguzando el oído, eso sí. Además, se les acaba de unir un chopo.

 

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Fuente del Caño

La fuente Tija, perdida entre campos de cultivo de Villagómez pero bien señalada por juncales, ha vuelto a manar, lo que ha provocado una pequeña inundación en las tierras lindantes de abajo. Y la fuente del Oteruelo de Vega de Ruiponce también tiene agua.

 

Praderas

En Gorzaliza de la Loma existe –al menos en primavera- un paradisiaco lugar. Es una pradera –ahora verde y salpicada de chirivitas- en la que dan ganas de tumbarse y no moverse de allí. Una buena hilera de álamos la protegen al sur, dando un poco de sombra y una fuente –la de la Alameda– que provoca una charca también nos refresca. Al fondo, la torre restaurada de la localidad y aun lado, un palomar.

 

Gordaliza

Gordaliza

En las cercanías de Gorzaliza, término de Bustillo, el arroyo del Charco provocaba otra pradera que ahora ha sido ganada para cultivos. Algunos sauces y chopos quedan todavía y una fuente alimenta un arroyo en el que ruge un verdadero ejército de ranas.

Y nuestra llegada a Villalba de la Loma se produjo por la hondonada del arroyo Venturas, que mantiene fresco y agradable este flanco de la localidad, en la que también se ha restaurado la antigua torre de la iglesia.

La Zamorana por Castroponce

La Zamorana por Castroponce

Ya volviendo, a la vera del Valderaduey y a la altura de Castroponce, vemos pastizales con abundante ganado vacuno; entre la fuente del Caño y el Valderaduey también se extienden las Praderas.

Pero realmente, Tierra de Campos es, en estas fechas una inmensa pradera con pequeños montículos, colinas y laderas, valles abiertos, y pequeñas motas que forman las alamedas.

 

La huella romana

 

La unión entre el puente y la calzada. Becilla

La unión entre el puente y la calzada. Becilla

Un puente perfecto se levanta, para salvar el Valderaduey, en Becilla. Es de piedra casi dorada por el sol. Y como es útil, armonioso, duradero… ¡no podía ser más que romano! Pero esta vez nos llamó la atención la continuación del puente, o sea, su conexión con la correspondiente calzada. Un tramo a cada lado, elevado casi un metro sobre el terreno y de largo casi ciento cincuenta, con bóvedas para que circule el agua en caso de avenida, completa la obra bien hecha. Nosotros, sin embargo, hemos construido al lado, en esa misma zona tal vez inundable, un polideportivo y otra nave más. Luego pasa lo que pasa. A los romanos ya sabemos por qué no les pasaba.

Castroponce

Castroponce

 

Y otras huellas

En Castroponce –su nombre así lo indica- debió haber un castro de origen anterior a la ocupación romana. Lo cierto es que desde el curioso mogote que domina el pueblo, puede contemplarse un amplio panorama de esta campiña.

 Al llegar a Villagómez la Nueva vemos el palacio de los Villagómez precisamente. A pesar del nombre –la Nueva– lo cierto es que predominan las ruinas. El palacio de los Villagómez lo es: vemos los restos del castillo, con sus cubos y aspilleras, y una fachada con imafronte.

La fábrica

La fábrica

Y antes de llega a Becilla por la Zamorana –vieja cañada y vía de comunicación con Zamora que va por la orilla del Valderaduey- llama la atención una enorme fábrica de harinas perdida y abandonada.

Nos cruzamos con abundantes rebaños de ovejas. Estas tierras son agrícolas sin dejar de ser ganaderas.

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Araduey, o cuando el paisaje habla

26 abril, 2009

becilla-valderaduey37 km aproximadamente

Becilla de Valderaduey debió ser más de lo que es. Lo dicen sus dos iglesias, su cruce de cañadas –y de calzadas- y su puente. Su puente romano no sólo nos habla del carácter práctico, austero y organizado de aquel pueblo que nos enseñó a escribir, entre otras muchas cosas; nos cuenta que el cauce del Valderaduey no era como es hoy, una zanja, como lo son todos los cauces de los ríos y arroyos de esta Tierra, pues no hay más que ver la conexión de la llamada calzada con el puente para saber que el río iba más abierto y menos encajonado.

Curiosamente Araduey significaba -en lengua céltica- algo muy parecido a lo que hoy significa “Tierra de Campos“. Por su ancho valle vamos hasta Villavicencio, y en el camino nos encontramos el Caño de la Pita, que sale de una fuente ¡romana!, muy bien acompañada por una hilera de álamos blancos.

puente-romano

Del molino próximo ya no queda nada, lo cual significa que algunos hombres preferimos no tener memoria. Algo así como volver a la tabula rasa (sí, esta frase es latina, o sea, romana).

Pero en la localidad –Villaviencio- han conservado al menos la torre de la iglesia (de San Pelayo). Esperemos que sirva al fin de atalaya.

A la salida vemos las ruinas de otro molino. Su memoria se la quiere merendar, en este caso, una alameda. Pero las alamedas son más lentas -y más románticas- que los buldóceres.

hacia-valdunquillo

Subimos la suave cuesta hacia Valdunquillo, pueblo rico en alamedas y fuentes, para seguir hasta la loma del Espino, de buena altura para esta tierra, y de excelente vista. ¡Qué caminos de cascajo! Pero más vale así, que el barro es enemigo declarado de ciclistas.

En la Unión de Campos visitamos dos pueblos por el precio de uno y, ya a la salida, un campo de fútbol es la delicia de grillos y futbolistas. Y de asendereados ciclistas que nos tomamos un respiro mientras contemplamos el volar de las nubes.

por-villalogan

Otra vez ligeras subidas y bajadas, alamedillas y solitarios árboles como adornos del paisaje, y cruzamos entre suaves lomillas el territorio de Villalogán, que pertenece a Mayorga.

Y al fin el cercano Valderaduey nos conduce sin sobresaltos por su vega hasta Becilla, donde terminamos la ruta.

villavicencio