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¡Nieve!

13 enero, 2018

¡El domingo pasado nevó en Valladolid! Gran noticia que no se prodiga. El día siguiente a la fiesta de Reyes estuvieron cayendo copos durante varias horas. Bien es cierto que no cuajó -¡eso ya hubiera sido demasiado!- pero en los páramos y en el sur de la provincia llegó a desplegarse un manto blanco que por la noche se helaría.

Naturalmente, a nadie se le ocurrió salir en bici. De hecho, yo me hice 20 km y sólo me encontré con otro ciclista, que iba por la carretera. ¿Para qué salir con el frío que hacía y con el peligro de que lloviera o… nevara? Eso es lo de menos: siempre es bueno dar un paseíto. Y si el tiempo lo pretende impedir, pues entonces que sea corto para no provocar. Durante los diez primeros kilómetros cayeron unas gotas de agua, algo inapreciable. Durante los diez últimos se puso a nevar con ganas y me calé… bastante. O lo que uno se puede calar en sólo 10 km.

¿Qué ruta elegir? Casi era lo de menos, pero si había algo de nieve cerca, mejor, pues en Valladolid no había cuajado. Sin embargo, en Valdestillas, sí había nevado algo. Aunque hace una semana me había dado un paseo por allí, no importaba repetir. Bueno, realmente no era una repetición, pues el paisaje estaba muy cambiado a causa de las manchas de nieve, como puede apreciarse en las fotos.

 

De manera que volví al Pino-que-todo-lo-ve blanco (ahora). Esta vez el trayecto trascurrió casi todo por viñedos. La subida al Pino fue cruzando los majuelos de Campo Viejo por el camino de Serrada. Según subía la cuesta, la nieve aumentaba, de forma que las laderas cercanas al Pino estaban totalmente blancas. Y plagadas de huellas de conejos.

Ya en el Pino, era una verdadera delicia contemplar grandes extensiones manchadas de blanco hacia los cuatro puntos cardinales. La vista alcanzaba muy bien hasta las laderas de los páramos de Alcazarén, Mojados, Portillo, Cerrato y Torozos. Se veía sol en los Montes Torozos y una horrible borrasca gris oscura sobre Mojados.

Luego, a rodar un poco entre viñas en dirección a Serrada, pues en la llanura sobresalía la punta de la torre de su iglesia. Después, en los campos del sur se divisaba la silueta de las iglesias de Ventosa, Pozaldez y Matapozuelos. Todo vestido de blanco.

Finalmente, bajé la cuesta a campo traviesa entre la nieve y, como el temporal arreciaba con sus copos helados, acabé en la cañada de Salamanca en dirección a Valdestillas, precisamente en contra del viento y nieve. Y había que rodar rápido para no terminar muy calado.

Me asomé al cauce del Adaja, que bajaba con poca agua; esperemos que siga nevando o lloviendo.

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