Parques y cordeles fantasmas, el monte de Boecillo y una buena mojadura

Como en otras ocasiones, salimos de Valladolid intentando tomar el canal del Duero pero, cruzada la urbanización del Pinar de Jalón, nos encontramos con una tela metálica cerrando el paso bajo el puente de la VA-30, así que tuvimos que acercarnos al cruce con la autovía de Segovia.

Tras este ligero contratiempo, recorrimos un parque semiabandonado, usado sobre todo para aparcamientos de camiones y luego una zona de polígono industrial donde se levantan las naves de Amazon y Extrusiones Metálicas.

Camino de almendros en Ibáñez, desde el cordel

Después –ya por campo abierto- subimos la suave cuesta de los Alamares, desde donde suele haber buenas vistas de San Cristóbal y los otros cerros en los que muere –o nace, como prefieras- el Cerrato, para atravesar enseguida otro polígono más, esta vez en Laguna de Duero, desierto. Alguien se llevó las tapas de las alcantarillas –se pueden vender, pues son de hierro- y un alma caritativa las tapó con cubiertas de ruedas de vehículos…  Al fin, bajamos al canal del Duero por los pinares denominados los Valles para luego atravesar el pinar de Laguna -había algunas setas- y descansar en la ribera del Duero, cerca del Piélago.

Sube y baja del cordel

Atravesado el río en Puente Herrera, tomamos el camino de Boecillo, que sube y baja y pasa cerca de la finca de Ibáñez (Casa Reinoso en los mapas) donde hace muchos años se elaboraban excelentes quesos y un buen clarete del palo de Boecillo. Aún queda un camino adornado con hileras de almendros que lleva a esa casa; también, hace muchos años, el camino a Herrera de Duero se caminaba en compañía de estos árboles, pero llegó la modernidad que amplió la carretera y se cargó los almendros sin necesidad, pues el ancho no superaba la hilera. Pero era más cómodo trabajar sin ellos, ¡ay!

Vericuetos del monte

Por cierto, según algunos mapas, vamos también por el cordel de las merinas. ¿Será un error cartográfico? No tiene mucho sentido que haya un cordel merinero aquí, pues el paso de los ganados trashumantes se hacía por Tudela (a 10 km) o Puenteduero (a 9 km). ¿O tal vez se trata de un ramal que continúa de la cañada real leonesa al bajar del páramo de Renedo-La Cistérniga y dirigirse a Tudela, en el caserío de Retamar? ¿Cruzaría el puente de barcas de Herrera? Difícil. Todo es un misterio.

Después de bordear la urbanización del Pago de la Barca, subimos por las bodegas de Boecillo al monte de este término. Fue un rodaje estupendo por vericuetos zigzagueantes y senderos de buen firme, con abundantes y densas matas de encina hasta salir al pico de la Horca, sobre Viana y el valle del Duero.

En el monte, a punto del aguacero

Por cierto, este monte entra en la historia nada menos que en 1156, cuando fue donado por Afonso VII a Valladolid, lo cual quiere decir que existía como tal desde mucho antes. De hecho Boecillo es uno de los pueblos más antiguos de la provincia, pues si fue repoblado por mozárabes, como se indica, se remonta al s. X o finales del IX. Nada menos.

Bueno, aquí empezó a llover con ganas y se acabó el paseo tranquilo. Arreando por la carretera de Puenteduero y luego por la pista verde del Pinar, llegamos  -más bien mojados- a casa.

Pero, como siempre, mereció la pena. He aquí el trayecto seguido.

Después de las últimas lluvias en el monte de Boecillo

Después de las últimas lluvias –pocas pero intensas- el paisaje ha cambiado, y no porque la vegetación hubiera reverdecido, pues estaba tan amarilla como durante el verano, sino porque todo ha quedado como más limpio y luminoso. También, empieza a dominar esa luz del otoño que crea profundidades y distancias, lejos de la planitud y pesadez veraniega.

Aspecto de la casa del Monte

Los pinares aparecían más lustrosos, seguramente porque el agua había limpiado pinos y escobas del polvo acumulado durante el estío. Algo similar había ocurrido con las encinas y otros árboles. El caso es que el pinar de Antequera y el monte de encinas de Boecillo lucían distintos, más agradables y luminosos. Incluso los caminos se mostraban amorosos, con un firme de arena más dura, aunque sin exagerar.

Bellotas alargadas

Hacía tiempo que no rodábamos por el monte de encinas (mejor, de matas de encina) de Boecillo, que posee una red de sinuosos y estrechos senderos que parecen pensados para nuestras bicis y fuerzas. Se extiende por una planicie ligeramente elevada sobre el Duero, lo que en distintos momentos ofrece un estupendo paisaje sobre su valle y poblaciones, hasta las laderas del páramo de Torozos, pues pequeñas asomadas permiten contemplar tal panorama. Lo mismo nos ocurre en el monte Blanco, por cuyos límites cruzamos.

Senderos

En medio de la red de sendas y matas, las paredes exteriores de la casa del Monte –dos plantas en ladrillo y adobe-  a duras penas se mantienen en pie y sostienen aun el enrejado de ventanas. Esta casa se está arruinando mucho más rápidamente que la de verano de los Escoceses, en otro extremo del mismo monte. Este encinar estuvo, en otras épocas, más habitado. Hoy solo quedan algunas bodegas en la ladera norte y paseantes en los buenos fines de semana…

El páramo al fondo

Al monte de Boecillo llegamos desde Viana y antes habíamos cruzado el pinar de Antequera por la cañada real. Y del monte volvimos al pinar por el Abrojo, donde la maleza quiere tragarse la fuente de San Pedro, de ahí a Laguna y finalmente, acabamos en el mismo pinar de Antequera. Un agradable paseo matutino. Eso sí, del agua no quedaba ni rastro, ni pequeños charcos.