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De Pingaperros a Valdelabuz

12 abril, 2015

Pingaperros y el Botija

Nuestro primer objetivo era acercarnos al Enebro de Pingaperrros, en Rábano. De manera que a media mañana estábamos en ese pueblo y –casualmente- nos encontramos con su alcalde. Nos dio las explicaciones pertinentes y luego tuvimos la suerte de que otro paisano nos acompañara a tomar el camino que subía rodeando el Pico Cuerno. A media subida se contempla ya, a vista de pájaro, el valle del Duratón, con Rábano al fondo. Poco después descubrimos las ruinas de unos corrales, en medio de un sembrado y rodeadas de un gran vallado circular, de piedra.

Pingaperrros

La sabina acompañada

La sabina acompañada

Al poco de llegar al páramo, en un monte de encinas y enebros, allí estaba nuestro enebro, que en realidad es una sabina. Según los expertos tiene unos 400 años. A un metro de altura el tronco se divide en dos grandes ramas que parecen desgajarse. La madera de la sabina es muy resistente; tradicionalmente se utilizaba en los ejes de los molinos, siempre en contacto con el agua. Tiene la corteza marcada por canales, como si fueran tiras de piel de un paquidermo que se retuercen al seguir la dirección de las ramas. Su color gris se ve alegrado por motas amarillas de musgo seco. Es un árbol viejo, que –si hablara- nos podría contar los últimos siglos de la historia de este monte donde pingaban –o colgaban- a los perros.

Pero como no habla, después de contemplarla en silencio, seguimos dirección a Cuevas de Provanco. Los montes de encina y enebro van desapareciendo, dejando paso a una llanura plana, con algunos árboles que la salpican. No bajamos a Fuencanaleja, pero la vemos y la oímos desde arriba: brota abundante agua. Los caminos se van haciendo más pequeños y llenándose de hierba. Estamos en la parte central del páramo y no hay demasiada presencia humana. Campoarriba se llama este olvidado altiplano que parece rozar el cielo.

Cuevas de Provanco y el Botijas

Cuevas

Cuevas

Por fin, en la ladera opuesta a la que estamos, se nos muestra Cuevas. Ahí está, preciosa, con las casas esparcidas por toda la ladera y bien soleada. Hasta parece grande. La ladera por la que ahora bajamos no es menos agradable, pues está salpicada de viejos majuelos con sus guardaviñas, árboles frutales y algunas encinas.

Y ahora no nos queda más que remontar el valle. Remontando Cuevas todavía es amplio y abierto, con las laderas dedicadas al cultivo y abundantes praderías. Pero poco a poco se va estrechando hasta que forma un auténtico tajo de paredes abruptas de piedra caliza. En muchas de ellas vemos cuevas, y hasta corralizas que parecen milagrosamente colgadas del mismo cantil.

Vadeando el Botijas

Vadeando el Botijas

Por fin llegamos a Las Madres, o sea, los manantiales que alumbran el Botijas. En las proximidades quedan restos de corrales con enormes almendros en flor. La primavera está llegando a este rincón. Por el cielo cruzan solitarios los buitres.

Ascendemos –nos sorprenden cuatro corzos- por el único camino que no ha sido borrado aun y al llegar al páramo nos encontramos con un verdadero complejo de corrales y tenadas. En ruinas, por supuesto.

Y ahora, a rodar por tierra de nadie. Estamos muy cerca de la sierra de Pradales y del pueblo de San José, que se levantan al fondo. Y en el horizonte, el Sistema Central con sus cumbres blancas.

Llegando a Las Madres

Llegando a Las Madres

Coto de San Bernardo

Bajamos al valle del arroyo del Recorvo y tomamos una pista hacia el monasterio cisterciense de Santa María la Real. Se trata de un camino increíble, donde grandes robles, ahora desnudos, forman como un túnel que protege y adorna la pista. Hasta da un poco de miedo, como si nos fueran a enganchar con sus delgadas ramas. Claro que, en verano, ocurrirá todo lo contrario y formarán más bien un sombreado y fresco vergel.

Bajada al arroyo del Recorvo

Bajada al arroyo del Recorvo

Al final está el monasterio. Con pena comprobamos que sólo se puede visitar los miércoles, siendo hoy sábado. Un perro nos quiere impedir la entrada, pero nos hacemos amigos y acaba por franquearnos el paso. Preciosa fachada de la iglesia, compuesta por una entrada abocinada y, encima, un enorme rosetón. Antes, un grupo de ciclópeos chopos protegen la entrada. Parece un lugar encantado. Hasta el claustro, que voló un día a Miami.

Ya de vuelta, pasamos por una fuente y llegamos a Sacramenia. Durante este trayecto, otro mastín nos acompañó desde el Coto.

Pista del Coto

Pista del Coto

La Cueva de Valdelabuz

Es la cueva que no encontramos. Nos hablaron de ella en Rábano. En Laguna de Contreras también conocían de su existencia pero no hubo manera. Después de sufrir una buena subida al páramo –ya era la tercera- la anduvimos buscando bajo el cerral. Aquí las laderas están cubiertas de una densa vegetación tanto arbórea como arbustiva y tampoco hay demasiados escarpes donde se pueda presumir alguna boca de cueva. De manera que otra vez será.

Eso sí, vimos restos de corrales, de viejos caminos levantados a media ladera donde antaño hubo algún cultivo y pastos para el ganado. Y el valle del Duratón al fondo.

En busca de la cueva

En busca de la cueva

Al comenzar la bajada nos sorprendió la fuente de las Porqueras. Parecía recién restaurada, con su juego de pilones escalonados. Desque aquí prácticamente no hubo que dar pedales hasta la llegar a Rábano. De eso se encargó la fuerza de la gravedad.

Nos hicimos unos 54 km y esquivamos el viento bastante bien.

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Río Botijas y páramos de Peñafiel

8 noviembre, 2013

 Botijas Mélida(50 km aprox.)

La salida

El castillo de Peñafiel se asienta en el valle del Duero, pero realmente se levanta sobre un cerro que es divisoria entre los ríos Duratón y Botijas, cuyos valles han sido tajados rompiendo el páramo de piedra caliza. Si el Duratón viene de lejos –nace en la provincia de Madrid- el Botijas es humilde, pues su valle se puede recorrer en unas horas en bici o incluso andando. Pero también impresiona, como veremos.

El día, excelente: nubes al principio, sol al final. Viento a favor en la ida, en contra a la vuelta. Pero a la vuelta contábamos con las paredes protectoras del valle. Temperatura agradable.

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El punto de partida fue Mélida, pequeña localidad muy próxima a Peñafiel junto al Botijas. Subimos al páramo por un camino en el que abundan las huertas, los almendros y los manantiales. Ya arriba, todavía tardamos un poco en llegar al ras del páramo, al principio ondulado. Desde Valdivieco nos asomamos al valle para divisar los alrededores de Olmos abajo y, más allá, los inconfundibles cerros que protegen de Castrillo.

Una lengua de páramo

Un poco más allá volvemos a ver el valle, tapizado de robles en las laderas y con chopos dorados junto al cauce del río. Cruzamos tierras de cultivo con solitarios robles o encinas: aunque da la impresión de que rodamos por un páramo inmenso, lo cierto es que vamos por una estrecha lengua entre Botijas y Duratón. De hecho, nos acabamos asomando al amplio valle de este río –la vista se pierde de tanta profundidad- en la Cuesta Espinosa. Diferentes pueblecitos desperdigados; el más próximo, Sacramenia, nos lo oculta un liegue del páramo.

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Entre ruinas de corralizas cambiamos de rumbo. Dejamos al sur un amplio llano que nos llevaría a la sierra de Pradales, que parece levantarse a un tiro de piedra y nos asomamos ¡por fin! al valle, cortado a pico en su mayoría, del río Botijas. Lo bordeamos –por caminos o a campo traviesa- y, de vez en cuando, bajamos a alguna de sus cuevas que antaño sirvieran para recoger el ganado.

Rodeamos los arroyos secundarios que acrecientan el río, durante unos kilómetros navegamos por el páramo de Corcos -entre Burgos y Segovia-  y por los corrales de Valdeperniego –hoy son ruinas de establos- bajamos a Las Madres, o sea, a los manantiales donde brota nuestro Botijas.

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Descendiendo por el valle

Ahora no tenemos mas que dejarnos llevar: como las aguas bajan, también bajamos, rodando por un buen camino. Desde el fondo se aprecian bien los cortados, peñascos, derrumbaderos y cuevas. Los buitres, apostados en lugares estratégicos, parecen vigilar nuestra marcha. Los manantiales brotan cada pocos metros. Algunas fuentes disponen hasta de vaso para servirse el agua. Sauces y chopos aislados quieren saludarnos. Nadie. Estamos perdidos en la inmensidad del páramo y ocultos en el tajo del río. Conforme avanzamos las laderas van dejando algo de su verticalidad y empiezan a ser ocupadas por bosques de robles o encinas, como el monte de Tornazal. Abundan las endrinas, algunas tan maduras que casi podían comerse.

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La abundancia de chopos, álamos, frutales y huertas anuncia que estamos llegando a Cuevas de Provanco. Efectivamente, el pueblo aparece tranquilo y como tumbado en la ladera Este, recibiendo con agrado el tibio sol de poniente.

El valle se ensancha en Castrillo (por eso el río reduce la velocidad de su corriente y forma pecina), se estrecha en Olmos y, cuando estamos a la vista del castillo de Peñafiel, entramos en Mélida. Frente a ella, nos vigilan las bocas horadadas en la pared que cae del páramo.

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¡Adiós, río Botijas, qué bien te has portado con nosotros!

El techo de Valladolid

4 septiembre, 2008

Es duro hablar del techo de Valladolid en un páramo. Pero es la verdad. No tenemos montañas, mas –en puridad geométrica- siempre habrá un punto más alto que los demás. Y ese punto está en un lugar del término municipal de Castrillo de Duero, patria de El Empecinado, y muy cerca ya de la provincia de Segovia. El segundo lugar más alto –y más peculiar que éste- lo tenemos en Encinas de Esgueva; es un cerro que se levanta sobre el mismo páramo con unos inconfundibles pinos. El punto más bajo de la provincia tendrá que ser el río Duero al salir del término municipal de Villafranca, que aparece estos días en la prensa por poseer la única bodega de España que se incluye en dos denominaciones de origen. (y hablando de ausencia de montañas, Valladolid es la provincia más llana de España)

La excursión al Cuchillejos se hace subiendo la empinada cuesta que nos conduce al páramo. Si hiciera mucho calor, podemos refrescarnos en la agradable fuente de la Covachuela, que suele tener siempre agua. Además cuenta con buenos pilones.

Una vez arriba, la vista es verdaderamente espectacular. El valle del Botijas, páramos más bajos que el nuestro, el cerro de Lotero, y una depresión en las alturas del otro lado del valle que nos deja ver Nava de Roa y el amplio valle del Duero. Reconfortante todo.

Además de la vista, el sentido del olfato se verá gratificado por los aromas del espliego, muy abundante por aquí, e incluso cultivado para su aprovechamiento en perfumería.

Podemos bajar hacia Castrillo por el Este, cruzando la zona normalmente verde donde se encuentra la fuente de Ortijera para, finalmente, pasar junto a las bodegas con entradas y puertas verdaderamente artísticas muchas de ellas.

Al volver a casa diremos que hemos subido al techo de la provincia. (¡que no nos pregunten por el desnivel salvado!)

Esta excursión, por no ser muy larga, puede hacerse caminando.

Si, además, damos un paseo por el pueblo, ahí van algunos datos de interés.

Castrillo de Duero

 

El paseo discurre entre casas blasonadas y señoriales, levantadas en el siglo XVIII, que se agrupan en las calles que rodean la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que parece presidir la localidad desde lo alto. Su estructura es barroca, con la única excepción de la cabecera, románica del siglo XII. La cabecera es rectangular al exterior y semicircular al interior y cuenta con dos ventanas de medio punto con columnas y capiteles, que representan temas animales en una y un rostro en otra. El templo consta de tres naves de cuatro tramos, divididas por pilares que sostienen arcos de medio punto. El retablo mayor es rococó y en su hornacina central se encuentra una imagen de la Asunción de la Virgen también de finales del siglo XVIII. En la nave del Evangelio, se localiza la capilla del Cristo que también fue capilla funeraria de la familia Puerto Maedo Bocos, como lo recuerdan dos lápidas funerarias.

 

Junto al Ayuntamiento, una escultura de buen tamaño en memoria de Juan Díaz El Empecinado recuerda quién se ha convertido en referencia de todo el municipio, al que se ha dedicado un Centro de Interpretación. Pero hay otros puntos de interés. Uno de ellos es el crucero de 1728 aunque rematado con una cruz de piedra de reciente construcción Y las fuentes de Santa Marta y Santa María, cada una en su respectiva plaza, que las gentes de Castrillo defienden a muerte como de origen romano, aunque realmente su origen es muy posterior.

 

Hay varias casas señoriales de siglos XVII y XVIII, blasonadas con escudos de armas en las fachadas. Destacan la Casa de los Torre y Díez en la calle Santa Marta o la Casa Palacio de los Puerto Maeda (de 1772) con la inscripción en su escudo: Armas de Maeda de Puerto de Santoña Valle de Trasmiera, y la fachada construida en buenísima sillería de dos cuerpos. La puerta está albergada por dos pilastras y rematada por arco de medio punto. Sobre ella en el segundo cuerpo se abre el balcón principal. La Casa Palacio de los Bocos, del siglo XVIII, situada junto a la iglesia que en su blasón superior, muy deteriorado, puede leerse: (Hon) ores y blasones pertenecientes a la noble familia de Bocos. Finalmente, está la Casa de los Girón, señores de Peñafiel, también con su correspondiente escudo. Se conserva la casa donde nació y vivió gran parte de su vida El Empecinado, muy transformada, que posee una placa en su memoria.