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El pico de la Frente, la Pared del Castro o la Plaza

11 enero, 2019

Los topónimos nunca fallan. Desde siempre, cada piedra tuvo su nombre, o sea, nullum est sine nomine saxum, que ya escribiera Lucano. Siempre fue necesario para moverse con propiedad por el campo, ya se tratara de pastores, militares, viajeros o agricultores. Y todavía nos vale hoy, cuando paseamos por placer por estos andurriales con un mapa o con las referencias de la gente del lugar.

Ahí están La Plaza, la Pared del Castro o el pico de la Frente, topónimos que hacen referencia a una cabeza o pico de páramo en el que hubo algo ¿qué? Pues un castro, una plaza fuerte, una muralla. Hoy no hay nada, salvo muchísima piedra caliza amontonada, de todos los tamaños y formas, y hubo más, pero se la llevaron en camiones hacia 1981 a modo de escombro para asentar el firme de una obra pública.

Estas piedras han criado musgo bajo las encinas

El lugar de por sí es impresionante: se levanta a horcajo de los arroyos de Cogeces y Valcorba, que lo han esculpido. Su una caída es casi vertical en la parte mas elevada y de gran inclinación en la parte baja, y ello en todo su perímetro salvo en los 200 metros que se une a la llanura del páramo, donde sus lejanos habitantes en el tiempo levantaron una gran muralla, a juzgar por los restos que dejaron. Que dejaron y que ya no vemos. Antes del año 81 del siglo pasado quienes visitaron el lugar vieron la muralla de piedra amontonada, de doscientos metros de larga por cuatro metros de altura y al menos otros tantos de anchura. Pero si en el siglo pasado todavía se levantaba 4 metros, después de 3.500 años, ¿qué no tendría entonces? Hoy solo vemos como el negativo de lo que fue, pues las máquinas han dejado expedita la cinta donde se levantó, con algunos montones de piedras a los lados, sobre todo al noroeste, donde podemos llegar a ver algún trozo más o menos original, con restos de arcillas que le dieron más consistencia… Los montones de piedras han sido colonizados por matas de encina y roble. Bien es cierto que todavía podemos ver alguna que otra piedra más o menos tallada, que seguramente perteneció a una entrada o ventanuco.

Restos de la muralla

Tras la muralla o pared o frente, la amplia llanura que protege, donde se levantó la ciudad. El cerral esculpe los escarpados cantiles en casi todos sus tramos tramos, lo que no hizo necesaria defensa artificial alguna. En otros, a pesar de la inclinación, se complementó con pequeñas paredes, a juzgar por los restos amontonados. Hoy el llano que estuviera habitado es parte monte, parte tierra para el cultivo, aunque esta última va a menos. En cualquier caso, impresiona la ingente cantidad de piedra que se ha subido hasta aquí y que todavía vemos. Si a eso le sumamos lo que se llevaron y ya no vemos, nos podemos imaginar la fuerza humana necesaria para levantar esta Plaza.

Caída del cerral

El castro, muy amplio, data de la Edad del Bronce; poco más se sabe. Si los restos indican que fue importante en su época, no sabemos cuando quedó deshabitado, pero parece un lugar eminentemente defensivo, que daría protección a pequeñas poblaciones, más o menos próximas, de pastores y agricultores. En épocas de paz no compensó vivir allí, pues el acceso era complicado y dificultoso, por sus vueltas y subidas. La gente se asentó en pueblos, muchos de los cuales han permanecido hasta hoy. De hecho, si vais en bici, hay que entrar y salir por el mismo camino de acceso, que viene de Cogeces. Pero no importa, es precioso, salpicado de monte y de carrascas aisladas.

Fuente de Peroleja

Las matas de encina y roble y algunas sabinas lo cubren todo: los restos que allí duermen, todavía desconocidos, y las piedras superficiales, que ahora nadie mueve y que se han recubierto de un musgo denso y brillante gracias precisamente a su protección. Entre el monte aparecen claros para cultivo. Las vistas no se regalan, hay que buscarlas, pues las ramas no dejan ver los valles. Al fondo, el valle del Duero. En fin, dejemos que sigan custodiando nuestra prehistoria hasta que los arqueólogos decidan desenterrarla…

Desde la fuente de Baitardero

Dos fuentes, a poco más de 2 km, sirven de complemento para este paseo. Ambas se encuentran en la cañada de Peroleja, que es como por aquí se conoce un ramal de la cañada real merinera que viene de la sierra de la Demanda. La primera fuente, llamada también de Peroleja, mira hacia el valle del arroyo de Cogeces, y mira muy bien, pues no está metida en ningún pliegue o estrecho rebarco, sino en la amplia ladera, sobre viñedos, almendros y prados de la propia cañada. Su generoso abrevadero tiene forma de T y en él se reflejan las laderas del Montecillo y el pico de la Mesilla, con el Valimón detrás.

Acceso a la Plaza

La segunda es la fuente de Baitardero, escondida en un barco del Valcorba. Rústica como pocas, oculta entre la maleza, tiene un frontis de piedra que amenaza caerse a pedazos sobre el mismo pilón. Ya no mana, y no manará si no se la arregla, a pesar de que en una ocasión hemos visto cómo su manantial se desbordaba en cascada sobre el valle. Más abajo, la cañada se pierde buscando el molino de los Álamos, si bien un mal camino acaba conectando con el caserío Valcorba.

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