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¡Qué gran día en el monte!

26 abril, 2013

Sardon ruta del Duero

Pues sí, fue uno de esos días de primavera en los que todo sale bien: temperatura agradable, sol, todo verde con algunas flores, descubrimiento de chozos y caleras, profundos panoramas, y los ciclistas rodando con fuerza y –casi- sin cansancio. Además, la tortilla de patatas que llevábamos estaba especialmente buena. Hubo alguna pequeña contrariedad, pero mejor olvidarla.

Pico del Moro

Pico del Moro

Subimos al páramo desde Sardón por un camino que terminó antes de llegar arriba. No tuvo mayor importancia, las bicis se pueden cargar al hombro. Arriba nos esperaban:

  • Unos corrales entre almendros con los restos de un viejo chozo.
  • El mirador del pico del Moro, hacia la abadía de Retuerta en medio del valle del Duero. En el mirador, un elegante mojón que nos recordaba los antiguos miliarios romanos. Al parecer, el término de esta Quintanilla está así amojonado.
  • Dos sobrios y fuertes robles, uno a cada lado del camino justo al llegar al camino, que dan la bienvenida a quienes suben al páramo desde Quintanilla de Onésimo.
  • Tres caleras en relativo buen estado de conservación. Por cierto, que tenían –al igual que los robles y el mirador- un pequeño letrero indicativo junto con su traducción al inglés. Curioso
  • Y el monte. Un precioso monte de encinas, matas de roble, pinos y sabinas. De vez en cuando, un corzo saltaba asustado ante nuestra presencia.
Calera

Calera

Mereció la pena pasear por estos lares. Al final, después de bordear la Planta, salimos a una cantera de caliza en Quintanilla a Cogeces pudimos visitar otro chozo más, éste recubierto de tierra para protegerle mejor de los rigores climáticos.

Luego, una gran rodada de varios kilómetros por el monte el Carrascal, hasta salir al término de Quintanilla de Arriba. ¡Qué delicia pasear tranquilos por un monte prácticamente desierto!

Quejigos

Pero este placer creció cuando abandonamos el monte, pues ahora vamos entre pequeñas tierras de labor, islas de encinares o pinares, laderas, miradores, restos de corrales… Y todo de un verde exuberante, con el cielo azul como único contraste. Prometimos volver más despacio al pico del Castro, con sus cortados de caliza, al Cabezo sobre Valdecuevas, a la Robleñada, al Anisal, y a tantos otros parajes que nos parecieron como de ensueño. Otro día será.

Hontanillas

Tuvimos la suerte de pasar junto a los corrales del Cabezo, en los que aun se mantiene a duras penas un chozo de pastor que tiene protegida la portezuela por un murete de calizas, como un burladero abierto por un solo lado. No hemos visto otro igual, y conocemos más de cien.

Parada y fonda –de tortilla, ya lo hemos dicho- en la fuente de las Hontanillas. ¡Qué dos espectaculares chorros de agua soltaba! Sólo recordábamos algo parecido en la fuente de San Pelayo. No hubo ni sed  ni hambre. Y también volveremos a la fuente de Valdemoras.

Encinas

Después, con robles recortados en el horizonte y divisando las crestas nevadas de Somosierra, bajamos hasta Manzanillo. Ahora al fondo estaba el castillo de Peñafiel. Finalmente, dejando al norte históricos tesos de tierra, llegamos hasta el famoso pino Macareno, ya en Peñafiel. Un descansillo de nada para retomar el camino, esta vez de vuelta.

Y aquí tenéis el track

Horizonte

De las tierras rojas de Font a la Sobrepeña

25 febrero, 2013
Encina

Encina

Viene de la entrada anterior

Cruzamos una lengua estrecha de monte –el Perdigón– y salimos a tierras rojas con linderos de roble y encina donde se cultiva el cereal. De la lengua pasamos a la manga, que vienen a designar lo mismo. Y es que ahora pasamos por la Manga de Font. Los caminos aquí se han perdido. Pero acabamos en los corrales y chozo del Cura, ya en el término de Santa Cecilia del Alcor. Ningún camino nos lleva; está cerca de un cordel de la Mesta, pero no lo seguimos. Nos vamos hacia el Sur por otra cañada que se está repoblando con pimpollos. De vez en cuando, enormes robles desnudos parecen saludarnos. Cada uno es diferente, según la disposición, forma y abundancia de sus ramas. Son algo así como un poema arbóreo. Como el oleaje del mar, como el fuego de una chimenea, como el nadar de los peces, también uno estaría contemplando horas y horas estas ramas contra el azul del cielo a pesar de que no se mueven. Sin embargo hablan quietas, como si nos quisieran trasmitir paz.

Mojón. Al fondo, caleras

Mojón. Al fondo, caleras

En el comienzo de un vallejo descubrimos las caleras de Font, inmensos hornos de color rojizo, medio excavados en la ladera del valle y completados con buenos muros de piedra. Bueno, descubrimos lo que de ellos queda. Enfrente de las caleras, un frondoso bosquete de roble cubre la ladera opuesta. Un poco más allá, pasamos junto a la Casa de Font, (de Julio Font y Canals, que compró estas tierras en 1882) desde donde se administraba este vasto dominio que ahora atravesamos.

Al fin el llano se nos acaba y bajamos al valle de San Juan. ¡Ojo: es una zona de caza! Mejor no pasar por aquí en temporada y, si lo hacemos como es el caso, es fundamental no salirse de los caminos. La Casa es eso, una casa de caza. Por el Este, el valle parece cortado casi a pico. Es un profundo surco por el que rodamos hasta que de nuevo subimos al páramo. Esta vez las bicis no nos llevan. No pueden. La cuesta es demasiado fuerte. Hay que estar muy cuadrado para subirla montado. Nosotros somos rodadores muy normales. Pero arriba, como  siempre, el paisaje del valle compensa el esfuerzo.

Ladera abierta del valle vista desde el cortado del lado opuesto

Nos dirigimos a la cañada real de merinas que une Dueñas con Palencia, donde descubrimos los dos chozos de Montevega –o de la Cañada- con sus corrales correspondientes. El primero se encuentra perfectamente restaurado. El segundo, en una hondonada de la vía pecuaria se levanta en el centro de un grupo de corrales. Pero un poco más allá, un mirador nos ofrece el paisaje del amplio valle donde se juntan Carrión y Pisuerga: a nuestros pies el Canal de Castilla y la Trapa, al fondo los valles, pueblos y cerros de la comarca del Cerrato. No contábamos con este panorama.

Chzo de la Cañada

La bajada a Dueñas es gozosa. Las fuerzas ya habían tocado fondo y ahora se han repuesto un poco. Pero el camino por el que nos dirigimos hacia Cubillas sube ligeramente y lo notamos.

No podíamos dejar de visitar la Sobrepeña, y menos ahora en que el sol de la tarde le pega de lado –o de frente, mejor, ya que es una ladera- y le saca las mejores tonalidades. Es como una visera de piedra bajo la cual hay pequeñas –o no tan pequeñas, que no nos hemos metido- cuevecillas. Encima, el paramillo. En otro tiempo seguro que fue la sede de un castro pues el lugar es perfecto para defenderse; sólo quedan los restos de un chozo de planta cuadrada y un murete que aprovecha el trazado de los bordes naturales. A nuestros pies, un pozo, el chozo de Bocarroyo que ya conocemos, la torre del telégrafo, los corrales de Valdelgada y el amplísimo valle pisorgano.

Sobrepeña

Sobrepeña

Poco nos queda ya. Volvemos a pasar por los corrales de Rascaviejas. Luego, dejamos a la derecha la casa  y corral de las Tudancas, cruzamos la cañada del Moral, amojonada, y por las viejas cuevillas bajamos a Cubillas. Las siluetas de los ángeles del cementerio se recortan contra la luz crepuscular. Estamos de nuevo junto a la ermita del Cristo. ¿Hace un clarete para completar el paisaje?

Ángel de la guarda

Ángel de la guarda