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Niebla alta, niebla baja, o de Campaspero a Fuentidueña

1 enero, 2019

En estos días de Navidad, el anticiclón de las Azores está ejerciendo su influencia en España. Como consecuencia, reina buen tiempo en la península y mal tiempo -niebla- en las zonas centrales de nuestra región, donde no vemos el sol y disfrutamos de un maravilloso tiempo invernal, acorde con la estación.

Así las cosas, decidimos darnos un baño de niebla y barro. Salimos de Campaspero, en el páramo, a más de 900 metros de altura, con niebla cerrada y, al llegar a los valles del Duratón, dejamos la niebla arriba, pues descendimos un desnivel de unos 130 m.

Camino en el páramo

De manera que la primera -y también la última- parte del trayecto fue casi a tientas. Poco se veía. Era como navegar entre la bruma fiados del buen sentido y apoyados por los móviles con GPS. Abajo, hacia el suelo, niebla oscura. Del supuesto horizonte hacia arriba, niebla gris, más o menos luminosa. Y, a nuestros paso, más que árboles o arbustos veíamos cómo pasaban los fantasmas. Lo primero que observamos al poco de salir fue un pozo con molinillo de viento para elevar el agua. ¿Qué hubiera visto don Quijote en nuestro caso? Tal vez un estilizado dragón carcelero de una princesa encantada. ¡A saber!

Y barro. La tierra que ahora rodamos pasó hace unos días directamente de la lluvia a la niebla sin que el suave sol de invierno la pudiera secar. Se avanzaba con dificultad. Las bicis y los ciclistas se fueron llenando de esa pegajosa greda. A punto estuvimos, pero no nos bloqueamos, menos mal. Además, la niebla meona nos fue calando el pelo, la cabeza, las mangas, las chaquetas. O sea, parecía que estábamos sudando la gota gorda. Pero solo lo parecía.

Lagar en Aldeasoña

Al final se vio algo de claridad, que no de sol. Pasamos por Membibre de la Hoz, por la ermita de Rehoyo, la fuente del Piojo y un colmenar derruido, hasta llegar a Aldeasoña y su precioso barrio de bodegas con viacrucis incluido y luego, sí, por una mala pista medio asfaltada pero sin barro ni tráfico, llegamos entre laderas y barrancos invisibles a Calabazas, desde donde bajamos a Fuentidueña, despejada de la niebla porque está abajo, en el valle del Duratón.

Aquí, visita obligada a la iglesia románica de san Miguel, a las murallas del castillo, a la necrópolis medieval, al barrio de las bodegas, al puente, a las peculiares calles con casas porticadas… ¡Qué grande debió ser esta Villa en otros tiempos! Hoy mantiene su aire señorial que impresiona entre estos cerros de ladera casi vertical, simas, sabinas y buitres. Abajo, el Duratón fluye con abundante agua, si bien hoy no es el día más apropiado para bajar a sus praderas.

El Duratón en Fuentidueña, antes de recibir las aguas del Salidero

A pesar de todo, nos acercamos al Salidero, hontanar tan de ensueño como absolutamente real, lugar de sauces y praderas donde los manantiales borbotan y fluyen caudalosas fuentes creando un paisaje idílico en esta Castilla áspera de montes de enebro y pino. En pocos metros los manantiales conforman un auténtico río que tributa al Duratón. Algunos molinos se aprovechan de tanta agua y los peces están a sus anchas porque la temperatura de su líquido elemento es benigna tanto en invierno como en verano. Junto al manantial del Salidero propiamente dicho vemos la fuente de los Caños -7 posee- y la de la Cigueña, donde el agua borbota y parece hervir. Merece la pena acercarse hasta aquí para conocerlo. Además, esta excelente agua se aprovecha para consumo humano y abastece una treintena de pueblos de la Churrería. Es la magia de la caliza cárstica que aflora en un punto, el Salidero, bajo Fuentidueña, o sea, bajo la Señora de las Fuentes, que eso significa precisamente el nombre de esta histórica villa, baluarte contra Almanzor.

Restos de antiguos lavaderos en el Salidero

Ahora seguimos río abajo, por la ribera izquierda. Las aguas, a nuestro lado, bajan limpias y abundantes. El camino tiene barro, pero se soporta bien. Todavía pasamos junto a la fuente de Hontanillas. Y llegamos a Vivar de Fuentidueña donde para variar nos recibe la fuente de la Plaza, donde una figura peculiar expulsa agua por su boca. Poco después llegamos a Laguna de Contreras. Prácticamente todos los pueblos por los que estamos cruzando tienen restos de arte románico. El río modeló el valle y los hombres aprovecharon sus cuestas y recovecos.

Encinas

Entre el camino y el río se extiende una amplia zona verde, el Prado Cuerno y a nuestra izquierda, la ladera del páramo que es en realidad un monte de carrascos y matas de roble y encima. Subimos por Valdelabuz, que es una subida bastante dura con estas condiciones de arcilla húmeda. Nos bajamos de las burras para que suban sin peso y, salvados poco más de 100 m de desnivel; finalmente nos presentamos en el páramo de las Corralizas. Pero no vemos ninguna porque de nuevo se hace presente la niebla densa, cercana y meona. La cañada que va de Rábano a Campaspero nos hace de guía hasta esta última localidad con solo dos parones, el primero para probar las últimas uvas de un majuelo perdido en la llanura y el segundo para reparar un pinchazo.

Aquí dejamos el recorrido según Durius Aquae.

 

Llanuras y toboganes (Campaspero y el Duratón)

2 julio, 2014

Embalse Las Vencias

Poco después de Campaspero, hacia el sur, el páramo inicia un suave descenso, como buscando los afluentes de los ríos Duratón y Cega. Ello hace que la inmensa llanura adquiera una perspectiva distinta y se haga visible, pues la dominamos desde una altitud superior, aunque sea mínima. Además, alcanzados los valles de esos afluentes, vemos cómo se eleva la llanura, ahora hacia la sierra que preside el paisaje desde el fondo.

La Hoz

De manera que nos lanzamos a rodar, un poco cuesta abajo, buscando el cauce del arroyo de la Hoz. Cruzamos un pinarillo –de los muchos que hacen variada esta paramera- y conectamos con varias cañadas para presentarnos en Membibre, que guarda un vergel en un tajo de la paramera. Fuentes, bodegas, pequeñas praderas, palomares, un precioso ábside románico en la iglesia parroquial; todo está aquí como escondido.

Molino

Ahora vamos por el arroyo de la Hoz en su fuga hacia el Duratón, que sigue siendo un vergel entre paredes calizas. Dejamos atrás las bodegas excavadas en la peña y dos viejos palomares.

En uno de los recodos descubrimos el molino de Enmedio, que el de Arriba lo dejamos en el pueblo. Increíble lugar: en el centro del vallejo, el molino y la balsa con sus dos bocines; en la ladera de la derecha, carios corrales en cuevas, cerrados con tapias de piedra; a la derecha, más cuevas. Y todo una ruina, hasta la alameda y prado de aguas abajo: los negrillos son sólo matas que no levantan ni tres metros. Menos mal que al fondo unos cuantos chopos viven y dan sombra. Por encima de todo, almendros en los bordes y el páramo ya reseco.

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Otro recodo más, se abre un poco el vallejo y llegamos al molino de Abajo, que también es una ruina. Una densa y larga alameda protege fuentes y manantiales pues si en ella entró seco el arroyo, de ella resurge con caudal abundante.

Toboganes

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Salimos del cauce por el firme de un antiguo camino que a duras penas vislumbramos. Arriba nos cruzamos con la cañada merinera, olvidada y malherida por los cultivos. Entre bajadas y subidas más o menos suaves contemplamos campos de cereal sin cosechar y alguno de patatas, ajos o remolacha. Evitamos entrar en Fuentesaúco de Fuentidueña y en otro cruce con crucero volvemos a retomar la cañada merinera que, esta vez, nos deja en Calabazas de Fuentidueña por una pista asfaltada.

Curioso lugar: la fuente es un manadero protegido en que se recogía el agua, que pasaba luego al abrevadero y a los lavaderos. Pero sobre el mismo lavadero se ha construido una casa, sin mayor problema; en su cristalera una frase Todoesponerse. Claro. Y la iglesia de la Asunción tiene una nave que es más alta que la torre.

Fuente del Cuadro

Se agradece la cuesta abajo. A mitad de bajada, otro vergel, alimentado por la fuente del Cuadro. La pared natural y un muro de piedra protegen este caudaloso manadero; castaños y nogales nos dan una profunda sombra y… aquí nos quedamos para descansar y repostar un poco, es el lugar ideal. Más abajo, una variada huerta con frutales se aprovecha de esta aguas.

El frescor del Duratón

Continuamos bajando y otra fuente –con un diablejo escupiendo agua- nos recibe en Vivar de Fuentidueña, ya en las riberas del Duratón. La iglesia de la Magdalena es románica y coqueta. Dos capiteles impresionan por su sencillez. Por el momento, hemos dejado los áridos páramos. Aquí, bosques de galería protegen el río y nosotros nos aprovechamos también de su frescor; además, cortan el viento que ahora da de frente o de costado.

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Las orillas invitan a quedarse y acabamos haciendo otra parada en Rábano, junto al puente de madera remozado hace cuatro años. Ovas y pequeños nenúfares blancos adornan la corriente de agua. Una poza junto al puente nos está invitando a zambullirnos y así lo hacemos.

Y de nuevo el páramo

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Menos mal que nos hemos refrescado en el río: ¡menuda cuestecita nos espera! Pero ya es historia, como tantos recovecos o lugares al hacer camino. Justo arriba nos recibe otra fuente, entre las ondulaciones previas a la llanura definitiva. Con el gaznate fresco emprendemos el último tramo del camino. Es una cañada merinera trasformada en pista para uso de tractores y cosechadoras.

Cuando todavía faltan 9 km para Campaspero, el pueblo se deja ver en el horizonte limpio. Como lo vemos tan cerca y como el viento nos da tan de cara, nunca llegamos. Esta última etapa parece no acabar. Nos distraen recolectores de ajos. Pero al final, pasamos junto al molino de piedra y viento que nos dice: ¡estáis por fin en la meta!

Y el recorrido en wikiloc.

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Cañadas Reales y canteras de caliza (de Cuéllar a Rábano)

15 marzo, 2014

CuéllarPrimer día de primavera aunque no haya llegado oficialmente. De Cuéllar a Rábano por cañadas reales y vuelta. Sol, temperatura agradable, algo de viento. Y un panorama ancho e profundo, con Guadarrama nevado como telón de fondo. Casi 70 km.

Tomamos primero la Cañada de los Manes, desde las proximidades de Cuéllar hasta cerca de Campaspero. Conserva una anchura variable, se nota claramente que es una cañada, pues una alfombra verde de hierba rala la distingue de las tierras ocres o blanquecinas de labor. La caliza aflora por todas partes y en la vía pecuaria abundan restos de lo que fueron buenas corralizas de piedra, algunas también con restos de chozos.

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Los Manes enlaza sin solución de continuidad con la Cañada de Martín Abad, que aprovecha el límite entre Campaspero y Olombrada, hoy también entre Valladolid y Segovia. Al principio hay algunos corrales; vimos un pozo con el brocal tallado totalmente en piedra.

Sierra

Y es que esta es otra de las peculiaridades de la ruta. La piedra caliza, su extracción y su  talla. Pasamos junto a las famosas canteras de Campaspero, de las que se extrajo la piedra para construir, entre otros muchos monumentos, la catedral de Valladolid. Enormes piedras ciclópeas provenientes de la capa –aquí de 30 metros de espesor- que recubre el páramo habían sido extraídas, encontrándose ya almacenadas sobre el terreno, a la vista de cualquiera.  También nos acercamos a las mismas canteras: ¡qué curioso, la piedra estaba húmeda y se podía romper con los dedos!

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Y fuimos, en esta localidad (campo áspero, lo que hemos comprobado en el suelo de las cañadas), a ver un molino de viento con el que se extrae agua para regar; se trata de uno de los pocos que podemos contemplar en la provincia.

Y a partir del término de Canalejas la cañada se llama, sin más, con el genérico de Real Merinera. Todo el trayecto que llevamos fue muy utilizado al final de la edad media y comienzo de la moderna por los ganados mesteños pues enlazaba la sierra de la Demanda con las dehesas de Extremadura.

Molino

A lo largo del trayecto hemos levantado una avutarda –sólo una-, hemos contemplado un águila real e, incluso, también hemos levantado un buitre que se nos dejó acercar unos 40 m. Teníamos duda de que levantara el vuelo, de lo cebado que parecía.

Conforme nos acercamos al Duratón casi se nos olvida por donde vamos, pues de la cañada, ni rastro. El trazado original ha sido absorbido por los campos de cultivo y el rumbos lo mantenemos pero desde el camino.  Al fin, en la asomada de Rábano hay un prado con una caudalosa fuente: ¿qué mejor sitio para comer y –como si fuéramos ganado- sestear?

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Cerca de esta fuente vimos los corrales de Valdelavid. Curiosos, pues no es normal ver unos muros de casi tres metros en este tipo de construcciones.

La vuelta la hicimos aprovechando alguna carretera, distintos caminos y una cañada real merinera que se trasforma en el cordel de la Comuñera para, finalmente, desaparecer. En uno de los muchos cruces cañariegos había un crucero.

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Pasamos por Membribe de la Hoz (o sea, ¡qué bien se vive junto a la hoz que forma el arroyo!), cuya iglesia de San Martín posee un artístico ábside románico. Pero lo más impresionante de la vuelta fue, sin duda, el paisaje: un páramo ligeramente hundido hacia el sur nos permitía contemplar un inmenso panorama llano con un fondo nevado en el que resaltaban Somosierra, Peñalara, la Mujer Muerta…

9 marzo 036Y el track de Miguel Ángel.