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La Cañada Real Burgalesa en el Cerrato palentino

26 julio, 2012

(46 km aprox.)

Después de recorrer en Mayo el ramal de la burgalesa que atraviesa, por la provincia de Burgos, desde Lerma a Hérmedes, el domingo pasado nos hicimos el otro ramal, que une también Lerma y Hérmedes pero cruzando por la provincia de Palencia.

A pesar de estar en pleno verano, no nos equivocamos. Partimos de Hérmedes por el páramo a tomar el prado del Aguilarejo, junto al molino de Corcos, lugar donde se unen –o separan, depende- los dos ramales. ¿Qué hacía a los pastores tomar uno u otro? Pues tal vez la situación de su respectivo lugar en la Sierra de la Demanda, o tal vez la saturación de rebaños en una cañada, o tal vez la abundancia de pastos dependiendo del año. Lo cierto es que los dos ramales son diferentes, como veremos.

Lo más característico del que hemos recorrido es que va, casi durante todo el trayecto, por bosques de robles o enebros. Incluso ya al final, cerca de Rayuela, el monte de galería lo constituye, precisamente, la propia cañada. El firme es bueno para rodar, ya que no hay arena ni grava. Y, en verano, es duro. O sea, un trayecto ideal para la bici. Los agricultores han respetado bien la achura de la vía pecuaria, aunque con demasiadas excepciones.

Hérmedes y Villaconancio.- Desde el término de Hérmedes caemos al arroyo de San Sebastián para subir enseguida por terreno de yeso al páramo de Valdegallón, monte de robles y encinas con abundantes corrales y chozos en las proximidades de la cañada. En la bajada tenemos la fuente Prolongar, a unos 300 m al Este. Al llegar a Villaconancio, a la izquierda, en una huerta vemos la pintoresca fuente Tejera.

La subida desde esta localidad, por el cementerio, es una de las más fuertes del trayecto. Pero compensa por la vista que nos ofrece del valle. Casi en la misma cañada están el chozo y corrales del Guijo, y más alejada, la fuente del mismo nombre.

Baltanás y Antigüedad.- La cañada es una amplia franja de monte. Encina, roble y sabina son las especies arbóreas. A pesar del verano predomina un verde amarillento, y no faltan flores aunque de color apagado y austero. Vemos corrales, muchos corrales: de Marianilla, de las Cachorras, del Roñas. Y, fuera de la vía, un enorme chozo hacia el Norte, en Valdemoré.

Dejamos el término de Baltanás para entrar en Antigüedad y bajamos a la fuente de Serranos, en el Valle de Fuentehorno.  Merece la pena este desvío de unos 400 m. Se trata de un lugar fresco y tranquilo, en la umbría del vallejo, protegido de los calores por chopos y por la misma ladera. La pequeña charca y los diez pilones que recogen el agua ayudan también a crear este agradable ambiente para reposo del cansado ciclista, como antaño lo fuera de los rebaños merinos.

Seguimos disfrutando de un precioso sabinar en el páramo de Valdestina. Nos sorprenden, tras un enebro, una pareja de avutardas. Nunca las habíamos visto tan cerca, a 5 m. ¿Por qué no estarían en campo abierto?

A la altura de unos corrales enormes en extensión –sin llegar a los del Girón- hemos de torcer a la izquierda, hacia el Norte. Seguimos la cañada –siempre amojonada- que nos conduce a un pozo de agua buena, en la cola del Valle de Fuentehorno, para subir enseguida y seguir hasta un camino que viene de Antigüedad: en el vemos la Cruz de la Muñeca.

Y por aquí la cosa se complica. No hay camino ni sendero hasta que llegamos a los corrales de Carravillafruela ode Valcabao. Cruzamos el valle del arroyo de los Caños para aparecer en los dominios del Garón.

 

Palenzuela y Royuela.-

Hemos llegado a la zona más alta de la excursión y –tal vez- del Cerrato. Vemos hacia donde nos dirigimos las estribaciones de la sierra de la Demanda -¡qué alegría sentirían los pastores cuando, volviendo de Extremadura, atisbaban su casa tan cerca!- y hacia el Sur, las estribaciones del Guadarrama. ¡Estamos en medio de Castilla!

A partir de ahora empiezan a escasear los bosques y predomina claramente el campo abierto. Pero la cañada –ahora convertida en cordel- se encuentra acompañada de vegetación más o menos densa.

Hasta Royuela es cuesta abajo, con alguna ondulación. Y sigue habiendo abundancia de corrales. Todavía junto al Garón vemos los enormes y elegantes –piedra caliza de cantería en alguna pared- corrales, o caserío, de Pajarejos. Hoy ya son ruina. Más adelante, junto a la cañada, una extensión impresionante dedicada a corrales: son los de Valfrío.

Después pasamos por la tenada del Monte y, por fin, llegamos a Royuela, escondida junto a su Río Franco.

La cañada sigue hasta Tordomar (9 km), siguiendo la carretera entre ambos pueblos, lugar en el que hoy se pierde. Un cordel seguía hasta Lerma mientras que otros se dirigía hacia el Noreste, buscando las comarcas mas septentrionales de la sierra de la Demanda, e incluso otra vía pecuaria tomaba la dirección del Norte hacia la cordillera Cantábrica.

…y del Aguilarejo hasta Valladolid

25 mayo, 2012

(Continuación de la entrada anterior)

Desde el prado del Aguilarejo, la cañada enfila un pequeño valle repleto de robles jóvenes y sube al páramo, donde sigue entre robles durante poco mas de un kilómetro. Pero enseguida conecta otro valle, ya tributario del Esgueva.

Es el valle de Arranca, con arbolado en sus laderas y abundante pasto en el fondo. Con frecuencia llega a encharcarse, lo que aprovechan los patos para refugiarse y criar. En medio del valle está el pozo de la Tablada, protegido por una caseta. Es uno de los pocos sitios de la cañada donde pastores y rebaños podían beber agua en abundancia. Si no, tenían que confiar en que hubiera charcos. O bajar a un pueblo cercano, con lo que eso suponía para los rebaños. Donde acaba el valle, alguien ha acabado con la cañada, de modo que tenemos que ir o bien por la ladera –como no somos ganado, resbalamos- o bien por el sembrado.

Al cruzar la carretera de Amusquillo la cañada se convierte de nuevo en bosque de robles, y de nuevo subimos al páramo, de donde ya no bajaremos ¡hasta Valladolid! No obstante, ofrece hermosas vistas al valle de San Vicente, que esconde la ermita de este santo venerado por los esguevanos. Y se alternan tierras cultivadas con terrenos montaraces.

Ahora el paisaje va a ser muy similar –aunque cambiante continuamente- hasta llegar a las proximidades de nuestra meta. La cañada conserva cierta anchura, sin llegar a las 90 varas, y cruza por montes –cada vez menos- y cultivos –cada vez mas. Por los documentos y mapas está claro que todo esto fue un inmenso monte de robles y encinas; y esta es la razón de que vinieran por aquí los rebaños, para no molestar a los agricultores que trabajaban en las tierras de los valles próximos.

Vemos algunos amplios descansaderos, como el de los corrales del Raso; nacimientos de vallejos entre robledales, como el de Santiago, el de las Victorias o el del Doctor; chozos de pastor, y un pozo. Llega un momento en que desaparece definitivamente el monte, si bien quedan grandes robles como testigos junto a la cañada, reducida ahora a un camino de dos roderas. En todo caso, hemos rodado durante muchos kilómetros por Los Páramos –así designaban los pastores esta zona- sin ver casas ni construcciones que no fueran pastoriles.

Finalmente nos pegamos casi de narices con el vallado del campo militar de Cabezón que nos desvía por su linde Sur y termina por empujarnos a la carretera del valle Esgueva junto a Renedo. Cuando los pastores trashumaban, descendían por donde estuvo Nicas para abrevar en el Pisuerga, luego seguían por la carretera –que es cañada- hasta la pradera del Carmendescansadero.

De Lerma a Hérmedes de Cerrato por la Cañada Real Merinera -y Burgalesa

21 mayo, 2012

 

Lerma se encuentra rodeada de carreteras, vías férreas, autovías y nuevas construcciones. Por esa razón, en sus proximidades la cañada se encuentra perdida. Lo mejor es tomarla a partir de Avellanosa de Muño o de Iglesiarrubia. Y allí nos descargó la furgoneta. El conductor –¡gracias, Miguel Ángel!- desconectó su móvil para no correr el riesgo de ir a recogernos en mitad de la excursión. O eso nos dijo.

Enseguida vimos la cañada: una franja de hierba o pastizal entre tierras de labor. Cerca de la franja, algún corral de piedra caliza, lo cual da a entender o que la cañada fue mucho mas ancha o que antaño todo esto era monte. Seguramente las dos cosas, pues enseguida pasamos por una zona en la que la cañada cuenta con abundantes sabinas de pequeño porte: son los restos del inmenso enebral de Lerma, totalmente roturado hoy, salvo en la vía pecuaria.

Y lo que vemos ahora será la tónica hasta Hérmedes: el cielo arriba y el suelo abajo. Y nosotros, como volando a ras de tierra. No es todo tan raso como en los páramos de Palencia o Valladolid, pues se notan ligeras ondulaciones, algún otero, alguna reguera. Las cebadas, de un verde brillante y ya mecidas por el viento; los trigales, de verde oscuro; la cañada de un verde apagado. De vez en cuando, guisantes forrajeros.

Casi de repente aparece a muchos kilómetros al Oeste, como si fuera un espejismo, Villafruela. La vamos como bordeando, muy de lejos. Se mantienen los corrales; en los de esta zona no hay un solo chozo, y las corralizas son más regulares que las del Cerrato, perfectamente rectangulares, con puertas con jambas y dinteles de una pieza. Pero en ruina muchas. Otras en uso: las distinguimos porque sobre los tapiales – de casi dos metros- han prolongado otros dos metros de tela metálica sostenida por varales de metal. Así las ovejas quedan mas protegidas de los lobos, que no de los ladrones que se llevan pequeña maquinaria, bañeras-abrevadero, pesebres y cosas por el estilo.

Casi subimos un pequeño alto –el Otero lo bautiza el mapa y le señala 952 metros de altitud-  antes de dejar los dominios de Villafruela. Las sabinas ya han desaparecido casi por completo y entramos en el señorío de los robles: la mayoría solitarios, si bien quedan algunos bosquecillos que son testigos de una época en que lo cubrían casi todo.

En una bifurcación con un ramal muerto entramos en las extensas ruinas de los corrales de la Nava. ¿Todo solitario? ¡No! En una tenada hay paja reciente, mantas oreándose y una chaqueta el pastor.

Seguimos cañada. No encontramos a nadie. Sólo a dos pastores, pasados los corrales de las Monjas. Uno de ellos, con más de 70 años nos dice que nació entre las ovejas, y da a entender que morirá con ellas. Nos muestra que la cañada, sí, ha sido recientemente amojonada, pero,

-¿Veis el mojón en medio de las cebadas? ¡Nadie respeta nada!

Le comentamos el trayecto que estamos haciendo y lo hermosos del paisaje.

-¡Hablad de las cañadas en foros y conferencias! -nos anima- que si nadie nos ayuda, esto desaparece.

Al menos, a través de este blog, algo de caso le estamos haciendo.

Conforme entramos en la provincia de Palencia la cañada se llena de grandes piedras calizas. Por un lado, parecen restos o desescombros de las carreteras próximas, por otro, son las piedras que los agricultores han sacado de sus campos y depositado en la vía pecuaria.

Vemos el primer vallecillo en muchos kilómetros, señal de que estamos cerca de Hérmedes y, efectivamente, al poco distinguimos la nave de su iglesia.

Esta localidad tiene dos joyas: la ermita de Santa María de las Eras, de trazas mozárabes, y  el arroyo Maderón lleno de caudalosas fuentes y chopos que dan frescor a caminantes o rodadores que, como nosotros, necesitan de un buen descansadero. Y una tercera que no conviene olvidar: la Matafombellida.

Seguimos por una lengua de páramo hasta caer sobre el horcajo de los dos arroyos que esculpieron la lengua, donde el molino del Aguilarejo se aprovecha de ambos caudales. Y aquí recibimos el otro ramal de la cañada, el que se lleva precisamente el nombre de Cañada Real Burgalesa.

Continuaremos en la próxima entrada, que aun queda mucho para Valladolid.

Hermosa y solitaria burgalesa

17 mayo, 2012

Una tupida red de vías pecuarias ha unido las Cuatro Sierras Nevadas ( de León, de la Demanda, Segoviana y Conquense) con las dehesas y pastos de Extremadura, La Mancha e, incluso, Andalucía en algunos casos. Eran utilizadas, sobre todo, por los ganados merinos de la Mesta, que produjeron durante siglos la mejor lana del mundo, principal riqueza de nuestros reinos.

Pero eso fue en otros tiempos. La Mesta murió en el siglo XIX y la trashumancia de los merinos hacia los años 60 del siglo pasado. Sin embargo, aun queda parte de esa red de cañadas que unía sierras y dehesas. ¿Y alguna manera mejor para conocerlas que recorrerlas en bici?

Por Cañada Real Burgalesa podemos entender –de manera aproximada- la vía o vías pecuarias que, viniendo de la Sierra de la Demanda, pasaba por las provincias de  Palencia y Valladolid. Al atravesar Burgos de Este a Oeste, nadie la llamaba burgalesa, aunque lo era. Allí todas son burgalesas. Era conocida por Cañada Real simplemente, o Cañada Merinera. En realidad, la cañada burgalesa era la que utilizaban los pastores desde la Demanda hasta Extremadura.

Otra cañada conocida por Burgalesa, era la que discurría de Palenzuela a Hontoria. A partir de aquí se le unía otra que venía del norte de León y Palencia y cambiaba su nombre por el de Leonesa, señal de que predominaban los pastores de esta otra sierra.

Llamativo de esta cañada es que –de Lerma a Valladolid, unos 110 km- los pastores que hacían el trayecto por el ramal oriental –llamado al principio Cañada Merinera, luego Cordel burgalés y finalmente Cañada Real Burgalesa- sólo pasaban por un pueblo: Hérmedes de Cerrato. Aunque también veían de lejos, a 4 km, Villafruela. Los que llegaban  por el ramal occidental –que partía de Tordomar, a la altura de Lerma- cruzaban Royuela del Río Franco y Villaconancio. Tampoco era demasiado.

Esto le da un especial encanto a la cañada: vas como navegando entre el cielo y la tierra. No encuentras a nadie, a lo sumo, algún rebaño cerca de un corral, o un agricultor a varios centenares o miles de metros.

Pues este es el trayecto (por el ramal oriental, desde cerca de Lerma a Valladolid) lo hemos hecho el domingo pasado. Lo contamos en la entrada siguiente. Más adelante, si todo va bien, recorreremos el occidental, palentino.

Por el Cerrato a Valladolid (y II): El último páramo

7 abril, 2012

La segunda parte del trayecto era para nosotros más conocida, pues rodamos sobre todo por la Cañada Real Burgalesa. Hay que decir que en Población de Cerrato empezaron a aparecer nubes que presagiaban tormenta.

La tercera y última subida al páramo –aunque era larga y suave- se nos hizo algo costosa por eso, porque ya teníamos almacenadas en las piernas otras dos. Entre pinos, frutales, robles y encinas aparecimos en la Cañada, estrecha franja de monte entre tierras de labor.

Cruzamos junto a los corrales del Raso, con dos chozos semiderruidos. Un poco más abajo, en el comienzo del valle está el Roblón de Santiago, pero no bajamos a verlo.

Otro poco más, y pasamos junto al comienzo del valle del Doctor, bien repleto de robles y encinas, que guarda la fuente del Pocico.

La Cañada finaliza en el campo militar de maniobras. Sus vallado nos empuja hacia el valle Esgueva, entre Castroverde y Renedo. Y aquí tomamos la senda verde. Desde que empezamos a rodar por la vía pecuaría, al Sur veíamos cómo descargaba una fuerte tormenta en el valle del Duero, entre Sardón y Tudela. Al Norte, también con fuerte aparato eléctrico, descargaba en el valle del Pisuerga. Nosotros llegamos, entre las dos, secos y sanos a Valladolid. Había caído unos 65 km, aproximadamente.

La Mata Fombellida

8 agosto, 2011

Esta vez la meta principal de la excursión fue visitar la Mata Fombellida, pues aunque hemos estado más de una vez en Hérmedes no nos habíamos fijado en ella. La otra meta, dado que estamos en verano y hace bueno, es pegarnos un chapucón en el embalse de Encinas.

La Mata es un viejo y singular roble quejigo muy querido en su pueblo. Lo del apellido –Fombellida– le viene dado porque está en la dirección de esa otra localidad limítrofe.

La Mata se encuentra en el borde mismo del páramo. Entre ella y Hérmedes se hunde el fresco valle de San Juan, repleto de fuentes en las que hay que beber, chopos, sauces y vegetación diversa. Un idílico lugar. ¿Cuánto tiempo lleva la Mata clavada ahí. Pues ni se sabe, pero unas cuantos siglos. Tal vez no tantos como el mismo pueblo, cuya ermita de la Virgen de la Era  es de origen mozárabe, o sea, anterior al románico. No hay más que ver su arco de herradura. Además, en época visigoda es muy posible que la zona tuviera un monasterio o, al menos, unas ermitas para los ermitaños. De ahí lo de Hérmedes .

La Mata tiene un tronco fuerte, una copa ancha y unas ramas curvadas cual llama, o sea, flamígeras. Da gusto verla: parece que te quiere acoger y proteger. De hecho, han colocado unas mesas y bancos  bajo su copa protectora. Además, es como una avanzadilla del pueblo que se ve al fondo. Y un pero: han hincado, a su lado, pegandico a ella, ¡una antena de telefonía!  Tienen un montón de kilómetros cuadrados para colocarla y la clavan junto a la pobre Mata. ¿Cómo entender algo así?

* * *

En fin, salimos de Amusquillo por la carretera, que pasa junto a la fuente de la Pililla para después tomar Valdemaza. Rodeado un vértice geodésico conectamos con la Cañada Real Burgalesa que nos introduce en un bosque de matas de roble. El suelo estaba relativamente verde a pesar de los calores estivales, pues quedan abundantes praderías. Y desde el molino de Corcos, el valle de San Juan en suave subida nos lleva hasta Hérmedes.

Visitada la Mata enfilamos hacia Encinas de Esgueva, para refrescarnos en su embalse. Cuesta abajo por tierras de labor, pinares, robledales y algunos chozos de pastor hasta llegar a Encinas. Y, finalmente, una ligera subida nos condujo al pantano. Hasta aquí han sido unos 40 km aproximadamente.

Para volver a Amusquillo cómodamente, existe una buena pista por la orilla izquierda -la carretera va por la derecha- del Esgueva.