Posts Tagged ‘cañada’

Mojón

13 abril, 2020

Mojón en la cañada del Moral, entre Cubillas de Santa Marta y Dueñas, o entre Valladolid y Palencia. 13 de abril de 2008, pero ahí sigue.

San Francisco de La Parrilla y una vieja cañada

28 enero, 2020

Estamos en La Parrilla. La puerta de la ermita de San Francisco de San Miguel está abierta, como invitándonos a traspasarla. Dentro saludamos al presidente de la cofradía del Santo y a una señora que lo acompaña; están en tareas de limpieza porque dentro de poco comenzará la novena de preparación de la fiesta que es el 5 de febrero, aniversario del martirio –en 1597, en Japón- de este hijo del pueblo.

Llama la atención por su limpieza y buena conservación. José María, que así se llama el presidente, nos explica la vida del Santo sobre dos precioso grabados que se encuentran a la izquierda del altar y en la sacristía. En ellos podemos apreciar una escena dantesca si no fuera por el verdadero arte que, con su belleza, lo dulcifica todo, hasta lo más terrible. Vemos 26 cruces con sus crucificados –uno de ellos nuestro san Francisco- atravesados o a punto de serlo por lanzas, sobre una colina. En el retablo, san Francisco en esa forma, otra obra de arte sencilla y popular. Llama la atención la movilidad de este parrillano en aquella época: después de recorrer muchos conventos en España, misionó en México y Filipinas para acabar muriendo en Nagasaki. Eso sin contar que fue embajador de España en Japón y consiguió del emperador que no invadiera las Filipinas. Mucho le debemos a este parrillano santo y sabio.

Nuestro santo es el señalado bajo una x, el “sol” es sólo reflejo del cristal

Vista la ermita, nos fuimos por la cañada de Montemayor a tomar la cañada leonesa, que coincide con la carretera de Tudela a Montemayor. Por aquí llegaban los ganados merinos después de pasar por Cabezón, Renedo, Tudela. A La Parrilla no se acercaban, sino que seguían por la cañada –que trazado se aprovechó para la carretera- y al llegar al pinar de las Navas torcían hacia el sur, siguiendo el camino de Camporredondo. Como era pinar, se podían extender, ensanchando el rebaño, sin mayores problemas. Unas veces hemos sido siguiendo la pista y otras –como esta- rodamos cerca de la raya de Montemayor por un camino que se asienta sobre la piedra del páramo. Al otro lado de la raya, nos mira desafiante un ganado que parece bravo.

En la cañada abundan los negrales

Entramos en el término de Portillo y giramos hacia el oeste; ahora estamos en el pinar de las Arenas. Aquí descubrimos, una vez más, que todas las cañadas discurren por un límite, y que la que hoy seguimos no es una excepción. Parece que se hicieron para delimitar municipios, montes, tierras, lomas… Pues bien, ésta leonesa avanza por el límite de las arenas y las peñas. Nuestro páramo se encuentra recubierto de arena traída por el viento del sur. Pero no está recubierto en todas partes. En Camporredondo, por ejemplo, las laderas del norte están limpias de arena, mientras que por las del sur es imposible rodar y aun caminar. Al avanzar por nuestra cañada vemos que una duna se extiende, paralela a la vía pecuaria, por el norte. A la vez, hacia el sur estamos acompañados de un espacio amplio sin pinos, sin hierba y casi sin musgo. El suelo no posee ni arena ni casi tierra, sino que aflora la piedra caliza por todas partes. Los pocos pinos que intentan crecer no lo consiguen, están raquíticos, y alguien ha plantado arizónicas.

Difícilmente crece algo sobre un suelo de piedra

O sea que vamos por la divisoria de la peña con la arena. No podía ser de otra manera. ¿Por qué? Seguramente de buscó a propósito para librarse de los terribles arenales, complicados también para el avance del ganado. Si desde La Parrilla se traza una linea recta hacia Santiago o Megeces -hacia donde van los merinos- resulta que tendrían que atravesar un arenal de terribles dunas. Entonces, más vale dar un rodeo por terreno firme.

Finalmente, la cañada cae hacia el arroyo Mesegar y cruzarlo, para enarenarse hasta límites insospechados en el pinar de los Hoyos y seguir hacia Cogeces de Íscar. Nosotros hemos pasado antes por el pico Yeseras para contemplar el amplio valle, Santiago del Arroyo y, de frente, el Riscal. También hemos visto cómo en esta época lluviosa las lagunas del Toro quieren volver por sus fueros perdidos y se producen encharcamientos cercanos, en el Prado.

Santiago del Arroyo al fondo

Visitamos lo que queda –más bien poco y ruinoso- de las antiguas yeseras al tiempo que a las ruedas se pega esta materia blanquecina. Nos salva la carretera, que nos lleva hasta Camporredondo.

Y aquí lo dejamos para seguir en la próxima entrada, con el trayecto completo a vuestra disposición.

Altos del Duero en Peñafiel y Castrillo

18 octubre, 2019

Peñafiel se asienta sobre valle del río Duratón, pero no toda, pues una pequeña parte que incluye el camposanto e importantes bodegas se levanta sobre el valle del arroyo –río para otros- Botijas. El cerro del castillo separa los dos valles. Ambos, río y arroyo, desembocan en el Duero a unos 300 m de distancia uno de otro.

Para salir de Peñafiel vamos a seguir la cañada Bermeja, cañada merinera que sube al páramo de San Pedro. Pero antes cruza precisamente el arroyo Botijas por un pequeño y precioso puente de piedra de tres arcos, que lo tiene todo: tajamares, robustos pilares, pretriles, embocadura… Abajo, el agua corre entre un denso espadañal. Muchas ovejas –merinas y no merinas- y otros ganados han pasado sobre su calzada a lo largo de los siglos, pues no en vano da servicio a una cañada. Preciosa vista sobre el castillo si no fuera porque delante nos han plantado el polígono industrial.

Avanzamos ahora por las vides del Pago de Carraovejas. Si fueran personas, estarían felices, pues pocas cepas reciben tanto cariño como estas. No hay más que verlas para adivinar donde está parte del éxito de estas bodegas. Pero volvemos a decir lo que dijimos antes sobre el paisaje de Peñafiel y su castillo, si bien ahora las naves industriales se encuentran más alejadas y proporcionalmente han disminuido de tamaño.

Vamos hasta el pico de Santa María –lo veíamos al subir de espectacular estampa, blanca y vertical- que ha sido modelado por el Duero y otros elementos naturales a lo largo de cientos de miles de años. Con el río, forma un estrecho paso –el Portillejo– que controlaba el acceso a Peñafiel viniendo del este. Desde aquí no sólo vemos Peñafiel, también la orilla derecha del río y los páramos de Curiel –con su castillo- y los de Bocos, más a contramano. Y la inmensa mancha del pinar de San Pablo, delante de Pesquera.

Ahora nos vamos hasta los corrales de San Pedro, asentados sobre una pradera que hoy pierde terreno en favor de las plantaciones de pinos de Alepo. Aun vemos en pie un estilizado chozo, ya desmochado, y unos corrales sorprendentes por su buena factura: muros anchos y altos, con algunas esquinas en piedra de auténtica sillería. Antaño la cañada se bifurcaba aquí y un ramal bajaba en directo hacia el Duero; hoy éste ha desaparecido y nosotros seguimos el único ramal practicable.

Nos volvemos a asomar al Duero en diferentes puntos del borde del páramo. Tal vez lo mejor de esta excursión sea, precisamente, el paisaje de este valle. Elevados 150 sobre el río gozamos de una vista de pájaro -o de águila- y las riberas parecen otra cosa. Si el Duero es el río de la epopeya condal castellana, el castillo de Peñafiel lo rompe desde el sur, el pico de Santa María señala el oeste, a favor de la corriente, y el Duero, con sus suaves meandros a pesar del cañón, no se da por enterado. Aguas arriba, el valle desaparece para formar una llanura tranquila y hasta dulce por los racimos de uva, propia de Baco, alejada de los ásperos páramos.

A la vista del pico Redondo –es como una península que se mete en el valle- descubrimos otros viejos corrales que han aprovechado las calizas del cerral a modo de visera para proteger mejor los rebaños. Después, bordeamos la Calvacha Arenosa, con sus corrales y chozos y buscamos, en vano, la fuente de Valcavado en el barco que da a la casa del Empecinado. Abundan los sauces, arbustos y pequeños prados -todo verde- pero no llegamos a dar con el agua. Tal vez brote en primavera.

Volvemos a la cañada; en algunos majuelos están vendimiando y, al llegar a la charca de Fuentidón, saltan las ranas y la fuente gotea; los álamos dan sombra. No se está mal, por lo que descansamos un poco para continuar en la entrada siguiente.

Aquí podéis ver el trayecto.

Un rebaño en la cañada

21 junio, 2018

No es normal encontrar ovejas en la ciudad de Valladolid, ni tan siquiera en una cañada real como lo es la Leonesa Occidental. Pero ahí estaban pastando el pasado domingo, entre Covaresa y el Peral, cerca de la VA-30.

De lejos pensamos que se trataría de algún rebaño trashumante de merinas, pero no, que eran churras y venían de Simancas. Habían llegado hasta el Peral atravesando el puente sobre la VA-30 y en el momento en que llegamos se daban la vuelta para volver a casa. El rebaño era de Simancas y el pastor, un joven gaditano afincado en Moraleja de las Panaderas. Llevaba los enseres en un burro y le ayudaban en su trabajo al menos tres perros careas.

Los ciclistas y paseantes aprovecharon para sacar fotos: ¡no todos los días cruzan rebaños por la cañada real!

¿Vendrán tiempos en los que sea raro encontrar vehículos en las carreteras?

Rodando por el siempre cercano páramo de los Torozos

20 enero, 2018

Los páramos son inagotables. Entre sus vallejos, laderas, montes y navas, siempre se descubre algo nuevo. Y si no se descubre, con toda seguridad que el mismo paisaje por el que cruzamos haces dos meses o dos años ha cambiado: está más verde, o más florido, o más vistoso, o el color del cielo se reflejará en sus campos dándoles una tonalidad inesperada, o…  Mientras, el pinar lo veremos, con frecuencia, igual que lo vimos la última vez, pues es más difícil apreciar cambios –claro que los hay- en los perennes pinos o en el suelo repleto de tamuja seca.

Por eso, pasear por el páramo siempre es una novedad. Si es cierto que uno nunca se baña dos veces en el mismo río, más cierto será que uno nunca pasea dos veces por el mismo páramo.

Total, que hace unas semanas –todavía estábamos en el 2017- amaneció Valladolid tan helada como soleada: buena jornada, por tanto, para dar un paseo por el vecino páramo de los Torozos. Como no disponíamos de excesivo tiempo, la rodada esta vez se quedó en los 38 km. Suficiente para estirar las piernas y calentar el corazón.

Punto de partida: Ciguñuela. A pesar de que la concentración parcelaria movió tierras y caminos, dejó algunas cañadas, y fuimos por la Carralina, rumbo norte, hacia la concentración molinera del Hontanija, entre Wamba y Villanubla. La atmósfera estaba limpia, con alguna nube sedosa, y se rodaba muy bien a pesar de que el suelo mantenía cierta humedad. Continuamos por el páramo de Villanubla siguiendo la misma cañada, que aquí se hace más sinuosa, con curvas y pequeños toboganes. Y conserva un ancho que va más allá del mero camino carretero, lo cual siempre se agradece. Después de pasar junto navas y regueras, cruzamos junto a las ruinas de la casa de la Contienda, para torcer en dirección al oeste por el camino del Francés.

Ahora teníamos a un lado los montes Torozos y de frente los aerogeneradores: nos vamos  acostumbrando a ellos, ¡qué remedio!, es el nuevo paisaje de este páramo y ha venido para quedarse. De entre los molinillos se levantó un bando de avutardas, dado el tamaño de aquellos, éstas parecían pequeñas aves.

Llegamos a las proximidades de Peñaflor pero no entramos; por el camino de la Rodera nos aproximamos hasta el borde de Valdematilla, desde donde contemplamos una hermosa estampa de la localidad, sobre el páramo que se asoma al valle del Hornija. Detrás, formando guardia, los gigantescos molinillos.

Tomamos el camino hacia el sur, que baja a algunos vallejos para subir enseguida y acabamos conectando con la cañada real merinera que viene de León; se le ha respetado un mínimo de su anchura. Por el Pigarzo paramos a contemplar un curioso corral, de traza única en nuestra provincia: mide 60 x 50 metros, sus paredes de metro u pico de altura tienen un trazado rectilíneo, y las piedras de éstas van unidas con argamasa –en vez de sueltas, como es lo habitual- lo que les da cierta consistencia. Claramente, un buen número de ovejas podía entrar aquí. En las proximidades –hacia las Navas- hay también restos de corrales y de chozos.

Seguimos rodando, ahora hacia las Navas, que cada vez mantienen menos acacias –se van muriendo las pobres- hasta que nos asomamos, sobre Castrodeza, al valle del Hontanija. La bajada es corta y fuerte. Y de nuevo a subir, esta vez por el camino del arroyo del Hoyal, cuya ascensión es muy larga y suave, y acaba conectando con la colada del camino real a Valladolid, que pasa a menos de un kilómetro de Ciguñuela, donde terminamos. El paseo no ha sido largo pero sí intenso. Aquí dejamos el recorrido.

Un Cerrato profundo y olvidado

7 julio, 2017

La excursión de hoy discurre por el Cerrato profundo, apartado de localidades y sólo salpicado de viejos caseríos hoy abandonados en su inmensa mayoría. Por eso, hasta será difícil encontrarnos con algún agricultor o pastor, a pesar de que fue el reino de las cañadas y los corrales, hoy abandonados prácticamente todos. Buena parte de sus en otro tiempo extensos montes se roturaron para dedicarlos al cultivo de cereal. En definitiva, hoy vamos a rodar totalmente olvidados del mundanal ruido, cosa que luego agradecimos.

Corral de los Aguarizos, en la cañada Burgalesa

Elegimos como punto de partida Hérmedes, uno de los pueblos más antiguos del Cerrato, repoblado allá por el siglo X por cristianos procedentes de Córdoba o de otra zona árabe y musulmana. Prueba de ello es el arco mozárabe que podemos admirar en la ermita de Nuestra Señora de las Eras. Antes de iniciar el trayecto desde la plaza del Árbol, una señora se quejaba de que el pueblo estaba en ruinas. Y no le faltaba razón.

La Cañada Burgalesa

Tomamos la cañada real Burgalesa –o uno de sus ramales- hacia el este. Al llegar a los Aguarizos nos paramos a contemplar un corral tradicional en buena piedra, rematado con tela metálica, seguramente para no facilitar demasiado las cosas al lobo. Parecía que había estado en uso hasta hace muy poco. La Cañada es ahora una escombrera de piedra procedente de las tierras colindantes…

Sabina en la cañada de la Dehesa

En los Tres Hitos –Hérmedes, Castrillo y Cevico Navero- enfocamos hacia el norte por el viejo camino de Encinas a Antigüedad, ya muy desdibujado si no fuera por las hileras de piedras que se acumulan en sus márgenes. Entre viejos corrales y no menos viejas sabinas nos fuimos acercando al valle del arroyo del Cerrato, al que caímos por las casas deshabitadas de la Dehesa de San Pedro de la Yedra. Todo viejo, despoblado, olvidado, perdido… es una pena que ya nadie quiera vivir por aquí, lejos de pueblos y ciudades. Un punto de nostalgia romántica lo cubre todo, como las hiedras cubren los muros de tantos caseríos abandonados.

Junto a otra sabina

El valle del arroyo de Cerrato

Pero estamos en el fondo del valle. Las laderas se ven cubiertas de un tupido bosque de encina, roble y sabina, y todo tipo de arbustos; en algunos puntos dejan ver paredes verticales, en otros, pequeñas praderas aprovechan los escasos claros. El paisaje ha cambiado de  manera radical y nos hemos introducido en otro mundo, más apartado aun si cabe de la civilización. A pesar de estar en el siglo XXI no hay ninguna referencia que nos lo indique. Al empezar a rodar valle arriba vemos en la cuesta norte enormes sabinas que destacan en los límites del bosque.

Piedrecitas que caen junto al camino

Otro poco más y damos con un caserío en perfecta ruina. No queda viva ni la fuente, pues el manantial la rodea si pasar a través de sus caños y abrevaderos. En las habitaciones duermen los murciélagos y crían las golondrinas. Llama la atención el barro tan blanco de los adobes y el buen hacer de los maestros que realizaron los aleros de los tejados. Pero todo caerá, como vemos que han caído sobre nuestro camino enormes piedras –de muchas toneladas- desprendidas del cerral.

Vamos espantando abundantes corzos que, suponemos, bajan a beber a los pequeños manantiales del valle, pues el arroyo está seco. Incluso nos parece ver un ciervo. El paisaje cambia un poco y aparece una pradera en la que crecen algunos chopos; es un manadero del que borbota algo de agua. Al norte dejamos el valle donde hace años, en otra excursión, nos encontramos con la escondida Fuen-Luciana.

Pradera en el valle

En fin, algún kilómetro más y de las laderas va desapareciendo el tupido bosque. Ahora domina la hierba alta acompañada de enebros y alguna piedra descarnada. En esto alcanzamos la Casa de los Caserones, de buena factura a juzgar por los zócalos de piedra que quedan y sus corrales. También tuvo pozo –ahora está cerrado y protegido- y un abrevadero que hoy vemos comido por el tiempo y la maleza. Encima, un derrumbadero artificial de piedras. Si hasta aquí veníamos rodando entre dos provincias, ahora estamos en el término de Torresandino, provincia de Burgos. Aunque no sabría decir por qué términos hemos pasado exactamente, pues aquí el territorio está dividido políticamente en caseríos –Dehesa de San Pedro, los Alfoces, el Verdugal, Montemayor- que, a su vez, pertenecen a términos municipales con los que no limitan.

Junto a los Caserones

Ahora subimos por el mismo cauce del arroyo, con tierras de labor a cada lado. Finalmente, el cauce se va diluyendo hasta que desaparece, y el valle con él un poco más allá. Un campo ondulado con sabinas aisladas acaba dominando el paisaje.

Donde el valle desaparece -o nace

(Continuamos en la entrada siguiente)