Bosques, majuelos y riberas (seguimos en otoño)

Y vamos con la segunda parte de la última excursión: ver el mapa en la entrada anterior.

En Quintanilla podríamos acercarnos a contemplar la ribera, que esconde un buen puente de piedra, una aceña convertida en hotel restaurante, y la toma de aguas del Canal, que aprovecha precisamente la presa de la vieja aceña. La ribera guarda también dos fuentes en esta orilla y otras dos en la de Olivares. Por lo demás, en el termino abundan viñas, majuelos y bodegas, pues no en vano estamos en territorio de la denominación de origen Ribera de Duero.En el páramo; detrás, el valle

Y ¡p’arriba! Desde el centro de Quintanilla hasta el borde del páramo son 3 km justos de subida. Primero agradable y luego -los últimos 400 mts- un tanto empinada. Pero el esfuerzo merece la pena. Además, tenemos un manantial con represa para refrescarnos y huertas con cerezos.

El páramo esconde un bosque mixto de pinos con encinas, robles y algún enebro. Avanzando, bordeamos la Planta y llegamos al Carrascal con sus viejas casas, hoy aprovechadas por la Junta  para dar servicio a un coto regional de caza. Nos da la impresión de estar en el confín del mundo, pues no hay demasiada gente por estos lares; de hecho no vemos a nadie…

Chozo de pastor

Seguimos una buena pista que serpea entre los pinos y vemos restos de corralizas de piedra. Al final, bordeamos un gran claro cultivado y por la carretera nos llegamos hasta el paraje de las canteras, donde se han llevado buena parte de la antigua superficie paramera. Pero no toda. Descubrimos con asombro y agrado un buen chozo de pastor (uno de los más altos, al menos por dentro, de los  que quedan en la provincia) que se mantiene en pie, respetado, sobre una lomilla con el suelo levantado por delante y por detrás. ¡Bien! Agradezcamos a la empresa explotadora de la cantera el detalle y  ojalá se conserve por muchísimo tiempo y, si es posible, bien cuidado y accesible.

Retuerta

Y ahora toca bajar hacia Quintanilla para tomar el camino que, entre las viñas y bodegas de la Abadía de Retuerta, nos deja en  Sardón de Duero, donde cruzamos el río para volver a Tudela por la orilla derecha.

Soto

¿Qué más vemos? Un bellísimo soto -ahora con esplendores otoñales- nada más pasar una centralita sobre el río, el viejo pueblo de Peñalba que felizmente no se despuebla -al menos sobrevive un pastor con su  rebaño-, los restos de un puente que unía ¡eran otros tiempos! las dos riberas, los cortados de Peñalba con sus halconeras, la centralita de Villabáñez, y el acueducto del Canal sobre el Duero.

Y desde aquí, contemplando las variadas tonalidades ocres en los chopos del Canal y en todo tipo de árboles de ribera en el Duero, las burras nos llevan por el camino de sirga que conduce a Tudela.

Chopos del Canal

El Canal del Duero, otoñal

Quintanilla OnesimoEstos son días que llaman a pasear junto a ríos y canales, para contemplar el otoño en todo su dorado esplendor:  los árboles se desnudan, no sin antes haberlas trastocado de los vivos colores veraniegos en algún tono ocres. También veremos otras tonalidades otoñales: los frutos rojos de agavanzos y majuelos, los negros de algunas uvas de parra ¡y de perro!, y el color de la atmósfera, que ya no es es plano y cargado, propio del verano, sino profundo y claro, típico de un sol que va perdiendo fuerza lentamente…

El Duero al fondoLa primera parte, el paseo desde Tudela hasta el acueducto del Canal sobre el Duero no posee ningún encanto: salimos  por la vieja carretera de Barcelona, bordeamos la autovía junto al pinar y atravesamos por el polígono industrial Tuduero. Y, llegados al Duero comienza la excursión propiamente dicha. La orilla del río está bien protegida por la vegetación (sauces, álamos, tamarindos) y, escuchado el rumor de la corriente, nos acercamos hasta el Canal. ¡Grata sorpresa!: descubrimos un camino amplio y andadero -también para bicis- donde antes había sólo una estrecha senda poblada de maleza. Con algunos cortes donde aún pervive la antigua senda, el buen camino llega hasta el mismo nacimiento del Canal, en Quintanilla.

En el JardínLos árboles que adornan el cauce canal se encuentran vestidos de rojo y oro, y en la línea del horizonte Norte aparece la ribera del Duero, también señalada por una elegante línea de chopos. Detrás, en gris, una de las mamblas y la caída del páramo.
Conforme nos acercamos a Sardón,ya junto al Duero, el camino se vuelve más dorado aun, y terminamos por descansar un poco junto al puente del Duero, en el denominado Jardín del Carretero, que cuenta con secuoyas, pinsapos o tilos.
Entre el canal y el río ha quedado aisalado un viejo y humilde cementerio; está inconcluso el puente que se proyectó para unirlo con el pueblo, salvando el Canal.
Luego pasamos junto a secuoyas inclinadas, a punto de caer, y dejamos a la derecha la Abadía de Retuerta, felizmente convertida en bodega de estupendos caldos. Y enseguida nos llama el rumor de una pesquera, abajo, en el Duero.

Alfombra otoñalNuestro paseo continua por la ancha pista, señalada con postes kilométricos artesanales, cada uno junto a un arbolito más o menos peculiar. Un esbelto puente de tres ojos -muchos, para un humilde río artificial-  une las tierras de labor con una curva del río. Comprobamos que se ha eliminado el único paso peligroso del itinerario (un muro que separaba río y Canal, que había que pasarlo por su lomo) y cómodamente, sin apearnos de las burras, cruzamos junto al viejo muro, sin subirnos a él, y el río.
Sin darnos cuenta hemos llegado al fin de esta primera parte del trayecto: Quintanilla. El agua del Canal surge de un tunel que, atravesando el pueblo, viene de la toma de agua en la pesquera de la aceña. Una fuente señala también el nacimiento de nuestro Canal.

Duero y Canal