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Entre Valladolid, Palencia y Burgos por el Valle Esgueva

14 octubre, 2018

Al comenzar a rodar un viento frío nos sorprendió, después de una larga temporada de calor. El sol tardaba en despegarse del horizonte; la luz era plenamente otoñal. Las nubes, grises, volaban raudas, haciendo todo lo posible para obstaculizar el paso de los rayos solares. El viento no cesó en toda la jornada. Solamente al abrigaño se producía cierta sensación de calor. En resumen: ya tenemos instalado entre nosotros el otoño, aunque seguramente queden también muchos días agradables en estos meses de octubre y noviembre.

Entre el páramo y el valle

Asomada al Duero

Salimos de Encinas de Esgueva buscando el valle del Duero. Tapias de piedra, majuelos cargados de fruto, abundantes nogales nos van conduciendo hasta el Portillo, desde donde se divisa Castrillo de don Juan, para tomar el camino de Guzmán por el arroyo de Fuentequeril. Luego, a través del páramo cruzamos hasta el nacimiento del arroyo Valdetorres en la fuente del Pozarón, que mana generosa y tranquila. Por aquí, la llanura es ondulada y moteada con robles y encinas solitarios. Enseguida tomamos la vereda del camino real de Burgos, cuyo ancho ha sido respetado por los agricultores y divisamos Guzmán, pero no nos acercamos a su caserío. Más tarde se abre ante nosotros el gran valle del Duero, con la Manvirgo en medio y una multitud de pueblos, pinares, majuelos, caminos que componen un paisaje rico y variado, nada que ver con el páramo que venimos atravesando. Pero así es Castilla y así son sus valles y páramos.

La Manvirgo emergiendo en medio del valle

Al poco estamos en Olmedillo de Roa, que posee una gran iglesia con una balconada que la rodea desde donde contemplar el pueblo y sus alrededores.

Torresandino, un valle cerrado

Y luchando contra el vendaval, por el camino de Roa y la colada de Valdillán, nos presentamos en Torresandino y, más en concreto, en el molino de Arriba que en una de sus esquinas posee un curioso contrafuerte, como para asegurarlo frente al empuje del agua que llega fuerte por el caz, pues casi no tiene balsa. Y en la contraria, un ciruelo silvestre de frutos no más grandes que una uva, nos ofrece ciruelas de excelente sabor.

Ciruelo

Nos ha sorprendido lo cerca que se encuentra el valle Esgueva del valle del Duero. Y cómo aguanta el Esgueva un trazado rectilíneo y paralelo al Duero, sin caer en un cauce tan ancho y tan próximo hasta desembocar en el Pisuerga. No menos sorprende lo estrecho y cerrado del valle Esgueva, tanto que aquí, en Torresandino, se llegó a estudiar la construcción de una presa, pues la distancia entre los dos páramos no llega a 800 metros. Pero se acabó desechando, según parece, por falta de firmeza en las rocas o terrenos que servirían de apoyo.

No dimos con el molino de Abajo y nos fuimos a ver la iglesia de San Martín. Grata sorpresa: impresionante iglesia románica que acoge a la Virgen de los Valles, talla igualmente románica, restaurada, que durante siglos presidiera en otra capilla el monasterio o Convento de los Valles.

Mojón de santa María y los Valles

Imagen de Castilla

Subimos al páramo por la Canaleja, en cuyo canto nos esperaban los corrales del mismo nombre. Aquí la superficie es dura, pues hay más piedra que tierra en las rastrojeras, y no digamos ya en los perdidos, y los cardos secos dominan el panorama. Así es la paramera, nada dulce ni verde. El otoño ha sacado el espíritu de la Castilla de siempre -austera y sobria- a estos horizontes. Al cruzar por estos duros pedregales me acordaba de Sánchez Albornoz:

…una tierra áspera, fácil para servir de bélico solar a gentes sacudidas por la pasión, que no temen a la muerte, de exaltada personalidad, intolerantes, menos prontos al diálogo que a la lucha fraterna y que habitan en una patria de contrastes climático e históricos, con espíritus de fuego en vehemente adoración o en brutal repulsa de la divinidad.

No sé si seguimos igual, mejor o peor. Al menos, al subir a estos pagos probamos la fruta, excelente, de dos manzanos asentados en las proximidades de un hontanar.

Imposible rodar con tanta piedra suelta

Entre cantos y cantos nos plantamos en el mojón de santa María formado, según la leyenda, por las piedras que –en castigo o penitencia- subían los monjes desde el valle. La verdad es que por muy malos que fueran y muchos monjes que hubiera, imposible subir tanta piedra como hay aquí. Estamos a 950 m, el punto más alto de toda la excursión.

Una agradable y rápida bajada y estamos en el monasterio de Nuestra Señora de los Valles. Sorpresa. ¿Cómo es que hemos dejado caer un monasterio tan formidable y valioso? Solo con ver los restos de las bóvedas –con sus nerviaciones góticas- de la iglesia nos damos cuenta de lo que debió ser y de la importancia que sin duda tuvo en la comarca y en la orden de los Carmelitas Calzados, que lo ocuparon. Estuvimos en la gruta que dio origen al monasterio donde se apareciera santa María de los Valles, en la capilla del Cristo de los Trabajos, en los restos de la iglesia principal, en la sacristía, en lo que fue claustro y huerta… como colofón, nos acercamos a la fuente que todavía surte de abundante agua a los rebaños que pastan por las cercanías. Al menos, algunos de sus viejos retablos están desperdigados en las iglesias de Roa, Torresandino y Villovela. En fin, el tiempo no ha podido todavía nivelarlo todo y ocultarlo, tan grande fue que aun quedarán visibles estas ruinas por muchos años.

Monasterio de los Valles

Chopos mochos y Moros de abundantes aguas

De ahí, siguiendo el curso del Esgueva, pusimos rumbo a la ermita de santa Lucía: a su abrigaño tomamos respiro; hasta el sol parecía que calentaba un poquito. Pero llegaron las nubes enseguida y continuamos hasta Tórtoles por la orilla del río y luego hasta Castrillo de don Juan. Los peculiares chopos mochos de los caminos de esta localidad rendían sus copas al viento, que no sus desproporcionados troncos.

Chopos en Castrillo

De nuevo subida al páramo -¡y van tres!- esta vez por las caudalosas fuentes de los Moros. A sus pies, el valle del Esgueva se ha abierto, ha madurado y ofrece una gran llanura a majuelos, sembrados y arboledas. Una agradable cañada nos lleva hasta la rasante de la paramera entre robles y encinas. Y arriba rodales de monte alegran el paisaje. No han faltado conejos, liebres y perdices, sobre todo perdices, en esta excursión. Parece que los cazadores tendrán buena temporada.

Fuente

Al poco, volamos hacia abajo casi sin darnos cuenta. Paramos en unas corralizas que cuentan con un curioso chozo protegido por un ancho tapiado semicircular con entrada, muy baja, por el mismo corral. No vemos la fuente de Ortega y en un abrir y cerrar de ojos estamos sobre el puente del Esgueva. Un empujón más y llegamos a Encinas. Y como nos sobran fuerzas, subimos al picón que se levanta al sur para tener una visión de conjunto de la localidad.

Aquí, el recorrido según Durius Aquae.

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Oteros y viñedos

24 enero, 2016

26 diciembre 137

Esta vez hemos paseado por los páramos que se levantan entre Peñafiel, Burgos y Segovia al sur del Duero. No son los páramos que habitualmente nos encontramos en la provincia, no responden a la idea que tenemos. En parte son llanos, pero desde el llano se levantan oteros, cerros, cuestas redondas, barrerones, colinas… De manera que forman un paisaje diferente, si bien no faltan los normales valles y vallejos que caen hacia el Botijas o el Riaza. También abundan enormes, ciclópeas piedras calizas. Parece como si por aquí todavía no se hubieran empezado a romper en mil pedazos.

Subida desde Olmos

Subida desde Olmos

Otra particularidad es que puedes ir de un canto a otro del páramo para asomarte al valle que prefieras. Los páramos son estrechos y especialmente irregulares, y poseen abundantes asomadas. Por ejemplo, nada más subir desde Olmos nos plantamos en la Atalaya, desde donde contemplamos el valle del Botijas con el castillo de Peñafiel al fondo, y en las proximidades de la fuente de Valcavado nos asomamos al valle del Duero, divisando enfrente los paredones de Bocos y San Martín de Rubiales… Pero eso no fue más que el comienzo.

Una de las fuentes

Una de las fuentes

Fuentes también las hubo, y en abundancia, no en vano este territorio estuvo dedicado fundamentalmente a la ganadería. Ahora ha cambiado todo: las fuentes o están secas o, incluso, han desaparecido sin casi dejar rastro. La primera que vimos fue la de Valcavado, que mana unas gotas bajo una zarza. Lo justo para que beban los animales (salvajes), según nos comentaba un viticultor que estaba al lado, podando. La que hay cerca de la Cruz de la Muñeca seguía manando, con su lagunita y álamos que la acompañan. La de Cuestalavega manaba agua, pero no salía por el caño. No vimos ni la fuente del Perro ni la de las Tenadas. Por el contrario, la de la Solana, soltaba un buen chorro. Lo descubrimos después de quitar la maleza que la asfixiaba. Y es que ya nadie las utiliza…

El Otero

El Otero

Entre Valdezate y Cuevas el páramo tiene muy poco terreno destinado a la agricultura. La piedra caliza está a flor de piel y el suelo es áspero, apropiado para los rebaños de oveja y cabras. Todo él estaba lleno de restos de corrales y chozos, que tampoco se utilizan ya. Grandes tenadas que antaño dieron buen juego estaban caídas y arruinadas. En las laderas, la densidad de las matas de roble llega a impedir el paso; sus hojas se habían caído o estaban amarillas. Aquí el invierno está siendo algo más duro que en los valles.

Bajamos el páramo hacia Castrillo por el Chorro de Extremadura. Curioso sitio y curioso nombre. El chorro era en algunos puntos un hilo exhausto de agua. Lo de Extremadura podía ser porque, realmente estaba en Extremadura: los castellanos, al saltar el Duero durante la repoblación, a las tierras al sur del río las llamaron Extremadura mientras que para las del norte reservaron el nombre de Castilla.

Restos de una tenada en el Chorro de Extremadura

Restos de una tenada en el Chorro de Extremadura

bien cuidados. Y -por todas partes- desmontes que anuncian futuras plantaciones. Ya se ve donde está el dinero en esta tierra. Junto a un monte inculto y lleno de piedras, aparece un bacillar con buena tierra, perfectamente labrado y cuidado.

Lo mejor de esta excursión, como de tantas otras, el paisaje con sus vistas panorámicas a los valles, en los que podemos distinguir terrenos sembrados, viñedos, ríos, pueblecitos…

No ha sido un trayecto largo (35 km). A pesar de todo, hemos pasado por cinco términos municipales y tres provincias: Valladolid (Olmos de Peñafiel, Castrillo de Duero), Burgos (Nava de Roa, Valdezate) y Segovia (Cuevas de Provanco).

Aquí tenéis el track.

26 diciembre 028

La Guareña (y 2): de Olmo a Alaejos

8 diciembre, 2012

Molino de la Carrera

Continuamos con la excursión de la entrada anterior (habíamos salido de Olmo) y no nos resistimos a contar la sorprendente acción militar que aquí ocurrió durante la Guerra de la Independencia.

Y es que precisamente en esta zona que atravesamos, los ejércitos francés al mando del general Marmont y anglohispánico dirigido por el duque de Wellington, hicieron una marcha paralela teniendo al río Guareña en medio. Acamparan ambos a poca distancia para recuperar a las tropas después de una frenética marcha. Reanudan la marcha, el francés por la orilla derecha y el anglohispánico por la izquierda, dirigiéndose ambos hacia el sur, vigilantes el uno del otro, esperando la acción del contrario para entablar combate. Esta fue la famosa marcha de dos ejércitos en paralelo a no más de 500 metros el uno del otro y con unos 50.000 soldados cada uno. Al final, ambos ejércitos cruzarían el Tormes para enfrentarse en la batalla de Los Arapiles, siendo el francés fue derrotado por la tropas al mando de Wellington.

Chopo solitario

Pero sigamos nuestra particular marcha, que incluye parada y fonda en el molino de la Carrera, ahora metidos de nuevo en la provincia de Valladolid, término de Torrecilla. En realidad, este edificio tuvo dos molinos, a decir de los testigos que todavía hablan: los dos bocines separados por un tajamar, en la balsa, y los dos arcos de ladrillo donde estuvo el cárcavo con el rodezno. Hoy es un establo para el vacuno, tan abundante en La Guareña. De hecho, un inmenso prado, ahora verde brillante por la lluvia y el sol, se extiende entre los edificios del molino y el cauce del río.

Seguimos. A la izquierda, tierras de labor que suavemente se elevan hacia el Oeste. Al otro lado, prados, el bosque del río y, más allá, los cerros escarpados de los Regatones,  que suben hacia Torrecilla. Sabemos que la otra orilla cuenta con más recovecos, con escarpes, fuentes, huertos. Pero la dejamos para otra excursión.  También dejamos los restos del molino del Pico, en la raya de Castrillo.

Pico del Molino

Cruzada la carretera Valladolid-Salamanca nos plantamos en Castrillo (y en Zamora de nuevo) donde tomamos el camino de la ribera derecha. Al llegar a los restos del molino de Gómez Arias  –bocín cegado, balsa labrada y sembrada- ya cerca de Vadillo, dejamos La Guareña para subir por el Este hasta el Mojón del Fraile y disfrutar allí de otra panorámica increíble. Una fuerte subida en la que hemos compensado de golpe la larga bajada desde Torrecilla hasta Vadillo.

Y el camino nos señala al fondo las torres de Alaejos, donde al final llegamos.

Subida en la Urnia

Pero la excursión nos deparaba una última y grata sorpresa. Nos acercamos hasta la fuente del Caño. Pues bien, resulta que han limpiado y restaurado la fuente, el Arcamadre y las arcas secundarias. Y han construido un merendero y otras fuentes donde beber agua. ¡Hay que felicitar al Ayuntamiento alaejano! Las fotografías de aquel artículo de este blog son, gracias a Dios, pura historia.

Prado típico

…y el alto Duero

13 noviembre, 2010

Así se ve el Duero cuando entra en Valladolid: lo hace por un estrecho valle entre páramos, nada que ver con la amplia llanura por la que sale camino de Toro. La primera fotografía está sacada muy cerca del Salto de Caballo, paraje bien conocido por el Empecinado, que nació muy cerca, en Castrillo. Y aquí también empezaron las primeras escaramuzas contra las tropas francesas.

A la vez que el Duero y aprovechando su paso, cruzan el estrecho la carretera de Soria, el ferrocarril de Ariza con sus puentes de hierro, y -al parecer- un  gasoducto, que salta de esa manera tan limpia el río (última foto).

Los páramos dejan vez su esqueleto calcáreo en los cantos, a la vez que en las llanuras y en el fondo del valle proliferan las viñas: ¡estamos en la Ribera! ¡Qué tiempos aquellos en los que se aprovechaban las laderas para cultivar gracias a los bancales!

Por el valle fluye el Duero en su continua carrera hacia el Atlántico, dando vida a los cultivos y produciendo unos caldos que son envidia en el mundo entero.

Los caminos son buenos, sobre todo en el valle. Distintos -empinados, estrechos, embarrados- son los que conectan valle y páramo, cuando no se pierden. Además, podremos visitar las viejas estaciones del tren de Ariza, viejos puentes medio derruidos y viejas pesqueras trasformadas en centralitas eléctricas (¡Demasiadas cosas viejas!). Y presidiendo la entrada del Duero a la par que la desembocadura del Duratón, el castillo de Peñafiel, barco varado entre el cielo y la tierra.

El techo de Valladolid

4 septiembre, 2008

Es duro hablar del techo de Valladolid en un páramo. Pero es la verdad. No tenemos montañas, mas –en puridad geométrica- siempre habrá un punto más alto que los demás. Y ese punto está en un lugar del término municipal de Castrillo de Duero, patria de El Empecinado, y muy cerca ya de la provincia de Segovia. El segundo lugar más alto –y más peculiar que éste- lo tenemos en Encinas de Esgueva; es un cerro que se levanta sobre el mismo páramo con unos inconfundibles pinos. El punto más bajo de la provincia tendrá que ser el río Duero al salir del término municipal de Villafranca, que aparece estos días en la prensa por poseer la única bodega de España que se incluye en dos denominaciones de origen. (y hablando de ausencia de montañas, Valladolid es la provincia más llana de España)

La excursión al Cuchillejos se hace subiendo la empinada cuesta que nos conduce al páramo. Si hiciera mucho calor, podemos refrescarnos en la agradable fuente de la Covachuela, que suele tener siempre agua. Además cuenta con buenos pilones.

Una vez arriba, la vista es verdaderamente espectacular. El valle del Botijas, páramos más bajos que el nuestro, el cerro de Lotero, y una depresión en las alturas del otro lado del valle que nos deja ver Nava de Roa y el amplio valle del Duero. Reconfortante todo.

Además de la vista, el sentido del olfato se verá gratificado por los aromas del espliego, muy abundante por aquí, e incluso cultivado para su aprovechamiento en perfumería.

Podemos bajar hacia Castrillo por el Este, cruzando la zona normalmente verde donde se encuentra la fuente de Ortijera para, finalmente, pasar junto a las bodegas con entradas y puertas verdaderamente artísticas muchas de ellas.

Al volver a casa diremos que hemos subido al techo de la provincia. (¡que no nos pregunten por el desnivel salvado!)

Esta excursión, por no ser muy larga, puede hacerse caminando.

Si, además, damos un paseo por el pueblo, ahí van algunos datos de interés.

Castrillo de Duero

 

El paseo discurre entre casas blasonadas y señoriales, levantadas en el siglo XVIII, que se agrupan en las calles que rodean la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que parece presidir la localidad desde lo alto. Su estructura es barroca, con la única excepción de la cabecera, románica del siglo XII. La cabecera es rectangular al exterior y semicircular al interior y cuenta con dos ventanas de medio punto con columnas y capiteles, que representan temas animales en una y un rostro en otra. El templo consta de tres naves de cuatro tramos, divididas por pilares que sostienen arcos de medio punto. El retablo mayor es rococó y en su hornacina central se encuentra una imagen de la Asunción de la Virgen también de finales del siglo XVIII. En la nave del Evangelio, se localiza la capilla del Cristo que también fue capilla funeraria de la familia Puerto Maedo Bocos, como lo recuerdan dos lápidas funerarias.

 

Junto al Ayuntamiento, una escultura de buen tamaño en memoria de Juan Díaz El Empecinado recuerda quién se ha convertido en referencia de todo el municipio, al que se ha dedicado un Centro de Interpretación. Pero hay otros puntos de interés. Uno de ellos es el crucero de 1728 aunque rematado con una cruz de piedra de reciente construcción Y las fuentes de Santa Marta y Santa María, cada una en su respectiva plaza, que las gentes de Castrillo defienden a muerte como de origen romano, aunque realmente su origen es muy posterior.

 

Hay varias casas señoriales de siglos XVII y XVIII, blasonadas con escudos de armas en las fachadas. Destacan la Casa de los Torre y Díez en la calle Santa Marta o la Casa Palacio de los Puerto Maeda (de 1772) con la inscripción en su escudo: Armas de Maeda de Puerto de Santoña Valle de Trasmiera, y la fachada construida en buenísima sillería de dos cuerpos. La puerta está albergada por dos pilastras y rematada por arco de medio punto. Sobre ella en el segundo cuerpo se abre el balcón principal. La Casa Palacio de los Bocos, del siglo XVIII, situada junto a la iglesia que en su blasón superior, muy deteriorado, puede leerse: (Hon) ores y blasones pertenecientes a la noble familia de Bocos. Finalmente, está la Casa de los Girón, señores de Peñafiel, también con su correspondiente escudo. Se conserva la casa donde nació y vivió gran parte de su vida El Empecinado, muy transformada, que posee una placa en su memoria.