El Chopón, Valdiguiente, el Castro… (entre Villavaquerín y Castrillo Tejeriego)

Día de mucho calor. Dispuestos a subir y bajar –una vez más- por los estrechos páramos del Jaramiel, fruto de la disputa con el Duero y Esgueva por esculpir laderas y cantiles.

Subimos al primer páramo desde Villavaquerín por el camino de Puerta Suso, que nos deja disfrutar de un buen sombreado creado por los robles del monte, a la vez que contemplamos el valle del Jaramiel con el manantial de los Lanchares y el llamativo chopo de la fuente del Arroyo Antolín. Una vez arriba y después de rodar a campo traviesa, el viento a favor facilita un rodaje raudo, acompañados por los enormes robles de los caminos.

Así se nos presentaban los campos

El Chopón

Nuestra idea era pasar por la cabecera del arroyo del Chopón, pero nos cuesta decidirnos, pues el camino ha desaparecido entre la abundante maleza. Menos mal que el cereal está cosechado y podemos intentarlo a campo traviesa una vez más. Cuando llegamos al vallejo, todo está invadido por la maleza –tanto verde como seca- con el chozo de pastor y corraliza que ya conocíamos en la ladera de enfrente, con la higuera y ¡sorpresa! el arroyo trae el agua suficiente (y cristalina) para formar un pequeño encharcamiento a los pies de los corrales. Parece como si hubiera sido hecho por mano de hombre. A pesar de la maleza se trata de un pequeño vergel al que poca gente llega, pues los caminos tradicionales ya no existen.

Agua en el Chorrón

Remontamos el arroyo hasta llegar a la cabecera, donde hay sembrados girasoles. La tierra, bien negra, está húmeda, con pequeñísimos charcos. Por aquí aflora el manantial y los jabalíes lo saben.

Valdiguiente

Rodamos hasta los cerrales que dan al Jaramiel. En el pago denominado la Romera encontramos ruinas de chozos y corrales. En Valdiguiente descubrimos otros corrales con su chozo, también en ruinas, y el nacimiento del arroyo Valdiguiente que da nombre a la zona, y no sólo nombre, pues riega una pequeña extensión –ahora de alfalfa- que contrasta por su verdor con el resto del paisaje.

El chozo de Valdiguiente

Después de contemplar preciosas panorámicas del valle y de Castrillo, bajamos al pueblo para refrescamos en sus caños, donde leemos que el agua no es potable. Sin hablar, miro a un vecino ya mayor que me dice:

yo he bebido de esas aguas toda la vida y aquí estoy.

Pues yo también y aquí sigo estando, y seguimos camino. Rodeando el castillo y las bodegas, subimos al páramo por Valdenebreda. Otra vez la planitud. Nos acercamos al cerral cerca del pico Serrano y contemplamos por anteúltima vez Castrillo.

El agua de Valdiguiente suaviza el paisaje

Páramo del Castro

Retomamos el rumbo por el valle de Carrapiña, en cuya ladera norte descubrimos un chozo que parece haber siso reconstruido. Después nos tropezamos con un viejo pozo protegido por almendros y un ciprés. Y dejamos el valle para abordar primero como un portillo al que llega una cañada desde los montes de enfrente y luego una estrecha lengua de páramo que nos conduce a un cabezo denominado páramo del Castro.

Valle del Jaramiel con Castrillo al fondo

Se trata de otro lugar perdido en el paisaje cerrateño. Es difícil acceder a él, pues no hay camino sino de cabras y, de hecho, rodamos o bien caminamos por la lengua bordeando luego el paramillo (divisamos por última vez Castrillo) contemplando la falda opuesta con las cañadas, arroyos y regueras acompañados de vegetación que caen hacia el Jaramiel.

Aspecto del paramillo poco antes del Castro

Sin ninguna duda, en otros tiempos hubo aquí un castro –los topónimos no saben mentir- pero ahora no vemos rastro alguno. Un joven corzo nos mira entre las abundantes matas de encina y tarda en arrancarse. Llegamos al extremo oeste –al fondo Villavaquerín- y de nuevo nos entretenemos en la contemplación de este valle surgido gracias a las aguas del Jaramiel. Estamos sobre una ladera cortada a pico, que contrasta con casi todas las demas, que caen suavemente desde el páramo. Razón de más para que precisamente aquí hubiera un castro.

Corzo

El calor aprieta como pocos días del verano y se acaba el agua: no queda otra que poner rumbo a Vaillavaquerín. Vajamos jugándonos la vida por el único camino (?) disponible que nada tiene de vía para humanos y salimos a la Sinova. Después de un pequeño tramo por carretera, rodamos por un camino que nos dejará en la meta. Se impone un refresco en el viejo lavadero.

El páramo del Castro visto de frente

Y aquí tenéis el trayecto seguido.

…y de los páramos a la ribera

(Viene de la entrada anterior)

Después de saludar a la Cruz de la Muñeca (ofrecida por Segunda Cano a su pueblo natal hace justo 90 años), nos acercamos al corral de Cuestalavega, que está en uso y es hoy una nave ganadera con ovejas bien cuidadas, y después a la fuente del mismo nombre y humedecida con un charco de agua. Probamos las bellotas –de encina y de roble- que se encuentran en sazón; un poco amargas, asadas ganarían. Rodeamos el pico Lotero –del otero- que ahora está rodeado de buenas viñas y nos vamos en busca de la fuente de la Umbría, que no encontramos. Hay juncos, prados, arbustos, pero de agua fluyente, nada. Mas el paraje merece la pena rodeado, además, de robles. Subimos al alto de San Juan donde se alzan los restos de otros corrales de muy buena factura. Se diría que han estado en uso hasta hace nada. Y nos asomamos al aquí anchuroso valle del Duero, con Nava de Roa casi en primer plano.

Nava de Roa en su valle

Pero hay que ir pensando en bajar –y volver-, así que nos vamos por el Portillo buscando las fuentes del Perro –que no existe- y la de Villana, que ha sido recientemente remozada y, al menos, gotea. Y entre los altos del Gorro y Riosa nos acercamos al Duero. El firme ha cambiado y la arena dificulta nuestro avance en algunos tramos. También ha cambiado el paisaje que, sin dejar las vides, se ha suavizado. Ahora vemos frutales, chopos y pinarillos. El canal del Riaza lleva agua a esta vega. Han destrozado la fuente del Villar, antes pegada al canal.

Canal del Riaza

De manera asombrosa, el valle se ha cerrado formando una garganta de un kilómetro de anchura por la que se cuela el Duero. No sé cual será la explicación a este fenómeno geológico, pero ya se ve que el río no ha podido derribar estos páramos, especialmente duros, y se ha conformado con un estrecho boquete. Por aquí también cruzan la carretera de Soria, el ferrocarril de Ariza, el gasoducto y la calzada de Clunia. Pero esta última es la única vía que lo hace por la orilla derecha, y allá pasamos.

Cruzamos para recordar la Historia. Precisamente nos llama la atención el perfecto firme de este camino. Pero claro, se debe a que los romanos fueron unos excelentes arquitectos e ingenieros y este camino se asienta sobre una calzada o vía romana. Por aquí pasaron legiones, comerciantes antiguos, carreteros… que venían de Tarraco, Cesaraugusta o Clunia, en dirección a Simancas, Astúrica o Braca.

Amenazante paso de la calzada entre el Duero y el páramo

Y más tarde, justo por aquí vino huyendo de la batalla de Simancas, Abderramán III los primeros días de agosto del 939. Dicen las crónicas (árabes) que arrasó Mamblas, el castillo de Rubiales (5 km al este) y Roa. Pero también dicen que hacia Valdezate, en el Foso (?) le vencieron los ejércitos cristianos y casi le hacen prisionero. Abderramán, escaldado, no volvió por estos lares. Todavía durante siglos posteriores este fue el camino natural entre Castilla y Aragón (Senda de los Aragoneses). Llama la atención que precisamente en este paso vemos enormes piedras esparcidas por la ladera como amenazando el cruce de los caminantes.

Vista del Bercial desde las alturas

Y seguimos hasta Bocos, donde el sol le saca al picón del páramo vivos tonos de color marrón y blanco. Y nos metemos por un campo próximo al río y en medio nos paramos a ver la Casa del Bercial, en un tiempo rodeada de vides -algunas quedan- y hoy de miles de nogales, perfectamente ordenados para la explotación de su fruto. La casa es de barro, de dos pisos con balcones, y amplio corral rodeado de establos. Pero ya en ruinas. Fue la típica casa de la ribera del Duero. Una verdadera ribera, en su acepción vallisoletana, según el diccionario de la RAE.

Todavía disfrutamos de las vistas del castillo de Curiel –en Castilla, al norte- y del de Peñafiel –en la Extremadura, al sur- pues no en vano a esta última localidad se la conocía en el siglo XI como madre o ensalzamiento de toda Extremadura y el Duero la frontera.

Llegando a Bocos

Para terminar protegidos del viento, nos metemos en la senda del Duero para cruzar luego este río por el puente medieval, que se levanta entre las desembocaduras del Botijas y Duratón. Y así, como sin querer, hemos cerrado el círculo de esta excursión.

Algunos chozos y corrales de Encinas de Esgueva

Encinas de Esgueva: tiene castillo y tiene iglesia, pero también tiene embalse y tuvo judería, conforme ha quedado registrado en alguna de sus calles. Su caserío está protegido por las laderas de un valle relativamente estrecho, para lo que se estila por estas tierras llanas de Castilla; la razón es que más que en el valle del Esgueva se levanta más bien en el valle de la Dehesa, arroyo tributario del primero.

Vallejo de doña María

Pero bueno, hoy se trataba de dar un corto paseo en busca de algunos corrales y chozos. Pero luego siempre hay sorpresas. Al entrar por el camino a Cevico en el vallejo de doña María, nos entraron ganas de subir por la directa al pico Andarrío. Dicho y hecho. Aunque no tan fácil, que la burra dice que no sube cuestas muy empinadas y, claro, no la vas a dejar ahí tirada. De manera que para arriba con ella. Unas veces te lleva y otras la llevas.

Formación caliza en el pico Andarrío

La ladera es blanca, de caliza y yeso. Hubo chozos o casetas en esta ladera; ahora quedan los escombros, además de almendros que tienen el fruto maduro. Al sur, cantiles y cortados que nos muestran el valle, Encinas y Canillas. Arriba, una plantación de frutales. Además, parece que por aquí han trabajado máquinas removiendo piedra y tierras…

Descubrimos un camino y por él nos alejamos del borde del páramo. Algunas familias están recogiendo almendrucos. Parece que la cosecha es buena.

Chozo bien protegido

Un poco más y estamos en los corrales de la Concha. Y es que aquí la tierra forma como una gran concha o suave hondonada protegida por algunas lomas. En el centro de los corrales, donde las tapias forman una cruz, se levanta un chozo hoy amenazado de muerte. En la tapia norte otro chozo está casi irreconocible. Los muros están casi todos caídos. A poco más de 300 m otras corralizas, lindando con un camino, tienen otro chozo en franca ruina. Y al otro lado del camino un corral que curiosamente tiene los muros altos y en buen estado, dispone de otro chozo diríamos que en uso. Es una zona que antaño fue monte y hoy es, en su mayor parte, tierra de cultivo ganada a ese monte. Seguramente los pastores de Encinas pasaban aquí el verano, durmiendo en los chozos junto a los rebaños, bien protegidos en los corrales.

Chozo entre Castrillo y Encinas

Seguimos rodando a campo traviesa hacia el este, cruzando la raya de Encinas a Castrillo y, cubierto por matas de encina, vemos un corral cuyas tapias se completan con una tela metálica sostenida por una empalizada y por cuerdas atadas a las carrascas. Curioso. Como si hubiera estado en uso hasta hace poco, si bien el conjunto se encuentra cubierto de maleza. Es el camino de Matalobera -desde el que divisamos corzos saltando- que seguimos hacia el sur. Vemos otro corral similar que tuvo empalizada, hoy caída alrededor y, al final del camino, a poco más de 100 metros, una última corraliza con un chozo distinto: aunque la planta es circular, cuenta con una pared, la de la entrada, plana y formada por piedra trabajada, casi de cantería . Además, la entrada se encuentra a muy pocos metros de la asomada al vale. Precioso chozo en lugar precioso.

Al fondo, el Otero de Encinas. En primer plano, restos de un corral en la Concha.

Bajamos por el barco de Valderreina, lugar húmedo en el que abundan las junqueras y donde los robles y algunos chopos se agolpan para beber en las épocas más secas. O sea, que es un verdadero oasis en pleno verano.

Almendros

Ya en la otra ribera del Esgueva nos perdemos entre vallejos, robledales, majuelos y viejos nogales. Pasamos junto a un guardaviñas y luego junto a unos amplios corrales con su chozo en buen estado. Enseguida subimos por el camino del Collado. Nos hubiera gustado acercarnos a la fuente de Pasporrero pero la noche se está echando encima y casi no se ve. Lo dejamos para otra ocasión. Después de tanta austeridad, por unos campos que han sufrido las durezas del estío, en el collado nos espera una maravillosa puesta de sol, y su resplandor nos va a acompañar hasta llegar a Encinas.

12 octubre 133
Atardece

Aquí podéis ver y descargar el recorrido.

Entre Valladolid, Palencia y Burgos por el Valle Esgueva

Al comenzar a rodar un viento frío nos sorprendió, después de una larga temporada de calor. El sol tardaba en despegarse del horizonte; la luz era plenamente otoñal. Las nubes, grises, volaban raudas, haciendo todo lo posible para obstaculizar el paso de los rayos solares. El viento no cesó en toda la jornada. Solamente al abrigaño se producía cierta sensación de calor. En resumen: ya tenemos instalado entre nosotros el otoño, aunque seguramente queden también muchos días agradables en estos meses de octubre y noviembre.

Entre el páramo y el valle

Asomada al Duero

Salimos de Encinas de Esgueva buscando el valle del Duero. Tapias de piedra, majuelos cargados de fruto, abundantes nogales nos van conduciendo hasta el Portillo, desde donde se divisa Castrillo de don Juan, para tomar el camino de Guzmán por el arroyo de Fuentequeril. Luego, a través del páramo cruzamos hasta el nacimiento del arroyo Valdetorres en la fuente del Pozarón, que mana generosa y tranquila. Por aquí, la llanura es ondulada y moteada con robles y encinas solitarios. Enseguida tomamos la vereda del camino real de Burgos, cuyo ancho ha sido respetado por los agricultores y divisamos Guzmán, pero no nos acercamos a su caserío. Más tarde se abre ante nosotros el gran valle del Duero, con la Manvirgo en medio y una multitud de pueblos, pinares, majuelos, caminos que componen un paisaje rico y variado, nada que ver con el páramo que venimos atravesando. Pero así es Castilla y así son sus valles y páramos.

La Manvirgo emergiendo en medio del valle

Al poco estamos en Olmedillo de Roa, que posee una gran iglesia con una balconada que la rodea desde donde contemplar el pueblo y sus alrededores.

Torresandino, un valle cerrado

Y luchando contra el vendaval, por el camino de Roa y la colada de Valdillán, nos presentamos en Torresandino y, más en concreto, en el molino de Arriba que en una de sus esquinas posee un curioso contrafuerte, como para asegurarlo frente al empuje del agua que llega fuerte por el caz, pues casi no tiene balsa. Y en la contraria, un ciruelo silvestre de frutos no más grandes que una uva, nos ofrece ciruelas de excelente sabor.

Ciruelo

Nos ha sorprendido lo cerca que se encuentra el valle Esgueva del valle del Duero. Y cómo aguanta el Esgueva un trazado rectilíneo y paralelo al Duero, sin caer en un cauce tan ancho y tan próximo hasta desembocar en el Pisuerga. No menos sorprende lo estrecho y cerrado del valle Esgueva, tanto que aquí, en Torresandino, se llegó a estudiar la construcción de una presa, pues la distancia entre los dos páramos no llega a 800 metros. Pero se acabó desechando, según parece, por falta de firmeza en las rocas o terrenos que servirían de apoyo.

No dimos con el molino de Abajo y nos fuimos a ver la iglesia de San Martín. Grata sorpresa: impresionante iglesia románica que acoge a la Virgen de los Valles, talla igualmente románica, restaurada, que durante siglos presidiera en otra capilla el monasterio o Convento de los Valles.

Mojón de santa María y los Valles

Imagen de Castilla

Subimos al páramo por la Canaleja, en cuyo canto nos esperaban los corrales del mismo nombre. Aquí la superficie es dura, pues hay más piedra que tierra en las rastrojeras, y no digamos ya en los perdidos, y los cardos secos dominan el panorama. Así es la paramera, nada dulce ni verde. El otoño ha sacado el espíritu de la Castilla de siempre -austera y sobria- a estos horizontes. Al cruzar por estos duros pedregales me acordaba de Sánchez Albornoz:

…una tierra áspera, fácil para servir de bélico solar a gentes sacudidas por la pasión, que no temen a la muerte, de exaltada personalidad, intolerantes, menos prontos al diálogo que a la lucha fraterna y que habitan en una patria de contrastes climático e históricos, con espíritus de fuego en vehemente adoración o en brutal repulsa de la divinidad.

No sé si seguimos igual, mejor o peor. Al menos, al subir a estos pagos probamos la fruta, excelente, de dos manzanos asentados en las proximidades de un hontanar.

Imposible rodar con tanta piedra suelta

Entre cantos y cantos nos plantamos en el mojón de santa María formado, según la leyenda, por las piedras que –en castigo o penitencia- subían los monjes desde el valle. La verdad es que por muy malos que fueran y muchos monjes que hubiera, imposible subir tanta piedra como hay aquí. Estamos a 950 m, el punto más alto de toda la excursión.

Una agradable y rápida bajada y estamos en el monasterio de Nuestra Señora de los Valles. Sorpresa. ¿Cómo es que hemos dejado caer un monasterio tan formidable y valioso? Solo con ver los restos de las bóvedas –con sus nerviaciones góticas- de la iglesia nos damos cuenta de lo que debió ser y de la importancia que sin duda tuvo en la comarca y en la orden de los Carmelitas Calzados, que lo ocuparon. Estuvimos en la gruta que dio origen al monasterio donde se apareciera santa María de los Valles, en la capilla del Cristo de los Trabajos, en los restos de la iglesia principal, en la sacristía, en lo que fue claustro y huerta… como colofón, nos acercamos a la fuente que todavía surte de abundante agua a los rebaños que pastan por las cercanías. Al menos, algunos de sus viejos retablos están desperdigados en las iglesias de Roa, Torresandino y Villovela. En fin, el tiempo no ha podido todavía nivelarlo todo y ocultarlo, tan grande fue que aun quedarán visibles estas ruinas por muchos años.

Monasterio de los Valles

Chopos mochos y Moros de abundantes aguas

De ahí, siguiendo el curso del Esgueva, pusimos rumbo a la ermita de santa Lucía: a su abrigaño tomamos respiro; hasta el sol parecía que calentaba un poquito. Pero llegaron las nubes enseguida y continuamos hasta Tórtoles por la orilla del río y luego hasta Castrillo de don Juan. Los peculiares chopos mochos de los caminos de esta localidad rendían sus copas al viento, que no sus desproporcionados troncos.

Chopos en Castrillo

De nuevo subida al páramo -¡y van tres!- esta vez por las caudalosas fuentes de los Moros. A sus pies, el valle del Esgueva se ha abierto, ha madurado y ofrece una gran llanura a majuelos, sembrados y arboledas. Una agradable cañada nos lleva hasta la rasante de la paramera entre robles y encinas. Y arriba rodales de monte alegran el paisaje. No han faltado conejos, liebres y perdices, sobre todo perdices, en esta excursión. Parece que los cazadores tendrán buena temporada.

Fuente

Al poco, volamos hacia abajo casi sin darnos cuenta. Paramos en unas corralizas que cuentan con un curioso chozo protegido por un ancho tapiado semicircular con entrada, muy baja, por el mismo corral. No vemos la fuente de Ortega y en un abrir y cerrar de ojos estamos sobre el puente del Esgueva. Un empujón más y llegamos a Encinas. Y como nos sobran fuerzas, subimos al picón que se levanta al sur para tener una visión de conjunto de la localidad.

Aquí, el recorrido según Durius Aquae.

Oteros y viñedos

26 diciembre 137

Esta vez hemos paseado por los páramos que se levantan entre Peñafiel, Burgos y Segovia al sur del Duero. No son los páramos que habitualmente nos encontramos en la provincia, no responden a la idea que tenemos. En parte son llanos, pero desde el llano se levantan oteros, cerros, cuestas redondas, barrerones, colinas… De manera que forman un paisaje diferente, si bien no faltan los normales valles y vallejos que caen hacia el Botijas o el Riaza. También abundan enormes, ciclópeas piedras calizas. Parece como si por aquí todavía no se hubieran empezado a romper en mil pedazos.

Subida desde Olmos
Subida desde Olmos

Otra particularidad es que puedes ir de un canto a otro del páramo para asomarte al valle que prefieras. Los páramos son estrechos y especialmente irregulares, y poseen abundantes asomadas. Por ejemplo, nada más subir desde Olmos nos plantamos en la Atalaya, desde donde contemplamos el valle del Botijas con el castillo de Peñafiel al fondo, y en las proximidades de la fuente de Valcavado nos asomamos al valle del Duero, divisando enfrente los paredones de Bocos y San Martín de Rubiales… Pero eso no fue más que el comienzo.

Una de las fuentes
Una de las fuentes

Fuentes también las hubo, y en abundancia, no en vano este territorio estuvo dedicado fundamentalmente a la ganadería. Ahora ha cambiado todo: las fuentes o están secas o, incluso, han desaparecido sin casi dejar rastro. La primera que vimos fue la de Valcavado, que mana unas gotas bajo una zarza. Lo justo para que beban los animales (salvajes), según nos comentaba un viticultor que estaba al lado, podando. La que hay cerca de la Cruz de la Muñeca seguía manando, con su lagunita y álamos que la acompañan. La de Cuestalavega manaba agua, pero no salía por el caño. No vimos ni la fuente del Perro ni la de las Tenadas. Por el contrario, la de la Solana, soltaba un buen chorro. Lo descubrimos después de quitar la maleza que la asfixiaba. Y es que ya nadie las utiliza…

El Otero
El Otero

Entre Valdezate y Cuevas el páramo tiene muy poco terreno destinado a la agricultura. La piedra caliza está a flor de piel y el suelo es áspero, apropiado para los rebaños de oveja y cabras. Todo él estaba lleno de restos de corrales y chozos, que tampoco se utilizan ya. Grandes tenadas que antaño dieron buen juego estaban caídas y arruinadas. En las laderas, la densidad de las matas de roble llega a impedir el paso; sus hojas se habían caído o estaban amarillas. Aquí el invierno está siendo algo más duro que en los valles.

Bajamos el páramo hacia Castrillo por el Chorro de Extremadura. Curioso sitio y curioso nombre. El chorro era en algunos puntos un hilo exhausto de agua. Lo de Extremadura podía ser porque, realmente estaba en Extremadura: los castellanos, al saltar el Duero durante la repoblación, a las tierras al sur del río las llamaron Extremadura mientras que para las del norte reservaron el nombre de Castilla.

Restos de una tenada en el Chorro de Extremadura
Restos de una tenada en el Chorro de Extremadura

bien cuidados. Y -por todas partes- desmontes que anuncian futuras plantaciones. Ya se ve donde está el dinero en esta tierra. Junto a un monte inculto y lleno de piedras, aparece un bacillar con buena tierra, perfectamente labrado y cuidado.

Lo mejor de esta excursión, como de tantas otras, el paisaje con sus vistas panorámicas a los valles, en los que podemos distinguir terrenos sembrados, viñedos, ríos, pueblecitos…

No ha sido un trayecto largo (35 km). A pesar de todo, hemos pasado por cinco términos municipales y tres provincias: Valladolid (Olmos de Peñafiel, Castrillo de Duero), Burgos (Nava de Roa, Valdezate) y Segovia (Cuevas de Provanco).

Aquí tenéis el track.

26 diciembre 028

La Guareña (y 2): de Olmo a Alaejos

Molino de la Carrera

Continuamos con la excursión de la entrada anterior (habíamos salido de Olmo) y no nos resistimos a contar la sorprendente acción militar que aquí ocurrió durante la Guerra de la Independencia.

Y es que precisamente en esta zona que atravesamos, los ejércitos francés al mando del general Marmont y anglohispánico dirigido por el duque de Wellington, hicieron una marcha paralela teniendo al río Guareña en medio. Acamparan ambos a poca distancia para recuperar a las tropas después de una frenética marcha. Reanudan la marcha, el francés por la orilla derecha y el anglohispánico por la izquierda, dirigiéndose ambos hacia el sur, vigilantes el uno del otro, esperando la acción del contrario para entablar combate. Esta fue la famosa marcha de dos ejércitos en paralelo a no más de 500 metros el uno del otro y con unos 50.000 soldados cada uno. Al final, ambos ejércitos cruzarían el Tormes para enfrentarse en la batalla de Los Arapiles, siendo el francés fue derrotado por la tropas al mando de Wellington.

Chopo solitario

Pero sigamos nuestra particular marcha, que incluye parada y fonda en el molino de la Carrera, ahora metidos de nuevo en la provincia de Valladolid, término de Torrecilla. En realidad, este edificio tuvo dos molinos, a decir de los testigos que todavía hablan: los dos bocines separados por un tajamar, en la balsa, y los dos arcos de ladrillo donde estuvo el cárcavo con el rodezno. Hoy es un establo para el vacuno, tan abundante en La Guareña. De hecho, un inmenso prado, ahora verde brillante por la lluvia y el sol, se extiende entre los edificios del molino y el cauce del río.

Seguimos. A la izquierda, tierras de labor que suavemente se elevan hacia el Oeste. Al otro lado, prados, el bosque del río y, más allá, los cerros escarpados de los Regatones,  que suben hacia Torrecilla. Sabemos que la otra orilla cuenta con más recovecos, con escarpes, fuentes, huertos. Pero la dejamos para otra excursión.  También dejamos los restos del molino del Pico, en la raya de Castrillo.

Pico del Molino

Cruzada la carretera Valladolid-Salamanca nos plantamos en Castrillo (y en Zamora de nuevo) donde tomamos el camino de la ribera derecha. Al llegar a los restos del molino de Gómez Arias  –bocín cegado, balsa labrada y sembrada- ya cerca de Vadillo, dejamos La Guareña para subir por el Este hasta el Mojón del Fraile y disfrutar allí de otra panorámica increíble. Una fuerte subida en la que hemos compensado de golpe la larga bajada desde Torrecilla hasta Vadillo.

Y el camino nos señala al fondo las torres de Alaejos, donde al final llegamos.

Subida en la Urnia

Pero la excursión nos deparaba una última y grata sorpresa. Nos acercamos hasta la fuente del Caño. Pues bien, resulta que han limpiado y restaurado la fuente, el Arcamadre y las arcas secundarias. Y han construido un merendero y otras fuentes donde beber agua. ¡Hay que felicitar al Ayuntamiento alaejano! Las fotografías de aquel artículo de este blog son, gracias a Dios, pura historia.

Prado típico