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Monte de Villabáñez

3 junio, 2010


Entre Villabáñez y Castronuevo, o sea, entre el Esgueva y el Jaramiel, se extiende una lengua de páramo que acabará, precisamente, en el cerro de San Cristóbal. Pues bien, en esta lengua y en sus vallejos, todavía se conservan algunos preciosos montes de roble salpicados también con algunas encinas.

Y digo todavía porque antaño lo normal era el monte, de hecho todo -incluyendo valles- eran robledales. No hay más que ver dónde se ha refugiado ahora -en las laderas- y qué toponimia nos ha legado: El Roblón, Requejo, El Rebollar, Valdecuerzo del Roble… Bien, pues este es el momento adecuado para darse un paseo por este páramo, antes de que el sol de junio lo agoste todo y lo deje reducido a un secarral. No obstante, los robles siempre estarán verdes, por muy caluroso que venga el verano.

Una posibilidad es partir de Castronuevo y subir la cuesta del páramo con calma, que ya hace bastante calor. La verdad es que en bici no se pasa demasiado calor: siempre llega de no se sabe donde una brisa que te refresca algo. Salvo en las cuestas, claro.   Además, podemos parar de vez en cuando, sobre todo al alcanzar la varga, para examinar de cerca esa multitud de florecillas de colores vivos que suelen aparecer en lugares secos e inhóspitos: linos, garbanceras, coronillas, perdigueras… Ya arriba, volvemos a parar para echar una mirada al valle, y continuamos entre el cereal a punto de amarillear. Empezamos a ver, entre los llanos sembrados, robles aislados y, al borde del camino, algunas matas de encinas. Es el páramo de Valdeandrinos, señal de que en las laderas podremos recolectar endrinas… en otoño, naturalmente.

Llegamos al bosquecillo de jóvenes robles y al cruce de caminos donde antaño estuviera el Roblón, enorme árbol que murió -¿o lo mataron?- hace unos 30 años. Algunos llegamos a ver su enorme tocón calcinado. El camino desciende un poco por un paraje de pradillos y rebollos hasta llegar a una especie de vaguada. Al estar hundida en el páramo, nos encontramos protegidos del viento; pero se agradece más bien en invierno.

Es el lugar ideal para refugio liebres -de hecho aquí se ve a las crías corretear y jugar, sobre todo en invierno-, de algunos conejos que viven en la linde del ras del páramo, y de aves variadas, destacando fringílidos y escribanos, además de palomas torcaces. Al estar bajo el ras del páramo, la sensación de aislamiento se refuerza. Toda la vaguada está bordeada de robles y matas de roble y, desgraciadamente, han comenzado a plantar ¡pinos! ¡qué manía con destrozar rebollares!

Valle abajo vemos, primero, al borde de la Solana de la Muela, un manantial con su pequeño estanque, que están limpiando precisamente ahora. Va a ser ideal para fotografiar aves. Yendo hacia abajo llegamos a la carretera de Villabáñez a Renedo después de haber cruzado junto a laderas con robles, un chozo de pastor (otra señal más de que esto fue un lugar de pastoreo, un monte), rebollares tan tupidos como estrechos, y robles aislados en medio de los sembrados y tierras de labor.

Pero hay más posibilidades en este agradable monte. Que cada uno las descubra. Los cerrales son estupendos para observarlo todo: los valles del Jaramiel y del Esgueva, las Mamblas de Tudela, la tranquilidad de vallejos escondidos… El camino propuesto -que pasa junto al chozo y el manantial- era el viejo itinerario que conectaba Olmos de Esgueva con Tudela.


Paisajes de Castronuevo

23 mayo, 2009

CastronuevoLa ciudad de Valladolid nació entre las Esguevas; aguas arriba se encuentra Renedo, y la tercera población a orillas del Esgueva sería Castronuevo. Es muy antigua: se han encontrado restos prehistóricos y romanos, pero la historia del Castronuevo actual comienza con la repoblación castellana, instalandose aquí seguramente un castillo nuevo.

Pero dejemos la historia a un lado para hablar del paisaje.

Hilera de almendros

Ya hemos pasado muy cerca de estos lugares en la ruta de la fuente del Pocico. Si tomamos el camino que sale de la carretera del Valle Esgueva para bordear el campo militar, llegaremos a la colada de Cabezada, inconfundible por su suelo siempre blanco y normalmente seco, con abundante piedra caliza. Por ella llegaremos hasta el borde del páramo desde el que se divisa el valle y Castronuevo en primer término.

Desde aquí -y también desde el pinarillo que hemos dejado a la derecha- podemos contemplar los mil detalles del valle y del propio páramo. Vemos los esquemáticos dibujos realizados con almendros en las laderas, las hileras de estos árboles, los caminos adornados ¡también con almendros!, los tapiales de piedra, restos de corralizas, las alamedas lejanas… Más adelante veremos también, lejano, Villarmentero…

Almedros desde el aire

Otra posibilidad es subir directamente desde Castronuevo. Son varios los caminos y cañadas que se dirigen al páramo, muy utilizados especialmente cuando el campo militar no constituía una barrera infranqueable.

Almendros en la ladera