Los nobles corrales del Cerrato

El Cerrato es una tierra de ganados, especialmente ovino. Toda la comarca se encuentra atravesada por cañadas reales  –muchas merineras, que van de las sierras de Burgos a Extremadura-, cordeles y veredas; prácticamente todos los municipios tenían –tienen- sus propias cañadas para llevar los rebaños al monte o a los bebederos. Hoy todavía las podemos ver e incluso rodar. Lo mismo puede decirse de los corrales, corralizas y chozos, que abundan desperdigados por doquier.

Pero en la excursión de hoy –hecha en el mes de julio pasado- nos hemos topado con algo nada común: corrales cuyas tapias fueron, exagerando un poco, auténticas murallas; tenadas que fueron  casas bien acabadas con un amplio corral; chozos que fueron, exagerando otro poco, casi casas palaciegas.

Todo esto sucedía entre Tórtoles de Esgueva y Villafruela. Recorrimos, entre otros, los corrales de Los Serranos, del Monte, de la Pedraja, de la Senda de Antigüedad, del Cangrejo, de Lasauso… En todos ellos predominaban las tapias anchas de piedra bien colocada, puertas con dinteles en piedra tallada, con restos de casetas relativamente dignas para pasar la noche y los calores de la estación…  Parece que aquí los pastores y zagales vivieran mejor que en la zona occidental de la región cerrateña. Pero nunca se sabe.

También cruzamos por dos veces la cañada real burgalesa, plagada de corrales, vadeamos el arroyo del Cerrato y pudimos entrar en la curiosa caseta de la Hermenegilda, que parecía haber estado habitada recientemente, pues poseía, en sus antiguos pesebres, televisión (?) y ordenador (!!), además de otras comodidades no tan modernas.

Especialmente agradable fue el paseo por el monte de Salce y, a continuación, por el valle del arroyo de Valdesalce. Aquí, el trayecto seguido.

Sofocante madrugada cerrateña

No sólo en la ciudad y no sólo por el día. En los páramos y valles del Cerrato, a eso de las tres de la mañana, continuaba haciendo un calor sofocante. Nunca de madrugada habíamos pasado tanto calor. Pero estábamos en plena ola, haciendo la transición del día 16 –Virgen del Carmen- al 17 de julio.

Además, los caminos rezumaban y soltaban polvo, cuando lo normal es que a esas horas estén ligeramente húmedos y no levanten polvaredas, típicas con el calor del día.

O sea que eso de polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga porque cruzaba por la terrible estepa castellana con el ciego sol, podía repetirse en la madrugada de un 17 de julio bajo la estrella Polar y la luna menguante…

Salimos de Cubillas de Cerrato para subir al extremo este del páramo de los Infantes, aun de Valoria la Buena. Entre encinas y campos segados y por segar, cantos de grillos, guiados por la Polar que asomaba en lo alto del cielo donde no llegaba la suave neblina, llegamos a la ermita de la Virgen del Monte, que se asoma a los valles de los arroyos Maderano y Rabanillo, donde también se asienta, a horcajo de ambos, Cevico de la Torre, convertido ahora en un poblado de luz.

Junto a la Virgend el Monte

Sin miedo pero con cierto de riesgo, atravesamos el páramo Angosto por un camino muy irregular de yeso convertido en torretera. Un curioso todoterreno con una rara y fuerte luz naranja en su techo y rodeado de una nube de polvo, apareció y desapareció ante nosotros ¿o era un OVNI? Para mayor dificultad y suspense en el trayecto, a una rueda se destalonó pero, a Dios gracias, pudimos volver a hincharla y seguir la ruta.

En las cercanías de Vertavillo, la tímida luna –que había emergido del horizonte sin ser vista- dejó la nube donde se había refugiado y nosotros apagamos las linternas para el resto del trayecto. En Vertavillo vimos un alma, lo que no es poco, y nos acercamos a la fuente, junto a la iglesia.

Luces de Cevico de la Torre

Rodamos largo y tendido, con brisa caliente y de espalda, por el valle del arroyo Madrazo. Visita a Población de Cerrato y su barrio de bodegas y, desde allí, recorrimos el último trayecto que nos dejó en Cubillas. Unos dos kilómetros antes, no sé si porque realmente bajó la temperatura o porque habían regado en la zona, notamos -¡por fin!- un agradable fresquito. Cuando llegamos a Cubillas estaban dando en el reloj las tres de la mañana.

Aquí, el recorrido, de 34 k. Abajo, una de las estrofas de Castilla de Manuel Machado.

El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Antiguos caminos y linderos del Cerrato burgalés

Aunque pertenece a la comarca del Cerrato y no está lejos de Valladolid, esta vez descubrimos un paisaje diferente. Veamos.

Los caminos

Por llamarlos de alguna manera. Buena parte del trayecto lo hicimos por unos caminos que no eran más que roderas sobre el cereal crecido. No sé si antiguamente fueron sendas o veredas, o si fueron solamente servidumbres de paso. La cuestión es que la mayoría del itinerario –al menos en tiempo- lo hicimos por estas roderas.

La cosa empezó a los 7 u 8 kilómetros de Torresandino, al introducirnos en los vallejos que dan origen al arroyo de Cerato: el camino se convirtió en dos roderas entre la cebada verde.

Después, al llegar al monte de Salce o de los Siete Hermanos, ocurrió lo mismo. Se trata de un camino o mejor, dos senderos, que siguen justo la raya que separa Torresandino de Villafruela, y que suben y bajan continuamente, como si fuera casi una montaña rusa.

Y, ya al final, entre la ermita de la Virgen Blanca y Torresandino, volvió a ocurrir lo mismo. ¿el por qué? Seguramente se utilizan poco, sólo –o casi- para acceder a las tierras. En otra época  se verían respetados, pero hoy ya no compensa… Pero bueno, fue una agradable sensación que nos llevó a navegar entre las olas de los trigales castellanos…

Los Siete Hermanos o el monte de Salce

Ya lo hemos citado. ¿Qué nos llamó poderosamente la atención? Pues que se trata de unas grandes cintas de cultivo, de un kilómetro de largas por unos 30 o 50 metros de anchas separadas por otras tantas cintas, algo más estrechas, de bosque de roble y encina. ¿Por qué? ¿Cuál será su origen? Pues no lo sé, pero así se han conservado todavía hoy. Están en el término de Villafruela, confinando con los de Torresandino y Espinosa de Cerrato. Es difícil recorrerlos ahora, pues el bosque no facilita el paso y el cereal  estaba por cosechar.

Algo parecido hemos visto en el páramo de los Torozos, o en Belver de los Montes con sus lindones, pero nunca con parcelas tan grandes y regulares.

El río del Henar

A lo largo del recorrido entramos en un único pueblo: Cilleruelo de Abajo. Pues bien por allí pasaba el río o arroyo del Henar, que según los lugares que atraviesa en su viaje hacia el Esgueva recibe también los nombres de Cobos, Mataviejas o Aguachal. Y como de Cilleruelo se dirige a Torresandino, decidimos seguirle en este su último trayecto.

Y también nos deslumbró. Primero, porque nos metimos en un cerradísimo monte de robles que abrazaba otro no menos cerrado bosque de ribera. Y fuera, sin solución de continuidad, el campo libre de Castilla. Curioso contraste. Pudimos ver lo que queda del molino de la Dehesa y algunos huertos y campos cercados en este peculiar monte.

Después, el bosque se abrió y fue dejando laderas desnudas con piedras calizas descarnadas… hasta que apareció en una ladera, solitaria y hermosa, la ermita de la Virgen de las Mercedes y de la Blanca, de curioso nombre y de época medieval a juzgar por los restos románicos que todavía conserva. Allí se levanta, desde tiempos remotos, con una alameda al lado y una fuente al otro lado del camino… Es la Patrona de Pinillos de Esgueva, que dista 4 kilómetros, y la talla se conserva en la iglesia parroquial.

Ermita de la Virgen Blanca en el valle del Henar
Ermita de la Virgen Blanca en el valle del Henar

Todo esto fue lo más llamativo de la excursión, que no acabó ahí. Recorrimos cañadas y veredas, cruzamos los cordeles de las vías pecuarias de los merinos que venían de la sierra de la Demanda, pasamos junto a muchos corrales de buen porte. Por eso, pudimos comprobar que esta fue una tierra dedicada fundamentalmente a la ganadería. Hoy es la agricultura de secano la que más aporta. Veremos más adelante.

Y he aquí el trayecto seguido.

Tres provincias, una comarca

Encinas de Esgueva, por su situación en la zona central del Cerrato y a orillas del Esgueva, es un buen punto para muchas excursiones por la comarca. Además, se encuentra casi a un tiro de piedra de las provincias de Burgos y Palencia. Tal vez por todo eso hemos salido de aquí en el recorrido de hoy.

Siguiendo la cañada de Guzmán –que a media ladera cuenta con un bue abrevadero- hemos subido al páramo. La primera parada, en el cerral: no sólo para tomar resuello, también para contemplar el paisaje que abre el arroyo del Pozo, con las torres de Canillas en segundo plano y el valle Esgueva de telonero.

Subida por la cañada de Guzmán. Al fondo, Encinas.

Luego, como buenamente hemos podido, se ha intentado seguir la vía pecuaria, a veces rota por los sembrados. No encontramos la fuente del Hombro pero nos sorprendieron unos corrales –chozo incluido- cerca de los Pozuelos. Enseguida, la cañada entra en Burgos, en una zona donde son muy abundantes las cercas con piedra bien colocada. No parecen sólo de corrales, sino que también separan propiedades o sostienen laderas y bancales. El paisaje aquí es llano, si bien sobresale el cerro del Otero, tal vez el segundo punto más alto de la provincia de Valladolid, después del Cuchillejo.

Corrales

Pasamos junto a la caudalosa fuente de Valcavadillo, bien conocida, que arroja dos generosos chorros. Después, giramos hacia el norte por la vereda del camino real de Peñafiel a Burgos. Tampoco encontramos la fuente del Pozarón pero sí pasamos junto a unos viejos corrales en uso, bien protegidos por una alta cerca de piedras rematada con alambre de espino. Después, miramos un antiguo mapa que llama a estos corrales nuevos. Ya se ve que, en esta vida, todo es relativo.

Camino con almendro

Y llegamos a la zona conocida como el Enebrillo, en la que se abren valles, se ondulan los campos, aparecen montículos y aparecen, como desprendidas, grandes piedras calizas. Se rompe, por tanto, con la llanura llanura del páramo, lo que da al paisaje una belleza diferente. Y nos encontramos con dos fuentes que ¡manan agua!, cumpliendo, por tanto, con su función. Son la fuente de la Carrasca, casi en medio de un sembrado, sin ninguna protección, y la fuente del Espinar, protegida por lo que pretende ser una rústica y sencilla arca de piedras. Entre ambas, unos corrales relativamente bien conservados con un chozo que luce una puerta amplia y bien adintelada.

Corral en uso

Nos dejamos caer por un hermoso valle entre laderas de yeso, robledales con encinas, alamedas con humedales, prados, cabezos y portillos. Zonas que fueron de pastoreo, pues abundan las cañadas, los corrales e incluso pasamos por un lugar denominado el Salegar, donde precisamente se daba sal al ganado. Al fin, aparecemos frente a Tórtoles y recorremos tres kilómetros por el valle del Esgueva.

En el valle Esgueva

Vuelta a subir al páramo. En un recodo del camino, la fuente Blanca, con abundante agua. No así la fuente Vilanos, que ha desaparecido. Ya se ve que las fuentes cuidadas dan agua y las demás pueden perderse. Arriba estamos a 944 m, otra vez en la paramera. Pero por poco tiempo: después de ver –de lejos- el original corral de Andalobera, circular, bajamos hacia el barco de Fuentequeril para, enseguida, caer hacia Castrillo de don Juan –Palencia- por una ladera cubierta de pinares por la que que cruzan una manada de corzos.

Caseta. Encinas

De Castrillo a Encinas tomamos una buena pista por el valle. Almendros que esperan el primer respiro del invierno para florecer, nogales desnudos, pinos, tapias de piedra, viñedo, alguna encina, hacen el trayecto distinto y nada aburrido. Ya estamos de vuelta.

El recorrido (32 km), aquí.

 

Un Cerrato primaveral

Excursión del primer día del invierno oficial: 12-14 grados, sol con alguna nube, agradable brisa del sur, campos verdes… ¡parecía que estábamos iniciando algo más que una tímida primavera! Pero así son las cosas –o las excursiones- y en estas latitudes puede hacer un día muy bueno o muy mal en cualquier momento.

El lugar elegido para salir fue Magaz de Pisuerga que vive constreñido entre el ferrocarril y la autovía. Hay cierta actividad –restauración, construcción- pero debió haber más a juzgar por los enormes caserones abandonados que todavía pueden verse… En cualquier caso, nos sorprendió el ábside románico de la iglesia de san Mamés, que lo dice todo acerca de la antigüedad de este lugar.

Aspecto de una de las casas-cueva.

Cruzamos la autovía para ver el tradicional barrio de bodegas y nos encaramamos al Castillo. Bueno, al cerro del Castillo, último baluarte o estribación de una alargada colina que procede del páramo. Aquí nos sorprendió el barrio, abandonado hace tiempo, de casas cueva. Aunque se encuentra semiderruidas y medio tapadas, pudimos entrar en alguna. Es como un edificio de cuevas, pues las casas se encuentran a diferentes alturas. En la mayoría de los casos, la escorrentía se ha llevado el acceso y es peligroso llegar a ellas. Dentro, aún pueden distinguirse las estancias, puertas, ventanas, chimeneas, cocinas, cuadras; muchas se encuentran incluso revocadas. Al exterior, tuvieron cubrición de piedra caliza, conforme puede apreciarse por lo que queda…

Esto nos encontramos al fondo del Val

Bueno, es una manera de comprobar las condiciones en las que antaño vivían en estas tierras cerrateñas. No sólo las veremos aquí, que también quedan restos en la mayoría de los pueblos de los alrededores. Puestos a ser positivos, al menos tenían un agradable paisaje para contemplar, aunque seguramente hubieran preferido menos vistas y mejores condiciones habitacionales.

El paso siguiente consistió en embocar el valle arroyo del Val, formado entre el páramo de Magaz, (que al otro lado cae a la ciudad de Palencia) y, a nuestra derecha, los picones de Marchena que, puestos en fila con sus portillos, forman una original colina. Es un valle suave y tendido, protegido de los vientos, dedicado al sembrado de cereal. Al fondo, distinguimos una pared blanca con bocaminas de yeso que reluce al sol. Y, a su lado, el pico Morilla. Conforme nos acercamos, el paisaje va cambiando y aparecen algunas solitarias encinas, primeros ejemplares de una dehesa que se divisa al fondo.

Bocaminas de yeso en la abrupta ladera

Subimos al páramo pero no llegamos al tal, pues la cuesta acaba en un portillo que nos deja caer en suave descenso en dirección Valdeolmillos. Zigzagueamos un poco entre el monte Aragón y la fuente de Valdiciero. De frente, hacia el norte, otra pared blanca con bocaminas. Nos atrae tanto que tomamos el camino que nos lleva hacia ellas, pero en valde, pues el último tramo que accede a las cuevas está vallado. Vuelta atrás.

Paisaje en la subida hacia el monte Aragón

Valdeolmillos no puede levantarse en un lugar más encantador, pues los cerros y tierras onduladas del Cerrato convierten este lugar en una auténtica delicia. Además, cuenta con una iglesia románica dedicada a san Juan Bautista bien conservada. Lo malo es que muchas de sus casas que se están cayendo, así como tapias, casetas, bodegas y otras muestras de arquitectura popular… el paso de las estaciones puede con todo. Nos vamos por la carretera de Villamediana y contemplamos una preciosa estampa de la localidad.

En Valdeolmillos

Ahora rodamos por un paisaje que se va abriendo cada vez más conforme avanzamos hacia el Pisuerga. Vamos dejando atrás los últimos picos: los de san Millán y san Cristóbal, éste último con chozos y corrales en su falda. Pasamos junto a viejas canteras: topónimos como las Pedreras y el Amoladero así nos lo quieren decir. El pico Barrojo se adorna en su cerral con hileras de almendros. Tomamos la sirga del canal de Villalaco hasta que cruzamos la autovía y el ferrocarril.

Hacia el Pisuerga los campos se suavizan

A partir de aquí el terreno es totalmente llano. Por una amplia pista llegamos a la carretera de Aranda y cruzamos el Pisuerga para dirigirnos a Reinoso de Cerrato no sin antes aproximarnos al pequeño embalse que forma el dique de una centralita eléctrica. Patos de diferentes especies levantan el vuelo al notar nuestra presencia.

Entre sembrados de cereal, graveras restauradas en las que todavía se buscan setas, alamedas y la propia ribera del río, llegamos al puente por el que cruzamos a la orilla derecha. Ya sólo queda continuar por un camino junto a la vía que nos conduce a Magaz, donde cerramos el círculo de esta excursión primaveral.

El Pisuerga embalsado en Reinoso

Y aquí el recorrido seguido, de casi 45 km.

Los rasos y «esculturas» del Cerrato y el valle de Tabanera

El Cerrato, esa comarca de cerros, valles y vallejos que se encuentra entre Palencia, Valladolid y Burgos es hermosa como pocas y muy difícil de conocer al detalle. De hecho, conocemos relativamente bien -por haberla rodado- la zona que se extiende por Valladolid e incluso Burgos, pero de la palentina nos queda mucho por explorar.

Esta vez recorrimos tierras próximas a Palenzuela y Quintana del Puente, iniciando la salida en esta última localidad. Tierras que, por cierto, pertenecieron -salvo Quintana- a la provincia de Valladolid hasta el año 1833.

Primeros cerrillos

Un paisaje esculpido

La primera parte discurrió entre lomas, picos, cabezos, mamblas, vallejos, portillos, arroyos, pozos, fuentes… ¡Ufff, no me esperaba algo tan variado!, parecía que rodáramos sobre una superficie modelada por algún escultor, pues a cada vuelta de rueda descubríamos nuevas figuras, o aspectos diferentes de un mismo  cabezo según la inclinación del sol o el punto de vista.

Nos introducimos en tan original paisaje precisamente por el camino de Vega Muerte que nos llevó hasta la boca del valle de Castrillejo, que va ascendiendo de forma pausada y dando amplias curvas hasta llegar al ras del páramo.

Ascendiendo por un amplio valle

Pero antes de coronar pudimos contemplar el peculiar mogote de la Esteba, con sus restos de explotaciones de yeso y sus laderas preparadas para el cultivo gracias a muretes de apoyo. Poco después descubrimos un limpio y remozado refugio de pastor –utilizado hoy por cazadores- y, al poco, la fuente de Caño Duro, seca.

Un poco más adelante, antiguos colmenares pertenecientes a Tabanera, y, cuando estábamos a punto de lllegar a la paramera, dos chopos corpulentos indicaban la presencia de un pozo con su bomba de agua que funcionaba perfectamente. Luego nos acercamos a la fuente de Valdevillí –otro precioso paraje en ladera- que manaba agua en abundancia.

El árbol señala la fuente de Valdevillí

El raso

Una vez en el páramo, nos hicimos unos 12 km por su superficie. Aunque en las zonas más próximas a los cerrales pasamos por suaves hondonadas, la superficie era llana y rasa, sin monte, a lo sumo alguna encina o solitario más los típicos majanos. Aprovechamos el trazado de algunas cañadas –o las cruzamos- en la que todavía quedaban restos de chozos y corralizas. Claramente van a menos, esto es ya el reino del agricultor: no vimos ningún rebaño en toda la excursión y sí máquinas que comenzaban a cosechar.

Paisaje del raso

Pero el campo estaba espléndido, con el cielo como segundo protagonista y la linderas de los caminos todavía esmaltadas de flores. Un placer rodar por allí.

Arroyo Madre

Finalmente, alcanzamos la cabecera del arroyo Madre, que durante unos 12 km baja 170 m de altura hasta desembocar en el Arlanza. Eso significa que no disfrutamos de una bajada rauda y totalmente descansada, pero pudimos avanzar durante unos 10 km dando pedales suavemente, que no está mal.

Inicios del arroyo Madre

Laderas de yeso, trigo –¡tierra excelente!-, y algunas arboledas. También, algunas fuentes. La sorpresa la tuvimos en el despoblado de Olmos de Cerrato, en un recodo del valle protegido de las inclemencias septentrionales. Todavía quedan casas en buen estado, huertas cultivadas y agua, mucha agua del arroyo y fuentes. Un agradable lugar para vivir y –de momento- para descansar un poco del trayecto.

Olmos de Cerrato

Visitamos Tabanera y Villahán, pueblos que pertenecieron al alfoz de Palenzuela (y por tanto a Vallaodlid) y que no están tan perdidos como se esperaba. De hecho, aunque abundan las ruinas, también las casas modernas. Y había gente por las calles.

De regreso

Un último camino nos llevó en directo hasta Quintana, bordeando laderas y a cierta altura: al fondo se podía contemplar Palenzuela, deslizándose por la falda de un cerro pero sin llegar a caer en las aguas del Arlanza. Después, entre la raya del Negredo (vides y bodega, pero también encinas y enebros) sobre una colina y el reencontrado Castrillejo,  cruzamos los ferrocarriles para llegar al mismísimo Puente de Quintana.

Fuente en Tabanera

Al final, la conclusión de tantas excursiones: ¿para qué irse lejos si aquí tienes un paisaje hermoso y desconocido?

Este fue el recorrido,de 48 km.