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Un Cerrato profundo y olvidado

7 julio, 2017

La excursión de hoy discurre por el Cerrato profundo, apartado de localidades y sólo salpicado de viejos caseríos hoy abandonados en su inmensa mayoría. Por eso, hasta será difícil encontrarnos con algún agricultor o pastor, a pesar de que fue el reino de las cañadas y los corrales, hoy abandonados prácticamente todos. Buena parte de sus en otro tiempo extensos montes se roturaron para dedicarlos al cultivo de cereal. En definitiva, hoy vamos a rodar totalmente olvidados del mundanal ruido, cosa que luego agradecimos.

Corral de los Aguarizos, en la cañada Burgalesa

Elegimos como punto de partida Hérmedes, uno de los pueblos más antiguos del Cerrato, repoblado allá por el siglo X por cristianos procedentes de Córdoba o de otra zona árabe y musulmana. Prueba de ello es el arco mozárabe que podemos admirar en la ermita de Nuestra Señora de las Eras. Antes de iniciar el trayecto desde la plaza del Árbol, una señora se quejaba de que el pueblo estaba en ruinas. Y no le faltaba razón.

La Cañada Burgalesa

Tomamos la cañada real Burgalesa –o uno de sus ramales- hacia el este. Al llegar a los Aguarizos nos paramos a contemplar un corral tradicional en buena piedra, rematado con tela metálica, seguramente para no facilitar demasiado las cosas al lobo. Parecía que había estado en uso hasta hace muy poco. La Cañada es ahora una escombrera de piedra procedente de las tierras colindantes…

Sabina en la cañada de la Dehesa

En los Tres Hitos –Hérmedes, Castrillo y Cevico Navero- enfocamos hacia el norte por el viejo camino de Encinas a Antigüedad, ya muy desdibujado si no fuera por las hileras de piedras que se acumulan en sus márgenes. Entre viejos corrales y no menos viejas sabinas nos fuimos acercando al valle del arroyo del Cerrato, al que caímos por las casas deshabitadas de la Dehesa de San Pedro de la Yedra. Todo viejo, despoblado, olvidado, perdido… es una pena que ya nadie quiera vivir por aquí, lejos de pueblos y ciudades. Un punto de nostalgia romántica lo cubre todo, como las hiedras cubren los muros de tantos caseríos abandonados.

Junto a otra sabina

El valle del arroyo de Cerrato

Pero estamos en el fondo del valle. Las laderas se ven cubiertas de un tupido bosque de encina, roble y sabina, y todo tipo de arbustos; en algunos puntos dejan ver paredes verticales, en otros, pequeñas praderas aprovechan los escasos claros. El paisaje ha cambiado de  manera radical y nos hemos introducido en otro mundo, más apartado aun si cabe de la civilización. A pesar de estar en el siglo XXI no hay ninguna referencia que nos lo indique. Al empezar a rodar valle arriba vemos en la cuesta norte enormes sabinas que destacan en los límites del bosque.

Piedrecitas que caen junto al camino

Otro poco más y damos con un caserío en perfecta ruina. No queda viva ni la fuente, pues el manantial la rodea si pasar a través de sus caños y abrevaderos. En las habitaciones duermen los murciélagos y crían las golondrinas. Llama la atención el barro tan blanco de los adobes y el buen hacer de los maestros que realizaron los aleros de los tejados. Pero todo caerá, como vemos que han caído sobre nuestro camino enormes piedras –de muchas toneladas- desprendidas del cerral.

Vamos espantando abundantes corzos que, suponemos, bajan a beber a los pequeños manantiales del valle, pues el arroyo está seco. Incluso nos parece ver un ciervo. El paisaje cambia un poco y aparece una pradera en la que crecen algunos chopos; es un manadero del que borbota algo de agua. Al norte dejamos el valle donde hace años, en otra excursión, nos encontramos con la escondida Fuen-Luciana.

Pradera en el valle

En fin, algún kilómetro más y de las laderas va desapareciendo el tupido bosque. Ahora domina la hierba alta acompañada de enebros y alguna piedra descarnada. En esto alcanzamos la Casa de los Caserones, de buena factura a juzgar por los zócalos de piedra que quedan y sus corrales. También tuvo pozo –ahora está cerrado y protegido- y un abrevadero que hoy vemos comido por el tiempo y la maleza. Encima, un derrumbadero artificial de piedras. Si hasta aquí veníamos rodando entre dos provincias, ahora estamos en el término de Torresandino, provincia de Burgos. Aunque no sabría decir por qué términos hemos pasado exactamente, pues aquí el territorio está dividido políticamente en caseríos –Dehesa de San Pedro, los Alfoces, el Verdugal, Montemayor- que, a su vez, pertenecen a términos municipales con los que no limitan.

Junto a los Caserones

Ahora subimos por el mismo cauce del arroyo, con tierras de labor a cada lado. Finalmente, el cauce se va diluyendo hasta que desaparece, y el valle con él un poco más allá. Un campo ondulado con sabinas aisladas acaba dominando el paisaje.

Donde el valle desaparece -o nace

(Continuamos en la entrada siguiente)

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Valoria y Valvení

5 octubre, 2016

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Esta excursión discurre por los últimos valles y cerros del Cerrato, cuando éste desaparece cortado por el caudaloso río Pisuerga. Valoria se encuentra a unos 2 km de la desembocadura del arroyo Madrazo en ese río, bien protegida por el pico del Águila al norte y por las laderas de Aguileras, al sur. Posee una original iglesia de planta exagonal, un viejo molino, palacios, una quesería, bodegas modernas y tradicionales…

Las bodegas

Empezamos la excursión por éstas últimas, y nos acercamos a la Bodega Grande, que en realidad es un grupo de bodegas de las de toda la vida especialmente cuidadas. Merece la pena dar un paseo por sus senderos para contemplar de cerca estas construcciones tradicionales. Son muchas, y las hay de todo tipo, tal vez las más llamativas sean esas con la fachada construida en piedra de tonalidades rosadas. Ideales para pasar una agradable tarde en compañía de amigos o familiares. Delante del montículo en el que se agrupan vemos una pradera en la que hasta hace poco hubo una fuente que ahora está clausurada.

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En la Bodega Chica

La denominada Bodega Chica no tiene nada que ver. Hubo menos bodegas y ahora no hay ninguna, pues todas están reducidas a escombros: o bien hundidas o bien saturadas de tierra y porquería.

De manera que subimos al páramo por el camino de San Millán. Bueno, pues este camino se acaba sin previo aviso cuando queda un kilómetro hasta arriba. Se ve que en otra época fue utilizado, pues el firme –destrozado por la escorrentía y lleno de maleza- puede adivinarse. Pero… como somos ciclistas todo terreno, llegamos al páramo como buenamente podemos. Al final, con la bici al hombro.

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Desde arriba

Una lengua de páramo

Como siempre, ha merecido la pena. Estamos en una lengua, o istmo más bien, pues dominamos tanto el valle del norte –del que venimos- como del sur. La parte más ancha se aprovecha para cultivo de cereal y la más estrecha es perdido con alguna encina. Pasamos junto al vértice Senderillo que también da nombre a las laderas hacia Valvení, o Miralrío, si miráramos hacial el Pisuerga .

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Pico de la Muedra

Navegando entre dos valles nos acercamos al pico de la Muedra o del Castillo. Desde luego, es un lugar perfecto para un edificio defensivo, pues domina un amplio territorio. Pero no queda rastro. Hacia Valvení las laderas, de tonalidades blancas, están acarcavadas por efecto de la lluvia y otros elementos.

Descendemos a campo traviesa. Desde abajo también impresiona la falda de este cerro: potente, proporcionada, blanca, formando una especie de circo acogedor, con un resalte de caliza más oscuro tres metros por debajo de la rasante del páramo…

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Laderas

Valvení, benigno ¡y largo!

Una suave subida y descendemos, esta vez, a San Martín, donde iniciamos un largo ascenso de 10 km hasta llegar de nuevo al páramo. El valle se irá, poco a poco, estrechando. A la derecha, hazas que ascienden suavemente; a la izquierda, laderas empinadas y mogotes desprendidos. Cada pocos metros, el paisaje cambia.

Pasamos por la Granja San Andrés donde pensábamos saludar a sus mastines, que suelen salir al encuentro de los ciclistas, pero deben estar trabajando con sus ovejas. De todas formas, nos paramos en las ruinas de la Ermita Vieja, antigua parroquia de San Andrés en otros tiempos que, a duras penas, mantiene el cementerio en un cercado contiguo: Aquí también vemos la fachada de un antiguo palacete, casas de labranza, ruinas y una fuente.

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Fuente de Santiago

El valle es tan largo que no cuesta subirlo. Las laderas se van llenando de robles y en el fondo de la cuenca hay abundante humedad e incluso corren todavía hilos de agua. Y llegamos a la fuente de Santiago que se encuentra a media ladera no lejos del ras del páramo. Echa dos chorros de agua, lo que no está mal pues ya nos encontramos en septiembre y sin llover. La han limpiado y han ampliado un espacio llano ideal para descabezar una siestecilla.

Un poco más y pasamos junto al Roblón, alto, enhiesto, en mitad de lo poco que queda de vallejo. Ya arriba, conectamos con la cañada real Burgalesa, donde alguien ha colocado un cartel explicativo.

…y el valle del Madrazo

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Cubillas

¡Qué agradable y largo descenso hasta Población de Cerrato! Pero no paramos sino a coger  agua. Por la cañada de Dueñas subimos, a campo traviesa y cruzando un descuidado joso, al páramo de enfrente. De nuevo nos paramos a contemplar el paisaje y luego a examinar un chozo de pastor con su correspondiente corral.

La etapa siguiente nos lleva al Castillo y a las minas de cal que hay encima de Cubillas. Bueno del Castillo sólo queda el topónimo, como en la Muedra. Cierto que es el lugar ideal para levantar uno, pero lo edificaron y luego –piedra a piedra- se lo llevaron, de forma que no quedan ni las huellas. De la explotación de cal quedan las laderas blancas bien abiertas con entrantes y salientes. Y, debajo, las casas, campos y caminos de Cubillas en medio de este valle cerrateño. Destacan una enorme iglesia –desproporcionada para tan pequeña localidad- y una ermita ya en la afueras. Junto a la iglesia vemos las bodegas o cubillas.

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Restos de las viejas minas

Y aprovechamos la carretera para pedalear con menos esfuerzo y llegar a Valoria por la plaza del Hortal, donde ya no hemos encontrado el viejo pilón.

Colmenas, pozos e historias del Cerrato

13 diciembre, 2015

BaltanasMás que de diciembre esta jornada ciclista parecía de octubre: ausencia de viento, sol, manga corta (sólo algunos). Aun así, el hielo en los charcos no engañaba: la noche había sido fresquita. Pero el día parecía (casi) de verano.

Lugar: el corazón del Cerrato palentino. Salimos de Baltanás y cruzamos por los términos de Antigüedad, Castrillo de don Juan, Cevico Navero y Villaconancio. Vallejos, cerratos, paramillos, montes de encina y roble, chozos y corralizas, cañadas y veredas… Y luz, mucha luz, hasta que se nos hizo de noche, claro.

En medio de Valgrande

En medio de Valgrande

Los pozos

Después de dar un breve paseo por el barrio de las bodegas -que se cuentan por centenas- salimos de Baltanás poniendo rumbo hacia Valderratones y Valgrande. Las hileras de almendros protegían guardaviñas y colmenares. Los valles, sembrados de cereal, verdegueaban, y los ciclistas rodábamos contentos entre el verde de abajo y el azul de arriba. Todo auguraba un día extraordinario, y los augurios se cumplieron con creces esta vez.

En Valgrande descubrimos uno peculiares pozos. Aquí confluyen otros valles menores y vemos como amplios pozos naturales –o charcas profundas- de agua cristalina, con vegetación limpia. Total que –entre el agua y el sol- dan ganas de bañarse. Pero como no llevamos traje de baño lo dejamos para otra ocasión.

Lo vimos en la subida

Lo vimos en la subida

Miguel Ángel, el colmenero

Seguimos ascendiendo por el camino, perfectamente empedrado, y alguien nos llama. Es un colmenero –Miguel Ángel Nieto Gil- de Baltanás con el que entablamos conversación y que nos enseña su colmenar y, casi, casi, hasta su oficio. Efectivamente, aquí tenía su familia un viejo colmenar que él ha restaurado. Ahora es de piedra -en parte abujardada y en parte con hormigón impreso- se levanta en la ladera del valle, de planta rectangular y cubierta a una vertiente, con nueve ranuras con orificios para entrada de abejas al sur y valla protectora, también en piedra, hacia el norte y oeste. Dentro, espacio para nueve colmenas. Al exterior, abundante romero y algunos robles mochos. Una verdadera maravilla para pasar jornadas, escondido en los pliegues de esta ladera, dedicado al noble y tradicional oficio de cultivar abejas a cambio de extraerles su miel.

Colmenero con ciclistas, o miel de ruedas

Colmenero con ciclistas, ¡miel sobre ruedas!

¡Y cuidado que ha de estar rica esta miel, pues se encuentra en pleno Cerrato, donde abundan las plantas aromáticas que viven sin agua, en las laderas de yeso de estos alcores! Ya lo dice la sabiduría popular: la miel y el gato, del Cerrato. Veremos más colmenares a lo largo del trayecto, pero ninguno como éste

El páramo

Poco antes de acabar el valle descubrimos un chozo de pastor y la llamada fuente del Chozo y, ya arriba, una tenada con protección para lobos, un pozo con bomba y abrevadero, y varias corralizas con sus chozos. Paramos un momento en la caseta de la Tía Cosuca: corral, establo con pesebrera y habitación con chimenea, de camino hacia la ruina.

Nos cruzamos con estos ciclistas que venían de Hornillos

Nos cruzamos con estos rodadores que venían de Hornillos

¡Y la llanura! Bueno, aquí, en esta zona de la comarca cerrateña, los páramos no están perfectamente enrasados, sino que forman amplias y ligerísimas ondulaciones, lo que le da cierta gracia y facilita la contemplación al observador.

También nos toca vivir por aquí la aventurilla de la jornada: casi de repente descubrimos en medio del campo una valla de alambre, medio caída, que corta el paso en la dirección que llevamos. Pero la cruzamos, y al poco pasamos junto al chozo de Loma Larga para introducirnos en otro término municipal.

En el páramo

En el páramo

Historias…

Efectivamente, divisamos ya Antigüedad y nos dejamos caer hasta su caserío por un agradable camino empedrado. Nos vamos directamente a contemplar un avión de combate, colocado en memoria de dos aviadores locales de la época de la Guerra Civil y luego callejeamos un poco por la localidad, disfrutando de la arquitectura tradicional: las casas son de dos plantas, con un galerías o balcones corridos haciendo voladizo. A pesar de que en el páramo abunda la piedra, no se desprecia el barro. La iglesia no parece románica, pero conserva algunas columnas y capiteles de ese estilo.

Ladera con chozo en lo alto

Ladera con chozo en lo alto

Tomamos el viejo camino de Tórtoles. Conforme subimos, distinguimos un chozo de pastor en la misma punta del cerro de enfrente, al otro lado del arroyo. En la ladera, abundantes colmenares, o sus restos. En el páramo, matas de roble y, de nuevo, abundantes corralizas.

Después de cruzar la cañada real Burgalesa, que hicimos rodando en otra ocasión y que hollaron durante casi diez siglos los pastores de merinas, llegamos a la famosa y sencilla Cruz de la Muñeca, mandada colocar por la reina Juana para señalar el lugar donde se cayó el féretro de Felipe el Hermoso cuando, tirado por cuatro corceles negros, lo llevaban de Hornillos a Tórtoles. Esto ocurría el 24 de agosto de 1507, según cuentan las crónicas. La Cruz se encuentra sobre un muñón. De ahí tal vez el nombre.

En Antiguedad

En Antiguedad

 

Seguiremos en la entrada próxima entrada.

De Valladolid al embalse de Encinas

26 junio, 2015

Olmos embalse Encinas(1)Estaba escrito que la jornada del 20 de junio algunos rodadores habituales nos iríamos a pegar un baño al embalse de Encinas con algunos chavales de unos 14 años. Llegó el día y con cuatro jóvenes –César, Fernando, Pablo y Alberto-, otros cuatro mayores –Chucho, Juan, Chuco y el que suscribe- enfilamos desde las inmediaciones del puente de la Hispanidad toda la ribera del Pisuerga en Valladolid para llegar a la desembocadura de la Esgueva. Allí, ya no nos despegaríamos de ella hasta Olmos.

El equipo al completo en Olmos de Esgueva

El equipo al completo en Olmos de Esgueva

A la salida, por los Pajarillos, nos estaba esperando –sin saberlo nosotros- Jesús, estudiante de Arquitectura que sabía de nuestro proyecto por terceros. Naturalmente, le dimos la bienvenida y.. ¡a rodar! El día estaba agradable, no caluroso, con viento en contra que en unos momentos se agradecía y en otros no tanto. Los primeros kilómetros fueron de saludo a otros ciclistas y corredores que llenaban la senda de la Esgueva. A partir de Renedo, la densidad de circulación bajó un poco.

Un parón en el camino

Un parón en el camino

Nos paramos a charlar con algún pescador de cangrejos que se estaba divirtiendo y casi sin darnos cuenta estábamos en Olmos. Allí nos encontramos con Miguel y otro amigo y a pesar de la invitación a hacerlo, no nos acompañaron; se volvieron a Valladolid. Gracias a la pista verde habíamos llegado a buena velocidad.

Juan, César, Fernando y Chuco

Juan, César, Fernando y Chuco

Ahora empezaba lo peor.. o lo mejor, según se mire, pues íbamos a rodar por un firme siempre peor -¡¿pero no llevamos bicis todo terreno?!- y, a la vez, por un paisaje precioso. Subimos por una pista larga y tendida: la colada de Cañadillo, de más de tres kilómetros hasta llegar arriba, en el páramo de la Dehesa. Y ahora, a disfrutar del páramo, o sea, un inmenso plano con la bóveda celeste de complemento; aunque más bien es una estrecha lengua de páramo entre los valles del Jaramiel y del Esgueva.

Aparecieron los primeros robles. Enseguida nos metimos en el monte de Valderrobledo, donde ya eran abundantes y enormes. Se agradecía su sombra. La colada de Cuento Sordo mantiene su anchura y sus pastos. Nos hicimos una foto en un chozo de pastor. Todo rodaba bien.

En casa de la tía Chelo nos repusimos

En casa de la tía Chelo nos repusimos

Al llegar a la carretera de Piña a Castrilllo, nos tiramos hacia este pueblo, para aprovisionarnos de agua y tomar el valle del Jaramiel. Pero como habíamos salido muy tarde de Valladolid, se nos hizo la hora de comer y sacamos los bocatas en el Caño. Alguien se acordó de su tía Chelo, y allá que fuimos a saludarla. Total que acabamos por terminar de comer en su casa. Una casa fresca de pueblo es mucho para unos corredores cansados… Con agrado comprobamos que es una tía hospitalaria, además de dulce (por el de membrillo que ella misma había elaborado, entre otras razones). Pero como la pillamos con rulos, pues no nos dejó hacernos una foto con ella. Otra vez será, nos dijo que seguíamos teniendo sus puertas abiertas de par en par para la próxima vez que apareciéramos por allí.

En Jaramiel de Abajo

En Jaramiel de Abajo

Bueno, en Castrillo se quedaron Fernando y César. El primero por dificultades en la bici y el segundo por problemas en el trasero causados por el sillín. En fin. Y poco después se quedaría Alberto, tras dar dos vueltas de campana en la bajada de la cuesta de la ermita de Capilludos. Tenía la espalda como esos flagelantes de la Rioja en Semana Santa. Pero el susto no pasó de ahí. De los jóvenes sólo quedaba Pablo: increíble, no hacía más que darnos hachazos continuamente, hasta que llegamos al embalse. A algunos nos dejó agotados, hay que reconocerlo.

Alberto -experto en caídas volteadas- y Pablo, "El Intratable"

Alberto -experto en caídas de espalda- y Pablo, “El Intratable”

El valle del Jaramiel estaba precioso, húmedo y verde. Aquí se ha salvado la cosecha en buena parte. Las espigas de trigo estaban bien granadas y todavía verdes. Incluso muchas cebadas estaban en pleno proceso de maduración. Las laderas altas, cubiertas de robles. Aquí aun no ha llegado el verano, estábamos en primavera avanzada. Pasamos por las Casas de Jaramiel, la finca Monte Alto y Jaramiel de Arriba, hasta que, a la altura de las Casas de los Guardias se nos acabó el camino por el valle. Por un robledal subimos al páramo.

En el chozo de

En el chozo de Valderrobledo

Ahora la ruta se desarrollaba en zig-zag, pues no hay un camino claro de Este a Oeste para llegar directamente al pantano, por el páramo, sin pasar por Encinas. Llegamos a las fuentes del Jaramiel y después de rodar por caminos enyerbados que a alguno le dieron la puntilla, bajamos al embalse donde disfrutamos de una buena merienda y un bañito reparador. También nos esperaba la furgoneta, que había traído una barca.

Pablo empieza a saborear la victoria

Pablo empieza a saborear la victoria

Bueno, pues lo habíamos logrado, por lo menos el grueso del pelotón. 82 km. de nada. Para volver, la furgoneta hizo dos viajes de manera que un grupo todavía se dio un paseo –por carretera y ya con viento a favor- hasta Piña de Esgueva. En el grupo estaban Fernando, bici repuesta, y Alberto, hombre repuesto, que se desquitaron de la segunda parte de la ida en furgoescoba.

Pablo, intratable. En la próxima salida tendremos que racionarle la gasolina. Porque esa fue otra: nos dejó sin agua a todos. ¡Así cualquiera!

Fin del trayecto

Fin del trayecto

El moral de Santa Lucía y el embalse de Tórtoles

4 octubre, 2014

Embalse Tortoles(1)Pensamos que una buen recorrido sería partir desde Fombellida para llegar hasta el embalse de Tórtoles, en el valle de un arroyo tributario del Esgueva, ya en la provincia de Burgos y después de haber atravesado el término palentino de Castrillo de Don Juan. Pero nos equivocamos. Lo mejor estaba un poco más allá.

 Cañada de la Nava

Precioso pueblo, Fombellida, asentado en la ladera del valle. Todavía quedan casas típicas, construidas al modo tradicional, fuentes y sotos llenos de verdor. También, según salíamos, pudimos contemplar la hilera de bodegas mirando al sur, como para recoger el sol en las tardes de invierno.

20 septiembre 019

Subiendo al páramo hicimos un pequeño alto en una fuente que manaba con ganas bajo unos chopos. El camino –hoy pista- se ha olvidado de la vieja cañada, de la que aun quedan algunos restos. De hecho fuimos por una estrecha vereda sorteando pedruscos caídos de viejas vallas. Pasamos por los extensos corrales y chozos de Valdelacasa.

 La Nava

Y, en directo, llegamos la Nava. En medio de los campos sembrados recorrimos los restos de otras inmensas corralizas, situadas donde el páramo comienza a descender por recios terrenos ondulados, bien salpicados de pequeñas piedras y alguna encina. Un poco más arriba estuvo la Nava, hoy repoblada con pinos. Pero también quedan algunas manchas de roble y encina.

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Entre el cielo y el suelo

Demasiadas piedras. No se sabe cómo los agricultores cultivan estas tierras, pero lo cierto es que ahí están las rastrojeras del cereal. Más corrales, más pequeñas manchas de monte; adecuada zona para el austero ganado lanar.

Hasta que dimos con el camino de Hérmedes a Tórtoles. Más que camino, autopista para las bicis. Buen firme para rodar y, esta vez, con un suave viento a favor. Total, que nos presentamos en un santiamén y después de atravesar el término de Castrillo, en la asomada de Tórtoles .

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El embalse

Bordeando el páramo por las eras llegamos a lo que suponíamos un vallejo que caía al embalse. Y así fue: campo a través descendimos hasta la orilla. ¡Espléndida lámina de agua de color azul turquesa! Estaba lleno hasta el borde. Parece que los agricultores de la comarca no han tenido necesidad de regar mucho últimamente. En dimensiones y tipo de presa es bastante parecido a su hermano el embalse de Encinas. Sólo unos pescadores vigilaban las aguas.

 Santa Lucía y su moral

Teníamos que empezar a dar la vuelta pero decidimos subir al páramo para presentarnos en la ermita de Santa Lucía y, si se terciaba, dar un salto hasta el convento de los Valles. La sorpresa es que, además de la Santa, nos esperaba también un increíble moral a rebosar, eso sí, en su parte alta, de sabrosísimas y dulces moras negras. La parte inferior, a la que se llega con solo extender el brazo, estaba esquilmada. Lógico.

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Es un árbol singular, al parecer catalogado, de gran envergadura, con un alcorque de piedra que ha sido empujado y movido por sus poderosas ramas. De hecho el tronco ha desaparecido y son más de una docena de ramas cada una del tamaño de un buen árbol, las que nacen del suelo proviniendo de un mismo punto. Encaramados a ellas algunos comimos hasta casi saciarnos. ¡Qué gusto! Luego pasamos a agradecer a Santa Lucía los cuidados que pone en su morera y a lavarnos las manos en el pozo de al lado. Nos olvidamos de las ruinas del convento, que se veían a unos tres kilómetros: ¡para otro día!

En Villovela, pueblo donde está el árbol, hay también una preciosa iglesia, muy limpia y cuidada –como todo el pueblo- de estilo gótico con un ábside románico.

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Continuará en la próxima entrada. En total, nos hicimos casi 60 km; aquí tenéis el track de Miguel Ángel.

Palenzuela

30 julio, 2014

Palenzuela

Ya dijimos que la provincia de Valladolid, hasta mediados del siglo XIX, fue algo diferente a la actual. En el siglo XVI se cita el partido de Palenzuela como perteneciente a Valladolid, razón por la cual nos damos un paseo por esta región, que hoy pertenece a Palencia y a Burgos, y sigue perteneciendo, desde el punto de vista físico, a la comarca del Cerrato.

La villa

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De entrada, Palenzuela (la Pallantia romana) es tierra repleta de historia. Fue cabeza del alfoz, luego cabeza de la merindad del Cerrato, hasta que la perdiera en beneficio de Baltanás. No hay más que pasear por sus empinadas y estrechas callejas y visitar sus alrededores para comprenderlo. Un largo puente sobre el Arlanza nos dirige hacia la localidad, que se solaza en la ladera de un cerro. En la orilla del río hemos dejado las ruinas del convento de San Francisco, y entre las calles volvemos a ver restos de grandes construcciones, tanto religiosas como civiles: la iglesia de Santa Eulalia o el castillo, un poco más alejado. Nos llamarán poderosamente la atención los soportales de la plaza, sostenidos por auténticos troncos de árbol sin casi trabajar.

 Callejas combadas, con verdaderas cárcavas urbanas en los muros roídos por los siglos. Boquean las ruinas en silencio, pues ni se oye el estertor de su agonía. Castilla en escombros, que dijo Senador, dejó escrito Unamuno.

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Pero el paisaje es cerrateño y, por tanto, luminoso. Las claras aguas de sus ríos –el Arlanza el primero, que nace junto al Duero- brillan con el sol y dan, si cabe, más luz al ambiente.

Río Franco

Después de visitar las ruinas del castillo, nos vamos por caminos ondulados hacia el cauce del Arlanza, donde no faltan ni los prados ni las alamedas. Aguas abajo, más allá del puente, hemos dejado un molino junto a un largo y rústico puente; parece salido de una ilustración de cuento de hadas.DSCN1717

Pero nos desviamos para introducirnos en el cauce del río Franco. Pasamos por la granja Retortillo (con iglesia de origen mozárabe) y por Hontoria –muchas localidades en el Cerrato llevan este nombre, debido a la abundancia de fuentes- pero no llegamos hasta San Juan de Castellanos. Una curiosidad: estas tres granjas pertenecen a la familia Sánchez Junco, propietarios de la revista ¡Hola!  Es la finca más extensa de la provincia de Burgos, dedicada a la ganadería, agricultura y cinegética. Tiene en su interior un museo de taxidermia con todos los animales cazados por la familia.

Subimos al páramo –corrales, cañadas y robles- para acabar en Cobos de Cerrato que también perteneció a Valladolid, como todos los pueblos de los alrededores de Palenzuela. Es un lugar perdido y olvidado: hay que proponérselo seriamente para acabar aquí. Y de nuevo al páramo, donde veremos los corrales de Valdemén y los de la Senda.

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Torrepadre, Villahoz, Escuderos…

Bajamos al cauce del Arlanza. Bajo el puente se humilla el río, siempre acompañado por una hilera de álamos. Torrepadre también es historia; lo de Torre le viene por ser una más de las torres defensivas extendidas a lo largo del Arlanza; lo de Padre se debe a su poblador. Lo cierto es que este río, con sus pueblos, sus puentes, sus presas y molinos, sus campos ribereños, sus cerros… tiene mucho de poético y olvidado, y por eso nos alegramos de haber aparecido por aquí, lejos de las grandes ciudades y de los cruces de caminos. Pero así es el Arlanza olvidado.

…y Tordemoronta, la espadaña olvidada

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 En estas estamos, habiendo salido ya de Escuderos cuando, de repente, ¡otra sorpresa!: una solitaria espadaña, sin ermita ni construcción, haciendo, a duras penas, guardia en la cresta de un páramo. Son los restos del monasterio de Tordemoronta, o sea, la Torre, en este caso, de Moronta. Abajo, en el mismo lecho del río, se han encontrado huellas de animales prehistóricos. Desde aquí divisamos el ancho valle del Arlanza, con las tierras de Retortillo en primer plano..

Y como el paseo se nos ha hecho más largo de lo previsto, volvemos por la carretera hasta Peral, que tiene otro puente precioso, casi absorbido por las alamedas, y hasta Palenzuela por tranquilos caminos.

Junto a la ermita de Allende el Río descansamos, mientras los pescadores trajinan en busca de barbos y truchas.

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