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Colmenas, pozos e historias del Cerrato

13 diciembre, 2015

BaltanasMás que de diciembre esta jornada ciclista parecía de octubre: ausencia de viento, sol, manga corta (sólo algunos). Aun así, el hielo en los charcos no engañaba: la noche había sido fresquita. Pero el día parecía (casi) de verano.

Lugar: el corazón del Cerrato palentino. Salimos de Baltanás y cruzamos por los términos de Antigüedad, Castrillo de don Juan, Cevico Navero y Villaconancio. Vallejos, cerratos, paramillos, montes de encina y roble, chozos y corralizas, cañadas y veredas… Y luz, mucha luz, hasta que se nos hizo de noche, claro.

En medio de Valgrande

En medio de Valgrande

Los pozos

Después de dar un breve paseo por el barrio de las bodegas -que se cuentan por centenas- salimos de Baltanás poniendo rumbo hacia Valderratones y Valgrande. Las hileras de almendros protegían guardaviñas y colmenares. Los valles, sembrados de cereal, verdegueaban, y los ciclistas rodábamos contentos entre el verde de abajo y el azul de arriba. Todo auguraba un día extraordinario, y los augurios se cumplieron con creces esta vez.

En Valgrande descubrimos uno peculiares pozos. Aquí confluyen otros valles menores y vemos como amplios pozos naturales –o charcas profundas- de agua cristalina, con vegetación limpia. Total que –entre el agua y el sol- dan ganas de bañarse. Pero como no llevamos traje de baño lo dejamos para otra ocasión.

Lo vimos en la subida

Lo vimos en la subida

Miguel Ángel, el colmenero

Seguimos ascendiendo por el camino, perfectamente empedrado, y alguien nos llama. Es un colmenero –Miguel Ángel Nieto Gil- de Baltanás con el que entablamos conversación y que nos enseña su colmenar y, casi, casi, hasta su oficio. Efectivamente, aquí tenía su familia un viejo colmenar que él ha restaurado. Ahora es de piedra -en parte abujardada y en parte con hormigón impreso- se levanta en la ladera del valle, de planta rectangular y cubierta a una vertiente, con nueve ranuras con orificios para entrada de abejas al sur y valla protectora, también en piedra, hacia el norte y oeste. Dentro, espacio para nueve colmenas. Al exterior, abundante romero y algunos robles mochos. Una verdadera maravilla para pasar jornadas, escondido en los pliegues de esta ladera, dedicado al noble y tradicional oficio de cultivar abejas a cambio de extraerles su miel.

Colmenero con ciclistas, o miel de ruedas

Colmenero con ciclistas, ¡miel sobre ruedas!

¡Y cuidado que ha de estar rica esta miel, pues se encuentra en pleno Cerrato, donde abundan las plantas aromáticas que viven sin agua, en las laderas de yeso de estos alcores! Ya lo dice la sabiduría popular: la miel y el gato, del Cerrato. Veremos más colmenares a lo largo del trayecto, pero ninguno como éste

El páramo

Poco antes de acabar el valle descubrimos un chozo de pastor y la llamada fuente del Chozo y, ya arriba, una tenada con protección para lobos, un pozo con bomba y abrevadero, y varias corralizas con sus chozos. Paramos un momento en la caseta de la Tía Cosuca: corral, establo con pesebrera y habitación con chimenea, de camino hacia la ruina.

Nos cruzamos con estos ciclistas que venían de Hornillos

Nos cruzamos con estos rodadores que venían de Hornillos

¡Y la llanura! Bueno, aquí, en esta zona de la comarca cerrateña, los páramos no están perfectamente enrasados, sino que forman amplias y ligerísimas ondulaciones, lo que le da cierta gracia y facilita la contemplación al observador.

También nos toca vivir por aquí la aventurilla de la jornada: casi de repente descubrimos en medio del campo una valla de alambre, medio caída, que corta el paso en la dirección que llevamos. Pero la cruzamos, y al poco pasamos junto al chozo de Loma Larga para introducirnos en otro término municipal.

En el páramo

En el páramo

Historias…

Efectivamente, divisamos ya Antigüedad y nos dejamos caer hasta su caserío por un agradable camino empedrado. Nos vamos directamente a contemplar un avión de combate, colocado en memoria de dos aviadores locales de la época de la Guerra Civil y luego callejeamos un poco por la localidad, disfrutando de la arquitectura tradicional: las casas son de dos plantas, con un galerías o balcones corridos haciendo voladizo. A pesar de que en el páramo abunda la piedra, no se desprecia el barro. La iglesia no parece románica, pero conserva algunas columnas y capiteles de ese estilo.

Ladera con chozo en lo alto

Ladera con chozo en lo alto

Tomamos el viejo camino de Tórtoles. Conforme subimos, distinguimos un chozo de pastor en la misma punta del cerro de enfrente, al otro lado del arroyo. En la ladera, abundantes colmenares, o sus restos. En el páramo, matas de roble y, de nuevo, abundantes corralizas.

Después de cruzar la cañada real Burgalesa, que hicimos rodando en otra ocasión y que hollaron durante casi diez siglos los pastores de merinas, llegamos a la famosa y sencilla Cruz de la Muñeca, mandada colocar por la reina Juana para señalar el lugar donde se cayó el féretro de Felipe el Hermoso cuando, tirado por cuatro corceles negros, lo llevaban de Hornillos a Tórtoles. Esto ocurría el 24 de agosto de 1507, según cuentan las crónicas. La Cruz se encuentra sobre un muñón. De ahí tal vez el nombre.

En Antiguedad

En Antiguedad

 

Seguiremos en la entrada próxima entrada.

De Valladolid al embalse de Encinas

26 junio, 2015

Olmos embalse Encinas(1)Estaba escrito que la jornada del 20 de junio algunos rodadores habituales nos iríamos a pegar un baño al embalse de Encinas con algunos chavales de unos 14 años. Llegó el día y con cuatro jóvenes –César, Fernando, Pablo y Alberto-, otros cuatro mayores –Chucho, Juan, Chuco y el que suscribe- enfilamos desde las inmediaciones del puente de la Hispanidad toda la ribera del Pisuerga en Valladolid para llegar a la desembocadura de la Esgueva. Allí, ya no nos despegaríamos de ella hasta Olmos.

El equipo al completo en Olmos de Esgueva

El equipo al completo en Olmos de Esgueva

A la salida, por los Pajarillos, nos estaba esperando –sin saberlo nosotros- Jesús, estudiante de Arquitectura que sabía de nuestro proyecto por terceros. Naturalmente, le dimos la bienvenida y.. ¡a rodar! El día estaba agradable, no caluroso, con viento en contra que en unos momentos se agradecía y en otros no tanto. Los primeros kilómetros fueron de saludo a otros ciclistas y corredores que llenaban la senda de la Esgueva. A partir de Renedo, la densidad de circulación bajó un poco.

Un parón en el camino

Un parón en el camino

Nos paramos a charlar con algún pescador de cangrejos que se estaba divirtiendo y casi sin darnos cuenta estábamos en Olmos. Allí nos encontramos con Miguel y otro amigo y a pesar de la invitación a hacerlo, no nos acompañaron; se volvieron a Valladolid. Gracias a la pista verde habíamos llegado a buena velocidad.

Juan, César, Fernando y Chuco

Juan, César, Fernando y Chuco

Ahora empezaba lo peor.. o lo mejor, según se mire, pues íbamos a rodar por un firme siempre peor -¡¿pero no llevamos bicis todo terreno?!- y, a la vez, por un paisaje precioso. Subimos por una pista larga y tendida: la colada de Cañadillo, de más de tres kilómetros hasta llegar arriba, en el páramo de la Dehesa. Y ahora, a disfrutar del páramo, o sea, un inmenso plano con la bóveda celeste de complemento; aunque más bien es una estrecha lengua de páramo entre los valles del Jaramiel y del Esgueva.

Aparecieron los primeros robles. Enseguida nos metimos en el monte de Valderrobledo, donde ya eran abundantes y enormes. Se agradecía su sombra. La colada de Cuento Sordo mantiene su anchura y sus pastos. Nos hicimos una foto en un chozo de pastor. Todo rodaba bien.

En casa de la tía Chelo nos repusimos

En casa de la tía Chelo nos repusimos

Al llegar a la carretera de Piña a Castrilllo, nos tiramos hacia este pueblo, para aprovisionarnos de agua y tomar el valle del Jaramiel. Pero como habíamos salido muy tarde de Valladolid, se nos hizo la hora de comer y sacamos los bocatas en el Caño. Alguien se acordó de su tía Chelo, y allá que fuimos a saludarla. Total que acabamos por terminar de comer en su casa. Una casa fresca de pueblo es mucho para unos corredores cansados… Con agrado comprobamos que es una tía hospitalaria, además de dulce (por el de membrillo que ella misma había elaborado, entre otras razones). Pero como la pillamos con rulos, pues no nos dejó hacernos una foto con ella. Otra vez será, nos dijo que seguíamos teniendo sus puertas abiertas de par en par para la próxima vez que apareciéramos por allí.

En Jaramiel de Abajo

En Jaramiel de Abajo

Bueno, en Castrillo se quedaron Fernando y César. El primero por dificultades en la bici y el segundo por problemas en el trasero causados por el sillín. En fin. Y poco después se quedaría Alberto, tras dar dos vueltas de campana en la bajada de la cuesta de la ermita de Capilludos. Tenía la espalda como esos flagelantes de la Rioja en Semana Santa. Pero el susto no pasó de ahí. De los jóvenes sólo quedaba Pablo: increíble, no hacía más que darnos hachazos continuamente, hasta que llegamos al embalse. A algunos nos dejó agotados, hay que reconocerlo.

Alberto -experto en caídas volteadas- y Pablo, "El Intratable"

Alberto -experto en caídas de espalda- y Pablo, “El Intratable”

El valle del Jaramiel estaba precioso, húmedo y verde. Aquí se ha salvado la cosecha en buena parte. Las espigas de trigo estaban bien granadas y todavía verdes. Incluso muchas cebadas estaban en pleno proceso de maduración. Las laderas altas, cubiertas de robles. Aquí aun no ha llegado el verano, estábamos en primavera avanzada. Pasamos por las Casas de Jaramiel, la finca Monte Alto y Jaramiel de Arriba, hasta que, a la altura de las Casas de los Guardias se nos acabó el camino por el valle. Por un robledal subimos al páramo.

En el chozo de

En el chozo de Valderrobledo

Ahora la ruta se desarrollaba en zig-zag, pues no hay un camino claro de Este a Oeste para llegar directamente al pantano, por el páramo, sin pasar por Encinas. Llegamos a las fuentes del Jaramiel y después de rodar por caminos enyerbados que a alguno le dieron la puntilla, bajamos al embalse donde disfrutamos de una buena merienda y un bañito reparador. También nos esperaba la furgoneta, que había traído una barca.

Pablo empieza a saborear la victoria

Pablo empieza a saborear la victoria

Bueno, pues lo habíamos logrado, por lo menos el grueso del pelotón. 82 km. de nada. Para volver, la furgoneta hizo dos viajes de manera que un grupo todavía se dio un paseo –por carretera y ya con viento a favor- hasta Piña de Esgueva. En el grupo estaban Fernando, bici repuesta, y Alberto, hombre repuesto, que se desquitaron de la segunda parte de la ida en furgoescoba.

Pablo, intratable. En la próxima salida tendremos que racionarle la gasolina. Porque esa fue otra: nos dejó sin agua a todos. ¡Así cualquiera!

Fin del trayecto

Fin del trayecto

El moral de Santa Lucía y el embalse de Tórtoles

4 octubre, 2014

Embalse Tortoles(1)Pensamos que una buen recorrido sería partir desde Fombellida para llegar hasta el embalse de Tórtoles, en el valle de un arroyo tributario del Esgueva, ya en la provincia de Burgos y después de haber atravesado el término palentino de Castrillo de Don Juan. Pero nos equivocamos. Lo mejor estaba un poco más allá.

 Cañada de la Nava

Precioso pueblo, Fombellida, asentado en la ladera del valle. Todavía quedan casas típicas, construidas al modo tradicional, fuentes y sotos llenos de verdor. También, según salíamos, pudimos contemplar la hilera de bodegas mirando al sur, como para recoger el sol en las tardes de invierno.

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Subiendo al páramo hicimos un pequeño alto en una fuente que manaba con ganas bajo unos chopos. El camino –hoy pista- se ha olvidado de la vieja cañada, de la que aun quedan algunos restos. De hecho fuimos por una estrecha vereda sorteando pedruscos caídos de viejas vallas. Pasamos por los extensos corrales y chozos de Valdelacasa.

 La Nava

Y, en directo, llegamos la Nava. En medio de los campos sembrados recorrimos los restos de otras inmensas corralizas, situadas donde el páramo comienza a descender por recios terrenos ondulados, bien salpicados de pequeñas piedras y alguna encina. Un poco más arriba estuvo la Nava, hoy repoblada con pinos. Pero también quedan algunas manchas de roble y encina.

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Entre el cielo y el suelo

Demasiadas piedras. No se sabe cómo los agricultores cultivan estas tierras, pero lo cierto es que ahí están las rastrojeras del cereal. Más corrales, más pequeñas manchas de monte; adecuada zona para el austero ganado lanar.

Hasta que dimos con el camino de Hérmedes a Tórtoles. Más que camino, autopista para las bicis. Buen firme para rodar y, esta vez, con un suave viento a favor. Total, que nos presentamos en un santiamén y después de atravesar el término de Castrillo, en la asomada de Tórtoles .

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El embalse

Bordeando el páramo por las eras llegamos a lo que suponíamos un vallejo que caía al embalse. Y así fue: campo a través descendimos hasta la orilla. ¡Espléndida lámina de agua de color azul turquesa! Estaba lleno hasta el borde. Parece que los agricultores de la comarca no han tenido necesidad de regar mucho últimamente. En dimensiones y tipo de presa es bastante parecido a su hermano el embalse de Encinas. Sólo unos pescadores vigilaban las aguas.

 Santa Lucía y su moral

Teníamos que empezar a dar la vuelta pero decidimos subir al páramo para presentarnos en la ermita de Santa Lucía y, si se terciaba, dar un salto hasta el convento de los Valles. La sorpresa es que, además de la Santa, nos esperaba también un increíble moral a rebosar, eso sí, en su parte alta, de sabrosísimas y dulces moras negras. La parte inferior, a la que se llega con solo extender el brazo, estaba esquilmada. Lógico.

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Es un árbol singular, al parecer catalogado, de gran envergadura, con un alcorque de piedra que ha sido empujado y movido por sus poderosas ramas. De hecho el tronco ha desaparecido y son más de una docena de ramas cada una del tamaño de un buen árbol, las que nacen del suelo proviniendo de un mismo punto. Encaramados a ellas algunos comimos hasta casi saciarnos. ¡Qué gusto! Luego pasamos a agradecer a Santa Lucía los cuidados que pone en su morera y a lavarnos las manos en el pozo de al lado. Nos olvidamos de las ruinas del convento, que se veían a unos tres kilómetros: ¡para otro día!

En Villovela, pueblo donde está el árbol, hay también una preciosa iglesia, muy limpia y cuidada –como todo el pueblo- de estilo gótico con un ábside románico.

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Continuará en la próxima entrada. En total, nos hicimos casi 60 km; aquí tenéis el track de Miguel Ángel.

Palenzuela

30 julio, 2014

Palenzuela

Ya dijimos que la provincia de Valladolid, hasta mediados del siglo XIX, fue algo diferente a la actual. En el siglo XVI se cita el partido de Palenzuela como perteneciente a Valladolid, razón por la cual nos damos un paseo por esta región, que hoy pertenece a Palencia y a Burgos, y sigue perteneciendo, desde el punto de vista físico, a la comarca del Cerrato.

La villa

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De entrada, Palenzuela (la Pallantia romana) es tierra repleta de historia. Fue cabeza del alfoz, luego cabeza de la merindad del Cerrato, hasta que la perdiera en beneficio de Baltanás. No hay más que pasear por sus empinadas y estrechas callejas y visitar sus alrededores para comprenderlo. Un largo puente sobre el Arlanza nos dirige hacia la localidad, que se solaza en la ladera de un cerro. En la orilla del río hemos dejado las ruinas del convento de San Francisco, y entre las calles volvemos a ver restos de grandes construcciones, tanto religiosas como civiles: la iglesia de Santa Eulalia o el castillo, un poco más alejado. Nos llamarán poderosamente la atención los soportales de la plaza, sostenidos por auténticos troncos de árbol sin casi trabajar.

 Callejas combadas, con verdaderas cárcavas urbanas en los muros roídos por los siglos. Boquean las ruinas en silencio, pues ni se oye el estertor de su agonía. Castilla en escombros, que dijo Senador, dejó escrito Unamuno.

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Pero el paisaje es cerrateño y, por tanto, luminoso. Las claras aguas de sus ríos –el Arlanza el primero, que nace junto al Duero- brillan con el sol y dan, si cabe, más luz al ambiente.

Río Franco

Después de visitar las ruinas del castillo, nos vamos por caminos ondulados hacia el cauce del Arlanza, donde no faltan ni los prados ni las alamedas. Aguas abajo, más allá del puente, hemos dejado un molino junto a un largo y rústico puente; parece salido de una ilustración de cuento de hadas.DSCN1717

Pero nos desviamos para introducirnos en el cauce del río Franco. Pasamos por la granja Retortillo (con iglesia de origen mozárabe) y por Hontoria –muchas localidades en el Cerrato llevan este nombre, debido a la abundancia de fuentes- pero no llegamos hasta San Juan de Castellanos. Una curiosidad: estas tres granjas pertenecen a la familia Sánchez Junco, propietarios de la revista ¡Hola!  Es la finca más extensa de la provincia de Burgos, dedicada a la ganadería, agricultura y cinegética. Tiene en su interior un museo de taxidermia con todos los animales cazados por la familia.

Subimos al páramo –corrales, cañadas y robles- para acabar en Cobos de Cerrato que también perteneció a Valladolid, como todos los pueblos de los alrededores de Palenzuela. Es un lugar perdido y olvidado: hay que proponérselo seriamente para acabar aquí. Y de nuevo al páramo, donde veremos los corrales de Valdemén y los de la Senda.

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Torrepadre, Villahoz, Escuderos…

Bajamos al cauce del Arlanza. Bajo el puente se humilla el río, siempre acompañado por una hilera de álamos. Torrepadre también es historia; lo de Torre le viene por ser una más de las torres defensivas extendidas a lo largo del Arlanza; lo de Padre se debe a su poblador. Lo cierto es que este río, con sus pueblos, sus puentes, sus presas y molinos, sus campos ribereños, sus cerros… tiene mucho de poético y olvidado, y por eso nos alegramos de haber aparecido por aquí, lejos de las grandes ciudades y de los cruces de caminos. Pero así es el Arlanza olvidado.

…y Tordemoronta, la espadaña olvidada

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 En estas estamos, habiendo salido ya de Escuderos cuando, de repente, ¡otra sorpresa!: una solitaria espadaña, sin ermita ni construcción, haciendo, a duras penas, guardia en la cresta de un páramo. Son los restos del monasterio de Tordemoronta, o sea, la Torre, en este caso, de Moronta. Abajo, en el mismo lecho del río, se han encontrado huellas de animales prehistóricos. Desde aquí divisamos el ancho valle del Arlanza, con las tierras de Retortillo en primer plano..

Y como el paseo se nos ha hecho más largo de lo previsto, volvemos por la carretera hasta Peral, que tiene otro puente precioso, casi absorbido por las alamedas, y hasta Palenzuela por tranquilos caminos.

Junto a la ermita de Allende el Río descansamos, mientras los pescadores trajinan en busca de barbos y truchas.

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Cerratos y ribera

18 junio, 2014

Cerrato palentino

De nuevo dimos una vuelta por el Cerrato palentino, esta vez atravesando los términos de Dueñas, Cevico de la Torre, Valle, Reinoso, Soto, Hontoria y Tariego. Y, la verdad, el Cerrato nunca defrauda, parece como si participara un poco de todos los paisajes de Castilla.

Subimos por laderas con bosques de robles, cruzamos cañadas y veredas, navegamos por campos de trigo y cebada, salimos a pequeños vallejos con arroyos y fuentes, rodamos por montes de encinas, por praderas y por monte bajo, e incluso en algún momento nos pareció estar en lomas o collados de montaña, con esa hierba alta que no se sabe si ya está seca o todavía sigue verde… Y, cuando ya pensábamos que lo habíamos disfrutado todo, llegamos al Pisuerga para darnos un baños, y a los derrumbaderos de Hontoria…

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El páramo

El caso es que después de cruzar el Pisuerga por el puente de Dueñas subimos al páramo, donde nos mantuvimos durante unos cuantos kilómetros. Lo más llamativo era la abundancia de corrales y, sobre todo, chozos de pastor. No vimos dos iguales: unos más altos, otros más puntiagudos; incluso tuvimos la suerte de pasar junto a los corrales del Dragón, con un chozo doble, es decir, dos chozos unidos mediante una galería de piedra. Un autentico monumento megalítico, aunque no prehistórico.

También utilizamos cañadas para rodar, y atravesamos abundantes zonas de monte y pasto. Se nota que el Cerrato es una comarca olvidada donde todavía se respetan las vías pecuarias y se mantienen en pie construcciones pastoriles.

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En un vallejo perdido descubrimos la fuente del arroyo de Botijas. Daban ganas de quedarse allí y realmente era difícil escaparse, pues el camino que traíamos moría en este lugar. Total, que tuvimos que subir una empinadísima ladera con las bicis a cuestas. Siempre acabamos corriendo una aventurilla de este estilo.

La bajada

Descendimos de la paramera por la fuente de Valdeguindalera. Por su aspecto y dimensiones, debió de ser importante. Pero hoy se ha quedado olvidada en un recodo del valle.

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Al final del descenso, detrás del impresionante Cotarro Lobero donde precisamente pinchamos, Reinoso, con su sencilla iglesia y con su viejo puente derrumbado. Precisamente a la vera del puente nos quitamos en las aguas del Pisuerga el polvo del camino rodado. Otro lugar paradisiaco, bien protegido del sol por chopos, álamos, fresnos y sauces.

Por la ribera

Poco quedaba ya por recorrer. Quedamos atrapados en un meandro del río, precisamente donde el AVE que viene de Burgos se bifurca hacia Valladolid y Palencia. Allí han construido un puente y están con otro. El cemento moderno contrastaba con la piedra de los chozos que hace nada habíamos visto.

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Y los derrumbaderos del páramo sobre el cauce del río. Nos defraudaron un poco pues, con tanto pino, ahora no se ven casi. Los cruzamos sin pena ni gloria.

Poco más, rodando ahora a favor del viento, llegábamos a Dueñas. Nos hicimos unos 65 km. Ver aquí el recorrido según Miguel Ángel.

15 junio 067

Por el Cerrato palentino

9 junio, 2014

cerrato

Un día luminoso con buena temperatura nos animó a buscar los páramos. Como punto de partida, Valoria la Buena, donde iniciamos ruta para ascender, primero de forma suave y luego con buenas rampas y un firme de gravilla y canto rodado que dificultaba la subida.

Después del esfuerzo tunemos tiempo para reponernos y rodar por la horizontalidad perfecta y amplia del páramo. Se aprecia el cambio de colorido de los cereales que ocupan la mayor parte de los sembrados de esta zona, ya que hace unas semanas eran de un verde brillante y ahora mutan su color hacia tonos amarillentos, provocados por la ausencia de lluvias durante esta primavera y el calor que ha llegado casi de repente.

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Llegamos a la Cañada Burgalesa, que todavía conserva anchura y pastos, además de chozos y restos de antiguos corrales. A nuestra derecha se inicia la bajada que nos llevaría hasta la granja de San Andrés, tras pasar por el magnífico ejemplar de roble conocido por el Roblón, que custodia la fuente de Santiago. Pero se dirige hacia el Este, por lo que continuamos por la cañada. Enseguida vemos que el camino ha sido arreglado, convirtiéndose en una verdadera autopista. Tal vez tenga que ver con los trabajos que la Junta de Castilla y León y el Ministerio de Medio Ambiente llevan para delimitar este espacio mediante su apeo, amojonamiento y señalización para su puesta en valor. Esperemos que se haga en los aproximadamente 103 kilómetros del itinerario principal de esta vía por la provincia, desde Esguevillas de Esgueva hasta Fresno el Viejo.

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No es de extrañar la presencia de los corrales de la Pedriza, con sus chozos en pie, y los de la Tiñosa, en la colada de la Piojosa, estos últimos con dos imponentes chozos, corrales y tenadas. Decidimos descansar en la fuente de Valdileja, donde la sombra de los robles y encinas, el frescor del agua y las mesas colocadas en la ladera, invitan al almuerzo.

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Repuestos y descansados, pasamos por los corrales de la Cabañona, donde la altura del chozo destaca sobre la horizontalidad paramera. Descendemos en suave bajada hasta el arroyo de San Juan que se unirá al arroyo de Santiago para que, en adelante, sus aguas tomen el nombre de arroyo Madrazo, que desembocará en el Pisuerga muy cerca de Valoria. Allí un molino en ruinas y una buena pradera esperaba a los rebaños para sestear.

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Volvemos a subir por una rampa asequible a nuestras fuerzas y ya estamos de nuevo en la horizontalidad sin fin. Dejamos que la cañada siga su dirección a la Sierra de la Demanda y tomamos el camino que nos llevará a Castrillo de Onielo, tras pasar por los corrales de la Machota y otros más pequeños a nuestra izquierda, con su correspondiente chozo. En la bajada del páramo nos llama la atención una peculiar fuente, con su alta arca cubierta a doble vertiente, todo ello en piedra, a modo de pequeña casita. Castrillo está enclavado en un cerro como continuación del páramo, donde el carácter defensivo del antiguo castrum vacceo y romano queda patente en los restos de la muralla y arco con el que cuenta la villa. Lo de Onielo le viene de uno de sus primeros personajes feudales que ostentaron su señorío, la Condesa Eylo, segunda esposa del Conde Ansúrez. Del Castrello de domna Eilo mutó a Onielo. Y así ha quedado.

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Ahora, cerca del molino de abajo, nos acercamos al arroyo Maderano para seguir el camino paralelo a las aguas que existe hasta su desembocadura. Primero pasamos por Cevico de la Torre, en fiestas, para continuar hasta muy cerca del Centro Penitenciario de Dueñas, donde dejamos la compañía del Maderano para tomar un camino que nos conducirá hasta Valoria. Nuestra ruta ha terminado.

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Fotos de Miguel Ángel, y también el track