Posts Tagged ‘Cevico’

Entre Valvení y el arroyo de Cevico

9 marzo, 2019

No hay duda: el nombre de Valvení está muy bien traído. No hay más que darse un paseo cualquiera de estos días de invierno para comprobar sus laderas adornadas de encinas, las tierras ya verdes a causa del cereal que se mantiene creciendo para adentro, los riscos de caliza en lo más alto del valle, las praderíos con chopos y álamos, los almendros que jalonan senderos y rayas… y si subes al páramo pasearás por un bosque tupido de robles y encinas, y por rasos adornados de solitarias encinas. Pues esto es lo que hicimos al comenzar la excursión del pasado domingo: introducirnos en este valle tan benigno.

Encina del páramo

Pero no duramos mucho. Después de detenernos un momento en la granja Hernani, caímos a Valoria para subir al páramo de los Infantes por una vereda de la leonesa oriental. Salvamos algo más de 150 metros en menos de dos kilómetros. Paramos en los corrales de la Cabañosa, donde todavía vimos restos de dos chozos y atravesamos el páramo solitario hasta caer en Cevico de la Torre por una carretera -la de Cubillas- que nadie usa y tal vez por eso está tan mal. O al revés, que viene a ser lo mismo.

Cevico tiene fuentes, auténticos palacios y hasta una escalinata de subida a la iglesia de San Martín con más de 80 escalones. Casi no cuesta subirlos por aquello de la novedad; y junto a la iglesia se contempla muy bien el valle con sus vallejos, caminos y vericuetos. No lo hemos dicho antes, pero desde los cerrales por los que hemos pasado también hemos disfrutado de excelentes vistas.

Valoria

Después de reponer fuerzas junto a la fuente de Don Pedro, nos fuimos por el camino viejo de Dueñas -aun conserva el empedrado en muchos de sus tramos- acompañando al arroyo de Cevico hasta la ribera del Pisuerga, que ya no abandonamos hasta llegar a la granja Muedra.

Una grata sorpresa: alguien ha reconstruido (por completo, pues era pura ruina) la ermita de la Virgen de Onecha, en el término de Dueñas. Al principio creímos ver un espejismo, pero al acercarnos comprobamos que no, que se trataba de algo real. Parece que todavía no le ha llegado el turno al interior de la nave, que no vimos bien desde la ventana, pero, en cualquier caso, hay que felicitar a quien haya tenido la iniciativa y la haya ejecutado ¡Bien! Las futuras generaciones de eldanenses se lo agradecerán. También han despejado la zona que circunda la ermita, quedando accesible la vieja fuente. Abajo queda la feraz vega de Onecha: no la atravesamos porque no tiene camino de salida aguas abajo. Entre almendros primaverales y viejas graveras seguimos adelante.

Escalinata

Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con la ermita de la Virgen de la Galleta, ya en el término de Valoria. Ahí estaba, destartalada, al igual que el molino. La fuente y la chimenea parecen estar algo mejor, pero no mucho. Aunque nunca se sabe. Lo que ha ocurrido aguas arriba también podría repetirse aquí.

En fin, ya solo nos quedó rodar hasta San Martín bajo la atenta mirada del impresionante pico Muedra, que circundamos.

Aquí os dejo el gráfico del trayecto, que se acercó a los 60 km, con dos subidas al páramo y 30 kilómetros de viento fuerte en contra. Recorrido duro y hermoso al mismo tiempo; severo y benigno a la vez.

Páramo de los Infantes

25 febrero, 2019

El Cerrato se asoma al valle del Pisuerga por el páramo de los Infantes, que se encuentra entre Valoria la Buena y Cevico de la Torre. Desde su extremo oeste se puede contemplar todo este amplio valle, 175 metros más abajo que es, tal vez, la diferencia de altura más notable en nuestra provincia. Antaño este páramo fue monte de encinas y robles y monte bajo, y estuvo dedicado al pastoreo; hoy se han realizado extensas plantaciones de pino carrasco a la vez que se han roturado terrenos para tierras de labor. El suelo, ciertamente, es bueno aunque abunda la piedra caliza de mediano y pequeño tamaño.

Salimos de Valoria para rodear el páramo por el oeste. Muy arriba se distingue la ermita de la Virgen de la Paz y nos acercamos a la falda, cubierta de pinos. Seguimos hasta el Montecillo y el Toroalto, dos mogotes deprendidos del páramo, el primero pequeño y calvo y el segundo más elevado y cubierto por un pinar. En este último nos acercamos a fuente Amarga, que todavía mana agua. Finalmente, subimos por un camino en zigzag relativamente cómodo al páramo de los Infantes. A nuestros pies vemos Dueñas y, más al fondo, la ciudad de Palencia.

Tierras inclinadas en el valle, junto a fuente Amarga

Ya en el páramo nos acercamos a los corrales que –según los mapas- se encuentran en el borde del barco de Valoria pero de ellos ya no queda nada: toda esta zona, antes cubierta de monte bajo, ha sido levantada –incluyendo corralizas- y roturada para destinarla al cultivo de cereal. Luego, volviendo hacia el oeste, nos acercamos a otros corrales que se levantan, junto a una cabaña cerrada, en un claro del pinar. Después, buscamos los corrales de Pica, perdidos y estrangulados por el pinar carrasqueño; solo encontramos piedras amontonadas entre las que nos pareció distinguir los restos de un chozo. Así, enfilamos hacia el este sin salir del pinar. Una pareja de corzos nos mira y se aleja tranquilamente. Abunda la piedra caliza de tamaño mediano, no sé si son restos de viejos corrales o fueron levantadas para la repoblación forestal.

En el borde del páramo

Aquí sobrecoge la soledad. Nadie cultivando el terreno, nadie pastoreando ganado. Tampoco quedan ya construcciones ganaderas, y las cañadas han sido recortadas, o han desaparecido. Como compañeros del ciclista, sólo algún conejo, algún corzo, algún milano, además de las aves terreras, que parecen cantar al buen tiempo. Y el viento. Y el sol: hoy, 17 de febrero manga y pantalón corto, primer día de primavera que quiere llegar antes de tiempo.

Del pinar pasamos al monte bajo con algunas encinas y robles. Nos detenemos en los corrales del Espino, que han sido reconstruidos, incluyendo su amplio y precioso chozo. Se encuentran en una ligera vaguada que es el comienzo del barco de la Mazuela.

Corrales del Espino

¡Qué asombrosos son los caminos de estos paramillos cerrateños! Huyen de la uniformidad del páramo raso, pues cuentan con ligeras ondulaciones y, sobre todo, con encinas y robles salteados a los que se ha respetado porque, a cambio, sirven para amontonar a su alrededor, en buenos majanos, las piedras retiradas de los campos de cultivo. En algunos casos, la superficie para este fin se amplía y se juntan ordenados montones de piedra –parecen muros auténticos- con carrascas y otros arbustos… Es como navegar por un mar lleno de pequeñas islas e inofensivas olas.

Al extremo, nos asomamos a Cevico de la Torre y, al ver el valle y sus caseríos, desaparece la sensación de soledad. Las laderas aquí, son agrestes, con caliza descarnada. Curiosamente, un viejo camino sube como abriendo un surco en la misma piedra. Tal vez una antigua calzada.

Robles

Pero volvemos hacia el este, ahora por el cerral hasta el barco de los Poyatos donde, inclinados en plena ladera y aprovechando un pliegue en la falda del páramo, descubrimos el corral y chozo de Sacristán. Se conservan relativamente bien, pues el chozo está casi completo y practicable y, frente a él, los dos corrales de cuyo vallado se levanta todavía firme. Tal vez por lo alejado y escondido del lugar se mantiene todo en relativo buen estado. Más alejados, como perdidos en las laderas, nos parece verlos restos de otros corrales. Es un paraje especialmente bello y agradable, donde la hierba nos acoge y el barco nos protege, a pesar de que están orientados hacia el norte.

Chozo de Sacristán

De nuevo en el páramo, nos plantamos en los corrales de Revillamajano. Antaño llegaba hasta aquí una cañada desde el valle que seguía hacia el interior del páramo. Hoy los corrales, o lo que queda de ellos, son una isla en tierras de labor. Pero debieron ser importantes. De los chozos que aquí se levantaron no queda ya nada.

Restos de un colmenar

Nos metemos, cuesta abajo, por las laderas de la Mazuela para subir enseguida por la carretera de Cubillas a Cevico, carretera por la que nunca pasa nadie, al menos nunca lo vimos. Por el barco de los Borregos nos vamos a bordear los pinares del Condutero y de allí nos dirigimos a seguir el cauce del arroyo Valdedueñas. Paramos para contemplar los restos de un típico colmenar cerrateño, que debió ser sencillo y hermoso -¡qué pena tanta desolación!- y acabamos donde empezamos, en Valoria. Aquí podéis ver el trayecto.

Páramos angostos del Cerrato

16 enero, 2019

El paisaje del Cerrato es un canto a las formas y relieves, a los tonos y colores, a las encinas y robles austeros, a los pastores y sus rebaños, a la soledad de unas llanuras perfectas; a la vez, el Cerrato canta suavemente, como puede susurrar el viento cuando intenta mover las hojas de esas encinas centenarias y se roza con las formas pétreas que las aguas han labrado a lo largo de miles de años.

7-enero-019

La Mambla…

Y es que, en la primera parte de esta excursión, pudimos contemplar, en muy pocos kilómetros, diferentes formas de cerros: frente a Valoria de asoma el impresionante pico del Águila, con amplias rebabas de yeso blanco pintadas en sus viejas cárcavas trazadas por el agua en torrentera., a la ves que una estrecha faja blanca se dibuja a media ladera, como si fuera reciente crema pastelera. Y abajo, sobre la horizontalidad quieren salir arcillas amarillentas, sepultadas hace millones de años. Y eso que, en realidad no es un pico, sino una abrupta caída en busca del cauce del arroyo Madrazo.

y el Condutero

Continuamos, y nos metemos por un camino a media altura entre la Mambla y el Condutero. La primera -casi no hay que indicarlo- es un voluptuoso tetón. Pero como estamos en Castilla -que no otra cosa es el Cerrato- es gris, firme y austero. El Condutero, por su parte, nos ofrece su cara oeste, blanca y triangular, abundante en yesos. El camino, con tanta escultura ciclópea pero proporcionada, es precioso: enseguida cruzamos el Portillejo, que une las estribaciones de los dos cerros anteriores con el páramo de Cevico, hacia el que ascendemos lentamente por un camino apto para soñar despierto.

Ahora -segunda parte- todo es llano, aunque nos asomamos al valle del arroyo Madrazo por la Gargantada. Otra preciosidad. Pero nuestro objetivo no era nada de todo esto. Era -es- el páramo Angosto y su continuación, el de Abajo o de los Cariñuelos (tercera parte). El Angosto es una lengua estrecha que no llega a kilómetro y medio de largo por 200 metros en su parte más ancha. Se ha formado tras largos milenios -¿unos dos millones de años?- de trabajo de los arroyos Maderano y Madrazo. Uno por el norte y el otro por el sur, de modo que es una terraza privilegiada para contemplar dos de los más bellos valles del Cerrato. Y no digo más porque lo estropearía. Solo animo a subir allí.

Cristales de yeso

El páramo de los Cariñuelos -¿a quien se los harían?- es, diría yo, más salvaje y primigenio, con unos dos kilómetros de largo por 200 metros de ancho. Hay cultivos y monte, como en el anterior, al que está unido por las denominadas Motas. Vemos los mismos valles, además de la progresiva desaparición del propio páramo que nos sustenta en dirección a Castrillo de Onielo: una estrecha loma que por momentos parece convertirse en la cresta de un dragón. Abajo, Vertavillo, casi a un tiro de piedra, Alba -cercana igualmente- y Cevico de la Torre, además del ya mencionado Castrillo.

La cuarta y última parte de la excursión consistió en desandar lo andado -o rodado- a través del valle que baja de Alba a Valoria, que también tiene su aquél, sus laderas y sus cerros. Por supuesto, buenas laderas blancas cortadas casi a pico, las del este; que las del oeste son algo más suaves y oscuras.

Otro aspecto a resaltar es la abundancia de chozos y corrales pastoriles, lo que pone de manifiesto la importancia de la ganadería ovina en épocas lejanas. Pasamos cerca de los corrales y chozo de Pedro Mozo, en buen estado, en el término de Cevico; luego por los corrales y chozo de la Nave, que se mantiene en pie, en Alba. También en este término vimos los corrales del Páramo Angosto, en un precioso lugar, cuyos dos chozos puede decirse que ya han desaparecido.

En los Cariñuelos vimos un enorme chozo con un increíble corral semicircular que contiene dos corralizas, en mal estado todo el conjunto, y, en la ladera norte de este mismo páramo, otro curioso chozo con un corral circular dividido en dos originales mitades. No le queda mucho futuro. Ya de vuelta, cerca de las laderas de las Claras, de un blanco hasta brillante, en Población, vimos las ruinas de otro chozo de pastor junto a un camino que ni está señalado en los mapas y que lleva las Gargantada.

En fin, si a todo esto le añadimos manchas de monte, campos de cultivo agrestes por la abundancia de piedra, encinas y robles aislados, y un tiempo helador en un día de sol luminoso y con poco viento, diremos que la jornada anduvo cerca de la perfección.

Aquí dejamos el trayecto seguido. Aviso: la primera parte de la bajada de los Cariñuelos se hizo con la bici de la mano.

Corrales del Dragón

28 enero, 2011

El domingo pasado –viento fuerte y helado del NE- era el día ideal para navegar viento en popa. Dicho y hecho: a Venta de Baños en tren para volver a Pucela rodando. No es la primera vez.

Después de parar junto al Pisuerga en el puente , tomamos la cañada real Burgalesa -uno de sus muchos ramales- al poco de salir de Tariego por la carretera de Cevico de la Torre; está señalada y aun conserva buena parte de su trazado.

Primera sorpresa: los corrales del Dragón, junto a la cañada, ya en el término de Cevico. Curiosísimos. Un chozo de buen porte, con entrada desde el exterior de los corrales, y otro dentro del recinto, de peculiar construcción que consta de dos chozos circulares unidos mediante una galería o corredor, todo en piedra caliza, claro. La puerta, alta y hacia el sur, con un hueco  encima para iluminar el recinto. Ni al entrar ni al circular dentro es preciso agacharse. Lo del Dragón debe ser porque la disposición de este chozo recuerda esa figura (la puerta, la boca; el corredor, el cuello fuerte; el chozo-cámara, el cuerpo; las piedras, las grandes escamas, y está como agazapado esperando caer sobre una supuesta presa…). Después de ver centenares de chozos en esta comarca y en las limítrofes, ninguno como éste. Más bien, nos trae a la memoria la planta del sepulcro de los Zumacales en Simancas y otras construcciones megalíticas españolas. Se encuentra sobre el páramo, cerca del cerral.  Es una pena, pues está empezando a caerse. El dueño (?) o el ayuntamiento de Cevico deberían conservar esta joya y declararlo monumento pastoril. O algo así.

Cerca, sobre el mismo páramo, pudimos ver otros dos chozos, el primero a doscientos metros de la cañada, antes de salir del término de Tariego y en ruinas, y el segundo en el pico del Águila, antes de descender al valle, en buen estado y con el corral en uso.

El resto del viaje tuvo menos sorpresas: bajada por un despeñadero al valle de Cevico, subida entre robles al páramo de los Infantes, charcos helados, descenso entre el Condutero y la Mambla, visita a la iglesia ¡de planta exagonal y recién restaurada! de Valoria la Buena, que estaba abierta por ser domingo; bocadillo en las peñas de Gozón viendo sobrevolar halcones a nuestros pies y rodada rápida por la sirga del canal hasta Valladolid. ¡Brrr qué frío!

 

El domingo pasado –viento fuerte y helado del NE- era el día ideal para navegar viento en popa. Dicho y hecho: a Venta de Baños en tren para volver a Pucela rodando.

 

Después de para junto al Pisuerga en el puente de Tariego, tomamos la cañada real burgalesa, que aun conserva buena parte de su trazado. (se coge en la carretera de Cevico de la Torre).

 

Primera sorpresa: los corrales del Dragón, junto a la cañada, ya en el término de Cevico. Curiosísimos. Un chozo de buen porte, con entrada desde el exterior de los corrales, y otro dentro del recinto, de peculiar construcción que consta de dos chozos unidos mediante una galería o corredor, todo en piedra caliza, claro. La puerta, alta y hacia el sur, con una especie de hueco o ventana encima para iluminar el recinto. Ni al entrar ni al circular por el interior es preciso agacharse. Lo del Dragón debe ser porque la disposición de este chozo recuerda la figura de un dragón (la puerta, la boca; el corredor, el cuello fuerte; el chozo-cámara, el cuerpo; las piedras, las grandes escamas, y está como agazapado esperando caer sobre su presa…). Después de ver centenares de chozos en esta comarca y en las próximas, ninguno como éste. Más bien, nos trae a la memoria la planta de los Zumacales en Simancas y de otras construcciones megalíticas españolas. Se encuentra sobre el páramo, cerca del cerral  Es una pena, pues está empezando a caerse. El dueño (?) o el ayuntamiento de Cevico debería conservar esta joya y declararlo monumento pastoril. O algo así.

 

El domingo pasado –viento fuerte y helado del NE- era el día ideal para navegar viento en popa. Dicho y hecho: a Venta de Baños en tren para volver a Pucela rodando.

Después de para junto al Pisuerga en el puente de Tariego, tomamos la cañada real burgalesa, que aun conserva buena parte de su trazado. (se coge en la carretera de Cevico de la Torre).

Primera sorpresa: los corrales del Dragón, junto a la cañada, ya en el término de Cevico. Curiosísimos. Un chozo de buen porte, con entrada desde el exterior de los corrales, y otro dentro del recinto, de peculiar construcción que consta de dos chozos unidos mediante una galería o corredor, todo en piedra caliza, claro. La puerta, alta y hacia el sur, con una especie de hueco o ventana encima para iluminar el recinto. Ni al entrar ni al circular por el interior es preciso agacharse. Lo del Dragón debe ser porque la disposición de este chozo recuerda la figura de un dragón (la puerta, la boca; el corredor, el cuello fuerte; el chozo-cámara, el cuerpo; las piedras, las grandes escamas, y está como agazapado esperando caer sobre su presa…). Después de ver centenares de chozos en esta comarca y en las próximas, ninguno como éste. Más bien, nos trae a la memoria la planta de los Zumacales en Simancas y de otras construcciones megalíticas españolas. Se encuentra sobre el páramo, cerca del cerral  Es una pena, pues está empezando a caerse. El dueño (?) o el ayuntamiento de Cevico debería conservar esta joya y declararlo monumento pastoril. O algo así.

Cerca, sobre el mismo páramo, pudimos ver otros dos chozos, el primero a doscientos metros de la cañada, antes de salir del término Tariego y en ruinas, y el segundo en el pico del Águila, antes de descender al valle y con el corral en uso.

El resto del viaje tuvo menos sorpresas: bajada en directo al valle de Cevico, subida al entre robles al páramo de los Infantes, descenso entre el Condutero y la Mambla, visita a la iglesia ¡de planta exagonal y recién restaurada! de Valoria la Buena, que estaba abierta por ser domingo; bocadillo en los altos de Gozón viendo sobrevolar halcones a nuestros pies y rodada rápida por la sirga del canal hasta Valladolid. ¡Brrr qué frío!

Cerca, sobre el mismo páramo, pudimos ver otros dos chozos, el primero a doscientos metros de la cañada, antes de salir del término Tariego y en ruinas, y el segundo en el pico del Águila, antes de descender al valle y con el corral en uso.

 

El resto del viaje tuvo menos sorpresas: bajada en directo al valle de Cevico, subida al entre robles al páramo de los Infantes, descenso entre el Condutero y la Mambla, visita a la iglesia ¡de planta exagonal y recién restaurada! de Valoria la Buena, que estaba abierta por ser domingo; bocadillo en los altos de Gozón viendo sobrevolar halcones a nuestros pies y rodada rápida por la sirga del canal hasta Valladolid. ¡Brrr qué frío!