Posts Tagged ‘chozo de pastor’

Un chozo de pastor nuevo, en Valimón

20 diciembre, 2014

20 diciembre 076Normalmente cuando ruedas por los páramos de nuestras comarcas, ves chozos que se están cayendo o, incluso, que han desaparecido, como fue el caso del chozo de Miraflores, en Tordehumos. Por eso me ha llamado la atención estar tarde al pasear por el Valimón descubrir un nuevo chozo. No recordaba ninguno ahí –muy cerca del arroyo, en la ladera sur, a casi 2 km aguas arriba del cruce con la carretera de Quintanilla- aunque hace bastantes años que nos paso por este punto.
Efectivamente, el chozo es nuevo. O, al menos, totalmente reconstruido. Se nota en que la mampostería está cohesionada con cemento y que dentro, en vez de la típica hoguera que se enciende en el centro, hay una pequeña cocina, tipo bilbaína, con su propia chimenea de unos dos metros que echa el humo dentro del propio chozo para salir por el agujero de la cima. Y la puerta es de madera.

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Es más estilizado que la mayoría y caben varias personas saltando de pie. O sea, muy cómodo. Se encuentra en el término de Cogeces del Monte, donde últimamente se han preocupado por su arquitectura tradicional; de hecho uno de sus viejos chozos lo han convertido en museo.
¡Pues qué bien, que haya alguien que retoma estas viejas costumbres de construir un chozo para refugiarse en él! Por lo que puede verse, lo han levantado vaqueros, ya que en las proximidades hay pesebres y corrales para vacuno.

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¡Qué gran día en el monte!

26 abril, 2013

Sardon ruta del Duero

Pues sí, fue uno de esos días de primavera en los que todo sale bien: temperatura agradable, sol, todo verde con algunas flores, descubrimiento de chozos y caleras, profundos panoramas, y los ciclistas rodando con fuerza y –casi- sin cansancio. Además, la tortilla de patatas que llevábamos estaba especialmente buena. Hubo alguna pequeña contrariedad, pero mejor olvidarla.

Pico del Moro

Pico del Moro

Subimos al páramo desde Sardón por un camino que terminó antes de llegar arriba. No tuvo mayor importancia, las bicis se pueden cargar al hombro. Arriba nos esperaban:

  • Unos corrales entre almendros con los restos de un viejo chozo.
  • El mirador del pico del Moro, hacia la abadía de Retuerta en medio del valle del Duero. En el mirador, un elegante mojón que nos recordaba los antiguos miliarios romanos. Al parecer, el término de esta Quintanilla está así amojonado.
  • Dos sobrios y fuertes robles, uno a cada lado del camino justo al llegar al camino, que dan la bienvenida a quienes suben al páramo desde Quintanilla de Onésimo.
  • Tres caleras en relativo buen estado de conservación. Por cierto, que tenían –al igual que los robles y el mirador- un pequeño letrero indicativo junto con su traducción al inglés. Curioso
  • Y el monte. Un precioso monte de encinas, matas de roble, pinos y sabinas. De vez en cuando, un corzo saltaba asustado ante nuestra presencia.
Calera

Calera

Mereció la pena pasear por estos lares. Al final, después de bordear la Planta, salimos a una cantera de caliza en Quintanilla a Cogeces pudimos visitar otro chozo más, éste recubierto de tierra para protegerle mejor de los rigores climáticos.

Luego, una gran rodada de varios kilómetros por el monte el Carrascal, hasta salir al término de Quintanilla de Arriba. ¡Qué delicia pasear tranquilos por un monte prácticamente desierto!

Quejigos

Pero este placer creció cuando abandonamos el monte, pues ahora vamos entre pequeñas tierras de labor, islas de encinares o pinares, laderas, miradores, restos de corrales… Y todo de un verde exuberante, con el cielo azul como único contraste. Prometimos volver más despacio al pico del Castro, con sus cortados de caliza, al Cabezo sobre Valdecuevas, a la Robleñada, al Anisal, y a tantos otros parajes que nos parecieron como de ensueño. Otro día será.

Hontanillas

Tuvimos la suerte de pasar junto a los corrales del Cabezo, en los que aun se mantiene a duras penas un chozo de pastor que tiene protegida la portezuela por un murete de calizas, como un burladero abierto por un solo lado. No hemos visto otro igual, y conocemos más de cien.

Parada y fonda –de tortilla, ya lo hemos dicho- en la fuente de las Hontanillas. ¡Qué dos espectaculares chorros de agua soltaba! Sólo recordábamos algo parecido en la fuente de San Pelayo. No hubo ni sed  ni hambre. Y también volveremos a la fuente de Valdemoras.

Encinas

Después, con robles recortados en el horizonte y divisando las crestas nevadas de Somosierra, bajamos hasta Manzanillo. Ahora al fondo estaba el castillo de Peñafiel. Finalmente, dejando al norte históricos tesos de tierra, llegamos hasta el famoso pino Macareno, ya en Peñafiel. Un descansillo de nada para retomar el camino, esta vez de vuelta.

Y aquí tenéis el track

Horizonte

De las tierras rojas de Font a la Sobrepeña

25 febrero, 2013
Encina

Encina

Viene de la entrada anterior

Cruzamos una lengua estrecha de monte –el Perdigón– y salimos a tierras rojas con linderos de roble y encina donde se cultiva el cereal. De la lengua pasamos a la manga, que vienen a designar lo mismo. Y es que ahora pasamos por la Manga de Font. Los caminos aquí se han perdido. Pero acabamos en los corrales y chozo del Cura, ya en el término de Santa Cecilia del Alcor. Ningún camino nos lleva; está cerca de un cordel de la Mesta, pero no lo seguimos. Nos vamos hacia el Sur por otra cañada que se está repoblando con pimpollos. De vez en cuando, enormes robles desnudos parecen saludarnos. Cada uno es diferente, según la disposición, forma y abundancia de sus ramas. Son algo así como un poema arbóreo. Como el oleaje del mar, como el fuego de una chimenea, como el nadar de los peces, también uno estaría contemplando horas y horas estas ramas contra el azul del cielo a pesar de que no se mueven. Sin embargo hablan quietas, como si nos quisieran trasmitir paz.

Mojón. Al fondo, caleras

Mojón. Al fondo, caleras

En el comienzo de un vallejo descubrimos las caleras de Font, inmensos hornos de color rojizo, medio excavados en la ladera del valle y completados con buenos muros de piedra. Bueno, descubrimos lo que de ellos queda. Enfrente de las caleras, un frondoso bosquete de roble cubre la ladera opuesta. Un poco más allá, pasamos junto a la Casa de Font, (de Julio Font y Canals, que compró estas tierras en 1882) desde donde se administraba este vasto dominio que ahora atravesamos.

Al fin el llano se nos acaba y bajamos al valle de San Juan. ¡Ojo: es una zona de caza! Mejor no pasar por aquí en temporada y, si lo hacemos como es el caso, es fundamental no salirse de los caminos. La Casa es eso, una casa de caza. Por el Este, el valle parece cortado casi a pico. Es un profundo surco por el que rodamos hasta que de nuevo subimos al páramo. Esta vez las bicis no nos llevan. No pueden. La cuesta es demasiado fuerte. Hay que estar muy cuadrado para subirla montado. Nosotros somos rodadores muy normales. Pero arriba, como  siempre, el paisaje del valle compensa el esfuerzo.

Ladera abierta del valle vista desde el cortado del lado opuesto

Nos dirigimos a la cañada real de merinas que une Dueñas con Palencia, donde descubrimos los dos chozos de Montevega –o de la Cañada- con sus corrales correspondientes. El primero se encuentra perfectamente restaurado. El segundo, en una hondonada de la vía pecuaria se levanta en el centro de un grupo de corrales. Pero un poco más allá, un mirador nos ofrece el paisaje del amplio valle donde se juntan Carrión y Pisuerga: a nuestros pies el Canal de Castilla y la Trapa, al fondo los valles, pueblos y cerros de la comarca del Cerrato. No contábamos con este panorama.

Chzo de la Cañada

La bajada a Dueñas es gozosa. Las fuerzas ya habían tocado fondo y ahora se han repuesto un poco. Pero el camino por el que nos dirigimos hacia Cubillas sube ligeramente y lo notamos.

No podíamos dejar de visitar la Sobrepeña, y menos ahora en que el sol de la tarde le pega de lado –o de frente, mejor, ya que es una ladera- y le saca las mejores tonalidades. Es como una visera de piedra bajo la cual hay pequeñas –o no tan pequeñas, que no nos hemos metido- cuevecillas. Encima, el paramillo. En otro tiempo seguro que fue la sede de un castro pues el lugar es perfecto para defenderse; sólo quedan los restos de un chozo de planta cuadrada y un murete que aprovecha el trazado de los bordes naturales. A nuestros pies, un pozo, el chozo de Bocarroyo que ya conocemos, la torre del telégrafo, los corrales de Valdelgada y el amplísimo valle pisorgano.

Sobrepeña

Sobrepeña

Poco nos queda ya. Volvemos a pasar por los corrales de Rascaviejas. Luego, dejamos a la derecha la casa  y corral de las Tudancas, cruzamos la cañada del Moral, amojonada, y por las viejas cuevillas bajamos a Cubillas. Las siluetas de los ángeles del cementerio se recortan contra la luz crepuscular. Estamos de nuevo junto a la ermita del Cristo. ¿Hace un clarete para completar el paisaje?

Ángel de la guarda

Ángel de la guarda

Cogeces del Monte

21 marzo, 2011


Siempre merece la pena acercarse a cualquier zona del amplio término municipal de Cogeces del Monte. La localidad ya es en sí agradable y acogedora: se levanta en el nacimiento de un vallejo, en pleno páramo, posee multitud de fuentes y manantiales de excelentes aguas, bodegas, praderías y huertas, y pinares en los aledaños. Y las gentes son especialmente afables; podemos visitar la iglesia parroquial, con varios retablos, o alguno de los diferentes museos, como el del Ayer, de Eusebio Orrasco, cuyas explicaciones son siempre amenas, especialmente para los urbanitas.

Pero lo más interesante, con mucho, es el paisaje de los alrededores. Son varios los valles que nacen y se cruzan en este páramo, abundantes los miradores, muy bien conservados algunos de los chozos de pastor que podemos visitar –uno de ellos convertido en museo- y, por si fuera poco, aquí se encuentra también la cueva de Valdelaperra y los restos del castro de la Plaza y del monasterio de la Armedilla. O sea, que para conocerlo todo a fondo son necesarios muchos paseos.

La ruta que proponemos esta vez nos llevará, atravesando el páramo, desde Cogeces hasta Quintanilla de Onésimo recorriendo unos 33 km aproximadamente.

Primero descendemos siguiendo el curso del arroyo de Cogeces, contemplando las muchas fuentes que nacen en la parte baja del pueblo, las huertas y las alamedas. En la Balsa veremos algunas aves acuáticas, y al poco tomamos –esta vez cuesta arriba- otro vallejo que nos conduce de nuevo al páramo entre pinarillos.

Lejos vemos el chozo de los Hilos, convertido en museo pastoril y en el borde mismo del amplio valle del Valdecas descubrimos las ruinas de la Armedilla. Al principio sólo hubo aquí una gruta –que todavía puede verse- en la que se veneraba a la imagen milagrosa de la Virgen de la Armedilla. Más tarde se habilitó la cueva de al lado para refugio de peregrinos, luego se levantaría fuera una ermita y un sencillo monasterio, y más tarde otro cuyas ruinas contemplamos. La imagen de la Virgen se venera en la iglesia de Cogeces y un arco conopial de la iglesia del monasterio podemos verlo en el jardín de la Casa de Cervantes, en Valladolid. Todo muy romántico y encantador, como cualquier ruina que vemos en el campo, revestida de hiedra y adornada de prados. Lástima que haya demasiadas en Castilla.

Después de contemplar el valle –al fondo el chozo de los Pedrines y, detrás, la cueva de Valdelaperra, seguimos saltando páramos hacia en valle del Valimón, que también posee abundantes fuentes, paredes agrestes y rocosas, y campos de labor tan pequeños como fértiles, bien protegidos del viento del norte.

Por fin salimos otra vez al páramo y nos paramos en la fuente del Tasugo, desde donde vemos una extensa llanura y también frondosos pinares. pero continuaremos el paseo en la próxima entrada.

Bosques, majuelos y riberas (seguimos en otoño)

14 noviembre, 2009

Y vamos con la segunda parte de la última excursión: ver el mapa en la entrada anterior.

En Quintanilla podríamos acercarnos a contemplar la ribera, que esconde un buen puente de piedra, una aceña convertida en hotel restaurante, y la toma de aguas del Canal, que aprovecha precisamente la presa de la vieja aceña. La ribera guarda también dos fuentes en esta orilla y otras dos en la de Olivares. Por lo demás, en el termino abundan viñas, majuelos y bodegas, pues no en vano estamos en territorio de la denominación de origen Ribera de Duero.En el páramo; detrás, el valle

Y ¡p’arriba! Desde el centro de Quintanilla hasta el borde del páramo son 3 km justos de subida. Primero agradable y luego -los últimos 400 mts- un tanto empinada. Pero el esfuerzo merece la pena. Además, tenemos un manantial con represa para refrescarnos y huertas con cerezos.

El páramo esconde un bosque mixto de pinos con encinas, robles y algún enebro. Avanzando, bordeamos la Planta y llegamos al Carrascal con sus viejas casas, hoy aprovechadas por la Junta  para dar servicio a un coto regional de caza. Nos da la impresión de estar en el confín del mundo, pues no hay demasiada gente por estos lares; de hecho no vemos a nadie…

Chozo de pastor

Seguimos una buena pista que serpea entre los pinos y vemos restos de corralizas de piedra. Al final, bordeamos un gran claro cultivado y por la carretera nos llegamos hasta el paraje de las canteras, donde se han llevado buena parte de la antigua superficie paramera. Pero no toda. Descubrimos con asombro y agrado un buen chozo de pastor (uno de los más altos, al menos por dentro, de los  que quedan en la provincia) que se mantiene en pie, respetado, sobre una lomilla con el suelo levantado por delante y por detrás. ¡Bien! Agradezcamos a la empresa explotadora de la cantera el detalle y  ojalá se conserve por muchísimo tiempo y, si es posible, bien cuidado y accesible.

Retuerta

Y ahora toca bajar hacia Quintanilla para tomar el camino que, entre las viñas y bodegas de la Abadía de Retuerta, nos deja en  Sardón de Duero, donde cruzamos el río para volver a Tudela por la orilla derecha.

Soto

¿Qué más vemos? Un bellísimo soto -ahora con esplendores otoñales- nada más pasar una centralita sobre el río, el viejo pueblo de Peñalba que felizmente no se despuebla -al menos sobrevive un pastor con su  rebaño-, los restos de un puente que unía ¡eran otros tiempos! las dos riberas, los cortados de Peñalba con sus halconeras, la centralita de Villabáñez, y el acueducto del Canal sobre el Duero.

Y desde aquí, contemplando las variadas tonalidades ocres en los chopos del Canal y en todo tipo de árboles de ribera en el Duero, las burras nos llevan por el camino de sirga que conduce a Tudela.

Chopos del Canal

La cañada del Pico de la Cuesta -Castroverde de Cerrato-

19 noviembre, 2008

El Cerrato –que administrativamente pertenece a las provincias de Palencia y Valladolid- es un verdadero laberinto de vallejos y cerros. Los hay de todo tipo y tamaño: pequeños y grandes, más altos y más bajos, alargados y anchos, redondos y con cualquier otra forma. Es difícil conocer bien y con detalle toda la comarca. Pero es encantadora. Todos los paseos son distintos si bien el aire es similar. Todos los paseos de deparan siempre alguna agradable novedad.

el-valle

Abundan los robledales –o los restos de robledales, para ser más exactos- que se entremezclan con las tierras de labor, con frecuencia de color rojo. Y por todas partes surgen un sinnúmero de fuentes, pozos y manantiales. No son tierras resecas, sino húmedas y frescas. Además, en la zona suele haber mayor pluviosidad que en los contornos.

Por eso el Cerrato es una comarca ideal para pasear, bien en bici, bien a pie. El último recorrido fue por Castroverde de Cerrato, por la cañada del Pico de la Cuesta.

Antaño, los pastores del municipio –como todos los de la comarca- se pasaban lejos de casa varias jornadas. Con los rebaños, debían aprovechar los pastos donde éstos eran abundantes y los robledales de los páramos solían estar a disposición del ganado. Por eso en los páramos tenían corralizas suficientes para alojar el ganado por la noche, y tenerlo así mínimamente protegido de las alimañas, que abundaban.

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Además, los pastores también necesitaban para ellos mismos refugios seguros y calientes, y para eso estaban –desde siglos inmemoriales- los chozos, esas construcciones de piedra caliza sin labrar que  asemejan una gran caperuza. Tenían una abertura arriba para que saliera el humo de la hoguera que se podía cerrar con una piedra clave. La puerta era muy pequeña –se entraba gateando-y orientada al sur. Dentro se podía estar de pie, tumbado o sentado, pues la cabaña se cerraba con una falsa cúpula por aproximación de hiladas.

fresquera-pastoril

Los corrales de Valdeloberas –adonde nos llevó la cañada del Pico la Cuesta- aún se levantan ¿o se caen? en el páramo que separa el valle Esgueva del arroyo Jaramiel.

Pero para llegar a ellos antes hemos pasado por el valle de San Juan –con una ribera escarpada y otra muy tendida-, por la fuente de Peñuelas y el manantial del Hormigo, por la tímida hilera de sauces que acompañan al arroyo, por los majuelos que aún duermen al sol en la ladera calcárea, y junto a matas de robles que ya no son mas que el recuerdo de aquellos bosques impenetrables…

Pero el Cerrato sigue ahí, conservando su aire apacible a la par que indómito y primigenio….