Refugios pastoriles en Torozos

Antaño los páramos castellanos estuvieron cubiertos de un denso monte de encina y roble. El páramo de los Torozos no fue una excepción y todavía podemos pasear por dos enormes manchas de monte, una alrededor de La Santa Espina y otra entre Mucientes y Villalba de los Alcores, además de otras más pequeñas como el monte de Peñaflor. Y si han llegado hasta hoy no ha sido precisamente por obra de la casualidad, sino gracias al trabajo peculiar de los hermanos monteros de los monasterios de la Espina y de Matallana que se esforzaron por explotar el monte de manera sostenible, como diríamos hoy.

Los Torozos estuvieron, además, sumidos en la leyenda. Seguro que aquí se escondieron ladrones y salteadores, pero tal vez Madoz exageraba un poco cuando, a mediados del siglo XIX, escribía refiriéndose a esta comarca: la espesura de su arbolado y su aislamiento han ofrecido un seguro albergue a los facinerosos y malhechores, en términos que los muchos robos y asesinatos que perpetaban, dieron una triste celebridad a este bosque, hasta el extremo que no podía nombrársele sin horror…

Hace unos días hemos dado un paseo, lleno de gratas sorpresas, por el monte de Mucientes. Desgraciadamente, todo estaba aun con ese color pardo típico del invierno: los robles no han empezado echar la hoja y las hierbas y arbustos están secos. Sólo alguna flor amarilla indicaba que ya estábamos en primavera. Pero daba gusto pasear por allí: las ruedas de las bicis provocaban un agradable y crujiente ruido a la vez que liberaban aromas escondidos en la hojarasca. ¡Y qué robles tan enormes quedan todavía en este monte! Da gusto verlos con su desnudez invernal: un ancho troco que se divide en cientos de ramas nudosas que van disminuyendo de tamaño conforme se alejan, en aparente desorden, del tronco madre.

Pero esta vez nos hemos fijado en la impronta que dejaron los pastores, antiguos habitantes de este robledal: ¡tres tipos de chozos o refugios diferentes vemos aquí registrados! En ninguna otra parte de los páramos y cerros de la provincia hemos visto nada igual.

El primer chozo, junto al camino de Hornillos, es de tipo circular, pero mucho más grande de lo habitual. En buena piedra de sillarejo, por fuera tiene forma de cilindro algo abombado; por dentro la bóveda arranca a unos dos metros del suelo, por lo que es uno de los chozos más cómodos que  hemos visitado. También es amplia su entrada, orientada al mediodía. Por cierto, sobre la piedra de puente pueden leerse unas iniciales: L Z, tal vez las de su primitivo dueño. Se ve que alguien lo ha cuidado hasta hace poco pues se dejan ver los restos de una enorme grieta, ya reparada. Si se arreglara un poco el humero, del que se han caído las últimas piedras, quedaría ya perfecto.

El segundo chozo es único por otros motivos, pues tiene planta rectangular (todos los que conocemos de la provincia, salvo éste, son de planta circular). Debió tener una cubierta a dos aguas, de piedra, que ahora yace en el suelo del chozo. Tiene entrada por uno de los lados más estrechos, el que da al mediodía. Sus muros son muy anchos, hasta el punto de que el vano de la puerta se salva, al exterior con la típica piedra de puente, pero al exterior con dos losas que se apoyan la una en la otra formando un falso arco en forma de «V» invertida. Se encuentra junto a un camino, en un pequeño claro del monte.

Y el último es un refugio, parte excavado en tierra, parte –a lo que nos parece- construido con la ayuda de trozos de piedra caliza mas o menos trabajados, y recubierto de tierra. Tuvo al menos tres estancias relativamente amplias y algunas como alacenas para colocar material o útiles pastoriles. Un humero reforzado con piedra servía para que la lumbre no ahumara las estancias. Se encuentra en una corraliza junto al camino de Ampudia, señalado por un enorme roble y varias no menos corpulentas encinas. También es único. No hemos visto nada semejante. Aquí no debían pasar frío los pastores que se mantenían día y noche con sus rebaños.

Pues estas fueron las tres gratas y pastoriles sorpresas. Como están alejadas de cualquier núcleo urbano, seguro que se mantienen así durante tiempo. Pero como pertenecen a un patrimonio único, sería bueno que la autoridad competente las restaurara y mantuviera para visitas de senderistas e interesados.

Otros detalles destacados de esta ruta: pasamos junto al lagar y fuente de la Bambilla, estrenamos la autovía de León –al menos para subir al páramo-, descansamos en una bodega de Cigales y recuperamos líquidos en la fuente de San Pedro.

De Venta de Baños a Valladolid por valles y cerratos


Esta es otra de las distintas posibilidades que nos ofrece el tren combinado con la bici. Ya hemos contado la excursión al monte de Dueñas con vuelta en ferrocarril, por no hablar de la de Medina del Campo. Ahora nos vamos a referir al trayecto desde Venta de Baños a Valladolid, después de llegar en el regional que parte a las 9,35 de la estación Campo Grande.

Esta ruta nos ofrece la posibilidad de ir saltando hasta tres páramos o cerratos distintos, con lo que eso supone para las piernas del ciclista. O sea, una llegada a Pucela un tanto cansada. Pero no mucho, si hemos sabido elegir el día de viento. Y bastante contenta.

Después de salir de Venta de Baños, (también podemos pasar junto a la basílica visigótica de Baños de Cerrato, con su fresca fuente igualmente medieval) Tariego nos descubre, además de sus bodegas, la alianza que existe entre el Pisuerga y los páramos, pues aquí les lame, mece y da forma. ¿Hubieran sido lo que son si él?  Más tarde los volveremos a contemplarlos juntos.

Cruzamos el puente y el río salta antes una pesquera, dando frescor a toda una ribera poblada de sauces, álamos y chopos. Después, dejando atrás Tariego con su torre, sus  bodegas y sus empinadas calles, nos adentramos en el Cerrato. Y, a pesar de la cercanía a ese nudo de comunicaciones que es Venta de Baños, nos parece estar en lo más profundo de la comarca: encinas, alguna mata de roble, lavandas, vallejos perdidos, senderos, chozos de pastor… lugares, en fin, donde los recovecos del paisaje no tienen nada que ver con el gran corredor Valladolid-Burgos. Casi hasta nos podríamos perder.

El primer páramo al que subimos nos descubre un inesperado sendero junto a su canto que nos va mostrando anchos horizontes, laderas descarnadas, vallejos, montes… Podemos estudiarlo con detenimiento o bien bajar sin llegar a él -desde el puertecillo entre cerros por el que nos conduce el camino- hacia el valle del arroyo Madrazo, que pasa por Cevico de la Torre. Y otra vez a subir entre laderas tendidas y maleza fresca para descubrir el páramo de los Infantes,con un cielo que parece lo vamos a tocar con sólo extender el brazo. Y con densos pinares de repoblación.

La nueva bajada, suave y larga, nos  empuja después de pasar junto a dos viejos chozos pastoriles hasta Valoria la Buena. Valoria es como para perderse; como para realizar una excursión ciclista de varios días de duración: las bodegas con su fuente y prado, los restos de la ermita y molino de la Galleta, los distintos chozos y montes, el mirador del pico del Águila y otros muchos, la ribera del río…

Pero nos vamos otra vez ¡a subir la cuesta! hasta lo alto del páramo. En la granja Hernani ya estamos en el término de San Martín. Hemos de bajar enseguida pero, si tuviéramos más tiempo, yendo hacia la izquerda nos perdemos en un bosque de roble y encina bastante denso; hacia la derecha nos plantaríamos en un despejado cerral, ideal para contemplar los valles de Valvení y del Pisuerga…

Pero bajamos hasta San Martín, para descansar y repostar un poco.  En la próxima entrada hablaremos algo de este lugar y de la penúltima etapa del recorrido: las peñas de Gozón.

Sorpresa (grata) en Dueñas

No una vez, ni dos, sino bastantes más, hemos ido en bici hasta Dueñas para volver en tren. Sobre todo cuando el viento sopla fuerte del Suroeste, como el pasado domingo. El tiempo.es amenazaba con 26 km/h, y seguramente hizo más, pues contra esa dirección las bicicletas tendían a quedarse paradas o… recular.

¿Qué mejor que ir a Dueñas con la tranquilidad de disponer de un tren que devuelva bicis y ciclistas? Son muchos los caminos que conducen de Valladolid a Dueñas: por el Canal de Castilla, por la orilla izquierda del Pisuerga entre cortados y cerros, por los páramos del Cerrato, por el de Torozos… Pero hay un lugar especial que conviene conocer, un lugar donde uno se pierde con facilidad que, a la vez, es ideal para perderse. El sitio a que nos referimos es el Monte de la Villa, buena extensión de encinas y robles en pleno páramo de Torozos. Los robles y encinas no son tan viejos y corpulentos como en el Monte el Viejo, pero el bosque es tupido e intrincado. Mas… no hay que asustarse, que también existen senderos bien señalizados.

Tiempo habrá para hablar de las muchas virtudes que esconde este monte: hoy sólo nos referiremos a sus corralizas y chozos de pastor, pues Dueñas conserva un buen número de ellos, algunos perfectamente remozados.Incluso en este término municipal los vemos en el valle del Pisuerga, en su orilla izquierda, cerca de la ermita de Onecha.

Aunque ya conocíamos muchos de sus chozos, el domingo descubrimos al menos uno más, que se encuentra en uno de sus vallejos, un tanto alejado del monte propiamente dicho. Está en Valdelgada, al Noreste de la torre del telégrafo y a los pies de Sobrepeña. Tiene un perfil simpático y peculiar que muestra dos cuerpos diferenciados: uno primero  que se levanta como un metro desde el suelo, más ancho y vertical, y el segundo, más fino, que empieza a cerrarse en cúpula. Se distinguen varios corrales, uno de ellos literalmente repleto -no se puede pasar- de escambrones, que ya de por sí son intrincados (¡y pinchan!).Junto a él surge un pequeño arroyo. Se ve que los escambrones aprovechan su frescor.

No lejos está el chozo de Rascaviejas,a un lado de la carretera o pista que va -y no llega- a Quintanilla de Trigueros. Justo al otro lado, un viejo pozo con sus abrevaderos.

Siguiendo hacia el monte por el camino ascendente de Matalobos nos plantamos en los corrales de Diez, con su chozo en estado ruinoso. ¡Qué lugar tan increíble!: por un momento estamos olvidados entre carrascas, suave hierba, el cielo y un amplio valle. Sólo se escucha roce del viento con las recias hojas de encina.

Alrededor de este ancho vallejo, con abundante tierra de labrantío, tenemos los corrales de la Cabañona con su majestuoso chozo perfectamente restaurado,y otros muchos corrales y chozos en diferente estado: de Ramos, Valdeazada,los de Cercadillo un poco más al Este. Por cierto, que si bien unos se encuentran perfectamente conservados, de otros, como es el chozo de Ramos, sólo vemos la primera hilera de piedra que lo sustentó, pues ha quedado perfectamente (!) desmochado.

Y entre otros que también han sido restaurados está el de Rojolanilla, junto a la fuente del Postigo. Pero de momento vale. En una próxima entrada prometemos hablar de los chozos de la zona Norte,tenadas, las Dos Hermanas, las caleras, y otros encantos escondidos en el Monte de la Villa. Con su correspondiente mapa.

¡Qué paisaje para perderse! ¡Qué laberinto de encinas!