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Páramo de los Infantes

25 febrero, 2019

El Cerrato se asoma al valle del Pisuerga por el páramo de los Infantes, que se encuentra entre Valoria la Buena y Cevico de la Torre. Desde su extremo oeste se puede contemplar todo este amplio valle, 175 metros más abajo que es, tal vez, la diferencia de altura más notable en nuestra provincia. Antaño este páramo fue monte de encinas y robles y monte bajo, y estuvo dedicado al pastoreo; hoy se han realizado extensas plantaciones de pino carrasco a la vez que se han roturado terrenos para tierras de labor. El suelo, ciertamente, es bueno aunque abunda la piedra caliza de mediano y pequeño tamaño.

Salimos de Valoria para rodear el páramo por el oeste. Muy arriba se distingue la ermita de la Virgen de la Paz y nos acercamos a la falda, cubierta de pinos. Seguimos hasta el Montecillo y el Toroalto, dos mogotes deprendidos del páramo, el primero pequeño y calvo y el segundo más elevado y cubierto por un pinar. En este último nos acercamos a fuente Amarga, que todavía mana agua. Finalmente, subimos por un camino en zigzag relativamente cómodo al páramo de los Infantes. A nuestros pies vemos Dueñas y, más al fondo, la ciudad de Palencia.

Tierras inclinadas en el valle, junto a fuente Amarga

Ya en el páramo nos acercamos a los corrales que –según los mapas- se encuentran en el borde del barco de Valoria pero de ellos ya no queda nada: toda esta zona, antes cubierta de monte bajo, ha sido levantada –incluyendo corralizas- y roturada para destinarla al cultivo de cereal. Luego, volviendo hacia el oeste, nos acercamos a otros corrales que se levantan, junto a una cabaña cerrada, en un claro del pinar. Después, buscamos los corrales de Pica, perdidos y estrangulados por el pinar carrasqueño; solo encontramos piedras amontonadas entre las que nos pareció distinguir los restos de un chozo. Así, enfilamos hacia el este sin salir del pinar. Una pareja de corzos nos mira y se aleja tranquilamente. Abunda la piedra caliza de tamaño mediano, no sé si son restos de viejos corrales o fueron levantadas para la repoblación forestal.

En el borde del páramo

Aquí sobrecoge la soledad. Nadie cultivando el terreno, nadie pastoreando ganado. Tampoco quedan ya construcciones ganaderas, y las cañadas han sido recortadas, o han desaparecido. Como compañeros del ciclista, sólo algún conejo, algún corzo, algún milano, además de las aves terreras, que parecen cantar al buen tiempo. Y el viento. Y el sol: hoy, 17 de febrero manga y pantalón corto, primer día de primavera que quiere llegar antes de tiempo.

Del pinar pasamos al monte bajo con algunas encinas y robles. Nos detenemos en los corrales del Espino, que han sido reconstruidos, incluyendo su amplio y precioso chozo. Se encuentran en una ligera vaguada que es el comienzo del barco de la Mazuela.

Corrales del Espino

¡Qué asombrosos son los caminos de estos paramillos cerrateños! Huyen de la uniformidad del páramo raso, pues cuentan con ligeras ondulaciones y, sobre todo, con encinas y robles salteados a los que se ha respetado porque, a cambio, sirven para amontonar a su alrededor, en buenos majanos, las piedras retiradas de los campos de cultivo. En algunos casos, la superficie para este fin se amplía y se juntan ordenados montones de piedra –parecen muros auténticos- con carrascas y otros arbustos… Es como navegar por un mar lleno de pequeñas islas e inofensivas olas.

Al extremo, nos asomamos a Cevico de la Torre y, al ver el valle y sus caseríos, desaparece la sensación de soledad. Las laderas aquí, son agrestes, con caliza descarnada. Curiosamente, un viejo camino sube como abriendo un surco en la misma piedra. Tal vez una antigua calzada.

Robles

Pero volvemos hacia el este, ahora por el cerral hasta el barco de los Poyatos donde, inclinados en plena ladera y aprovechando un pliegue en la falda del páramo, descubrimos el corral y chozo de Sacristán. Se conservan relativamente bien, pues el chozo está casi completo y practicable y, frente a él, los dos corrales de cuyo vallado se levanta todavía firme. Tal vez por lo alejado y escondido del lugar se mantiene todo en relativo buen estado. Más alejados, como perdidos en las laderas, nos parece verlos restos de otros corrales. Es un paraje especialmente bello y agradable, donde la hierba nos acoge y el barco nos protege, a pesar de que están orientados hacia el norte.

Chozo de Sacristán

De nuevo en el páramo, nos plantamos en los corrales de Revillamajano. Antaño llegaba hasta aquí una cañada desde el valle que seguía hacia el interior del páramo. Hoy los corrales, o lo que queda de ellos, son una isla en tierras de labor. Pero debieron ser importantes. De los chozos que aquí se levantaron no queda ya nada.

Restos de un colmenar

Nos metemos, cuesta abajo, por las laderas de la Mazuela para subir enseguida por la carretera de Cubillas a Cevico, carretera por la que nunca pasa nadie, al menos nunca lo vimos. Por el barco de los Borregos nos vamos a bordear los pinares del Condutero y de allí nos dirigimos a seguir el cauce del arroyo Valdedueñas. Paramos para contemplar los restos de un típico colmenar cerrateño, que debió ser sencillo y hermoso -¡qué pena tanta desolación!- y acabamos donde empezamos, en Valoria. Aquí podéis ver el trayecto.

Por el Cerrato, alrededores de Vertavillo

17 febrero, 2019

De nuevo el Cerrato. La verdad es que cuando Tierra de Campos o de Medina están de un color pardo tristón -lo que es normal en invierno- el Cerrato ofrece una hermosa estampa, mucho más viva, de manera que casi nunca defrauda. El intenso verde de las encinas, el naranja oscuro de los robles que siguen manteniendo su hoja, el blanco de las laderas… unidos a los pardos del terreno en reposo, a la viveza de los valles que verdeguean y a los azules y grises del cielo, hacen del invierno cerrateño una estación ideal para rodarla, si es que se pueden rodar las estaciones.

A eso hemos de añadir otros objetos que le dan un toque humano al paisaje: colmenares, corrales, chozos, fuentes, casetos, hitos y molinos. Y cuando estás entra las onduladas laderas, no es difícil toparse visualmente con lo más alto de la torre de la iglesia de algún pueblo. Todo esto además de las muchas cañadas, pues siempre fue una comarca eminentemente ganadera.

Laderas

Esta fue una excursión corta pero intensa. En la primera parte, ascendimos al páramo por el valle del arroyo de los Arroyuelos, nombra que sin duda hace referencia a abundancia de agua. Enseguida descubrimos un viejo pero no muy abandonado colmenar, con sus huecos para alojar colmenas que habían estado hasta hace poco en uso. Ya se sabe: miel, queso y gato, del Cerrato. A mitad de valle, paramos en la fuente de la Reina. Se oía manar abundante agua. Pero la fuente propiamente dicha se encontraba tapada por un denso juncal. Seguimos por el valle, que se fue cerrando hasta adentrarnos en un denso robledal. Muy por encima, los cerrales de yeso parecían vigilarnos. Enseguida nos encontramos con los corrales y chozo de Valdepozo, bien protegidos del norte por la ladera. El chozo se encuentra separado y los corrales debieron ser importantes, a juzgar por los restos que vemos.

Fuente de la Tiñosa

Todavía nos quedaba una última sorpresa en el valle: la fuente de la Tiñosa. Bueno, el nombre de la fuente no lo sé, pero está muy próxima a los corrales del mismo nombre que, a su vez, reciben el nombre del páramo que está al norte. Se trata de una fuente de un buen pozo que rebosa, del mismo tipo que la del Valle del Horno, pero mucho más sencilla. Estaba seca.

Al llegar al páramo pusimos rumbo a Vertavillo, si bien nos paramos al iniciar la cuesta abajo para contemplar, al fondo, el pueblo y, delante del caserío, la ermita del Santo Cristo.

Chozo de Morato

A continuación, subimos al páramo de Arriba. Se trata de un páramo angosto y largo, de esos que abundan en el Cerrato. Al norte, Valdecuriel y al sur el valle del arroyo Madrazo; podías elegir vista al rodar. Los primeros kilómetros discurrieron entre tierras de cultivo, pero al poco el paisaje se volvió una mezcla entre montaraz y agrícola. En los corrales del Títere pudimos ver la lucha entre un chozo y una encina. Estará claro que, en pleno siglo XXI, acabará ganando la encina. Los corrales no están construidos sin ton ni son: las tapias de piedra son extraordinariamente anchas, para las esquinas suelen usarse piedras próximas a la cantería y los chozos suelen tener contramuro, a modo de cincho. Después pasamos por los corrales del Lego, con su chozo desmochado. Finalmente, el chozo de Morato había sido despojado de su primera capa de piedras pero ahí seguía, capeando el temporal. ¿Por cuánto tiempo?

Aviso para navegantes: hay muchos caminos que no vienen en el mapa y están en la realidad, y otros muchos que aparecen en los mapas pero no existen sobre el terreno. Supongo que habrán cambiado últimamente y no se ha recogido en las últimas ediciones. Por eso, si habitualmente nos metemos a campo traviesa, esta vez lo hemos hecho un poco más de la cuenta, especialmente en el monte de Valdelobos donde, al parecer, todo ha cambiado. También hemos echado en falta algunas fuentes nombradas en el mapa: o han desaparecido o bien no estaban bien señaladas. Y alguna, como la de la Tiñosa, no figuraba en los mapas a pesar de su excelente porte.

Por Valdelobos

Por Valdecuriel también abundaban los corrales, algunos prácticamente sepultados entre los encinares. Este valle nos lleva hasta Castrillo de Onielo, pero no entramos en esta localidad que perteneciera a doña Eilo y que se asienta sobre una colina; subimos y bajamos hasta aparecer de nuevo por Vertavillo, donde hicimos un alto para contemplar sus palomares. Protegidos por el páramo de Abajo, llegamos al molino de Alba. ¡Todavía conserva el rodezno con su eje en el cárcavo! Pudimos ver la balsa, el almacén y otras dependencias. No aguantará mucho tiempo más, a pesar de la excelente piedra de cantería que se ha utilizado en este ingenio…

Aquí, la ruta.

El molino

…y de Corrales de Duero

25 septiembre, 2017

(Viene de la entrada anterior)

Dejamos Curiel por el camino real de Burgos, o por lo que queda de él. Antaño debió de ser una vía bastante transitada: venía de Peñafiel y, por Curiel y San Llorente se dirigía hacia Roa. Este valle conserva, a pesar de la sequía, frescor y humedad. Al poco de salir nos encontramos con otra fuente que derrama un hilillo de agua que se acaba por escapar entre las rendijas del abrevadero. Y desde la que se contempla una bella estampa de Curiel. Un poco más allá vemos cómo gotea otro manantial y, ya en el borde del páramo, una zona de juncos y zarzas denota que cerca hay agua, aunque no la llegamos a ver.

Rodamos ya por la llanura del páramo, de tierra pobre que no se deja ver debido a la abundancia de cantos calizos. Al fondo destacan las copas de los altos pobos de la fuente de Isarrubia, pero no llegaremos a ella. Nos paramos a contemplar de cerca los curiosos majanos de esta comarca, cuyas piedras se encuentran colocadas en orden y acompañadas de pequeñas encinas.

Chozo cerca de la fuente de san Bartolomé

Poco antes de llegar a la fuente del Valle, giramos hacia la fuente de San Bartolomé o del Congosto. Espectacular. No pensé que podía brotar, a estas alturas de un año tan año, tanta agua en una fuente tan cercana al ras del páramo. Pero allí estaba, dando a luz entre la piedra caliza un auténtico arroyo. Antaño, si bebías a bocos aquí, te podías atragantar con un cangrejo, de tantos que hubo. O eso nos dijo un corraliego que andaba de paseo por los alrededores del pueblo. La fuente se encuentra limpia y con la caseta y abrevaderos recientemente restaurados, y el lugar es como un amplio circo que se abre en la ladera, donde te puedes sentar a contemplar el valle.

Fuente de San Bartolomé

Por cierto, en ese valle, en la ladera de enfrente se levanta un curioso chozo de pastor. Curioso porque la planta es cuadrada para luego alzarse en forma circular. La puerta se abre en una esquina y posee un ventanuco al norte. Hoy está en un campo de girasoles, antaño debio ser monte todo esto, como la ladera de la fuente.

Subimos desde la fuente hasta el monte de San Llorente: es de robles y encinas de tamaño mediano. En algunos claros, cultivos de plantas aromáticas. Vemos chozos y corralizas y algunos colmenares. La piedra caliza aflora por todas partes en bogales, en grandes piezas o pequeñas que se aprovechan para construir muretes que antaño delimitaban el monte. Es un lugar alejado de las poblaciones, por lo que puede escucharse fácilmente la paz que aquí aun sobrevive. Hacia el este hay una buena asomada al valle del Cuco.

En el monte de San Llorente

Bajando hacia Corrales nos sorprende la fuente de Honsequilla –Juansequilla para otros- con dos pilones, nunca echó un gran chorro, pero se podía beber del hilo que surgía y los pilones estaban bien llenos. Al otro lado del camino ha llenado una pequeña balsa que sirvió para regar una huertecilla. Hoy quedan algunos morales y nogales; el lugar se encuentra protegido por la ladera y una cortina de encinas.

Las Pinzas 206

Fuente de Honsequilla

Y ya sólo nos queda que dejarnos caer hasta Corrales de Duero. La vuelta –que también puede hacerse por el páramo- la hicimos por el valle del Cuco, para disfrutar contemplando laderas de monte, prados y alamedas del arroyo Madre, y la peculiar arquitectura popular de estos pueblos que antaño se unieron bajo la cabeza de Curiel. En Bocos salimos al valle del Duero para pasar de nuevo –esta vez por debajo- junto a las enhiestas Pinzas que, con el permiso del castillo de Peñafiel,  dominan esta ancha vega.

 

Corrales de Fombellida (1)

28 agosto, 2016

27 julio 031

Cuanto más ascendemos por el Valle Esgueva más estrecho se hace y, por tanto, ganan espacio y relevancia en detrimento del valle mismo los páramos que lo bordean, que normalmente se encuentran abiertos por vallejos secundarios. De esta forma, se hace más importante la ganadería –propia del páramo y vallejos- que la agricultura, que siempre ha buscado las vegas de tierra suave y fértil. ¿Siempre? Bueno, siempre hasta ayer, que hoy las cosas han cambiado gracias a la maquinaria agrícola que llega a todas partes y, aunque las tierras no sean amorosas, algo sacan.

El caso es que el término de Fombellida está plagado de corralizas y chozos de pastor. O mejor, de ruinas de esos elementos. Antaño tuvo mucha importancia la ganadería, sobre todo de ovino. Los pastores llevaban el ganado al monte y ahí permanecía largas temporadas, pues no lo bajaban mientras hubiera pasto. Y para eso debían usar una estructura mínima, con el fin de guardarlo por la noche, de ahí las corralizas, y para guarecerse el pastor, los chozos. Hoy, ya digo, todo ello es una ruina. En Fombellida algunos vecinos de más de 60 años recuerdan haber utilizado estas corralizas.

Refugiados

Refugiados

El páramo al sur del pueblo no es el típico raso, pues está compuesto por pequeños vallejos, barcos, navajos, lomas y hoyadas. Además, todavía conserva cuarteles y rodales de monte de encina y roble con algunos enebros. Los caminos y linderas están señalados, con frecuencia, por hileras de quejigos. Y en los campos de cultivo se han respetado algunos robles y encinas solitarios. Todo esto le da al paisaje un aire distinto y peculiar. Sólo por contemplarlo merece la pena dar un paseo por aquí. Se supone que hace muy pocos siglos el bosque se extendía por toda la paramera, la agricultura era mínima y la ganadería lo llenaba casi todo. Además, la tierra no es excesivamente buena, está llena de piedras, tantas que a veces la tapan, y algunos majanos son muy recientes.

Vallejo

Vallejo

Las corralizas suelen encontrarse allí donde comienza un vallejo, aprovechando el espacio existente entre el cerral y el bocacerral. Así, se protegen con la ladera de las posibles inclemencias atmosféricas. Esto ocurre en la mayoría de los corrales que vemos en los páramos de la provincia. Quizá lo que les distingue de otras comarcas es la piedra utilizada, que no está tallada ni mínimamente trabajada. Las piedras usadas, en su mayoría, están recogidas directamente del suelo, o de la cuesta del páramo. Por eso, es siempre irregular y tiende a ser de tamaño más bien pequeño. Es de un gris muy oscuro, con abundantes manchas negras debido a la acción del clima extremo al que se ve sometida. También esto da a los corrales una fisonomía propia, como más pobre o humilde que en otros páramos.

Corrales

Corrales

¿Cuál es el mejor momento del año para visitarlos? Sin duda, la primavera. Podríamos decir que, en ella, lucen con todo su esplendor y aparecen como lo que son, construcciones pastoriles en un momento de bucólica alegría. El verano no es buen momento: con las hierbas ya resecas y altas parecen construcciones abandonadas y arruinadas por completo –y eso son- caídas en una especie de basurero perdido y olvidado. Aparte de que se hace costoso avanzar entre tanta maleza para verlos de cerca.

Sea como fuere, lo cierto es que forman parte de nuestra historia menor y que están cayendo por los rápidos del impetuoso río del olvido. ¿Recuperaremos alguno? ¿Será demasiado tarde cuando empecemos a valorarlos? Misterio. De momento, forman parte de ese paisaje que, sí, habla a los poetas pero también, en otro lenguaje, nos habla a todos de lo que fueron y cómo vivieron aquellos hombres que, hasta hace casi un siglo, lo sacaban todo, y todo lo esperaban, del campo y de la lluvia, del ganado y de los montes…

Chozo

Chozo

Como nos ha quedado un poco larga esta primera parte, dejamos la segunda para otra entrada en la que hablaremos de algunas corralizas en concreto.

La Cañada Real Burgalesa en el Cerrato palentino

26 julio, 2012

(46 km aprox.)

Después de recorrer en Mayo el ramal de la burgalesa que atraviesa, por la provincia de Burgos, desde Lerma a Hérmedes, el domingo pasado nos hicimos el otro ramal, que une también Lerma y Hérmedes pero cruzando por la provincia de Palencia.

A pesar de estar en pleno verano, no nos equivocamos. Partimos de Hérmedes por el páramo a tomar el prado del Aguilarejo, junto al molino de Corcos, lugar donde se unen –o separan, depende- los dos ramales. ¿Qué hacía a los pastores tomar uno u otro? Pues tal vez la situación de su respectivo lugar en la Sierra de la Demanda, o tal vez la saturación de rebaños en una cañada, o tal vez la abundancia de pastos dependiendo del año. Lo cierto es que los dos ramales son diferentes, como veremos.

Lo más característico del que hemos recorrido es que va, casi durante todo el trayecto, por bosques de robles o enebros. Incluso ya al final, cerca de Rayuela, el monte de galería lo constituye, precisamente, la propia cañada. El firme es bueno para rodar, ya que no hay arena ni grava. Y, en verano, es duro. O sea, un trayecto ideal para la bici. Los agricultores han respetado bien la achura de la vía pecuaria, aunque con demasiadas excepciones.

Hérmedes y Villaconancio.- Desde el término de Hérmedes caemos al arroyo de San Sebastián para subir enseguida por terreno de yeso al páramo de Valdegallón, monte de robles y encinas con abundantes corrales y chozos en las proximidades de la cañada. En la bajada tenemos la fuente Prolongar, a unos 300 m al Este. Al llegar a Villaconancio, a la izquierda, en una huerta vemos la pintoresca fuente Tejera.

La subida desde esta localidad, por el cementerio, es una de las más fuertes del trayecto. Pero compensa por la vista que nos ofrece del valle. Casi en la misma cañada están el chozo y corrales del Guijo, y más alejada, la fuente del mismo nombre.

Baltanás y Antigüedad.- La cañada es una amplia franja de monte. Encina, roble y sabina son las especies arbóreas. A pesar del verano predomina un verde amarillento, y no faltan flores aunque de color apagado y austero. Vemos corrales, muchos corrales: de Marianilla, de las Cachorras, del Roñas. Y, fuera de la vía, un enorme chozo hacia el Norte, en Valdemoré.

Dejamos el término de Baltanás para entrar en Antigüedad y bajamos a la fuente de Serranos, en el Valle de Fuentehorno.  Merece la pena este desvío de unos 400 m. Se trata de un lugar fresco y tranquilo, en la umbría del vallejo, protegido de los calores por chopos y por la misma ladera. La pequeña charca y los diez pilones que recogen el agua ayudan también a crear este agradable ambiente para reposo del cansado ciclista, como antaño lo fuera de los rebaños merinos.

Seguimos disfrutando de un precioso sabinar en el páramo de Valdestina. Nos sorprenden, tras un enebro, una pareja de avutardas. Nunca las habíamos visto tan cerca, a 5 m. ¿Por qué no estarían en campo abierto?

A la altura de unos corrales enormes en extensión –sin llegar a los del Girón- hemos de torcer a la izquierda, hacia el Norte. Seguimos la cañada –siempre amojonada- que nos conduce a un pozo de agua buena, en la cola del Valle de Fuentehorno, para subir enseguida y seguir hasta un camino que viene de Antigüedad: en el vemos la Cruz de la Muñeca.

Y por aquí la cosa se complica. No hay camino ni sendero hasta que llegamos a los corrales de Carravillafruela ode Valcabao. Cruzamos el valle del arroyo de los Caños para aparecer en los dominios del Garón.

 

Palenzuela y Royuela.-

Hemos llegado a la zona más alta de la excursión y –tal vez- del Cerrato. Vemos hacia donde nos dirigimos las estribaciones de la sierra de la Demanda -¡qué alegría sentirían los pastores cuando, volviendo de Extremadura, atisbaban su casa tan cerca!- y hacia el Sur, las estribaciones del Guadarrama. ¡Estamos en medio de Castilla!

A partir de ahora empiezan a escasear los bosques y predomina claramente el campo abierto. Pero la cañada –ahora convertida en cordel- se encuentra acompañada de vegetación más o menos densa.

Hasta Royuela es cuesta abajo, con alguna ondulación. Y sigue habiendo abundancia de corrales. Todavía junto al Garón vemos los enormes y elegantes –piedra caliza de cantería en alguna pared- corrales, o caserío, de Pajarejos. Hoy ya son ruina. Más adelante, junto a la cañada, una extensión impresionante dedicada a corrales: son los de Valfrío.

Después pasamos por la tenada del Monte y, por fin, llegamos a Royuela, escondida junto a su Río Franco.

La cañada sigue hasta Tordomar (9 km), siguiendo la carretera entre ambos pueblos, lugar en el que hoy se pierde. Un cordel seguía hasta Lerma mientras que otros se dirigía hacia el Noreste, buscando las comarcas mas septentrionales de la sierra de la Demanda, e incluso otra vía pecuaria tomaba la dirección del Norte hacia la cordillera Cantábrica.

De Lerma a Hérmedes de Cerrato por la Cañada Real Merinera -y Burgalesa

21 mayo, 2012

 

Lerma se encuentra rodeada de carreteras, vías férreas, autovías y nuevas construcciones. Por esa razón, en sus proximidades la cañada se encuentra perdida. Lo mejor es tomarla a partir de Avellanosa de Muño o de Iglesiarrubia. Y allí nos descargó la furgoneta. El conductor –¡gracias, Miguel Ángel!- desconectó su móvil para no correr el riesgo de ir a recogernos en mitad de la excursión. O eso nos dijo.

Enseguida vimos la cañada: una franja de hierba o pastizal entre tierras de labor. Cerca de la franja, algún corral de piedra caliza, lo cual da a entender o que la cañada fue mucho mas ancha o que antaño todo esto era monte. Seguramente las dos cosas, pues enseguida pasamos por una zona en la que la cañada cuenta con abundantes sabinas de pequeño porte: son los restos del inmenso enebral de Lerma, totalmente roturado hoy, salvo en la vía pecuaria.

Y lo que vemos ahora será la tónica hasta Hérmedes: el cielo arriba y el suelo abajo. Y nosotros, como volando a ras de tierra. No es todo tan raso como en los páramos de Palencia o Valladolid, pues se notan ligeras ondulaciones, algún otero, alguna reguera. Las cebadas, de un verde brillante y ya mecidas por el viento; los trigales, de verde oscuro; la cañada de un verde apagado. De vez en cuando, guisantes forrajeros.

Casi de repente aparece a muchos kilómetros al Oeste, como si fuera un espejismo, Villafruela. La vamos como bordeando, muy de lejos. Se mantienen los corrales; en los de esta zona no hay un solo chozo, y las corralizas son más regulares que las del Cerrato, perfectamente rectangulares, con puertas con jambas y dinteles de una pieza. Pero en ruina muchas. Otras en uso: las distinguimos porque sobre los tapiales – de casi dos metros- han prolongado otros dos metros de tela metálica sostenida por varales de metal. Así las ovejas quedan mas protegidas de los lobos, que no de los ladrones que se llevan pequeña maquinaria, bañeras-abrevadero, pesebres y cosas por el estilo.

Casi subimos un pequeño alto –el Otero lo bautiza el mapa y le señala 952 metros de altitud-  antes de dejar los dominios de Villafruela. Las sabinas ya han desaparecido casi por completo y entramos en el señorío de los robles: la mayoría solitarios, si bien quedan algunos bosquecillos que son testigos de una época en que lo cubrían casi todo.

En una bifurcación con un ramal muerto entramos en las extensas ruinas de los corrales de la Nava. ¿Todo solitario? ¡No! En una tenada hay paja reciente, mantas oreándose y una chaqueta el pastor.

Seguimos cañada. No encontramos a nadie. Sólo a dos pastores, pasados los corrales de las Monjas. Uno de ellos, con más de 70 años nos dice que nació entre las ovejas, y da a entender que morirá con ellas. Nos muestra que la cañada, sí, ha sido recientemente amojonada, pero,

-¿Veis el mojón en medio de las cebadas? ¡Nadie respeta nada!

Le comentamos el trayecto que estamos haciendo y lo hermosos del paisaje.

-¡Hablad de las cañadas en foros y conferencias! -nos anima- que si nadie nos ayuda, esto desaparece.

Al menos, a través de este blog, algo de caso le estamos haciendo.

Conforme entramos en la provincia de Palencia la cañada se llena de grandes piedras calizas. Por un lado, parecen restos o desescombros de las carreteras próximas, por otro, son las piedras que los agricultores han sacado de sus campos y depositado en la vía pecuaria.

Vemos el primer vallecillo en muchos kilómetros, señal de que estamos cerca de Hérmedes y, efectivamente, al poco distinguimos la nave de su iglesia.

Esta localidad tiene dos joyas: la ermita de Santa María de las Eras, de trazas mozárabes, y  el arroyo Maderón lleno de caudalosas fuentes y chopos que dan frescor a caminantes o rodadores que, como nosotros, necesitan de un buen descansadero. Y una tercera que no conviene olvidar: la Matafombellida.

Seguimos por una lengua de páramo hasta caer sobre el horcajo de los dos arroyos que esculpieron la lengua, donde el molino del Aguilarejo se aprovecha de ambos caudales. Y aquí recibimos el otro ramal de la cañada, el que se lleva precisamente el nombre de Cañada Real Burgalesa.

Continuaremos en la próxima entrada, que aun queda mucho para Valladolid.