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…y de Corrales de Duero

25 septiembre, 2017

(Viene de la entrada anterior)

Dejamos Curiel por el camino real de Burgos, o por lo que queda de él. Antaño debió de ser una vía bastante transitada: venía de Peñafiel y, por Curiel y San Llorente se dirigía hacia Roa. Este valle conserva, a pesar de la sequía, frescor y humedad. Al poco de salir nos encontramos con otra fuente que derrama un hilillo de agua que se acaba por escapar entre las rendijas del abrevadero. Y desde la que se contempla una bella estampa de Curiel. Un poco más allá vemos cómo gotea otro manantial y, ya en el borde del páramo, una zona de juncos y zarzas denota que cerca hay agua, aunque no la llegamos a ver.

Rodamos ya por la llanura del páramo, de tierra pobre que no se deja ver debido a la abundancia de cantos calizos. Al fondo destacan las copas de los altos pobos de la fuente de Isarrubia, pero no llegaremos a ella. Nos paramos a contemplar de cerca los curiosos majanos de esta comarca, cuyas piedras se encuentran colocadas en orden y acompañadas de pequeñas encinas.

Chozo cerca de la fuente de san Bartolomé

Poco antes de llegar a la fuente del Valle, giramos hacia la fuente de San Bartolomé o del Congosto. Espectacular. No pensé que podía brotar, a estas alturas de un año tan año, tanta agua en una fuente tan cercana al ras del páramo. Pero allí estaba, dando a luz entre la piedra caliza un auténtico arroyo. Antaño, si bebías a bocos aquí, te podías atragantar con un cangrejo, de tantos que hubo. O eso nos dijo un corraliego que andaba de paseo por los alrededores del pueblo. La fuente se encuentra limpia y con la caseta y abrevaderos recientemente restaurados, y el lugar es como un amplio circo que se abre en la ladera, donde te puedes sentar a contemplar el valle.

Fuente de San Bartolomé

Por cierto, en ese valle, en la ladera de enfrente se levanta un curioso chozo de pastor. Curioso porque la planta es cuadrada para luego alzarse en forma circular. La puerta se abre en una esquina y posee un ventanuco al norte. Hoy está en un campo de girasoles, antaño debio ser monte todo esto, como la ladera de la fuente.

Subimos desde la fuente hasta el monte de San Llorente: es de robles y encinas de tamaño mediano. En algunos claros, cultivos de plantas aromáticas. Vemos chozos y corralizas y algunos colmenares. La piedra caliza aflora por todas partes en bogales, en grandes piezas o pequeñas que se aprovechan para construir muretes que antaño delimitaban el monte. Es un lugar alejado de las poblaciones, por lo que puede escucharse fácilmente la paz que aquí aun sobrevive. Hacia el este hay una buena asomada al valle del Cuco.

En el monte de San Llorente

Bajando hacia Corrales nos sorprende la fuente de Honsequilla –Juansequilla para otros- con dos pilones, nunca echó un gran chorro, pero se podía beber del hilo que surgía y los pilones estaban bien llenos. Al otro lado del camino ha llenado una pequeña balsa que sirvió para regar una huertecilla. Hoy quedan algunos morales y nogales; el lugar se encuentra protegido por la ladera y una cortina de encinas.

Las Pinzas 206

Fuente de Honsequilla

Y ya sólo nos queda que dejarnos caer hasta Corrales de Duero. La vuelta –que también puede hacerse por el páramo- la hicimos por el valle del Cuco, para disfrutar contemplando laderas de monte, prados y alamedas del arroyo Madre, y la peculiar arquitectura popular de estos pueblos que antaño se unieron bajo la cabeza de Curiel. En Bocos salimos al valle del Duero para pasar de nuevo –esta vez por debajo- junto a las enhiestas Pinzas que, con el permiso del castillo de Peñafiel,  dominan esta ancha vega.

 

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Corrales de Fombellida (1)

28 agosto, 2016

27 julio 031

Cuanto más ascendemos por el Valle Esgueva más estrecho se hace y, por tanto, ganan espacio y relevancia en detrimento del valle mismo los páramos que lo bordean, que normalmente se encuentran abiertos por vallejos secundarios. De esta forma, se hace más importante la ganadería –propia del páramo y vallejos- que la agricultura, que siempre ha buscado las vegas de tierra suave y fértil. ¿Siempre? Bueno, siempre hasta ayer, que hoy las cosas han cambiado gracias a la maquinaria agrícola que llega a todas partes y, aunque las tierras no sean amorosas, algo sacan.

El caso es que el término de Fombellida está plagado de corralizas y chozos de pastor. O mejor, de ruinas de esos elementos. Antaño tuvo mucha importancia la ganadería, sobre todo de ovino. Los pastores llevaban el ganado al monte y ahí permanecía largas temporadas, pues no lo bajaban mientras hubiera pasto. Y para eso debían usar una estructura mínima, con el fin de guardarlo por la noche, de ahí las corralizas, y para guarecerse el pastor, los chozos. Hoy, ya digo, todo ello es una ruina. En Fombellida algunos vecinos de más de 60 años recuerdan haber utilizado estas corralizas.

Refugiados

Refugiados

El páramo al sur del pueblo no es el típico raso, pues está compuesto por pequeños vallejos, barcos, navajos, lomas y hoyadas. Además, todavía conserva cuarteles y rodales de monte de encina y roble con algunos enebros. Los caminos y linderas están señalados, con frecuencia, por hileras de quejigos. Y en los campos de cultivo se han respetado algunos robles y encinas solitarios. Todo esto le da al paisaje un aire distinto y peculiar. Sólo por contemplarlo merece la pena dar un paseo por aquí. Se supone que hace muy pocos siglos el bosque se extendía por toda la paramera, la agricultura era mínima y la ganadería lo llenaba casi todo. Además, la tierra no es excesivamente buena, está llena de piedras, tantas que a veces la tapan, y algunos majanos son muy recientes.

Vallejo

Vallejo

Las corralizas suelen encontrarse allí donde comienza un vallejo, aprovechando el espacio existente entre el cerral y el bocacerral. Así, se protegen con la ladera de las posibles inclemencias atmosféricas. Esto ocurre en la mayoría de los corrales que vemos en los páramos de la provincia. Quizá lo que les distingue de otras comarcas es la piedra utilizada, que no está tallada ni mínimamente trabajada. Las piedras usadas, en su mayoría, están recogidas directamente del suelo, o de la cuesta del páramo. Por eso, es siempre irregular y tiende a ser de tamaño más bien pequeño. Es de un gris muy oscuro, con abundantes manchas negras debido a la acción del clima extremo al que se ve sometida. También esto da a los corrales una fisonomía propia, como más pobre o humilde que en otros páramos.

Corrales

Corrales

¿Cuál es el mejor momento del año para visitarlos? Sin duda, la primavera. Podríamos decir que, en ella, lucen con todo su esplendor y aparecen como lo que son, construcciones pastoriles en un momento de bucólica alegría. El verano no es buen momento: con las hierbas ya resecas y altas parecen construcciones abandonadas y arruinadas por completo –y eso son- caídas en una especie de basurero perdido y olvidado. Aparte de que se hace costoso avanzar entre tanta maleza para verlos de cerca.

Sea como fuere, lo cierto es que forman parte de nuestra historia menor y que están cayendo por los rápidos del impetuoso río del olvido. ¿Recuperaremos alguno? ¿Será demasiado tarde cuando empecemos a valorarlos? Misterio. De momento, forman parte de ese paisaje que, sí, habla a los poetas pero también, en otro lenguaje, nos habla a todos de lo que fueron y cómo vivieron aquellos hombres que, hasta hace casi un siglo, lo sacaban todo, y todo lo esperaban, del campo y de la lluvia, del ganado y de los montes…

Chozo

Chozo

Como nos ha quedado un poco larga esta primera parte, dejamos la segunda para otra entrada en la que hablaremos de algunas corralizas en concreto.

La Cañada Real Burgalesa en el Cerrato palentino

26 julio, 2012

(46 km aprox.)

Después de recorrer en Mayo el ramal de la burgalesa que atraviesa, por la provincia de Burgos, desde Lerma a Hérmedes, el domingo pasado nos hicimos el otro ramal, que une también Lerma y Hérmedes pero cruzando por la provincia de Palencia.

A pesar de estar en pleno verano, no nos equivocamos. Partimos de Hérmedes por el páramo a tomar el prado del Aguilarejo, junto al molino de Corcos, lugar donde se unen –o separan, depende- los dos ramales. ¿Qué hacía a los pastores tomar uno u otro? Pues tal vez la situación de su respectivo lugar en la Sierra de la Demanda, o tal vez la saturación de rebaños en una cañada, o tal vez la abundancia de pastos dependiendo del año. Lo cierto es que los dos ramales son diferentes, como veremos.

Lo más característico del que hemos recorrido es que va, casi durante todo el trayecto, por bosques de robles o enebros. Incluso ya al final, cerca de Rayuela, el monte de galería lo constituye, precisamente, la propia cañada. El firme es bueno para rodar, ya que no hay arena ni grava. Y, en verano, es duro. O sea, un trayecto ideal para la bici. Los agricultores han respetado bien la achura de la vía pecuaria, aunque con demasiadas excepciones.

Hérmedes y Villaconancio.- Desde el término de Hérmedes caemos al arroyo de San Sebastián para subir enseguida por terreno de yeso al páramo de Valdegallón, monte de robles y encinas con abundantes corrales y chozos en las proximidades de la cañada. En la bajada tenemos la fuente Prolongar, a unos 300 m al Este. Al llegar a Villaconancio, a la izquierda, en una huerta vemos la pintoresca fuente Tejera.

La subida desde esta localidad, por el cementerio, es una de las más fuertes del trayecto. Pero compensa por la vista que nos ofrece del valle. Casi en la misma cañada están el chozo y corrales del Guijo, y más alejada, la fuente del mismo nombre.

Baltanás y Antigüedad.- La cañada es una amplia franja de monte. Encina, roble y sabina son las especies arbóreas. A pesar del verano predomina un verde amarillento, y no faltan flores aunque de color apagado y austero. Vemos corrales, muchos corrales: de Marianilla, de las Cachorras, del Roñas. Y, fuera de la vía, un enorme chozo hacia el Norte, en Valdemoré.

Dejamos el término de Baltanás para entrar en Antigüedad y bajamos a la fuente de Serranos, en el Valle de Fuentehorno.  Merece la pena este desvío de unos 400 m. Se trata de un lugar fresco y tranquilo, en la umbría del vallejo, protegido de los calores por chopos y por la misma ladera. La pequeña charca y los diez pilones que recogen el agua ayudan también a crear este agradable ambiente para reposo del cansado ciclista, como antaño lo fuera de los rebaños merinos.

Seguimos disfrutando de un precioso sabinar en el páramo de Valdestina. Nos sorprenden, tras un enebro, una pareja de avutardas. Nunca las habíamos visto tan cerca, a 5 m. ¿Por qué no estarían en campo abierto?

A la altura de unos corrales enormes en extensión –sin llegar a los del Girón- hemos de torcer a la izquierda, hacia el Norte. Seguimos la cañada –siempre amojonada- que nos conduce a un pozo de agua buena, en la cola del Valle de Fuentehorno, para subir enseguida y seguir hasta un camino que viene de Antigüedad: en el vemos la Cruz de la Muñeca.

Y por aquí la cosa se complica. No hay camino ni sendero hasta que llegamos a los corrales de Carravillafruela ode Valcabao. Cruzamos el valle del arroyo de los Caños para aparecer en los dominios del Garón.

 

Palenzuela y Royuela.-

Hemos llegado a la zona más alta de la excursión y –tal vez- del Cerrato. Vemos hacia donde nos dirigimos las estribaciones de la sierra de la Demanda -¡qué alegría sentirían los pastores cuando, volviendo de Extremadura, atisbaban su casa tan cerca!- y hacia el Sur, las estribaciones del Guadarrama. ¡Estamos en medio de Castilla!

A partir de ahora empiezan a escasear los bosques y predomina claramente el campo abierto. Pero la cañada –ahora convertida en cordel- se encuentra acompañada de vegetación más o menos densa.

Hasta Royuela es cuesta abajo, con alguna ondulación. Y sigue habiendo abundancia de corrales. Todavía junto al Garón vemos los enormes y elegantes –piedra caliza de cantería en alguna pared- corrales, o caserío, de Pajarejos. Hoy ya son ruina. Más adelante, junto a la cañada, una extensión impresionante dedicada a corrales: son los de Valfrío.

Después pasamos por la tenada del Monte y, por fin, llegamos a Royuela, escondida junto a su Río Franco.

La cañada sigue hasta Tordomar (9 km), siguiendo la carretera entre ambos pueblos, lugar en el que hoy se pierde. Un cordel seguía hasta Lerma mientras que otros se dirigía hacia el Noreste, buscando las comarcas mas septentrionales de la sierra de la Demanda, e incluso otra vía pecuaria tomaba la dirección del Norte hacia la cordillera Cantábrica.

De Lerma a Hérmedes de Cerrato por la Cañada Real Merinera -y Burgalesa

21 mayo, 2012

 

Lerma se encuentra rodeada de carreteras, vías férreas, autovías y nuevas construcciones. Por esa razón, en sus proximidades la cañada se encuentra perdida. Lo mejor es tomarla a partir de Avellanosa de Muño o de Iglesiarrubia. Y allí nos descargó la furgoneta. El conductor –¡gracias, Miguel Ángel!- desconectó su móvil para no correr el riesgo de ir a recogernos en mitad de la excursión. O eso nos dijo.

Enseguida vimos la cañada: una franja de hierba o pastizal entre tierras de labor. Cerca de la franja, algún corral de piedra caliza, lo cual da a entender o que la cañada fue mucho mas ancha o que antaño todo esto era monte. Seguramente las dos cosas, pues enseguida pasamos por una zona en la que la cañada cuenta con abundantes sabinas de pequeño porte: son los restos del inmenso enebral de Lerma, totalmente roturado hoy, salvo en la vía pecuaria.

Y lo que vemos ahora será la tónica hasta Hérmedes: el cielo arriba y el suelo abajo. Y nosotros, como volando a ras de tierra. No es todo tan raso como en los páramos de Palencia o Valladolid, pues se notan ligeras ondulaciones, algún otero, alguna reguera. Las cebadas, de un verde brillante y ya mecidas por el viento; los trigales, de verde oscuro; la cañada de un verde apagado. De vez en cuando, guisantes forrajeros.

Casi de repente aparece a muchos kilómetros al Oeste, como si fuera un espejismo, Villafruela. La vamos como bordeando, muy de lejos. Se mantienen los corrales; en los de esta zona no hay un solo chozo, y las corralizas son más regulares que las del Cerrato, perfectamente rectangulares, con puertas con jambas y dinteles de una pieza. Pero en ruina muchas. Otras en uso: las distinguimos porque sobre los tapiales – de casi dos metros- han prolongado otros dos metros de tela metálica sostenida por varales de metal. Así las ovejas quedan mas protegidas de los lobos, que no de los ladrones que se llevan pequeña maquinaria, bañeras-abrevadero, pesebres y cosas por el estilo.

Casi subimos un pequeño alto –el Otero lo bautiza el mapa y le señala 952 metros de altitud-  antes de dejar los dominios de Villafruela. Las sabinas ya han desaparecido casi por completo y entramos en el señorío de los robles: la mayoría solitarios, si bien quedan algunos bosquecillos que son testigos de una época en que lo cubrían casi todo.

En una bifurcación con un ramal muerto entramos en las extensas ruinas de los corrales de la Nava. ¿Todo solitario? ¡No! En una tenada hay paja reciente, mantas oreándose y una chaqueta el pastor.

Seguimos cañada. No encontramos a nadie. Sólo a dos pastores, pasados los corrales de las Monjas. Uno de ellos, con más de 70 años nos dice que nació entre las ovejas, y da a entender que morirá con ellas. Nos muestra que la cañada, sí, ha sido recientemente amojonada, pero,

-¿Veis el mojón en medio de las cebadas? ¡Nadie respeta nada!

Le comentamos el trayecto que estamos haciendo y lo hermosos del paisaje.

-¡Hablad de las cañadas en foros y conferencias! -nos anima- que si nadie nos ayuda, esto desaparece.

Al menos, a través de este blog, algo de caso le estamos haciendo.

Conforme entramos en la provincia de Palencia la cañada se llena de grandes piedras calizas. Por un lado, parecen restos o desescombros de las carreteras próximas, por otro, son las piedras que los agricultores han sacado de sus campos y depositado en la vía pecuaria.

Vemos el primer vallecillo en muchos kilómetros, señal de que estamos cerca de Hérmedes y, efectivamente, al poco distinguimos la nave de su iglesia.

Esta localidad tiene dos joyas: la ermita de Santa María de las Eras, de trazas mozárabes, y  el arroyo Maderón lleno de caudalosas fuentes y chopos que dan frescor a caminantes o rodadores que, como nosotros, necesitan de un buen descansadero. Y una tercera que no conviene olvidar: la Matafombellida.

Seguimos por una lengua de páramo hasta caer sobre el horcajo de los dos arroyos que esculpieron la lengua, donde el molino del Aguilarejo se aprovecha de ambos caudales. Y aquí recibimos el otro ramal de la cañada, el que se lleva precisamente el nombre de Cañada Real Burgalesa.

Continuaremos en la próxima entrada, que aun queda mucho para Valladolid.

Corrales, fuentes, palomares

24 febrero, 2012

El subtitulo de esta excursión podía ser El día de la lechuza, por la gran cantidad de lechuzas campestres (Asio flammeus) que encontramos. Son aves grandes, de largas y delgadas alas, por la forma de volar recuerdan un aguilucho,  pasan el día posadas en el suelo e invernan en estas tierras.

Desde Valdenebro, dejada la fuente Valbuena y nada más subir al páramo encontramos los restos, muy  llamativos, de unos enormes corrales de tapias desmochadas. Pero mas que de tapias o cercas podríamos hablar de verdaderas murallas, pues su grosor alcanzaba el metro y medio, al exterior la piedra estaba perfectamente colocada, y la extensión total de dicha cerca es, aproximadamente, de ¡2 km de largo!, formando un triángulo irregular sobre el canto del páramo. En el centro del corral  vemos los restos de lo que pudo ser una gran cabaña y un amplio círculo de piedras enterradas que rodea lo que podría haber sido una charca o bebedero. Todo muy extraño, pues es la primera vez que nos encontramos con algo de estas proporciones en los páramos de la provincia.

Junto a la muralla, hileras de almendros hacen el lugar mas vistoso y agradable, si cabe. Hicimos el propósito de volver dentro de unas semanas, cuando florezcan estos árboles. Además, aprovecharemos para preguntar a los valdenebresenses la utilidad o finalidad de este gran corral, aunque suponemos que sería algún tipo de prado comunal para ovejas y tal vez otros ganados. Y también pasearemos por otro saliente del páramo, unos centenares de metros más al noreste, donde los corrales parecían calles con almendros destinadas al cultivo.

También pudimos ver, ya desde el camino que nos alejaba de este lugar, un chozo de pastor. Por supuesto, las vistas al valle de Valdenebro también eran espectaculares.

Siguiendo desde el páramo la forma del valle del arroyo del Caballo y gozando de luminosas vistas, visitamos la fuente de la Empedrada, para luego acercarnos a Palacios de Campos donde nos detuvimos para ver diferentes palomares –unos reconstruidos, otros en ruina-, un chozo de era con su pozo, diversas casetas de era, la charca del pueblo, la fuente del camino de Belmonte y el humilladero.

Luego, la subida al Moclín, que da nombre a la famosa batalla en la que españoles e ingleses fueron derrotados por los franceses. A campo traviesa –sin problemas, desde el pico del Moclín fue cuesta abajo- llegamos al camino de la fuente de la Cañuela en la que nos refrescamos, pues ya empieza a hacer calor.  Siguiendo la cuesta abajo por un excelente camino, acabamos en la fuente de la Loba, totalmente perdida en una alameda en medio de campos de labor, no lejos del río Sequillo. Parada y fonda.

Y ya que estábamos de fuentes, nos acercamos a la del Cañico, junto al cementerio de Medina de Rioseco. Muy cerca sale el camino de la fuente de la Tierra, y allá fuimos. Debió de quedarse aislada al construirse el canal de Macías Picavea –que ahora, por cierto, va enterrado- y la vemos cubierta de maleza. Pero tiene agua y un excepcional frontal de piedra de sillería que cierra una gran arca.

Otro descansillo en Medina de Rioseco y tomamos la carretera general para ver las arcas –contabilizamos cuatro- o aljibes que hay frente al matadero, en medio de un sembrado. A pesar de la fortaleza de la bóveda de piedra que las cubre, están medio derruidas, y ya sin agua. Debió ser esto un monte o prado y gracias a las arcas podía abrevar el ganado.

Un camino nos acercó a Valdenebro, pero antes de llegar bebimos del agua de la fuente de tres caños (también tiene amplio abrevadero y pilón para lavar) para acertar con la pequeña cuesta –a un lado y a otro palomares- de entrada al pueblo.

El valle del Hornija

1 octubre, 2011

El río Hornija nace en La Mudarra y muere en el Duero, cerca de Villaguer. Recorre algo más de 50 km, todos por la provincia de Valladolid y toma sus aguas de fuentes y arroyos del páramo de los Torozos. Es una de esas grietas que se abren en el páramo, dándole frescura y haciendo una inmensa planicie fracturada.

Vamos a recorrer sus primeros kilómetros, esos en los que su valle está siempre verde, aun en los peores momentos del verano más seco. Lo vemos salpicado de mimbreras y chopos, con las rocas de color rosa del páramo que se asoman, curiosas, a contemplarlo. Es un río en el que no falta el rumor del agua y el canto de los pájaros. También se dejan caer por sus prados y matorrales –no es difícil verlos- gamos, jabalíes y zorros.  Excelente lugar para perderse… y para dar un paseo en bici o andando.

Torre, Peñaflor, la Mudarra

Tres localidades se levantan en la primera parte del Valle del Hornija. La primera es La Mudarra, que se encuentra en el mismo ras del páramo. Lo mejor aquí es dar un paseo por el Hornija niño, sus muchas fuentes y abrevaderos, prados, sauces y choperas. Pocos pueblos poseen tantos y tan caudalosos manantiales.

Peñaflor, por su parte, se encuentra en un mirador, en un cabezo, sobre el valle. Nada mejor que dar un paseo por el borde para contemplar el valle desde diferentes puntos de vista. A vista de pájaro veremos las hileras de chopos, palomares, y las tierras de labor, como divididas en mil pedazos.

Y Torrelobatón, sobre un teso en medio de los valles de Hornija y Ontanija, que aquí se juntan. Si Peñaflor se encuentra donde el Valle empieza a abrirse, Torre está donde termina definitivamente de abrirse. Sólo le queda al valle recorrer un breve camino entre suaves caídas del páramo para llegar a Vega de Valdetronco, donde se pierde en la llanura. En Torre todo el mundo ve el castillo de los Comuneros, pero hay otras cosas que merecen también la pena. Por ejemplo, las muchas casas blasonadas; la plaza del Ayuntamiento, porticada y con un arco; la alberca vieja y otras fuentes; la arruinada iglesia de San Pedro que con sus altas columnas y arcos apuntados debió ser tan hermosa como esbelta. Hoy se cae poco a poco.  Y la iglesia de Santa María, aun viva, de peculiares arcos de medio punto que van de la cabecera a los pies conformando tres airosas naves.

De manera que La Mudarra, Peñaflor y Torre forman parte del paisaje del Valle e incluso puede  decirse que lo completan y perfeccionan.

Corrales y cañadas

El valle lo atravesaba un concurrido ramal de la cañada leonesa oriental. Venía de Medina de Rioseco y aparecía a la altura de la fuente de Umayor: siguiendo por el canto derecho, bajaba al valle para subir de seguido al páramo de  y bajar de nuevo a Torre. Ya se ve que los pastos del valle estaban vetados al os merinos, y que les hacían subir y bajar de los páramos. Claro que así también podían abrevar en el Hornija. Luego, se dirigía hacia Tordesillas en línea más o menos recta.

Muy cerca del Vallejo de Umayor vemos unos viejísimo corrales –piedra ennegrecida por el paso del tiempo- con un sencillo chozo en el centro. Antaño, los pastores no dejaban la majada en todo el verano.  En el arroyo de la Reguera vemos un curioso y amplio corral: tapia alta de piedra coronada por  una especie de vertiente a dos aguas. Es una construcción poco común por aquí, y no sé si sirvió para huerta –un arroyo lame la tapia-  o para recogida de ganado. ¿La vertiente es por razones de conservación? ¿O para evitar asaltos de los lobos?

Restos de corrales, algunos con pozos y abrevaderos, los vemos por los páramos contiguos.

Molinos y palomares

El Hornija era –es- un río con abundante agua, razón por la cual se llenó de molinos harineros. Podemos verlos todavía en Torre (estuvo funcionando hasta hace poco, restaurado) o en La Mudarra, donde confluye el arroyo del Gorgojón (el molino utilizaba el agua de las dos corrientes). Cerca de Umayor, en una intrincada alameda con dificultad llegamos a un viejo batán.

Bajo Peñaflor distinguimos varios palomares en buen estado que adornan el Valle. Pero también los veremos en las cercanías de La Mudarra y de Torre.

 Fuentes, navas y manantiales

El valle lo formaron sus fuentes y manantiales. Y muchos de ellos aun se encuentran vivos. La Mudarra se asienta en la mismas fuentes que dan luz al Hornija, y conforme bajamos junto al río distinguiremos más. Todas con agua. Y numerosos manantiales que surgen en ese lugar que vemos excepcionalmente verde, lleno de juncos.

Una de las fuentes más famosas es la de la Salud, en la carretera que sube desde Peñaflor a la Espina. Su chorro es generoso. De la de Umayor queda el abrevadero, pues ha sido captada para consumo. Se la oye fluir con fuerza en su caseta.  Y si bien bajo Torrelobatón no hay fuentes, en sus alrededores –sobre todo hacia el Sur- no faltan.

Y en el páramo que queda entre Torre y Peñaflor, al Este del Hornija, se suele formar dos inmensas laguna en momentos de lluvia abundante y persistente, pues el páramo no es rasante, sino en forma de nava. Todo un espectáculo digno de verse.

Poco antes de llegar a Torre recibe las aguas del arroyo Antanal que viene de San Pelayo y se surte de una de las fuentes mas caudalosas de toda la provincia. Y es que en las interioridades de la paramera existe verdadero embalse de regulación natural.

Miradores

Conforme se va abriendo, el valle muestra toda su belleza. Tal vez lo mejor de Peñaflor sea la placita mirador al final de la calle del Sol, sobre las bodegas. La línea recta que aquí parece seguir el río hace que la vista pueda contemplar una gran extensión de valle. Pero no es el único lugar. Las rocas calizas entre el valle del Hornija y los arroyos de la Reguera y son sitios excepcionales para la contemplación. También son excelentes observatorios de aves. Cuando los buitres se acercan por estos lares, suelen acabar reposando en estas rocas, pues dominan un amplio panorama.

Aerogeneradores (!)

Hasta hace unos años, estos molinillos estaban en el monte San Lorenzo, pero últimamente han llegado hasta el canto del páramo para asomarse al Hornija. La cañada real leonesa, que atraviesa ríos, montes, ciudades y tierras de labor pasa ahora bajo estos gigantes. ¡Qué le vamos a  hacer! Una cosa es cierta: el Hornija ha perdido parte de su poesía…

Despedimos, por el momento, al Hornija y a su Valle. Tiempo habrá de acompañarle hasta Vega y luego hasta su desembocadura cerca de San Román