Los nobles corrales del Cerrato

El Cerrato es una tierra de ganados, especialmente ovino. Toda la comarca se encuentra atravesada por cañadas reales  –muchas merineras, que van de las sierras de Burgos a Extremadura-, cordeles y veredas; prácticamente todos los municipios tenían –tienen- sus propias cañadas para llevar los rebaños al monte o a los bebederos. Hoy todavía las podemos ver e incluso rodar. Lo mismo puede decirse de los corrales, corralizas y chozos, que abundan desperdigados por doquier.

Pero en la excursión de hoy –hecha en el mes de julio pasado- nos hemos topado con algo nada común: corrales cuyas tapias fueron, exagerando un poco, auténticas murallas; tenadas que fueron  casas bien acabadas con un amplio corral; chozos que fueron, exagerando otro poco, casi casas palaciegas.

Todo esto sucedía entre Tórtoles de Esgueva y Villafruela. Recorrimos, entre otros, los corrales de Los Serranos, del Monte, de la Pedraja, de la Senda de Antigüedad, del Cangrejo, de Lasauso… En todos ellos predominaban las tapias anchas de piedra bien colocada, puertas con dinteles en piedra tallada, con restos de casetas relativamente dignas para pasar la noche y los calores de la estación…  Parece que aquí los pastores y zagales vivieran mejor que en la zona occidental de la región cerrateña. Pero nunca se sabe.

También cruzamos por dos veces la cañada real burgalesa, plagada de corrales, vadeamos el arroyo del Cerrato y pudimos entrar en la curiosa caseta de la Hermenegilda, que parecía haber estado habitada recientemente, pues poseía, en sus antiguos pesebres, televisión (?) y ordenador (!!), además de otras comodidades no tan modernas.

Especialmente agradable fue el paseo por el monte de Salce y, a continuación, por el valle del arroyo de Valdesalce. Aquí, el trayecto seguido.

Tres provincias, una comarca

Encinas de Esgueva, por su situación en la zona central del Cerrato y a orillas del Esgueva, es un buen punto para muchas excursiones por la comarca. Además, se encuentra casi a un tiro de piedra de las provincias de Burgos y Palencia. Tal vez por todo eso hemos salido de aquí en el recorrido de hoy.

Siguiendo la cañada de Guzmán –que a media ladera cuenta con un bue abrevadero- hemos subido al páramo. La primera parada, en el cerral: no sólo para tomar resuello, también para contemplar el paisaje que abre el arroyo del Pozo, con las torres de Canillas en segundo plano y el valle Esgueva de telonero.

Subida por la cañada de Guzmán. Al fondo, Encinas.

Luego, como buenamente hemos podido, se ha intentado seguir la vía pecuaria, a veces rota por los sembrados. No encontramos la fuente del Hombro pero nos sorprendieron unos corrales –chozo incluido- cerca de los Pozuelos. Enseguida, la cañada entra en Burgos, en una zona donde son muy abundantes las cercas con piedra bien colocada. No parecen sólo de corrales, sino que también separan propiedades o sostienen laderas y bancales. El paisaje aquí es llano, si bien sobresale el cerro del Otero, tal vez el segundo punto más alto de la provincia de Valladolid, después del Cuchillejo.

Corrales

Pasamos junto a la caudalosa fuente de Valcavadillo, bien conocida, que arroja dos generosos chorros. Después, giramos hacia el norte por la vereda del camino real de Peñafiel a Burgos. Tampoco encontramos la fuente del Pozarón pero sí pasamos junto a unos viejos corrales en uso, bien protegidos por una alta cerca de piedras rematada con alambre de espino. Después, miramos un antiguo mapa que llama a estos corrales nuevos. Ya se ve que, en esta vida, todo es relativo.

Camino con almendro

Y llegamos a la zona conocida como el Enebrillo, en la que se abren valles, se ondulan los campos, aparecen montículos y aparecen, como desprendidas, grandes piedras calizas. Se rompe, por tanto, con la llanura llanura del páramo, lo que da al paisaje una belleza diferente. Y nos encontramos con dos fuentes que ¡manan agua!, cumpliendo, por tanto, con su función. Son la fuente de la Carrasca, casi en medio de un sembrado, sin ninguna protección, y la fuente del Espinar, protegida por lo que pretende ser una rústica y sencilla arca de piedras. Entre ambas, unos corrales relativamente bien conservados con un chozo que luce una puerta amplia y bien adintelada.

Corral en uso

Nos dejamos caer por un hermoso valle entre laderas de yeso, robledales con encinas, alamedas con humedales, prados, cabezos y portillos. Zonas que fueron de pastoreo, pues abundan las cañadas, los corrales e incluso pasamos por un lugar denominado el Salegar, donde precisamente se daba sal al ganado. Al fin, aparecemos frente a Tórtoles y recorremos tres kilómetros por el valle del Esgueva.

En el valle Esgueva

Vuelta a subir al páramo. En un recodo del camino, la fuente Blanca, con abundante agua. No así la fuente Vilanos, que ha desaparecido. Ya se ve que las fuentes cuidadas dan agua y las demás pueden perderse. Arriba estamos a 944 m, otra vez en la paramera. Pero por poco tiempo: después de ver –de lejos- el original corral de Andalobera, circular, bajamos hacia el barco de Fuentequeril para, enseguida, caer hacia Castrillo de don Juan –Palencia- por una ladera cubierta de pinares por la que que cruzan una manada de corzos.

Caseta. Encinas

De Castrillo a Encinas tomamos una buena pista por el valle. Almendros que esperan el primer respiro del invierno para florecer, nogales desnudos, pinos, tapias de piedra, viñedo, alguna encina, hacen el trayecto distinto y nada aburrido. Ya estamos de vuelta.

El recorrido (32 km), aquí.

 

Isarrubia, Corrales, Curiel…

(Viene de la entrada anterior)

Del circo u hondonada del Jaramiel nos fuimos a la fuente de Isarrubia –paraje bien conocido por otras excursiones- y, además de beber agua, visitamos los restos de la iglesia del despoblado, rodeados de pequeñas plantaciones de almendros. Aquí nace el arroyo del Concejo, luego Valdesanllorente, finalmente del Aguachal o Madre y a morir en el Duero. Conste que movió molinos. Pero no seguimos su cauce (que merece la pena), sino que, por el páramo rodamos hasta la fuente de Valdemoral: a su lado, enormes bloques de piedras que se desprenden del cerral y un chozo de pastor con el corral asfixiado por un zarzal nos dice que estamos en Corrales (de Duero).

Ladera en Valdemoral

Corrales, en el valle del Cuco

Descendemos por este  precioso vallejo donde se mezclan los montes de roble con los campos de cultivo y,  donde recibe al valle de San Pedro, paramos a contemplar un rebaño de ovejas, unos nogales plantados en medio de un campo de cultivo y una cantera. La cantera es de una especie de arenisca curiosa, que se va desprendiendo de la ladera conforme se deshace la base de arena y grava sobre la que se asienta.

En la «cantera»

Una fuente nos recibió en la localidad de Corrales. A continuación subimos a la ermita de San Antonio, que ofrece una vista sobre el pueblo. Las laderas presentan sorprendentes muros que sostuvieran bancales, hoy perdidos. En una casa de la calle de las Parras vivieron dos vecinos -Francisco López y Gumersindo López-  durante más de cien años cada uno; en la de al lado, igualmente, una vecina, Agustina Requejo. ¿Habrá muchos centenarios más? ¿Qué tendrá el aire de este pueblo de tan humilde nombre? En la iglesia, una portada románica nos habla de la antigüedad del lugar, y es que, además, perteneció a la Villa y Tierra de Curiel.

Asomada desde Castilla a la Extremadura

De nuevo al páramo, ahora por la fuente de Honsequilla, con sus pilones y balsa en la ladera enciniega que ofrece vistas del valle. Dejamos al sur el monte de San, seguramente el más extenso y tupido de esta pequeña comarca, en la que hay un poco de todo lo bueno, para acercarnos al llano de la Canal y asomarnos sobre Bocos, con su caserío y su castillo. Y tras él, entre la neblina del mediodía, se vislumbra el castillo de Peñafiel.  Aquí recordamos aquel refrán:

Harto buen castillo sería Peñafiel

Si no tuviera a ojo el de Curiel.

Curiel y Peñafiel

¡Pues nosotros tenemos a ojo a los dos!: ambos en lugares estratégicos de difícil acceso; ambos vigilando su Villa y Tierra o, tal vez, como dos gallitos que se vigilan mutuamente… En cualquier caso la rivalidad, si la hubo, ha quedado en algún repliegue de la historia. Pero en medio permanece el Duero -que separó Castilla de la Extremadura- como testigo de la Historia.

Desde la Revisca

Nos alejamos del cerral salvando hondonadas y pequeñas crestas, pues por aquí el páramo es muy diferente a lo habitual, no cae en directo al valle sino que tiene como dos alturas o niveles, y  nos asomamos en la Revisca al amplio valle del arroyo de San Pedro que viene de Roturas, y a Pesquera, donde termina en el Duero. Muchos puntos se hacen visibles en la distancia, destacando la ermita de Nuestra Señora de Rubialejos. Enfrente, el pico de Luyas.

Finalmente, entre el pico del Cujón y una gran balsa de riego, nos dejamos caer entre majuelos a Pesquera de Duero, fin del trayecto.

Páramo de los Infantes

El Cerrato se asoma al valle del Pisuerga por el páramo de los Infantes, que se encuentra entre Valoria la Buena y Cevico de la Torre. Desde su extremo oeste se puede contemplar todo este amplio valle, 175 metros más abajo que es, tal vez, la diferencia de altura más notable en nuestra provincia. Antaño este páramo fue monte de encinas y robles y monte bajo, y estuvo dedicado al pastoreo; hoy se han realizado extensas plantaciones de pino carrasco a la vez que se han roturado terrenos para tierras de labor. El suelo, ciertamente, es bueno aunque abunda la piedra caliza de mediano y pequeño tamaño.

Salimos de Valoria para rodear el páramo por el oeste. Muy arriba se distingue la ermita de la Virgen de la Paz y nos acercamos a la falda, cubierta de pinos. Seguimos hasta el Montecillo y el Toroalto, dos mogotes deprendidos del páramo, el primero pequeño y calvo y el segundo más elevado y cubierto por un pinar. En este último nos acercamos a fuente Amarga, que todavía mana agua. Finalmente, subimos por un camino en zigzag relativamente cómodo al páramo de los Infantes. A nuestros pies vemos Dueñas y, más al fondo, la ciudad de Palencia.

Tierras inclinadas en el valle, junto a fuente Amarga

Ya en el páramo nos acercamos a los corrales que –según los mapas- se encuentran en el borde del barco de Valoria pero de ellos ya no queda nada: toda esta zona, antes cubierta de monte bajo, ha sido levantada –incluyendo corralizas- y roturada para destinarla al cultivo de cereal. Luego, volviendo hacia el oeste, nos acercamos a otros corrales que se levantan, junto a una cabaña cerrada, en un claro del pinar. Después, buscamos los corrales de Pica, perdidos y estrangulados por el pinar carrasqueño; solo encontramos piedras amontonadas entre las que nos pareció distinguir los restos de un chozo. Así, enfilamos hacia el este sin salir del pinar. Una pareja de corzos nos mira y se aleja tranquilamente. Abunda la piedra caliza de tamaño mediano, no sé si son restos de viejos corrales o fueron levantadas para la repoblación forestal.

En el borde del páramo

Aquí sobrecoge la soledad. Nadie cultivando el terreno, nadie pastoreando ganado. Tampoco quedan ya construcciones ganaderas, y las cañadas han sido recortadas, o han desaparecido. Como compañeros del ciclista, sólo algún conejo, algún corzo, algún milano, además de las aves terreras, que parecen cantar al buen tiempo. Y el viento. Y el sol: hoy, 17 de febrero manga y pantalón corto, primer día de primavera que quiere llegar antes de tiempo.

Del pinar pasamos al monte bajo con algunas encinas y robles. Nos detenemos en los corrales del Espino, que han sido reconstruidos, incluyendo su amplio y precioso chozo. Se encuentran en una ligera vaguada que es el comienzo del barco de la Mazuela.

Corrales del Espino

¡Qué asombrosos son los caminos de estos paramillos cerrateños! Huyen de la uniformidad del páramo raso, pues cuentan con ligeras ondulaciones y, sobre todo, con encinas y robles salteados a los que se ha respetado porque, a cambio, sirven para amontonar a su alrededor, en buenos majanos, las piedras retiradas de los campos de cultivo. En algunos casos, la superficie para este fin se amplía y se juntan ordenados montones de piedra –parecen muros auténticos- con carrascas y otros arbustos… Es como navegar por un mar lleno de pequeñas islas e inofensivas olas.

Al extremo, nos asomamos a Cevico de la Torre y, al ver el valle y sus caseríos, desaparece la sensación de soledad. Las laderas aquí, son agrestes, con caliza descarnada. Curiosamente, un viejo camino sube como abriendo un surco en la misma piedra. Tal vez una antigua calzada.

Robles

Pero volvemos hacia el este, ahora por el cerral hasta el barco de los Poyatos donde, inclinados en plena ladera y aprovechando un pliegue en la falda del páramo, descubrimos el corral y chozo de Sacristán. Se conservan relativamente bien, pues el chozo está casi completo y practicable y, frente a él, los dos corrales de cuyo vallado se levanta todavía firme. Tal vez por lo alejado y escondido del lugar se mantiene todo en relativo buen estado. Más alejados, como perdidos en las laderas, nos parece verlos restos de otros corrales. Es un paraje especialmente bello y agradable, donde la hierba nos acoge y el barco nos protege, a pesar de que están orientados hacia el norte.

Chozo de Sacristán

De nuevo en el páramo, nos plantamos en los corrales de Revillamajano. Antaño llegaba hasta aquí una cañada desde el valle que seguía hacia el interior del páramo. Hoy los corrales, o lo que queda de ellos, son una isla en tierras de labor. Pero debieron ser importantes. De los chozos que aquí se levantaron no queda ya nada.

Restos de un colmenar

Nos metemos, cuesta abajo, por las laderas de la Mazuela para subir enseguida por la carretera de Cubillas a Cevico, carretera por la que nunca pasa nadie, al menos nunca lo vimos. Por el barco de los Borregos nos vamos a bordear los pinares del Condutero y de allí nos dirigimos a seguir el cauce del arroyo Valdedueñas. Paramos para contemplar los restos de un típico colmenar cerrateño, que debió ser sencillo y hermoso -¡qué pena tanta desolación!- y acabamos donde empezamos, en Valoria. Aquí podéis ver el trayecto.

Por el Cerrato, alrededores de Vertavillo

De nuevo el Cerrato. La verdad es que cuando Tierra de Campos o de Medina están de un color pardo tristón -lo que es normal en invierno- el Cerrato ofrece una hermosa estampa, mucho más viva, de manera que casi nunca defrauda. El intenso verde de las encinas, el naranja oscuro de los robles que siguen manteniendo su hoja, el blanco de las laderas… unidos a los pardos del terreno en reposo, a la viveza de los valles que verdeguean y a los azules y grises del cielo, hacen del invierno cerrateño una estación ideal para rodarla, si es que se pueden rodar las estaciones.

A eso hemos de añadir otros objetos que le dan un toque humano al paisaje: colmenares, corrales, chozos, fuentes, casetos, hitos y molinos. Y cuando estás entra las onduladas laderas, no es difícil toparse visualmente con lo más alto de la torre de la iglesia de algún pueblo. Todo esto además de las muchas cañadas, pues siempre fue una comarca eminentemente ganadera.

Laderas

Esta fue una excursión corta pero intensa. En la primera parte, ascendimos al páramo por el valle del arroyo de los Arroyuelos, nombra que sin duda hace referencia a abundancia de agua. Enseguida descubrimos un viejo pero no muy abandonado colmenar, con sus huecos para alojar colmenas que habían estado hasta hace poco en uso. Ya se sabe: miel, queso y gato, del Cerrato. A mitad de valle, paramos en la fuente de la Reina. Se oía manar abundante agua. Pero la fuente propiamente dicha se encontraba tapada por un denso juncal. Seguimos por el valle, que se fue cerrando hasta adentrarnos en un denso robledal. Muy por encima, los cerrales de yeso parecían vigilarnos. Enseguida nos encontramos con los corrales y chozo de Valdepozo, bien protegidos del norte por la ladera. El chozo se encuentra separado y los corrales debieron ser importantes, a juzgar por los restos que vemos.

Fuente de la Tiñosa

Todavía nos quedaba una última sorpresa en el valle: la fuente de la Tiñosa. Bueno, el nombre de la fuente no lo sé, pero está muy próxima a los corrales del mismo nombre que, a su vez, reciben el nombre del páramo que está al norte. Se trata de una fuente de un buen pozo que rebosa, del mismo tipo que la del Valle del Horno, pero mucho más sencilla. Estaba seca.

Al llegar al páramo pusimos rumbo a Vertavillo, si bien nos paramos al iniciar la cuesta abajo para contemplar, al fondo, el pueblo y, delante del caserío, la ermita del Santo Cristo.

Chozo de Morato

A continuación, subimos al páramo de Arriba. Se trata de un páramo angosto y largo, de esos que abundan en el Cerrato. Al norte, Valdecuriel y al sur el valle del arroyo Madrazo; podías elegir vista al rodar. Los primeros kilómetros discurrieron entre tierras de cultivo, pero al poco el paisaje se volvió una mezcla entre montaraz y agrícola. En los corrales del Títere pudimos ver la lucha entre un chozo y una encina. Estará claro que, en pleno siglo XXI, acabará ganando la encina. Los corrales no están construidos sin ton ni son: las tapias de piedra son extraordinariamente anchas, para las esquinas suelen usarse piedras próximas a la cantería y los chozos suelen tener contramuro, a modo de cincho. Después pasamos por los corrales del Lego, con su chozo desmochado. Finalmente, el chozo de Morato había sido despojado de su primera capa de piedras pero ahí seguía, capeando el temporal. ¿Por cuánto tiempo?

Aviso para navegantes: hay muchos caminos que no vienen en el mapa y están en la realidad, y otros muchos que aparecen en los mapas pero no existen sobre el terreno. Supongo que habrán cambiado últimamente y no se ha recogido en las últimas ediciones. Por eso, si habitualmente nos metemos a campo traviesa, esta vez lo hemos hecho un poco más de la cuenta, especialmente en el monte de Valdelobos donde, al parecer, todo ha cambiado. También hemos echado en falta algunas fuentes nombradas en el mapa: o han desaparecido o bien no estaban bien señaladas. Y alguna, como la de la Tiñosa, no figuraba en los mapas a pesar de su excelente porte.

Por Valdelobos

Por Valdecuriel también abundaban los corrales, algunos prácticamente sepultados entre los encinares. Este valle nos lleva hasta Castrillo de Onielo, pero no entramos en esta localidad que perteneciera a doña Eilo y que se asienta sobre una colina; subimos y bajamos hasta aparecer de nuevo por Vertavillo, donde hicimos un alto para contemplar sus palomares. Protegidos por el páramo de Abajo, llegamos al molino de Alba. ¡Todavía conserva el rodezno con su eje en el cárcavo! Pudimos ver la balsa, el almacén y otras dependencias. No aguantará mucho tiempo más, a pesar de la excelente piedra de cantería que se ha utilizado en este ingenio…

Aquí, la ruta.

El molino

…y de Corrales de Duero

(Viene de la entrada anterior)

Dejamos Curiel por el camino real de Burgos, o por lo que queda de él. Antaño debió de ser una vía bastante transitada: venía de Peñafiel y, por Curiel y San Llorente se dirigía hacia Roa. Este valle conserva, a pesar de la sequía, frescor y humedad. Al poco de salir nos encontramos con otra fuente que derrama un hilillo de agua que se acaba por escapar entre las rendijas del abrevadero. Y desde la que se contempla una bella estampa de Curiel. Un poco más allá vemos cómo gotea otro manantial y, ya en el borde del páramo, una zona de juncos y zarzas denota que cerca hay agua, aunque no la llegamos a ver.

Rodamos ya por la llanura del páramo, de tierra pobre que no se deja ver debido a la abundancia de cantos calizos. Al fondo destacan las copas de los altos pobos de la fuente de Isarrubia, pero no llegaremos a ella. Nos paramos a contemplar de cerca los curiosos majanos de esta comarca, cuyas piedras se encuentran colocadas en orden y acompañadas de pequeñas encinas.

Chozo cerca de la fuente de san Bartolomé

Poco antes de llegar a la fuente del Valle, giramos hacia la fuente de San Bartolomé o del Congosto. Espectacular. No pensé que podía brotar, a estas alturas de un año tan año, tanta agua en una fuente tan cercana al ras del páramo. Pero allí estaba, dando a luz entre la piedra caliza un auténtico arroyo. Antaño, si bebías a bocos aquí, te podías atragantar con un cangrejo, de tantos que hubo. O eso nos dijo un corraliego que andaba de paseo por los alrededores del pueblo. La fuente se encuentra limpia y con la caseta y abrevaderos recientemente restaurados, y el lugar es como un amplio circo que se abre en la ladera, donde te puedes sentar a contemplar el valle.

Fuente de San Bartolomé

Por cierto, en ese valle, en la ladera de enfrente se levanta un curioso chozo de pastor. Curioso porque la planta es cuadrada para luego alzarse en forma circular. La puerta se abre en una esquina y posee un ventanuco al norte. Hoy está en un campo de girasoles, antaño debio ser monte todo esto, como la ladera de la fuente.

Subimos desde la fuente hasta el monte de San Llorente: es de robles y encinas de tamaño mediano. En algunos claros, cultivos de plantas aromáticas. Vemos chozos y corralizas y algunos colmenares. La piedra caliza aflora por todas partes en bogales, en grandes piezas o pequeñas que se aprovechan para construir muretes que antaño delimitaban el monte. Es un lugar alejado de las poblaciones, por lo que puede escucharse fácilmente la paz que aquí aun sobrevive. Hacia el este hay una buena asomada al valle del Cuco.

En el monte de San Llorente

Bajando hacia Corrales nos sorprende la fuente de Honsequilla –Juansequilla para otros- con dos pilones, nunca echó un gran chorro, pero se podía beber del hilo que surgía y los pilones estaban bien llenos. Al otro lado del camino ha llenado una pequeña balsa que sirvió para regar una huertecilla. Hoy quedan algunos morales y nogales; el lugar se encuentra protegido por la ladera y una cortina de encinas.

Las Pinzas 206
Fuente de Honsequilla

Y ya sólo nos queda que dejarnos caer hasta Corrales de Duero. La vuelta –que también puede hacerse por el páramo- la hicimos por el valle del Cuco, para disfrutar contemplando laderas de monte, prados y alamedas del arroyo Madre, y la peculiar arquitectura popular de estos pueblos que antaño se unieron bajo la cabeza de Curiel. En Bocos salimos al valle del Duero para pasar de nuevo –esta vez por debajo- junto a las enhiestas Pinzas que, con el permiso del castillo de Peñafiel,  dominan esta ancha vega.