Posts Tagged ‘corralizas’

Cresteando

23 abril, 2019

El Cerrato tiene su encanto y su misterio. Tal vez por eso algunos volvemos una y otra vez. Además es amplio y variado: cada valle, cada rebarco, cada cerrato oculta una sorpresa, como si poseyera algo propio y distinto. El Cerrato atrae. Es un mundo de subidas y bajadas, de huecos y cimas, en medio de la ancha llanura castellana.

Cevico de la Torre se asienta en una cuesta, en un espolón de un páramo. Un páramo que muere -o nace, quién sabe- allí mismo y, tras más de 20 km de lengua, hacia el este, acaba unido a un páramo más ancho y extenso. Es el que hemos seguido esta vez. Si Unamuno decía que todo el páramo es una inmensa cima, cuando caminamos por una paramera estrecha y alargada estamos, sin duda, cresteando en medio de Castilla. Y eso solo se puede hacer en el Cerrato, donde abundan las crestas.

Siguiendo el camino por el páramo

Hemos ascendido desde el núcleo del pueblo para pasar junto a las casas-cueva, numerosas en la comarca, usadas en otro tiempo, para rodear el cerro cónico del Castillo y asomarnos al Balcón de Pilatos, que hoy deberíamos llamar más bien de las antenas. ¡Así son los tiempos! Desde allí tenemos una hermosa vista del pueblo y de sus valles.

Seguimos rodando. A nuestros pies se abren los dos valles sobre los que, verdaderamente, volamos. Al sur, el del arroyo Maderano y al norte el del Rabanillo. Curiosa sensación. Tan curiosa como posible y casi vulgar, en el Cerrato. Trozos o tiras de tierra de labor, sembrados de cereal o plantas forrajeras; es el tono verde. Monte de encina y roble; es el tono pastoril. Sobre el yeso, aulagas de viva flor amarilla, tamarillas del mismo color, lechetreznas verdes, elegantes collejones morados; ofrecen el tono primaveral, tímido todavía en estas elevadas cimas.

Collejón

Pero lo que abunda de manera especial son las corralizas y los chozos de pastor, que certifica a las claras la dedicación de esta comarca desde tiempo inmemorial. Muchos de ellos están en medio de las tierras de labor, aislados, lo que quiere decir que antaño estos campos no lo eran, eran montes dedicados a pastos. Así, van pasando los corrales de Maricio y de Tacona, de la Isabelilla y de Martín, todos con sus chozos o cabañas en pésimo estado, casi desaparecidos. Volatilizados, y eso que son de dura piedra. En el páramo de Valdegerite nos encontramos con un chozo en perfecto estado, o casi. El de Hijón está mal pero los corrales de la Paloma bien. En todo caso, dominan las ruinas por franca goleada.

En la Paloma

A los 3 o 4 km de salir nos topamos con el portillo de Renedo, con una bajada de 50 m. y su correspondiente subida e, inmediatamente el camino desaparece (!) durante un kilómetro aproximadamente. Literalmente se lo han comido. ¡Estas épocas nuestras, que devoran caminos y corrales….!

En fin, poco más diremos. Si alguien sigue esta ruta podrá disfrutar de una navegación de altura. El caso es que, poco después de pasar por los corrales de la Paloma, giramos hacia el norte para descender enseguida por el valle esculpido por el arroyo Rabanillo. Naturalmente, conforme descendíamos, el valle se iba ensanchando y en sus laderas más altas y más inclinadas- se refugiaban los quejigos que empezaban a verdear, sobre todo en la falda sur.

En la Virgen del Valle

Y así fuimos cayendo hasta el puente de Esguevillas y la ermita de la Virgen del Valle, que se levanta sobre una suave cotarra, donde el valle se ensancha aun más. Es un edificio muy remozado con una agradable y pequeña pradera alrededor.

Y después de visitar Valle de Cerrato, continuamos valle abajo hasta Cevico. El cielo había estado gris, sosteniendo lluvias, con algo de viento y buena temperatura. Hemos rodado casi 45 km, algunos a campo traviesa por desaparición de caminos. He aquí el trayecto seguido.

Caseta de era. Valle de Cerrato.

Algunos corrales en el páramo sur de Fombellida (y 2)

3 septiembre, 2016

27 julio 062

Desde Fombellida los ganados accedían al páramo del sur por distintas cañadas o, por mejor decir, coladas. La primera y más utilizada –hoy es también el camino más usual y con mejor firme- es la de la Nava, luego, en dirección al este vienen: la de los Vallejos, pues llega a tres distintas colas o nacimientos de arroyos, la de Valdoma, que cuenta con algún manantial en la subida y se acaba justo al llegar al páramo, si bien antes continuaba hasta los corrales de Valdoma y la de Santa María, que sube por el vallejo divisorio con Canillas.

Los corrales de Valdoma siguen parcialmente en pie en las Hoyadas, a escasos metros del vallejo por el que sube la colada. Se encuentran rodeados de tierras destinadas al cereal, lo que indica que antes no todos sus alrededores eran puramente agrícolas. Desde ellos divisamos el paisaje de este peculiar páramo, con sus quejigos y encinas que señalan lindes y caminos.

En las Viñas

En el Hogazo

Al comienzo de la caída de la cuesta de la Vela, a pocos metros del camino de San Llorente, se esconden unos humildes corrales. Asentados en el último escalón de su valle o cuesta, no levantan casi del ras del páramo, por lo que pasan desapercibidos. Además, son de ese color gris oscuro que les hace confundirse con el resto de las piedras de la comarca. Distinguimos, a duras penas, chozo de lo que parece un montón de piedras. Ahí siguen, desafiando al olvido. ¿Cuántos años más?

No es que sea muy definitdo este mapa, pero da una idea de la situación de estas construcciones pastoriles

No es que sea muy definitdo este mapa, pero da una idea de la situación de estas construcciones pastoriles

Al comienzo del valle de Valendero, que cae hacia Torre de Esgueva vemos dos grupos de corrales. El de la izquierda conserva muy bien dos de sus vallados; no se distingue ningún chozo, pero pudo haberlo. El de la derecha, bien metido en las tierras de labor está reducido a un puro montón de piedras, pero podemos ver la entrada al chozo que hubo, sólo la entrada.

Desde el corral de Matacaderas, en el cerral del páramo, se contempla una bonita imagen de Torre. Fueron grandes estos corrales, pero ya están totalmente arruinados. O sea, ruina de ruinas.

Torre desde Matacaderas

Torre desde Matacaderas

No situamos por un momento en el término de Torre. A escasos metros de la raya de Fombellida para ver los corrales de Las Viñas, en un picón sobre el Valle Esgueva desde el que se vuelve a contemplar Torre. Mantienen un chozo en buen estado. Y a 300 m al sur, en un valle que se abre hacia Castroverde, que vemos al fondo, tenemos los restos de otras corralizas. Tuvieron chozo: una puertecilla abierta en un muro circular lo confirma.

Caño

En el barco del Caño

Otro chozo no muy derruido lo vemos en los corrales del Hogazo, a la vera de la colada de la Nava. Muy cerca, en el barco del Caño tenemos un curioso corral de planta cuadrangular, también en buen estado de conservación. Lo de curioso lo digo porque es el único de esta forma en la zona (hay otro similar en el páramo del norte). Está, además, en una suave ladera junto al camino, cerca de un bosque de robles. Desde aquí mismo vemos otros corrales, en el inicio del barco, bien protegidos por la ladera y los robles, que podríamos denominar de la Mañera, por el lugar en que se encuentran. Tuvieron al menos dos chozos.

En el barco del Caño

En la Mañera

Y, para finalizar, citaremos los corrales de la Isilla, en una llanura del páramo cuando éste va a caer por el barco de San Antonio hacia el arroyo del Charcón. Con robles alrededor son, seguramente, los más extensos del término. Con la ayuda de Google Maps hemos contado más de 30 departamentos o corrales menores en los que está dividido. Tiene también un chozo de buen porte.

En el valle, junto a la colada de Santa María

En el valle, junto a la colada de Santa María

Curiosamente, abajo, en el mismo valle del Esgueva, Fombellida posee un chozo, justo al lado de la colada de Santa María, cuando ésta inicia la ascensión al páramo.

Estos son algunos de los corrales al sur de la localidad. Más adelante, en otra entrada, procuraremos hablar de los que se levantan en el páramo del norte, que no son pocos.

 

Corrales del Dragón

28 enero, 2011

El domingo pasado –viento fuerte y helado del NE- era el día ideal para navegar viento en popa. Dicho y hecho: a Venta de Baños en tren para volver a Pucela rodando. No es la primera vez.

Después de parar junto al Pisuerga en el puente , tomamos la cañada real Burgalesa -uno de sus muchos ramales- al poco de salir de Tariego por la carretera de Cevico de la Torre; está señalada y aun conserva buena parte de su trazado.

Primera sorpresa: los corrales del Dragón, junto a la cañada, ya en el término de Cevico. Curiosísimos. Un chozo de buen porte, con entrada desde el exterior de los corrales, y otro dentro del recinto, de peculiar construcción que consta de dos chozos circulares unidos mediante una galería o corredor, todo en piedra caliza, claro. La puerta, alta y hacia el sur, con un hueco  encima para iluminar el recinto. Ni al entrar ni al circular dentro es preciso agacharse. Lo del Dragón debe ser porque la disposición de este chozo recuerda esa figura (la puerta, la boca; el corredor, el cuello fuerte; el chozo-cámara, el cuerpo; las piedras, las grandes escamas, y está como agazapado esperando caer sobre una supuesta presa…). Después de ver centenares de chozos en esta comarca y en las limítrofes, ninguno como éste. Más bien, nos trae a la memoria la planta del sepulcro de los Zumacales en Simancas y otras construcciones megalíticas españolas. Se encuentra sobre el páramo, cerca del cerral.  Es una pena, pues está empezando a caerse. El dueño (?) o el ayuntamiento de Cevico deberían conservar esta joya y declararlo monumento pastoril. O algo así.

Cerca, sobre el mismo páramo, pudimos ver otros dos chozos, el primero a doscientos metros de la cañada, antes de salir del término de Tariego y en ruinas, y el segundo en el pico del Águila, antes de descender al valle, en buen estado y con el corral en uso.

El resto del viaje tuvo menos sorpresas: bajada por un despeñadero al valle de Cevico, subida entre robles al páramo de los Infantes, charcos helados, descenso entre el Condutero y la Mambla, visita a la iglesia ¡de planta exagonal y recién restaurada! de Valoria la Buena, que estaba abierta por ser domingo; bocadillo en las peñas de Gozón viendo sobrevolar halcones a nuestros pies y rodada rápida por la sirga del canal hasta Valladolid. ¡Brrr qué frío!

 

El domingo pasado –viento fuerte y helado del NE- era el día ideal para navegar viento en popa. Dicho y hecho: a Venta de Baños en tren para volver a Pucela rodando.

 

Después de para junto al Pisuerga en el puente de Tariego, tomamos la cañada real burgalesa, que aun conserva buena parte de su trazado. (se coge en la carretera de Cevico de la Torre).

 

Primera sorpresa: los corrales del Dragón, junto a la cañada, ya en el término de Cevico. Curiosísimos. Un chozo de buen porte, con entrada desde el exterior de los corrales, y otro dentro del recinto, de peculiar construcción que consta de dos chozos unidos mediante una galería o corredor, todo en piedra caliza, claro. La puerta, alta y hacia el sur, con una especie de hueco o ventana encima para iluminar el recinto. Ni al entrar ni al circular por el interior es preciso agacharse. Lo del Dragón debe ser porque la disposición de este chozo recuerda la figura de un dragón (la puerta, la boca; el corredor, el cuello fuerte; el chozo-cámara, el cuerpo; las piedras, las grandes escamas, y está como agazapado esperando caer sobre su presa…). Después de ver centenares de chozos en esta comarca y en las próximas, ninguno como éste. Más bien, nos trae a la memoria la planta de los Zumacales en Simancas y de otras construcciones megalíticas españolas. Se encuentra sobre el páramo, cerca del cerral  Es una pena, pues está empezando a caerse. El dueño (?) o el ayuntamiento de Cevico debería conservar esta joya y declararlo monumento pastoril. O algo así.

 

El domingo pasado –viento fuerte y helado del NE- era el día ideal para navegar viento en popa. Dicho y hecho: a Venta de Baños en tren para volver a Pucela rodando.

Después de para junto al Pisuerga en el puente de Tariego, tomamos la cañada real burgalesa, que aun conserva buena parte de su trazado. (se coge en la carretera de Cevico de la Torre).

Primera sorpresa: los corrales del Dragón, junto a la cañada, ya en el término de Cevico. Curiosísimos. Un chozo de buen porte, con entrada desde el exterior de los corrales, y otro dentro del recinto, de peculiar construcción que consta de dos chozos unidos mediante una galería o corredor, todo en piedra caliza, claro. La puerta, alta y hacia el sur, con una especie de hueco o ventana encima para iluminar el recinto. Ni al entrar ni al circular por el interior es preciso agacharse. Lo del Dragón debe ser porque la disposición de este chozo recuerda la figura de un dragón (la puerta, la boca; el corredor, el cuello fuerte; el chozo-cámara, el cuerpo; las piedras, las grandes escamas, y está como agazapado esperando caer sobre su presa…). Después de ver centenares de chozos en esta comarca y en las próximas, ninguno como éste. Más bien, nos trae a la memoria la planta de los Zumacales en Simancas y de otras construcciones megalíticas españolas. Se encuentra sobre el páramo, cerca del cerral  Es una pena, pues está empezando a caerse. El dueño (?) o el ayuntamiento de Cevico debería conservar esta joya y declararlo monumento pastoril. O algo así.

Cerca, sobre el mismo páramo, pudimos ver otros dos chozos, el primero a doscientos metros de la cañada, antes de salir del término Tariego y en ruinas, y el segundo en el pico del Águila, antes de descender al valle y con el corral en uso.

El resto del viaje tuvo menos sorpresas: bajada en directo al valle de Cevico, subida al entre robles al páramo de los Infantes, descenso entre el Condutero y la Mambla, visita a la iglesia ¡de planta exagonal y recién restaurada! de Valoria la Buena, que estaba abierta por ser domingo; bocadillo en los altos de Gozón viendo sobrevolar halcones a nuestros pies y rodada rápida por la sirga del canal hasta Valladolid. ¡Brrr qué frío!

Cerca, sobre el mismo páramo, pudimos ver otros dos chozos, el primero a doscientos metros de la cañada, antes de salir del término Tariego y en ruinas, y el segundo en el pico del Águila, antes de descender al valle y con el corral en uso.

 

El resto del viaje tuvo menos sorpresas: bajada en directo al valle de Cevico, subida al entre robles al páramo de los Infantes, descenso entre el Condutero y la Mambla, visita a la iglesia ¡de planta exagonal y recién restaurada! de Valoria la Buena, que estaba abierta por ser domingo; bocadillo en los altos de Gozón viendo sobrevolar halcones a nuestros pies y rodada rápida por la sirga del canal hasta Valladolid. ¡Brrr qué frío!

Cruzando el Duratón

29 julio, 2010

Después de abastecernos y descansar en Canalejas de Peñafiel -aquí se puede probar un estupendísimo bacalao con tomate- seguimos nuestro camino bordenado el barranco del Olmar. Poco antes de descender hacia Rábano vemos una fuente que unas veces tiene agua y otras no.

¡Qué bajada tan directa! Todo lo contrario que el cauce del río Duratón, que forma continuas curvas y meandros, como si no quisiera allegarse a Peñafiel y luego al Duero, donde desemboca y muere. Un precioso puente de madera -cosa rara, este tipo de puentes de nuestra provincia- cruza el río y en sus proximidades bien podemos pegarnos un baño. (La foto es especialmente refrescante ahora, pues se tomó en invierno).

Subimos al páramo hasta el llano de Valdazón y nos vamos hacia Peñafiel, que está en dirección Norte. La brisa de la paramera seca los sudores de la cuesta.  Suaves ondulaciones, pequeñas subidas y bajadas, corralizas y restos de chozos, majanos y algún arbol solitario, y el cielo, nos acompañan hasta que, en lontananza, divisamos el castillo de Peñafiel, que se muestra de mil maneras diferentes, todas originales y desconocidas si estamos acostumbrados a verlo desde el pueblo o desde la carretera.

Fin de trayecto. Un vinito cerca del Coso recompensa y humedece las secas fauces de los ciclistas.

Nota: la última foto está sacada cuando todavía funcionaba la azucarera. No es un incendio.

Sorpresa (grata) en Dueñas

20 noviembre, 2009

No una vez, ni dos, sino bastantes más, hemos ido en bici hasta Dueñas para volver en tren. Sobre todo cuando el viento sopla fuerte del Suroeste, como el pasado domingo. El tiempo.es amenazaba con 26 km/h, y seguramente hizo más, pues contra esa dirección las bicicletas tendían a quedarse paradas o… recular.

¿Qué mejor que ir a Dueñas con la tranquilidad de disponer de un tren que devuelva bicis y ciclistas? Son muchos los caminos que conducen de Valladolid a Dueñas: por el Canal de Castilla, por la orilla izquierda del Pisuerga entre cortados y cerros, por los páramos del Cerrato, por el de Torozos… Pero hay un lugar especial que conviene conocer, un lugar donde uno se pierde con facilidad que, a la vez, es ideal para perderse. El sitio a que nos referimos es el Monte de la Villa, buena extensión de encinas y robles en pleno páramo de Torozos. Los robles y encinas no son tan viejos y corpulentos como en el Monte el Viejo, pero el bosque es tupido e intrincado. Mas… no hay que asustarse, que también existen senderos bien señalizados.

Tiempo habrá para hablar de las muchas virtudes que esconde este monte: hoy sólo nos referiremos a sus corralizas y chozos de pastor, pues Dueñas conserva un buen número de ellos, algunos perfectamente remozados.Incluso en este término municipal los vemos en el valle del Pisuerga, en su orilla izquierda, cerca de la ermita de Onecha.

Aunque ya conocíamos muchos de sus chozos, el domingo descubrimos al menos uno más, que se encuentra en uno de sus vallejos, un tanto alejado del monte propiamente dicho. Está en Valdelgada, al Noreste de la torre del telégrafo y a los pies de Sobrepeña. Tiene un perfil simpático y peculiar que muestra dos cuerpos diferenciados: uno primero  que se levanta como un metro desde el suelo, más ancho y vertical, y el segundo, más fino, que empieza a cerrarse en cúpula. Se distinguen varios corrales, uno de ellos literalmente repleto -no se puede pasar- de escambrones, que ya de por sí son intrincados (¡y pinchan!).Junto a él surge un pequeño arroyo. Se ve que los escambrones aprovechan su frescor.

No lejos está el chozo de Rascaviejas,a un lado de la carretera o pista que va -y no llega- a Quintanilla de Trigueros. Justo al otro lado, un viejo pozo con sus abrevaderos.

Siguiendo hacia el monte por el camino ascendente de Matalobos nos plantamos en los corrales de Diez, con su chozo en estado ruinoso. ¡Qué lugar tan increíble!: por un momento estamos olvidados entre carrascas, suave hierba, el cielo y un amplio valle. Sólo se escucha roce del viento con las recias hojas de encina.

Alrededor de este ancho vallejo, con abundante tierra de labrantío, tenemos los corrales de la Cabañona con su majestuoso chozo perfectamente restaurado,y otros muchos corrales y chozos en diferente estado: de Ramos, Valdeazada,los de Cercadillo un poco más al Este. Por cierto, que si bien unos se encuentran perfectamente conservados, de otros, como es el chozo de Ramos, sólo vemos la primera hilera de piedra que lo sustentó, pues ha quedado perfectamente (!) desmochado.

Y entre otros que también han sido restaurados está el de Rojolanilla, junto a la fuente del Postigo. Pero de momento vale. En una próxima entrada prometemos hablar de los chozos de la zona Norte,tenadas, las Dos Hermanas, las caleras, y otros encantos escondidos en el Monte de la Villa. Con su correspondiente mapa.

¡Qué paisaje para perderse! ¡Qué laberinto de encinas!

Lobos y pastores del Cerrato

10 mayo, 2009

Torre de Esgueva
El Cerrato ha sido siempre una comarca pastoril. Antaño no estaban cultivados los páramos, por lo que sus extensiones de monte servían de pasto a los ganados. Aun podemos ver abundantes corrales, con sus diferentes establos para las ovejas, chozos para los pastores y pozos para abrevar. Además, precisamente por la abundancia de monte -monte de carrascas, encinas y robles- y vericuetos de todo tipo, era también terreno abonado para los lobos. Hoy día ha ganado terreno la agricultura -es un suelo feraz: suave y húmedo- y se han batido en retirada no sólo los lobos, también los pastores y sus rebaños.
Pero algo queda de todo eso: siempre veremos algún pastor con sus perros con carlancas para hacer frente a alguno de los últimos lobos que todavía sobreviven en estos lugares.

Corrales de Blas

Al subir desde Torre de Esgueva y atravesar el páramo llegamos a los corrales de Blas, con más de doce corralizas que en su momento estuvieron perfectamente acondicionadas para recoger por la noche al ganado. También vemos dos chozos en franco proceso de ruina y un pozo sin brocal, con la boca a ras de tierra. Desde aquí contemplamos bien el paisaje típico del Cerrato: vallejos, estrechos lomos de páramo, cultivos a franjas, monte de carrascas….

La siguiente estación será el monte de la Dehesa, ya en territorio de Hérmedes y que ocupa todo un cerratillo. Es de encinas jóvenes con algún roble y ¡una sabina! (al menos) Los cantos del paramo ofrecen hermosas vistas a los arroyos que lo han moldeado.

Hacia la Dehesa

Ahora el camino nos lleva por subidas y bajadas, pasando junto a chozos de pastor y corralizas -siempre en ruinas-, almendros, montes, tierras de labor, algunas fuente y, siempre, amplios paisajes. Así es el Cerrato.

Por fin, después de cruzar un monte de encina y otro de pino de repoblación, llegaremos a Hérmedes, donde paramos  un momento junto a la iglesia, pues hay una fuente semi escondida. También hay que acercarse hasta la ermita de la Virgen de la Era. Aunque esté cerrada, a través de las mirillas podremos contemplar, además de la talla de la Virgen, un arco mozárabe: ¡qué vieja la historia de este hermoso lugar! Hermoso porque se asienta en el tajo creado por un vallejo, y posee arroyo, prados, palomares, manantiales, alamedas, árboles frutales…

Cerrato