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Pinar del Llano de San Marugán

1 febrero, 2010

El Pinar de San Marugán -o del Llano de San Marugán- se encuentra al sur del término municipal de Portillo, limitando con los términos de Aldea de San Miguel por el Oeste, Megeces y Cogeces de Íscar al Sur y San Miguel del Arroyo al Este.

Ocupa unos 7 km2 de páramo y linda con otros pinares de Portillo que caen por la ladera hacia el valle del arroyo Mesegar.


Lo primero que nos llama la atención es que se asienta sobre un páramo de piedra caliza que aflora en numerosos puntos del pinar, y especialmente en los cantos. Casi no encontraremos la típica arena que constituye el suelo de la mayoría de nuestros pinares. No obstante, el pinar del valle -aviso para rodadores- es muy arenoso. Lo segundo a resaltar es que abundan los pinos, sí, es un pinar. Pero también los robles, las encinas, las sabinas y los enebros, de modo que realmente es un monte mixto. Y ya está descrito en lo esencial. Además, se encuentra surcado por numerosos caminos y senderos que dan la sensación de llevarnos po un bosque de montaña, debido a la variedad de arbolado y matorral, y a la hojarasca de roble que vamos hollando.


Recomendamos tomar una camino que sale a la izquierda de la carretera que va de Arrabal de Portillo a Cogeces. Primero nos cruzaremos algunas tierras de labor, hileras de almendros, luego nos conducirá por una arenal, si bien a ratos el firme parece mejorar. Veremos los restos de unas viejas corralizas a la derecha, que nos indican el sendero a tomar, por Cuestalava, y en un santiamén nos sitúa arriba, ya en el Llano.
Nos vamos hacia la izquierda para contemplar el valle del arroyo Mesegar, con la silueta de Portillo al fondo. También distinguimos, a la izquierda y lejana, la torre de la iglesia de Aldeamayor. Y la plantación de chopos donde estuviera la laguna del Toro, desecada hace unos años.

Lo mejor es seguir un camino que no se aleja demasiado del cerral y que en ocasiones tiene hijuelas o senderillos que nos llevan a espectaculares miradores. Enseguida vemos el valle del arroyo del Henar, con las laderas que suben al Riscal, donde se asienta el único sabinar de la provincia. El canto del páramo se confunde con la cañada real Leonesa Oriental, que baja hacia el valle justo donde éste se ensancha.
Un poco más allá vemos la amplia vega del Cega, especialmente ensanchada por el recibimiento de los arroyos del Henar, Valseca y del Valle, con Cogeces al fondo y diferentes laderas donde distinguimos también una enorme cantera. Arenosas tierras de labor, caminos rectilíneos, grandes pinos y pinarillos…
Hasta que descubrimos un excelente lugar para estudiar un poco de historia natural: el canto muestra sus vetas y estratos en perfecta alternancia -caliza y tierra marrón- así como las mil formas escultóricas que el agua ha modelado sobre la caliza, despojándola de parte de sus entrañas. Se trata de fenómenos kársticos que producen lapiaces con pequeños canales, nidos de abeja, y otras esculturas. También han influído el viento y la arena.

Al fin llegamos al área recreativa de San Marugán, con balconadas al valle. Podemos seguir por el borde para descubrir, ya al otro lado de la carretera, los cortados y despeñaderos que se siguen formando, con grandes bloques  de caliza que se van desprendiendo y que a veces quedan como enganchados o colgados. Un peculiar cañón. Abajo, la línea de chopos que guarda al Cega, y las localidades de Cogeces de Íscar y Megeces. Al fondo, la sierra nevada. Y espacios profundos -arriba, abajo, de frente- y perfectos para contemplar la navegación de las aves.
La vuelta podemos hacerla por el límite del pinar con la tierra de labor que también posee este páramo. Distinguimos al Noroeste la ermita de San Cristóbal. Si tomamos un camino que sale a la izquierda bajaríamos por Aldea de San Miguel. En caso contrario, la senda que llevamos nos conduce a la carretera.

Y, ya cuesta abajo por la carretera, junto a un buen camino a la izquierda vemos los restos de la fuente Vallejo, con un banco que mira hacia Portillo en medio del terreno roturado.

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Una fuente en el cortado

27 julio, 2009

Cabezón de Pisuerga -o de Cerrato, que también lleva ese apellido- siempre depara sorpresas. Es uno de los pocos lugares de la provincia donde vemos las tripas del páramo.  (Por dentro, el páramo parace una tarta debido a los estratos yeso y margas).

Cabezón tiene una serie de senderos y rutas perfectamente señaladas para facilitar que el caminante conozca mejor sus parajes. Uno de estos es el sendero de la Vecilla. Podemos tomarlo en la zona alta de las bodegas, al lado del depósito de agua.

Puente

Conforme ascendemos, vemos con agrado que la localidad ha conservado su aire de siempre, a pasar de las nuevas oconstrucciones: dentro del mar de casas  sobresale la parte más elevada de la iglesia y su torre, como si fuera un vaquero pastoreando el rebaño.  Al poco, un estrecho sendero nos introduce en plena ladera del páramo. Pasamos por herbazales verdes incluso en verano, salpicados de bosquetes de encina y pino.

Pero enseguida tenemos que pararnos, pues se nos presentan continuas y agradables balconadas para contemplar el paisaje del valle, esto es, del ancho río que se presenta pegado a nuestra ladera, con el puente medieval -en cuesta pero pecfectamente equilibrado-, las alamedas, el pueblo y la vega que sube de forma suave y casi imperceptible hasta el páramo de los Torozos…

A nuestras espaldas descubrimos, por un momento, una zona de cortado donde distinguimos la tarta interior. Y, ya sin esperar hollar ningún sendero, nos dirigimos cuesta arriba hasta ese pequeño cortado que esconde ¡una fuente!

En realidad es un manantial que durante la mayor parte del año encontramos seco por mor de los cambios que artificialmente hemos introducido en la aguas subterráneas las últimas décadas. El paisaje cambia y, por un momento, la ladera se hace vertical -cortada- y casi horizontal -para albergar por un momento la fuente. Al lado debió haber una huertecilla, pues además de los típicos chopos de zonas húmedas vemos también almendros, algún nogal y otros frutales.

Cortado

Pero las sorpresas de esta paisaje no acaban aquí. Solo diremos que podríamos subir al pico o cabezo -que bautiza la localidad- de Altamira, donde antaño se levantara un castillo, a contemplar las anchuras de Castilla, o seguir nuestra senda hacia los cortados que se caen más al Norte, o dar una vuelta en barca, o contemplar los restos de las casas cueva de la ladera, o…