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Los cortes de los Cortados

14 marzo, 2020

Hemos paseado muchas veces por los cortados de Gozón, en el término municipal de San Martín de Valvení. Se puede acceder a ellos bien desde San Martín o bien desde Cabezón de Pisuerga. Esta vez fuimos desde esta última localidad, pasando por el puente una tranquila mañana de -todavía- invierno. Las aguas del Pisuerga estaban como la mañana y reflejaban sin mayores ondas los arcos del puente. Todo estaba en orden, en paz.

Y todo estaba verde, salvo los árboles, que aún no habían echado la hoja. Por eso se ve tan bien el “hilo” del sendero junto al río y los cortados (todavía de Cabezón). Ahí estábamos a la sombra, hacía fresco y los cantiles, sombreados, no ofrecían su típico aspecto de tarta o pastel recién cortados.

¡Qué verdad encierra esa frase de que uno nunca se baña dos veces en el mismo río! Ni pasa nunca por el mismo sitio. Por ejemplo, después de haber cruzado montones de veces junto a este humilde almendro, nunca nos habíamos encontrado con un prado. O bien la ladera estaba sembrada de cereal, o bien era una rastrojera. Pero ahora es una auténtica pradera que brilla con el sol de invierno.

Y llegamos a los cortados de Gozón. Parece como si hubiera habido algún desprendimiento últimamente, a juzgar por los bloques de arcilla despanzurrados unos metros más abajo. Lo cierto es que el río, lento pero seguro, continúa con su trabajo de socavar el páramo. Y la tierra del páramo va cediendo. Muy lentamente. Muy poco a poco.

¡Que agradable -y fuerte- sensación la de rodar junto al precipicio! Y la de pararse y contemplar el soto de la orilla derecha también merece la pena, y suele ir unida a la de observar las aves desde arriba. Tal como ellas suelen observarnos a nosotros. Para eso hay que acercarse aquí. Por cierto, esta vez nos pasó por encima un bando de seis o siete avutardas. Nunca las habíamos visto por estos territorios y volando tan alto. Al fondo, la iglesia de Cigales con sus dos torres.

Justo aquí, sobre estos cortados, en otros tiempo colina, hubo un pueblo. Se ven perfectamente cimientos o paredes de piedra a un lado y a otro de estas grandes hendiduras, gracias a las cuales han salido a la luz. Pero el río no lo respetó. El corte que vemos en primer plano parece que se ha separado un poco mas en los últimos quince años. Sin embargo, el corte que está más allá, a la altura del ciclista, parece no haberse movido, o lo ha hecho muy poco.

Luego nos fuimos por carretera hasta el puente de Valoria la Buena para volver por la orilla derecha. Aquí tienes una entrada anterior, de cuando hicimos el mismo trayecto pero en sentido contrario.

El molino de Pereda

28 octubre, 2014

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Seguimos la ruta de la entrada anterior. Superado el puente de Valoria, tomamos el primer camino a la derecha y comenzamos la vuelta por la orilla izquierda del Pisuerga. En un majuelo vendimiado nos paramos a rebuscar: ¡qué dulces están las uvas!

Granja Quiñones

Cruzamos la granja Muedra porque nuestro objetivo es la granja Quiñones. La tercera en discordia sería la granja San Andrés, pero esa queda más lejos, valle arriba. Se trata de una de las antiguas localidades de Valvení, ya en la misma orilla del río Pisuerga. Antaño estuvo bien poblada, pues se han encontrado tumbas y restos de cerámica medieval. Poseía también aceñas harineras, el molino de Pereda: el edificio de molienda está destrozado por dentro, si bien por fuera mantiene la estructura tradicional de los molinos. La presa fue reventada por el río en el centro, donde más fuerte es la corriente. Por eso, la parte cercana a la orilla está bien conservada, lo que ahora nos sirve al menos para conocer la estructura de estas construcciones tradicionales. Aunque no por mucho tiemo, pues los árboles acaban destrozándola.

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Y por encima de la presa funcionaba una barca que daba servicio al camino de Corcos a San Martín, tal era el movimiento en este poblado. Ahora hay demasiada paz, sólo rota por los ladridos de dos perros que guardan los aperos de labranza de los agricultores que aun trabajan aquí.

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Lo mejor de todo son, sin duda, las proximidades del río, que aquí se ensancha por mor de la aceña, al querer dirigir la presa precisamente el agua a su molino: una pequeña laguna se forma aguas abajo, cerca de la aceña, rodeada de espadañas y, no muy lejos, el amplio río va recuperando la fuerza de su corriente después de la caída. Ideal para pescar, pegarse un baño o, simplemente, estar. No falta hierba ni árboles. Además, aquí viene a desembocar, entre rápidos y sauces, el arroyo de Valdencina. Madoz cita en este lugar barbos, truchas y anguilas; hoy sólo quedan los primeros.

Otra vez los cortados

Para terminar la excursión y ver el recorrido desde las nubes, ponemos rumbo a los cortados de Gozón, de sobra conocidos pero que no cansan ni defraudan. Como están a kilómetro y medio, llegamos enseguida y los encontramos como siempre: con gigantescas grietas que proclaman un inminente y terrible desplome. Pero no hay forma, no se caen. Bueno, algún día tendrán que derrumbarse, como ha venido ocurriendo a lo largo de los siglos. Lo que pasa es que los grandes derrumbes se producen muy de tarde en tarde. Lo mejor es el panorama que nos ofrecen en su cumbre: Palazuelos, Aguilarejo, el Soto, la vega de la Barca, la granja Quiñones, todo de un golpe de vista. Y Dueñas, y Cigales, y…

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Finalmente, nos acercamos por la ribera hasta la presa de Aguilarejo, que por este lado conserva mucho de su antiguo encanto y, después de hacer algún que otro equilibrio por el sendero de los últimos cortados, llegamos a Cabezón. Nos recibe -tan luminoso que parece levantado ayer- el viejo puente.

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De puente a puente: vegas y sotos

25 octubre, 2014

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De puente a puente, o del soto a los cortados, o del monasterio de Palazuelos a la granja Quiñones, o… Y es que la vega del Pisuerga está llena de atractivos para el paseante de a pie o de a rueda. Además, ahora que estamos en otoño, las riberas ofrecen ese matiz ocre propio de la estación y que adorna los paisajes. Salimos de Cabezón por la orilla derecha del Pisuerga para volver, cruzando por el puente de Valoria, por la izquierda. Un paseo de 25 km.

Palazuelos

Santa María de Palazuelos fue la iglesia de un monasterio que ahora está en franca recuperación, al menos para usos civiles. De hecho cuando pasamos el domingo había una exposición denominada Grecos. Al lado, un pequeño y apacible cementerio; más allá, la pradera ¡qué verde ahora! de la granja Palazuelos y, un poco más adelante, una pequeña alameda que delata una laguna. Seca por el momento.

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Aguilarejo

Este lugar tiene un castillo moderno, pero todo aquí es historia, salvo el rebaño de ovejas. ¡Qué patio tan amplio y delicado, con una escultura de Virgen en medio y casas sencillas alrededor! Hoy está cerrado, pero antaño pasábamos por aquí para merendar o pescar en la ribera: había playas, lugares de pesca y una fuente. Pero eso es historia: las riberas ha sido en buena parte levantadas para colocar una pequeña centralita eléctrica.

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Pero Aguilarejo –o Palazuelos El Viejo, según reza la leyenda del otro edificio- es más que eso y aguas arriba de la presa cuenta con deliciosas riberas en las que casi se hace de noche en verano por lo tupido del arbolado. Ahora, la hierba estaba de un intenso verde brillante, como recién estrenada, los árboles comenzaban a amarillear y algunas plantas parecían revivir después de un sofocante verano. El lugar, digno del paraíso: descubrimos una lápida rota y sucia por el paso del tiempo, en la que uno de los antiguos dueños había labrado aquella estrofa del Poeta que dice

 Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando
con sola su figura,
vestidos los dejó de su hermosura

 Pues sí, el lugar es digno de tales versos. Un poco más abajo, desde otro prado salpicado de álamos y fresnos, disfrutamos del paisaje de los terrosos Cortados, vistos desde abajo y con el Pisuerga por medio.

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Vega de la Barca

La vega de la Barca (de la barca de Pereda), ahora plantada de maíz, es abrazada por el siguiente meandro. Suponemos que dentro se esconden numerosos jabalíes. Los terrenos cercanos al camino tenían las señales de abundantes hozadas. En la bifurcación, la fuente de Villavelasco con varios caños y exuberante vegetación. Cerca, más chopos amarillos.

Otro meandro, en el que bordeamos la Dehesa de los Santos que se encuentra cercada, para llegar al puente de Valoria, donde nos quedamos por el momento superada la primera mitad de la excursión. Dejamos la otra mitad para la entrada siguiente

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Peñas de Gozón

22 marzo, 2010

Hemos llegado a San Martín de Valvení: su valle, que le protege, es benigno y acogedor. Podemos imaginarlo hace unos siglos: un pequeño castillo en un suave promontorio, en el centro. Alrededor, se vive y trabaja en pequeñas granjas: granja Hernani -por la que hemos pasado-; granja Quiñones en la orilla del río; granja Muedra en la vega fértil; granja San Andrés,en la cabecera del valle, donde estuviera el primitivo monasterio que luego se trasladó a Palazuelo. San Martín tiene también amplios bosques de quejigo y encina, algunos robles viejos y corpulentos, como el roblón del valle de San Juan; fuentes esparcidas en las diferentes laderas; corrales y chozos de pastor; varias ermitas en ruinas; una aceña y… ¡hasta una cueva! en las laderas de la cuesta Añadida!

Pero como nuestro objetivo era descansar y seguir camino, dejamos todo este mundo  para otra ocasión, que no se va a mover de aquí y seguimos nuestro itinerario. Nos topamos con las faraónicas obras del AVE -están agujereando el páramo para que lo cruce cómodamente- y nos asomamos al Pisuerga en la Peñas de Gozón.
Ya hemos comentado algo sobre este impresionante barranco en la entrada de los cortados, una de las más vistas, por cierto, de este blog. Por eso, bien podemos detenernos un ratillo para contemplar el paisaje y… el tiempo pasado.

Vemos cómo el río arremete contra la pared descarnada del páramo y, poco a poco, la tira y hace que se desprendan grandes peñascos, que no son de piedra o roca, sino de tierra apelmazada por durante millones de años. Gracias a esto, desde un poco más abajo podemos ver la estructura de las diferentes capas del páramo: aunque mejor las observaríamos desde la orilla de enfrente.Parece una gran tarta con varias franjas. Los estratos de más arriba, blancos, son de margas yesíferas; debajo de éstos, vemos las arcillas marrones y, más abajo, margas blancas y grises.

Entre nuestras peñas y la granja Quiñones, en la orilla del Pisuerga, se extiende un fértil campo cultivado. Pero hace poco menos de 2.000 años, era, al parecer, una gran ciudad o villa romana, si bien antes fue vaccea y luego persistió durante parte de la edad media, pues se han hallado restos de enterramientos. O sea, que este lugar hoy tranquilo y apacible fue muy dinámico en otras épocas. En el mismo borde de la peña ya vimos que ha quedado al descubierto una pared de piedra gracias a la gran grieta que, con su empuje, ha provocado el Pisuerga.

Al otro lado del río se extiende la vega de Aguilarejo, con prados, fresnos y robles. Y más allá,el amplio valle del Pisuerga. Hacia el Norte alcanzamos a ver incluso la torre de Tariego, de donde venimos. El lugar también es excepcional para seguir el vuelo de las aves… ¡por encima de ellas!

Ojo con pasar entre las peñas y el río. Hay un senderillo que hemos utilizado alguna vez sin bicis y ciertamente, impresionaba un poco comprobar la abundancia de peñas desprendidas. Eso sí, no eran grandes trozos. Aunque a esas velocidades de caída…

El resto de nuestra ruta discurre a media ladera, pasando bajos otros cortados, hasta que llegamos a las cercanías de Cabezón, donde nos acercamos al canal de Castilla para seguir, ahora tranquilamente paseando, por la parva de la ría. Hasta que, contentos y cansados, llegamos a casa.

Ver también: Cortados de Cabezón y San Martín

Cortados del Cega

26 enero, 2010


¡Que agradable es pasear entre el pinar y la ribera del río! Es lo que intenté anteayer pero no fue tan agradable como lo que en un principio pensaba. Y no  por la lluvia (suave) ni por el frío, que se había retirado a pesar de estar en pleno mes de enero.
Resulta que también la ribera del Cega se encuentra tomada por los moteros, y donde hace poco había un sendero firme junto al cauce, ahora hay un verdadero arenal aun en épocas lluviosas como la presente. De manera que doy el aviso a navegantes en bici. Aunque sólo recorrí desde Mojados hasta el puente del Compasquillo por la orilla izquierda, me dio la impresión de que el resto -las dos riberas hasta Viana- estaba igual.


Pero con paciencia, plato pequeño y piñones grandes pude hacer el camino admirando las riberas y con el Cega caudaloso y fuerte como no suele. Sin prisa fuimos comtemplando esa mezcla de  sauces y chopos entre negrales y piñoneros, playas de arena fina o pinos a punto de tirarse al río. Aunque los cortados del Eresma por Hornillos y del Adaja entre Olmedo y Ataquines son  más espectaculares, los del Cega son ciertamente muy interesantes y, en todo caso, facilitan un amplio panorama sobre la corriente y sus orillas. De manera especial queda encajonado al llegar al Cardiel, situación aprovechada por un molino -ahora centralita- para el correspondiente salto.

De Renedo a Peñalba

27 junio, 2008

Los campos están desconocidos:

ya ha entrado el verano y casi todo sigue verde. Únicamente las cebadas –y no todas- empiezan a lucir el característico dorado de la siega. Bueno, de la siega y de la cosecha, que ahora va todo junto.

Los trigos, siempre más tardíos, lucen su verde apagado. Las laderas y perdidos están cubiertos de hierbas de verde brillante. Incluso los caminos, salvo que sean de firme compacto, parece que han desaparecido, pues diferentes matas han surgido con fuerza en las orillas y en el centro, llenando las roderas y dificultando la marcha al caminante o ciclista.

camino que desaparece entre la hierba

Si vamos por el páramo, lo verde silvestre se adorna de puntos rojos de amapolas, blancos de lino, azul de salvias y amarillo de tamarillas. Todo un espectáculo que no todos los años se deja ver con tanto esplendor.

Al subir al páramo desde Renedo o Castronuevo contemplamos el valle Esgueva lleno de colorido y como dormido en neblina. Enseguida cruzamos entre un pequeño y alegre encinar que surge en el inicio de un vallejo. En cualquier otro momento veríamos alguna liebre o perdiz, pues tienden a refugiarse aquí, pero ahora, con tanta vegetación es poco menos que imposible descubrirlas, salvo que estemos a punto de pisarlas.

La bajada a Villabáñez es memorable: su inmensa iglesia parroquial emerge sobre una mota, en medio del pueblo. Parece una gallina y sus polluelos. Y, al oeste, el humilladero. Más allá, la mambla de amables curvas.

El Duero en Peñalba

De Villabáñez un camino que tiende a convertirse en sendero nos conduce hasta el río. Pasa junto a los cortados de peña blanca -¿vemos el halcón que aquí anida?- y, tras una chopera y un prado, llegamos a Peñalba, apacible pueblecito en el que al menos habita un pastor con su rebaño.

Además de descubrir las ruinas del viejo puente, conviene pasear por la ribera aguas arriba hasta la curva del Duero, en las cercanías de una centralita eléctrica.

Por unos instantes, en Peñalba nos olvidamos del mundo en que vivimos.