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Con bozal por las cañadas

23 mayo, 2020

La oveja Martina salió risueña de su redil el jueves 21 de mayo a primera hora de la mañana. Tomó la vereda del Bebedero del río y empezó a observar algo extraño, que nunca le había ocurrido a pesar de estar como estaban en tiempos de pandemia global: todas las ovejas con las que se cruzaba llevaban bozal y todas, indefectiblemente, se apartaban de ella unos metros en el momento mismo del cruce. ¿Qué está ocurriendo? Hoy, como todos los días, me he duchado, peinado y perfumado… No he dormido mal. Tampoco he comido ajo o cebolla. ¿Me habré vuelto vieja y fea de repente? No sé. Después de abrevar volveré sobre mis pezuñas al aprisco para mirarme en el espejo.

Pero antes de entrar en el redil, su vecina Leandra baló:

–Bueeeeeeeenos días, Martina, peeeeeeero ¿cómo es que no lleeeevas bozal?

-¿Bozal? Si estoy sana, Leandra, no me afecta el polen y además, estamos en pleno campo o vereda que para el caso es lo mismo.

-¿Pero no sabías que nuestro Gran Carnero ha publicado en el BOE (Boletín Ovejuno del Establo) que desde hoy es obligatorio?

-(¡Glup! ¡Por eso me evitaban, ahora ya lo sé!)

Esto parece una fábula. Sin embargo, nada más cerca de la realidad. El Gran Sánchez ha conseguido convertir en apestados a quienes no siguen su Ley. El miércoles pasado todos circulaban sanos y nadie se alejaba de nadie. Hace dos día, el jueves, después de publicado un anuncio en el BOE (Boletín Oficial del Estado), todos se apartaban de todos… a no ser que estuvieras purificado legalmente por la mascarilla. Y lo peor es que nos seguimos creyendo libres. A este paso, me parece que sólo lo seremos en el campo…  si nos dejan.

Adiós a las penas de abril o el pastor imprudente

23 abril, 2020

Vi a la muerte bailar junto a mí,
pasé de cautivo a romper el redil,
de ser sombra a volver a vivir.
¡Adiós a las penas de abril!

Cañada de Extremadura. Medina del Campo, 23 de abril de 2016.

En un país muy lejano un pastor cuidaba un rebaño de ovejas. Los pastores de los campos cercanos le dijeron en pleno invierno: ten cuidado, que hay un lobo muy feroz por ahí y podría atacar nuestras ovejas en noches próximas. No le dio mayor importancia a este aviso, pues él estaba a lo suyo –no a lo del rebaño- y se divertía –más que trabajaba- con sus ovejas, a las que quitaba la lana antes de tiempo o les hacía circular por cordeles y veredas  excesivamente apretados, lo cual podría facilitar una posible acción del lobo.

Y, claro, al final del invierno se presentó el lobo, que acabó de una dentellada con las ovejas más viejas, que no tuvieron fuerza para salir corriendo y -para mayor comodidad de la fiera- estaban juntas. Pero el pastor, ahora sí, metió a todas las ovejas que quedaron vivas en un estrecho corral bien vigiladas por sus sabuesos –que no mastines-, sin comida fresca y sin ver más allá de la tapia. Además, sus zagales las monitorizaban –palabra moderna que nunca se había utilizado por la cuadrilla- para que ni soñando se escaparan del redil. Y así pasaron las semanas hasta ahora mismo, con un pastor feliz por haber tomado medidas durísimas y haberlas mantenido. Mientras, los pastores cercanos sacaron a sus rebaños a pastar sin problema, separadas, y dejando, eso sí, a las ovejas viejas bien protegidas y alimentadas en las tenadas.

El encierro se iba alargando y alargando y, al final, el rebaño de nuestro pastor se vio reducido notablemente, con numerosas bajas -sobre todo de corderos, que no crecían bien- y graves pérdidas de producción de leche, carne y lana, mientras que los vecinos aumentaron en número de cabezas y, sobre todo, en producción. Los dueños del ganado ya han anunciado que le pedirán cuentas, además, por saltarse a la torera los artículos 19 y 55 de la constitución (ovinal, naturalmente) pues las ovejas tienen derecho ¡faltaría más! a circular libremente por las cañadas y veredas del Reino desde los tiempos de Alfonso X El Sabio e incluso a manifestarse contra un posible pastor incumplidor e imprudente.

Y es que, un pastor (o un gobernante, que aquí aparece la moraleja del cuento) debe pensar en las ovejas –o en los ciudadanos- más que en lo bueno y guapo que es y lo bien que toca el caramillo, que eso ya lo damos por sentado.

Estos últimos días del mes, viendo la libertad próxima (¡pobres!), las ovejas consiguieron soñar un poco y balaban o cantaban esta canción: ¡Pasé de cautiva a romper el redil, adiós a las penas de abril! otras entonaban Pero ¿quién me ha robado el mes de abril? y las más bucólicas de todas, que ya es para una oveja, lo hacían con De momento abril. Claro que las más viejas que permanecían aún vivas no se apartaban de aquel En abril nació el amor, que oyeron el pasado milenio. Algunos cuentan que el pastor, al fin, llegó a ponerse nervioso pero no está claro si llegó a aprender la lección (!).

* * *

PS.- Habréis notado que (casi) he interrumpido la serie cuarentena para transmitiros este ejemplar y simpático cuento  que escuché ayer mismo (por teléfono, claro) de labios de un niño, hijo de un amigo… Por eso, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Yo solamente estoy esperando que Sánchez se digne permitirnos salir a ver la primavera para poder contarla y no tener que contar más cuentos.