Se hace sendero al rodar

He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.
(A .Machado)

 Uno tiene la impresión de que ha recorrido todos los caminos de la provincia y alrededores, lo cual no es cierto, pues siempre se descubre alguno nuevo, no pisado ni rodado, al margen de que los caminos cambian con los tiempos, las estaciones del año, la luz, el clima… y nunca son los mismos; es muy difícil –por no decir imposible- cruzar dos veces el mismo camino.

Además, ya lo dijo el poeta, que no hay camino, que se hace camino al andar.

Todo lo anterior debería bastar para dejarse llevar por esos caminos de Dios, o bien para seguir la estrella –el objetivo- al margen del camino que se tome. Pero no es así, y con frecuencia buscamos caminos, nuevos caminos. Parece como si el ansia de novedades también llegara a estos paisajes milenarios, que no lo necesitan para nada. Pero nosotros vivimos en la ciudad y descansamos en el campo, y la línea separadora es a veces muy sutil.

Sea como fuere, en esta excursión que nos llevó a los Torozos orientales, descubrimos nuevos caminos. Algunos –como la subida a la Sobrepeña– porque los hicimos sin esperar encontrar ni tan siquiera un sendero. Descubrimos restos de explotaciones de yeso, paredes construidas en piedra que sostuvieron antiguos bancales y, ya arriba, las típicas viseras de caliza que vuelan sobre huecos y que tarde o temprano rodaran por la ladera del cerro. Y el paisaje sobre los vallejos del páramo: además de sembrados, algunas corralizas y chozos de tiempos en los que la ganadería era más importante que ahora.

Poco después de bajar de la Sobrepeña, tomamos un sendero inesperado que nos condujo entre encinas por la Sepultura, en el mismo cerral, contemplando el valle mientras rodábamos, para llegar a los corrales de Ramos y ahí sí, ahí tomar un camino bien rodado y bajar cómodamente hasta el arroyo de Valdeazadas.

Volvimos a subir al páramo para contemplar algunos corrales más y tomar el largo camino del corral de Bruno. Acabamos en Cubillas de Santa Marta, donde habíamos empezado subiendo a los Altares para contemplar el pueblo.

Esta fue la vereda  abierta, de 23 km.

Primavera, aguas, toboganes y rasos

Ya sé que no estamos en primavera, pero la salida del pasado fin de semana transcurrió bajo un clima primaveral: nubes y claros, viento racheado, alguna aguarradilla, temperatura suave… ¡Felices de disfrutar en agosto de una excursión tan fresquita!

Lo del agua fue debido, en buena parte, a que los primeros 16 km rodamos por la sirga del Canal de Castilla, con esas aguas que suavizan la dureza de Castilla y su Tierra de Campos. Es una cinta verde –y húmeda, claro- que adorna los campos secos y cansados del verano. Aquí hay abundancia de arbolado y muchas de las plantas se mantienen en floración, dando un toque multicolor al paisaje. Además, mientras sigues esta cinta no tienes que hacer esfuerzos por subir cuestas, en el Canal todo es llano.

Esclusa en el Soto de Albúrez

Y el páramo. Subimos por la fuente del Rey, bien conocida por otras excursiones. Intentamos explorar el cercado de la casa de Ramírez, enfrente: ¡imposible moverse a causa de la densidad de la maleza! Hay que venir expresamente preparado para ello, así que lo dejamos para otro momento mejor.

Palencia al fondo

Un poco más al norte descubrimos una fuente seca e intentamos rodar por un sendero que sigue el cerral. Pero es un sendero poco transitado, con demasiadas hierbas y arbustos, además de piedras sueltas de buen tamaño. Así que en parte lo conseguimos y en parte hicimos lo que pudimos. Vamos contemplando diversas vistas de la ciudad de Palencia y del amplio valle del río Carrión hasta que llegamos al vértice geodésico que señala el punto más alto del páramo a la vez que su extremo nordeste. Se llama Cascabotijas y está a 876 metros. Circulamos por el bocacerral y subimos a un camino del páramo cuando llegamos a zona conocida, ya rodada en otras excursiones. Pero a la altura de la fuente de Valdelarroñada, volvemos a explorar el bocacerral. Aquí el páramo ha sido bien aprovechado, y vemos las señales de grandes y antiguos bancales. La tierra es buena y hasta húmeda, según señala la abundancia de junqueras.

Tierra de Campos y el valle del Carrión

Llegamos a Autilla del Pino. Tengo sed y hay un perro enorme junto al caño de la fuente. Se quitará de ahí en cuanto llegue, pensé. Pues no. Aprieto el caño y se pone a beber del chorro, como si fuera él el amo y yo su criado. ¡Cosas veredes! Cuando se sacia y me deja, bebo yo. Se va sin decirme nada, ni un ladrido de agradecimiento o un lametón en la rodilla… ¡Ni los perros son los de antes!

Tres matas en la cañada

Salimos por el cementerio y a partir de aquí, todo es volar atravesando rastrojeras, perdidos y cañadas. Otras veces no me había en fijado en la valla de piedra, acompañada de encinas, que separa la cañada leonesa de las tierras de Font.  En vez de bajar directamente por el primer barco al valle de San Juan, tomamos un camino desde el páramo que, tras 5 km cruzando por distintas vaguadas y colinas, nos dejó en el citado valle. Desde este punto a Dueñas había poco menos de 2 km.

Aquí se ve el recorrido.

Aguacero

De Cubillas de Santa Marta a la fuente del Rey

Otra excursión por el casi interminable páramo de Torozos. La verdad es que casi todos los caminos recorridos nos eran ya conocidos, pero no ha importado gran cosa: gracias, entre otras cosas, a la época del año y al clima, nunca pasamos dos veces por el mismo sitio.

Ladera en Cubillas

De hecho, al poco de dejar Cubillas por el camino de la Culebra, pudimos comprobar que la fuente o pozo de Rascaviejas y sus abrevaderos habían desaparecido bajo la abundante maleza. El chozo no tanto, pero parecía tener pelo que, en realidad, no era otra cosa que la exuberante hierba, ya seca, nacida gracias a un lluvioso mes de abril.

Luego nos introdujimos en el monte de Dueñas, de abundantes chozos y corrales, y rodamos entre las matas de encina y roble y sobre las calizas del suelo. Después, cruzamos las tierras de Font, en las que sí destacan señoriales robles, hasta tomar uno de los muchos y anchos ramales de la cañada real Leonesa.

Subida al monte de Dueñas

Por esta vía pecuaria queríamos llegar al extremo noreste del páramo, pero no pudo ser: a causa de una cabezonada de una de las burras (se negaba a avanzar) y del viento en contra, nos retrasamos y hubimos de conformarnos con llegar a la fuente del Rey que, por cierto, está en un precioso lugar: nace en el recodo de un vallejo repleto de ciruelos y árboles de sombra y posee algún banco para reposar. Es lo que hicimos durante unos minutos –además de probar la fruta- antes de dar media vuelta. Se encuentra sobre Palencia, justo en el antiguo camino de esta ciudad a Autilla del Pino. Desgraciadamente, una fuente tan hermosa había sido pintarrajeada de morado (!). Una pena; vandalismos que se repiten.

Casa y tierras de Font

La vuelta la hicimos volando. Porque se nos hacía tarde y porque teníamos el viento a favor. Cruzamos el monte El Viejo y luego, cuesta abajo, el peculiar valle de San Juan, con su abrupta ladera norte y su faldeo tendido al sur. Esto sí que era pedalear sin esfuerzo.

La fuente

Sin querer, nos presentamos en Dueñas. De aquí nos dirigimos a Cubillas dejando al norte el perfil vertical de la Sobrepeña y al sur la vieja torre del telégrafo. Hasta que el camino se nos acabó en un alto que domina el ancho valle del Pisuerga. Menos mal que ya habían cosechado el cereal y, por la rastrojera, pudimos enlazar con la cañada del Moral que nos llevó a nuestro destino. En la bajada descubrimos también un viejo pozo ganadero, con sus abrevaderos, totalmente olvidado en una ladera inculta.

Torozos orientales

En el extremo noreste del páramo de los Torozos quedan dos estupendos montes de encina y roble: el de Dueñas y El Viejo, que pertenece a Palencia. Ahora  ya casi no se explotan: el de Palencia es un buen pulmón para la ciudad, pues allá van los palentinos a comer o merendar, a pasear y a hacer deporte. El de Dueñas es menos visitado, pero se utiliza todavía como zona de pastos y se explota su madera. Antaño estuvieron mas frecuentados, no hay mas que ver los restos de chozos, corrales y hornos de cal.

Iniciamos la excursión en Cubillas de Santa Marta. Nada mas salir del pueblo nos topamos con la fuente del Lavadero, con álamos de sombra y mesas para descansar. Pero como todavía no estamos trabajados, seguimos nuestro camino.

El monte de Dueñas ya lo conocemos de alguna otra excursión. Pero no importa, pues siempre es agradable pasear entre sus abundantes robles, salpicados por numerosos corrales para el ganado. Por diferentes senderos y caminos llegamos a la fuente del Postigo, junto al chozo –restaurado-  de Rojalanillas. Su balconada nos ofrece una panorámica sobre Dueñas y el valle del Pisuerga. Otra fuente para llenar los bidones la tenemos en la pradera central, donde también hay alguna nave ganadera relativamente moderna.

Dejando atrás el monte cruzamos por terrenos dedicados al cereal y nos acercamos a los hornos de cal de Font –hemos visto otros junto a las Dos Hermanas, en el monte- que, aunque están arruinados, dejan ver bien su planta circular en piedra.

El colmenar de la Hiedra está restaurado como casa de campo con un bonito torreón. Es el que está más cerca del páramo. Las casas del valle de San Juan, hasta hace poco deshabitadas, están arregladas y en perfecto uso. Llegamos al borde del páramo para divisar el valle del Carrión.

La vuelta la hacemos por el Monte el Viejo, donde abundan, claro, los viejos robles. Es la zona menos solitaria, pues veremos a los palentinos, que se acercan a respirar. Los robles y encinas son más corpulentos que en el otro monte y está algo más aclarado. Pero el aspecto es el mismo: abunda la hierba verde y las flores aromáticas.

Una buena pista nos conduce, ya en descenso, hasta Dueñas. Desde aquí, pasando por el chozo y corrales de Rascavieja, con un buen pozo a su lado, seguimos una carretera que estuvo muchos años cortada pero que ahora llega hasta Quintanilla de Trigueros. Pero nosotros nos quedamos en Cubillas, ahora sí, cansados.

Torres del telégrafo óptico

En la parte culminante del páramo veremos, cerca de algunas carreteras nacionales, hoy convertidas en autovías, unas torres que desde lejos dan la impresión de ser restos de antiguos castillos en los que sólo queda en pie la torre del homenaje. Pero en realidad nada tienen que ver con elementos defensivos, sino que pertenecieron al mundo de la comunicación, pues son antiguas torres del telégrafo óptico.

Antecedentes

Al principio, la comunicación entre personas y pueblos lejanos, se conseguía con mensajeros, cuyo desplazamiento dependía de muchos factores: lejanía del destino, estado de los caminos, guerras, fronteras, etc… Para agilizar y acortar este tiempo empezaron a utilizarse las señales ópticas. Una muy utilizada fue el humo de hogueras, aunque con la limitación de que los mensajes tenían que ser sencillos.

El clima de inestabilidad reinante a finales del siglo XVIII en Francia hace que desde la corona se financie un sistema de comunicaciones rápido y eficaz que permita mejorar el control del territorio y mantener el orden. En 1792, ya en plena I República, se da luz verde al proyecto de construcción de Claude Chappe para la primera red de telegrafía óptica, y en 1794 se transmite el primer telegrama de la Historia, desde Lille a París, a lo largo de 230 kilómetros y 22 torres.

Funcionamiento

Este sistema se basaba en la construcción de torres conectadas visualmente gracias en lugares elevados. El funcionamiento de la red comenzaba en la estación desde la que se emitía el mensaje. Se colocaba el telégrafo en una posición prefijada de alerta o de atención. Cuando la estación siguiente avistaba esta señal, colocaba su telégrafo en posición listo o preparado y el primer telégrafo sabía que podía comenzar a transmitir. Una vez que se comenzaba a transmitir, cada símbolo debía estar unos 20 segundos como mínimo en la posición para que la siguiente estación lo leyese correctamente y colocase su telégrafo en la misma posición, lo cual indicaba a la estación precedente que podía transmitir el siguiente símbolo del mensaje. En España los mensajes se enviaban cifrados según un código existente en el libro de códigos, que estaba en posesión del Comandante de Línea, que era el único autorizado a la codificación y decodificación, pues los empleados de cada una de las torres se limitaban a emitir el mensaje que habían recibido, sin saber su contenido.

Inicio en España

Este sistema fue mejorado por el ingeniero tinerfeño Agustín de Bentancourt, quien había proyectado un telégrafo óptico entre Madrid y Cádiz, aunque sólo se llegó a construir entre la capital y Aranjuez, siendo operativo en agosto de 1800. Hay que decir que Betancourt fue padre y primer director de Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos de España en 1802. Pero la crisis económica y la Guerra de la Independencia dejaron sin uso este medio de comunicación. Será en 1831 cuando se vuelva a proyectar otro sistema de telegrafía óptica entre la capital y los Reales Sitios para uso exclusivo de la Familia Real. El primero fue Madrid-Aranjuez con 4 estaciones (Torre de los Lujanes y Cerro de los Ángeles en Madrid, Cerro de Espartinas en Valdemoro y el Monte Parnaso en Aranjuez), al que siguieron en el año siguiente el que comunicaba con la Granja de San Ildefonso, y en 1834 los que comunicaron Madrid con Carabanchel Alto, San Ildefonso-Riofrío y Madrid-El Pardo.

Pero el proyecto de mayor envergadura en telegrafía óptica no llega sino cuando, quizá, ya es demasiado tarde. En 1844, por Real Decreto de 1 de marzo, se establece el marco para el nuevo trazado de telegrafía óptica en España a cargo de la Dirección General de Caminos, y siendo uno de los máximos responsables del proyecto José María Mathé Aragua. El proyecto, de titánicas dimensiones, pretendía unir Madrid con todas las capitales de provincia del territorio peninsular.

Diseño de la red

El Decreto era especialmente cuidadoso en la ubicación de las torres. Así, se prefiere que las líneas sigan las carreteras existentes para facilitar el avituallamiento de las estaciones telegráficas y, a ser posible, lo más cerca de pueblos y localidades, por la misma razón. En la medida de lo posible, debían utilizarse estructuras preexistentes para ahorrar recursos, y así se emplearon castillos, atalayas e incluso torres de iglesias. Cuando esto no era viable, habrían de construirse torres ad-hoc, todas idénticas y según el estándar fijado por Mathé, de 7 metros de lado y 12 de alto. Además, las torres debían estar cada una a una distancia mínima de 2 leguas y máxima de 3, de la siguiente. Una distancia menor suponía construir más torres lo que implicaba un coste más elevado. Mayor, suponía dificultades para divisar la torre anterior o posterior.

La torre diseñada por Mathé estaba pensada como fortaleza, para que en caso de guerra el enemigo tuviese la mayor dificultad para interrumpir el sistema de comunicaciones. Constaba de 3 plantas realizadas en ladrillo y mampostería, y sobre la cubierta superior, plana, se ubicaba el telégrafo. En la planta baja, cerrada al exterior, sólo aparecen unos ventanucos a modo de iluminación interior. En la segunda planta había ventanas en tres de sus lados, estando ubicada la puerta en el cuarto a unos 4 metros del suelo, a la que se accedía desde el exterior mediante una escalera de madera que se retiraba y guardaba en su interior. En la planta superior había ventanas en todos sus lados y era desde donde se manejaban los mecanismos del telégrafo situado en la de encima.

Líneas nacionales

De todo el proyecto se construyeron 3 líneas:

  • La línea de Castilla que iba de Madrid hasta Irún que comenzó a funcionar el 2 de octubre de 1846 y constaba de 52 torres que pasaba por Valladolid, Burgos, Vitoria y San Sebastián.
  • La línea de Andalucía: con 59 torres que comenzó a funcionar en 1850 pero no llegó hasta tres años después a Cádiz.
  • La línea Madrid-La Junquera o Catalana, que no se completó totalmente. El tramo Madrid-Valencia entró en funcionamiento en 1849, con 30 torres, y en diversos momentos funcionaron los tramos Valencia-Castellón, Barcelona-Tarragona, Barcelona-La Junquera y Tarancón-Cuenca.

Cuando en 1844 se dio el impulso necesario a la telegrafía óptica en España, ya se conocía la telegrafía eléctrica y se experimentaba en Europa desde 1840. La telegrafía eléctrica relegó a la telegrafía óptica rápidamente. En 1854 se completó la línea de telegrafía eléctrica entre Madrid e Irún, por lo que dejó de funcionar la línea equivalente de telegrafía óptica. En 1857 se desmantelaba la última línea óptica en servicio, la línea Madrid-Cádiz.

En nuestra Provincia

Así que en nuestra provincia se construyeron las correspondientes a la 3 y 4ª Sección de la línea que comunicaba la capital con Irún. Fueron las siguientes torres, todas ellas levantadas junto a las actuales carretera N-601 y N-620:

  • El Perruno (866 m) en Almenara de Adaja, cercana a la localidad segoviana de Fuente de Santa Cruz. Se conservan sus cuatro lados.
  • El Collado o Cuesta Redonda en Olmedo. A duras penas se mantienen en pie las esquinas este y norte.
  • El Collado en Mojados que se utiliza para ubicar un vértice geodésico.
  • Boecillo, del que sólo queda el nombre de una urbanización y una calle en la localidad.
  • Valladolid situado en el páramo de la Cuesta de la Maruquesa. No quedan vestigios.
  • Cabezón, en el Cerro de Altamira que domina la población y donde estuvo situado la antigua fortaleza.
  • Frausilla, ya en las cercanías de  Dueñas (Palencia). Se conservan sus paredes
  • Tariego, en Tariego de Cerrato (Palencia)
 

En la parte culminante del páramo veremos, cerca de algunas carreteras nacionales, hoy convertidas en autovías, unas torres que desde lejos dan la impresión de ser restos de antiguos castillos en los que sólo queda en pie la torre del homenaje. Pero en realidad nada tienen que ver con elementos defensivos, sino que pertenecieron al mundo de la comunicación, pues son antiguas torres del telégrafo óptico.

Antecedentes

Al principio, la comunicación entre personas y pueblos lejanos, se conseguía con mensajeros, cuyo desplazamiento dependía de muchos factores: lejanía del destino, estado de los caminos, guerras, fronteras, etc… Para agilizar y acortar este tiempo empezaron a utilizarse las señales ópticas. Una muy utilizada fue el humo de hogueras, aunque con la limitación de que los mensajes tenían que ser sencillos.

El clima de inestabilidad reinante a finales del siglo XVIII en Francia hace que desde la corona se financie un sistema de comunicaciones rápido y eficaz que permita mejorar el control del territorio y mantener el orden. En 1792, ya en plena I República, se da luz verde al proyecto de construcción de Claude Chappe para la primera red de telegrafía óptica, y en 1794 se transmite el primer telegrama de la Historia, desde Lille a París, a lo largo de 230 kilómetros y 22 torres.

Funcionamiento

Este sistema se basaba en la construcción de torres conectadas visualmente gracias en lugares elevados. El funcionamiento de la red comenzaba en la estación desde la que se emitía el mensaje. Se colocaba el telégrafo en una posición prefijada de alerta o de atención. Cuando la estación siguiente avistaba esta señal, colocaba su telégrafo en posición listo o preparado y el primer telégrafo sabía que podía comenzar a transmitir. Una vez que se comenzaba a transmitir, cada símbolo debía estar unos 20 segundos como mínimo en la posición para que la siguiente estación lo leyese correctamente y colocase su telégrafo en la misma posición, lo cual indicaba a la estación precedente que podía transmitir el siguiente símbolo del mensaje. En España los mensajes se enviaban cifrados según un código existente en el libro de códigos, que estaba en posesión del Comandante de Línea, que era el único autorizado a la codificación y decodificación, pues los empleados de cada una de las torres se limitaban a emitir el mensaje que habían recibido, sin saber su contenido.

Inicio en España

Este sistema fue mejorado por el ingeniero tinerfeño Agustín de Bentancourt, quien había proyectado un telégrafo óptico entre Madrid y Cádiz, aunque sólo se llegó a construir entre la capital y Aranjuez, siendo operativo en agosto de 1800. Hay que decir que Betancourt fue padre y primer director de Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos de España en 1802. Pero la crisis económica y la Guerra de la Independencia dejaron sin uso este medio de comunicación. Será en 1831 cuando se vuelva a proyectar otro sistema de telegrafía óptica entre la capital y los Reales Sitios para uso exclusivo de la Familia Real. El primero fue Madrid-Aranjuez con 4 estaciones (Torre de los Lujanes y Cerro de los Ángeles en Madrid, Cerro de Espartinas en Valdemoro y el Monte Parnaso en Aranjuez), al que siguieron en el año siguiente el que comunicaba con la Granja de San Ildefonso, y en 1834 los que comunicaron Madrid con Carabanchel Alto, San Ildefonso-Riofrío y Madrid-El Pardo.

Pero el proyecto de mayor envergadura en telegrafía óptica no llega sino cuando, quizá, ya es demasiado tarde. En 1844, por Real Decreto de 1 de marzo, se establece el marco para el nuevo trazado de telegrafía óptica en España a cargo de la Dirección General de Caminos, y siendo uno de los máximos responsables del proyecto José María Mathé Aragua. El proyecto, de titánicas dimensiones, pretendía unir Madrid con todas las capitales de provincia del territorio peninsular.

Diseño de la red

El Decreto era especialmente cuidadoso en la ubicación de las torres. Así, se prefiere que las líneas sigan las carreteras existentes para facilitar el avituallamiento de las estaciones telegráficas y, a ser posible, lo más cerca de pueblos y localidades, por la misma razón. En la medida de lo posible, debían utilizarse estructuras preexistentes para ahorrar recursos, y así se emplearon castillos, atalayas e incluso torres de iglesias. Cuando esto no era viable, habrían de construirse torres ad-hoc, todas idénticas y según el estándar fijado por Mathé, de 7 metros de lado y 12 de alto. Además, las torres debían estar cada una a una distancia mínima de 2 leguas y máxima de 3, de la siguiente. Una distancia menor suponía construir más torres lo que implicaba un coste más elevado. Mayor, suponía dificultades para divisar la torre anterior o posterior.

La torre diseñada por Mathé estaba pensada como fortaleza, para que en caso de guerra el enemigo tuviese la mayor dificultad para interrumpir el sistema de comunicaciones. Constaba de 3 plantas realizadas en ladrillo y mampostería, y sobre la cubierta superior, plana, se ubicaba el telégrafo. En la planta baja, cerrada al exterior, sólo aparecen unos ventanucos a modo de iluminación interior. En la segunda planta había ventanas en tres de sus lados, estando ubicada la puerta en el cuarto a unos 4 metros del suelo, a la que se accedía desde el exterior mediante una escalera de madera que se retiraba y guardaba en su interior. En la planta superior había ventanas en todos sus lados y era desde donde se manejaban los mecanismos del telégrafo situado en la de encima.

Líneas nacionales

De todo el proyecto se construyeron 3 líneas:

La línea de Castilla que iba de Madrid hasta Irún que comenzó a funcionar el 2 de octubre de 1846 y constaba de 52 torres que pasaba por Valladolid, Burgos, Vitoria y San Sebastián.

La línea de Andalucía: con 59 torres que comenzó a funcionar en 1850 pero no llegó hasta tres años después a Cádiz.

La línea Madrid-La Junquera o Catalana, que no se completó totalmente. El tramo Madrid-Valencia entró en funcionamiento en 1849, con 30 torres, y en diversos momentos funcionaron los tramos Valencia-Castellón, Barcelona-Tarragona, Barcelona-La Junquera y Tarancón-Cuenca.

Cuando en 1844 se dio el impulso necesario a la telegrafía óptica en España, ya se conocía la telegrafía eléctrica y se experimentaba en Europa desde 1840. La telegrafía eléctrica relegó a la telegrafía óptica rápidamente. En 1854 se completó la línea de telegrafía eléctrica entre Madrid e Irún, por lo que dejó de funcionar la línea equivalente de telegrafía óptica. En 1857 se desmantelaba la última línea óptica en servicio, la línea Madrid-Cádiz.

En nuestra Provincia

Así que en nuestra provincia se construyeron las correspondientes a la 3 y 4ª Sección de la línea que comunicaba la capital con Irún. Fueron las siguientes torres, todas ellas levantadas junto a las actuales carretera N-601 y N-620:

El Perruno (866 m) en Almenara de Adaja, cercana a la localidad segoviana de Fuente de Santa Cruz, del que se conserva sus cuatro lados.

El Collado o Cuesta Redonda en Olmedo de la que se conserva su esquina este y norte.

El Collado en Mojados que se utiliza para ubicar un vértice geodésico.

Boecillo, del que sólo queda el nombre de una urbanización y una calle en la localidad.

Valladolid situado en el páramo de la Cuesta de la Maruquesa, del que no quedan vestigios.

En la parte culminante del páramo veremos, cerca de algunas carreteras nacionales, hoy convertidas en autovías, unas torres que desde lejos dan la impresión de ser restos de antiguos castillos en los que sólo queda en pie la torre del homenaje. Pero en realidad nada tienen que ver con elementos defensivos, sino que pertenecieron al mundo de la comunicación, pues son antiguas torres del telégrafo óptico.

Antecedentes

Al principio, la comunicación entre personas y pueblos lejanos, se conseguía con mensajeros, cuyo desplazamiento dependía de muchos factores: lejanía del destino, estado de los caminos, guerras, fronteras, etc… Para agilizar y acortar este tiempo empezaron a utilizarse las señales ópticas. Una muy utilizada fue el humo de hogueras, aunque con la limitación de que los mensajes tenían que ser sencillos.

El clima de inestabilidad reinante a finales del siglo XVIII en Francia hace que desde la corona se financie un sistema de comunicaciones rápido y eficaz que permita mejorar el control del territorio y mantener el orden. En 1792, ya en plena I República, se da luz verde al proyecto de construcción de Claude Chappe para la primera red de telegrafía óptica, y en 1794 se transmite el primer telegrama de la Historia, desde Lille a París, a lo largo de 230 kilómetros y 22 torres.

Funcionamiento

Este sistema se basaba en la construcción de torres conectadas visualmente gracias en lugares elevados. El funcionamiento de la red comenzaba en la estación desde la que se emitía el mensaje. Se colocaba el telégrafo en una posición prefijada de alerta o de atención. Cuando la estación siguiente avistaba esta señal, colocaba su telégrafo en posición listo o preparado y el primer telégrafo sabía que podía comenzar a transmitir. Una vez que se comenzaba a transmitir, cada símbolo debía estar unos 20 segundos como mínimo en la posición para que la siguiente estación lo leyese correctamente y colocase su telégrafo en la misma posición, lo cual indicaba a la estación precedente que podía transmitir el siguiente símbolo del mensaje. En España los mensajes se enviaban cifrados según un código existente en el libro de códigos, que estaba en posesión del Comandante de Línea, que era el único autorizado a la codificación y decodificación, pues los empleados de cada una de las torres se limitaban a emitir el mensaje que habían recibido, sin saber su contenido.

Inicio en España

Este sistema fue mejorado por el ingeniero tinerfeño Agustín de Bentancourt, quien había proyectado un telégrafo óptico entre Madrid y Cádiz, aunque sólo se llegó a construir entre la capital y Aranjuez, siendo operativo en agosto de 1800. Hay que decir que Betancourt fue padre y primer director de Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos de España en 1802. Pero la crisis económica y la Guerra de la Independencia dejaron sin uso este medio de comunicación. Será en 1831 cuando se vuelva a proyectar otro sistema de telegrafía óptica entre la capital y los Reales Sitios para uso exclusivo de la Familia Real. El primero fue Madrid-Aranjuez con 4 estaciones (Torre de los Lujanes y Cerro de los Ángeles en Madrid, Cerro de Espartinas en Valdemoro y el Monte Parnaso en Aranjuez), al que siguieron en el año siguiente el que comunicaba con la Granja de San Ildefonso, y en 1834 los que comunicaron Madrid con Carabanchel Alto, San Ildefonso-Riofrío y Madrid-El Pardo.

Pero el proyecto de mayor envergadura en telegrafía óptica no llega sino cuando, quizá, ya es demasiado tarde. En 1844, por Real Decreto de 1 de marzo, se establece el marco para el nuevo trazado de telegrafía óptica en España a cargo de la Dirección General de Caminos, y siendo uno de los máximos responsables del proyecto José María Mathé Aragua. El proyecto, de titánicas dimensiones, pretendía unir Madrid con todas las capitales de provincia del territorio peninsular.

Diseño de la red

El Decreto era especialmente cuidadoso en la ubicación de las torres. Así, se prefiere que las líneas sigan las carreteras existentes para facilitar el avituallamiento de las estaciones telegráficas y, a ser posible, lo más cerca de pueblos y localidades, por la misma razón. En la medida de lo posible, debían utilizarse estructuras preexistentes para ahorrar recursos, y así se emplearon castillos, atalayas e incluso torres de iglesias. Cuando esto no era viable, habrían de construirse torres ad-hoc, todas idénticas y según el estándar fijado por Mathé, de 7 metros de lado y 12 de alto. Además, las torres debían estar cada una a una distancia mínima de 2 leguas y máxima de 3, de la siguiente. Una distancia menor suponía construir más torres lo que implicaba un coste más elevado. Mayor, suponía dificultades para divisar la torre anterior o posterior.

La torre diseñada por Mathé estaba pensada como fortaleza, para que en caso de guerra el enemigo tuviese la mayor dificultad para interrumpir el sistema de comunicaciones. Constaba de 3 plantas realizadas en ladrillo y mampostería, y sobre la cubierta superior, plana, se ubicaba el telégrafo. En la planta baja, cerrada al exterior, sólo aparecen unos ventanucos a modo de iluminación interior. En la segunda planta había ventanas en tres de sus lados, estando ubicada la puerta en el cuarto a unos 4 metros del suelo, a la que se accedía desde el exterior mediante una escalera de madera que se retiraba y guardaba en su interior. En la planta superior había ventanas en todos sus lados y era desde donde se manejaban los mecanismos del telégrafo situado en la de encima.

Líneas nacionales

De todo el proyecto se construyeron 3 líneas:

●          La línea de Castilla que iba de Madrid hasta Irún que comenzó a funcionar el 2 de octubre de 1846 y constaba de 52 torres que pasaba por Valladolid, Burgos, Vitoria y San Sebastián.

●          La línea de Andalucía: con 59 torres que comenzó a funcionar en 1850 pero no llegó hasta tres años después a Cádiz.

●          La línea Madrid-La Junquera o Catalana, que no se completó totalmente. El tramo Madrid-Valencia entró en funcionamiento en 1849, con 30 torres, y en diversos momentos funcionaron los tramos Valencia-Castellón, Barcelona-Tarragona, Barcelona-La Junquera y Tarancón-Cuenca.

Cuando en 1844 se dio el impulso necesario a la telegrafía óptica en España, ya se conocía la telegrafía eléctrica y se experimentaba en Europa desde 1840. La telegrafía eléctrica relegó a la telegrafía óptica rápidamente. En 1854 se completó la línea de telegrafía eléctrica entre Madrid e Irún, por lo que dejó de funcionar la línea equivalente de telegrafía óptica. En 1857 se desmantelaba la última línea óptica en servicio, la línea Madrid-Cádiz.

En nuestra Provincia

Así que en nuestra provincia se construyeron las correspondientes a la 3 y 4ª Sección de la línea que comunicaba la capital con Irún. Fueron las siguientes torres, todas ellas levantadas junto a las actuales carretera N-601 y N-620:

●        El Perruno (866 m) en Almenara de Adaja, cercana a la localidad segoviana de Fuente de Santa Cruz, del que se conserva sus cuatro lados.

●        El Collado o Cuesta Redonda en Olmedo de la que se conserva su esquina este y norte.

●        El Collado en Mojados que se utiliza para ubicar un vértice geodésico.

●        Boecillo, del que sólo queda el nombre de una urbanización y una calle en la localidad.

●        Valladolid situado en el páramo de la Cuesta de la Maruquesa, del que no quedan vestigios.

●        Cabezón, en el Cerro de Altamira que dominaba la población y donde estuvo situado la antigua fortaleza.

●        Frausilla, ya en las cercanías de  Dueñas (Palencia) del que se conservan sus paredes

●        Tariego en Tariego de Cerrato (Palencia)

Cabezón, en el Cerro de Altamira que dominaba la población y donde estuvo situado la antigua fortaleza.

Frausilla, ya en las cercanías de  Dueñas (Palencia) del que se conservan sus paredes

Tariego en Tariego de Cerrato (Palencia)

Sorpresa (grata) en Dueñas

No una vez, ni dos, sino bastantes más, hemos ido en bici hasta Dueñas para volver en tren. Sobre todo cuando el viento sopla fuerte del Suroeste, como el pasado domingo. El tiempo.es amenazaba con 26 km/h, y seguramente hizo más, pues contra esa dirección las bicicletas tendían a quedarse paradas o… recular.

¿Qué mejor que ir a Dueñas con la tranquilidad de disponer de un tren que devuelva bicis y ciclistas? Son muchos los caminos que conducen de Valladolid a Dueñas: por el Canal de Castilla, por la orilla izquierda del Pisuerga entre cortados y cerros, por los páramos del Cerrato, por el de Torozos… Pero hay un lugar especial que conviene conocer, un lugar donde uno se pierde con facilidad que, a la vez, es ideal para perderse. El sitio a que nos referimos es el Monte de la Villa, buena extensión de encinas y robles en pleno páramo de Torozos. Los robles y encinas no son tan viejos y corpulentos como en el Monte el Viejo, pero el bosque es tupido e intrincado. Mas… no hay que asustarse, que también existen senderos bien señalizados.

Tiempo habrá para hablar de las muchas virtudes que esconde este monte: hoy sólo nos referiremos a sus corralizas y chozos de pastor, pues Dueñas conserva un buen número de ellos, algunos perfectamente remozados.Incluso en este término municipal los vemos en el valle del Pisuerga, en su orilla izquierda, cerca de la ermita de Onecha.

Aunque ya conocíamos muchos de sus chozos, el domingo descubrimos al menos uno más, que se encuentra en uno de sus vallejos, un tanto alejado del monte propiamente dicho. Está en Valdelgada, al Noreste de la torre del telégrafo y a los pies de Sobrepeña. Tiene un perfil simpático y peculiar que muestra dos cuerpos diferenciados: uno primero  que se levanta como un metro desde el suelo, más ancho y vertical, y el segundo, más fino, que empieza a cerrarse en cúpula. Se distinguen varios corrales, uno de ellos literalmente repleto -no se puede pasar- de escambrones, que ya de por sí son intrincados (¡y pinchan!).Junto a él surge un pequeño arroyo. Se ve que los escambrones aprovechan su frescor.

No lejos está el chozo de Rascaviejas,a un lado de la carretera o pista que va -y no llega- a Quintanilla de Trigueros. Justo al otro lado, un viejo pozo con sus abrevaderos.

Siguiendo hacia el monte por el camino ascendente de Matalobos nos plantamos en los corrales de Diez, con su chozo en estado ruinoso. ¡Qué lugar tan increíble!: por un momento estamos olvidados entre carrascas, suave hierba, el cielo y un amplio valle. Sólo se escucha roce del viento con las recias hojas de encina.

Alrededor de este ancho vallejo, con abundante tierra de labrantío, tenemos los corrales de la Cabañona con su majestuoso chozo perfectamente restaurado,y otros muchos corrales y chozos en diferente estado: de Ramos, Valdeazada,los de Cercadillo un poco más al Este. Por cierto, que si bien unos se encuentran perfectamente conservados, de otros, como es el chozo de Ramos, sólo vemos la primera hilera de piedra que lo sustentó, pues ha quedado perfectamente (!) desmochado.

Y entre otros que también han sido restaurados está el de Rojolanilla, junto a la fuente del Postigo. Pero de momento vale. En una próxima entrada prometemos hablar de los chozos de la zona Norte,tenadas, las Dos Hermanas, las caleras, y otros encantos escondidos en el Monte de la Villa. Con su correspondiente mapa.

¡Qué paisaje para perderse! ¡Qué laberinto de encinas!