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Entre Haza y la Manvirgo

12 julio, 2020

Sí, ¡cuánto han cambiado las cosas! Pero cuando cabalgas –o ruedas- por los campos del Duero –como es el caso de hoy- ves que los cambios han sido mucho más potentes en los últimos 30 años que en los últimos 10 siglos.

En el paseo que hemos dado esta vez, a pesar de estar ya en plena canícula, los campos estaban todavía verdes. Y lo estarán todo el verano debido a que el verdor procedía de los continuos viñedos por los que hemos cruzado. Además, de tanto en tanto, contemplábamos el perfil de un palacete –una bodega industrial, en realidad- con su césped, su jardín y su arbolado (no sé cuál es la razón pero los estilizados cipreses, que suavizan el paisaje frente a la dura encina, se han puesto de moda). O sea, que podíamos estar en Aquitania, en la Provenza o incluso en Lombardía. Pero no, estábamos ¡en la dura y austera Castilla!

Desde Haza

¿Qué dirían los condes repobladores si lo vieran?  Aquellos caballeros vieron un país desértico y sometido a las razias musulmanas; a principios del siglo X construyeron torres y fortalezas defensivas que no gozaron de estabilidad hasta que Almanzor fue definitivamente muerto y vencido. En ese momento se erigen Haza y Roa como localidades jurisdiccionales, cabeceras de las Comundades de Villa y Tierra respectivas. Tal vez por eso se sitúan en puntos estratégicos desde los que dominar el territorio próximo. O sea, ayer polvo, desolación y lucha, hoy verdor, riqueza y tierra productiva. Por lo menos en eso hemos ganado.

DEspertar en el valle

Merece la pena la subida a Haza por el camino –empinado y corto- de la ermita de Santa Juana, con la imagen del derrumbadero de enormes piedras calizas desde el cantil de la Villa. Merece la pena el paseo por esta histórica ciudad de piedra. Merece la pena asomarse a los valles del Duero y del Riaza desde cualquiera de sus cantos. Este paseo te reconforta y te mete tu alma en el paisaje.

Otra etapa de la excursión fue el paso por el monte Pinadillo, de encinas y pinos en el que se puede apreciar su peculiar aprovechamiento: largas y estrechas bandas de tierras de cultivo dentro del monte, dedicadas a viñedo o cereal. Todo perfectamente limpio y cuidado.

Puente Viejo, en el Riaza

También destacaremos las riberas del Duero y del Riaza, convertidas en campos de regadío –otro vergel- gracias a las presas y canales de estos ríos. Por cierto, nos dimos de bruces con el Puente Viejo, sobre el Riaza entre Roa y Berlangas, por el que todavía se puede cruzar, y buscamos –y encontramos- el puente del ferrocarril de Atiza sobre el mismo río: los raíles han desaparecido bajo la maleza, el río será engullido por los árboles en unos cuantos años más. Es la historia antigua que se oculta bajo la moderna Ribera del Duero. Y, con cierta dificultad, nos acercamos al punto donde el Riaza entrega sus aguas al Duero.

Ferrocarril de Ariza

Pero no todo acaba aquí: en Berlangas de Roa descubrimos que cayó un enorme meteorito allá por el año 1811. Gracias a que el ejército de Napoleón andaba saqueando por allí está datado este hecho, que si fuera por nosotros, ni lo hubiéramos advertido. Claro que el trozo más grande de esta piedra se encuentra en Francia, y ninguno en España. Normal. También vimos la fuente de los Caños, en un precioso paraje.

En Hoyales de Roa nos llamó la atención su genuino barrio de bodegas, perfectamente ordenadas alrededor de los restos de la Torre. Y desde el espolón de Roa pudimos contemplar una vez más, el valle del Duero.

El Riaza se une al Duero

Pero nuestra excursión nos llevó hasta más allá de Roa, hasta la Manvirgo, en concreto. Es un cerro que se ve desde cualquier punto del valle, la habíamos contemplado en muchas de nuestras excursiones, pero hacía bastantes años que no la escalábamos. Llama la atención por muchos motivos, entre otros por haber quedado, incólume, en medio del valle del Duero, sobresaliendo en la enorme hoya de Aranda-Roa. O sea, que es un misterio el por qué ha quedado ahí, por qué los elementos no han sido capaces de romper su capa protectora de caliza. Típico cerro testigo, ideal para conocer la historia geológica del valle y de la meseta.

Desde la Manvirgo

Es, también, un mirador privilegiado para observar los pueblos de alrededor y sus viñedos y bodegas; los antiguos páramos a los que estuvo unida; Somosierra y la Demanda con sus estribaciones. Los historiadores dicen que no han encontrado (todavía) restos arqueológicos de importancia, salvo de una torre en la zona norte, que tampoco se ha datado. Pero seguramente fue un punto de vigilancia durante la primera parte de la Reconquista. Sea como fuere, los restos de cerámica ordinaria son muy abundantes en su superficie; sin duda hubo un poblado o una fortaleza en época romano-vaccea dependiente de Rauda (Roa).

Otro punto de vista

Ante lo curioso de su nombre se le han adjudicado un montón de leyendas, la mayoría peregrinas, como la del templo pagano atendido por vestales o un monasterio cristiano de mojas, vírgenes en cualquier caso. Pero lo más cierto –que al menos coincide con la abundancia de restos cerámicos- es que man haga referencia a monte y virgo provenga de villicus, que significa villar, pueblecito. O eso dicen expertos en latín medieval.

Entrando en el monte

Y volvimos a Fuentecén por el monte de la Virgen de la Vega, agradable encinar cuya elevación hizo frente a las embestidas del Duero y del Riaza desviando su curso hacia Roa.

Una excursión llena de vistas, vida, viñedos e historia. Así es -hoy- nuestra Ribera. ¡Que se mantenga por muchos años produciendo buen vino! Aquí, el trayecto.

…y agua

27 marzo, 2020

El Duero ha decidido salirse de su cauce habitual para inundar prados y humedecer los pies de los chopos, que aun no han echado las primeras hojas. Estamos -día tranquilo y soleado- en La Isla de Pollos, y han pasado justo diez años desde entonces.

…y de los páramos a la ribera

22 octubre, 2019

(Viene de la entrada anterior)

Después de saludar a la Cruz de la Muñeca (ofrecida por Segunda Cano a su pueblo natal hace justo 90 años), nos acercamos al corral de Cuestalavega, que está en uso y es hoy una nave ganadera con ovejas bien cuidadas, y después a la fuente del mismo nombre y humedecida con un charco de agua. Probamos las bellotas –de encina y de roble- que se encuentran en sazón; un poco amargas, asadas ganarían. Rodeamos el pico Lotero –del otero- que ahora está rodeado de buenas viñas y nos vamos en busca de la fuente de la Umbría, que no encontramos. Hay juncos, prados, arbustos, pero de agua fluyente, nada. Mas el paraje merece la pena rodeado, además, de robles. Subimos al alto de San Juan donde se alzan los restos de otros corrales de muy buena factura. Se diría que han estado en uso hasta hace nada. Y nos asomamos al aquí anchuroso valle del Duero, con Nava de Roa casi en primer plano.

Nava de Roa en su valle

Pero hay que ir pensando en bajar –y volver-, así que nos vamos por el Portillo buscando las fuentes del Perro –que no existe- y la de Villana, que ha sido recientemente remozada y, al menos, gotea. Y entre los altos del Gorro y Riosa nos acercamos al Duero. El firme ha cambiado y la arena dificulta nuestro avance en algunos tramos. También ha cambiado el paisaje que, sin dejar las vides, se ha suavizado. Ahora vemos frutales, chopos y pinarillos. El canal del Riaza lleva agua a esta vega. Han destrozado la fuente del Villar, antes pegada al canal.

Canal del Riaza

De manera asombrosa, el valle se ha cerrado formando una garganta de un kilómetro de anchura por la que se cuela el Duero. No sé cual será la explicación a este fenómeno geológico, pero ya se ve que el río no ha podido derribar estos páramos, especialmente duros, y se ha conformado con un estrecho boquete. Por aquí también cruzan la carretera de Soria, el ferrocarril de Ariza, el gasoducto y la calzada de Clunia. Pero esta última es la única vía que lo hace por la orilla derecha, y allá pasamos.

Cruzamos para recordar la Historia. Precisamente nos llama la atención el perfecto firme de este camino. Pero claro, se debe a que los romanos fueron unos excelentes arquitectos e ingenieros y este camino se asienta sobre una calzada o vía romana. Por aquí pasaron legiones, comerciantes antiguos, carreteros… que venían de Tarraco, Cesaraugusta o Clunia, en dirección a Simancas, Astúrica o Braca.

Amenazante paso de la calzada entre el Duero y el páramo

Y más tarde, justo por aquí vino huyendo de la batalla de Simancas, Abderramán III los primeros días de agosto del 939. Dicen las crónicas (árabes) que arrasó Mamblas, el castillo de Rubiales (5 km al este) y Roa. Pero también dicen que hacia Valdezate, en el Foso (?) le vencieron los ejércitos cristianos y casi le hacen prisionero. Abderramán, escaldado, no volvió por estos lares. Todavía durante siglos posteriores este fue el camino natural entre Castilla y Aragón (Senda de los Aragoneses). Llama la atención que precisamente en este paso vemos enormes piedras esparcidas por la ladera como amenazando el cruce de los caminantes.

Vista del Bercial desde las alturas

Y seguimos hasta Bocos, donde el sol le saca al picón del páramo vivos tonos de color marrón y blanco. Y nos metemos por un campo próximo al río y en medio nos paramos a ver la Casa del Bercial, en un tiempo rodeada de vides -algunas quedan- y hoy de miles de nogales, perfectamente ordenados para la explotación de su fruto. La casa es de barro, de dos pisos con balcones, y amplio corral rodeado de establos. Pero ya en ruinas. Fue la típica casa de la ribera del Duero. Una verdadera ribera, en su acepción vallisoletana, según el diccionario de la RAE.

Todavía disfrutamos de las vistas del castillo de Curiel –en Castilla, al norte- y del de Peñafiel –en la Extremadura, al sur- pues no en vano a esta última localidad se la conocía en el siglo XI como madre o ensalzamiento de toda Extremadura y el Duero la frontera.

Llegando a Bocos

Para terminar protegidos del viento, nos metemos en la senda del Duero para cruzar luego este río por el puente medieval, que se levanta entre las desembocaduras del Botijas y Duratón. Y así, como sin querer, hemos cerrado el círculo de esta excursión.

Altos del Duero en Peñafiel y Castrillo

18 octubre, 2019

Peñafiel se asienta sobre valle del río Duratón, pero no toda, pues una pequeña parte que incluye el camposanto e importantes bodegas se levanta sobre el valle del arroyo –río para otros- Botijas. El cerro del castillo separa los dos valles. Ambos, río y arroyo, desembocan en el Duero a unos 300 m de distancia uno de otro.

Para salir de Peñafiel vamos a seguir la cañada Bermeja, cañada merinera que sube al páramo de San Pedro. Pero antes cruza precisamente el arroyo Botijas por un pequeño y precioso puente de piedra de tres arcos, que lo tiene todo: tajamares, robustos pilares, pretriles, embocadura… Abajo, el agua corre entre un denso espadañal. Muchas ovejas –merinas y no merinas- y otros ganados han pasado sobre su calzada a lo largo de los siglos, pues no en vano da servicio a una cañada. Preciosa vista sobre el castillo si no fuera porque delante nos han plantado el polígono industrial.

Avanzamos ahora por las vides del Pago de Carraovejas. Si fueran personas, estarían felices, pues pocas cepas reciben tanto cariño como estas. No hay más que verlas para adivinar donde está parte del éxito de estas bodegas. Pero volvemos a decir lo que dijimos antes sobre el paisaje de Peñafiel y su castillo, si bien ahora las naves industriales se encuentran más alejadas y proporcionalmente han disminuido de tamaño.

Vamos hasta el pico de Santa María –lo veíamos al subir de espectacular estampa, blanca y vertical- que ha sido modelado por el Duero y otros elementos naturales a lo largo de cientos de miles de años. Con el río, forma un estrecho paso –el Portillejo– que controlaba el acceso a Peñafiel viniendo del este. Desde aquí no sólo vemos Peñafiel, también la orilla derecha del río y los páramos de Curiel –con su castillo- y los de Bocos, más a contramano. Y la inmensa mancha del pinar de San Pablo, delante de Pesquera.

Ahora nos vamos hasta los corrales de San Pedro, asentados sobre una pradera que hoy pierde terreno en favor de las plantaciones de pinos de Alepo. Aun vemos en pie un estilizado chozo, ya desmochado, y unos corrales sorprendentes por su buena factura: muros anchos y altos, con algunas esquinas en piedra de auténtica sillería. Antaño la cañada se bifurcaba aquí y un ramal bajaba en directo hacia el Duero; hoy éste ha desaparecido y nosotros seguimos el único ramal practicable.

Nos volvemos a asomar al Duero en diferentes puntos del borde del páramo. Tal vez lo mejor de esta excursión sea, precisamente, el paisaje de este valle. Elevados 150 sobre el río gozamos de una vista de pájaro -o de águila- y las riberas parecen otra cosa. Si el Duero es el río de la epopeya condal castellana, el castillo de Peñafiel lo rompe desde el sur, el pico de Santa María señala el oeste, a favor de la corriente, y el Duero, con sus suaves meandros a pesar del cañón, no se da por enterado. Aguas arriba, el valle desaparece para formar una llanura tranquila y hasta dulce por los racimos de uva, propia de Baco, alejada de los ásperos páramos.

A la vista del pico Redondo –es como una península que se mete en el valle- descubrimos otros viejos corrales que han aprovechado las calizas del cerral a modo de visera para proteger mejor los rebaños. Después, bordeamos la Calvacha Arenosa, con sus corrales y chozos y buscamos, en vano, la fuente de Valcavado en el barco que da a la casa del Empecinado. Abundan los sauces, arbustos y pequeños prados -todo verde- pero no llegamos a dar con el agua. Tal vez brote en primavera.

Volvemos a la cañada; en algunos majuelos están vendimiando y, al llegar a la charca de Fuentidón, saltan las ranas y la fuente gotea; los álamos dan sombra. No se está mal, por lo que descansamos un poco para continuar en la entrada siguiente.

Aquí podéis ver el trayecto.

San Pedro Regalado y el Duero

12 mayo, 2019

 

[Como quien ve el agua pasar, vi pasar a Pedro.
Le vi, le veo;
está junto a mi entre los olmos del Pisuerga]

Y, así, pasa ante mis ojos: 
el sayal, como la hoja enroscada del olmo, a la deriva;
la que en sus ramas estuvo y cayó, como él, de su tiempo, la hoja del olmo.
Pero su espacio es este; acercaos; y sigue aquí; 
si apretamos el corazón mejor le sentimos;
si profundizamos más el alma mejor le vemos;
sobre el agua la hoja seca del olmo, de encendido color, es ahora su sayal,
la hoja seca, encendida del olmo.
Pedro, dulcemente, delicadamente, verdaderamente, está, pasa.
Por eso estoy a la orilla del Santo al estar a la orilla de este río,
del Santo que es vida, como el agua, a quien veo como veo al agua,
que como otro Duero pasa,
otro Duero orillado del cielo.

Pedro es el fraile que no se hacía notar. Se le conocía por su silencio continuo, porque se retiraba a rezar y pasaba desapercibido en su comunidad. Es un contraste para nuestra época en la que no se dan las circunstancias vitales que nos permiten retirarnos y tomar distancia pues salir del tiempo impetuoso de la vida nos permite convertirnos en observadores, facilita la contemplación... La vida actual no invita a pensar y menos aun a rezar y contemplar, podríamos decir a continuación. Y por eso tal vez, Pedro llegó tan lejos. Pasaba de un convento a otro -del Abrojo a la Aguilera- sin moverse. O estaba en los dos a la vez. O caminaba sobre las aguas del Duero. O detenía un toro embravecido con solo mirarlo.

Pedro, sin pretenderlo, llegó a evangelizar América, especialmente México: los franciscanos españoles, renovados por la fuerza interior de los Pedros de Villacreces y Regalado, pudieron llevar la fe y la cultura española a aquellas tierras… ¡Paradojas de la contemplación!

Pedro es el santo de la Esgueva, junto a la que nació, y del Duero, que unía los dos conventos donde vivió. Y de los toros y toreros. Y de Valladolid, Laguna y la Aguilera, y lo celebramos el 13 de mayo. Pedro, como Francisco, amaba la naturaleza y todo lo que de ella brotaba.

***

La cursiva es del filósofo alemán Peter Sloterdijk (El País, 4.5.19). La poesía, de la Vida de Pedro Regalado, sueño de Paco Pino. Es una pena que ya no queden olmos ni en el Duero ni en el Pisuerga. El siglo XX ha quitado a Pedro su sayal. Esperemos no quitarle la vida, o sea, el agua pues, como expresa Pino, quien ve pasar el agua ve pasar a Pedro…

Entre Duero y Jaramiel

13 septiembre, 2018

Duero y Jaramiel modelaron las conocidas Mamblas de Tudela y Villabáñez. Son como la avanzadilla de una lengua de páramo que se extiende unos 40 km de largo hasta que el valle del Jaramiel, en sus fuentes, se acaba confundiendo con el mismo ras de la paramera. Pero mientras, podemos recorres sus laderas, vallejos, cantiles y, en general, el hermoso panorama que ha formado el padre Duero con la ayuda de este su aprendiz.

Salimos de Villabañez. Por fortuna, la iglesia estaba abierta. Como en tantos pueblos del Cerrato, cuando lo contemplas desde lejos, ves algo parecido a la gallina y sus polluelos: una inmensa iglesia en el centro y, alrededor, casas que levantan muy pocos metros. A veces le hace competencia un silo o una nave agrícola, lo que no ocurre -por el momento- en esta localidad. Pues bien, tras esta imagen y tras un sencillo pórtico realizado en piedra de Aldealbar, entramos en una verdadera catedral que impresiona por sus columnas y bóvedas, por su gran espacio. Tiene, además, un pozo bajo el coro y una curiosa escalera de caracol toda en madera para acceder a éste.

Curvas del Duero

Nos acercamos al borde del páramo subiendo por la carretera, que sigue por un barco, y contemplamos, desde arriba, Peñalba y el Duero. La iglesia de Peñalba también es inmensa, pero no queda casi nada del caserío. El río baja dando curvas y creando meandros. Sus aguas, que son las del Canal de Duero, convierten la dehesa de Peñalba, en la orilla de enfrente, en un tapiz verde a pesar de lo avanzado del verano.

Desde el cerral

Contemplando el paisaje descubrimos algo curioso que desde abajo, desde la senda de los Aragoneses, no es perceptible. Se trata de una inmensa corona de casi cien metros de radio, que se levanta a modo de flan muy aplastado o tapón de bebida refrescante, justo encima de los cortados. Resulta muy curiosa su horizontalidad, que contrasta llamativamente con la verticalidad de los cortados. Seguro que tiene una explicación geológica pero, aun así, tal vez tenga también una explicación histórica, en el sentido de que pudo ser la base para una construcción defensiva o pequeño castillo que protegiera el paso del Duero –aquí mismo hubo un importante puente, como atestiguan los restos- hacia el norte. Entre la Corona –que por ese nombre viene señalada en los mapas- y la ladera pasó precisamente la senda de los Aragoneses. Y como la Corona monta sobre los cortados, no tardará en irse derruyendo poco a poco. De hecho su lado sur ya ha empezado a caer. Por supuesto, hacemos el propósito de contemplar esta formación geológica más de cerca en una próxima excursión, por si algún indicio o vestigio nos ilustrara algo más.

Otra visión desde el borde del páramo

En cualquier caso, el panorama es como para quedarse un buen rato, contemplando los diferentes lugares de esta ancho valle, aunque esta vez la Corona ha absorbido gran parte de nuestra atención.

Ahora nos vamos por el camino de Raposeras a divisar Villabáñez y el valle del Jaramiel, sostenido por las Mamblas, desde un picón. Otro rato dedicado a la contemplación. Luego hacia el este, sobre el valle de Valdelamano y luego sobre Valdemate podemos contemplar la Cuesta Hermosa y a lo lejos, Villavaquerín y el Jaramiel. En los linderos abundan las endrinas y el espliego; la garduña y la berruguera entre los rastrojos. Como estamos a finales del verano podemos rodar a campo traviesa, buscando las mejores perspectivas, sin la limitación de los caminos que nos llevan por donde ellos quieren. ¡Viva la libertad!

Valle del Jaramiel

Al fin salimos a la carretera de Villavaquerín y la cruzamos para tomar, atravesando el páramo, el Camino a Castrillo, de excelente firme. Enseguida se transforma en una cañada de abundante pasto y con robles en hileras que la custodian. ¡Qué buen sitio para rodar! Al inicio de la bajada perdemos el camino pero no importa, por la rastrojera no se rueda mal y, en cualquier caso, nos permite contemplar el paisaje del Jaramiel con sus laderas de roble y encina a la vez que avanzamos. Como no hay camino, no hay que preocuparse por mantenerlo. Lo hacemos, lo vsmos creando. A pesar de todo acabamos tomando uno -sobre el que caen más tarde las altas laderas de las Atalayas- que nos deja en Castrillo Tejeriego.

Carrapiña

Damos aquí la vuelta y tomamos altura por la carretera de Piña hasta conectar con el camino que nos llevará por el valle de Carrapiña, que discurre abriendo una buena brecha en el páramo. Precisamente su ladera norte es llamativamente blanca, a causa del yeso y la cal, en vivo contraste con las matas de encina y roble que parecen subir por la empinada cuesta. En el fondo del valle las rastrojeras dejan al descubierto antiguos pozos. Pero no llegamos a salir por la puerta del valle, sino que ascendemos hasta casi lo más alto del páramo de Castro, entre el Carrapiña y el Jaramiel. Seguramente ahí hubo otra torre de vigilancia más o menos fortificada. Por una pista a medio ladera acabamos saliendo a la carretera que recorre el valle.

Las Lanchas

Y esa carretera atravesamos la Sinova y nos metemos a buscar el manantial de la Lanchas, que encontramos al pie de unos chopos, de los pocos que destacan en todo este valle. Y ahí está el manantial: goteando. Mana tan poca agua que el charco que produce de nuevo es engullido por la tierra.

Ahora subimos por la ladera sur hasta tomar el camino de la Puerta Suso y, cuesta abajo, llegamos a Villavaquerín por el camposanto. El resto será tomar el camino del Calzón que, por la orilla derecha del Jaramiel y contemplando las altas laderas del valle, nos dejará en Villabáñez. Hemos podido comprobar que el arroyo llevaba agua bastante clara y, en algunos puntos, nadaban los alevines. ¡Que siga así por muchos años! He aquí el recorrido.