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San Miguel del Pino

11 abril, 2017

San Miguel del Pino es uno de las muchas localidades vallisoletanas hermoseadas por el Duero, que aquí se ensancha formando un verdadero lago de aguas tranquilas. Ello es debido al azud que formó parte de unas potentes aceñas, de las que aún podemos contemplar dos grandes espigones que se levantan sobre la horizontalidad de la superficie del Duero-lago.

Por aquí pasa la Senda del Duero, pegadita al río e ideal para dar un paseo entre el agua y la tierra, saboreando todo el color de las riberas –según la estación que toque-, y del agua que, como si fuera la del mar, refleja cualquier aspecto o tonalidad del cielo. Viniendo desde Villamarciel la ribera es un denso pinar que se asoma al río como queriéndolo saltar; siguiendo aguas abajo se convierte en una franja de carrizos y algún sauce, entre las aguas y tierra cultivada y luego sigue siendo una franja, pero con las fincas y casas del pueblo como límite. Vemos cien puestos de pesca que empujan al sufrido pescador sobre el río para hacerle más fáciles y llevaderas las capturas. Pero ni por esas…

Junto a las ruinas de las aceñas vemos también las ruinas de la casa, cuadras y almacén del aceñero o molinero y una fuente de la que ya no brota agua, si bien el manantial, por debajo de ella, está activo y descarga en el río como si la peña fuera un gigante que suda a causa de elevados calores. Si seguimos aguas abajo, al faltar el sostén del azud, el río reduce sus dimensiones y se mueve, natural, en rabiones. La ribera queda despejada donde antes había agua y aparecen arenales y praderas entre los que crecen chopos, álamos y sauces. Ni el recial ni los arenales duran mucho, pues al acercarse a la Peña vuelve a tranquilizarse por efecto de la desdentada pesquera. También, entre el camino y la ribera, abundan las encinas y algunos raquíticos negrillos.

Ya hemos contado lo mejor del término. Pero hay una joya, también cerca del río, digna de contemplarse por su originalidad: es la iglesia de San Miguel, de principios del siglo XIII, románica de transición, con planta de cruz griega, tres naves y una torre. La fachada occidental posee una portada apuntada con tres arcosolios a cada lado. Todo el conjunto tiene cierto aire militar, recordando un castillo, lo que cuadra con su historia, pues perteneció a la Orden de San Juan de Jerusalén. Por cierto, el primer nombre con que se cita esta localidad es el de San Miguel de Malvavisco. Antes, hubo una villa romana que se sitúa en la salida hacia Villamarciel.

Ya puestos, podemos dar un paseo por el pueblo para ver el arco del Ayuntamiento, tres grandes piedras molenderas de la aceña y la ermita del Cristo, todo en la misma plaza. Junto a una de las casas veremos esculturas de marcado buen gusto; tal vez viva ahí un escultor…  o un amante del arte.

Y vista la ribera y el pueblo nada nos impide dar otro paseo siguiendo el trazado del antiguo Canal de Tordesillas, que también atraviesa el término paralelo al río por el extremo norte. Vemos que aquí el paisaje cambia un poco, pues la planicie se ve limitada por una empinada cuesta con desnivel de unos 20 metros, aprovechada por montes de encina. En un pequeño vallejo de la ladera los vecinos de San Miguel tienen –o, por mejor decir, tuvieron- sus bodegas, bien excavadas en peña de color naranja. Además de criar vino, era donde se refugiaban cuando el Duero dejaba de hermosear el paisaje para salirse de madre.

El término se completa con una pequeña mancha de pinar al oeste y otra más grande al este, en las que hay buenos ejemplares de piñonero y algunas encinas. También, al norte, hubo una pradera destinada a pastos donde aún podemos ver un viejo complejo para marcar y embarcar ganado. El resto es, casi todo, una amplia llanura destinada a cultivo de regadío gracias al canal de Tordesillas. El límite municipal llega hasta la autovía, antes cañada real y mucho antes calzada romana que unía Simancas con Albocella, seguramente donde hoy se levanta Toro.

Junto a todo este hermoso paisaje hay un punto negro: un vertedero situado por encima de la cuesta de las bodegas, del que no conozco su origen ni por qué se ha permitido, pero que ahora se debería restituir a su aspecto original de monte y viñedo. En todo caso, mejor es no subir hasta arriba de la cuesta para no tener que ver aquello.

De Valladolid a Villamarciel y vuelta: una excursión muy completa

4 marzo, 2017

simancas-2017…porque tiene un poco de todo: campo, ciudad,  río, llanura, cuesta.  Y salimos de Valladolid, en concreto desde el puente de la Hispanidad, pegando ya a Arroyo de la Encomienda.

Primero paseamos por los jardines de Arroyo, donde también se distinguen por su variedad. De hecho, vemos desde un botánico hasta huertos para jubilados. Avanzamos por un delicioso paseo fluvial para bicis que cuenta con desviaciones a dos miradores sobre las aguas del Pisuerga. También visitamos la iglesia románica de San Juan, lo que queda de lo que fue un grandioso pino y la fuente junto al cauce del arroyo Rodastillo que viene de los manantiales de Ciguñuela.

El Mosquero

El Mosquero

Dejamos Arroyo para entrar en Simancas. En panorama cambia por completo, pues ahora elegimos los estrechos toboganes de una senda en la ladera, muy vertical, del Mosquero. A nuestros pies los valles del Pisuerga y Duero con sus pinares. Por aquí también tuvo lugar la famosa batalla de Simancas. Un poco más y ya estamos de nuevo junto al Pisuerga.  Casi tomamos contacto físico con las aguas de este río justo donde estuvo la fuente del Rabil, que todavía se reconoce con relativa facilidad. También estuvieron aquí al lado las aceñas de Abajo: lo poco que quedaba de ellas desapareció al construir el puente nuevo de conexión con la autovía.

Pila Reoyo

Pila Reoyo

Ahora pasamos bajo la vieja fábrica de harina, luego de luz; a la derecha dejamos la ladera de Simancas, con su peña que siempre gotea agua. También pasamos junto a la Pila Reoyo: ya no está en su sitio original sino en la zona ajardinada del sur de la ciudad, pero más vale así, al menos no ha desaparecido. Durante varios siglos abasteció de agua a los vecinos de Simancas. Un poco más allá vemos –a duras penas- el estanque de la fuente de las Maduras, dentro de una finca a la que se puede entrar los fines de semana para comprar productos ecológicos de su huerta. El agua, por una conducción, viene de un manantial que está junto a la autovía. Si siguiéramos por el camino junto al río –que no tiene salida- llegaríamos a lo que queda de las aceñas de Gallo; merece la pena acercarse.

El Gallo

El Gallo

Otra fuente en nuestro camino –y de gran caudal- es la de la Tina y, enseguida la de Mosquila. Ambas están muy cerca del río, ocultas entre la maleza. Seguimos junto al Pisuerga y, poco antes de que muera, visitamos las aceñas y fábrica de luz de Mazariegos, con su ancha pesquera. Ya junto al Duero nos encontramos con otra fuente poco conocida, la de la Teja. De hecho, no tiene nombre pero la podemos llamar así en homenaje a un pescador que la limpia y vigila para que siempre tenga una teja que facilite tomar agua para beber…

Pesquera de Mazariegos

Pesquera de Mazariegos

Ahora vamos por un camino de firme regular, pero junto al río y en continuo contacto con árboles, arbustos, yedras y lianas. Vemos la otra orilla, bien limpia y también la torre de la iglesia del monasterio de Aniago. Pero la ruta por la silvestre ribera no dura mucho y salimos de nuevo a una buena pista donde paramos para contemplar, enfrente, la desembocadura del río Adaja en el Duero, al que parece embestir y atajar, y más ahora que viene desbordado y el Duero bastante normal (esta excursión la hicimos el 18 de febrero). Nada, pues, de suave y fraterna unión de aguas, como hace un momento hemos visto con el Pisuerga. Y enseguida pasamos junto a unas viejas aceñas que fueron del monasterio de Aniago, luego pasaron a fábrica de luz, y más tarde se utilizaron para elevar el agua al canal de Tordesillas. En verano todavía se puede cruzar el río andando sobre su pesquera hasta Villanueva.

Frente al Adaja

Frente al Adaja

Atravesamos Villamarciel, una tranquila localidad que tiene arenales, buenas tierras de labor, algún pinarillo, y a la Virgen de las Nieves como Patrona. Cruzada la autopista dejamos a la derecha un antiguo lagar y bodega (pues también gozaba el término de abundante viñedo): si no contamos con tiempo suficiente, podemos tomar ese camino que nos llevaría igualmente hasta las proximidades de Geria salvando un menor desnivel.

Viejo lagar

Viejo lagar

Pero seguimos dos kilómetros más por la carretera de Velliza hasta tomar la primera desviación a la derecha. Al fondo vemos Pedroso de la Abadesa, la torre de Matilla de los Caños, Velliza… y tomamos el camino de Simancas a Toro, que antaño surcaba estos campos. Al pasar entre las cimas parameras de Valcuevo y Valdelamadre vemos ya otro panorama, con los barrios de Valladolid que aparecen al fondo.

Aunque predomina la cuesta abajo son frecuentes los toboganes hasta llegar al humilladero de Geria, donde empieza una cuestecilla que luego bajará hasta la antigua carretera de Salamanca para subir otro poco y bajar definitivamente a Simancas. Paramos en la fuente del Rey que trae el agua desde las Eras Altas gracias a una canalización; la forma de su frontis nos recuerda la de Mosquila, que también tiene tres caños. Y aquí mismo damos por terminado nuestro trayecto, con 33 km recorridos.

Crucero en Geria

Crucero en Geria

Podemos volver por donde hemos venido o bien por el camino de las Berzosas  o incluso continuar hacia Laguna por la Calzada.

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Arenales del Villar y desembocadura del Trabancos

2 diciembre, 2016

arenales-del-villar-pollos-2016En este paseo no salimos del término de Pollos. Corto, pues no supera los 30 km. El parte (o eltiempo.es, como se prefiera) amenazaba con chubascos que no se hicieron realidad. La temperatura, incluso agradable a pesar de que el sol no hizo acto de presencia.

El Duero, entre Tordesillas y Pollos se siente especialmente libre, pues sale del ámbito de las laderas del páramo de los Torozos, que le oprimen y aún no ha llegado a la Dehesa de Cubillas, cuyas peñas le cortan el paso y le obligan a tomar dirección sur. Tal vez por eso –y porque ha recogido arena de sus tributarios que cruzan Tierra de Pinares-, describe grandes curvas y meandros donde deja, en la orilla convexa, extensos arenales, además de grava y cantos rodados. Y no sólo esto, también los propios árboles de los arenales atrapan troncos de todos los tamaños que llegan con las crecidas. Claro que igualmente, las aguas depositan bidones, plásticos, botellas y todo tipo de basuras.

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Senda que nos conduce a los  arenales

El Duero se deja ver como siempre fue. O casi. Debido a que en toda esta zona no hay presas de centralitas eléctricas, resulta que ¡el agua corre! entre cantos rodados y arenas, formando tablas e incluso rabiones; y no hay casi pecina, a pesar de que ahora lleva poca agua.  O al menos eso vimos en los arenales del Villar, aguas arriba de Pollos. Hace años estos arenales debieron ser mucho más grandes y puros, pues se nota que hoy crecen demasiados arbustos e incluso algunos árboles, cuando no se plantan choperas, como en el del Charcón o en la Marota. Incluso aguas arriba de Pesqueruela antaño hubo abundantes playas; hoy han desaparecido todas colonizadas por árboles y arbustos. Lógico, pues los ríos han disminuido su caudal.

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En los arenales

Abundan los tamarizos -ahora de un elegante color burdeos-, los grandes chopos, algunos álamos y fresnos y, también, enormes sauces que no se dejan ver en otros lugares. Ahora, el arenal tenía zonas de hierba y, cerca de las arboledas, la arena se cubría con las hojas caídas.

Curiosamente, entre la arena y la grava, se veían restos de cerámica sin aristas, redondeados por el continuo lamer del agua. ¿De dónde provendrán? ¿Medievales? Porque por allí no hay poblaciones hasta Tordesillas, aunque las hubo. También se dejan ver valvas de náyades y almejas.

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Pedregal

Veremos patos –pues nadie les molesta-, cormoranes, garzas y algún milano real. En un bosquete de álamos contiguo a este arenal hay una colonia de nidos de cigüeña o, tal vez, de garza. En los charcos que se forman después de las crecidas quedan atrapados peces, por eso todavía vemos los restos -cabeza, espinas y escamas- de grandes carpas.

Pues esto ha sido, más o menos, el paseo por los arenales del Villar. Aguas arriba podemos pasear por otros arenales –algunos, como los de la Moraleja, está cercado y con ganado. Hubo incluso una ermita dedicada a Nuestra Señora del Arenal: se la cita así en 1613, pero antes fue parroquia de una localidad desaparecida, junto a las aceñas de Zofraguilla. Terminó destruida por el ejército inglés en la guerra de la Independencia. En cuanto nos salimos de la ribera, vemos los campos de labor de Pollos de una horizontalidad casi perfecta, sólo rota por los solitarios nogales.

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El Duero

* * *

Vistos los arenales, puse rumbo hacia Bayona, pasando antes por el Charcón, que también es un arenal, por choperas de abundante fusca, por el Prado (de la Alegría) que realmente es una intrincada arboleda y, al llegar al Soto, pude comprobar que el río se estaba merendando la orilla izquierda, que es de simple tierra de cultivo. A la izquierda se deja del despoblado de La Porra y, nada más cruzar el Trabancos –sin agua, claro- pude apreciar cómo los cantos rodados cambian de tamaño, para convertirse en piedras –también rodadas– de varios kilos. Curioso.

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Esta es la desembocadura

Por la orilla izquierda –entre la casa de Bayona y el cauce-hay un camino, paralelo a este río seco, que acaba saliendo a zona de cultivo y, justo por el límite entre ésta y la enmarañada ribera, nos conduce hasta las proximidades de la desembocadura en el Duero. Digo hasta las proximidades porque los últimos 150 metros son de aúpa: hay que pasar por una franja de abundantes zarzas en la que uno podría quedarse enganchado. Tal vez en pleno invierno, con el zarzal reducido por las heladas sea el mejor momento para acercarse, siempre que el río no venga un poco crecido. Total, que al final pude llegar a la desembocadura propiamente dicha. Es como si un arroyo pequeño –se puede saltar de un brinco- desapareciera en un río caudaloso. Y el arroyo lleva agua en este último tramo debido al nivel del Duero, que se mete dentro de su cauce. Pero puedo decir que lo he visto. Creo recordar que hace muchos años llegué también a este punto por una acequia paralela a la orilla derecha del Trabancos.26-noviembre-239

En Bayona; la dehesa de Cubillas al fondo

***

Para terminar la aventura y pedalear un poco, me fui siguiendo el Duero hasta una alameda frente a la peña roja donde comienza el encinar de Cubillas para volver hacia el Trabancos y recorrer su cauce hasta las Peñas de Santa Cecilia. Desde allí, me dejé caer por un buen camino hasta Pollos, donde tuve la suerte de encontrarme con Daniel, que me invitó a una cerveza para terminar la tarde. Anochecía.

¡Ah! Antes, como seguimos en otoño, la merienda fue ofrecida por un nogal junto al Duero, un manzano cerca de La Porra y un majuelo joven que tenía racimos sin vendimiar, cerca de las Peñas de Santa Cecilia.

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Bikes y Birras, segunda edición

15 julio, 2015

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Por segundo año consecutivo un grupo -450 inscritos esta vez- de ciclistas todo terreno nos reunimos en Sardón de Duero para afrontar este trayecto, que terminaría en la piscina de la localidad reponiendo fuerzas gracias a unas sabrosas birras con empanada.

Primera subida, y bajada por Yeseras

El recorrido, precioso; no tiene otro calificativo. La primera subida fue al páramo de Quintanilla de Onésimo. Ya arriba, dejamos a un lado la alambrada de La Planta, con jabalíes y corzos, y a otro el pinar del Cabezo de las Arroyadas, con abundantes caleras. La bajada, por la estrecha senda de las Yeseras provocó un embudo en los ciclistas, pues alguno se lo pensó dos veces antes de bajar por sitio tan empinado. Sin embargo otros, a la vista del parón, optamos por tirarnos directamente por la ladera, que las margas yesíferas estaban bien mulliditas. Ya se ve que cada corredor es diferente: al que esto escribe le adelantaban en las cuestas arribas, pero ganaba terreno en las bajadas. Mientras, el telón de fondo del paisaje no era otro que el inmenso y luminoso valle del Duero con la Abadía de Retuerta destacando.

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Ascensión al Carrascal

La segunda subida fue desde Quintanilla de Onésimo por el camino de Basilión, de buen firme. Aun así, algunos se bajaron de la bici para caminar los últimos metros, muy empinados. Nos fuimos hacia el Este por el Carrascal (precioso bosque mixto de pino, encina, roble y enebro), que bordea el monte de Vegasicilia a la izquierda, y deja un chozo de pastor a la derecha, hasta que nos acercó, entre pequeños campos de cultivo y rodales de moente, por la Hoyada del Cura a la bajada por otro lugar precioso: Valdelascuevas. En una ladera abrupta vemos estos entrantes, las cuevas, protegidos por viseras de piedra caliza. Pero claro, como estábamos más atentos al terreno para no caer, no nos fijamos en todo esto. Justo en el cerro encima de las cuevas, hubo un importante poblado prerromano. Es el pico del Castro, ya en los dominios de Pintia.

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Tercera y última

La última subida fue desde Quintanilla de Arriba, por las Cárcavas. Hubo una rampa doblemente criminal, porque además de ser empinadísima engañaba al sufrido rodador, pues parecía que habíamos llegado al páramo y, de eso, nada. Así que otra rampa más y ahora sí, habíamos coronado nuestra última subida al altiplano. De la bajada no hablamos, que se bajan solas, ya sabemos el dicho ese: para las cuestas arriba quiero mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo.

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Por la senda fresquita del Duero hacia la meta

Pasamos por Quintanilla y nos metemos en la senda del Duero. Se agradece el frescor, ahora que el sol empezaba a calentar bien. En el puente está el avituallamiento: bebemos y descansamos un poco.

La siguiente etapa es por la sombra gracias a que seguimos la senda del Duero, confundidos en la densa ribera, hasta las proximidades de Olivares. ¡Así da gusto! Esta senda es tan entretenida como cansada. Por un lado subes y bajas continuamente, por lo que derrochas fuerzas, pero como vas pendiente de no salirte del camino, no notas el esfuerzo… hasta que terminas el sendero.

En Quintanilla de Onésimo dudamos si seguir la ruta dura y larga, de 80 km con 7 subidas al páramo en total, o la blanda y suave, de 60 km y 3 subidas, que ya hemos hecho prácticamente. Pero la duda dura un segundo y la decisión es instantánea. En poco más de 5 kilómetros estábamos en las piscinas de Sardón.

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Agradable recorrido, muy bien organizado y con abundantes voluntarios que ayudaban en todo momento a los ciclistas en ruta. ¡Enhorabuena a los organizadores y mil gracias a los voluntarios!

¡Hasta el año que viene!

Páramos y riberas entre Pesquera de Duero y San Martín de Rubiales

17 mayo, 2015

Roturas

De Pesquera de Duero hacia Roturas fuimos por la carretera para calentar motores. Entre las Pinzas –al Este- y nosotros se suceden campos de cereal y bacillares. Un enorme chopo en medio del valle le da el contrapunto a la horizontalidad del paisaje.
Roturas es peculiar. Mezcla de casas restauradas y casas en derrumbe libre, en invierno está prácticamente vacío y, en verano, con varias casas rurales, se llena de vida. La iglesia de San Esteban cuenta con un retablo de piedra caliza, cosa nada habitual, y, a la vez, un viejo lagar parece querer quitarle espacio a la iglesia, pues se posiciona a escasos centímetros de la misma torre… Y, por si fuera poco, hay que venir aquí expresamente, pues la carretera no va a ninguna otra parte.

En Isarrubia

En Isarrubia

Subimos por un camino –majuelos y álamos- hasta la fuente de la Criada, de amplio pilón, casi en el ras del páramo y con árboles para descansar a la sombra. Seguimos nuestra excursión entre campos de un verde radiante donde el trigo y la cebada –o sus dueños- confían que seguirá lloviendo y luciendo el sol. Aquí la llanura se abre hacia el hondo valle de los Piñeles, por un lado, y por otro hacia los de Curiel y el Cuco. Entre medias, navas y hoyas que hacen la tierra más húmeda y la rasante menos sería. Incluso una loma –La Revilla-se levanta sobre el llano.
En éstas, hemos llegado a Jarrubia o Isarrubia, donde nos espera una fuente con dos generosos caños y los restos de un pueblo donde aún pueden verse parte de los muros de lo que debió ser la iglesia y, junto al camino, las piedras de sillería sobre la que se apoyó alguna construcción importante. Si en los bordes del valle de los Piñeles aflora el yeso seco que impide el crecimiento de cualquier vegetal, en este comienzo del valle, por el contrario, se extiende una verdadera selva de pobos, arbustos de todo tipo y plantas que crecen sin control. Total, que resulta imposible penetrar en tan fragoso paraje.

Chozo de Valdesosnal

Chozo de Valdesosnal

Los siguientes puntos por los que cruzamos son fuentes que nacen en cabeceras de valles del término de Corrales de Duero. Todas son distintas y diferentes, pero coinciden en brotar cerca del cerral, donde acaba la piedra caliza y aparecen unas estrechas praderías –entre las piedras y los campos cultivados- precisamente gracias a la proximidad de los manantiales.
La primera que visitamos es la fuente de Valdesosnal, muy cerca de un precioso chozo de pastor que parecía recordar el origen de la localidad, Corrales, como asiento –en tiempos ya lejanos- de rebaños y pastores.

Fuente de Valdemeso

Fuente de Valdemeso

Después de visitar otro chozo medio derruido en el páramo, nos plantamos en la fuente de San Pedro. Además de un prado tenía cerca una plantación de almendros. En esto se parecía a la de Isarrubia. Y finalmente estuvimos en Valdemeso, protegida por un espino blanco. La verdad es que todas las fuentes soltaban agua con alegría.

Robles y campos

Robles y campos

A partir de aquí pusimos rumbo a la provincia de Burgos, si bien ya habíamos hecho alguna incursión, atravesando montes de roble, entre fuente y fuente. Por cierto, la inmensa mayoría de estos árboles ya tenía hoja, y en algunos estaba bien crecidita. La caída hacia el valle del Duero –al fondo la Manvirgo- es, por así decirlo, escalonada. Con dos o tres paramillos por debajo del nivel alto del páramo, que van cayendo progresivamente. Estos páramos menores se encuentran sembrados de cereal y adornados por pequeños bosquetes y robles en hilera o solitarios. Algunos de gran prestancia. Pero al final, vemos allá abajo las casas de San Martín de Rubiales. La torre de la iglesia con escalera de caracol adosada, casas de buena piedra, palomares y casetas de barro. Y detrás de todo, la enorme planicie pinariega que ocupa la vega del Duero.

Amenazadores pedruscos protegen la entrada de la Provincia

Amenazadores pedruscos protegen la entrada de la Provincia

Como el pueblo está en cuesta, nos dejamos caer hasta el puente del río. Antes, sus aguas discurrían rompiendo en una pesquera tradicional. Ahora el río ha sido roto por una centralita eléctrica. Cosas de la vida difíciles de parar.
Y a partir de aquí, entre el Duero y la ladera del páramo, rodamos hacia el Oeste. Justo donde comienza la provincia de Valladolid la ladera cae directamente hasta el río, de tal manera que el terreno tiende a hundirse y el camino ha quedado a veces obstaculizado por las enormes piedras calizas se desprenden del páramo. Menos mal que ahora está todo bien seco y no parece que haya deslizamientos. Enseguida nos acercamos hasta el puente del gasoducto y luego al del viejo ferrocarril de Ariza. Ahora seguimos la vía hasta la finca El Pinar y de ahí rodamos ya por un camino. La vieja estación está vallada y no podemos acercarnos.

Junto al Duero

Junto al Duero

Un poco más y nos asomamos al otro puente de hierro, donde un pescador pone a prueba su paciencia, pues ¡no ha pescado nada en todo el día!
En Bocos empezamos a rodar por la estrecha Senda del Duero: va encajada en la ribera y agradecemos el frescor que nos da la sombra continua de chopos y álamos. Aunque alguno se queja de las bajadas y subidas que no paran… Pero cuando nos hemos querido dar cuenta, estamos en el puente medieval de Peñafiel. Ya sólo nos queda un paseo por la senda verde –bueno, ya no le queda pintura verde- hasta Pesquera con la Pinzas como telón de fondo.

Por la Senda del Duero

Por la Senda del Duero

 

La Isla del Charcón

18 octubre, 2014

Tordesillas El Charcon

Día de lluvias, ¿día para quedarse en casa? Alguno lo tenemos claro: aunque anuncien lluvias los sabios meteorólogos, hay que salir a airearse después de haber pasado la semana trabajando entre papeles. Además, con frecuencia se equivocan. Por ejemplo, la mañana del domingo pasado: cayeron dos chaparrones mientras a ratos lucía el sol .

Bien es cierto que estos días de lluvia hay que buscar lugares donde no se forme barro, o sea, donde predomine el suelo de arena o grava. Por eso nos fuimos, río abajo, de Tordesillas a Pollos.

Así se presentaba la jornada

Así se presentaba el día…

La vega

Esta ruta nos condujo hasta la Vega –o Isla- del Charcón. Es un terreno protegido por un recodo del Duero, al norte de Pollos. No se eleva casi sobre el nivel habitual del Duero, por lo que con frecuencia resulta inundado en la crecidas. El suelo es duro y no hay casi maleza: una hierba rala lo cubre. Por eso, aunque tampoco hay caminos, se puede pasear en bici. Hay zonas más bien llanas y otras con pequeños montículos o, para la bici, toboganes. Abundan los fresnos, chopos y sauces, así como majuelos, escaramujos y tamarizos arbustivos.

El otoño avanza con sus occres ya marillos...

El otoño avanza con sus ocres y amarillos…

En el río vimos abundantes bandos de patos y cormoranes, alguna pareja de garcetas blancas y garzas aisladas. Los árboles ya empiezan a tomar ese color amarillo típico de la estación. No hay que olvidar que estamos en la zona denominada Riberas de Castronuño, que va desde ese pueblo hasta Tordesillas, y que incluye toda la ribera del Duero en Pollos. En definitiva, se trata de un lugar privilegiado para observar los más variados tipos de aves.

Frutos en sazón

Nogales

Nogales

Entre la vega y el pueblo, y en otros muchos lugares del término, los nogales se muestran cargados de nueces. Aquí son más frecuentes que los almendros y se utilizan para delimitar propiedades y acompañar norias. Pero también probamos higos y manzanas. En esta época, todo está en sazón. Y es que, además, el 2014 está siendo pródigo en frutos.

En la ribera y en los pinarillos próximos nacen abundantes setas -¡y de qué tamaño!- pero no son comestibles; para que éstas lleguen habrá que esperar un poco, pero las lluvias que están cayendo anuncian que este otoño las habrá para todos.

Olvidado girasol en el arenal

Olvidado girasol en el arenal

Arenales

 Los arenales son algo corriente en la orilla izquierda del Duero entre Tordesillas y Pollos. Así, los mapas nombran el del Villar –entre Pollos y Herreros-, los arenales de Herreros, o el arenal de la Marota, entre el puente de Tordesillas y los de la autovía de Salamanca. Cruzamos los tres. Antaño, hubo una ermita con la advocación de la Virgen de los Arenales cerca de las aceñas de Zofraguilla. Todavía hoy lo podemos comprobar. Y sufrir, porque las piernas se resienten cuando las ruedas de las bicis detectan arena.

Por cierto, que las aceñas de Zofraguilla han sido clausuradas para el visitante: un candado cierra la férrea puerta de acceso. ¡Qué pena! A esperar tiempos mejores.

Desde la "Isla"

Desde la “Isla”

Pinar de la Nava

A la vuelta, y después de hacer equilibrios en las laderas de Pollos, atravesamos este pinar. Todavía el suelo tiene el color amarillo del verano, todo parece reseco, no hay setas y tardará un poco en tomar ese color verde provocado por la abundancia de musgo. Sin embargo, los pinos estaban relucientes y limpios debido a las últimas lluvias. Olía a tamuja mojada.

En el pinar de la Nava

En el pinar de la Nava o llueve sobre Tordesillas