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Arenales del Villar y desembocadura del Trabancos

2 diciembre, 2016

arenales-del-villar-pollos-2016En este paseo no salimos del término de Pollos. Corto, pues no supera los 30 km. El parte (o eltiempo.es, como se prefiera) amenazaba con chubascos que no se hicieron realidad. La temperatura, incluso agradable a pesar de que el sol no hizo acto de presencia.

El Duero, entre Tordesillas y Pollos se siente especialmente libre, pues sale del ámbito de las laderas del páramo de los Torozos, que le oprimen y aún no ha llegado a la Dehesa de Cubillas, cuyas peñas le cortan el paso y le obligan a tomar dirección sur. Tal vez por eso –y porque ha recogido arena de sus tributarios que cruzan Tierra de Pinares-, describe grandes curvas y meandros donde deja, en la orilla convexa, extensos arenales, además de grava y cantos rodados. Y no sólo esto, también los propios árboles de los arenales atrapan troncos de todos los tamaños que llegan con las crecidas. Claro que igualmente, las aguas depositan bidones, plásticos, botellas y todo tipo de basuras.

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Senda que nos conduce a los  arenales

El Duero se deja ver como siempre fue. O casi. Debido a que en toda esta zona no hay presas de centralitas eléctricas, resulta que ¡el agua corre! entre cantos rodados y arenas, formando tablas e incluso rabiones; y no hay casi pecina, a pesar de que ahora lleva poca agua.  O al menos eso vimos en los arenales del Villar, aguas arriba de Pollos. Hace años estos arenales debieron ser mucho más grandes y puros, pues se nota que hoy crecen demasiados arbustos e incluso algunos árboles, cuando no se plantan choperas, como en el del Charcón o en la Marota. Incluso aguas arriba de Pesqueruela antaño hubo abundantes playas; hoy han desaparecido todas colonizadas por árboles y arbustos. Lógico, pues los ríos han disminuido su caudal.

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En los arenales

Abundan los tamarizos -ahora de un elegante color burdeos-, los grandes chopos, algunos álamos y fresnos y, también, enormes sauces que no se dejan ver en otros lugares. Ahora, el arenal tenía zonas de hierba y, cerca de las arboledas, la arena se cubría con las hojas caídas.

Curiosamente, entre la arena y la grava, se veían restos de cerámica sin aristas, redondeados por el continuo lamer del agua. ¿De dónde provendrán? ¿Medievales? Porque por allí no hay poblaciones hasta Tordesillas, aunque las hubo. También se dejan ver valvas de náyades y almejas.

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Pedregal

Veremos patos –pues nadie les molesta-, cormoranes, garzas y algún milano real. En un bosquete de álamos contiguo a este arenal hay una colonia de nidos de cigüeña o, tal vez, de garza. En los charcos que se forman después de las crecidas quedan atrapados peces, por eso todavía vemos los restos -cabeza, espinas y escamas- de grandes carpas.

Pues esto ha sido, más o menos, el paseo por los arenales del Villar. Aguas arriba podemos pasear por otros arenales –algunos, como los de la Moraleja, está cercado y con ganado. Hubo incluso una ermita dedicada a Nuestra Señora del Arenal: se la cita así en 1613, pero antes fue parroquia de una localidad desaparecida, junto a las aceñas de Zofraguilla. Terminó destruida por el ejército inglés en la guerra de la Independencia. En cuanto nos salimos de la ribera, vemos los campos de labor de Pollos de una horizontalidad casi perfecta, sólo rota por los solitarios nogales.

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El Duero

* * *

Vistos los arenales, puse rumbo hacia Bayona, pasando antes por el Charcón, que también es un arenal, por choperas de abundante fusca, por el Prado (de la Alegría) que realmente es una intrincada arboleda y, al llegar al Soto, pude comprobar que el río se estaba merendando la orilla izquierda, que es de simple tierra de cultivo. A la izquierda se deja del despoblado de La Porra y, nada más cruzar el Trabancos –sin agua, claro- pude apreciar cómo los cantos rodados cambian de tamaño, para convertirse en piedras –también rodadas– de varios kilos. Curioso.

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Esta es la desembocadura

Por la orilla izquierda –entre la casa de Bayona y el cauce-hay un camino, paralelo a este río seco, que acaba saliendo a zona de cultivo y, justo por el límite entre ésta y la enmarañada ribera, nos conduce hasta las proximidades de la desembocadura en el Duero. Digo hasta las proximidades porque los últimos 150 metros son de aúpa: hay que pasar por una franja de abundantes zarzas en la que uno podría quedarse enganchado. Tal vez en pleno invierno, con el zarzal reducido por las heladas sea el mejor momento para acercarse, siempre que el río no venga un poco crecido. Total, que al final pude llegar a la desembocadura propiamente dicha. Es como si un arroyo pequeño –se puede saltar de un brinco- desapareciera en un río caudaloso. Y el arroyo lleva agua en este último tramo debido al nivel del Duero, que se mete dentro de su cauce. Pero puedo decir que lo he visto. Creo recordar que hace muchos años llegué también a este punto por una acequia paralela a la orilla derecha del Trabancos.26-noviembre-239

En Bayona; la dehesa de Cubillas al fondo

***

Para terminar la aventura y pedalear un poco, me fui siguiendo el Duero hasta una alameda frente a la peña roja donde comienza el encinar de Cubillas para volver hacia el Trabancos y recorrer su cauce hasta las Peñas de Santa Cecilia. Desde allí, me dejé caer por un buen camino hasta Pollos, donde tuve la suerte de encontrarme con Daniel, que me invitó a una cerveza para terminar la tarde. Anochecía.

¡Ah! Antes, como seguimos en otoño, la merienda fue ofrecida por un nogal junto al Duero, un manzano cerca de La Porra y un majuelo joven que tenía racimos sin vendimiar, cerca de las Peñas de Santa Cecilia.

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Bikes y Birras, segunda edición

15 julio, 2015

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Por segundo año consecutivo un grupo -450 inscritos esta vez- de ciclistas todo terreno nos reunimos en Sardón de Duero para afrontar este trayecto, que terminaría en la piscina de la localidad reponiendo fuerzas gracias a unas sabrosas birras con empanada.

Primera subida, y bajada por Yeseras

El recorrido, precioso; no tiene otro calificativo. La primera subida fue al páramo de Quintanilla de Onésimo. Ya arriba, dejamos a un lado la alambrada de La Planta, con jabalíes y corzos, y a otro el pinar del Cabezo de las Arroyadas, con abundantes caleras. La bajada, por la estrecha senda de las Yeseras provocó un embudo en los ciclistas, pues alguno se lo pensó dos veces antes de bajar por sitio tan empinado. Sin embargo otros, a la vista del parón, optamos por tirarnos directamente por la ladera, que las margas yesíferas estaban bien mulliditas. Ya se ve que cada corredor es diferente: al que esto escribe le adelantaban en las cuestas arribas, pero ganaba terreno en las bajadas. Mientras, el telón de fondo del paisaje no era otro que el inmenso y luminoso valle del Duero con la Abadía de Retuerta destacando.

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Ascensión al Carrascal

La segunda subida fue desde Quintanilla de Onésimo por el camino de Basilión, de buen firme. Aun así, algunos se bajaron de la bici para caminar los últimos metros, muy empinados. Nos fuimos hacia el Este por el Carrascal (precioso bosque mixto de pino, encina, roble y enebro), que bordea el monte de Vegasicilia a la izquierda, y deja un chozo de pastor a la derecha, hasta que nos acercó, entre pequeños campos de cultivo y rodales de moente, por la Hoyada del Cura a la bajada por otro lugar precioso: Valdelascuevas. En una ladera abrupta vemos estos entrantes, las cuevas, protegidos por viseras de piedra caliza. Pero claro, como estábamos más atentos al terreno para no caer, no nos fijamos en todo esto. Justo en el cerro encima de las cuevas, hubo un importante poblado prerromano. Es el pico del Castro, ya en los dominios de Pintia.

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Tercera y última

La última subida fue desde Quintanilla de Arriba, por las Cárcavas. Hubo una rampa doblemente criminal, porque además de ser empinadísima engañaba al sufrido rodador, pues parecía que habíamos llegado al páramo y, de eso, nada. Así que otra rampa más y ahora sí, habíamos coronado nuestra última subida al altiplano. De la bajada no hablamos, que se bajan solas, ya sabemos el dicho ese: para las cuestas arriba quiero mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo.

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Por la senda fresquita del Duero hacia la meta

Pasamos por Quintanilla y nos metemos en la senda del Duero. Se agradece el frescor, ahora que el sol empezaba a calentar bien. En el puente está el avituallamiento: bebemos y descansamos un poco.

La siguiente etapa es por la sombra gracias a que seguimos la senda del Duero, confundidos en la densa ribera, hasta las proximidades de Olivares. ¡Así da gusto! Esta senda es tan entretenida como cansada. Por un lado subes y bajas continuamente, por lo que derrochas fuerzas, pero como vas pendiente de no salirte del camino, no notas el esfuerzo… hasta que terminas el sendero.

En Quintanilla de Onésimo dudamos si seguir la ruta dura y larga, de 80 km con 7 subidas al páramo en total, o la blanda y suave, de 60 km y 3 subidas, que ya hemos hecho prácticamente. Pero la duda dura un segundo y la decisión es instantánea. En poco más de 5 kilómetros estábamos en las piscinas de Sardón.

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Agradable recorrido, muy bien organizado y con abundantes voluntarios que ayudaban en todo momento a los ciclistas en ruta. ¡Enhorabuena a los organizadores y mil gracias a los voluntarios!

¡Hasta el año que viene!

Páramos y riberas entre Pesquera de Duero y San Martín de Rubiales

17 mayo, 2015

Roturas

De Pesquera de Duero hacia Roturas fuimos por la carretera para calentar motores. Entre las Pinzas –al Este- y nosotros se suceden campos de cereal y bacillares. Un enorme chopo en medio del valle le da el contrapunto a la horizontalidad del paisaje.
Roturas es peculiar. Mezcla de casas restauradas y casas en derrumbe libre, en invierno está prácticamente vacío y, en verano, con varias casas rurales, se llena de vida. La iglesia de San Esteban cuenta con un retablo de piedra caliza, cosa nada habitual, y, a la vez, un viejo lagar parece querer quitarle espacio a la iglesia, pues se posiciona a escasos centímetros de la misma torre… Y, por si fuera poco, hay que venir aquí expresamente, pues la carretera no va a ninguna otra parte.

En Isarrubia

En Isarrubia

Subimos por un camino –majuelos y álamos- hasta la fuente de la Criada, de amplio pilón, casi en el ras del páramo y con árboles para descansar a la sombra. Seguimos nuestra excursión entre campos de un verde radiante donde el trigo y la cebada –o sus dueños- confían que seguirá lloviendo y luciendo el sol. Aquí la llanura se abre hacia el hondo valle de los Piñeles, por un lado, y por otro hacia los de Curiel y el Cuco. Entre medias, navas y hoyas que hacen la tierra más húmeda y la rasante menos sería. Incluso una loma –La Revilla-se levanta sobre el llano.
En éstas, hemos llegado a Jarrubia o Isarrubia, donde nos espera una fuente con dos generosos caños y los restos de un pueblo donde aún pueden verse parte de los muros de lo que debió ser la iglesia y, junto al camino, las piedras de sillería sobre la que se apoyó alguna construcción importante. Si en los bordes del valle de los Piñeles aflora el yeso seco que impide el crecimiento de cualquier vegetal, en este comienzo del valle, por el contrario, se extiende una verdadera selva de pobos, arbustos de todo tipo y plantas que crecen sin control. Total, que resulta imposible penetrar en tan fragoso paraje.

Chozo de Valdesosnal

Chozo de Valdesosnal

Los siguientes puntos por los que cruzamos son fuentes que nacen en cabeceras de valles del término de Corrales de Duero. Todas son distintas y diferentes, pero coinciden en brotar cerca del cerral, donde acaba la piedra caliza y aparecen unas estrechas praderías –entre las piedras y los campos cultivados- precisamente gracias a la proximidad de los manantiales.
La primera que visitamos es la fuente de Valdesosnal, muy cerca de un precioso chozo de pastor que parecía recordar el origen de la localidad, Corrales, como asiento –en tiempos ya lejanos- de rebaños y pastores.

Fuente de Valdemeso

Fuente de Valdemeso

Después de visitar otro chozo medio derruido en el páramo, nos plantamos en la fuente de San Pedro. Además de un prado tenía cerca una plantación de almendros. En esto se parecía a la de Isarrubia. Y finalmente estuvimos en Valdemeso, protegida por un espino blanco. La verdad es que todas las fuentes soltaban agua con alegría.

Robles y campos

Robles y campos

A partir de aquí pusimos rumbo a la provincia de Burgos, si bien ya habíamos hecho alguna incursión, atravesando montes de roble, entre fuente y fuente. Por cierto, la inmensa mayoría de estos árboles ya tenía hoja, y en algunos estaba bien crecidita. La caída hacia el valle del Duero –al fondo la Manvirgo- es, por así decirlo, escalonada. Con dos o tres paramillos por debajo del nivel alto del páramo, que van cayendo progresivamente. Estos páramos menores se encuentran sembrados de cereal y adornados por pequeños bosquetes y robles en hilera o solitarios. Algunos de gran prestancia. Pero al final, vemos allá abajo las casas de San Martín de Rubiales. La torre de la iglesia con escalera de caracol adosada, casas de buena piedra, palomares y casetas de barro. Y detrás de todo, la enorme planicie pinariega que ocupa la vega del Duero.

Amenazadores pedruscos protegen la entrada de la Provincia

Amenazadores pedruscos protegen la entrada de la Provincia

Como el pueblo está en cuesta, nos dejamos caer hasta el puente del río. Antes, sus aguas discurrían rompiendo en una pesquera tradicional. Ahora el río ha sido roto por una centralita eléctrica. Cosas de la vida difíciles de parar.
Y a partir de aquí, entre el Duero y la ladera del páramo, rodamos hacia el Oeste. Justo donde comienza la provincia de Valladolid la ladera cae directamente hasta el río, de tal manera que el terreno tiende a hundirse y el camino ha quedado a veces obstaculizado por las enormes piedras calizas se desprenden del páramo. Menos mal que ahora está todo bien seco y no parece que haya deslizamientos. Enseguida nos acercamos hasta el puente del gasoducto y luego al del viejo ferrocarril de Ariza. Ahora seguimos la vía hasta la finca El Pinar y de ahí rodamos ya por un camino. La vieja estación está vallada y no podemos acercarnos.

Junto al Duero

Junto al Duero

Un poco más y nos asomamos al otro puente de hierro, donde un pescador pone a prueba su paciencia, pues ¡no ha pescado nada en todo el día!
En Bocos empezamos a rodar por la estrecha Senda del Duero: va encajada en la ribera y agradecemos el frescor que nos da la sombra continua de chopos y álamos. Aunque alguno se queja de las bajadas y subidas que no paran… Pero cuando nos hemos querido dar cuenta, estamos en el puente medieval de Peñafiel. Ya sólo nos queda un paseo por la senda verde –bueno, ya no le queda pintura verde- hasta Pesquera con la Pinzas como telón de fondo.

Por la Senda del Duero

Por la Senda del Duero

 

La Isla del Charcón

18 octubre, 2014

Tordesillas El Charcon

Día de lluvias, ¿día para quedarse en casa? Alguno lo tenemos claro: aunque anuncien lluvias los sabios meteorólogos, hay que salir a airearse después de haber pasado la semana trabajando entre papeles. Además, con frecuencia se equivocan. Por ejemplo, la mañana del domingo pasado: cayeron dos chaparrones mientras a ratos lucía el sol .

Bien es cierto que estos días de lluvia hay que buscar lugares donde no se forme barro, o sea, donde predomine el suelo de arena o grava. Por eso nos fuimos, río abajo, de Tordesillas a Pollos.

Así se presentaba la jornada

Así se presentaba el día…

La vega

Esta ruta nos condujo hasta la Vega –o Isla- del Charcón. Es un terreno protegido por un recodo del Duero, al norte de Pollos. No se eleva casi sobre el nivel habitual del Duero, por lo que con frecuencia resulta inundado en la crecidas. El suelo es duro y no hay casi maleza: una hierba rala lo cubre. Por eso, aunque tampoco hay caminos, se puede pasear en bici. Hay zonas más bien llanas y otras con pequeños montículos o, para la bici, toboganes. Abundan los fresnos, chopos y sauces, así como majuelos, escaramujos y tamarizos arbustivos.

El otoño avanza con sus occres ya marillos...

El otoño avanza con sus ocres y amarillos…

En el río vimos abundantes bandos de patos y cormoranes, alguna pareja de garcetas blancas y garzas aisladas. Los árboles ya empiezan a tomar ese color amarillo típico de la estación. No hay que olvidar que estamos en la zona denominada Riberas de Castronuño, que va desde ese pueblo hasta Tordesillas, y que incluye toda la ribera del Duero en Pollos. En definitiva, se trata de un lugar privilegiado para observar los más variados tipos de aves.

Frutos en sazón

Nogales

Nogales

Entre la vega y el pueblo, y en otros muchos lugares del término, los nogales se muestran cargados de nueces. Aquí son más frecuentes que los almendros y se utilizan para delimitar propiedades y acompañar norias. Pero también probamos higos y manzanas. En esta época, todo está en sazón. Y es que, además, el 2014 está siendo pródigo en frutos.

En la ribera y en los pinarillos próximos nacen abundantes setas -¡y de qué tamaño!- pero no son comestibles; para que éstas lleguen habrá que esperar un poco, pero las lluvias que están cayendo anuncian que este otoño las habrá para todos.

Olvidado girasol en el arenal

Olvidado girasol en el arenal

Arenales

 Los arenales son algo corriente en la orilla izquierda del Duero entre Tordesillas y Pollos. Así, los mapas nombran el del Villar –entre Pollos y Herreros-, los arenales de Herreros, o el arenal de la Marota, entre el puente de Tordesillas y los de la autovía de Salamanca. Cruzamos los tres. Antaño, hubo una ermita con la advocación de la Virgen de los Arenales cerca de las aceñas de Zofraguilla. Todavía hoy lo podemos comprobar. Y sufrir, porque las piernas se resienten cuando las ruedas de las bicis detectan arena.

Por cierto, que las aceñas de Zofraguilla han sido clausuradas para el visitante: un candado cierra la férrea puerta de acceso. ¡Qué pena! A esperar tiempos mejores.

Desde la "Isla"

Desde la “Isla”

Pinar de la Nava

A la vuelta, y después de hacer equilibrios en las laderas de Pollos, atravesamos este pinar. Todavía el suelo tiene el color amarillo del verano, todo parece reseco, no hay setas y tardará un poco en tomar ese color verde provocado por la abundancia de musgo. Sin embargo, los pinos estaban relucientes y limpios debido a las últimas lluvias. Olía a tamuja mojada.

En el pinar de la Nava

En el pinar de la Nava o llueve sobre Tordesillas

De Peñalba de Duero a La Quemada

12 octubre, 2014

Peñalba de Duero

En esta excursión, partiendo de Villabáñez en el cauce del Jaramiel, nos acercamos al valle del Duero cruzando el collado de Peñalba, en la línea entre las Mamblas y el páramo, que marca el paso de un ambiente a otro.

Peñalba

Es un paisaje singular dentro de nuestra provincia. El elemento principal son sus cortados, menos espectaculares que los del Pisuerga en cabezón y San Martín de Valvení, pero igualmente llamativos y agradables para ser vistos y paseados.

Atravesando los cortados

Atravesando los cortados

El Duero embiste contra el páramo, que se derrama hacia el propio río, a la vez que forma una pared arriba de caliza y abajo de margas y arcillas. Al dejar a la vista, sin recubrir, estas últimas, da la sensación de un corte a una gigantesca tarta; de hecho los colores son de tipo pastel. Pasamos por un estrecho sendero –antiguamente hubo camino carretero, la Senda de los Aragoneses– que queda inundado en cuanto el río sube de nivel.

Es un paisaje que gana con sol y más todavía si el sol es el del orto o del poniente, pues saca todos los colores y matices a las paredes y derrumbaderos.

Equilibrios en el cortado

Equilibrios en el cortado

Completan el paisaje los árboles de la ribera y una pradera donde hubo un puente, pues la otra orilla de Peñalba pertenece también a Villabáñez. Aun podemos ver dos pilares y restos de un arco. Fue destruido durante la guerra de la Independencia y ya no se reparó.

Cerca del Cortado tenemos lo que queda del pueblo, donde hoy un vive un pastor con su rebaño de ovejas. La iglesia, hasta hace poco pajar, ha sido restaurada, al menos su parte exterior. Un águila de piedra corona la torre.

La Granja

Camposanto

Camposanto

De Peñalba seguimos río arriba y nos asomamos a un delicioso soto donde ya amarillean chopos, sauces y fresnos. También por aquí el río ha puesto al descubierto las entrañas de la tierra, si bien los cortados son más reducidos.

La Granja Sardón está poblada y cuenta con explotaciones agrícolas y ganaderas. También vemos una bodega y una moderna quesería, Pico Melero. Por un momento pensamos que el Pico era un depósito de agua que acaba en eso, en un peculiar pico. A él nos encaramamos, pero realmente el pico es un saliente del cercano páramo.

Pero lo mejor de la Granja es su abierta plaza, presidida por una rústica iglesita. Maravilloso lugar. Y el ingenuo y mínimo camposanto: descansado y romántico lugar.

Encinas de La Quemada

Encinas de La Quemada

Y una pena: la antigua pesquera de la Granja, ha sido convertida en una moderna centralita eléctrica de diseño. ¿Dónde está la antigua fuente? ¿Dónde el viejo molino? ¿Dónde la bóveda que formaban los álamos y que hasta en plena canícula era un lugar fresco y umbrío? ¿Dónde la recogida playita…? ¡Qué pena, tener que hacernos estas preguntas! No sé para qué tenemos Consejerías de Medio Ambiente.

La Quemada

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La Quemada, cuando subíamos

Seguimos por la carretera para cruzar Olivares y nos acercamos a La Quemada. Una hilera de enormes y singulares encinas no recibe a modo de antesala. Posee también un buen bosque mixto de roble y matas de encina en todas las laderas. Subimos por una empinada cuesta hasta el páramo que la protege por el Este y aquí cambia radicalmente el paisaje. Del húmedo arbolado y de los majuelos pasamos de repente a un agreste suelo salpicado de piedras calizas. Hasta el cielo parecía de un azul más recio.

Por el páramo

Rodeamos La Quemada, o sea, el valle de Valdefuentes y pusimos rumbo hacia el Oeste, ya pensando en la vuelta. Aquí los campos están adornados por enormes robles aislados. Es como otro ambiente de un mismo páramo.

Pedregal

Pedregal

A lo lejos, en medio del camino, se veía un burro pastando. A más de cien metros, un rebaño de ovejas sesteaba, bien apretado, en torno a un roble. Justo al pasar junto al burro vemos, dormido, al pastor y le damos las buenas tardes. En ese momento un mastín leones, un pastor alemán y otro perro pastor se lanzan sobre el primer ciclista que tiene que utilizar la bici como arma ofensiva y defensiva. Los demás ciclistas no ofrecen una peseta por su integridad física. El pastor se despierta y, a duras penas, les contiene. Una vez más, el ser superior ha vencido al inferior, a pesar de que eran tres. Cambiamos impresiones sobre lobos y ganados con el pastor, como si nada hubiera pasado, y nada ha pasado.

Seguimos por caminos, ahora adornados por hileras de robles. Un vértice geodésico y el páramo que se nos acaba.

El Valle

Tierras del Valle

Tierras del Valle

¡Y qué valle! Son 5 kilómetros de suave bajada hasta el Duero, y otra vez en Peñalba. El paisaje del Valle es de campos alomados, ruinas del caserío de San Isidro, laderas de monte y –al fondo- las Mamblas. Y el descenso. varios minutos disfrutando de no dar pedales, precisamente cuando los kilómetros empiezan a pesar en las piernas.

De nuevo los cortados, de nuevo el amplio panorama del Duero: Traspinedo, Sardón, Santibáñez, Tovilla.

Y acabamos en Villabáñez, después de recorrer unos 55 km, degustando las deliciosas cervezas artesanas que elabora José Alberto bajo el nombre de Uila Dones: si la rubia y la negra nos parecen sencillamente estupendas, todos coincidimos que la tostada roja es… ¡excelente! ¿Hay mejor manera de acabar una excursión?

Y el track de miguel Ángel.

En el collado de Peñalba

En el collado de Peñalba

Fuentes del Duero

12 agosto, 2014

 

Fuentes de Duero

Fuentes de Duero

La ribera del Duero era, antes, una ribera humana. Ahora es una ribera sucia y salvaje. Me explico.

Hace cincuenta años, la ribera solía disponer de un sendero a media altura –ni pegando al agua ni ya por fuera de la vegetación- bajo la protección de los árboles. Subía, bajaba, giraba, según lo accidentado de la ladera. Desde él, se podía acceder a lugares de pesca, tablas y pedregales del río, y también a fuentes y manantiales. Hoy las cosas han cambiado y  la ribera está impracticable, las zarzas y otros arbustos han ocupado el lugar del sendero y con dificultad se puede acceder a esos lugares. Incluso las playas naturales y los rápidos de cantos rodados han desaparecido, y hoy todo lo llena la pecina y arbustos y matas de árboles crecen donde antes sólo había agua.

¿Qué ha pasado? Por un lado, que ya todos vivimos de espaldas al río, a pesar de que se nos llene la boca hablando de ecologismos y negativas a trasvases y cosas así. Ya no hay pescadores, ya nadie pretende recolectar frutos en la ribera, ni busca el agua de sus fuentes, ni los aprovechamientos de saúcos o espadañas… Además, ¿habrá descendido el nivel medio del caudal? Tal vez, pues es claro que las extracciones de agua para riego u otros usos no hacen más que crecer. Por tanto, la ribera duerme el sueño oscuro del olvido.

Morena

En todo esto pensaba al visitar, hace unos días las fuentes de La Morena y La Nieves, junto al caserío de Ibáñez, en el término de Herrera de Duero. Cuesta lo suyo llegar a ellas sorteando ramas y zarzales y, cuando llegas, están cubiertas de vegetación, con los caños obstruidos y los abrevaderos llenos de tierras.

Otras han desaparecido por completo: en Puente Herrera y junto al mesón los Almendros, también de Herrera, había sendas fuentes que abastecían de agua y regaban huertas contiguas. Imposible encontrarlas. Se encuentran enterradas.

Nieves

Por el contrario, en Tudela han reaparecido la fuente del Rey y otra de factura similar en la misma orilla aguas arriba, superado el pueblo. A veces hasta dan agua; no estaría mal limpiarlas también por dentro.

Junto al caserío de Fuentes de Duero, había una fuente preciosa junto al río, bajo una chopera, con su espacio para lavanderas. ¿Seguirá allí?

Fuente Juana

Fuente Juana

La fuente Juana, en Laguna, se encuentra casi tapada por la vegetación y, cuando consigues acceder a ella ves que se ha convertido en una especie de charca. Después de urbanizar la zona, camina hacia el olvido. La fuente de San Pedro Regalado sigue viva –y con cangrejos- tras las ruinas del Abrojo.  En la orilla izquierda –o sea, en Boecillo- vemos la fuente del Rector, limpia y remozada. Y, también restaurada, la de Villarmayor.

Entre Puente Duero y el río, las Fuentes del pueblo –lavadero con dos caños encontrados- están sucias y olvidadas. Antes de la confluencia, también en la orilla derecha, sobrevive a duras penas el manantial o fuente del Batán.

Los árboles señalan la fuente del Batán

Los árboles señalan la fuente del Batán

Los manantiales de la ribera eran innumerables. La peña que aflora en la ladera sudaba agua fresca y, mediante incisiones o canalillos se dirigía a un pequeño depósito al que se le podía enchufar un caño y ¡hecha la fuente! Hoy el problema es acceder a la peña.