Posts Tagged ‘Duratón’

Niebla alta, niebla baja, o de Campaspero a Fuentidueña

1 enero, 2019

En estos días de Navidad, el anticiclón de las Azores está ejerciendo su influencia en España. Como consecuencia, reina buen tiempo en la península y mal tiempo -niebla- en las zonas centrales de nuestra región, donde no vemos el sol y disfrutamos de un maravilloso tiempo invernal, acorde con la estación.

Así las cosas, decidimos darnos un baño de niebla y barro. Salimos de Campaspero, en el páramo, a más de 900 metros de altura, con niebla cerrada y, al llegar a los valles del Duratón, dejamos la niebla arriba, pues descendimos un desnivel de unos 130 m.

Camino en el páramo

De manera que la primera -y también la última- parte del trayecto fue casi a tientas. Poco se veía. Era como navegar entre la bruma fiados del buen sentido y apoyados por los móviles con GPS. Abajo, hacia el suelo, niebla oscura. Del supuesto horizonte hacia arriba, niebla gris, más o menos luminosa. Y, a nuestros paso, más que árboles o arbustos veíamos cómo pasaban los fantasmas. Lo primero que observamos al poco de salir fue un pozo con molinillo de viento para elevar el agua. ¿Qué hubiera visto don Quijote en nuestro caso? Tal vez un estilizado dragón carcelero de una princesa encantada. ¡A saber!

Y barro. La tierra que ahora rodamos pasó hace unos días directamente de la lluvia a la niebla sin que el suave sol de invierno la pudiera secar. Se avanzaba con dificultad. Las bicis y los ciclistas se fueron llenando de esa pegajosa greda. A punto estuvimos, pero no nos bloqueamos, menos mal. Además, la niebla meona nos fue calando el pelo, la cabeza, las mangas, las chaquetas. O sea, parecía que estábamos sudando la gota gorda. Pero solo lo parecía.

Lagar en Aldeasoña

Al final se vio algo de claridad, que no de sol. Pasamos por Membibre de la Hoz, por la ermita de Rehoyo, la fuente del Piojo y un colmenar derruido, hasta llegar a Aldeasoña y su precioso barrio de bodegas con viacrucis incluido y luego, sí, por una mala pista medio asfaltada pero sin barro ni tráfico, llegamos entre laderas y barrancos invisibles a Calabazas, desde donde bajamos a Fuentidueña, despejada de la niebla porque está abajo, en el valle del Duratón.

Aquí, visita obligada a la iglesia románica de san Miguel, a las murallas del castillo, a la necrópolis medieval, al barrio de las bodegas, al puente, a las peculiares calles con casas porticadas… ¡Qué grande debió ser esta Villa en otros tiempos! Hoy mantiene su aire señorial que impresiona entre estos cerros de ladera casi vertical, simas, sabinas y buitres. Abajo, el Duratón fluye con abundante agua, si bien hoy no es el día más apropiado para bajar a sus praderas.

El Duratón en Fuentidueña, antes de recibir las aguas del Salidero

A pesar de todo, nos acercamos al Salidero, hontanar tan de ensueño como absolutamente real, lugar de sauces y praderas donde los manantiales borbotan y fluyen caudalosas fuentes creando un paisaje idílico en esta Castilla áspera de montes de enebro y pino. En pocos metros los manantiales conforman un auténtico río que tributa al Duratón. Algunos molinos se aprovechan de tanta agua y los peces están a sus anchas porque la temperatura de su líquido elemento es benigna tanto en invierno como en verano. Junto al manantial del Salidero propiamente dicho vemos la fuente de los Caños -7 posee- y la de la Cigueña, donde el agua borbota y parece hervir. Merece la pena acercarse hasta aquí para conocerlo. Además, esta excelente agua se aprovecha para consumo humano y abastece una treintena de pueblos de la Churrería. Es la magia de la caliza cárstica que aflora en un punto, el Salidero, bajo Fuentidueña, o sea, bajo la Señora de las Fuentes, que eso significa precisamente el nombre de esta histórica villa, baluarte contra Almanzor.

Restos de antiguos lavaderos en el Salidero

Ahora seguimos río abajo, por la ribera izquierda. Las aguas, a nuestro lado, bajan limpias y abundantes. El camino tiene barro, pero se soporta bien. Todavía pasamos junto a la fuente de Hontanillas. Y llegamos a Vivar de Fuentidueña donde para variar nos recibe la fuente de la Plaza, donde una figura peculiar expulsa agua por su boca. Poco después llegamos a Laguna de Contreras. Prácticamente todos los pueblos por los que estamos cruzando tienen restos de arte románico. El río modeló el valle y los hombres aprovecharon sus cuestas y recovecos.

Encinas

Entre el camino y el río se extiende una amplia zona verde, el Prado Cuerno y a nuestra izquierda, la ladera del páramo que es en realidad un monte de carrascos y matas de roble y encima. Subimos por Valdelabuz, que es una subida bastante dura con estas condiciones de arcilla húmeda. Nos bajamos de las burras para que suban sin peso y, salvados poco más de 100 m de desnivel; finalmente nos presentamos en el páramo de las Corralizas. Pero no vemos ninguna porque de nuevo se hace presente la niebla densa, cercana y meona. La cañada que va de Rábano a Campaspero nos hace de guía hasta esta última localidad con solo dos parones, el primero para probar las últimas uvas de un majuelo perdido en la llanura y el segundo para reparar un pinchazo.

Aquí dejamos el recorrido según Durius Aquae.

 

Anuncios

Entre Torre de Peñafiel y Aldeasoña

19 octubre, 2016

9-octubre-063

La excursión de hoy discurre por esta comarca en la que el Duratón y sus arroyos tributarios, con caudal que se mantiene en verano, han aprovechado la abundante caliza para esculpir un paisaje de páramos rasos y ondulados, cantiles, vallejos, mogotes, cuevas, enormes piedras desprendidas del páramo… mientras que los hombres, por su parte, han levantado corrales de altas paredes, allanado la tierra en bancales escalonados y plantado almendros y majuelos. Es un terreno especialmente agradable a la vista y un poco duro, pero sin exagerar, para las piernas que empujan pedales.

Torre de Peñafiel, como tantos otras localidades de la Provincia, tiene más pasado que futuro. Es recoleta y luminosa, con abundantes fuentes y manantiales y una arroyo que viene del Olmar; actualmente no llega a los 40 habitantes. Vemos, por las bodegas, la importancia que siempre tuvo el vino en esta zona.

Viñedos desde

Viñedos desde Aldecastro

Entre el pueblo actual y el río se levantó, en otra época, un poblamiento del Neolítico, o sea, de hace unos 5.000 años, y en la misma zona se han descubierto tumbas de épocas romana y visigoda. Hoy podemos vemos la zona, vallada, en la que se intuyen construcciones y se deja ver un muro que, por su factura, podía haber sido levantado por nuestros abuelos hace cien años.

Por otra parte, nada más comenzar nuestra excursión subimos al cerro de Aldecastro, justo encima de Torre. Por tanto, también hubo un castro o castillo, seguramente en los primeros momentos de la repoblación. Lo de de Alde- se deberá a que hace siglos, Torre se llamó las Aldehuelas; luego, ganó en categoría. En Aldecastro sólo queda un majano, en el punto más alto (882 m), y restos e corralizas en la zona oeste. Lo mejor, sin duda, es el paisaje de Torre y del Durantón que se contempla.

Sabina sobre el valle del Duratón

Sabina sobre el valle del Duratón

Con el valle al este, alcanzamos la fuente de Vardiago (o Valdiago),  que conocemos bien de otras excursiones. Se encuentra en una cañada real burgalesa o soriana que sube desde Rábano y se dirige hacia Cuéllar.

Y ahora, rodando varios kilómetros en línea recta hacia el sur llegamos  a Las Enebradas, punta del páramo sobre Laguna de Contreras que domina una amplia zona del Duratón. Por momentos, rodamos entre enebros –algunos de buen porte- y encinas.

Cueva de pastores

Cueva de pastores

Después, en un continuo y no muy fuerte sube y baja, en el que pasamos por rastrojeras y majuelos, bancales sostenidos por grandes piedras, espuendas, barcos, barrancos –que así se llaman los vallejos de esta comarca- y alguna cueva destinada a refugio de pastores, aparecemos en un idílico lugar denominado Las Fuentes, lleno de maleza verde y arbolado. Los supuestos manantiales se encuentran tan asfixiados por la maraña que no pudimos llegar a ellos. Pero si nos encontramos con la simpática fuente del Piojo, que más bien debería llamarse fuente de la Parra que ahora le adorna en vez de los molestos piejos.

El camino nos llevó, siguiendo el arroyo Pelayos y un precioso calvario de factura popular hasta Aldeasoña, en la que entramos por las bodegas. Entramos pero no profundizamos, si bien se adivina que es un pueblo tranquilo y típico de la comarca por la que nos movemos. Desde aquí ahí un precioso paseo a lo largo del arroyo de la Hoz hasta Membibre, que hicimos en parte en otra excursión. Como ahora no tenemos demasiado tiempo nos fuimos por la carretera (?) de Calabazas de Fuentidueña. Se trata de una pista estrecha y asfaltada por la que no circula nadie, pues nadie se cruzó con nosotros y en las grietas de su asfalto crecen tranquilas algunas plantas.

Bancal

Bancal

Al llegar a la Cruz de la Cañada tomamos el Camino Real de Segovia hacia el norte, que nos llevaría, en línea recta, hasta Laguna de Contreras. Rectos, pero también con algunas cuestas suaves en Las Hoyadas y en el alto de Pedro Vela. Al iniciarse la bajada hacia Laguna descubrimos un escondido manantial de buen agua: es la fuente Turrubiel, que dispone hasta de un vaso para el sufrido caminante, o ciclista en este caso. Aunque el nombre parece referirse a turbiedad, nada más claro y limpio que sus aguas, de las que bebimos. Y a disfrutar de la bajada con el paisaje de las alamedas y choperas del Duratón, al fondo.

Calvario

Calvario

Después de visitar la fuente Espinosa (con agua pero convertida en una arqueta de cemento de la que se escapa el líquido) nos metemos por el valle del arroyo Bayurenzo. Es ancho y acogedor, con restos de corrales en las laderas y algún manantial. La cuesta es larga pero suave, pues en 3 km salvamos unos 125 m de desnivel.

Ya arriba, respiramos de nuevo el aire del páramo; las montañas del Guadarrama al fondo -con la sierra de Pradales delante- ahora se ven mejor pues el sol, ya en caída, las ilumina de lleno. Rodamos cerca del cerral, pasando por Fuencalenteja y distintos corrales, saludamos al enebro de Pingaperros y, finalmente, bajamos por el valle del Horcajo hasta enlazar con el que viene de Valdivela. Todavía descubrimos una fuente ganadera más, con dos abrevaderos –volvemos a la cañada real burgalesa que cruzamos en Vardiago- y un manantial y ya, bajando por la vía pecuaria, nos plantamos en Rábano.

Manantial de Turrubiel

Manantial de Turrubiel

Sólo nos queda tomar el camino de la ribera izquierda del Duratón donde nos acaricia la brisa fresca de su arbolado y nos plantamos en Torre, de donde salimos. Nos hecho unos 53 km aproximadamente. Aquí tenéis el recorrido.

El bosque que acompaña al Duratón

El bosque que acompaña al Duratón

Una ruta sin pinchazos o “en la variedad está el placer”

5 noviembre, 2015

Así como las aves aun teniendo alas a veces dan paseos, nosotros teniendo ruedas también a veces caminamos. Es el caso de esta pequeña excursión por los paradisiacos parajes otoñales de Peñafiel.

Tras rendir pleitesía como corresponde al pino Macareno y comprar el pan para el futuro bocadillo, subimos al peñasco de Castillo Viejo, imponente cortado que nos permite tratar de tu a tu al castillo del Infante y a la vez observar los numerosos trozos de cerámica por allí desperdigados con ganas de contar cosas que no llegamos a comprender.

De castillo a castillo

De castillo a castillo

Al fondo, al suroeste nos fijamos en el Torruelo. ¡912 m, todo un pico para Valladolid!

Tras un corto recorrido por el páramo descendemos hasta la coqueta Mélida, aunque donde teníamos ganas de llegar era hasta el lugar de Las Bocas, impresionante escarpe con algunas cavidades hechas por el hombre cuyo origen parece ser eremítico. Me viene a la cabeza la película de Simón del desierto pero al no observar al diablo por los alrededores optamos por dar cuenta de bocadillo y clarete. Finalmente el diablo apareció en forma de moscas con lo que reanudamos el camino de vuelta hacia Peñafiel por la Vega del Botijas a través de magníficos majuelos de hoja ya roja

Las Bocas

Las Bocas

Atravesando el puente de piedra por donde la cañada Bermeja salta el arroyo llegamos de nuevo al pueblo.

Instalaciones vía de Ariza

Recorrimos el agradable paseo de la Estación rememorando su no tan antiguo pasado ferroviario del que aún quedan restos interesantes sumidos en el abandono. Más allá el puente medieval, esta vez encontramos algo rescatado de las ruinas.

Azud y aceña

Azud y aceña

El regreso nos reservaba la inesperada sorpresa del ramalillo del GR14 que conecta la desembocadura del Duratón con el centro de la Villa, ¡paraje idílico donde los haya! Daba pena ir terminando por el sinuoso y estrecho sendero que sigue los apacibles meandros finales del rio. Una ribera plagada de enormes álamos en su esplendor otoñal alternándose con molinos, azudes y puentes, todo ello caminando sobre plateada y crujiente hojarasca.

La hoja roja

La hoja roja

En fin, alguna vez hemos escuchado que Valladolid no tiene buenas rutas, que hay que hacer cientos de kilómetros para disfrutar de naturaleza espectacular, ¡qué error! Pero sin buscarlos nos aparecen paseos como este….                                               Javiloby

...y laruta

…y laruta

Una de cerros

9 septiembre, 2014

Castros de Peñafiel

Pero no de cerros cualesquiera, no, que todos son históricos o, por mejor decir, prehistóricos. Parece que la comarca de Peñafiel, o sea, de Pintia, es especialmente proclive a los asentamientos de hace dos mil años o más. Así que nos planteamos mirar el paisaje como lo mirarían nuestros antecesores pintianos de aquellos siglos anteriores a Cristo. ¿Y qué mejor excursión que subir a los cerros donde aquellos hombres trabajaron, vigilaron y vivieron?

Un aviso. Se trata de una excursión mixta: en todos los casos, salvo en el primero, dejamos las bicis al comienzo de la cuesta y subimos caminando o gateando a la cima. En total, cayeron unos 56 km.

Cerro del Castro

Cerro del Castro

 Cerro del Castro

Domina de manera particular el valle del arroyo de la Vega que nace en las proximidades de Oreja. En él se asientan Langayo y Manzanillo, perfectamente visibles. Lo más característico es la piedra caliza que le cubre y sirvió de suelo al asentamiento primitivo: vuela a modo de visera sobre el espacio y debajo oculta concavidades naturales o provocadas por la extracción de yeso. Dentro, uno tiene la sensación de que la gran plataforma de piedra caliza se apoya en otra veta sobre unos pocos puntos. La gran visera se ha ido cuarteando y rompiendo en ciclópeos pedazos de piedra que se quedan en la ladera o ruedan hacia el fondo del valle.

De todas formas, este castro estuvo conectado con el nivel del páramo por una estrecha franja de terreno, que debía defenderse de manera artificial.

 

Pajares. ¿Las canteras?

Pajares. ¿Las canteras?

Pajares

 Solitario cerro que domina la llanura provocada por la conjunción de los ríos Duero y Duratón y el arroyo de la Vega. Es la continuación y de una hilera de montículos que viene desde el cerro del Castro Se levanta a unos dos kilómetros de Pintia y todavía hoy observamos la cantera de la que, según los entendidos, se extraían las lápidas que cerraban las urnas funerarias de los guerreros vacceos. Es, seguramente, el mejor observatorio de la comarca porque está lejos de la paramera. También debió poseer una torre de vigilancia comunicada con Pintia, pero de eso ya no queda nada; no obstante en la ladera Sur se levantó una casa o cabaña hace tantos años ya que sus ruinas parecen modeladas por el viento y la lluvia.

Hoy, un majuelo de tempranillo extrae de la tierra viejas esencias vacceas. ¿Qué sabores tendrá su mosto?

 

Vista de Pajares

Vista de Pajares

Cerro del Castillo  

Ya hemos citado alguna vez a Lucano: Nullum est sine nomine saxum. Una consecuencia es que no existen nombres gratuitos. Luego aquí hubo un castillo, sin duda. No quiero decir un castillo típico, como el de Peñafiel. Pero un castillo: una casa fortificada, una torre de vigilancia. Lo que sí está demostrado es la existencia de un poblamiento o castro hacia el siglo XVI a. d. C. Impresionan los murallones anulares que rodean la cima del cerro a diferentes alturas, y que en absoluto son bancales, a juzgar por las trazas y la verticalidad de las laderas. Si todavía impresionan los restos, ¡cómo debieron amedrentar al enemigo en aquellas lejanas épocas!

 

Cerro del castillo

Cerro del Castillo

El cerro avanza sobre el valle y en la zona más próxima al río lo vemos cortado a pico. Ni por la parte posterior se encuentra unido al ras del páramo, pues allí forma una pequeña vaguada. Perfecto como plaza fuerte (o castillo). La vista asombra. Pero…¿es posible que estemos en la provincia de Valladolid? El gran tajo del Duratón, con el río retorciéndose, acompañado por alamedas. A los pies, Rábano, Torre; al fondo, Canalejas. Arriba, navegando, buitres, alimoches, águilas. Y es que no estamos ni en el ras del páramo ni en el valle. Es otra historia.

Pico de la Mora

 

Pico de la Mora

Pico de la Mora

Último cerro, entre el del Castillo y Peñafiel. De aspecto similar al anterior pero más alto y cortado, si cabe. Blanco, con abundante polvo de cal y yeso. Otra vez los restos de impresionantes murallones anulares. Se distinguen también vestigios de accesos, entradas, caminos. Cortado a pico por el Oeste, con abundantes cuevas y viseras. Las murallas salen del paredón y se prolongan por la ladera. También hay una caída o fuerte desnivel antes, cortando con el ras del páramo. Otra plaza fuerte. Dominio sobre el valle, contacto visual con el cerro de las Cuevas, enfrente. Perfecto contraste con los majuelos de la base, verdes en verano, rojos en otoño. Majestuosa estampa.

Ríos y fuentes

Nos hemos movido en el ámbito del Duero y –sobre todo- del Duratón. Los días son todavía calurosos y se agradecen las fuentes y ríos del camino. Pasamos por el ya conocido Vallejo de las Fuentes, en el que persisten sin mayor novedad la fuente de la Chinchorra y el manantial de la Talda; la fuente de Barcolanas se perdió, al parecer, para siempre.

Vadeando el Duratón

Vadeando el Duratón

Fue agradable encontrar, en Peñafiel, la fuente de la Salud, con su pilón asimétrico respecto de los abrevaderos. Y al pie del cerro del Castillo, la fuente de la Revuelta: no vimos abrevadero, pero sí el manantial. También nos refrescamos en las fuentes urbanas de Canalejas y de Torre de Peñafiel. Al volver hacia Quintanilla cruzamos junto al humedal de la Laguna, lleno de maleza.

¡Ah! Y nos dimos el gustazo de vadear el Duratón entre Torre y Rábano. Traía corriente y el lecho era de arena. El agua fresca nos recompuso.

De vuelta

De vuelta

 

 

Llanuras y toboganes (Campaspero y el Duratón)

2 julio, 2014

Embalse Las Vencias

Poco después de Campaspero, hacia el sur, el páramo inicia un suave descenso, como buscando los afluentes de los ríos Duratón y Cega. Ello hace que la inmensa llanura adquiera una perspectiva distinta y se haga visible, pues la dominamos desde una altitud superior, aunque sea mínima. Además, alcanzados los valles de esos afluentes, vemos cómo se eleva la llanura, ahora hacia la sierra que preside el paisaje desde el fondo.

La Hoz

De manera que nos lanzamos a rodar, un poco cuesta abajo, buscando el cauce del arroyo de la Hoz. Cruzamos un pinarillo –de los muchos que hacen variada esta paramera- y conectamos con varias cañadas para presentarnos en Membibre, que guarda un vergel en un tajo de la paramera. Fuentes, bodegas, pequeñas praderas, palomares, un precioso ábside románico en la iglesia parroquial; todo está aquí como escondido.

Molino

Ahora vamos por el arroyo de la Hoz en su fuga hacia el Duratón, que sigue siendo un vergel entre paredes calizas. Dejamos atrás las bodegas excavadas en la peña y dos viejos palomares.

En uno de los recodos descubrimos el molino de Enmedio, que el de Arriba lo dejamos en el pueblo. Increíble lugar: en el centro del vallejo, el molino y la balsa con sus dos bocines; en la ladera de la derecha, carios corrales en cuevas, cerrados con tapias de piedra; a la derecha, más cuevas. Y todo una ruina, hasta la alameda y prado de aguas abajo: los negrillos son sólo matas que no levantan ni tres metros. Menos mal que al fondo unos cuantos chopos viven y dan sombra. Por encima de todo, almendros en los bordes y el páramo ya reseco.

28 junio 102

Otro recodo más, se abre un poco el vallejo y llegamos al molino de Abajo, que también es una ruina. Una densa y larga alameda protege fuentes y manantiales pues si en ella entró seco el arroyo, de ella resurge con caudal abundante.

Toboganes

28 junio 100

Salimos del cauce por el firme de un antiguo camino que a duras penas vislumbramos. Arriba nos cruzamos con la cañada merinera, olvidada y malherida por los cultivos. Entre bajadas y subidas más o menos suaves contemplamos campos de cereal sin cosechar y alguno de patatas, ajos o remolacha. Evitamos entrar en Fuentesaúco de Fuentidueña y en otro cruce con crucero volvemos a retomar la cañada merinera que, esta vez, nos deja en Calabazas de Fuentidueña por una pista asfaltada.

Curioso lugar: la fuente es un manadero protegido en que se recogía el agua, que pasaba luego al abrevadero y a los lavaderos. Pero sobre el mismo lavadero se ha construido una casa, sin mayor problema; en su cristalera una frase Todoesponerse. Claro. Y la iglesia de la Asunción tiene una nave que es más alta que la torre.

Fuente del Cuadro

Se agradece la cuesta abajo. A mitad de bajada, otro vergel, alimentado por la fuente del Cuadro. La pared natural y un muro de piedra protegen este caudaloso manadero; castaños y nogales nos dan una profunda sombra y… aquí nos quedamos para descansar y repostar un poco, es el lugar ideal. Más abajo, una variada huerta con frutales se aprovecha de esta aguas.

El frescor del Duratón

Continuamos bajando y otra fuente –con un diablejo escupiendo agua- nos recibe en Vivar de Fuentidueña, ya en las riberas del Duratón. La iglesia de la Magdalena es románica y coqueta. Dos capiteles impresionan por su sencillez. Por el momento, hemos dejado los áridos páramos. Aquí, bosques de galería protegen el río y nosotros nos aprovechamos también de su frescor; además, cortan el viento que ahora da de frente o de costado.

28 junio 157

Las orillas invitan a quedarse y acabamos haciendo otra parada en Rábano, junto al puente de madera remozado hace cuatro años. Ovas y pequeños nenúfares blancos adornan la corriente de agua. Una poza junto al puente nos está invitando a zambullirnos y así lo hacemos.

Y de nuevo el páramo

28 junio 185

Menos mal que nos hemos refrescado en el río: ¡menuda cuestecita nos espera! Pero ya es historia, como tantos recovecos o lugares al hacer camino. Justo arriba nos recibe otra fuente, entre las ondulaciones previas a la llanura definitiva. Con el gaznate fresco emprendemos el último tramo del camino. Es una cañada merinera trasformada en pista para uso de tractores y cosechadoras.

Cuando todavía faltan 9 km para Campaspero, el pueblo se deja ver en el horizonte limpio. Como lo vemos tan cerca y como el viento nos da tan de cara, nunca llegamos. Esta última etapa parece no acabar. Nos distraen recolectores de ajos. Pero al final, pasamos junto al molino de piedra y viento que nos dice: ¡estáis por fin en la meta!

Y el recorrido en wikiloc.

28 junio 112

Cruzando el Duratón

29 julio, 2010

Después de abastecernos y descansar en Canalejas de Peñafiel -aquí se puede probar un estupendísimo bacalao con tomate- seguimos nuestro camino bordenado el barranco del Olmar. Poco antes de descender hacia Rábano vemos una fuente que unas veces tiene agua y otras no.

¡Qué bajada tan directa! Todo lo contrario que el cauce del río Duratón, que forma continuas curvas y meandros, como si no quisiera allegarse a Peñafiel y luego al Duero, donde desemboca y muere. Un precioso puente de madera -cosa rara, este tipo de puentes de nuestra provincia- cruza el río y en sus proximidades bien podemos pegarnos un baño. (La foto es especialmente refrescante ahora, pues se tomó en invierno).

Subimos al páramo hasta el llano de Valdazón y nos vamos hacia Peñafiel, que está en dirección Norte. La brisa de la paramera seca los sudores de la cuesta.  Suaves ondulaciones, pequeñas subidas y bajadas, corralizas y restos de chozos, majanos y algún arbol solitario, y el cielo, nos acompañan hasta que, en lontananza, divisamos el castillo de Peñafiel, que se muestra de mil maneras diferentes, todas originales y desconocidas si estamos acostumbrados a verlo desde el pueblo o desde la carretera.

Fin de trayecto. Un vinito cerca del Coso recompensa y humedece las secas fauces de los ciclistas.

Nota: la última foto está sacada cuando todavía funcionaba la azucarera. No es un incendio.