Después de las últimas lluvias en el monte de Boecillo

Después de las últimas lluvias –pocas pero intensas- el paisaje ha cambiado, y no porque la vegetación hubiera reverdecido, pues estaba tan amarilla como durante el verano, sino porque todo ha quedado como más limpio y luminoso. También, empieza a dominar esa luz del otoño que crea profundidades y distancias, lejos de la planitud y pesadez veraniega.

Aspecto de la casa del Monte

Los pinares aparecían más lustrosos, seguramente porque el agua había limpiado pinos y escobas del polvo acumulado durante el estío. Algo similar había ocurrido con las encinas y otros árboles. El caso es que el pinar de Antequera y el monte de encinas de Boecillo lucían distintos, más agradables y luminosos. Incluso los caminos se mostraban amorosos, con un firme de arena más dura, aunque sin exagerar.

Bellotas alargadas

Hacía tiempo que no rodábamos por el monte de encinas (mejor, de matas de encina) de Boecillo, que posee una red de sinuosos y estrechos senderos que parecen pensados para nuestras bicis y fuerzas. Se extiende por una planicie ligeramente elevada sobre el Duero, lo que en distintos momentos ofrece un estupendo paisaje sobre su valle y poblaciones, hasta las laderas del páramo de Torozos, pues pequeñas asomadas permiten contemplar tal panorama. Lo mismo nos ocurre en el monte Blanco, por cuyos límites cruzamos.

Senderos

En medio de la red de sendas y matas, las paredes exteriores de la casa del Monte –dos plantas en ladrillo y adobe-  a duras penas se mantienen en pie y sostienen aun el enrejado de ventanas. Esta casa se está arruinando mucho más rápidamente que la de verano de los Escoceses, en otro extremo del mismo monte. Este encinar estuvo, en otras épocas, más habitado. Hoy solo quedan algunas bodegas en la ladera norte y paseantes en los buenos fines de semana…

El páramo al fondo

Al monte de Boecillo llegamos desde Viana y antes habíamos cruzado el pinar de Antequera por la cañada real. Y del monte volvimos al pinar por el Abrojo, donde la maleza quiere tragarse la fuente de San Pedro, de ahí a Laguna y finalmente, acabamos en el mismo pinar de Antequera. Un agradable paseo matutino. Eso sí, del agua no quedaba ni rastro, ni pequeños charcos.

Una vuelta por la dehesa

También podríamos titular esta entrada como Qué poco dura la primavera en Castilla, o sea, lo mismo que la alegría en casa del pobre, pues en muchos sitios de nuestra provincia –tal es el caso de las dehesas- ya es verano. Si a primeros de mayo las flores estaban en su punto álgido, a fecha de hoy ya están marchitas, y secos buena parte de los suelos.

El caso es que nos hemos encontrado la dehesa de Cubillas en el momento de comenzar su largo y tórrido verano. En los inmensos arenales, las plantas estaban bien secas; las praderías habían perdido ya su verde húmedo y brillante; la flores estaban ya marchitas, salvo las de arbustos como la jara y el cantueso. Hasta llamaba la atención cómo pueden vivir en este desierto las encinas: se las ve añejas, retorcidas, austeras, pacientes, como si hubieran aguantado largas y persistentes sequías, como si se conformaran con unas gotas de lluvia …  A pesar de todo, y aunque parezca una contradicción, también se las veía jóvenes, como si estuvieran estrenando la primavera, pues se mostraban adornadas por las candelas,  esa flor que pasa del amarillo al dorado y que parece derramarse por la parte exterior de su copa, como si fuera la capa de una princesa del bosque.

Pues así estaba la dehesa. Con tanta arena, algunos caminos estaban borrados. Los pocos campos que encierra, otros años sembrados de centeno, estaban descansando. Los pajarillos estaban en plena actividad y las rapaces, sin decidirse a volar. Levantamos torcaces a nuestro paso y, en algunas zonas, los abejarucos perseguían insectos voladores. También  se encontraban activos los conejos.

Con salida y regreso en San Román de Hornija, dimos una vuelta a la dehesa por caminos permitidos. Porque prácticamente todos los demás que salían del nuestro tenían su correspondiente cartel de prohibido el paso.  O estaban los límites vallados. A los dueños no les gusta que nos adentremos en su monte. Sí nos acercamos a las ruinas de un palomar cercano, junto al caserío de la dehesa, para ver el valle del Duero y nos echaron el alto desde el mismo caserío de una manera poco educada. Ganas de fastidiar. Allá ellos.

La dehesa tiene varios ambientes, y cruzamos por todos: los que son propiamente dehesa, es decir, cultivos con encinas aisladas; las praderas con arbolado y matas; arenales sin vegetación salvo la encina; el monte cerrado, impracticable para la bici. Por el contrario, algunas zonas en las que había hierba verde –como los alrededores de la laguna Amedias, entre el pinar de Villaester y la dehesa-  se podían rodar muy bien, pues la arena aún estaba compactada.

En la zona más al norte de la dehesa conviene tomar el camino que se separa de ella por tierras de labor, pues comprobamos que el camino que la bordea está cortado al llegar a una nave agrícola.

Además, la mañana se mantuvo con el cielo gris plomizo. Por la tarde hubo tormentas en Valladolid.

Y esto fue todo. Aquí podéis ver el itinerario seguido.

Tres provincias, una comarca

Encinas de Esgueva, por su situación en la zona central del Cerrato y a orillas del Esgueva, es un buen punto para muchas excursiones por la comarca. Además, se encuentra casi a un tiro de piedra de las provincias de Burgos y Palencia. Tal vez por todo eso hemos salido de aquí en el recorrido de hoy.

Siguiendo la cañada de Guzmán –que a media ladera cuenta con un bue abrevadero- hemos subido al páramo. La primera parada, en el cerral: no sólo para tomar resuello, también para contemplar el paisaje que abre el arroyo del Pozo, con las torres de Canillas en segundo plano y el valle Esgueva de telonero.

Subida por la cañada de Guzmán. Al fondo, Encinas.

Luego, como buenamente hemos podido, se ha intentado seguir la vía pecuaria, a veces rota por los sembrados. No encontramos la fuente del Hombro pero nos sorprendieron unos corrales –chozo incluido- cerca de los Pozuelos. Enseguida, la cañada entra en Burgos, en una zona donde son muy abundantes las cercas con piedra bien colocada. No parecen sólo de corrales, sino que también separan propiedades o sostienen laderas y bancales. El paisaje aquí es llano, si bien sobresale el cerro del Otero, tal vez el segundo punto más alto de la provincia de Valladolid, después del Cuchillejo.

Corrales

Pasamos junto a la caudalosa fuente de Valcavadillo, bien conocida, que arroja dos generosos chorros. Después, giramos hacia el norte por la vereda del camino real de Peñafiel a Burgos. Tampoco encontramos la fuente del Pozarón pero sí pasamos junto a unos viejos corrales en uso, bien protegidos por una alta cerca de piedras rematada con alambre de espino. Después, miramos un antiguo mapa que llama a estos corrales nuevos. Ya se ve que, en esta vida, todo es relativo.

Camino con almendro

Y llegamos a la zona conocida como el Enebrillo, en la que se abren valles, se ondulan los campos, aparecen montículos y aparecen, como desprendidas, grandes piedras calizas. Se rompe, por tanto, con la llanura llanura del páramo, lo que da al paisaje una belleza diferente. Y nos encontramos con dos fuentes que ¡manan agua!, cumpliendo, por tanto, con su función. Son la fuente de la Carrasca, casi en medio de un sembrado, sin ninguna protección, y la fuente del Espinar, protegida por lo que pretende ser una rústica y sencilla arca de piedras. Entre ambas, unos corrales relativamente bien conservados con un chozo que luce una puerta amplia y bien adintelada.

Corral en uso

Nos dejamos caer por un hermoso valle entre laderas de yeso, robledales con encinas, alamedas con humedales, prados, cabezos y portillos. Zonas que fueron de pastoreo, pues abundan las cañadas, los corrales e incluso pasamos por un lugar denominado el Salegar, donde precisamente se daba sal al ganado. Al fin, aparecemos frente a Tórtoles y recorremos tres kilómetros por el valle del Esgueva.

En el valle Esgueva

Vuelta a subir al páramo. En un recodo del camino, la fuente Blanca, con abundante agua. No así la fuente Vilanos, que ha desaparecido. Ya se ve que las fuentes cuidadas dan agua y las demás pueden perderse. Arriba estamos a 944 m, otra vez en la paramera. Pero por poco tiempo: después de ver –de lejos- el original corral de Andalobera, circular, bajamos hacia el barco de Fuentequeril para, enseguida, caer hacia Castrillo de don Juan –Palencia- por una ladera cubierta de pinares por la que que cruzan una manada de corzos.

Caseta. Encinas

De Castrillo a Encinas tomamos una buena pista por el valle. Almendros que esperan el primer respiro del invierno para florecer, nogales desnudos, pinos, tapias de piedra, viñedo, alguna encina, hacen el trayecto distinto y nada aburrido. Ya estamos de vuelta.

El recorrido (32 km), aquí.

 

Algunos chozos y corrales de Encinas de Esgueva

Encinas de Esgueva: tiene castillo y tiene iglesia, pero también tiene embalse y tuvo judería, conforme ha quedado registrado en alguna de sus calles. Su caserío está protegido por las laderas de un valle relativamente estrecho, para lo que se estila por estas tierras llanas de Castilla; la razón es que más que en el valle del Esgueva se levanta más bien en el valle de la Dehesa, arroyo tributario del primero.

Vallejo de doña María

Pero bueno, hoy se trataba de dar un corto paseo en busca de algunos corrales y chozos. Pero luego siempre hay sorpresas. Al entrar por el camino a Cevico en el vallejo de doña María, nos entraron ganas de subir por la directa al pico Andarrío. Dicho y hecho. Aunque no tan fácil, que la burra dice que no sube cuestas muy empinadas y, claro, no la vas a dejar ahí tirada. De manera que para arriba con ella. Unas veces te lleva y otras la llevas.

Formación caliza en el pico Andarrío

La ladera es blanca, de caliza y yeso. Hubo chozos o casetas en esta ladera; ahora quedan los escombros, además de almendros que tienen el fruto maduro. Al sur, cantiles y cortados que nos muestran el valle, Encinas y Canillas. Arriba, una plantación de frutales. Además, parece que por aquí han trabajado máquinas removiendo piedra y tierras…

Descubrimos un camino y por él nos alejamos del borde del páramo. Algunas familias están recogiendo almendrucos. Parece que la cosecha es buena.

Chozo bien protegido

Un poco más y estamos en los corrales de la Concha. Y es que aquí la tierra forma como una gran concha o suave hondonada protegida por algunas lomas. En el centro de los corrales, donde las tapias forman una cruz, se levanta un chozo hoy amenazado de muerte. En la tapia norte otro chozo está casi irreconocible. Los muros están casi todos caídos. A poco más de 300 m otras corralizas, lindando con un camino, tienen otro chozo en franca ruina. Y al otro lado del camino un corral que curiosamente tiene los muros altos y en buen estado, dispone de otro chozo diríamos que en uso. Es una zona que antaño fue monte y hoy es, en su mayor parte, tierra de cultivo ganada a ese monte. Seguramente los pastores de Encinas pasaban aquí el verano, durmiendo en los chozos junto a los rebaños, bien protegidos en los corrales.

Chozo entre Castrillo y Encinas

Seguimos rodando a campo traviesa hacia el este, cruzando la raya de Encinas a Castrillo y, cubierto por matas de encina, vemos un corral cuyas tapias se completan con una tela metálica sostenida por una empalizada y por cuerdas atadas a las carrascas. Curioso. Como si hubiera estado en uso hasta hace poco, si bien el conjunto se encuentra cubierto de maleza. Es el camino de Matalobera -desde el que divisamos corzos saltando- que seguimos hacia el sur. Vemos otro corral similar que tuvo empalizada, hoy caída alrededor y, al final del camino, a poco más de 100 metros, una última corraliza con un chozo distinto: aunque la planta es circular, cuenta con una pared, la de la entrada, plana y formada por piedra trabajada, casi de cantería . Además, la entrada se encuentra a muy pocos metros de la asomada al vale. Precioso chozo en lugar precioso.

Al fondo, el Otero de Encinas. En primer plano, restos de un corral en la Concha.

Bajamos por el barco de Valderreina, lugar húmedo en el que abundan las junqueras y donde los robles y algunos chopos se agolpan para beber en las épocas más secas. O sea, que es un verdadero oasis en pleno verano.

Almendros

Ya en la otra ribera del Esgueva nos perdemos entre vallejos, robledales, majuelos y viejos nogales. Pasamos junto a un guardaviñas y luego junto a unos amplios corrales con su chozo en buen estado. Enseguida subimos por el camino del Collado. Nos hubiera gustado acercarnos a la fuente de Pasporrero pero la noche se está echando encima y casi no se ve. Lo dejamos para otra ocasión. Después de tanta austeridad, por unos campos que han sufrido las durezas del estío, en el collado nos espera una maravillosa puesta de sol, y su resplandor nos va a acompañar hasta llegar a Encinas.

12 octubre 133
Atardece

Aquí podéis ver y descargar el recorrido.

Entre Valladolid, Palencia y Burgos por el Valle Esgueva

Al comenzar a rodar un viento frío nos sorprendió, después de una larga temporada de calor. El sol tardaba en despegarse del horizonte; la luz era plenamente otoñal. Las nubes, grises, volaban raudas, haciendo todo lo posible para obstaculizar el paso de los rayos solares. El viento no cesó en toda la jornada. Solamente al abrigaño se producía cierta sensación de calor. En resumen: ya tenemos instalado entre nosotros el otoño, aunque seguramente queden también muchos días agradables en estos meses de octubre y noviembre.

Entre el páramo y el valle

Asomada al Duero

Salimos de Encinas de Esgueva buscando el valle del Duero. Tapias de piedra, majuelos cargados de fruto, abundantes nogales nos van conduciendo hasta el Portillo, desde donde se divisa Castrillo de don Juan, para tomar el camino de Guzmán por el arroyo de Fuentequeril. Luego, a través del páramo cruzamos hasta el nacimiento del arroyo Valdetorres en la fuente del Pozarón, que mana generosa y tranquila. Por aquí, la llanura es ondulada y moteada con robles y encinas solitarios. Enseguida tomamos la vereda del camino real de Burgos, cuyo ancho ha sido respetado por los agricultores y divisamos Guzmán, pero no nos acercamos a su caserío. Más tarde se abre ante nosotros el gran valle del Duero, con la Manvirgo en medio y una multitud de pueblos, pinares, majuelos, caminos que componen un paisaje rico y variado, nada que ver con el páramo que venimos atravesando. Pero así es Castilla y así son sus valles y páramos.

La Manvirgo emergiendo en medio del valle

Al poco estamos en Olmedillo de Roa, que posee una gran iglesia con una balconada que la rodea desde donde contemplar el pueblo y sus alrededores.

Torresandino, un valle cerrado

Y luchando contra el vendaval, por el camino de Roa y la colada de Valdillán, nos presentamos en Torresandino y, más en concreto, en el molino de Arriba que en una de sus esquinas posee un curioso contrafuerte, como para asegurarlo frente al empuje del agua que llega fuerte por el caz, pues casi no tiene balsa. Y en la contraria, un ciruelo silvestre de frutos no más grandes que una uva, nos ofrece ciruelas de excelente sabor.

Ciruelo

Nos ha sorprendido lo cerca que se encuentra el valle Esgueva del valle del Duero. Y cómo aguanta el Esgueva un trazado rectilíneo y paralelo al Duero, sin caer en un cauce tan ancho y tan próximo hasta desembocar en el Pisuerga. No menos sorprende lo estrecho y cerrado del valle Esgueva, tanto que aquí, en Torresandino, se llegó a estudiar la construcción de una presa, pues la distancia entre los dos páramos no llega a 800 metros. Pero se acabó desechando, según parece, por falta de firmeza en las rocas o terrenos que servirían de apoyo.

No dimos con el molino de Abajo y nos fuimos a ver la iglesia de San Martín. Grata sorpresa: impresionante iglesia románica que acoge a la Virgen de los Valles, talla igualmente románica, restaurada, que durante siglos presidiera en otra capilla el monasterio o Convento de los Valles.

Mojón de santa María y los Valles

Imagen de Castilla

Subimos al páramo por la Canaleja, en cuyo canto nos esperaban los corrales del mismo nombre. Aquí la superficie es dura, pues hay más piedra que tierra en las rastrojeras, y no digamos ya en los perdidos, y los cardos secos dominan el panorama. Así es la paramera, nada dulce ni verde. El otoño ha sacado el espíritu de la Castilla de siempre -austera y sobria- a estos horizontes. Al cruzar por estos duros pedregales me acordaba de Sánchez Albornoz:

…una tierra áspera, fácil para servir de bélico solar a gentes sacudidas por la pasión, que no temen a la muerte, de exaltada personalidad, intolerantes, menos prontos al diálogo que a la lucha fraterna y que habitan en una patria de contrastes climático e históricos, con espíritus de fuego en vehemente adoración o en brutal repulsa de la divinidad.

No sé si seguimos igual, mejor o peor. Al menos, al subir a estos pagos probamos la fruta, excelente, de dos manzanos asentados en las proximidades de un hontanar.

Imposible rodar con tanta piedra suelta

Entre cantos y cantos nos plantamos en el mojón de santa María formado, según la leyenda, por las piedras que –en castigo o penitencia- subían los monjes desde el valle. La verdad es que por muy malos que fueran y muchos monjes que hubiera, imposible subir tanta piedra como hay aquí. Estamos a 950 m, el punto más alto de toda la excursión.

Una agradable y rápida bajada y estamos en el monasterio de Nuestra Señora de los Valles. Sorpresa. ¿Cómo es que hemos dejado caer un monasterio tan formidable y valioso? Solo con ver los restos de las bóvedas –con sus nerviaciones góticas- de la iglesia nos damos cuenta de lo que debió ser y de la importancia que sin duda tuvo en la comarca y en la orden de los Carmelitas Calzados, que lo ocuparon. Estuvimos en la gruta que dio origen al monasterio donde se apareciera santa María de los Valles, en la capilla del Cristo de los Trabajos, en los restos de la iglesia principal, en la sacristía, en lo que fue claustro y huerta… como colofón, nos acercamos a la fuente que todavía surte de abundante agua a los rebaños que pastan por las cercanías. Al menos, algunos de sus viejos retablos están desperdigados en las iglesias de Roa, Torresandino y Villovela. En fin, el tiempo no ha podido todavía nivelarlo todo y ocultarlo, tan grande fue que aun quedarán visibles estas ruinas por muchos años.

Monasterio de los Valles

Chopos mochos y Moros de abundantes aguas

De ahí, siguiendo el curso del Esgueva, pusimos rumbo a la ermita de santa Lucía: a su abrigaño tomamos respiro; hasta el sol parecía que calentaba un poquito. Pero llegaron las nubes enseguida y continuamos hasta Tórtoles por la orilla del río y luego hasta Castrillo de don Juan. Los peculiares chopos mochos de los caminos de esta localidad rendían sus copas al viento, que no sus desproporcionados troncos.

Chopos en Castrillo

De nuevo subida al páramo -¡y van tres!- esta vez por las caudalosas fuentes de los Moros. A sus pies, el valle del Esgueva se ha abierto, ha madurado y ofrece una gran llanura a majuelos, sembrados y arboledas. Una agradable cañada nos lleva hasta la rasante de la paramera entre robles y encinas. Y arriba rodales de monte alegran el paisaje. No han faltado conejos, liebres y perdices, sobre todo perdices, en esta excursión. Parece que los cazadores tendrán buena temporada.

Fuente

Al poco, volamos hacia abajo casi sin darnos cuenta. Paramos en unas corralizas que cuentan con un curioso chozo protegido por un ancho tapiado semicircular con entrada, muy baja, por el mismo corral. No vemos la fuente de Ortega y en un abrir y cerrar de ojos estamos sobre el puente del Esgueva. Un empujón más y llegamos a Encinas. Y como nos sobran fuerzas, subimos al picón que se levanta al sur para tener una visión de conjunto de la localidad.

Aquí, el recorrido según Durius Aquae.

Perdido en Quintanilla de Trigueros

Triguero del Valle(1)Seguimos por las laderas del páramo de los Torozos y nos acercamos a Quintanilla de Trigueros, por donde todos los cronistas pasan como de puntillas. Tal vez porque está en un rincón de la provincia, como queriendo entrar en la de Palencia y salirse de Valladolid. La historia nos cuenta muchas cosas de Trigueros del Valle y de Cubillas, pero al llegar a Quintanilla todo enmudece –menos el paisaje- y parece como si esta localidad no existiera.

Nada más lejos de la realidad. Quintanilla se levanta en un espigón del páramo, orientada al mediodía, rodeada de valles y sobre un hontanar que asegura el suministro permanente de agua y frescura en verano; junto al hontanar vemos hoy un moderno merendero y allí nos podemos acercar a la fuente Vieja, que suministró el agua al pueblo hasta que fue sustituida por la fuente Nueva, en el centro de la localidad para comodidad de todos. Vemos que mana agua, pero ya no sale por los caños debido a que retiraron la puerta y el líquido se escapa por ella.

Fuente Vieja
Fuente Vieja

La historia de Quintanilla se pierde en la noche de los tiempos, tal vez porque Trigueros llevó siempre la fama. Antaño hubo dos Quintanillas –de Yuso y de Suso-, y varios poblados en este lugar del páramo donde también convergen los términos de Dueñas, Santa Cecilia del Alcor, Ampudia y Trigueros. Su iglesia nos habla de una larga tradición, pues conserva algunas de sus originales trazas románicas. Frente a la iglesia, la ermita de la Virgen del Arco, de rara advocación.

Alcanzando el páramo, que puede ser ondulado cerca de los bordes
Alcanzando el páramo, que puede ser ondulado cerca de los bordes

Y el paisaje, típicamente torozano: vallejos y arroyos, fuentes y manantiales, montes de encinas y roble donde abunda tomillo y lavanda, caliza y yeso, prados y, últimamente, han retornado los majuelos al amor del clarete de Cigales. De esta comarca de páramos y ribera es el término más pastoril: los campos son con frecuencia ondulados y en cuesta, con piedra abundante, más apropiados para avena que para candeal, y el monte lo inunda casi todo. Por eso vemos muchos más restos de corrales y chozos que en cualquier otro lugar de la zona. Si vamos a rodar, una precaución: aquí hay varias fincas cercadas, por lo que es posible que, después de tomar un camino, nos tengamos que dar media vuelta sin haber llegado donde pretendíamos. Casas Nuevas, Casas Viejas, Los Cabezos o La Torre –ésta ya en Ampudia- son esas fincas que ponen puertas al campo.

Pequeñas encinas. Al fondo, se vislumbra el valle del Pisuerga
Pequeñas encinas. Al fondo, se vislumbra el valle del Pisuerga

Pero vayamos a la ruta de hoy. Salimos de Trigueros por el camino del Monte para tomar el de Valdepolos, que nos conduce al páramo. Hacemos un parón en para contemplar el inmenso panorama de estos valles que funden páramos, terrazas y ribera. Y enseguida estamos en la planicie, ahora presidida por los molinos de Ampudia. Tomamos un camino que bordea la valla de la Casa del Monte y que, poco a poco, quiere difuminarse. Robles, encinas, carrascas. El verde del monte contrasta vivamente con el amarillo de la cebada y, ambos, con el intenso azul del cielo.

Bordeando los límites de la finca Casa del Monte
Bordeando los límites de la finca Casa del Monte

Cruzamos la carretera de Ampudia a Quintanilla y el camino quiere ahora desaparecer por completo. Al superar los corrales de la Nicanora, al fin lo consigue. Extraño paisaje; es un monte –o al menos lo parece- que antaño estuvo en parte sembrado, una especie de dehesa venida a menos. Luego pasamos por zonas destinadas a pinar, y otra vez monte de encinas. Al rodar por el monte veo un enorme jabalí que no me ha visto a mí; meto ruido para avisarle y no tengamos un encontronazo. Me mira y sale corriendo en dirección contraria a donde me encuentro. ¡Menos mal!

Rodando por la ladera
Rodando por la ladera

Pero estoy perdido. Definitivamente. Hace tiempo que dejé el camino y no vislumbro otro. Parece –según el mapa- que al Este puede haber uno y allá vamos, atravesando monte con enormes calveros plantados de girasol. Efectivamente, hay un camino que sigo hacia el sur, en dirección a Quintanilla. Al poco, después de dos grandes encinas, un pozo con dos largos abrevaderos. Debe de ser el Pozo Perdigón. Sigo y ¡mi gozo lo dejé en el pozo!: un portón cerrado y bien candado. Al Sur, un vallado de varios kilómetros; al Este otro vallado con ganado vacuno, del Oeste vengo y allá no pienso volver. ¿Tendré que salir hacia el Norte para luego dar la vuelta…? Me decido por arriesgar un poco. Pasaré aunque sea saltando vallas. Menos mal que al llegar veo un paso entre las dos fincas cercadas. Respiro. Nos hemos salvado una vez más.

Contraste
Contraste

Ahora ya es todo pasear sin agobios. Montes de buena encina con algún roble hasta las proximidades de Quintanilla; el sol poniente y la luna creciente. Nos hemos ganado un agradable descanso junto a los manantiales y fuentes que lamen los pies de Quintanilla.

A la vuelta, pasamos por la fuente del Conde –seca- y la luna nos espera sobre el campanario de la Virgen del Castillo. Abajo, Trigueros enciende sus luces. Sólo hay que dejarse caer hasta la plaza del pueblo.

Vieja encina
Vieja encina