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La Tiñosa y la Pedriza; Esguevas y Esguevillas

1 enero, 2018

Subiendo por el valle de Arranca hemos llegado al ras del páramo, que está a 900 m de altura. Nos acercamos a un corral con protecciones contra los lobos y que está unido a una casa de barro, convertida también en encerradero de ganado. Muy cerca, en una pequeña hondonada junto al valle, una caseta con su pozo y abrevadero. Hay agua, pero ¡a qué profundidades! Como tiene caldero con soga, algún verano nos ha salvado tras una buena sofoquina. El lugar, como tantos otros de la comarca, es idílico, con su prado de hierba rala, sus encinas y robles, sus majanos. Y donde no hay verde, se deja ver la tierra colorada…

Hacia la fuente de Valdileja

Nos vamos por la colada del camino real de Palencia que cruza la Burgalesa y recorre campos que fueron roturados y arrebatados al monte. A pesar de todo, abundan las encinas y robles de buen porte aislados en las tierras de labor y algunas manchas de monte. Paramos a beber agua en la fuente de Valdileja, que conocemos bien de otras ocasiones y que sigue echando con fuerza su chorro de agua.

Corral y chozo en la Tiñosa

Enseguida, nos encontramos ante un complejo único: los corrales de la Tiñosa. Único por su extensión y por las proporciones de sus construcciones pastoriles. Distinguimos dos chozos muy esbeltos y bien conservados y varios corrales –más de veinte- que gozaron de anchas tapias de piedra, hoy en buena parte derruidas. Además, vemos dos tenadas con su corral, que aún se utilizan para guardar ovino y tienen la particularidad –frente a las corralizas- de estar techadas, con tejas en este caso, a una vertiente y a dos aguas. Son, además, construcciones más modernas y necesitadas de un mínimo mantenimiento pues se soportan con pies de madera o ladrillo y entramado para el techado del mismo material.

Interior de una tenada

Nos vamos de este  complejo  con un poco de pena por no haberlo recorrido más despacio. Tal vez más adelante volvamos a pasar por aquí, nunca se sabe.

El caso es que, después de rodar de nuevo por la llanura entre tierras de labor y rodales de monte, llegamos a otro complejo pastoril: los corrales de la Pedriza. No es tan amplio como el anterior, ni cuenta con tenadas, pero tiene un chozo especial y único que, además de ser esbelto como pocos, tiene como un refuerzo consistente en un anillo de casi dos metros de alto por uno y medio de ancho que lo circunda, de la misma piedra que la cabaña. Seguramente será uno de los chozos más cálidos en invierno y frescos en verano. El lugar se encuentra rodeado de monte y muy cerca hay una caseta con pozo, mesas y barbacoas. Como para pasar una buena tarde de primavera, o un buen día de invierno.

Chozo de la Pedriza

Como no lejos se encuentra la cañada real Burgalesa, nos vamos por ella hacia el oeste. La conocemos bien, se trata de una cinta de monte entre tierras de labor, si bien se une a encinares y robledales cuando pasa cerca de las laderas de los valles. En un camino que sale hacia Población, nos acercamos a ver las ruinas de una antigua casa de labor. Pero al descubrir un poco más allá un gigantesco roble con las hojas de color ocre, no podemos menos que aproximarnos a él. Su elevado porte contrasta con la llanura, y con el resto de encinas y robles que, a su lado, no dejan de ser unas simples matas. Y volvemos a imaginar cómo sería el Cerrato hace pocos siglos, a pesar de lo soberbio y hermoso que hoy (todavía) lo vemos.

Antanillas

La cañada sigue su rumbo hacia Valladolid y nosotros descendemos en dirección a Esguevillas siguiendo el cauce del arroyo Valdeladuerna. Ya casi abajo, nos desviamos para acercarnos a la fuente de Antanillas, que mana agua por una tubería ancha de plástico y tiene delante dos feos abrevaderos de cemento moderno. Detrás todavía podemos ver las piedras de la construcción original. Bueno, al menos no ha desaparecido. Más vale así. Desde la fuente, junto a la cual abundan las flechas de yeso, se divisa el amplio paisaje del Vallesgueva.

Después de cruzar Esguevillas nos acercamos al otro grupo de bodegas, las de Carratamarilla, que en general se encuentran peor conservadas que las del Cristo -pero quedan algunas simpáticas- y de aquí nos vamos al Esgueva o, por mejor decir, a la Esgueva.

Un buen camino junto a la Esgueva Vieja

Y así, vemos cómo al menos tres arroyos o esguevillas desembocan en la Esgueva Vieja. Y es que son eso: verdaderas zanjas sofocadas por el carrizo que se unen a una tercera, más amplia. Todas parecen estar secas, a pesar de que proceden de arroyos con agua (San Vicente, Valdeladuerna, San Miguel, Nogal, Valdelatín). Tal vez sea a causa de la pertinaz sequía. Pero, en todo caso, ya se ve que los antiguos arroyos –y la propia Esgueva- han sido convertidos en zanjas, desviando los humanos su cauce conforme a sus necesidades y a los peligros de las riadas. Un poco más al sur, el cauce de la Esgueva Nueva sigue cumpliendo su función de soporte para las aguas.

Una esguevilla

El sol nos regala sus últimos rayos y las mimbreras, muy abundantes en la orilla izquierda, se vuelven incandescentes. La luz que ha llenado el día se apaga. En la otra ribera, nos parece vislumbrar una sombra que se mueve: tal vez sea la mora que al anochecer sale en busca del agua de la Esgueva para conservarla en su cueva del pico de la Alcubilla (que curiosamente significa arca de agua). Al igual que a la mora de Sieteiglesias, los hombres de Esguevillas la temen y prefieren evitarla. Nosotros también preferimos retirarnos después de una jornada luminosa y llena de aventuras, no sea que lo estropeemos al final.

 

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Entre el Jaramiel y el Esgueva (1): Alcubilla

23 junio, 2009

Esgueva y Jaramiel62 km aproximadamente

Alcubilla es una peña dominadora desde la que se divisa casi todo el valle Esgueva. Aunque hay 30 kms hasta Valladolid, se ve perfectamente -pequeño, eso sí- el cerro de San Torcaz (que está junto a Renedo) y detrás la ciudad. Eso hacia el Oeste. Hacia el Este no alcanza tanto, pues el valle presenta más curvas, pero también es profundo el panorama.

Alcubilla

Ya solo por esto merece la pena desviarse caminando hasta su punta. Pero es que esta lengua de páramo que se mete en el valle nos depara más sorpresas, pues debió ser un emplazamiento estratégico de un castro prerromano, aunque la leyenda que se oye en Esguevillas hace referencia a un castillo moro. En cualquier caso, podemos contemplar los restos de lo que fuera un muro o muralla y la boca de lo que pudo ser un pasadizo secreto. También en el valle, al pie de este cerro, puede distinguirse en algunos momentos del año lo que fue una villa romana. En fin, Alcubilla es uno de esos puntos de la provincia lleno de historia y leyenda. Sólo hay que acercarse a escuchar lo que allá arriba dice el viento, mejor si antes se ha escuchado a los viejos de Esguevillas o de Piña.

Jaramiel

De aquí nos vamos, atravesando una lengua de páramo, hasta Castrillo Tejeriego. No entramos en la localidad, pero sí nos acercamos a la ermita de la Virgen de Capilludos, también situada en un punto estratégico del valle del Jaramiel, que aquí todavía es ancho y aprovechado para labranza. Enfrente parece rebosar el monte de robles y encinas. También quieren sobresalir algunas corralizas y chozos de pastor. Pero hay que desplazarse hasta el robledal si queremos conocerlo bien.

Subida desde el Jaramiel

Pero nos vamos por la ladera contraria al monte y subimos por una terrible vereda. Empujando las bicis. Sudando la gota gorda. Un consejo: mirando hacia el suelo –en vez de al frente- se avanza más y más cómodo. O al menos lo parece. Menos mal que arriba –otra vez el páramo-  nos espera la sombra de un corpulento roble.

Hacia el Este empalmamos con una cañada o camino que nos lleva por un excelente firme ¡qué descanso! hasta Villafuerte de Esgueva. Sin embargo, hemos echado en falta los centenarios robles, salpicados por alguna sabina, que custodiaban la carretera de Villafuerte a Pesquera, que deberían verse en el horizonte. ¡Qué pena! ¡Si era la carretera más bonita de toda la provincia! ¿Era necesario en una carretera tan poco transitada?

En fin, en el bar que hay junto a la iglesia –trazas románicas- nos reponemos un poco de la terrible subida y del susto de la carretera.

Las Dehesillas

Poco paramos en el pueblo. Nos ha llamado la atención una ladera blanca y pendiente en la que crecen algunas encinas. Forma, junto con la otra ladera, suave y tendida, el valle de las Dehesillas. Hacia allá vamos, visitando el pozo de los corrales de la Muñeca primero y luego el pozo de Ávila. Debieron ser preciosos estos lugares. Quedan restos de ambos pozos, el de Ávila tapado con un bidón, y prados alrededor. Claramente eran lugares destinados al ganado, que hoy han quedado reducidos a casi nada por la mayor fuerza de la agricultura. Pero, en conjunto, el paisaje sigue siendo llamativo y agradable, con los bordes de los cerros orlados de encinas y matas de roble…

Las Dehesillas

Sobre Castrillo-Tejeriego y Villafuerte

Lame las casas de Castrillo-Tejeriego el lento discurrir del Jaramiel que hace acopio de agua gracias a las fuentes y arroyos que recoge: Valdelamana, Rozas o Carrapiña. Castrillo está enclavado en un teso elevado, lo que justificaría su nombre; los siglos han pasado desde el castro celtíbero hasta la torre medieval instalada en el lugar donde ahora lo ocupa la iglesia gótica de Santa María Magdalena del XVI, de tres espaciosas naves separadas por pilares que soportan el peso de las bóvedas de crucería, y hasta nuestros días.

Destaca el retablo mayor procedente de la iglesia de San Miguel de Reoyo de Peñafiel, que alberga la escultura de la titular de la parroquia, copia de la Magdalena de Pedro de Mena. A los pies está el coro con su artesonado con pinturas, así como la reja de madera del XVII y la pila bautismal gótica con gallones del siglo XIII.

A las afueras del pueblo, aguas arriba del Jaramiel, está instalada en un altozano la ermita de Nuestra Señora de Capilludos, de tres naves iluminadas por lámparas de cristal de La Granja. El retablo de la ermita contiene pinturas de Antonio Vázquez de finales del XVI donde se encuentra la imagen de Nuestra Señora de Capilludos, del siglo XII o comienzos del XIII. La tradición cuenta que la imagen la encontró un carretero soriano dentro de un hueco de un roble, tapada con un capillo, que era el gorro de malla con el que se cubrían los guerreros en la edad media, aunque para otros era el capillo del sayo o vestimenta. A los pies de la ermita está el coro decorado su artesonado con pinturas góticas.

Lo primero que llama la atención del visitante cuando se acerca a Villafuerte es el castillo mandado construir por Garci Franco de Toledo y María de Saravia en 1473, de planta rectangular con cubos semicirculares en sus tres esquinas, y su torre del homenaje de planta cuadrada en el cuarto ángulo, con cinco pisos accesibles mediante una escalera de caracol. Esta fortaleza hizo que se cambiara el nombre del pueblo de Bellosillo, situado más cerca del río Esgueva, a Villafuerte en su actual emplazamiento al abrigo y protección del castillo.

El otro edificio destacado de Villafuerte es la iglesia románica de la Santísima Trinidad del siglo XII, con bastantes reformas posteriores. El ábside de la cabecera es de planta semicircular, aunque al exterior apenas se aprecia ya que está enfoscado en cemento, ocultando la piedra a los ojos del visitante. Los canecillos tienen decoración de piñas y formas geométricas. La planta es de dos naves, destacando la cabecera de la principal donde se encuentra un magnífico arco toral con capiteles de bella labral. El techo se cubrió en el siglo XV con un artesonado de bella tracería que ahora se puede admirar en el Salón de Plenos de la Diputación de Valladolid, lugar donde se instaló en los años setenta del siglo pasado. Otro artesonado se sigue manteniendo en el coro, decorado con la heráldica de los señores de Villafuerte, además de escudos castillos y leones. En la nave lateral se encuentran retablos del antiguo convento de Mercedarios de Valladolid, así como el Cristo de Bellosillo del escultor Francisco Giralte.

A las afueras del núcleo se encuentra la ermita de Nuestra Señora de Medianedo, que nos habla del lugar donde se reunían los vecinos para dirimir los asuntos y conflictos de límites.

Mieses