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Lomas del Zapardiel

20 octubre, 2018

Día de la entrada del temido temporal Leslie en Valladolid. De madrugada, debió llover algo. La AEMET nos metía miedo con una alerta amarilla por vientos. El paseo en bici discurrió sin lluvia y prácticamente sin viento, y mira que desde la bici uno es sensible al viento. Así son las cosas. Otro día no avisarán y nos ahogaremos o nos barrerán vientos huracanados…

Teníamos pensado recorrer la parte baja del valle del Zapardiel. Pero no junto al río, sino por las laderas, para disfrutar de una visión de conjunto del valle, sus tierras, sus cuestas y sus vegas. De manera que salimos desde Tordesillas. En primer lugar cruzamos junto a la Vega, donde el famoso toro recibió el nombre y después pasamos junto al humedal de Valdegalindo, totalmente seco a estas alturas del año. Los juncales esperan que llegue el agua al subsuelo; no parece que este temporal se haya acordado de ellos. Se trata de un arenal con pastos –hay una ganadería de vacuno que los aprovecha- y donde hace milenios hubo un asentamiento prerromano.

Alcornoques

El siguiente paso nos lleva a subir al monte de pinos y alcornoques con mismo nombre, Valdegalindo, que nos ofrece las primeras vistas elevadas sobre el valle del Zapardiel, aquí todavía relativamente estrecho y bajo; y con las estribaciones del páramo de los Torozos como festón de fondo. Un sendero nos conduce entre alcornoques, pinos y encinas hasta bajar a Foncastín, que se despereza entre nubes grises. Porque esa es otra, ni viento ni lluvia, pero el tampoco sol no nos acompañó en momento alguno.

Saltamos el río y nos paramos a almorzar peras limoneras –los árboles cargados nos ofrecen un exquisito fruto maduro- y nueces, que esta temporada no llegan muy sanas. Atravesamos una amplia mancha de pinar contiguo al de la Nava, luego majuelos vendimiados en los que rebuscamos racimos que encontramos bien dulces, hasta cruzar la cañada del Reguilón, que une la fuente Pascua y con el Zapardiel.

Alimento del día

Poco a poco vamos ascendiendo hasta disfrutar de amplias vistas tanto al este como al oeste, pues la loma es alta y estrecha, con asomadas a ambos puntos cardinales. Vemos el amplio y hasta hondo valle del Zapardiel y nos extraña que un río hoy prácticamente seco haya esculpido un valle tan dilatado. Al fondo vemos también la apertura del valle desde Medina, con el cerro del Aire que cede el paso –entre vigilante y altivo- a este aprendiz de río. Más al fondo, los inconfundibles ataquines, con la torre de la iglesia de Ataquines. Y al oeste, el extendido caserío de Nava del Rey presidido por la torre de los santos Juanes (ahora con andamiaje) y con la ermita de la Concepción al fondo.

Bajada a Carrioncillo

El camino nos deja en un majuelo junto a la carretera de Nava a Torrecilla del Valle y, después de probar unos almendrucos, subimos al último otero para, en cómodo descenso de más de 3 kilómetros, plantarnos en la ermita de Carrioncillo. A Dios gracias, la fuente tiene agua si bien queda muy poco para su total destrucción; (ya no queda nada del caserío ni del molino).

Y comenzamos la vuelta, pasando a la orilla derecha del Zapardiel aprovechando el antiguo camino de Valladolid a Béjar. Esta orilla es zona de barrancos, pues caen por la ladera los de Romanero, Jimena y San Isidro. Nosotros iniciamos la subida por el de Jimena y la Casa Macho hasta alcanzar el paramillo de la Cueva. A pesar de estar a menos de 2 kilómetros de las lomas del Aire, aquí no llega.

Dejamos un vertedero de la mancomunidad de Medina y nos adentramos en el pinar de Romanero. A lo largo de la excursión no han faltado rodales de monte, sobre todo de piñonero e incluso alguno de negral, no muy abundante por estas latitudes. Las encinas y carrascas las hay más en linderos, perdidos y entre los propios pinos.

En la Peña

Desde aquí, un camino recto nos lleva hasta Rueda, donde le pueblo celebra la fiesta de la vendimia con una gran paella regada con buen vino: ¡qué pena: acabamos de comer!

De nuevo el sube y baja del que no nos hemos despegado en toda la excursión, esta vez por la cañada de Valladolid, nos acercamos a la Peña, después de haber cruzado otro monte de pino con alguna encina. Visitamos la ermita y luego las aceñas: parece que cada vez que uno las visita hubiera menos aceñas y más arbolado y maleza. La carretera –no hay más opción- nos deja al fin en Tordesillas.

Aquí puedes ver el recorrido.

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Fuente de la Mora

26 octubre, 2016

foncastin-sieteiglesias-2016          

El objetivo de esta excursión era llegar hasta la fuente de la Mora, en Sieteiglesias de Trabancos, cruzando el valle del Zapardiel y del propio Trabancos. Fue la última excursión del pasado mes de septiembre y pudimos gozar de un agradable tiempo soleado, con temperatura elevada para la fechas en las que nos encontrábamos, ya otoñales.

Foncastín

 Salimos de Foncastín, pueblo híbrido de nueva creación en las laderas que caen hacia el Zapardiel. La mayoría de sus habitantes proceden de Oliegos, que quedó anegado bajo las aguas del pantano de Villameca, en León. Por eso, su Plaza Mayor, iglesia, dependencias municipales, así como la mayoría de sus calles, nos recuerdan a un pueblo del sur, pues todo está encalado. Sin embargo, la Plaza Vieja y otros caserones antiguos nos recuerdan el típico caserío de labranza castellano, pues en lo que fue hasta que se construyó el nuevo pueblo.

Del antiquísimo Foncastín, al que lamían las aguas del Zapardiel, sólo queda la torre derruida de su castillo y un ciprés que señala el cementerio.

Bodega caída

Bodega caída

Viejas bodegas 

Antes de enfilar el puente sobre el Zapardiel para cruzar a la orilla izquierda, nos acercamos a una vieja bodega medio derruida, excavada en la ladera cercana al monte de Valdegalindo. Por lo que queda, fue de grandes dimensiones. Ya de vuelta, poco antes de alcanzar las ruinas del castillo, descubrimos otra entrada con pasadizo en forma de S que nos condujo a otra cavidad casi tan grande. Ésta, se estaba empezando a caer, pues encima de ella hay un campo de labor, y ahora se laborea con tractores enormes que producen terremotos bajo sus ruedas.

A lo largo del trayecto divisamos más bodegas, ya modernas. Sin duda, la más llamativa resultó ser la Alcoholera, del Marqués de Viesca en Nava, junto a la vía y carretera de Tordesillas, un equilibrado edificio de ladrillo mudéjar tras una tapia noble; sus caldos eran consumidos por la Casa Real. Y es que estamos en la tierra de los vinos.

Contemplando el valle del Zapardiel

Contemplando el valle del Zapardiel

Lomas y pinos

 Superado el Zapardiel nos introdujimos en el extenso pinar de la Nava, tomando laderas y cruzando algunas islas de terreno labrado. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos bajo el cielo abierto, en las lomas desde las que se domina la línea del páramo de los Torozos, con Tordesillas y su torre de Santa María destacando en un fondo de neblina.

Majuelos y pinarillos; un olivar, rastrojeras y terrenos recientemente arados. Pasamos junto a la casa del Cura –la del Bernardillo hace tiempo que desapareció; sólo distinguimos el pozo- y bajamos al valle del arroyo que viene de la Nava, donde nos encontramos un pastor y su rebaño que daba vueltas sobre sí mismo, luego un campo de cardos que levantaban más de dos metros del suelo y, finalmente, la fuente Pascua. Seca.

Pinos y majuelos

Pinos y majuelos

Más campos, más majuelos, más pinarillos. Cruzamos junto a otras casas –de las Hornías, del Barco- pues el término de la Nava es muy amplio y abundan las casas de labranza. Al fin salimos de las cimas que acogen miradores para bajar al cauce del Trabancos, que sólo es un inmenso arenal moteado por algún chopo u álamo. Al lado, la peña, que por reseca se ha vuelto blanca.

 Fuente de la Mora

Entramos en Sieteiglesias pensando en una fuente, que encontramos en la primera esquina, frente al bar del pueblo. Pasamos junto a viejas bodegas, el humilladero, la iglesia y diferentes construcciones de barro y ladrillo hasta enfilar el camino que, por entre los prados del arroyo del Reguerón, nos condujo a la meta, la fuente de la Mora.

Exterior

Exterior

Y allí estaba. Tres pilones seguidos y, detrás -como sosteniendo la ladera de peña- una pared de piedra labrada, con una puerta-reja que da paso a una estancia pequeña y alta, con bóveda de ladrillo mudéjar, que a su vez conecta con dos cuevas o pasadizos que tienen el zócalo en piedra caliza y la pared en ladrillo, cerrados por bóveda de medio punto. Los dos pasadizos, labrados en la misma peña, siguen hasta… ni se sabe, lo que sí se sabe –se ve- es que recogen los manantiales de la fuente. Ambos traen agua de buena calidad pero de distintas propiedades, según los vecinos de la localidad. El conjunto, una verdadera obra de arte. En Sieteiglesias se dice que de estas aguas bebían la reinas Isabel y Juana de Castilla.

-¿Y la Mora?

-Pues cuenta la leyenda que en la cueva izquierda habitaba una bellísima mora que salía a la caída del sol a peinar su larga cabellera. Y que los hombres que la veían quedaban al momento prendados por su belleza y atractivo nada común. Y se iban con ella a la cueva-fuente…   de donde nunca salían.

Aspecto del interior

Aspecto del interior

-¿Y el pasadizo o cueva de la derecha?

-Pues, en lo más profundo, estaba –está- lleno de tesoros -oro y joyas- que traía el verdadero amante de la Mora, que no era sino un moro. Llegaba por la noche, siempre sobre un majestuoso corcel: la Mora le entregaba sus amores y el moro, sus tesoros. Se dice que la especie de huecos que hay a cada lado de la entrada son las marcas de las espuelas del brioso corcel.

Hasta aquí la leyenda que, claro, no se puede comprobar pues nadie ha salido de lo más profundo de la fuente para contarlo. La fuente también es conocida como del Moro o de los Moros. Y de Carreván, pues desde Sieteiglesias se encuentra camino del Eván de Arriba. En los mapas la escriben igualmente como fuente del Alcaraván, que no deja de ser la forma finolis de Carreván

Pozo de la Nieve

Pozo de la Nieve

Cementerios y nieves de Nava

 En la ciudad de Nava del Rey nos esperaban varias sorpresas. La primera, el Pozo de la Nieve… ¡restaurado! Lo habíamos conocido echo una pura ruina, atiborrado de escombros. Ahora bien se aprecia lo que fue, su función, su razón de ser. Un pequeño edificio de anchas paredes de ladrillo macizo que esconde un pozo de ancha boca y no muy profundo. En él se almacenaba la nieve que era usada a lo largo del año por el pueblo. Una pega: que la seguridad prima sobre la visibilidad; una malla metálica impide que te caigas al pozo, pero también impide, prácticamente, que lo veas. ¿Se podría buscar un punto medio?

En el Cementerio Viejo

En el Cementerio Viejo

La segunda, que la puerta del Cementerio Viejo estaba abierta, al igual que la ermita que hay dentro y que guarda al ¡Santo Cristo de Trabancos! Sabíamos de su existencia, pero nunca lo habíamos visto. Se trata de una preciosa talla gótica del año 1.400 que procede del despoblado de Trabancos, situado donde este río se cruza con la carretera de Alaejos. Este cementerio fue trasladado el nuevo y ahora ha sido plantado de olivos. Todo muy poético tras las tapias abiertas por tres arcos de ladrillo cerradas, a su vez, con rejería.

En el cementerio civil

En el Cementerio Civil

Tercera y última sorpresa: el Cementerio Civil, lejos del pueblo, junto a la cuneta de la carretera de Tordesillas. Se trata de un pequeño recinto cerrado con tapias de ladrillo y barro que contiene algunas tumbas, asfixiadas por la maleza. Las que conservan legible los nombres son de inicios del siglo XX. Muy curioso. No recuerdo ningún cementerio así en la provincia, separado del católico. Tal vez se deba a la fuerza de los masones –aquí hubo una importante logia- en aquellos tiempos de Nava de la Libertad.

Y para terminar, fruta del tiempo

Y ya de vuelta, atravesamos de nuevo tesos, colinas, viñedos, pinares… Como no teníamos prisa, paramos a probar uvas, higos, peras, nueces (vienen mal las de este año), almendros y moras. Finalmente, terminamos en el Rincón de Oliegos donde sirven una excelente y helada caña con limón, que levanta a un muerto o, lo que es o mismo, a un ciclista bien rodado, soleado y resecado.

El valle desde Foncastín

El valle desde Foncastín

 

Zapardiel: de las aceñas de Zofraguilla a Medina del Campo

24 octubre, 2015

zapardiel 2015El Zapardiel, más que río, es una zanja inmunda. Recorre 100 km desde la laguna de San Martín de las Cabezas, en la que nace (El Parral, Ávila) hasta el Duero en las aceñas de Zofraguilla, donde muere. Pero no lleva agua. No hay más que verlo en Medina del Campo: no existe. De Medina al Duero es, en el mejor de los casos, como una larguísima charca de agua sucia y densamente poblada de espadañas; tanto, que ver el líquido es difícil.

Nunca fue un gran río: Casan a Adaja con Zapardiel / no quiso ella, por ser chico él, le cantaba la chiquillería en plan de mofa. Y nuestros clásicos llamaban al espeso Esgueva émulo del Zapardiel, portador de malas nuevas para las narices. Pero curiosamente, también este río fue heraldo de leyendas y fazañas, como veremos en la entrada siguiente.

Humedales en el bajo Zapardiel

Humedales en el bajo Zapardiel

A pesar de todo, si no nos acercamos mucho al cauce, disfrutaremos en numerosos tramos de hileras de chopos, sauces, o álamos, que le acompañan. Con todo, el propio cauce ha sido modificado a lo largo de la historia de manera que no sabemos el trazado exacto dentro de un fondo llano de unos 500 m entre ambas laderas y dedicado a pradera para pastos. Por eso, son varias las ganaderías que tienen rebaños de reses –algunas bravas- en las zona. La ladera derecha tiene más inclinación y, en ocasiones acarcavada. La izquierda está, por el contrario, suavemente inclinada, apta toda ella para el cultivo, más aun si tenemos en cuenta, que la tierra es arenosa y suave, amorosa.

Laderas

Laderas

Es un valle perdido y olvidado, sin casi núcleos de población. Únicamente Foncastín, en un pico dominador y Torrecilla del Valle, junto al río, son dos pequeñísimas localidades. Y Torrecilla es, más bien, un caserío. También podemos contar las dos casas de Dueñas de Arriba y la bodega e iglesia de Dueñas de Abajo. Antaño los pueblos abundaban, y tenemos noticia de Valverde, Mollorido, Constanzana, Foncastín (viejo), Zofraga y Velayo. Incluso hubo algún molino y una almazara. Hoy todavía podemos ver –y usar- una pequeña joya de ingeniería: el puente de Zofraga, son sus losas no cubiertas de rodadura, sus pretiles con protectores, sus pilas y tajamares… ¡¡Tenemos que cuidarlo, que algún desaprensivo ya ha empezado a tirar las piedras del pretil…!!

Interior del "castillo"

Interior del “castillo”

El trayecto lo hicimos río arriba, desde la desembocadura hasta Medina del Campo. En la parte próxima al Duero los prados son más extensos y abundantes. Incluso en sus inmediaciones se encuentra el prado de los Abonales, siempre verde porque el agua mana naturalmente del mismo suelo. Tanto en este lugar como en la Cortijada o Prado del Zapardiel veremos buen ganado vacuno.

Un poco más arriba aparecen las laderas cubiertas de monte. En la izquierda los pinares de la Nava y en la derecha el pinar-alcornocal del Valdegalindo. Curiosamente los alcornoques están en los límites del monte, fácilmente identificables. Aquí estuvo Valverde, y los campos todavía hoy hacen honor a su nombre. Un poco antes de llegar a Foncastín vemos la entrada de una gran cueva, pero no nos acercamos. Lo dejamos para otro día, así que volveremos.

Higos muy dulces, almendrucos, nueces, peras, uvas, manzanas… de todo esto había, en abundancia y en sazón. De manera que el bocadillo se pudrió en la mochila. Y de todo sobraba, pues estaban llenos los árboles y el suelo donde nacían.

Los chopos señalan el cauce

Los chopos señalan el cauce

Nos acercamos a la torre en ruinas del viejo castillo de Foncastín, que hoy sirve para que a su sombra se recuesten tuberías de riego y en sus huecos se esconda alguna paloma ¡En esto han caído las fortalezas castellanas de otros tiempos! No lejos, un ciprés señala el lugar del cementerio de Foncastín Viejo y el Zapardiel se deja represar por un dique.

Pasamos por la ermita de Carrioncillo, sacada hace años de la ruina por los vecinos de Valverde. Pero, desgraciadamente, la fuente de la alameda está hecha un asquito. ¿Se puede remediar? También vemos los restos –calicanto- de la vieja fortaleza, más allá de la fuente, en dirección al río.

Ver el agua no es fácil

Ver el agua no es fácil

Las Dueñas son otra cosa. Al menos están cuidadas y limpias.

En el trayecto hasta Medina nos acompañan de nuevo praderías con vacuno pastando. Al fondo, la silueta de torre de la Mota nos invita a avanzar.

Casa Blanca

Casa Blanca

Ya casi llegando, dejamos al otro lado la Casa Blanca, finca de recreo construida en el siglo XVI para el banquero de Medina Rodrigo de Dueñas, que también mandó levantar la Casa Navilla. No abundaron en nuestro austero país este tipo de construcciones, por eso ésta tiene un especial valor. Por dentro –según cuentan- está profusamente decorada con yeserías policromadas que recrean un inusual espectáculo de formas y colores en medio de la austera llanura castellana. Pero el exterior no le va a la zaga, según escribió hacia 1918 Juan Agapito y Revilla señalando los encantos de esta finca:

…a un lado la terraza, debajo de la cual brota un manantial en comunicación con un rectangular estanque poblado de pececillos; las aguas, que además de servir de riego a la finca, aumentan el caudal del misérrimo Zapardiel que corre próximo; el alto arbolado de la parte baja; las tierras de huertas con sus frutales y flores; las tierras blancas de pan llevar en lo alto, todo ello, verdaderamente, es eglógico y comprendo la satisfacción de aquella rica familia de los Dueñas que formó un oasis en la inmensa explanada, desprovista de arbolado…

Planta de la torre del castillo de Foncastín (fotografía aérea del IGN)

Planta de la torre del castillo de Foncastín (fotografía aérea del IGN)

La vuelta la hicimos, hasta Rueda, por un continuo sube y baja de cuestas y laderas. Menos mal que el azúcar natural de los higos nos dio alas y en Rueda nos esperaba la Fiesta de la Vendimia… para reponer fuerzas.

Valdegalindo y Foncastín

3 marzo, 2010

El pasado domingo amaneció un día estupendo para pasear en bici. Los augurios no eran nada buenos -demasiado viento y demasiada lluvia el sábado- y el pronóstico recomendaba seguir la misma conducta que el sábado, o sea, no salir de casa. Menos mal que muchos no hicimos caso. Curiosamente, las carreteras se llenaron de ciclistas de idem, y en el campo no faltaban caminantes.

Así las cosas, había que salir por zona de arena y gravas. ¿Qué tal la ribera -por llamarla de alguna manera-  del Zapardiel?  Dicho y hecho. Punto de partida,la capital del Verdejo, Rueda.

Lo primero que nos sorprendió fueron los caminos, totalmente secos, aunque con algún charco. Y es que el viento, durante la noche, actuó como un potente secador,más eficaz aún que el sol o el calor. De manera que el domingo no se pegaban los neumáticos al suelo. Casi se volaba.

El Zapardiel tenía algo de agua. Hasta un poco de corriente, nada frecuente. Las fochas estaban felices chapoteando entre los carrizos. Un lugar adecuado para saludar al Zapardiel lo encontramos en el puente más cercano al torrejón, que es lo que queda del castillo. Ya, del viejo Foncastín, ni fuente ni castillo. Junto al puente-dique hay un agradable prado y, muy cerca, un pequeño ciprés que indica el lugar de la iglesia y del cementerio, donde todavía no ha llegado el arado. Nada más. Una caseta de riego ha sido levantada con piedras que pertenecieron a otra construcción. Tal vez una casa, o la iglesia.

Si seguimos un poco más aguas arriba por la orilla izquierda llegamos a unas simpáticas almendreras, que lindan con un pinar. A punto están de florecer. Será cuestión de días o, casi, de horas si sigue haciendo así de bueno. En la otra orilla divisamos una curiosa construcción: poco antes, al pasar junto a ella parecía que fue una ermita, por su bóveda apuntada y sus hornacinas. Pero también pudo ser una almazara, pues por aquí hubo antaño olivares, y hoy se han vuelto a plantar. En el mapa figura como casa de la Higuera y, efectivamente, ahí sigue.

Después de descansar y contemplar el valle desde el nuevo Foncastín -que a pesar de su novedad tiene su historia- nos vamos a Valdegalindo.

Valdegalindo es el único alcornocal de la provincia. No tiene demasiados ejemplares, pero los hay de diferentes edades y se encuentran en explotación pues, según vemos, a muchos les falta la corcha. Bueno, más que alcornocal es un monte mixto de pinos, alcornoques y alguna encina. Damos una vuelta y desde su límite Oeste volvemos a asomarnos al valle del Zapardiel. El monte -y todos los pinarillos por los que hemos pasado- se encuentra perfectamente alfombrado de una hierba de color verde brillante e intenso, gracias al agua que ha caído durante las últimas semananas.

La vuelta la hacemos entre viñedos y pinarillos.

Aunque los almendros aun no han florecido, vemos algunas florecillas amarillas (estrellas) y azules (verónicas). Además de los dientes de león, son las primeras. Pronto vendrán muchas más.