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Continuamos: bajada a La Guareña y vuelta por el Duero

2 abril, 2017

Fuente Sevillana

Por si fuera poco la fuente Sevillana, a la que ahora llegamos, también está en medio de otro majuelo, y alejada de los caminos. Por un lado vemos un monte de encina y pino, como protegiéndola del viento del noroeste y, por el otro, abierta al amplio y luminoso valle de la Aguada, al sureste. No sabemos de dónde sacaría el agua –ahora está seca- pues se levanta sobre un nivel prácticamente raso. Se trata de otro hermoso ejemplar: más pequeña que la anterior del Cantador, posee un arca con bóveda de ladrillo y un portillo rectangular. A su derecha un pequeño pilón labrado de una pieza en granito. Se encuentra en estado ruinoso. No sabemos cuánto tiempo tardará en desaparecer pero, de momento, ahí la tenemos por si queremos repararla y conservarla. A mi me pareció oírla gritar que no quiere desvanecerse en el olvido…

Fuente de Paradinas

Bajando hacia el río Guareña, en una zona dedicada a cultivo de regadío y viñedo descubrimos, oculta entre la maleza, la fuente de Paradinas, invisible mientras no te acerques a ella. Tiene abundante agua, si bien parece que está sucia. A tres metros, el abrevadero, roto y oculto entre la maleza.  Muy cerca, en la otra ribera, se encuentra el molino de Paradinas y la fuente del Cuco, que no encontramos bien por situarse dentro de una finca vallada o entre los abundantes zarzales.

Fuente del Camino Ancho

Después de rodar hasta el puente del AVE que atraviesa el río, giramos hacia el sur por el camino de los Valles, para tomar una cañada que se interrumpe precisamente por el AVE. Pero a los ciclistas todo terreno nada nos impide el paso, de manera que acabamos cruzando al otro lado hasta encontrar la fuente del Camino Ancho o de la Jara, levantada en los comienzos de una mancha pinariega. Estaba seca, aunque húmeda su arca. Se trata de otra preciosa fuente mudéjar, con un amplio pilón de buenos sillares en el lado derecho. Su estado apunta ruina y los majuelos que nacen entre las uniones de las piedras no le van a ayudar. Un optimista ha plantado algunos álamos en una pequeña pradera a sus pies. Pero no sé yo si queda algo de agua en estos manantiales… Otra fuente elegante y señorial que vamos a perder. ¡Qué pena!

La Malena

Un poco más subiendo una suave cuesta y damos con la fuente de la Malena, imperceptible desde el camino pero señalada por unas matas de almendro (y por una pequeña nave, blanca, de Numanthia). Tenía un poco de agua y debió gozar de abundante caudal a juzgar por las señales del arroyo –ahora seco- que de ella nacía. Está construida en buenos sillares de piedra, con un arca cuadrada y abierta, y pilón a la derecha, pegado al muro. Mira hacia un majuelo.

Fuente de la Coscojosa

Otra vez nos topamos con el AVE. Otra vez debemos avanzar a campo traviesa. Otra vez los caminos de los mapas no responden a la realidad –la construcción del trazado del AVE los ha cambiado- pero acabamos encontrando la fuente de la Coscojosa, oculta entre los pliegues de una ladera y su abundante vegetación. Tiene agua pero no fluye. Su forma es similar a la última que hemos visto y a la de la Quintana. Es de piedra, con estructura sencilla: al exterior, un gran sillar horizontal se asienta sobre otros dos verticales y así está enmarcada el arca. A unos metros, un abrevadero de ladrillo que seguramente sustituyó a otro de piedra. El paraje –un perro muerto entre la fuente y el abrevadero- parece abandonado. Otra fuente en peligro de extinción. Antaño, esto era un cruce de concurridos caminos.

Fuente de Jacinto

Bajamos hacia el Duero por un agradable valle con pinos y encinas. Antes de llegar a una inmensa parcela dedicada a almacén de vehículos de desguace (!), torcemos a la izquierda para buscar la fuente de Jacinto y, efectivamente, la encontramos en una zona húmeda contigua a una pequeña mancha de monte de encina y pino. Es otra fuente que impresiona por sus dimensiones. Tiene agua, un pilón y un amplio abrevadero con una barra metálica encima de él, a lo largo, y una gran arca de piedra y ladrillo. Lo malo es que la estructura se está cayendo a grandes pedazos: de momento, buena parte de muro de ladrillo que protege el pilón se ha desprendido por efecto de las raíces de un arbusto… Es el sino de estas fuentes que cumplieron su cometido y ya nadie quiere cuidar. El sitio es también un buen mirador hacia el noreste, por donde antaño cruzaba un concurrido camino.

Majuelo

Es hora de dejar las fuentes y bajar por el valle de Magarín hasta el río Duero. Todavía nos queda tiempo para acercarnos a sus orillas y contemplar sus anchurosas aguas en la divisoria provincial. Un poco más y, dejando a un lado un simpático palomar y la pesquera de peña natural, llegamos a Villafranca, donde se funden verdejo y tinta de Toro.

¡Qué pena que mueran en el olvido y desamparo quienes tanto nos ayudaron en otro tiempo y que han conservado hasta hoy mismo su belleza! Total, su conservación es más rentable –proporcionalmente- que el mismísimo AVE, paradigma del Progreso. Pero nadie caerá en la cuenta…

La Guareña

Entre Villafranca de Duero y Toro

31 marzo, 2017

Hemos dado otro paseo, transcurrido un año, para ver algunas fuentes del término de Toro que no conocíamos. Esta vez hemos recorrido las que se encuentran entre Villafranca de Duero –desde donde salimos- y la ciudad de Toro. Como siempre que venimos por esta comarca, el paisaje es encantador; cuando uno termina la excursión ya está pensando en la próxima… aunque sea dentro de un año. Son campos grava o arena, suavemente alomados –o no tanto, que las piernas del ciclista los notan sin excesiva suavidad- con pequeños llanos en el centro, entre el Duero y la Guareña. El norte está dominado por la torre de la Colegiata de Toro, el este por la línea lejana de Torozos –entre ambos puntos se divisa San Román de Hornija-, el oeste por los picones y tesos de Valbuena del Puente y el río Guareña, y el sur por otros tesos que no sobresalen tanto.

Paisaje de la comarca

En los campos de cultivo abunda el viñedo y en este tiempo las cepas se muestran desnudas. También vemos cereal que no levanta más de un palmo y algunas tierras sembradas de plantas forrajeras. También abundan las manchas de pinares, encinares, así como corpulentas encinas (encinos, por aquí) solitarias. Y las vistas: son frecuentes las asomadas a los diferentes valles y vallejos comarcales. También quedan restos –pocos- de antiguas cañadas y monte bajo, ruinas de viejas casas de labrantío y algunas tudas olvidadas. Luego hablaremos de la sorpresa del día, esta vez en forma de puente.

Encino

El progreso no podía faltar. Se nota en la atención esmerada al viñedo, en el trazado nuevo de la red de caminos, y en el trazado del AVE, que dificulta enormemente algunos accesos y divide esta pequeña comarca. Sin embargo, durante el espacio tiempo que duró nuestro paseo sólo oímos un tren. ¿Tanta inversión para eso? A lo que parece, somos el país más rico del mundo, pero a costa de nuestros tataranietos… ¡Y encima querremos que nos paguen la jubilación, pobres!

Fuente Nueva de Bardales

Pero vayamos allá. Como ya conocemos la fuente de la Quintana, nos dirigimos a la fuente Nueva de Bardales por donde estuvo antigua cañada -hoy soñada- en el ancho valle de Magarín. Del manantial brota agua, pero no de la fuente, que ya no se repara. Está en un aislado y agradable lugar, verde y fresco, con buenas vistas y corpulentas encinas. Antaño pasaba por aquí el camino y cañada que conducían, desde Toro, a la cercana casa de Joseinés. Hoy todo ha cambiado y la fuente se pierde lejos de cualquier camino.

Fuente de las Brozas

Desde aquí, manteniéndonos a buena altura en el valle, vamos hasta el famoso camino de Bardales, o lo que queda de él en su nuevo trazado, y lo tomamos en dirección norte. Después de diversas asomadas y llanos, nos presentamos en la espectacular fuente de las Brozas, de la que, milagrosamente, mana un poco de agua. Su arca, en ladrillo, está abierta por un gran arco de medio punto y surte de agua a un abrevadero enorme, en piedra de buenos sillares que se encuentra a su derecha. Bajo el arco, un pretil de piedra protege las aguas y sobre el arca dos pináculos en los extremos frontales adornan y diferencian esta construcción. Según nos cuenta Otero Toral, era esta una de las fuentes de referencia en la comarca, pues junto a ella pasaban caminos muy transitados. Hoy deja ver algo de lo que fue, y agradecemos que sus alrededores no se encuentren cultivados. Una mesa megalítica para las meriendas completa el conjunto.

El puente

Un kilómetro más al norte sufrimos lo que parece una extraña alucinación: en medio de un praderío de monte bajo, se levanta un puente de excelente factura, ancho, de piedra y en perfecto estado de conservación. No tiene ni camino ni río. Lo primero es fácil de entender, pues por aquí pasó el de Bardales in illo tempore, pero ¿qué fue del río? No vemos sino monte bajo, no hay restos de cauce alguno, ni de vegetación de ribera: es más, aguas abajo –por decir algo- vemos los restos de lo que fue un majuelo y aguas arriba, un campo de cereal. ¿Entonces…? Pues entonces lo hubo, hubo un río; el viejo mapa señala un arroyo intermitente y nos dice que el puente se llama de la Alcantarilla. Pues ahí lo dejamos, con su misterio. ¡Que perdure mucho tiempo con tan buena salud!

Esto es lo que queda de la fuente de la Marinácea

Siguiendo el imaginario cauce del arroyo llegamos al idílico lugar donde brotaba la fuente de la Marinácea. Antaño tuvo una pequeña negrillera al lado, hoy sólo vemos sus retoños que brotan sobre el mismo arca de la fuente y su pilón y acabarán pe destrozarlos por completo.  Bueno, el arca de distribución ya está destrozada, tiene hundido el tejadillo, y otra arca que hay un poco más arriba, para recoger el agua del manantial, está medio desaparecido. Es una pena pero esta ya no se recuperará.

Fuente del Cantador

Damos marcha atrás unos metros y ante nuestros ojos otra visión similar a la del puente: justo en medio de un viñedo aparece, como por ensalmo, la fuente del Cantador. Pocas veces veremos una cosa así, pero ahí está, se puede palpar, no estamos soñando. Recuerda a la fuente de las Brozas: gran arca de ladrillo sobre piedras sillares, bóveda de medio punto con cubierta a dos aguas, al exterior se abre una ventana dentro de un arco cerrado. En el lado izquierdo, un pilón abrevadero de gran capacidad. Está seca, tal vez por la destrucción del pequeño montículo por el que circulaba el manantial. Nos podemos sentar sobre el pilón para contemplar el majuelo próximo y los campos de frutales con sus casetos, más lejanos. Al fondo pequeñas manchas de pinar.

Y de momento, lo dejamos aquí para continuar en la próxima entrada.

 

Paisajes de Simancas

16 marzo, 2017

Simancas es una de las localidades con más historia de toda nuestra provincia. La mayoría de las poblaciones son -podríamos decir- de ayer, incluida la capital, fundada por el conde Ansúrez en 1072. Sin embargo, Septimanca  ya era conocida en la época romana, fue sometida por los musulmanes seguramente en 713, destruida por Alfonso I en 754 y repoblada definitivamente en 899…  Como no se trata de narrar la historia de Simancas, no seguimos; solo dejamos constancia de que fue sede episcopal durante la época de la Reconquista y que de época muy anterior a la romana conservamos los restos del dolmen de los Zumacales. Fue la población más importante de la zona hasta que Valladolid le arrancó esa primacía.

Pero en este blog nos interesa en paisaje y, en esto, también lo tiene todo: páramo, valles, ríos, riberas, montes. No echamos nada en falta. Vayamos, pues, por partes.

El páramo

Este accidente geográfico define la peculiar situación de Simancas: una lengua del páramo de los Torozos llega hasta las inmediaciones del Pisuerga. Y desde su canto desciende con relativa suavidad formando una especie de colina hasta que por fin, cae en vertical unos 50 metros hasta el río. ¡Perfecto para un poblamiento defensivo! El único sitio que había que proteger especialmente era la unión con la paramera.

Por lo demás, el páramo simanquino es eso, una lengua de 6 km de largo por unos 600 de ancho. Ideal para contemplar el anchuroso valle del Pisuerga-Duero y Valladolid con su festón cerrateño de fondo. En días claros, desde la balconada se nos muestra la cordillera de Segovia y Ávila.

Se encuentra bordeado por el barranco del Pozo de la Teaza, al oeste, y por la laderas de Valsordo, al este. Por esta lengua discurre la cañada de Merinas, que es uno de tantos ramales de la cañada leonesa oriental: los rebaños cruzaban el puente de piedra para seguir hacia Puente Duero.

 

Los valles y cuestas

Entre el páramo y el término de Arroyo de la Encomienda se extiende una amplia zona de pequeñas colinas y campos ondulados. Por ella discurren los arroyos Rodastillo y de Santa Marina. Es una zona rica en fuentes: podemos acercarnos al manantial de Pico Cuerno, que tal vez se encuentre fluyente al menos a partir de los marjales 200 metros aguas abajo del nacimiento, a la fuente de la Puerca que con dificultad encontremos, asfixiada –pero también señalada- por una densa espadaña, y a la fuente del Muerto, a la sombra de unos chopos.

Fuente de la Puerca

No lejos de esta última descansa -en el abandono hasta ayer mismo- el monumento megalítico de los Zumacales, único en la provincia. Ahora lo acaban de limpiar, han recolocado las piedras que había tiradas en una ladera y han trazado un caminillo de acceso.

Cerca del río brotaban abundantes manantiales, como ya hemos visto en la entrada anterior. No hemos encontrado ya la fuente de la Teja, que fluía aguas abajo del puente de piedra, en la orilla izquierda y de la que hemos bebido buenas aguas hace más de treinta años.

Pero de lo que de verdad se ha gloriado el término es de acoger la confluencia del Pisuerga y el Duero, a lo que ya hemos dedicado más de una entrada. Y es que por Simancas también pasa el Duero: desde Puente Duero a la desembocadura del Pisuerga, la orilla derecha es de Simancas, y posee las fuentes del Batán y del Frégano –de ésta sólo queda el nombre y el lugar donde brotaba- y las aceñas –hoy centralita eléctrica- de Pesqueruela. El Duero forma en sus riberas un bosque de galería, si bien menor que el creado por el Pisuerga.

Lo malo de estos ríos es que la ribera suele ser una estrecha y enmarañada selva inaccesible que también impide el paso a la misma orilla del río. Claro que esto tiene sus excepciones y hay arboledas y pequeñas praderías muy adecuadas para reposar o pescar. Ahí está, por ejemplo, el prado de la Mesta –hoy arboleda- aguas abajo del puente en la orilla izquierda; no obstante, los espacios accesibles abundan algo más en la orilla del Duero. Madoz reseñaba al menos tres prados importantes en el término de Simancas. Claro que también decía que en el sus ríos abundaban el barbo, la trucha y la anguila, de los que ya sólo queda el primero.

 Los montes

También sus montes –pinares en este caso- son agradables para el paseo, o incluso para recolectar nícalos en otoño. El pinar de Simancas forma un todo indivisible con el vallisoletano de Antequera, y en él abundan grandes ejemplares de piñonero. Es llano, con buenos caminos y senderos para andarines y ciclistas. Hacia el oeste, el pinar se llama de Peñarrubia y se va estrechando hasta casi Pesqueruela.

Precisamente en este último pinar, junto al camino de la fuente del Frégano, vemos uno de los pocos ejemplares de pino piñonero catalogados en nuestra provincia, denominado de Simancas. Destaca por  la esbeltez y corpulencia de su copa.

Entre los pinares y el Pisuerga, la acequia, con sus senderos, forma un pequeño y estrecho bosquete ideal para pasear en verano por su sombra y frescura. Y como no falta la humedad, podemos coger setas del chopo ya desde finales del verano.

Y la ciudad

Todo esto sin despreciar la propia ciudad, cuidada y bien conservada. Nos podemos acercar al mirador sobre el río, muy cerca de la plaza Mayor, pasear por las inmediaciones del puente de piedra, caminar por sus calles en cuesta, visitar el rollo jurisdiccional, beber en la fuente del Archivo, o solazarnos en los jardincillos de la Virgen del Arrabal…

Paisajes y (más) fuentes de Toro

8 abril, 2016

fuentes de Toro 2

No pudimos resistir la tentación y nos fuimos, un día más, a seguir descubriendo fuentes del término de Toro. Nos están esperando desde hace siglos. Tal vez se mantienen en pie, como haciendo un esfuerzo especial, para dejarse ver por nosotros. Así que no es cuestión de dejarlo para más adelante. Ya nadie las usa, casi nadie las cuida y muy pocos se preocupan de ellas. Sólo algún loco que las ha redescubierto y está haciendo lo indecible para recuperar al menos algunas.

Además, es una manera estupenda de contemplar el paisaje. El campo que rodea Toro, sobre todo al sur, es variado y diverso: encinas, pinos, bosques de álamos, saucedas en los ríos o arroyos; interminables colinas, cerros y motas, y algún despeñadero como el de Villabuena del Puente; campos de cereal y cuidados majuelos; monte bajo, algunas praderas… Las colinas y mogotes facilitan la perspectiva para ver con mayor amplitud de campo. En fin, no sabemos si esta vez las fuentes eran el objetivo o la excusa.

Desde Matalobas

Desde Matalobas

Partimos de Toro, donde nos aprovisionamos de productos alimenticios de la tierra, ricos en energía, para hacer frente al pedaleo de la excursión. El agua lo encontraríamos a lo largo del trayecto, o eso pensábamos.

La primera sorpresa –agridulce- llegó con la fuente de Matalobas: con la restauración le han devuelto su antigua nobleza. Pero debido a las explotaciones de una gravera que hay un poco más arriba, que ha trastocado su manantial, se ha quedado sin agua. De todas formas, tan bueno como la fuente es el panorama que desde ella se divisa y que pasa bajo las ramas de las encinas, a modo de teatro natural: el perfil de Toro con su Colegiata y gran parte de la vega. Merece la pena.

Pedorra preciosa

Pedorra preciosa

La segunda parada, fuente de la Pedorra. Otra sorpresa, pues se trata de una vieja y artística fuente, como pocas. Posee varios abrevaderos delante, pero eso es lo de menos. Lo de más es el cuidado arco de piedra arenisca labrada que cuenta incluso con un adorno –medio perdido ya- encima de la clave. ¿Qué artista se entretuvo embelleciendo la fuente? Misterio. Domina con señorío el suave valle del arroyo Ballesteros. Ya no tiene agua pero ¡cuántos agricultores habrán bebido de ella y cuantos ganados habrán abrevado aquí! ¿Sólo le queda esperar la ruina completa y posterior desaparición?

Escondida Casca

Escondida Casca

Sin acceso, perdida entre el pinar y la pradera del mismo arroyo Ballesteros, escondida tras un almendro, permanece la humilde fuente de Casca. Nos costó encontrarla. Su bóveda es de ladrillo y se cierra con puerta de metal, que aun conserva. El arca mantiene agua. Al norte, sigue dominando la torre de la Colegiata.

La siguiente parada fue en el Pilón de las Zanjas. ¡Qué pena! Se encuentra al final de un vertedero suponemos que ilegal y, para colmo, algún desalmado lo ha destrozado. Ha tirado al pilón el triángulo de ladrillo de la pared del fondo que lo adornaba y ha roto el arca. De todas formas, mana agua. Está complicado acercarse a él; pero el vallejo es precioso: se adorna con álamos, almendros, chopos y algún nogal.

Desde el Pilón de las Zanjas.

Desde el Pilón de las Zanjas.

La fuente la Francesa también se encuentra en otro hermoso valle, asentada sobre una de sus laderas. Vemos al fondo una arboleda y allí está, con dos grandes abrevaderos que aprovechan su líquido elemento. Su construcción es muy pobre, desarrapada, con ladrillos y piedras desgastados y parcheada de cemento. Amenaza ruina total. Pero el sitio es precioso y nos permite contemplar la profundidad del valle de la Francesa y parte de la Guareña..

Al fondo se esconde la fuente de Peñacabras

Al fondo se esconde la fuente de Peñacabras

La fuente de Peñacabras, de rústica mampostería, se ha quedado sin acceso. Y casi se queda sin nada, salvo el agua. Se encuentra en una pequeñísima alameda que limita con tierras de labor y un pinar. El agricultor ha roturado los bordes del pinar y casi arrasa la fuente, que actualmente se encuentra oculta entre la maleza, pero tiene agua que forma un pequeño lagunajo.

En el Palomar

En el Palomar

Y llegamos a la casa del Palomar, otro de los preciosos lugares que esconde esta tierra toresana. Nos recibe a un lado del sendero de acceso el esqueleto tenebroso –se ha puesto de repente el día gris- de una vieja encina y al otro lado, otra descomunal encina, viva. Al fondo, enormes álamos que han sacado partido de los hontanares de la Paloma. Y dos hermosas fuentes: la primera alimenta un lavadero, en el que todavía queda una piedra de lavar, y un estanque; la segunda, que se encuentra en lo más enmarañado de un zarzal, es medianamente accesible gracias a que alguien ha abierto un sendero que pronto desaparecerá. No tiene arca, el agua surge de un caño en una pared frontal que forma un rincón con la lateral. Sus aguas, a los pocos metros, llenan un lavajo.

Fuente Manteca

Fuente Manteca

La fuente Manteca también es curiosa. Se encuentra en un ancho valle  dedicado al cereal y a la vid y rodeado de monte de encinas. Domina una pequeña pradera; su arca es de piedra y ladrillo, y su abrevadero –moderno- es generoso. Tiene agua refrescante y de buen sabor. ¡Idílico y perdido lugar!

Y llegamos a la fuente Marlota, tan curiosa como su nombre y a unos metros del camino de lo que fue el monte Iniesta. Tiene diferentes niveles:  arriba vemos el arca, con el  frente de ladrillo revocado con cemento y los laterales con la piedra original, más abajo el caño con chorro generoso de agua buena, fresca y sabrosa –damos fe- y finalmente, el abrevadero. Todo está asfixiado por la maleza de juncos y zarzas. Le haría falta un buen desbroce.

Arca de la fuente Marlota

Arca de la fuente Marlota

En diversos puntos de esta excursión vimos alcaravanes. Siempre en el aire, pues en cuanto se posaban, dejábamos de verlos. ¡Qué manera de mimetizarse en el terreno, especialmente en los majuelos!

No nos detenemos en la fuente de los Pilones, que dejamos en una alameda a 400 m del camino, y de la fuente Marlota bajamos hasta Villabuena del Puente. El puente también tiene su fuente y pilones pegados a él, pero está clausurada y cerrada.

Lavadero de San Tirso

Lavadero de San Tirso

Como amenaza lluvia tomamos la directa. Después de saludar al cerro de la Nariz, sólo pasamos por la fuente los Villares, la más grande de la comarca, que ya conocemos. El viento de culo y la misma lluvia nos llevan volando hasta Toro. Como llegamos antes de lo previsto, tomamos la senda del Duero y visitamos las tres fuentes que manan entre las cárcavas y el río, prácticamente en la misma orilla: la del Hospital, con su pequeña alberca, que sirvió para regar la huerta cercana y que se encuentra seca; la de la Teja, pequeña y simpática y con su chorrito de agua, y el Lavadero de San Tirso, que sirviera de manera especial a las lavanderas toresanas, pues sus aguas son templadas.

Cuestecillas

Cuestecillas

Ya sólo nos quedaba subir por la cuesta hasta la ermita de la Virgen del Canto y, desde el mismo canto, dirigir una última mirada a la vega del Duero, a las ondulaciones de los montes toresanos, y a la torre de la Colegiata. Y todavía nos quedan fuentes para unas cuantas excursiones más.

Toro y la Colegiata

Toro y la Colegiata

Y otras fuentes de Toro (2)

5 marzo, 2016
Fuente del Caño, en Peleagonzalo

Fuente del Caño, en Peleagonzalo

Seguimos con el recorrido iniciado en la entrada anterior

Peleagonzalo

 Nada más llegar a esta localidad, torcemos a la derecha precisamente por la calle de la fuente del Soto y, pasadas las primeras casas nos damos de frente con el humilde abrevadero del Cruce, al pie de la cuesta de las bodegas. Al otro lado, bien cerca, vemos la señorial fuente del Caño que cuenta con dos grandes abrevaderos cuyos bloques de piedra están unidos por enormes grapas de hierro. El agua cae a una pileta conectada con el primer abrevadero. Encima del caño, una piedra arenisca con una cruz en relieve, acompañada de blancas piedras calizas.

Curiosamente este pueblo, de nueva creación: se estableció en el siglo XIX por los habitantes del antiguo, que estaba en las orillas del Duero, donde con frecuencia sufrían las fuertes avenidas del río.

Fuente del Soto

Fuente del Soto

Por el camino del Monte o de las bodegas llegamos al hermoso lugar donde se nos presenta la llamativa fuente del Soto, cuya amplia pared exuda y gotea el agua que se recoge en los pilones. Sobre el manantial, una encina. En fin, el conjunto es una preciosa estampa que ni soñábamos encontrar. Una vez más, nos sorprende Toro, sus paisajes, sus fuentes.

La bodega de la señora Amelia

Volvemos a la cuesta del camino del Monte. A mitad de subida escuchamos una voz: -¿Queréis probar el vino de esta bodega? Y no lo pensamos dos veces. Como un solo hombre respondemos -¡Claro que sí, un vaso de buen vino nunca se ha de despreciar! Pasamos dentro y Amelia Blanco nos ofrece el típico tinto de la comarca, denso, sabroso, fresco… ¡excelente! Charlamos un rato al calor de la chimenea –también están sus amigas-, nos enseña la amplia bodega y nos anima a un probar un licor de canela. E, igualmente, ¡excelente!

Entrada a una de las viejas bodegas

Entrada a una de las viejas bodegas

Por si fuera por fuera poco, Amelia nos acompaña y nos enseña otra vieja fuente: la de la Tía Cesárea, que está en un frondoso vallecito próximo, rodeada de bodegas. Desgraciadamente se encuentra seca, y ha perdido ya el pilón o abrevadero. Fue restaurada en 1999 pero de poco le ha servido. Su arca es muy grande, realizada en buen ladrillo macizo.

-¡Gracias, Amelia!

Fuente de la Tía Cesárea, desde el interior

Fuente de la Tía Cesárea, desde el interior

En el monte

Terminamos de subir la cuesta para, en primer lugar, disfrutar de un amplio y bello panorama que se extiende a nuestros pies, hacia el sur: montes de encina y pino, majuelos ordenados, alguna bodega moderna, caminos dibujados con tiralíneas y luego realizados por máquinas modernas que no se desviaron de su rumbo ni un milímetro… Así es el término de Toro por esta zona.

En segundo lugar, buscamos la fuente de Valdelaoliva o de Nicomedes. Nos cuesta encontrarla entre tanta carrasca y maleza. Pero al fin damos con ella a pesar de que se ha perdido su senda. Es la típica fuente mudéjar, elegante, con su arco delante de la bóveda y tejadillo. La pena es que, como tantas otras… ¡está seca! Y pocas cosas hay que produzcan tanta pena como una fuente seca.

Buscando la fuente de Valdelaoliva

Buscando la fuente de Valdelaoliva

Rodamos ahora con más gana entre cuestas y pinares en dirección a las fuentes de los Pastores, de los Castaños, de los Lavaderos y del Estanque de Sariñana. Pero se encuentran en un finca privada -la dehesa de Castrillo- a la que está prohibido el paso, además de bien vallada y bien candada. ¡Resignación! A lo lejos nos parece ver los castaños o, al menos, buenos álamos bajo los que se cobijan algunas de estas fuentes. Pero seguimos rodando.

La Muñeca

La Muñeca

La Muñeca y el Puente

Y ponemos rumbo a Toro por caminos y carreteras. Nos desviamos a la fuente de la Muñeca, cruzando el canal de San José. ¡Pobre!, también seca, se la está comiendo la maleza. Antaño debió de estar en un umbrío y fresco soto, pero ya nadie lo cuida y la misma fuente desaparecerá muy pronto. Pero como el que tuvo, retuvo, todavía conserva algo de aquella belleza original: arca encajada en el talud, bóveda elevada, arco de ladrillo enmarcado en pared de sillarejo, pilón de buena traza, cubierto de musgo, a la izquierda perpendicular a la fuente. Dentro de nada la tierra y las zarzas se la habrán engullido por completo y la maleza la hará desaparecer de nuestra vista. ¡Una pena!

Caño del Puente

Caño del Puente

Salimos a la carretera hasta enlazar con el puente romano. Paramos a contemplar la fuerza de las aguas del padre Duero. Ya en la otra orilla vemos el Caño del Puente, en la misma pared de piedra en la que se apoya el puente. En la fuente de al lado, la del Artesiano, nos paramos a limpiar las bicis. Hemos llegado, pero todavía nos queda la subida a la Ciudad. La verdad es que subimos como si estuviéramos nuevos. Tal vez es el paisaje y sus fuentes, que nos ha renovado hasta físicamente. A pesar de que han caído 58 kilómetros.

 

Algunas fuentes de Toro (1)

2 marzo, 2016

Toro y sus fuentes 1

En Toro, iniciamos la rodadura en dirección noreste. Al poco de salir nos encontramos con una vocinglera y extraña caza de liebres: un nutrido grupo de cazadores armados de silbatos despertaban a las liebres encamadas en un majuelo. Parecía más una caza de brujas. Pero como no íbamos ni a liebres ni a brujas, sino a fuentes, seguimos adelante y paramos un momento junto a una arboleda al lado de un pozo con más de seis largos abrevaderos: era el preludio de lo que nos esperaba a lo largo de la jornada.

Vallongar

Al fondo divisamos Tiedra, con su castillo a modo de avanzadilla sobre Tierra de Campos, y tras una larga recta nos presentamos ante la fuente de Vallongar, ya cerca de Villavendimio. Está realizada en piedra caliza y el agua fluye abundante. Una zona empedrada y enyerbada se extiende entre el arca –para abastecimiento humano- y el pilón. Precioso conjunto en una suave ladera, en medio del campo abierto.

Vallongar, fuente y abrevadero

Vallongar, fuente y abrevadero

Por Tagarabuena

Volvemos en dirección contraria para luego girar hacia el oeste hasta llegar a la laguna del Tejar. No vemos la fuente ni el abrevadero ¿destruidos o tapados por la maleza? pero sí dos amplias lagunas acompañadas de álamos. Hay restos de construcciones, seguramente pertenecientes al antiguo tejar.

Un poco más al norte está el manantial del camino de Villardondiego, o de Carracastro, al que llegamos por la carretera. No tiene fuente, pero tiene agua, abundantes juncales y una pequeña pradera; en verano, refresca un poco las achicharradas rastrojeras.

En Tagarabuena hacemos una pequeña parada para contemplar la iglesia y la fuente –acabada en dos pináculos- de la plaza. Llama la atención que hay abundante chavalería jugando al balón.

La Perinda

La Perinda

Por el valle de Adalia

Nos dirigimos hacia el desagüe de San Andrés o de Linarejos, que debió ser un hermoso lugar hasta hace no muchos años pero ahora por su cauce circulan aguas sucias. La fuente de Perinda es preciosa, la verdad, a pesar de que algunos la llaman de Agua Mala y, efectivamente, sus aguas aparecen turbias. Es mudéjar con un arco frontal de medio punto; pegado a ella, a la izquierda está el pilón. La fuente mira al camino, casi pegada a él. Antiguamente hubo una almendrera detrás; aun podemos ver viejísimos troncos retorcidos de los almendros aquellos…

La fuente del Cierre nos deslumbra. Está en la abrupta ladera de un cerro, entre pinos y almendros, mirando desde lo alto al valle, luminoso, del arroyo Adalia. Una pena verdadera: está seca. Es de ladrillo y posee una original estructura de doble arca. Una primera exterior, más elevada, que es la que se deja contemplar y otra interior, más amplia y baja, en la que se almacenaba el agua. El pilón se encuentra delante a la izquierda y está elevado, de piedra de una pieza. Cuando pasamos tenía agua –suponemos que de lluvia- con una buena capa de hielo.

Fuente del Obispo

Fuente del Obispo

Después de vadear el arroyo Adalia, nos dirigimos al valle del Obispo –que es una torrentera seca- para visitar la fuente del mismo nombre. No sabemos a qué obispo se refiere, pero la fuente no deja de ser muy asombrosa a pesar de que se encuentra sin una gota de agua. La vemos construida en buenos sillares de piedra caliza que le dan un cierto toque de nobleza que no tienen la mayoría de las fuentes, tan sencillas y naturales. El arca es amplia y el pilón pequeño. Parece que servía para reposo de caminantes. En este caso sirvió para reposo de ciclistas, que se sentaron en sus escalones para tomar resuello antes de continuar camino.

Bajando del Monte nos encontramos con una moderna bodega

Bajando del Monte nos encontramos con una moderna bodega

El Monte de la Reina

Desde el valle del Obispo, una larga pista empedrada nos llevó por el Monte la Reina cruzando pinares y encinares, además de bordear alguna tierra de labor que asomaba al Este. En ese mismo lado dejamos la fuente de la Pratense, en medio del pinar, construida en ladrillo con abundantes remates de buena piedra caliza.

En la carretera de Toro a Zamora, pegando al arcén derecho, vemos asfixiada por la maleza la fuente de los Señores. Con abundante agua pero bastante fea: una capa de cemento tapa la vieja estructura y el arca. No merece la pena quedarse aquí y nos vamos en busca de la siguiente. Pero antes cruzamos el Duero.

Los Señores

Los Señores

El Chafaril

Nos presentamos en la denominada en el mapa Granja Florencia, bien metida en el monte y hoy convertida en centro de rehabilitación de alcohólicos. Buen lugar para este objetivo, ciertamente. También se le conoce al lugar como el Chafaril, y preguntamos por la fuente del Chafaril. Y es que chafaril, como indica nuestro guía M. Otero, significa precisamente fuente en gallego portugués. Y allí la encontramos, en la zona norte, bajo las construcciones de la granja. El lugar no puede ser más fresco y agradable: una fuente-pozo realizada en ladrillo y cemento empedrado, cubierta de hiedra; un estanque manantial a unos quince metros, y, entre ambos, una alberca junto a la que crecen enormes fresnos y sauces. Los prados completan el poético lugar y, abajo, tierras de labor que se riegan gracias a la alberca.

Estanque del Chafaril

Estanque del Chafaril

No podemos acercarnos a las fuentes del Avemaría y del Toribio, pues están dentro del Monte de San Miguel de Grox, y una barrera en la carretera particular impide el acceso. En otro momento concertaremos una visita. Seguimos por la carretera hasta llegar a Peleagonzalo.

Lo dejamos aquí para continuar en la próxima entrada.