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Los cerratos del Jaramiel

8 marzo, 2020

El Jaramiel es un arroyo cerrateño: nace en los altos páramos de Encinas y San Llorente y enseguida los rompe para formar cuestas, barcos y vallejos; luego picos, paramillos y cabezos y, finalmente, de común acuerdo con el Duero modela su obra maestra: las Mamblas de Tudela. Le debemos un paisaje alegre, movido y variado, adornado de robles, encinas y enebros, con manchones blancos de yeso en las laderas y abundante piedra caliza en los suelos. Gracias a sus aguas, los agricultores cultivan maíz y alfalfa, además del cereal de secano. Alguno de los paisajes más hermosos de la provincia -como la dehesa de Monte Alto con el roble de Valdelaguna- son, en buena parte, obra suya.

Vista del valle del Jaramiel

Las poblaciones que se asientan en sus riberas son –o fueron- Monte Alto, los Jaramieles, Castrillo-Tejeriego, la Sinova, Villavaquerín y Villabáñez. Unos despoblados y otros siguiendo ese camino. Esta comarca es castellana nada menos que desde el siglo IX y desde entonces mantiene estas señas de identidad.

Nosotros hemos salido de Castrillo Tejeriego para asomarnos al Duero primero y después al Esgueva, ríos entre los que se encuentra nuestro arroyo; entre los tres han trabajado tan peculiar comarca.

Horizonte en el páramo

Después de saludar –desde lejos- a la Virgen de Capilludos, paramos un momento en Valdelaurraca para contemplar el chozo de pastor. De allí subimos al páramo por la colada del Pedregal y nos encontramos con un pequeño monte de roble. Más tarde, nos topamos con el raso del páramo, en el que destacan algunos corpulentos y desnudos robles. El camino se pierde. Mi compañero pincha. Pero no importa, el lugar es pastoril e idílico como pocos y comprendemos bien a la pastora Marcela, retratada en el Quijote, cuando dice:

Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles de estas montañas son mi compañía, las claras aguas de estos arroyos mis espejos; con los árboles y las montañas comunico mis pensamientos y hermosura…

Momento del pinchazo

Pero el pinchazo queda arreglado y continuamos nuestro rumbo sin necesidad de camino trazado. Seguimos atravesando páramo, o sea, tierra, cielo y robles, hasta que nos asomamos al arroyo del Valle, ya fuera del ámbito del Jaramiel pues tributa sus aguas directamente al Duero. Entre corrales, chozos, fuentes y grandes pedruscos –el paisaje continúa idílico y pastoril- bajamos al escondido fondo del valle, donde nos encontramos con algo ya conocido: la Granja del Queso, o lo que queda de ella.

En la cueva

Vuelta a subir al páramo por un fuerte repecho. Arriba, rodamos por un desdibujado camino sobre piedra caliza, verdadera calzada pero estrecha a causa de las matas de roble que quieren cerrarla del todo. Por fin, nos asomamos al amplio valle del Duero, lleno –por contraste- de poblaciones, bodegas, viñedos, carreteras y tractores trabajando. Descendemos unos metros hasta la cueva del Hermano Diego, excelente balcón desde el que se domina el castillo de Peñafiel al este y se vislumbran las bocas por las que el Duero se libera, al oeste, de la estrechez a la que le someten los páramos. Peñafiel es realmente la auténtica madre y cabeza de Extremadura, y todo lo que ahora divisamos es parte de su alfoz. La verdad es que no te cansas de mirar, y eso que parecía flotar en el aire una ligera calima que tendía a desdibujar  el paisaje como se ha desdibujado la historia…

y desde la cueva

Continuamos camino entre los majuelos y el canto de la paramera hasta la fuente y casa de Valdemadera. La primera escupía un buen chorro y la segunda estaba adornada de almendros en flor. De nuevo nos introdujimos en el páramo cruzando junto al vértice de la Mira y la casa de Epifanio, que conserva enfrente una caseta con su pozo y correspondiente polea y cubo. Por fin conectamos con la cañada que une Peñafiel y Palencia, que se llama de diferentes maneras según por donde cruce. Con ella atravesamos por lugares de magníficos robles, de pastos abundantes y también por pedregales… hasta que caemos al mismo arroyo Jaramiel en el lugar conocido por las Tres Rayas, que separan los términos de Valbuena, Pesquera, Piñel de Abajo y Fombellida.

Aquí la cañada es ancha porque esto es monte

Hace sol pero el viento -del noroeste- es fuerte y frío. Por eso nos cobijamos durante un buen rato en el barco de los Guardias. En él hay restos de casas, un pozo con bomba y abrevadero, y corrales. Pero lo mejor para el caso es que se trata de un refugio perfecto, ya que está protegido por todas partes, salvo por un espacio que se abre al sur. Además, la hierba está en su punto, como diciendo: túmbate aquí. O sea, lugar ideal para descansar, olvidarse del viento y del frío y sumirse involuntariamente en una siesta apacible y reparadora, pues aún queda rodadura por delante.

Almendros

Seguimos la cañada, que nos llevan a los corrales de Valdeloberas –con chozo incluido- y luego nos muestra el valle del Esgueva; sólo nos asomamos para volver a continuación hacia el Jaramiel. Después de cruzar junto al vértice Almendros, nos introducimos lentamente en el barranco Valbián que se hunde al principio sin que casi lo notemos.  No está mal, pues hemos asistido al nacimiento y ocaso de este barco, tributario del Jaramiel, a su ensanche y profundidades, contemplando sus laderas adornadas de robles, siempre robles por esta comarca.

Siguiendo el trazado de la cañada, ya bastante adelgazada

En las casas del Jaramiel de Abajo –con chopos y praderas que relucen al sol de la tarde- sólo nos queda seguir el valle hacia abajo hasta llegar a Castrillo-Tejeriego, fin de nuestro trayecto que podéis ver según Durius Aquae.