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El Monte Blanco y las Hornías

15 octubre, 2012

En la orilla derecha del Adaja, entre las carreteras de Valdestillas y Villanueva, se extiende este monte, especialmente querido por los ciclistas debido a sus particulares características: predominan las matas de encina, los senderos estrechos, los desniveles y las vistas profundas sobre los valles del Adaja, Cega y Duero. Además, no está lejos de Valladolid y el suelo es duro, sin arena. Por todo ello, es fácil que nos encontremos con algún otro deportista como nosotros. Pero tampoco será extraordinario que entre la maleza escuchemos chasquidos y algo parecido al galopar de un caballo; pero no se tratará de un equino, sino de un corpulento jabalí que cruza cerca de nosotros haciendo crujir las ramas de encinas.

Por el Oeste, podemos entrar desde la urbanización Los Doctrinos o por una senda que es continuación del camino que viene del pinar del Esparragal y por cuyo subsuelo discurre un gasoducto. Desde el Este, se entra por el camino que va de Viana a Villanueva. Estos dos caminos están, a su vez, comunicados por varios senderos sólo accesibles en vehículo de dos ruedas o caminando. Continuamente nos rozaran las matas de encina, pues es un monte cerrado. Aunque también hay algunas encinas de buen porte y pinos. Y también existe un sendero que viene desde una cascajera próxima a Puente Duero: durante el trayecto veremos, al frente, la torre de vigilancia contra incendios.

Tal vez lo de blanco se deba a que, en general, el color de vegetación, siendo verde, tiende a ser una tonalidad algo más clara que en un pinar o en un bosque de grandes encinas. Además, abunda el un musgo o liquen que, al secarse, toma un color gris blanquecino.

Otra característica que hace agradable al paseo este monte es la colina o cuesta que ha de subirse para asomarse al río Adaja. Pero cuando te asomas ves mucho mas que su ribera, pues el panorama no puede ser mas ancho y extenso: tras el Adaja, una inmensa llanura ocupada por las copas de los pinos. Al fondo, la mesetilla de Las Cotarras, donde viven buenas cepas de Serrada, más al Este, la inconfundible torre de la iglesia de Matapozuelos, luego –bien cerca- las iglesia de Valdestillas, Olmedo, el páramo que va desde Alcazarén hacia Portillo, las Mamblas de Tudela, Valladolid, Simancas, el cerro de Villavieja, Tordesillas… Todo esto a simple vista un día en el que se estaban produciendo continuos chubascos y claroscuros entre nubes… Y estrechos senderos nos conducen, cuesta bajo, por las espinas de este altozano hasta las aguas del Adaja.

En la caída de la pequeña colina hacia el vado Ancho del Adaja, descubrimos los restos en barro de la casa de las Hornías. Llama la atención este nombre. En Nava del Rey hay también otras Hornías, en un lugar donde aparece el mismo accidente: una cuesta pronunciada en terreno de gravas y como grandes chimeneas circulares y, lógicamente, abiertas al exterior. Lo único que cierto es que en algunas zonas del norte de Castilla hornía es el cenicero de la chimenea. En todo caso, la palabra está relacionada con horno, y en la forma se parecen mucho a unas inmensas hornacinas. Luego tal vez sean eso: hornacinas de tamaño natural, sin el diminutivo.

Este paisaje se completa con algunos prados entre el encinar y, en los límites, con tierras de labor. Al sur vemos la Dehesa de Hosada y al Este –ya al otro lado de la cañada real, hoy carretera, de Valdestillas- los restos del Lagar de Aniago, a casi un tiro de piedra de Viana y en un verdadero mirador de los que tanto abundan en la zona.

Primavera en los valles

31 mayo, 2012

…en los valles de los ríos Zapardiel y Trabancos. El primero es un río-charco, o río-zanja en el mejor de los casos. El segundo es un no-río, un auténtico río seco, y no precisamente como el Sequillo que, al fin y al cabo, lleva al menos un hilillo de agua.

Sin embargo, esta primavera de mayo hasta podía parecer –con un poco de imaginación- que llevaban agua. Al menos sus valles, sus riberas, estaban de un verde impecable, luminoso, incluso húmedo. Como si por el fondo del valle corriera un auténtico río.

Por el seco cauce del Trabancos despuntaban hileras de chopos a la vez que las alamedas parecían recién estrenadas. Una inmensa pradera era aprovechada por la ganadería, brava de aspecto, del Eván de Abajo. Hasta parecía que las ruinas de Santa Lucía del Anís estaban a punto de rejuvenecer y el molino del Trabancos recibiría agua para trabajar de nuevo. O que por el vado de la Cañada Real estaban cruzando merinas. O que asnos jóvenes empezaban a trabajar en las dos viejas norias que todavía quedan no lejos de Santa Lucía… Pero todo era un sueño producido por el verde deslumbrante.

Pero no fueron soñados los olivos de la casa de las Hornías. Miles de olivos que han trasformado el paisaje y caen desde las hornías hacia el regato del Pontarrón. Ya se ve que vuelven a Castilla buscando sus fueros perdidos. También vimos olivares a la salida de Rueda. Y los hay -desde hace poco-  en Rodilana, Castrillo Tejeriego, Medina de Rioseco…

El valle del Zapardiel es más ancho. Sus riberas caen suavemente desde los paramillos vestidas de verde, con algunos corros en barbechos -menos verdes-, con manchas de pinarillos, con ribazos y linderas salpicadas de flores. El valle del Zapardiel también estuvo lleno de vida humana: podemos ver los restos del castillo –de ahí Foncastín– y de una almazara. Y se mantiene en pie, todavía fuerte y en uso, el puente de piedra de Sofraga.

Y el pinar de la Nava. Lo cruzamos de Este a Oeste y pudimos ver piñoneros altos, de buen porte. Es un pinar cuidado y limpio, sin broza ni maleza, aclarado, con pinos olivados. Y con numerosos vecinos, tanto con alas como de cuatro patas. Y muy tranquilo: pocos paseantes encontraremos en sus caminos.

También nos paramos un momento en el alcornocal de Valdegalindo, que esta vez tenía, cosa rara, abundante hierba todavía verde. Seguramente ya se habrá secado pero quedarán, durante el mes de junio, bastantes plantas aromáticas –tomillos, cantueso, jara- relativamente vivas para seguir alegrándolo.

Y para los ineteresados dejamos aquí la ruta en wikiloc, que no coincide necesaria y exactamente con el mapa de arriba.

Por el Adaja de Villanueva a Valdestillas… ¡un calvario!

23 diciembre, 2009

El pasado domingo (sí, hacía fresquito) me fui desde Villanueva de Duero a Valdestillas por la orilla izquierda del Adaja. Es un agradable trayecto que conocemos bien: un buen sendero te lleva casi por la misma orilla, por el canto del pequeño tajo que en ocasiones cae al Adaja, siempre acompañado de buenos pinos al Oeste y del río, con su bosquete de galería al Este. Abundan también las matas de encina y hay momentos en que te pierdes en ellas.

Y se cruzan verdaderos oasis, sobre todo si es verano. Por ejemplo, el entorno del vado de las Hornías es un lugar paradisiaco, perdido entre pinares y colinas, con prados, sauces, pinos… y playas solitarias. En el río boquean tranquilos los barbos y en lo profundo del matorral se suelen oir ruiseñores (en primavera-verano, claro).

Pues bien, el domingo me encontré con que el sendero estaba totalmente imtransitable y destrozado por que por allí, al parecer, discurren carreras de motos. Donde antes había un senderillo de firme duro, ideal para caminar o ir en bici, ahora disfrutamos de un arenal impracticable donde las ruedas se clavan tal que lanzas (!).

¡Pensé que nunca llegaría a Valdestillas, a pesar del maravilloso paisaje!