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Los cerratos del Jaramiel

8 marzo, 2020

El Jaramiel es un arroyo cerrateño: nace en los altos páramos de Encinas y San Llorente y enseguida los rompe para formar cuestas, barcos y vallejos; luego picos, paramillos y cabezos y, finalmente, de común acuerdo con el Duero modela su obra maestra: las Mamblas de Tudela. Le debemos un paisaje alegre, movido y variado, adornado de robles, encinas y enebros, con manchones blancos de yeso en las laderas y abundante piedra caliza en los suelos. Gracias a sus aguas, los agricultores cultivan maíz y alfalfa, además del cereal de secano. Alguno de los paisajes más hermosos de la provincia -como la dehesa de Monte Alto con el roble de Valdelaguna- son, en buena parte, obra suya.

Vista del valle del Jaramiel

Las poblaciones que se asientan en sus riberas son –o fueron- Monte Alto, los Jaramieles, Castrillo-Tejeriego, la Sinova, Villavaquerín y Villabáñez. Unos despoblados y otros siguiendo ese camino. Esta comarca es castellana nada menos que desde el siglo IX y desde entonces mantiene estas señas de identidad.

Nosotros hemos salido de Castrillo Tejeriego para asomarnos al Duero primero y después al Esgueva, ríos entre los que se encuentra nuestro arroyo; entre los tres han trabajado tan peculiar comarca.

Horizonte en el páramo

Después de saludar –desde lejos- a la Virgen de Capilludos, paramos un momento en Valdelaurraca para contemplar el chozo de pastor. De allí subimos al páramo por la colada del Pedregal y nos encontramos con un pequeño monte de roble. Más tarde, nos topamos con el raso del páramo, en el que destacan algunos corpulentos y desnudos robles. El camino se pierde. Mi compañero pincha. Pero no importa, el lugar es pastoril e idílico como pocos y comprendemos bien a la pastora Marcela, retratada en el Quijote, cuando dice:

Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles de estas montañas son mi compañía, las claras aguas de estos arroyos mis espejos; con los árboles y las montañas comunico mis pensamientos y hermosura…

Momento del pinchazo

Pero el pinchazo queda arreglado y continuamos nuestro rumbo sin necesidad de camino trazado. Seguimos atravesando páramo, o sea, tierra, cielo y robles, hasta que nos asomamos al arroyo del Valle, ya fuera del ámbito del Jaramiel pues tributa sus aguas directamente al Duero. Entre corrales, chozos, fuentes y grandes pedruscos –el paisaje continúa idílico y pastoril- bajamos al escondido fondo del valle, donde nos encontramos con algo ya conocido: la Granja del Queso, o lo que queda de ella.

En la cueva

Vuelta a subir al páramo por un fuerte repecho. Arriba, rodamos por un desdibujado camino sobre piedra caliza, verdadera calzada pero estrecha a causa de las matas de roble que quieren cerrarla del todo. Por fin, nos asomamos al amplio valle del Duero, lleno –por contraste- de poblaciones, bodegas, viñedos, carreteras y tractores trabajando. Descendemos unos metros hasta la cueva del Hermano Diego, excelente balcón desde el que se domina el castillo de Peñafiel al este y se vislumbran las bocas por las que el Duero se libera, al oeste, de la estrechez a la que le someten los páramos. Peñafiel es realmente la auténtica madre y cabeza de Extremadura, y todo lo que ahora divisamos es parte de su alfoz. La verdad es que no te cansas de mirar, y eso que parecía flotar en el aire una ligera calima que tendía a desdibujar  el paisaje como se ha desdibujado la historia…

y desde la cueva

Continuamos camino entre los majuelos y el canto de la paramera hasta la fuente y casa de Valdemadera. La primera escupía un buen chorro y la segunda estaba adornada de almendros en flor. De nuevo nos introdujimos en el páramo cruzando junto al vértice de la Mira y la casa de Epifanio, que conserva enfrente una caseta con su pozo y correspondiente polea y cubo. Por fin conectamos con la cañada que une Peñafiel y Palencia, que se llama de diferentes maneras según por donde cruce. Con ella atravesamos por lugares de magníficos robles, de pastos abundantes y también por pedregales… hasta que caemos al mismo arroyo Jaramiel en el lugar conocido por las Tres Rayas, que separan los términos de Valbuena, Pesquera, Piñel de Abajo y Fombellida.

Aquí la cañada es ancha porque esto es monte

Hace sol pero el viento -del noroeste- es fuerte y frío. Por eso nos cobijamos durante un buen rato en el barco de los Guardias. En él hay restos de casas, un pozo con bomba y abrevadero, y corrales. Pero lo mejor para el caso es que se trata de un refugio perfecto, ya que está protegido por todas partes, salvo por un espacio que se abre al sur. Además, la hierba está en su punto, como diciendo: túmbate aquí. O sea, lugar ideal para descansar, olvidarse del viento y del frío y sumirse involuntariamente en una siesta apacible y reparadora, pues aún queda rodadura por delante.

Almendros

Seguimos la cañada, que nos llevan a los corrales de Valdeloberas –con chozo incluido- y luego nos muestra el valle del Esgueva; sólo nos asomamos para volver a continuación hacia el Jaramiel. Después de cruzar junto al vértice Almendros, nos introducimos lentamente en el barranco Valbián que se hunde al principio sin que casi lo notemos.  No está mal, pues hemos asistido al nacimiento y ocaso de este barco, tributario del Jaramiel, a su ensanche y profundidades, contemplando sus laderas adornadas de robles, siempre robles por esta comarca.

Siguiendo el trazado de la cañada, ya bastante adelgazada

En las casas del Jaramiel de Abajo –con chopos y praderas que relucen al sol de la tarde- sólo nos queda seguir el valle hacia abajo hasta llegar a Castrillo-Tejeriego, fin de nuestro trayecto que podéis ver según Durius Aquae.

Entre Duero y Jaramiel

13 septiembre, 2018

Duero y Jaramiel modelaron las conocidas Mamblas de Tudela y Villabáñez. Son como la avanzadilla de una lengua de páramo que se extiende unos 40 km de largo hasta que el valle del Jaramiel, en sus fuentes, se acaba confundiendo con el mismo ras de la paramera. Pero mientras, podemos recorres sus laderas, vallejos, cantiles y, en general, el hermoso panorama que ha formado el padre Duero con la ayuda de este su aprendiz.

Salimos de Villabañez. Por fortuna, la iglesia estaba abierta. Como en tantos pueblos del Cerrato, cuando lo contemplas desde lejos, ves algo parecido a la gallina y sus polluelos: una inmensa iglesia en el centro y, alrededor, casas que levantan muy pocos metros. A veces le hace competencia un silo o una nave agrícola, lo que no ocurre -por el momento- en esta localidad. Pues bien, tras esta imagen y tras un sencillo pórtico realizado en piedra de Aldealbar, entramos en una verdadera catedral que impresiona por sus columnas y bóvedas, por su gran espacio. Tiene, además, un pozo bajo el coro y una curiosa escalera de caracol toda en madera para acceder a éste.

Curvas del Duero

Nos acercamos al borde del páramo subiendo por la carretera, que sigue por un barco, y contemplamos, desde arriba, Peñalba y el Duero. La iglesia de Peñalba también es inmensa, pero no queda casi nada del caserío. El río baja dando curvas y creando meandros. Sus aguas, que son las del Canal de Duero, convierten la dehesa de Peñalba, en la orilla de enfrente, en un tapiz verde a pesar de lo avanzado del verano.

Desde el cerral

Contemplando el paisaje descubrimos algo curioso que desde abajo, desde la senda de los Aragoneses, no es perceptible. Se trata de una inmensa corona de casi cien metros de radio, que se levanta a modo de flan muy aplastado o tapón de bebida refrescante, justo encima de los cortados. Resulta muy curiosa su horizontalidad, que contrasta llamativamente con la verticalidad de los cortados. Seguro que tiene una explicación geológica pero, aun así, tal vez tenga también una explicación histórica, en el sentido de que pudo ser la base para una construcción defensiva o pequeño castillo que protegiera el paso del Duero –aquí mismo hubo un importante puente, como atestiguan los restos- hacia el norte. Entre la Corona –que por ese nombre viene señalada en los mapas- y la ladera pasó precisamente la senda de los Aragoneses. Y como la Corona monta sobre los cortados, no tardará en irse derruyendo poco a poco. De hecho su lado sur ya ha empezado a caer. Por supuesto, hacemos el propósito de contemplar esta formación geológica más de cerca en una próxima excursión, por si algún indicio o vestigio nos ilustrara algo más.

Otra visión desde el borde del páramo

En cualquier caso, el panorama es como para quedarse un buen rato, contemplando los diferentes lugares de esta ancho valle, aunque esta vez la Corona ha absorbido gran parte de nuestra atención.

Ahora nos vamos por el camino de Raposeras a divisar Villabáñez y el valle del Jaramiel, sostenido por las Mamblas, desde un picón. Otro rato dedicado a la contemplación. Luego hacia el este, sobre el valle de Valdelamano y luego sobre Valdemate podemos contemplar la Cuesta Hermosa y a lo lejos, Villavaquerín y el Jaramiel. En los linderos abundan las endrinas y el espliego; la garduña y la berruguera entre los rastrojos. Como estamos a finales del verano podemos rodar a campo traviesa, buscando las mejores perspectivas, sin la limitación de los caminos que nos llevan por donde ellos quieren. ¡Viva la libertad!

Valle del Jaramiel

Al fin salimos a la carretera de Villavaquerín y la cruzamos para tomar, atravesando el páramo, el Camino a Castrillo, de excelente firme. Enseguida se transforma en una cañada de abundante pasto y con robles en hileras que la custodian. ¡Qué buen sitio para rodar! Al inicio de la bajada perdemos el camino pero no importa, por la rastrojera no se rueda mal y, en cualquier caso, nos permite contemplar el paisaje del Jaramiel con sus laderas de roble y encina a la vez que avanzamos. Como no hay camino, no hay que preocuparse por mantenerlo. Lo hacemos, lo vsmos creando. A pesar de todo acabamos tomando uno -sobre el que caen más tarde las altas laderas de las Atalayas- que nos deja en Castrillo Tejeriego.

Carrapiña

Damos aquí la vuelta y tomamos altura por la carretera de Piña hasta conectar con el camino que nos llevará por el valle de Carrapiña, que discurre abriendo una buena brecha en el páramo. Precisamente su ladera norte es llamativamente blanca, a causa del yeso y la cal, en vivo contraste con las matas de encina y roble que parecen subir por la empinada cuesta. En el fondo del valle las rastrojeras dejan al descubierto antiguos pozos. Pero no llegamos a salir por la puerta del valle, sino que ascendemos hasta casi lo más alto del páramo de Castro, entre el Carrapiña y el Jaramiel. Seguramente ahí hubo otra torre de vigilancia más o menos fortificada. Por una pista a medio ladera acabamos saliendo a la carretera que recorre el valle.

Las Lanchas

Y esa carretera atravesamos la Sinova y nos metemos a buscar el manantial de la Lanchas, que encontramos al pie de unos chopos, de los pocos que destacan en todo este valle. Y ahí está el manantial: goteando. Mana tan poca agua que el charco que produce de nuevo es engullido por la tierra.

Ahora subimos por la ladera sur hasta tomar el camino de la Puerta Suso y, cuesta abajo, llegamos a Villavaquerín por el camposanto. El resto será tomar el camino del Calzón que, por la orilla derecha del Jaramiel y contemplando las altas laderas del valle, nos dejará en Villabáñez. Hemos podido comprobar que el arroyo llevaba agua bastante clara y, en algunos puntos, nadaban los alevines. ¡Que siga así por muchos años! He aquí el recorrido.

Vallejeando

28 julio, 2016

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Ya sé que no existe el verbo vallejear, pero como sí existe la acción de corretear por valles y vallejos  -y la RAE admite callejear y otros muchos derivados en ear– pues podemos utilizarlo en esta entrada y sin que sirva de precedente. Porque es lo que hicimos: saltar de valle en valle, desde Villafuerte de Esgueva hasta Pesquera de Duero y vuelta, por ese páramo roto en jirones que hay entre los dos ríos y con el arroyo Jaramiel en medio de ambos.

Fue un recorrido mixto, rodando por caminos, carreteras y a campo traviesa. Si lo normal es rodar por los primeros, es bueno utilizar las segundas cuando hay un poco de prisa y no hay un camino recto. Y la tercera modalidad ya se puede practicar a partir de ahora, pues muchos campos se han cosechado.

En los valles de la Dehesa

En los valles de la Dehesa

Villafuerte

Esta localidad se asienta sobre una loma que entra en el valle Esgueva desde el páramo, para así dominar una buena extensión de terreno. En el punto más alto se levanta el castillo, del siglo XV, que ya fuera declarado monumento histórico artístico en 1931. La iglesia de la Santísima Trinidad es más antigua, pues se remonta al XII, y ofrece un sencillo ábside con una ventana central que da a la plaza del pueblo. Pero la repoblación de la localidad se produjo, seguramente, hacia el año 900.  Bellosillo se llamaba al principio, al modo de Amusquillo. Entre ambos, el Rasillo o la cuesta Blanquilla… Si amorosos son los nombres por esta parte del Valle Esgueva, buena es la gente. Pero sigamos.

La fuente

La fuente

Las guías al uso nada dicen de la fuente de Abajo. Si nos acercamos al pequeño vallejo al este de la localidad, justo al otro lado de la carretera de la ermita de Medianedo, veremos una rústica y hermosa arca abovedada, con un ventanuco enrejado, que recoge las aguas de un manantial. Ahora está cubierto de maleza, claro. Y, unos metros más abajo, el Caño, casi destrozado por completo. Antes, aquí hacían su trabajo las lavanderas. Hoy, se encuentra en el ámbito de un vertedero de aceites: es complicado acercarse y lo han destrozado. Al lado, otro símbolo de lo que fue el pueblo: la Olma reducida a un tronco seco, con pequeños negrillos alrededor. Llegará el día en que este tipo de fuentes tenga tanto valor como una ventana románica o el torreón de un castillo. Pero será tarde, como tarde ya es para recuperar la Cordelada, la carretera más hermosa de la provincia, que contaba con cientos de robles centenarios, en hilera, que la adornaban. Se talaron para ampliarla unos centímetros. El asfalto ampliado ahí está, y nos lleva a Pesquera de Duero.

Cerca de Villafuerte

Cerca de Villafuerte

Valles de la Dehesa

Al este de Villafuerte se abre una amplia zona de valles, suaves laderas y pequeños llanos. Tiene abundante agua, pues la atraviesan tres arroyos: del Engaño, de Antovenio y del Pozanco, con sus correspondientes manantiales. Entre las fuentes, destaca el buen chorro que da a luz la de Antovenio,  en un paraje con Amusquillo al fondo y un gran chopo en primer plano.

Destacan también las laderas blancas de la Dehesilla, salpicadas de matas de roble y encina; abundan los majuelos y los josos de almendros, y en las vargas del páramo se derrama el monte de carrascas. Ascendimos al páramo por el camino de Peñafiel y, a la vuelta, como no encontramos camino adecuado, bajamos a campo traviesa, por los campos recién cosechados.

Barco Valbián

Barco Valbián

Barco Valbián y cerrales del Jaramiel

Estamos en la comarca del Cerrato. Los páramos duran poco, todo está lleno de de valles y vallejos, así que después de recorrer un llano de poco más de un kilómetro, caímos en el barco Valbián, que recorrimos hasta su nacimiento. Está salpicado de algunos robles y tiene agua, pues abunda la vegetación todavía verdes con algunos charcos y zonas embarradas. Descubrimos las ruinas de un viejo chozo y cuando quisimos darnos cuenta, ya estábamos en el ras del páramo, en dirección a la casa de Quintanilla. Por cierto, la bomba del pozo ya no está operativa, de manera que no se puede repostar. Todo lo demás es una ruina cubierta de cardos, una gran ruina porque era una casa muy amplia. De manera que nos fuimos –campo a través y por caminos- a recorrer los cerrales del Jaramiel.

Desde el cerral del Jaramiel

Desde el cerral del Jaramiel

Merecen la pena: forman un pico desde el que se divisa el oeste del valle, con las casas de Monte Alto en primer plano, y la caída de las laderas de enfrente desde Valdelaguna, con los campos amarillos de cereal salpicados de algún solitario roble.

A la vuelta, nos topamos en los Cebaderos –en plena cañada del Olmo– con un manantial de gran caudal. Tanto que en la bajada hacia el Jaramiel fuimos por el camino-arroyo que se había formado y que estaba asfixiado por la maleza. Curioso.

Valle de San Isidro

Tomamos la carretera –único paso entre las dehesas de Valdelaguna y Monte Alto- para subir al páramo entre el Jaramiel y el Duero, y nos desviamos por el camino de las Cabañas hasta la Mira (vértice geodésico). Y aquí empezamos a bajar por la ladera derecha hacia la boca del valle de San Isidro. Paramos varias veces a contemplar el paisaje: en primer plano el propio valle y, de fondo el más amplio valle del Duero.   También probamos el agua de peculiar sabor amarguillo pero muy buena de la fuente Marguilla, a la vera del camino.

Valle de San Isidro

Valle de San Isidro

Una vez en la boca del valle, lo empezamos a recorrer por el camino del fondo hacia arriba. Es una valle relativamente largo, de casi 4 km, por lo que la cuesta es suave y fácil de subir. La ladera este tiende a ser escarpada mientras la oeste, por el contrario, es suave, con valles secundarios anchos plantados de viñedo. Curiosamente el arroyo de San Isidro está seco, con manantiales y encharcamientos esporádicos que no dan para un mínimo caudal. Hay algunas zonas pintorescas, con altos cabezos y picos que entran en el valle, o con grandes piedras calizas que han quedado al descubierto…

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Valle del Duero al fondo

El camino se acaba –o vuelve hacia Pesquera por Landeherrera– antes de llegar al páramo. Pero como ya habían cosechado, pudimos salir sin mayores dificultades, a la cañada de Villaco a Peñafiel.

Y de nuevo el páramo y sus valles  

Un camino bueno y recto nos condujo por el Escribano, con algún tobogán al final, hasta los robledales del Jaramiel. Allí, asomados al valle sobre el barco de Valdeherrera, vimos al fondo el camino que sube a las casas de los Guardias, y allá nos dirigimos dejándonos caer por campos cosechados. El pozo de esta casa sí está operativo entre la maleza todavía verde. Recorriendo el cerral de la cañada del Olmo, bajamos otra vez al Jaramiel para tomar la arrasada carretera de la Cordalada. Nos salimos por el primer camino a la derecha para caer en los valles e la Dehesa.

Y aquí está el recorrido en Wikiloc

Un corzo en los majuelos del valle de San Isidro

Un corzo en los majuelos del valle de San Isidro

La Casa de los Infiernos

17 julio, 2016

PPEsta entrada es una especie de apéndice a las dos anteriores. Habíamos visto señalada en el mapa la Casa de los Infiernos, pero el trayecto nos llevó por el Valle hasta Fuentesarino y de allí tomamos dirección a Valdelaguna, dejando para otra ocasión esa, suponíamos, terrorífica Casa. Por cierto, que el Valle también tiene comunicación con el páramo del norte a través de un camino relativamente nuevo, que sigue en parte el trazado de la cañada del Pico Toralbo y que no aparece todavía ni en los mapas digitales.

Camino de los Infiernos. A la derecha, sabina.

Camino de los Infiernos. A la derecha, sabina.

Bueno, lo de los infiernos no tiene mucha ciencia ni tampoco terror. Se llama así la casa porque está en el pago de ese nombre que, a su vez, está en el pago más amplio de la dehesa de Monte Alto. Lógicamente, accedimos por el camino del los Infiernos. No vimos a Pedro Botero, ni a diablillos, y estos bien que podía haberlos, pues estamos muy cerca de esos viejos seres, los robles, que habitan en Valdelaguna, y que suelen ser amigos de duendes, hadas, trasgos y otros personajes legendarios.

Al fondo, restos de la Casa

Al fondo, restos de la Casa

¿Entonces? La cosa es sencilla: es el pago más lejano del término de Pesquera de Duero: puede estar a algo más de 12 km del municipio. Recordemos aquel refrán que dice: Portillo y Pozaldez, desde los infiernos se ven.

Poco queda de la casa, sólo el arranque de los muros y algún pesebre. Por la planta, parece que fue una casa grande, con amplio corral y buenas cuadras. Medía unos 50 x 15 m. Ahora, se encuentra rodeada de campos de cereal y totalmente invadida por las altas hierbas y maleza. Suponemos que debió tener pozo o algún manantial cerca. Lo único que queda en abundancia son restos de cerámica.

Camino de Misa

Camino de Misa

Los Infiernos se asientan en una mesilla o lengua de páramo sobre el valle del Jaramiel. Las vargas están cubiertas de robles, encinas y sabinas jóvenes, y en los campos de cereal se han respetado algunos ejemplares de quejigo. El lugar es, sin duda, idílico y nemoroso, a la par que oculto y olvidado entre los mil vallejos, barcos y vericuetos que posee este páramo entre los ríos Duero y Jaramiel. Por los trigales maduros brincaban confiados los corzos.

Para compensar, bajamos por la senda de Misa, si bien dudo que se utilizara para ir a misa los domingos sino, más bien, debió ser otro camino de acceso hacia la mesilla o mesa de los Infiernos.

Desde los Infiernos

Desde los Infiernos

Muy cerca -además del Valle, por el sur- tenemos el caserío de Jaramiel de Arriba, hoy flamante Bodegas Montebaco. Por cierto, al lado de la carretera de Valbuena hay un elegante frontón… comido por la maleza.

 

 

 

 

De Valladolid al embalse de Encinas

26 junio, 2015

Olmos embalse Encinas(1)Estaba escrito que la jornada del 20 de junio algunos rodadores habituales nos iríamos a pegar un baño al embalse de Encinas con algunos chavales de unos 14 años. Llegó el día y con cuatro jóvenes –César, Fernando, Pablo y Alberto-, otros cuatro mayores –Chucho, Juan, Chuco y el que suscribe- enfilamos desde las inmediaciones del puente de la Hispanidad toda la ribera del Pisuerga en Valladolid para llegar a la desembocadura de la Esgueva. Allí, ya no nos despegaríamos de ella hasta Olmos.

El equipo al completo en Olmos de Esgueva

El equipo al completo en Olmos de Esgueva

A la salida, por los Pajarillos, nos estaba esperando –sin saberlo nosotros- Jesús, estudiante de Arquitectura que sabía de nuestro proyecto por terceros. Naturalmente, le dimos la bienvenida y.. ¡a rodar! El día estaba agradable, no caluroso, con viento en contra que en unos momentos se agradecía y en otros no tanto. Los primeros kilómetros fueron de saludo a otros ciclistas y corredores que llenaban la senda de la Esgueva. A partir de Renedo, la densidad de circulación bajó un poco.

Un parón en el camino

Un parón en el camino

Nos paramos a charlar con algún pescador de cangrejos que se estaba divirtiendo y casi sin darnos cuenta estábamos en Olmos. Allí nos encontramos con Miguel y otro amigo y a pesar de la invitación a hacerlo, no nos acompañaron; se volvieron a Valladolid. Gracias a la pista verde habíamos llegado a buena velocidad.

Juan, César, Fernando y Chuco

Juan, César, Fernando y Chuco

Ahora empezaba lo peor.. o lo mejor, según se mire, pues íbamos a rodar por un firme siempre peor -¡¿pero no llevamos bicis todo terreno?!- y, a la vez, por un paisaje precioso. Subimos por una pista larga y tendida: la colada de Cañadillo, de más de tres kilómetros hasta llegar arriba, en el páramo de la Dehesa. Y ahora, a disfrutar del páramo, o sea, un inmenso plano con la bóveda celeste de complemento; aunque más bien es una estrecha lengua de páramo entre los valles del Jaramiel y del Esgueva.

Aparecieron los primeros robles. Enseguida nos metimos en el monte de Valderrobledo, donde ya eran abundantes y enormes. Se agradecía su sombra. La colada de Cuento Sordo mantiene su anchura y sus pastos. Nos hicimos una foto en un chozo de pastor. Todo rodaba bien.

En casa de la tía Chelo nos repusimos

En casa de la tía Chelo nos repusimos

Al llegar a la carretera de Piña a Castrilllo, nos tiramos hacia este pueblo, para aprovisionarnos de agua y tomar el valle del Jaramiel. Pero como habíamos salido muy tarde de Valladolid, se nos hizo la hora de comer y sacamos los bocatas en el Caño. Alguien se acordó de su tía Chelo, y allá que fuimos a saludarla. Total que acabamos por terminar de comer en su casa. Una casa fresca de pueblo es mucho para unos corredores cansados… Con agrado comprobamos que es una tía hospitalaria, además de dulce (por el de membrillo que ella misma había elaborado, entre otras razones). Pero como la pillamos con rulos, pues no nos dejó hacernos una foto con ella. Otra vez será, nos dijo que seguíamos teniendo sus puertas abiertas de par en par para la próxima vez que apareciéramos por allí.

En Jaramiel de Abajo

En Jaramiel de Abajo

Bueno, en Castrillo se quedaron Fernando y César. El primero por dificultades en la bici y el segundo por problemas en el trasero causados por el sillín. En fin. Y poco después se quedaría Alberto, tras dar dos vueltas de campana en la bajada de la cuesta de la ermita de Capilludos. Tenía la espalda como esos flagelantes de la Rioja en Semana Santa. Pero el susto no pasó de ahí. De los jóvenes sólo quedaba Pablo: increíble, no hacía más que darnos hachazos continuamente, hasta que llegamos al embalse. A algunos nos dejó agotados, hay que reconocerlo.

Alberto -experto en caídas volteadas- y Pablo, "El Intratable"

Alberto -experto en caídas de espalda- y Pablo, “El Intratable”

El valle del Jaramiel estaba precioso, húmedo y verde. Aquí se ha salvado la cosecha en buena parte. Las espigas de trigo estaban bien granadas y todavía verdes. Incluso muchas cebadas estaban en pleno proceso de maduración. Las laderas altas, cubiertas de robles. Aquí aun no ha llegado el verano, estábamos en primavera avanzada. Pasamos por las Casas de Jaramiel, la finca Monte Alto y Jaramiel de Arriba, hasta que, a la altura de las Casas de los Guardias se nos acabó el camino por el valle. Por un robledal subimos al páramo.

En el chozo de

En el chozo de Valderrobledo

Ahora la ruta se desarrollaba en zig-zag, pues no hay un camino claro de Este a Oeste para llegar directamente al pantano, por el páramo, sin pasar por Encinas. Llegamos a las fuentes del Jaramiel y después de rodar por caminos enyerbados que a alguno le dieron la puntilla, bajamos al embalse donde disfrutamos de una buena merienda y un bañito reparador. También nos esperaba la furgoneta, que había traído una barca.

Pablo empieza a saborear la victoria

Pablo empieza a saborear la victoria

Bueno, pues lo habíamos logrado, por lo menos el grueso del pelotón. 82 km. de nada. Para volver, la furgoneta hizo dos viajes de manera que un grupo todavía se dio un paseo –por carretera y ya con viento a favor- hasta Piña de Esgueva. En el grupo estaban Fernando, bici repuesta, y Alberto, hombre repuesto, que se desquitaron de la segunda parte de la ida en furgoescoba.

Pablo, intratable. En la próxima salida tendremos que racionarle la gasolina. Porque esa fue otra: nos dejó sin agua a todos. ¡Así cualquiera!

Fin del trayecto

Fin del trayecto

Monte de Villabáñez

3 junio, 2010


Entre Villabáñez y Castronuevo, o sea, entre el Esgueva y el Jaramiel, se extiende una lengua de páramo que acabará, precisamente, en el cerro de San Cristóbal. Pues bien, en esta lengua y en sus vallejos, todavía se conservan algunos preciosos montes de roble salpicados también con algunas encinas.

Y digo todavía porque antaño lo normal era el monte, de hecho todo -incluyendo valles- eran robledales. No hay más que ver dónde se ha refugiado ahora -en las laderas- y qué toponimia nos ha legado: El Roblón, Requejo, El Rebollar, Valdecuerzo del Roble… Bien, pues este es el momento adecuado para darse un paseo por este páramo, antes de que el sol de junio lo agoste todo y lo deje reducido a un secarral. No obstante, los robles siempre estarán verdes, por muy caluroso que venga el verano.

Una posibilidad es partir de Castronuevo y subir la cuesta del páramo con calma, que ya hace bastante calor. La verdad es que en bici no se pasa demasiado calor: siempre llega de no se sabe donde una brisa que te refresca algo. Salvo en las cuestas, claro.   Además, podemos parar de vez en cuando, sobre todo al alcanzar la varga, para examinar de cerca esa multitud de florecillas de colores vivos que suelen aparecer en lugares secos e inhóspitos: linos, garbanceras, coronillas, perdigueras… Ya arriba, volvemos a parar para echar una mirada al valle, y continuamos entre el cereal a punto de amarillear. Empezamos a ver, entre los llanos sembrados, robles aislados y, al borde del camino, algunas matas de encinas. Es el páramo de Valdeandrinos, señal de que en las laderas podremos recolectar endrinas… en otoño, naturalmente.

Llegamos al bosquecillo de jóvenes robles y al cruce de caminos donde antaño estuviera el Roblón, enorme árbol que murió -¿o lo mataron?- hace unos 30 años. Algunos llegamos a ver su enorme tocón calcinado. El camino desciende un poco por un paraje de pradillos y rebollos hasta llegar a una especie de vaguada. Al estar hundida en el páramo, nos encontramos protegidos del viento; pero se agradece más bien en invierno.

Es el lugar ideal para refugio liebres -de hecho aquí se ve a las crías corretear y jugar, sobre todo en invierno-, de algunos conejos que viven en la linde del ras del páramo, y de aves variadas, destacando fringílidos y escribanos, además de palomas torcaces. Al estar bajo el ras del páramo, la sensación de aislamiento se refuerza. Toda la vaguada está bordeada de robles y matas de roble y, desgraciadamente, han comenzado a plantar ¡pinos! ¡qué manía con destrozar rebollares!

Valle abajo vemos, primero, al borde de la Solana de la Muela, un manantial con su pequeño estanque, que están limpiando precisamente ahora. Va a ser ideal para fotografiar aves. Yendo hacia abajo llegamos a la carretera de Villabáñez a Renedo después de haber cruzado junto a laderas con robles, un chozo de pastor (otra señal más de que esto fue un lugar de pastoreo, un monte), rebollares tan tupidos como estrechos, y robles aislados en medio de los sembrados y tierras de labor.

Pero hay más posibilidades en este agradable monte. Que cada uno las descubra. Los cerrales son estupendos para observarlo todo: los valles del Jaramiel y del Esgueva, las Mamblas de Tudela, la tranquilidad de vallejos escondidos… El camino propuesto -que pasa junto al chozo y el manantial- era el viejo itinerario que conectaba Olmos de Esgueva con Tudela.