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Lluvia y sol en los majuelos

28 marzo, 2013

La seca

Había amanecido gris y habíamos llegado a La Seca. El cielo estaba cubierto de esa masa informe y gris que amenaza agua. Sin embargo, como el aire no estaba en calma, sino que soplaba un viento mas bien fuerte, tampoco presagiaba lluvia; antes habría de calmarse el viento. Empezamos a rodar por unos caminos con un firme nada firme. Las ruedas se pegaban al suelo y costaba avanzar. Iba a ser la tónica de todo el trayecto. La bicicleta buscaba el centro de los caminos, o la orilla, para avanzar por la hierba y pegarse menos al barro, ¡y mira que la hierba es pegajosa para el caucho de las cubiertas! Pero aguantaba sin llover.

¿Sin llover? Pero al oeste ya se ven chubascos. Y avanzan hacia nuestras posiciones. Parece que saben donde estamos.

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Efectivamente, a ponerse el chubasquero. Divisamos Medina del Campo desde el alto donde estuvo la ermita de San Cristóbal (¡qué forma de construir muros tan curiosa, mezclando ladrillo, cantos rodados y argamasa!), hoy podríamos llamarle el alto de las antenas de telecomunicaciones.

Para un poco de llover, nos secamos y vemos que la nube meona que ahora nos persigue es mucho más grande y fuerte que la anterior. Menos mal que tenemos a un tiro de piedra un pinarillo de reciente plantación con tres enormes y densos pinos. Unos de ellos, con su verde cúpula en vuelo sin destino sostenida por una rugosa forma que de tierra asciende -son decires del poeta Luelmo- nos guarece y nos sirve de observatorio para contemplar el paso del aguacero. Agua, claros, agua, sol, agua… y así sucesivamente.

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Dejamos nuestro pino protector sabiendo que cualquier nube podrá descargar encima de nosotros y subimos de nuevo –pero por otro camino-  la cuestecilla que separa las tierras de Medina de las de Pozaldez. ¡Qué gran panorama se abre ante nosotros: al sur llanuras dominadas por el castillo de la Mota, al oeste las altas torres de San Boal y Santa María, y al norte las ruinas del castillo de Pozaldez! Aquí abundan los cantos rodados mas que las arenas limosas de donde venimos. El sol sigue luchando con las nubes y el paisaje no puede ser más vivo, luminoso y claro, pues las aguas han limpiado el ambiente y el cielo es de un azul intenso.

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Un paréntesis para decir que las cunetas de nuestros caminos están salpicadas de margaritas, dientes de león e inundadas de zapatitos de la Virgen, esa pequeña flor morada. Y nunca habíamos visto tantas liebres –muchas emparejadas- en sólo unas horas.

Caemos por un antiguo camino escoltado de viejísimos almendros, recién enyerbado, que nos conduce hasta un pinar que parece nacer de un prado. Un poco más abajo, la fuente de Aguanverde, cuyo segundo pilón se encuentra sumergido en agua, de tanta que ha manado o caído, o de las dos.

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Pozaldez desde el olivar

Y enfilamos hacia Pozaldez, dejando a la izquierda el pinar y a la derecha la suave caída hacia el Adaja. Pasado el pueblo nos detenemos a observar un momento su luz y sus torres desde el olivar, brillante como pocas veces.

Ya en bajada hacia La Seca nos sorprende –sin sorpresa- un último aguacero pero después… después sale de nuevo el sol entre nubes, y un completo arco iris nos escolta entre campos de grava y viñedo, como si hubiéramos pasado bajos sus colores. Al terminar, un solitario almendro, nos saluda antes de terminar el viaje:

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Almendro en el majuelo

Como seco pastor de la llanura,
sin más sangre que savia contenida,
se te nace una flor en cada herida
que marzo abre y llena de blancura

 (Al decir también del mismo poeta)

Nunca comenzamos un trayecto tan gris y nunca lo terminamos tan luminoso. Cosas de la primavera recién estrenada. Moraleja: siempre merece la pena salir en bici. Y ya que estamos en La Seca, ¿estrenamos un verdejo?

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Majuelos inundados

25 enero, 2013

Serrada S Martin Monte(1)

¡Qué frío! ¡Qué viento! ¡Cuánto ha llovido! Sí, todo eso es cierto. Pero también lo es que hay que seguir saliendo en bici el fin de semana para airearse un poco y continuar trabajando bien la semana siguiente.

De manera que el campo, más solitario que nunca de paseantes y ciclistas nos esperaba también el pasado domingo. ¿Qué tal un paseo entre Serrada y La Seca? Agua habrá, seguro, pero barro, ni un centímetro. Y así fue.

Campos de agua

De Serrada tomamos el camino de San Martín del Monte por la zona de las lomas. Nos sorprendió el buen porte de algunas encimas que encontramos al pasar. Y el paisaje del amplio valle del arroyo de Serrada, con el monte de las Monjas al otro lado. En San Martín nos dimos la vuelta para tomar la cañada del Pinar que nos condujo hasta las proximidades de la fuente –más bien charca o pozo- de la Miel. Cerca, algunas setas de cardo sobrevivían heladas.

Cañada del Pinar

Y de aquí, ¡a rodar entre viñas y majuelos! Muchos se encontraban totalmente encharcados. En otros, al acercarte te hundías como si estuvieras sobre arenas movedizas. Al fondo, el valle del Duero con preciosos panoramas: las laderas de Torozos, Velliza, Matilla; más cerca la torre de Santa María en Tordesillas… Junto al caminos, una cruz señala y recuerda una muerte para nosotros anónima.

Viña

Aproximación a La Seca, luego a Rueda, cañadas, viñas, praderías, tierras recién sembradas, también bodegas modernas que mostrar cierto arte…  un bonito panorama para un día desapacible. Los últimos kilómetros fueron especialmente placenteros, pues el viento daba en la popa. Y con 38 km en cada rueda estábamos de nuevo en Serrada.

Majuelos movedizosVista previa de los cambios

Majuelos de La Seca

17 enero, 2010

Para volver desde la Virgen de la Peña nos alejamos del Duero y subimos ligeremente la cuesta en dirección a la Seca, pero sin llegar a esta localidad. Dejada la carretera, atravesamos el Plantío, un pinar que tiene también prados en algunos claros del monte, que siguen antiguos cursos estacionales de agua como el barco del Corneta.  No hay peligro: el firme es muy bueno por mucha agua que haya caído.

Después, salimos a horizonte abierto, siempre con brisas agradables, salvo temporal. Y empiezan los majuelos, cuidados, perfectos, limpios, aclarados en esta época, normalmente con gente trabajando. Alguna encina solitaria se siente acompañada por las viñas. Pasamos junto al charco Vascarlón mientras subimos, poco a poco, en dirección a La Seca. Detrás se ve perfectamente el páramo de los Torozos con Villavieja del Cerro delante.

Torcemos al a izquierda, siempre acompañados de majuelos. Una cruz metálica junto a una encina recuerda la vida eterna y, por tanto, la muerte de alguien en ese lugar. El gran valle del Duero se vislumbra, inmenso y amplio, hacia el Norte. Al fondo sigue dibujándose el páramo; se distinguen bien Matilla de los Caños y Velliza.  Cruzamos una carretera y empezamos a bajar suavemente hacia Serrada. Majuelos, prados, encinas, pinares. De los prados se levanta un bando de cinco avutardas. Nunca antes las habíamos avistado por estos lugares. La luz se refleja en los cantos rodados que parecen brillar. Las ruedas hacen sonar la grava mientras bajamos por el barco del Lobo.

En algunas cepas han quedado abundantes rampojos. No hay uvas más dulces que éstas, aunque tengan mala pinta por su color y arrugas. Y están más dulces aún las de verdejo que las negras de tempranillo.

Cruzamos Serrada hacia el Este, hasta que bajamos a los pinares de Villanueva. Con el último sol de la tarde llegamos a esta localidad por la fuente Lavar.

Buena parte del camino lo hemos hecho sobre la plataforma detrítica que va, elevada entre el Duero y algunos arroyos, desde Herrera hasta cerca de Toro. Al parecer, primero la modelaron los ríos al actuar sobre las terrazas existentes y, más tarde, grandes avenidas de agua la recubrieron de grava.Se trata de una formación geológica peculiar, no muy común.