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La Olma de Langayo

1 abril, 2018

Viene de la entrada anterior; estamos en el páramo entre Quintanilla de Arriba y Langayo.

Langayo

Después de rodar por una cañada bajamos del páramo hasta Langayo por el camino de Quintanilla, dejando a la derecha los restos de una vieja fuente cegada que ya no está en uso. Las ruedas resbalaban en el barro haciendo extraños pero los ojos se iban a la figura del pueblo, apiñado en un cerro más o menos cónico en torno a la iglesia de san Pedro, que enarbola una recia torre señalando al infinito. La iglesia dispone de una excelente balconada desde la que se contemplan las laderas y los valles que se unen a los pies del cerro. Además, es una viejísima población de origen celta -conforme indica su nombre- si bien pertenece, desde la reconquista, a la Tierra de Peñafiel.

Lo que queda de la Olma

Entramos en Langayo por el este para ir contemplando las cuevas que en otro tiempo fueron bodegas. Unas se veían desnudas, otras con las puertas, dinteles y bóvedas todavía en pie. Pero también pudimos comprobar la abundancia de agua en este valle: además de los arroyos de Oreja y Fuente la Peña, una fuente nos recibió al pie del cerro, y varias arcas y pozos se divisaban desde diferentes balconadas. Ya al salir, pasamos junto a las fuentes de Miriel -cerca de otras antiguas cuevas- y de Valdemanco, que aprovecha el agua que rezuma de una extensa terraza donde aflora la caliza.

Manzanillo al fondo

Siendo todo hermoso en este valle perdido entre páramos, por donde es difícil pasar si uno no se lo propone expresamente, hay algo muy triste: los restos de la vieja Olma, que marca el límite del término municipal. Lo ponemos así, con mayúscula, pues se trata de un árbol querido por los langayenses, que ha visto y presidido su vida e historia a lo largo de los siglos hasta… finales de los años ochenta del siglo pasado en que se secó; años más tarde fue quemado, ya en el tercer milenio cayó y hoy es un pobre tronco mutilado que se va pudriendo, junto a la carretera, a la vista de todos. Su entrañable figura ha sido incluida en el escudo de la localidad. Hoy parece un viejo luchador abandonado por los suyos tras realizar grandes hazañas. Cuando ves algo así te preguntas: ¿y para qué queremos 17 consejerías de medio ambiente que no han sido capaces de salvar esta joya ni ninguna otra de nuestras emblemáticas olmas?

Castromediano

Manzanillo

Muy cerca de donde acaba el páramo, cortado por el Duero y por el arroyo de Fuente de la Peña, que baja a contramano, se levanta Manzanillo. Antes de entrar en el pueblo por la calle de Cantarranas, no hemos resistido la tentación de subir a una colina de caliza, cuyo último tramo se rompe en enormes piedras, y que se levanta frente al pueblo, junto al camino que viene de Molpeceres. Es otro mirador para contemplar el valle y las motas y cabezos en los que se deshace la paramera y, por supuesto, Manzanillo.

Cruzado el caserío enfilamos el Duero pasando por el Ojuelo entre el pico Castro -del que también parecen desprenderse grandes piedras calizas- y el teso de Castromediano. Al fondo, iluminado por uno de los claros que se han abierto a última hora de la tarde, se levanta sobre su cerro el castillo de Peñafiel.

Padilla

De nuevo el Duero

Y entramos de nuevo en los dominios del Duero, aunque nunca llegamos a salir del todo. Vemos Padilla con su iglesia que se levanta tras un prado inundado gracias a las últimas lluvias. Seguimos adelante cruzando el pueblo y bordeando su pinar. Vemos unas excavaciones nuevas que sacan a la luz los cimientos de una construcción y, cuando queremos darnos cuenta, estamos en la Senda del Duero.

El sol, entre nubes y árboles de la otra orilla, nos hace ahora guiños después de una tarde en la que casi no le hemos vistos. Pero ya es demasiado tarde, pues no tiene fuerza para calentar y notamos más el frío del viento y eso que la vegetación y los taludes de la ribera lo amortiguan bastante.

Entre Padilla y Quintanilla

Entre el pueblo y el río, una fuente de amplio pilón cuadrado nos recibe. Hemos terminado la excursión después de recorrer unos 43 km por valles, páramos, navas, montes y cerros. ¿Habrá sol y ausencia de viento en la próxima?

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Donde el sol vence a la niebla

25 noviembre, 2015

Cogeces del MonteLo mejor de esta excursión es que disfrutamos de un día templado y soleado –en manga corta- mientras en Valladolid sufrían las consecuencias de la niebla sin ver para nada al astro rey, enfundados en sus abrigos. Y es que en los páramos es frecuente que luzca el sol cuando en los valles se estanca la niebla.

Dimos un paseo desde Cogeces del Monte hasta las cercanías de Langayo y Peñafiel. Relativamente corto, porque a uno de los ciclistas se le rompió, sin posibilidad de arreglo, la unión entre la tija y el sillín, de manera que a partir de ese momento volvimos por el camino más corto a Cogeces. No fue para tanto: 10 km sin apoyar el trasero se aguantan bien.

En la loma de El Brujo

En la loma de El Brujo

También destacaremos el maravilloso lugar que nos sirvió para almorzar: la suave loma de El Brujo se eleva ligeramente sobre la llanura, de manera que es un perfecto mirador que te muestra todo el contorno superando la visión rasea del páramo. Además, allí nos esperaba una mesa de piedra caliza con poyos del mismo material. Al lado, un guardaviñas también de piedra y unos cuantos almendros; los recolectores de almendrucos habían dejado algunos y dimos buena cuenta. Así que, mientras almorzábamos, disfrutábamos de la sensación de tener el mundo a nuestros pies porque, en realidad, estábamos en lo más alto del monte. No nos olvidaremos fácilmente de este estratégico lugar desde el que dominábamos incluso el castillo de Peñafiel.

Oreja al fondo

Oreja al fondo

Nos movimos en el ámbito de la vieja Cañada de la Yunta, que unía a través del páramo dos localidades importantes en la Edad Media: Peñafiel y Cuéllar, y que fue muy transitada hasta el siglo XIX. Hoy está en desuso, salvo para ser utilizada como vertedero de las piedras que los agricultores sacan de los campos adyacentes.

Valdemudarra

Valdemudarra

Naturalmente, pasamos junto a las ruinas del monasterio de Oreja. Debió ser muy impresionante este convento, románico por sus trazas y ya abandonado en el siglo XV. Tan bien construido estaba que hoy todavía mantiene en pie algunas paredes e incluso parte de su ábside; algunas de sus piedras de sillería podemos verlas en las casas de Langayo.

Aunque todo este páramo está pelado de árboles, exceptuando la zona de las Quintanillas, atravesamos un curioso monte mixto de encinas y robles, de casi un kilómetro cuadrado de extensión. Seguramente hace siglos todo el páramo era, más o menos, como este monte relicto.

La niebla en el valle de Oreja

La niebla en el valle de Oreja

Antes de terminar, volvemos a insistir en lo que disfrutamos en esta excursión de las vistas: Peñafiel, Langayo, el embalse de Valdemudarra, todo desde arriba. Canalejas, Campaspero, al ras. Y la niebla borboteando en los valles del Duero y del Duratón, y con un quiero y no quiero, juguetona, ascendiendo y descendiendo por el valle de Oreja en Langayo.

De vuelta

De vuelta

Dos lugares mágicos: Minguela y Oreja

26 mayo, 2008

El recorrido lo hicimos saliendo desde Montemayor de Pililla, cuyo término municipal posee extensos montes de pinos, encinas, robles y enebros. Y claro, teniendo todo eso, los animales están a sus anchas, bien protegidos. La caza y las rapaces son abundantes, por lo que muy fáciles de observar.

Recorrido completo, unos 55 kms aproximadamente

Además, el recorrido hasta Minguela no puede ser más agradable: una vez cruzado un monte mixto de pinos y robles caemos en el cauce del arroyo Valcorba. Corrales, fuentes, cruces, ruinas de molinos y de ermitas, nos acompañan en el trayecto. Pasamos también por dos despoblados en la curva más cerrada del arroyo. Finalmente, acabamos en Minguela.

Las fuentes del Valcorba: Minguela

Pues entre fuentes y manantiales, madreselvas y pobedas, el lugar no puede ser más fresco y seductor al mismo tiempo. Además, como estamos casi en el ras del páramo, es muy abundante en piedra caliza –las ruinas son de este material- y hay cuevas que nos pueden proteger en caso de temporal.

Una fuente con artesa para lavar (¡venían lavanderas desde Campaspero, denominadas mingueleras!), un viejo puente sobre el arroyo, y ruinas, muchas ruinas entre las que destaca el torreón que, en realidad, es lo que queda de la parroquia del lugar dedicada a San Cristóbal.

En definitiva, un maravilloso lugar para perderse…

El misterio de Oreja

Si salimos de Minguela hacia Peñafiel hemos de tomar la vieja cañada de la Yunta, que unía esta localidad con Cuellar. Así, después de llanear en línea recta durante unos 8 km, nos presentamos ante las ruinas de un monasterio. La parte de los pies está destinada a encerradero de ovejas. Se conserva la planta, parte de los muros y algo de lo que fue la cabecera, donde hubo un ábside central y dos laterales, más pequeños. En uno de los ábsides, una pocas piedras de cantería nos indican cómo fueron por dentro las naves por dentro. Y poco más.

Nadie recuerda qué fue este lugar de Oreja. ¿Un convento? ¿La iglesia de un pueblo, hoy despoblado? ¿Una ermita? ¿De qué siglo?¿Medieval? ¿Del XVII…? Al menos aparece en el Madoz (despoblado en el término de Olmos de Peñafiel, hoy es Langayo) y en el mapa de Coello (1852), que se refiere al convento arruinado y despoblado de Oreja.

El lugar se encuentra perdido en al inmensidad del páramo y prácticamente en sobre el cerral de un vallejo –el de Oreja, con fuente- que aquí se inicia. El arroyo pasa luego por Langayo.

NOTA.- Los interesados en Minguela pueden consultar la obra de Viloria García, Minguela, un pueblo muerto en su juventud, Diputación de Valladolid, 1997.

Y si alguien sabe algo de Oreja, por favor, ¡que lo diga y lo ponga en esta página!