Posts Tagged ‘lavajos’

La cuesta Gradera y otras especialidades del sur

3 noviembre, 2018

El pasado jueves, aprovechando la fiesta, hemos dado una amplia vuelta por el sur de la provincia de Valladolid: San Vicente del Palacio, Lomoviejo, Salvador de Zapardiel y Honcalada estaban situados en nuestro trayecto. El día, después del último temporal, se presentó especialmente claro, por lo que pudimos contemplar en lontananza pueblos como Rubí de Bracamonte –con la nave de su iglesia destacándose en la llanura-, Fuente el Sol –de la que sobresalía su castillo-, Muriel, Ataquines, Donvidas, San Esteban, Sinlabajos, incluso se recortaban muy al fondo, al oeste, las torres de Madrigal. Y, por supuesto, al sur se elevaban la Serrota y la sierra de Segovia, esta última nevada.

El puente

El sol lució durante la primera parte del trayecto y se ocultó tras una gasa de nubes que fue en aumento durante la segunda parte. Los camposantos, debido a la fecha, estaban abiertos y concurridos. En los otros campos corrían las liebres perseguidas galgos y galgueros.

Salimos de San Vicente del Palacio en dirección norte, para contemplar una joya de la ingeniería civil: el puente de la antigua calzada de Madrid a Galicia sobre el río Zapardiel. Muchos ojos y mucho puente para un río que ya no lo es. Pero no diremos más, sino que esperaremos a que Durius Aquae nos cuente algo de su historia y construcción en una de sus entradas próximas.

La llanura

Y desde allí cambiamos de rumbo, hacia el sur. Los caminos estaban húmedos –había llovido los días anteriores- pero las charcas, lavajos y humedales no tenían agua. Mucho tiene que caer todavía para que la tierra se recupere del verano pasado. Todo se había pintado de un color entre gris, amarillo y pardo. De hecho, los rebaños de ovejas –por no hablar de aves y pájaros terreros- habían desaparecido, camuflados.

Pasamos junto al lavajo y el torrejón de Serracín y seguimos un estrecho humedal en el que no faltaban lavajos… secos. Ni avutardas. Al llegar a las Navas, cruzamos la carretera de Ataquines para tomar el camino que nos llevaría, casi en línea recta, a Lomoviejo, pasando por otros humedales y lagunas, dejando a la derecha el arroyo de la Tajuña y a la izquierda el alto alomado de Pradillos, con su vértice geodésico. Por encima de nosotros voló, altísimo, un bando de grullas, fácilmente reconocibles por su griterío.

Tierra, avutardas, pivot…

Llegamos a Lomoviejo, que está junto a otro lomo. Nos acercamos a su iglesia, que tiene un precioso pórtico de arcos deprimidos isabelinos; las columnas que lo soportan son de granito -que aquí domina a la caliza- y el suelo está recubierto con antiguas lápidas sepulcrales.

Salimos hacia el este por la colada de las Canalizas. El lavajo del Tío Juan tiene agua, y las ovejas han bebido recientemente. No así el de la Caballera. En el inmenso prado de las Canalizas pastan las vacas, y el camino o cañada da un rodea para cruzar por un vado el seco Zapardiel.

Prado de la Reguera

En la Reguera vemos la fuente del mismo nombre, seca. El prado al menos está verde, apto para rodar por él. Entre nosotros y el Zapardiel, un lomo. En el lomo, un pinar de gigantescos negrales, limpios y luminosos gracias a las lluvias de los últimos días. También pasamos junto a una telera metálica sin ovejas. En el prado de las Gayanas nos ladran los perros, pero tampoco vemos ganado. Al fin, llegamos a otro pueblo sencillo, Salvador de Zapardiel. Su iglesia es similar a la que acabamos de ver en Lomoviejo, mudéjar, pero carece de pórtico. Tras ella, el pozo tradicional abastece ahora de agua corriente a los vecinos. Al fondo vemos Sinlabajos, que perteneciera a Salvador. Ahora es de otra provincia. Todo cambia, aunque no mucho.

La sierra desde la cuesta de los Canteros

Al este se levanta, a unos cinco kilómetros, una auténtica montaña para estas tierras llanas de Medina y Arévalo. Son los altos de la Gradera, del Guindo y de Donvidas que están cien metros por encima de nosotros. Habrá que subir, ¿no? Por Muriel y Salvador hemos pasado más de una vez, pero hasta allí nunca hemos llegado. Pues nada, tomamos la cañada de la Lámpara y nos colamos por la cuesta de los Canteros hasta el alto del Guindo. Todo indica que estamos en un lugar perdido y olvidado, justo en el límite de Valladolid con Ávila. Seguimos por la cresta hasta la cuesta del Caballejo de 870 metros y la cuesta Gradera, por la que bajamos a campo traviesa para tomar senderos y caminos que nos dejarán de nuevo en la llanura. Pero antes echamos la vista atrás para ver mejor las terrazas y gradas de la Gradera, sin duda obra humana para aprovechar mejor estas tierras tan perdidas como difíciles.

Cuesta Gradera

Rodamos por diversos caminos, cruzando cerca de humedales y lavajos secos, con los ataquines al este y las torres de Madrigal al oeste, hasta llegar a Honcalada, que a duras penas mantiene la torre mudéjar de su antigua iglesia. Después, pasamos junto al caserío de San Llorente, cuyos viejos edificios tienen también un inconfundible sabor mudéjar. Por aquí, todo lo humano refleja el aire mudéjar.

Finalmente, cruzamos entre los ataquines para tomar la cañada que aprovecha el trazado de la vieja calzada que nos dejará en San Vicente.

La ruta en wikilok según Durius Aquae.

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Campos encharcados, lavajos y pinares

17 marzo, 2018

Seguimos recorriendo los pinares y campos cercanos al río Adaja.

Esta vez salimos de Ataquines rumbo a San Pablo por un camino ancho paralelo a la vía del ferrocarril. Los campos rezumaban agua: cruzamos por uno de ellos para acercarnos a un lavajo surgido de manera espontánea gracias a las lluvias y a punto estuvimos de hundirnos con las bicis y todo, casi como si fueran arenas movedizas. Pero lo peor no fue esto: un ventarrón fortísimo nos daba de costado y, una y otra vez, intentaba tirarnos a la cuneta, y poco le faltó para conseguirlo. De todas formas, daba gusto contemplar el paisaje, con agua por todas partes después de un largo periodo de sequía, y con la sierra al fondo, blanca de nieve.

Lavajo renacido

San Pablo de la Moraleja

En San Pablo recalamos en el lugar donde aún se yerguen, obstinados, los restos de lo que fue el monasterio que dio origen a la localidad. No sabemos a qué se refiere el término Moraleja -¿a un moral, tal vez?- pero el de San Pablo está claro: al convento dedicado precisamente a la Conversión de San Pablo. El primer convento de Carmelitas Calzados se levantó aquí hacia 1315; las ruinas corresponden a otro que data de los siglos XVI y XVII, que duró hasta mediados del XIX en que fue desamortizado. Podemos ver todavía la portada, una espadaña, la nave del templo con paredes, parte de la torre con su escalera interior y parte de lo que fue otra nave, a juzgar por los restos de un ábside semicircular, todo en ladrillo con algunos zócalos de piedra. Nada queda del claustro, si bien se adivina donde se levantó.

Restos de San Pablo

Además, contaba con una capilla dedicada a la Virgen de la Soterraña ¿tal vez el inicio del convento?, con bodega y un molino sobre el Adaja, a legua y media. El conjunto, con las ruinas sobre humedales –hoy de un verde reluciente- y con las nubes de distintas tonalidades cambiando de forma a causa del viento, impresionaba.

Lavajos y pinares

Continuamos hacia el pinar pasando junto a otros humedales con sus charcos y por el lavajo de Sacaperal. Ya en el monte, un rebaño de ganado vacuno y caprino nos pasó por delante y los perros se acercaron a saludarnos. Más tarde, tres corzos también cruzaron nuestro camino unos metros por delante. Como el tiempo está inestable, nos van cayendo distintos chaparrones, pero el viento esta vez se porta y nos seca.

Humedal

Bajamos hasta el Adaja en el vado de Don Hierro y volvimos hacia arriba por el mismo camino. Finalmente, salimos del pinar a campos de labor. ¡Y allí estaba esperándonos de nuevo el vendaval! Así que, a luchar contra él. Llegamos a una laguna junto al ferrocarril que es donde nace la Agudilla; intentamos seguir por la lengua del humedal –hierba rala, tierra salinizada y dura, con charcos- hasta el apeadero de Palacios de Goda pero tuvimos que abandonarlo y nos hundimos de nuevo en tierra tan empapada. Al otro lado del apeadero, tras la vía, otro lavajo ha renacido. Menos mal que los tres kilómetros que nos separaban del pueblo estaban asfaltados. Eso sí, tardamos media hora, pues era muy esforzado avanzar en contra del viento.

En el pinar del Otero

En Palacios nos recibió una escultura moderna de un toro de lidia. Pero lo que más nos llamó la atención fue la ermita de la Virgen, por dos detalles: su advocación, de la Fonsgriega, o sea, de la fuente griega, y su portada, con generosas jambas y dintel en sillería de granito.

Los fantasmas de Honquilana

Honquilana

Al fondo se distingue y nos espera la puntiaguda torre de Ataquines, así que tomamos el camino de Santiago de Levante. No sdetenemos en Honquilana: hacía mucho tiempo que no estábamos en este olvidado lugar, que fue un pueblo, ahora es un montón de barro y mañana ya no se reconocerá ni existirá, y será un campo más de los muchos que se extienden entre Medina y Arévalo. Por si fuera poco, el cielo se oscureció por el oeste, delante del sol, y los montones de barro parecían retazos perdidos de supuestos fantasmas en pena. Menos mal que nos queda la fuente del Caño, con su frontal triangular y su sencilla pila en granito de una pieza, aunque no por mucho tiempo pues está siendo devorada por la maleza. Seguramente dio origen al pueblo y lleva su antiguo nombre: Fons Aquilana. A sus pies, una charca enfangada y, un poco más abajo, un lavajo en el centro de una pequeña pradera, suficiente para crear un entorno vivo, agradable y pastoril.

El lavajo de la fuente bajo la lluvia

Los ataquines

Con cierto espanto, vemos cómo la nube negra viene hasta nosotros: un airón revuelto la anuncia y una inmensa cortina de lluvia se acerca casi de repente y nos envuelve. De manera que el agua helada, impelida por el viento huracanado, nos castiga duramente y llega a hacerse insoportable. Pero no hay mal que cien años dure y cuando llegamos a Ataquines, brilla de nuevo un sol que nos seca. Luce tanto en un ambiente tan limpio que los ataquines parecen de ayer, como recién esculpidos, ingenuos en un mundo viejo y tormentoso.

Los ataquines

El paseo termina junto a la iglesia, donde se han aprovechado como bancos losas de antiguas sepulturas. Es el tributo que viejos nobles pagan aquí a los traseros modernos, y sin quejarse. Aquí dejo el recorrido -casi 34 km- en en Wikiloc según Durius Aquae.

Torres y lavajos

27 mayo, 2016

villaverde de medina 2016

Ha sido este un recorrido en busca de lavajos, aprovechando que, a causa de las lluvias caídas, algunos podían haber revivido. Algunos, efectivamente, sí los encontramos pero, otros muchos, desgraciadamente ya no volverán. Es el caso, por ejemplo de los lavajos del prado Gargabete, en El Campillo: un campillano nos dijo que hace muchos años se secaron y… hasta hoy, lo que pudimos comprobar. A pesar de todo, en algunos lugares se ha plantado cereal donde hubo lagunas, y vimos grandes charcos. En otros, se drenó bien el terreno y no volvieron a llenarse…

Malpréndez

Malpréndez

Y torres. Fuimos por tierras suavemente onduladas, casi llanas, con algún pequeño montículo. Y siempre tuvimos como referencia una o varias torres de iglesias, muchas de ellas altas y puntiagudas, así Villaverde, Nava del Rey, Brahojos… Otras, no tan estilizadas, pero igualmente se dejaban ver bien: Nuevavilla, El Campillo, Velascálvaro. O la referencia era el mismo pueblo sobre un montículo característico, como es el caso de Carpio del Campo. O el castillo de la Mota, punto de convergencia para cañadas, vías de ferrocarril y carretas.

Modelito (que funcionó) para el inicio de la excursión

Modelito (que funcionó) para el inicio de la excursión (foto de Javiloby)

El campo estaba exuberante. De un verde intenso y brillante, con hierba alta hasta en pinares y humedales. De esa capa verde despegaban, de vez en cuando inmensas avutardas. Pero también patos y cigüeñas. La lluvia nos empapó durante las dos primeras horas, pero luego hasta salió el sol de manera que sólo mantuvimos húmedos los pies durante el resto del trayecto.

Cuando salió el sol

Cuando salió el sol (foto de Javiloby)

Al oeste de Nueva Villa, nos encontramos el lavajo de Malpréndez con un poco de agua, entre el camino y un campo de cereal, y con pasto en las orillas. Sin embargo, el lavajo Langosto, hace tiempo que está seco. No pudimos acercarnos al lavajo de Soncierna, pero nos tememos que estará seco, pues se encuentra en el mismo humedal que el Langosto.

Lavajo Zarcero

Lavajo Zarcero

Por el humedal o prado de Paperas llegamos al lavajo Zarcero, en medio de un campo de cultivo y con abundante agua y vegetación acuática.

Aunque no lo parezca, en esta tierra, especialmente árida en verano, brotaba el agua de muchas fuentes. Ahora, sólo vimos campos verdes. Sólo quedan sus nombres: del Sapo, de Sardinera, del Muerto, Lavaculos, del Caballo, de la Mangada…

Lavanderas

Lavanderas

En Nueva Villa visitamos la ermita que hay junto al cementerio, con una bóveda que recuerda las iglesias de Oriente Medio. Después de visitar el prado y lavajo de la Vega, pusimos rumbo al histórico lavajo de Lavanderas, que ha sido recuperado con fondos de la U.E. y por eso, sin llegar a estar lleno, se mantiene con agua. Y con cigüeñuelas, diversas variedades de patos y otras aves. Incluso una liebre levanté en la orilla que fue fotografiada por Javier. ¡Si hubiera sido cazador la liebre estaría ya estaría en la cazuela!

Brahojos desde la fuente Buena

Brahojos desde la fuente Buena

Antes de llegar a Brahojos pasamos por la fuente Buena –que no ha desaparecido como la fuente Mala- y, ya desde el rellano tras la iglesia contemplamos el panorama que se extiende hacia Nava el rey y Medina del Campo.

Más tarde, pudimos comprobar que la laguna del Majadal se había rellenado buena de tierra donde crecía un campo de cebada. Llegamos a hacer unos metros por el estrecho cordel de Extremadura y volvimos hacia El Campillo por el prado del arroyo. Todo de un verde exagerado, pero con los bodones  -algunos muy hondos- secos.

Lavajo de las "Tres Rayas"

Lavajo de las “Tres Rayas”

Cuando estábamos terminando el recorrido tuvimos dos gratas sorpresas en forma de lavajos.  El primero, un precioso lavajo justo en las rayas de los términos de Villaverde, Nueva Villa y El Campillo, junto al arroyo de Valdavila, entre una pradera y un campo de cultivo, con abundantes juncos, ranúnculos y, en el centro, un mechón juncial, todo de un verde insultante. Y con agua, no mucha. El otro, ya en el término de Villaverde, a la derecha del camino y justo en medio de un campo de cebada. Parece que había renacido  para plantar cara al agricultor que, en su superficie, se ha quedado sin producción.

Pinos

Pinos

La llegada a Villaverde se produjo junto al Crucero, con la visión de la enorme y corpulenta iglesia al fondo. Realmente hasta ese momento nos había llamado la atención la altura y esbeltez de la torre. Pero la nave no le va a la zaga. El pueblo celebraba a San Gregorio.

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Lavajos, lagunas, navas y boyones

23 abril, 2016

Lagunas Medina(1)Al sur de Medina del Campo son muy abundantes las lagunas, lavajos y navas. Por esas tierras, siempre se ha entendido por laguna una buena extensión de agua que veía reducido su tamaño en verano pero nunca se llegaba a secar del todo; al menos quedaba siempre un fondo de légamo y barro. Por lavajo se entendía algo parecido, normalmente más pequeño.  Lavajo viene de navajo que a su vez viene de nava que significa según el DRAE tierra sin árboles y llana, a veces pantanosa, situada generalmente entre montañas. Pero en tierras de Medina se llaman navas a zonas a veces alargadas, siempre irregulares, sin árboles, normalmente entre tierras de labor en las que crece una hierba rala con pequeñas calvas blancas por las sales, con frecuentes encharcamientos y algún lavajo, y con humedad permanente en el subsuelo. En nuestros páramos, una nava es una extensión más o menos amplia, hundida, en la que se suele acumular el agua en épocas lluviosas.

La más occidental de las Lagunas Reales

La más occidental de las Lagunas Reales

Las Lagunas Reales estaban sin agua pero preciosas. Cada una con su un enorme e irregular redondel dibujado por hierba joven y flores de diferentes tonalidades. Un poco  más oscuro en los bordes, bien señalados también por la hierba alta de la pradera contigua. Menos brillante y con pequeñas flores de tono amarillo en el interior del círculo. Daba gloria ver tanto verde y tan vivo, hasta el punto de olvidarnos que de agua –de laguna, por tanto- no tenían nada. Y es una pena, pues precisamente estas lagunas que eran prácticamente permanentes, hoy día no se recuperan ni en temporadas de diluvio. Seguramente porque su terreno absorbe el agua que cae del cielo y el manantial -procedente del acuífero de los Arenales- ya no les llega.

Lavajo Rabiosa

Lavajo Rabiosa

Exactamente lo mismo ocurría con otro gran lavajo, antaño permanente: el lavajo Rabiosa, que descubrimos –de repente- en  medio de un pinar. A su lado, otro lavajo más grande ha desaparecido trasformado en un campo de cereal. Como ya no se alimenta del manantial, los agricultores lo utilizan para sus fines. También estaba sin agua la laguna del Simplón, que debió tener un origen artificial, o los muchos restos de antiguos lavajos que encontramos a lo largo del curioso arroyo del Malpaso. Lo de curioso va porque en muchos tramos no tiene cauce definido, es una lengua verde con algunas hondonadas en las que debió registrarse algún lavajo, a juzgar por la forma y los restos.

Lavajo de la Juncia

Lavajo de la Juncia

Pero la jornada nos deparó otras muchas sorpresas con agua:

  • El lavajo de la Juncia y otros próximas en los pagos del Dornajo y el Voleo habían vuelto por sus fueros perdidos a ocupar zonas en actuales campos de labor. Estaban llenos de esas pequeñas flores blancas, propias de estos encharcamientos.
  • Al oeste de los anteriores y al este del Raviosa, la zona de los Chirivines –verdadera nava en lucha con el agricultor- se veía salpicada de multitud de encharcamientos, sobre todos de pequeño tamaño.
  • La Navilla, en el límite de Velascálvaro y Rubí, y rodeada de pinares parecía que no tenía agua, pero al acercarnos, sí que la había, entre hierba alta y juncales.
  • las charcas de los Salmuerales, que se habían juntado todas para celebrar la lluvia caída. Además, cazaban las cigüeñas y cantaban la ranas.

    En las Navas, Rubí de Bracamonte

    En las Navas, Rubí de Bracamonte

Pero también encontramos con agua el lavajo de los Boyones y su fuente respectiva, en Rubí, y seca la laguna de Arahuete, en las navas al norte del mismo término municipal. Y desaparecida, la laguna boyón de Ruiz. (Y aquí tenemos una variante de bodón, emparentada con bayón y bayona… Ya se ve que en toda esta zona de Pinares-Olmedo-Medina hubo muchas y muy variadas lagunas; desgraciadamente parece que ya sólo conservamos los nombres)  

También tuvimos la grata sorpresa de encontrar con abundante agua las Navas, al este de Rubí de Bracamonte y al oeste del arroyo de la Valenosa. Se trata de una larga –casi 1 km-, ancha e irregular lengua con abundantes encharcamientos, hierba, ranúnculos y zonas de calvero. Para recorrerla despacio, disfrutando a cada paso del espléndido panorama cercano.

Arroyo

Arroyo de Malpaso

Nos olvidamos –a propósito- algunas navas más por las que anduvimos, o casi navegamos. Y es que todo rezumaba agua después de una intensa temporada de lluvias. Tampoco hemos contado que nos fue muy fácil avistar patos, cigüeñuelas y avutardas. ¡Y ojalá terminen por llenarse las Lagunas Reales!

Laguna Boyones

Laguna Boyones

Campiñas y lavajos del sur

3 abril, 2014

Nava del Rey Fresno

El domingo pasado lucía el sol, si bien el sábado llovió. Por eso, decidimos salir por el sur de la provincia, y asegurarnos así que el barro no entorpecería el recorrido. El fuerte viento sur hizo subir las temperaturas provocando un día agradable.

Iniciamos la excursión en Nava del Rey pedaleando contra el viento lo que, unido a lo blando que estaban los caminos arenosos, ralentizaba nuestra marcha. Un primer alto lo hicimos en el Lavajo Hondo, de pequeñas proporciones pero con bastante agua gracias a las lluvias invernales.

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Seguimos hacia una colina donde está situada la Casa de la Cantera, antigua explotación de la caliza que en este resalte de la campiña aflora en la superficie. La excavación de galerías y la erosión han provocado un relieve curioso, con arcos pétreos y derrumbes de tierra. A sus pies, la ribera del Trabancos.

Tras alguna subida y bajada nos plantamos en Castrejón de Trabancos, donde lo primero que llama la atención es la torre de la Villa, todo lo que queda de la antigua iglesia de Santa María del Castillo asentada sobre los cimientos del antiguo torrejón que controlaba el paso del río en esa zona. El torrejón formó parte del sistema defensivo entre los reinos leonés y castellano, cuya frontera era el Trabancos. Aquí se produjo la batalla de Castrejón en 1179 a raíz de la cual se firmaría la paz entre Alfonso VIII de Castilla y Fernando II de León en el tratado de Fresno-Lavanderas de 1183. También contemplaron estas tierras el enfrentamiento durante la Guerra de la Independencia entre los ejércitos aliados contra los franceses, donde el general Wellington y su estado mayor se vieron obligados a desenvainar sus espadas para enfrentarse al enemigo, pero gracias a la actuación del 11º Regimiento de Dragones Ligeros evitaron que el general cayera en sus manos.

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En suave ascenso llegamos a la Ermita de la Virgen del Carmen en cuyo retablo se encuentra una reproducción de la Santa Faz de Zurbarán, pues el original se puede ver en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Poco más allá, Torrecilla de la Orden, que junto al vecino Fresno el Viejo pertenecieron a la encomienda de San Juan de Jerusalén, de ahí el apellido que lleva esta antigua fortaleza de frontera y que ha llevado a titular a la iglesia del pueblo como Santa María del Castillo.

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A la salida encontramos el Lavajo Trascastillo, es decir, debajo del castillo, y un poco más adelante el Lavajo del Toro. Llegamos a Fresno el Viejo, con su iglesia mudéjar de San Juan Bautista, cuya cabecera es siglo XII realizada en piedra y el resto del siglo XIII levantada en ladrillo. Aquí asentó sus reales Fernando II de León mientras que Alfonso VIII lo hizo en Lavanderas antes de firmar el famoso tratado por el que se fijaban las villas y lugares de cada reino, delimitándose con ella la nueva zona fronteriza entre ambos reinos. En la Casa de Cultura se encuentra el Museo de Antaño a Hogaño donde se guardan utensilios de la vida cotidiana de la zona, así como aperos y herramientas de oficios tradicionales. Hace un par de años que se ha abierto el zoo de La era de las aves, donde se pueden ver más de cien especies animales y gran variedad de plantas y arbustos.

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A tiro de piedra se encuentra Carpio, levantado alrededor de un cerro. Cuando ya estamos más cerca vemos que un nuevo torreón de ladrillo sobre una estructura de hierro, en cuyo interior se han respetado los restos de la antigua fortaleza, que pueden contemplarse desde el exterior, ya que la parte inferior está cubierta con una cristalera. Mediante una escalera se podrá subir a la parte superior del torreón, a modo de mirador, desde donde se podrá contemplar toda la llanura que lo rodea. Por la noche, nos aseguran, se ven las luces de catorce pueblos de alrededor. El antiguo torreón y la desaparecida iglesia de San Santiago fueron arrasadas por las tropas francesas el día 25 de noviembre de 1809 tras saquear la localidad como represalia a su derrota frente al ejercito español en la batalla de Carpio dos días antes.

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A un kilómetro del pueblo se encuentra el Lavajo de Lavanderas, junto a la vía del ferrocarril. Desde nuestra anterior visita hemos visto algunos cambios: se han removido y retirado lodos contaminados al utilizarse antiguamente como depósito de aguas residuales, se ha cortado gran parte de la vegetación que antes la cubría, se ha construido un observatorio de aves y una zona de aparcamiento de coches. Esperemos que con ello hayan ganado las aves que lo visitan en invierno, las que lo utilizan como descansadero de sus largos viajes y las esteparias que habitualmente viven en la zona. Y también el pueblo, pues esperan se conviertan nuevo foco de atracción del turismo de naturaleza.

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Ahora en nuestra vuelta el aire nos da de espalda y volamos sobre la llanura. Nos detenemos para ver el lavajo de Malpréndez y vemos cómo levanta el vuelo una avutarda. Ya divisamos la torre de la iglesia de los Santos Juanes. Estamos en Nava.

 

 

 

Y más lavajos e historia

3 febrero, 2014

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(Viene de la entrada anterior a la de Trabancos)

Cruzamos por encima de la autovía para dirigirnos hacia San Pablo de la Moraleja, tomando el camino que nos lleva hasta Ataquines. Aquí, donde hoy se levanta la iglesia de San Juan Bautista antes hubo un castillo. Todavía se recuerda el pavoroso incendio que arrasó la localidad el 19 de febrero de 1900. Todo comenzó en la estufa de la escuela y se fue propagando por el pueblo hasta arder 37 casas. Ante el desastre, el Gobierno envió víveres y ropas, pero la donación más generosa la realizó Fomento Nacional del Trabajo, la patronal de los empresarios catalanes, incluso una delegación se presentó en el pueblo para conocer de primera mano el desastre y colaborar en la construcción de 37 nuevas casas para aquellos que las había perdido. Ahora se le conoce como el barrio catalán, con su Plaza de Cataluña, la calle del Fomento, Círculo Mercantil, Pasarell y Rusiñol. En septiembre del 2000 el presidente de Cataluña, Jordi Pujol, el de Fomento y el de Castilla y León visitaron la localidad para conmemorar aquella terrible fecha, colocando una placa en el Ayuntamiento como recordatorio.

Fuente Randilla

Fuente Randilla

Cruzamos el pueblo buscando la salida hacia el norte destacando a nuestra izquierda las siete motas o ataquines, cada una con su nombre, el alto, el bajo, el del nene… A nuestra derecha, a media loma nos acercamos hasta la fuente Randilla de la que todavía mana agua y abastece un pequeño lavajo, lo que no ocurrió con la fuente de Gaspar, desaparecida para hacer una perforación para riego.

Pasamos junto a Ramiro, que lleva el nombre de su repoblador medieval, y la charca de la Arroyada para dirigirnos a buen ritmo hacia Gomeznarro, pues ya empieza a caer el sol. El medieval Gómez Nafarro mudó en Gómez Naharro para quedar acortado en el nombre actual que conocemos. Aquí se celebraron 1441 las vistas entre el rey Juan II y la reina de Portugal para intentar solucionar los enfrentamientos armados que tenía el monarca castellano contra sus hermanos, Juan, rey de Navarra, y el infante Enrique. Y aquí nació en 1816 el poeta satírico Juan Martínez Villergas quien también se dedicó al periodismo, fundando semanarios y revistas como El Tío Camorra, Patifiesto, La Nube o el cubano El Moro Muza, que acababan cerrados por la censura debido a sus ácidas sátiras políticas.

8. atardecer

Si visitamos el barrio madrileño de Canillas, en el distrito de Hortaleza, tal vez podemos pasear por numerosas calles dedicadas a pueblos de Valladolid como Muriel, Langayo, Mayorga, Boecillo, Camporredondo, Tudela de Duero, Montemayor de Pililla o la Plaza de Íscar. Otra de ellas es la dedicada a Gomeznarro. En 1956 el Ayuntamiento de Madrid dedica el nombre de algunas calles de esta barriada recién construida por la Obra Sindical del Hogar a pueblos de nuestra provincia.

Tomamos la carretera para atravesar el ferrocarril y la autovía y por el camino que sale a nuestra izquierda llegar a San Vicente que nos recibe con las luces de sus calles encendidas.