Posts Tagged ‘lluvia’

El diluvio

11 diciembre, 2019

El diluvio en una hora: eso es lo que ocurrió en esta salida.

Daban lluvias. Había estado cayendo agua casi toda la semana. Ya se sabía qué nos íbamos a encontrar, por lo que salimos a dar un breve paseo por los pinarillos de Medina del Campo, para así asegurarnos al menos, que el suelo iba a estar practicable y sin barro, como efectivamente lo estuvo.

Al principio se coló un rayo de sol…

Después de cruzar el río (?) Zapardiel por el histórico puente de Zurradores, dejamos la plaza de toros de Medina para tomar el camino de Nueva Villa. Abundantes charcos pero buen firme. Al fondo, Casa Blanca y las lomas del Aire, y detrás la torre del castillo y otras mostrando el perfil de la ciudad. Salió el primer rayo de sol, que también fue el último y un viento endiablado soplaba en contra.

Después de cruzar la vía del tren de toda la vida, cruzamos el arroyo-humedal de la Golosa, que estaba totalmente verde en toda su franja. Pero de agua, nada, naturalmente. Estos arroyos –al igual que el río Trabancos y otros muchos- siempre llevaron agua hasta que comenzó en serio el regadío, momento en que se secaron. Por mucho que llueva no parece que se vayan a reponer, pues se alimentaban del esquilmado acuífero de los Arenales que, en el mejor de los casos, ya no volverá a su viejo nivel. Hasta los árboles del prado se han secado.

En el humedal de la Golosa

Seguimos el arroyo hasta cruzarnos con la cañada de Salamanca. También cruzamos, sin saber cómo, un intrincado nudo de comunicaciones: un horcajo del AVE, la vía tradicional y la carreta del Campillo, además de la citada cañada.

Y empieza a llover, sin que hagamos mucho caso. Seguimos el arroyo de la Golosa que, al menos, tiene setas de cardo que nadie –por el momento- ha recogido. Llegamos a un pinarillo que sirve de tiradero de cosas inservibles. Una pena. Arrecia la lluvia y comienza el diluvio. Nos guarecemos bajo una encina rastrera y un pino alto. Pero llega un momento en el que da igual, de manera que después de poco más de media hora, seguimos pedaleando hasta llegar a la casa del Chucho, en medio del pinar. A pesar de que está medio derrumbada, hay zonas sin goteras. Aquí dentro deja (casi) de llover aunque ya da igual, estamos empapados en profundidad.

Verdes humedales, pero sin agua

A partir de aquí todos los caminos que cruzamos eran auténticos ríos. No había charcos porque el agua estaba en movimiento. A Dios gracias, se cumplió lo previsto y ¡no nos embarramos!, no había lodos de ningún tipo. Podíamos avanzar rompiendo la superficie del agua –más o menos alta, más o menos baja- incluso casi sin resbalarnos. Eso sí, empapados hasta los huesos. Fuera de los caminos, la arena del pinar absorbía todo el agua que iba cayendo y no se producían charcos.

Así se cerraba el día

Al final, tomamos la cañada de Extremadura para entrar en Medina. Era un río auténtico. El miserable charco Lavaculos se estaba desbordando. Tremenda mojadura. Aquí, el trayecto, que fue menos de lo previsto.

Ventana en la casa del Chucho

Por San Marcos, agua en todos los charcos

29 abril, 2016

Despejando

Abril ha sido lluvioso. En la mayoría de nuestras salidas sabíamos que podíamos encontrarnos con algún aguacero de esos que van mojando una larga franja de terreno. Así ocurrió en la última, una tarde en los alrededores de Medina del Campo. Vimos cómo se acercaba no ya una nube descargando, sino el mismo chubasco, de color gris, llenándolo todo de agua.

23 abril 041

Nos mojamos –menos de lo previsto, por lo providencial de un pinarillo puesto en nuestro camino- pero inmediatamente después gozamos de una espectacular salida del sol entre las nubes y aguas que, poco a poco, se iban aclarando; todo esto incluyó un pequeño arco iris. Luego quedó el ambiente entre sombras y luces –los diferentes trozos del paisaje se iban iluminando o ensombreciendo por momentos- y, finalmente, brilló el solo en toda su intensidad -algún borrego intentó taparlo- hasta que cayó la noche. Naturalmente, enseguida nos habíamos secado y entrado en calor.

Todo esto ocurría mientras subíamos a las Lomas del Aire, desde donde se domina el campo de Medina, y -por el oeste- el valle del Zapardiel al bajar hacia Dueñas de Carrión, que cruzamos.

23 abril 097

Aprovechamos también para acercarnos al Caño de la Dehesa, preciosa y original fuente restaurada hace muy poco, que vierte sus aguas a una lagunita, en la ladera llena de chopos del también arroyo de la Dehesa. Al lado hay un pinarillo con mesas para merendar.

23 abril 147

Después, siempre vigilados por la espigada torre de Villaverde, nos acercamos al despoblado de Romaguitardo, a cuyos pies se ha formado un lavajo gracias a las lluvias caídas últimamente. Sólo quedan restos de la iglesia y el montículo donde estuvieron las bodegas. Ni una cosa ni otra faltaban en los pueblos castellanos.

23 abril 154

La vuelta la hicimos en parte por la cañada de Salamanca, que discurre junto a la vía del tren y en parte por la de Extremadura, que tomamos en las Salinas y de la que nos despedimos –en plena anochecida- en el nada romántico charco Lavaculos, que venía muy bien a los rebaños para abrevar… (Por cierto, por San Marcos solían terminar los contratos de arrendamiento de pastos en Extremadura y las merinas volvían hacia los puertos de Burgos y León utilizando estas cañadas. Estarían, como ta,bién nosotros las hemos encontrado, llenas de charcos)  

23 abril 203

Lluvia y sol en los majuelos

28 marzo, 2013

La seca

Había amanecido gris y habíamos llegado a La Seca. El cielo estaba cubierto de esa masa informe y gris que amenaza agua. Sin embargo, como el aire no estaba en calma, sino que soplaba un viento mas bien fuerte, tampoco presagiaba lluvia; antes habría de calmarse el viento. Empezamos a rodar por unos caminos con un firme nada firme. Las ruedas se pegaban al suelo y costaba avanzar. Iba a ser la tónica de todo el trayecto. La bicicleta buscaba el centro de los caminos, o la orilla, para avanzar por la hierba y pegarse menos al barro, ¡y mira que la hierba es pegajosa para el caucho de las cubiertas! Pero aguantaba sin llover.

¿Sin llover? Pero al oeste ya se ven chubascos. Y avanzan hacia nuestras posiciones. Parece que saben donde estamos.

DSCN1837

Efectivamente, a ponerse el chubasquero. Divisamos Medina del Campo desde el alto donde estuvo la ermita de San Cristóbal (¡qué forma de construir muros tan curiosa, mezclando ladrillo, cantos rodados y argamasa!), hoy podríamos llamarle el alto de las antenas de telecomunicaciones.

Para un poco de llover, nos secamos y vemos que la nube meona que ahora nos persigue es mucho más grande y fuerte que la anterior. Menos mal que tenemos a un tiro de piedra un pinarillo de reciente plantación con tres enormes y densos pinos. Unos de ellos, con su verde cúpula en vuelo sin destino sostenida por una rugosa forma que de tierra asciende -son decires del poeta Luelmo- nos guarece y nos sirve de observatorio para contemplar el paso del aguacero. Agua, claros, agua, sol, agua… y así sucesivamente.

DSCN1829

Dejamos nuestro pino protector sabiendo que cualquier nube podrá descargar encima de nosotros y subimos de nuevo –pero por otro camino-  la cuestecilla que separa las tierras de Medina de las de Pozaldez. ¡Qué gran panorama se abre ante nosotros: al sur llanuras dominadas por el castillo de la Mota, al oeste las altas torres de San Boal y Santa María, y al norte las ruinas del castillo de Pozaldez! Aquí abundan los cantos rodados mas que las arenas limosas de donde venimos. El sol sigue luchando con las nubes y el paisaje no puede ser más vivo, luminoso y claro, pues las aguas han limpiado el ambiente y el cielo es de un azul intenso.

DSCN1872

Un paréntesis para decir que las cunetas de nuestros caminos están salpicadas de margaritas, dientes de león e inundadas de zapatitos de la Virgen, esa pequeña flor morada. Y nunca habíamos visto tantas liebres –muchas emparejadas- en sólo unas horas.

Caemos por un antiguo camino escoltado de viejísimos almendros, recién enyerbado, que nos conduce hasta un pinar que parece nacer de un prado. Un poco más abajo, la fuente de Aguanverde, cuyo segundo pilón se encuentra sumergido en agua, de tanta que ha manado o caído, o de las dos.

DSCN1914

Pozaldez desde el olivar

Y enfilamos hacia Pozaldez, dejando a la izquierda el pinar y a la derecha la suave caída hacia el Adaja. Pasado el pueblo nos detenemos a observar un momento su luz y sus torres desde el olivar, brillante como pocas veces.

Ya en bajada hacia La Seca nos sorprende –sin sorpresa- un último aguacero pero después… después sale de nuevo el sol entre nubes, y un completo arco iris nos escolta entre campos de grava y viñedo, como si hubiéramos pasado bajos sus colores. Al terminar, un solitario almendro, nos saluda antes de terminar el viaje:

DSCN1945

Almendro en el majuelo

Como seco pastor de la llanura,
sin más sangre que savia contenida,
se te nace una flor en cada herida
que marzo abre y llena de blancura

 (Al decir también del mismo poeta)

Nunca comenzamos un trayecto tan gris y nunca lo terminamos tan luminoso. Cosas de la primavera recién estrenada. Moraleja: siempre merece la pena salir en bici. Y ya que estamos en La Seca, ¿estrenamos un verdejo?

DSCN1928

Llueve

10 enero, 2011

Parece que llueve. Y los ríos se desbordan. Y las tierras se inundan, y vuelven a surgir lagunas y lavajos allí donde se habían secado.
Y los cielos se visten de cambiantes colores que corren soltando aguaceros. Luego brilla el sol como por una rendija, un rayo nada más. Luego se ensancha el cielo azul. Más tarde una nube de algodón corre entre los cerros, y otra sedosa y gris se deshace en girones de gas y desaparece. Por un momento todo sugiere que estamos en primavera -incluso un saltamontes despistado se quiere meter en mi bolsillo- pero no, que todavía queda mucho invierno por delante, con sus heladas, nevadas y vientos del norte.


Para pasear en bici -o andando- hay que buscar los pinares, pues hasta algunas tierras arenosas están saturadas de agua y te hundes irremisiblemente.
Un chaparrón nos hace pensar que hay que volver pronto pero el viento nos seca antes de llegar a empaparnos.
Y es que el tiempo, por naturaleza, es cambiante. El clima no se quiere estabilizar… Mejor que no podemos controlarle. Así ha sido siempre.

Va llegando el invierno

3 diciembre, 2009

Mucho le ha costado entrar al invierno en nuestros campos y caminos. Pero las salidas de estos dos últimos fines de semana anuncian que el tiempo se va poniendo invernizo. Las temperaturas han descendido -aunque no mucho- y las pistas y caminos ya están húmedos: se nota que las ruedas se agarran más, cuesta más pedalear. A veces, en verano parace que volamos porque vamos sobre terreno duro y los músculos trabajan sueltos. Ahora es distinto y también la musculatura tiende agarrotarse un poco… total, que se huele el invierno. Pero todavía no ha entrado del todo.

Y luego el paisaje. Ya hay hierba en los campos. Musgo en los pinares. El cereal muestra sus tallos verdes, bien tiernos.  Algunas setas, las menos tímidas, han salido. Los temporales cruzan nuestros páramos. Las nubes corren sobre los pinos. Sopla el viento racheado. Pues eso, que en la práctica hemos cambiado de estación. Todavía no ha subido el nivel de los ríos ni los arroyos llevan agua, pero todo se anadará, esperemos.

Y han llegado los milanos reales y las gaviotas. Ha crecido el número de cormoranes. Pero todavía no se han presentado las quincetas o avefrías.

El Duero, crecido

3 febrero, 2009

herrera1

A mediados de enero nevó, pero ahora se ha instalado la lluvia en la meseta y cualquier paseo en bici lleva consigo la posibilidad de embadurnarse bien de arcilla y barro. Salvo que el paseo lo demos por Tierra de Pinares o  de Medina, comarcas en las que abunda la arena, muy cómodas para pasear cuando ha llovido.

penalba

Bueno, muy cómodas relativamente, por que las cubiertas de la bici se agarran siempre demasiado bien, ya sea tierra o arena húmedas, y cuesta bastante más pedalear.

Como siempre que sales al campo hay alguna novedad, el pasado sábado vimos el Duero así de crecido. Y de color chocolate. El Pisuerga también venía alto.

tudela