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Fuentes en Medina de Rioseco

7 julio, 2012

El paisaje de los alrededores de Medina de Rioseco suele quedar eclipsado por la riqueza artística de la ciudad. Verdaderamente, posee varias catedrales, una capilla Sixtina única en Castilla, una Rúa llena de encanto –sobre todo en los atardeceres de Semana Santa-, señoriales puertas de entrada y… ¡un puerto en plena Castilla! Así, ¿quién visitará los alrededores? Pero los tiene, ¡y preciosos! Ahí están Castilviejo, Valdescopezo, la Sexta y la Séptima, el paramillo del Moclín, el trazado del tren de Palanquinos… y tantos otros lugares como para perderse. Pero hoy sólo nos vamos a fijar en algunas de sus fuentes.

Fuentes que también tiene en el casco urbano: la de San Sebastián, junto a la puerta del mismo nombre; o la del Príncipe en el corro de San Miguel, o la que está en el corro del Asado, junto a la puerta del Carbón. Y, en El Paseo, la fuente de la Flora. Pero vayamos a las más campestres.

Saliendo hacia la ermita de Castilviejo vemos la Fuentecilla del Carmen, con su pilón y abrevadero, en piedra. Enfrente están las tapias de la Casa de la Viruela, donde se aislaba a quienes padecían esta contagiosa enfermedad. Y al llegar a la ermita, la pradera llena de árboles se refresca también con la fuente de Castilviejo.

No muy lejos está –no sabemos si en lugar público o privado, pero cuando la visitamos no había nadie- la fuente de la Salud, junto a una grata arboleda y una alberca para almacenar agua. Al lado, dos palomares, uno de planta circular y el otro cuadrada.

En el caserío Manso veremos la fuente del mismo nombre y la fuente del Bolo rebasado este caserío hacia Villaesper por la carretera, en la margen derecha, cerca del mojón kilométrico 5. Es una fuente muy sencilla –arca abierta en mampostería- que ha sido respetada al ampliar la carretera, cosa nada usual.

Comida casi por la carretera de Palazuelo, la fuente del Pollo –en los mapas- aunque tal vez sea del Poyo, pues unido a la fontana existe un banco corrido muy adecuado para descansar las posaderas. A poco más de un kilómetro de ésta, tras del caserío Villa Leonesa  estaba la fuente de Matagallegos: sólo veremos un palomar en ruinas y restos de chozos de planta cuadrada. La de  Valdelatorre, restaurada, se asienta en una ladera mirando a la ciudad de Rioseco.

Acompañada por el paisaje típico de Tierra de Campos, junto a un cerrillo redondo y cerca del firme del tren de Palanquinos está la fuente de los Agudillos. Parecería que en tierra tan áspera no prosperaran hontanares, pero ahí están, y bien frescos.

La fuente del Barro la encontraremos con alguna dificultad en medio de un campo de cultivo y acostada en la ladera norte del Alto Rayado. Hay que tomar un camino que sale a la izquierda d e la carretera de Tamariz y, pasada la línea férrea está un kilómetro más adelante, a la derecha.

La fuente de la Loba está muy cerca de la raya de Villanueva de San Mancio, entre la carretera y el Sequillo. No tiene camino de acceso, pero una alameda la señala.

En dirección al Moclín, junto al cementerio vemos un arca y su fuente del Cañico, bien humilde, que no da agua para un caño normal. Al lado, entre los Huertos y el Canal de Macías Picavea, vemos la fuente de la Tierra, de impresionante fábrica en piedra. Y ya cerca del lugar de la batalla, la fuente de Valdepreña, de buen pilón y recién restaurada. Más allá, la fuente de la Cañuela; también restaurada.

Donde los riosecanos dicen el Páramo descubriremos la fuente de San Buenaventura, que incluye un pináculo en recuerdo de la batalla del Moclín. En este lugar, hoy repleto de jóvenes olivos se dispuso el ejército francés para dar la batalla españoles –que venían de Rioseco- y a franceses, procedentes de Palacios. Goza de buenas vistas hacia el Sur y Oeste.

En dirección al páramo de los Torozos vemos en medio de una tierra de labor –frente al matadero- quedan todavía los restos de varias arcas o aljibes de donde se sacaba agua para que abrevaran los ganados. Al empezar a subir la cuesta hacia Valdescopezo nos encontraremos, antes de llegar, con una espléndida fuente, también de arca que todavía da agua. Y junto a las ruinas de Valdescopezo, la fuente Samaritana, de agua buena y abundante que otrora regara la huerta de los franciscanos.

Corrales, fuentes, palomares

24 febrero, 2012

El subtitulo de esta excursión podía ser El día de la lechuza, por la gran cantidad de lechuzas campestres (Asio flammeus) que encontramos. Son aves grandes, de largas y delgadas alas, por la forma de volar recuerdan un aguilucho,  pasan el día posadas en el suelo e invernan en estas tierras.

Desde Valdenebro, dejada la fuente Valbuena y nada más subir al páramo encontramos los restos, muy  llamativos, de unos enormes corrales de tapias desmochadas. Pero mas que de tapias o cercas podríamos hablar de verdaderas murallas, pues su grosor alcanzaba el metro y medio, al exterior la piedra estaba perfectamente colocada, y la extensión total de dicha cerca es, aproximadamente, de ¡2 km de largo!, formando un triángulo irregular sobre el canto del páramo. En el centro del corral  vemos los restos de lo que pudo ser una gran cabaña y un amplio círculo de piedras enterradas que rodea lo que podría haber sido una charca o bebedero. Todo muy extraño, pues es la primera vez que nos encontramos con algo de estas proporciones en los páramos de la provincia.

Junto a la muralla, hileras de almendros hacen el lugar mas vistoso y agradable, si cabe. Hicimos el propósito de volver dentro de unas semanas, cuando florezcan estos árboles. Además, aprovecharemos para preguntar a los valdenebresenses la utilidad o finalidad de este gran corral, aunque suponemos que sería algún tipo de prado comunal para ovejas y tal vez otros ganados. Y también pasearemos por otro saliente del páramo, unos centenares de metros más al noreste, donde los corrales parecían calles con almendros destinadas al cultivo.

También pudimos ver, ya desde el camino que nos alejaba de este lugar, un chozo de pastor. Por supuesto, las vistas al valle de Valdenebro también eran espectaculares.

Siguiendo desde el páramo la forma del valle del arroyo del Caballo y gozando de luminosas vistas, visitamos la fuente de la Empedrada, para luego acercarnos a Palacios de Campos donde nos detuvimos para ver diferentes palomares –unos reconstruidos, otros en ruina-, un chozo de era con su pozo, diversas casetas de era, la charca del pueblo, la fuente del camino de Belmonte y el humilladero.

Luego, la subida al Moclín, que da nombre a la famosa batalla en la que españoles e ingleses fueron derrotados por los franceses. A campo traviesa –sin problemas, desde el pico del Moclín fue cuesta abajo- llegamos al camino de la fuente de la Cañuela en la que nos refrescamos, pues ya empieza a hacer calor.  Siguiendo la cuesta abajo por un excelente camino, acabamos en la fuente de la Loba, totalmente perdida en una alameda en medio de campos de labor, no lejos del río Sequillo. Parada y fonda.

Y ya que estábamos de fuentes, nos acercamos a la del Cañico, junto al cementerio de Medina de Rioseco. Muy cerca sale el camino de la fuente de la Tierra, y allá fuimos. Debió de quedarse aislada al construirse el canal de Macías Picavea –que ahora, por cierto, va enterrado- y la vemos cubierta de maleza. Pero tiene agua y un excepcional frontal de piedra de sillería que cierra una gran arca.

Otro descansillo en Medina de Rioseco y tomamos la carretera general para ver las arcas –contabilizamos cuatro- o aljibes que hay frente al matadero, en medio de un sembrado. A pesar de la fortaleza de la bóveda de piedra que las cubre, están medio derruidas, y ya sin agua. Debió ser esto un monte o prado y gracias a las arcas podía abrevar el ganado.

Un camino nos acercó a Valdenebro, pero antes de llegar bebimos del agua de la fuente de tres caños (también tiene amplio abrevadero y pilón para lavar) para acertar con la pequeña cuesta –a un lado y a otro palomares- de entrada al pueblo.

Otoño en el Canal

21 octubre, 2008

El domingo pasado nos dimos una vuelta por Medina de Rioseco. Bajamos por la parva del río Sequillo hasta Villanueva de San Mancio y de ahí fuimos hasta la Sexta, para volver por el camino de sirga. Poco se puede decir del Sequillo -aunque tiene algún agradable soto y un puente con los soportes doblados- y mucho del canal, a pesar de que éste es natural y aquel artificial.

El aire estaba muy limpio y la luz se reflejaba en los campos con una fuerza especial, con particular claridad. Era la luz del otoño. Además, las hojas secas mullían la parva del canal y las ruedas de las bicis producían un peculiar murmullo. Los tapaculos llenaban los rosales silvestres de un bermellón intenso. Las zarzas ofrecían sus moras. Las ranas, asustadas, se tiraban al agua a nuestro paso: las molestamos en uno de sus últimos días soleados antes de que se retiraran a invernar… Y los árboles ¡qué altos! se desnudaban nada más vestirse de amarillo.

Era –es- el otoño. Aunque la estación se resistía a manifestarse del todo, pues el calor y las moscas nos hicieron el paseo un poco menos agradable.

No hay que perderse estos días tan llenos de luz que sacan todo su color y hasta el brillo a estos campos nuestros, con frecuencia grises y siempre sobrios.

El canal se encontraba cortejado por sus chopos y álamos blancos: se les veía inclinados y con sus hojas como queriéndole arropar… ¿para conservar el calor de sus aguas?

Pronto empezará la lluvia y, con ella, otro fruto del otoño: las setas.

Por cierto, la Sexta ya tiene su esclusa operativa.