Tempus edax rerum

O, lo que es lo mismo, el tiempo devora todas las cosas, según nos dejó escrito el poeta romano Ovidio. Es la idea que teníamos en la cabeza al pedalear por la línea del Duero y del Valladolid-Ariza en la raya de Burgos y Soria. Las cosas humanas las devora casi instantáneamente (al  brillar un relámpago nacemos/ y aún dura su fulgor cuando morimos, que dijo Bécquer)  y  en las naturales tarda un poco más, pero todas acaban cayendo. Es triste pero, mientras duró, fue hermoso.

I Valladolid-Ariza

En Vadocondes la línea de Ariza salta el Duero. Es curioso, pero el puente en nada se diferencia de nuestro conocido puente de Hierro entre Tudela y Herrera. Después seguimos entre la línea férrea y el Duero hacia el este. ¡Qué pena comprobar que muchos raíles se los han llevado, que las traviesas están muertas, que los palones están tirados o levantados pero desnudos y maltrechos! ¡¿Y por aquí pasamos algunos con destino a Almazán, Zaragoza o Barcelona?! Hoy la maleza se mete por el espacio que ocupara el tren y las encinas y robles crecen en medio de la vía. Menos mal que un estrecho sendero se abre paso en el mismo firme del ferrocarril. Desde él vemos la ladera del monte al norte y los embalses del Duero al sur. Porque esa es otra, al Duero le han quitado su murmullo y lo han convertido en una serie de embalses y ya ni se mueve ni habla ¿estará, si no muerto, enfermo?

En Zuzones la vía pasa como por una rendija entre el pueblo, arriba, y el Duero, abajo. Aquí sigue vivo, con preciosas alamedas, prados y fuentes. Y con una corriente vida.

Y llegamos a Langa, donde han hecho revivir, entre gigantes de piedra, la torre fortaleza. Y parece que el puente lo están arreglando, para que el Duero fluya contento.

Pero los restos de la vía terminarán perdidos por completo. Según Lucano, etiam ruinae periere,  hasta las ruinas acabarán por desaparecer. Así es el tiempo de glotón.

II El molino de Abajo, del arroyo Valdanzo

Aquí el tiempo quedó detenido en un instante determinado. ¿Qué pasó? ¿Por qué no volvió el molinero?

Entre zarzas y fango, el molino se ha defendido dignamente. Y, de hecho, nos jugamos la vida –bueno, nos arriesgamos a una buena mojadura- para cruzar el arroyo y contemplar, más de cerca, el molino. La puerta estaba abierta. Colgando, botas de vino, colleras, una manta de lana, utensilios varios; en la ventana una maceta y un botijo ¡y adornos de Navidad; y en el molino propiamente dicho, cedazos, piedras, la cabria; poleas, cernedores y correas en el piso de arriba…  Sobre una puerta clavada, lo que parecían instrucciones sobre la piedra de molino, que en realidad eran imprecaciones en latín: Vade Retro Sathana / Nunquam Suadeas Mihi Vana/ Sunt Mala Quae Libas…

Aquí está todo tal como lo dejó el molinero no se sabe cuándo. A Dios gracias los vándalos no han llegado a este punto. Ventajas que tiene Soria. No obstante, el tiempo puede dar su terrible zarpazo en cualquier momento.

III Virgen del Monte

Perdida en el robledal, escondida en una enorme hendidura de la roca que es el final de un valle, descubrimos la ermita de la Virgen del Monte. Una joya que se mantiene hoy (casi) como ayer. Una ermita rupestre con una oquedad para refugio de pastores. Un lugar que (todavía) existe. Parece como si aquí el tiempo no tuviera hambre. La talla original no está (lógicamente) pero se puede entrar: un altar y una litografía de la Virgen invitan a rezar en un lugar adecuado para ello, pues está olvidado del mundo, protegido de las prisas, olvidado de la modernidad. Desde luego, hay que proponérselo seriamente para llegar a él (Nosotros, además, lo hicimos por el camino del Cid). Y nos jugamos la vida para volver, por un estrecho y empinado sendero que baja en directo hacia el valle del Duero.

Tampoco faltó aquí el latín y, en este caso, pudimos leer una cita bíblica a los pies de la Virgen: Inimicitias ponam inter te et mulierem ipsa conteret caput tuum.

Esta ermita se pierde en la noche de los tiempos, aunque parece que se documenta hacia el siglo XIII. Después, la cuidaron y protegieron los monjes de la Vid. Hoy la mantiene su cofradía de la Inmaculada Concepción del Monte.

Esperemos que el tiempo siga tardando en devorarla. Como tarda en devorar al latín, pues parece que hodie lingua latina non mortua est.

Aquí dejo el recorrido, según Durius Aquae. (¡Anda, en latín)

Réquiem por un molino harinero

La historia de nuestros pueblos a veces aparece escrita y a veces queda sólo en la memoria de sus gentes mientras estas gentes viven. Por eso, llega un momento en que la historia, o parte de la historia, se disuelve y desaparece para siempre. Es el caso de tantas construcciones populares, que sirvieron para un fin y hoy se han esfumado: todo va perdiéndose como succionado por un gran agujero negro. Otros hablan de despoblación. Pero viene a ser lo mismo, el río del olvido, que no para ni conoce estío, sólo ejarbes, acaba arrastrándolo todo.

Así, hemos asistido, impotentes, a la desaparición definitiva de muchos molinos harineros en nuestra provincia. En este caso, se trata del adiós definitivo y total al molino de los Álamos, que estaba en Arrabal de Portillo, sobre el arroyo de Santa María, camino de La Pedraja.

Una de las últimas veces que nos paramos junto a él, escribíamos:

                No es la primera vez que por aquí pasamos, pero siempre es agradable acercarse a un molino de agua: son lugares que tuvieron mucha vida, y no sólo por el agua. También por el trabajo que desarrollaba el molinero. Hoy son sitios románticos y tranquilos en los que la hiedra y las malas hierbas van comiéndose poco a poco lo que queda, que nunca es mucho. Veremos la balsa, de forma redondeada, el lugar de la molienda, restos de maquinaria, las salidas de agua, enmarcadas por arcos de ladrillo protegidos por barrotes y, claro, el agua que todavía sigue cantando a su paso, y los álamos, que dan nombre al ingenio.

 

Hoy ya no queda nada de nada. La casa del molino, la balsa, el cárcavo y los restos de la maquinaria, todo ha sido arrasado; ¡incluso los enormes álamos que bautizaban el lugar han sido talados! Hoy veremos un campo enrasado, solo quedan restos de piedra y cerámica en la tierra de labor y los tocones de los árboles como testigos de lo que un día fue este lugar. Pero también están llamados a desaparecer. Menos mal que el arroyo y el caz todavía llevan agua, aunque ya sin peces ni cangrejos. Sólo dos puentecillos sobre el caz y socaz señalan el lugar.

En 1930 un nomenclátor de localidades de España señalaba este molino harinero como un lugar en el que había dos viviendas y tres edificios más destinados a otros usos, todo de dos plantas, y contaba con ¡21 habitantes!

Hace años quedó despoblado. Hoy, todo aniquilado sin piedad. Y seguirá el abandono de estas tierras como en aquellos tiempos medievales, cuando el Duero era un desierto. Más de 400 ingenios molieron en nuestra provincia…

(Las fotos son de 2009)

 

Un molino de viento en Villafrechós

En esta excursión nos hemos acercado, por primera vez, a uno de los molinos de Villafrechós, el que está al sudeste, cerca de la carretera de Morales. Villafrechós es relativamente importante, muy cerealista, sin corriente de agua que aprovechar para moler el trigo, de manera que se optó por instalar uno de viento sobre una loma cercana, a medio  kilómetro de la villa. Y ahí están los restos: una torre cilíndrica de siete metros de altura, construida en piedra caliza o arenisca, con dos puertas y una serie de huecos que fueron utilizados para alojar el ingenio de molinería. También se vislumbran las diferentes plantas del molino. Desgraciadamente se ha caído una parte del muro. Da la impresión de ser una torre defensiva, pero el interior no miente, ni tampoco el topónimo del pago: el Molino.

El molino

Nos recuerda a los restos del molino de Castromembibre. Por nuestra parte sólo diremos que hay muchas construcciones populares en nuestra provincia, incluso muchos palacios, iglesias y castillos… pero muy pocos molinos de viento, y éstos, a punto de desaparecer. ¿No merece la pena conservar este patrimonio? Mañana será tarde.

Al llegar a casa comprobamos que en esta misma localidad existen o existieron los restos de otro molino, el denominado Molino Blanco. En otra excursión veremos si queda algo.

Así estaba Campos

Pero no acaba aquí todo lo que descubrimos en el término de Villafrechós, pues pasamos también por la Casa de Pedriquín, que está a unos dos kilómetros hacia el este, en el antiguo camino de Villaesper. En ruinas, por supuesto, es la típica vivienda aislada en Tierra de Campos, de tapial y adobe. Debió de rezumar trabajo, movimiento y, en definitiva, vida, que es lo que falta ahora en estos tiempos de despoblación. Posee un gran patio central, de forma rectangular, con sus establos, corrales, pozo, abrevaderos, todo dispuesto para servir a una clara finalidad agrícola y ganadera. En uno de los lados se levanta la vivienda propiamente dicha –hasta balconada tuvo- y el granero, de buenas proporciones… Imposible pasar al patio, repleto de cardos; a otras dependencias se puede entrar con bastante dificultad debido a los escombros. Por cierto, entre las vigas del granero puede verse un nido de un ave de medidas próximas a las de una cigüeña. En el campo cercano, cereal y almendros; no pudimos probar los perucos que hace años hacían las delicias de los chavales de Villa Eulalia y otros caseríos próximos.

La casa de Pedriquín

También causa pena verlo todo tan destruido, tan abandonado, tan carente de vida. Tal vez mañana querremos disponer de la típica vivienda aislada en Tierra de Campos, pero será tarde.

Otras ruinas más recientes -¡qué pena tanto escombro!- por las que cruzamos fueron las antiguas escuelas, construidas ayer mismo,  durante la República, en el lugar donde se levantó el antiguo castillo. Las esculturas de un niño –con un libro en las manos- y de una niña –con un cordero en el regazo- señalarían las entradas para unos y otras en un tiempo en el que se enseñaba quién era Cervantes y desconocían la ciencia de la sexualidad (que en la naturaleza era tan fácil de aprender como la vida misma); hoy, por el contrario, los jóvenes son expertos -¡por fin!- en sexualidad (si bien  son incapaces de repoblar) pero no saben quién escribió el Quijote. Pero no sigo por esta vereda.

Parte exterior del granero

Pudimos ver igualmente un bonito arco carpanel precisamente en la calle del Arco. Rodeamos el convento de clarisas ¡qué murallas de tapial! y vimos, entre morales, la iglesia de san Cristóbal con su torre mudéjar. No sé por qué, pero creo que Villafrechós y su término se merecen una visita sólo para ellos. ¡Y eso que no probamos las garrapiñadas…!

Por un campo segado entre almendros

Vuelvo al principio de la excursión. Salimos de Medina de Rioseco por la cañada leonesa para tomar la de Aguilar de Campos. Pudimos contemplar los curiosos tesos que resistieron el empuje de las aguas quedando desgajados de lo que hoy es páramo de Torozos. De nombres más o menos sugerentes: Carrecastro, la Mosca, el Bosque, los Aguadillos, las Parvas… Rodeamos la laguna de Hoyongil para entrar en Palazuelo de Vedija cruzando el firme del antiguo trenecillo de vía estrecha.

Aquí tomamos el camino ondulado de las Viñas por el que –levantando algunas avutardas- llegamos a Villafrechós, donde ya hemos contado lo que vimos.

Pero seguiremos en la siguiente entrada…  Aquí puede verse el trayecto.

Robles desnudos y un molino al que se le arrebató su río

Ya vimos algunos robles en la última entrada, pero nos han atraído de nuevo, pues tienen algo de mágico y misterioso…

Si paseamos estos días por el monte de las Liebres, en Valdenebro, veremos que estos árboles parecen observarnos o, al menos, trasmitirnos cierta inquietud, algo distinto de lo que nos trasmiten otros árboles como los pinos o los chopos, que son como mas amables y serenos. Los quejigos son distintos y además, vistos ahora, desnudos, no hay dos iguales.

Todos tienen una corteza parda, de color grisáceo, con abundantes manchas anaranjadas que brillan elegantes al sol, producidas por un liquen. Si bien los troncos son fuertes y erectos, las ramas con frecuencia surgen en las direcciones más variadas e insólitas, se retuercen y a la la vez que se dividen y multiplican, van afinándose hasta desaparecer. Los nudos, de los que a veces surgen varias ramas a la vez contribuyen a darle ese aspecto de árbol viejo. Conforme pedaleamos por el camino viejo de Valdenebro a Valladolid, los robles nos van saludando a la par que nosotros nos vamos asombrando de sus correspondientes figuras, por lo ya dicho. Unos son más esbeltos, otro más corpulentos; otros nudosos y retorcidos mientras que los hay ligeros u con casi todas las ramas hacia arriba; unos viejos, otros más jóvenes; la mayoría han perdido todas las hojas, pero alguno todavía no las ha tirado… Parece un bosque un tanto lúgubre y tenebroso, a pesar de que el sol brilla en lo alto. Además, el suelo está de un amarillo mortecino.

Al final, el camino se abre a la luz casi cegadora y surge, abajo y al fondo, entre sembrados, la silueta de la iglesia de Valdenebro recortada sobre el Moclín. El camino también acaba aquí, cortado secamente por la carretera.

Volvimos hacia atrás, para seguir disfrutando de este bosque donde es difícil cansarse o aburrirse, así que de nuevo disfrutamos de otros viejos robles, de un pozo en un claro, de los linderos, de la piedra caliza de los caminos a flor de piel, de la piel del suelo y… nos alejamos por la carretera de Villalba, girando hacia Montealegre, hasta tomar el viejo camino de La Mudarra, bien protegido en la última parte por muretes de piedra y almendros. De vez en cuando, las ruinas de alguna caseta de antiguos viñedos.

Hasta que al fondo se abrió, el impresionante castillo de Montealgre, recortado por el cielo de Tierra de Campos. Rodeamos el cotarro donde se asienta el pueblo y nos acercamos a refrescarnos en la fuente Lluviel, manantial más bien.

Bodegas, cruces, palomares. Un poquito más y hubiéramos llegado a la ermita de la Virgen de Serosas, al fondo, pero nos fuimos, casi con el río, hacia el norte. Viendo en un mapa viejo el lugar donde trabajó el molino de la Serna, nos acercamos. Allí estaba, si bien sólo quedaba un trozo de pared en pie y un montón de piedras. Y una hermosa vista de Montealegre con su castillo e iglesias. Por aquí pasó el río Anguijón. Se nota porque la cebada crece más verde y alta, a lo largo como de un sinuoso reguero. Ahora se han llevado el río para convertirlo en un cauce rectilíneo. Cosas de los modernos ingenieros.

Un poco más y llegamos a Meneses, donde nos esperaban a la hora de comer con una paella y buen vino.

El trayecto –aquí lo tenéis- lo iniciamos en La Mudarra. Al poco de salir del mismo, nos encontramos con una buena cantera que explota la capa de caliza que hay en el páramo a ras de suelo. Y enseguida pasamos por un pinar en el que se levantaban, bien enhiestos, algunos cipreses. El pinar sigue avanzando sobre el monte de robles; en Las Liebres hay abundantes plantaciones de pimpollos, además de pinares creciditos.

Montealegre desde los restos del molino

Las piedras del Valcorba

Como no podía ser de otra manera, las piedras que encontramos en su valle y cercanías son calizas. Corrales, casas, molinos, acequias, fuentes… todo se construye con ese material. Los ladrillos son de ayer y el adobe casi no se conoce. Por eso, en Traspinedo, al empezar la excursión visitamos su hermosa fuente con amplio lavadero construidos ambos con esa piedra, al igual que el molino, cuyos restos se levantan al lado. Y, entre ambas construcciones, una pequeña laguna. Un lugar con encanto, uno de tantos.

Fuente en Traspinedo

Hasta el arroyo del molino -que en realidad es artificial, o sea, una acequia o caz y luego un socaz después de trabajar en la molienda- posee un precioso puentecillo de piedra con tres arcos, tan humilde -y tan fuerte- que no levanta dos dedos el camino al que da servicio. Siguiendo el arroyo dimos con otro molino, este ya en Santibáñez. Después, siguiendo el cauce del Valcorba dimos con otra fuente, de hermosa arca, en la que nace una reguera que se dirige a nuestro arroyo principal.

Y desde allí comenzamos la subida al páramo. Subida que nada tiene que envidiar a una de auténtica montaña, con su sendero de herradura que nos introduce como en un bosque de robles, con el suelo alfombrado de sus pequeñas hojas amarillas. Termina junto a la fuente de los Rasillos, oculta entre la maleza, que hace no mucho manaba.

El rasillo del Portillano

Y, en el primer rasillo, vemos la casa del Portillano o del Monte. Fuertes muros de caliza aun se mantienen en pie, después de que cayeran las cubiertas. Resalta con fuerza en medio de un campo en el que no se ve otro vestigio humano. Avanzamos hasta tomar el camino de la Pared que parece conducir hacia la Pared del Castro, pero sin llegar a ella, pues está por medio el mismo valle del Valcorba. Hermoso y perdido lugar, en el que se alterna el monte de roble y encina con algunos rodales de cultivo y con linderos diseñados con estos árboles y sus matas.

El camino nos lleva hasta Montemayor; de allí a La Fraila rodando por un camino entre pinares y, por una carretera tan recta como poco transitada, nos presentamos en el pinar de las Cercas, donde buscamos una de las pocas -¿la única?- simas conocidas que hay en la provincia, hasta que la encontramos. Naturalmente, la boca -y el interior, al que no bajamos porque no llevabámos equipo- es de piedra caliza. Seguramente haya muchas más bajo esta roca, pero o no tienen entrada o esta se encuentra taponada. Justo en la misma boca crece una pequeña mata de enebro: tal vez dentro de unos años oculte la entrada o, por el contrario, sus raíces sirvan para descolgarse al interior sin necesidad de cuerda. Aprovechamos para descansar bajo el templado sol de un diciembre recién estrenado.

Descansando en la boca de la sima

Bajamos no sin antes parar un momento en la fuente de la Mora, que suelta un buen chorro, y en la cueva de al lado, donde queda el recuerdo de la Virgen de los Remedios, Patrona del Valle.

Y tomamos el arroyo aguas abajo. Una cruz y un molino nos señalan el camino y después varios corrales levantados en piedra seca nos acompañan entre altos pinos, encinas, robles, sabinas. El valle está tranquilo, el sol lo ha templado. El agua corre por sus cauces y se estanca en los charcos; los cuervos aprovechan para graznar y vuelan ratoneros, milanos y palomas.

Una ladera del valle

Llegamos al molino de los Álamos, que es un molino diferente pues nos da la impresión de que tenía dos ejes: el de la rueda motriz, horizontal como en las grandes aceñas, con sus paletas que movía el chorro agua y el de la rueda molinera, vertical. Al llegar a casa, pudimos comprobar en el libro de Molinos de García Tapica y Carricajo que así era efectivamente, y que precisamente en el Valcorba estaban los tres ejemplares de este tipo de molinos en la provincia. Por eso, el recinto donde se asentaba la maquinaria era especialmente amplio y diferente a los habituales. Pero es que, además, el edificio se completa con la casa del molinero, un corral-ruedo y una balsa que recogía agua para regar la huerta próxima, o al menos esa impresión daba. Todo en piedra caliza, naturalmente.

Fachada del molino

En fin, solo quedaba seguir rodando por el camino del valle. Al llegar a la carretera de Montemayor pasamos a la otra ribera y nos metimos en un diabólico arenal. A pesar de lo que había llovido en días anteriores, la arena estaba suelta y hubimos de hacer varios tramos tirando de la burra. Pero no importó: la tarde estaba cayendo y el sol en horizontal le sacaba los mejores colores a los habitantes del valle.

Tierras y pinares del valle

Al poco estábamos junto a la iglesia de Traspinedo y enseguida rodando por la calle mayor, con sus típicos y agradables soportales. El aire todavía portaba las esencias de los pinchos de lechazo asados con sarmiento, típicos de la comarca.

Aquí tenéis el trayecto según Durius Aquae.