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Entre el Valderaduey y el Cea, o entre el cielo y la tierra

29 abril, 2018

En Tierra de Campos, el cielo tiene tanta importancia como la tierra para fijar y completar el paisaje. En Torozos, donde se da una perfecta llanura, te acostumbras a tener el cielo encima como si fuera el interior de media cáscara de naranja. En Tierra de Pinares, los mismos pinos no te dejan fijarte lo debido en el cielo. Lo mismo ocurre en los valles, con las laderas o los árboles. En Medina estás más pendiente de pinarillos, motas, cañadas, lavajos, que te fijan la vista en la distancia corta, que de los espacios celestes, más distantes e incluso, en ocasiones, infinitos.

Cerca de Villalba de la Loma

En Tierra de Campos no sólo es que el cielo se refleja en la tierra, pues sus sombras y colores, e incluso el tono de sus aires, sino que -de una extraña manera- forma parte de ella. No vemos aquí campos llanos por ningún sitio. Son continuas ondulaciones, suaves colinas, pendientes ligeras, acompañados de algunos cerros desgastados por el tiempo, las aguas y los aires. Cuando haces una ruta por estos campos la tierra cambia constantemente y, por eso mismo, también el cielo. Siempre tienes la suficiente perspectiva como para contemplar grandes extensiones de tierra sin perder la referencia del cielo. En la excursión de hoy todo ello se puede apreciar de manera particular: salimos de Becilla en dirección al monte de Urones; pues bien, por momentos ves la torre de Becilla, o el pueblo entero, mientras en otros los dejas de ver; al llegar a la fuente Escontrilla se divisa, a sus pies, la localidad, encima el cielo y a los lados tierras pardas… son paisajes profundos que no se conciben sin la profundidad del cielo y el raudo cruzar de las nubes.

Casa del Monte de Urones

Más tarde, las nubes lo cubren todo y el cielo se convierte en una tupida mancha gris que, a su vez, convierte los campos en un lugar triste y oscuro… Luego, pasaremos por el teso del Cuerno o el cerro de la Máscara, en Villalba de la Loma, desde donde alcanzaremos a contemplar -de nuevo- casi una docena de pueblos con sus respectivos paisajes -al norte, la cordillera nevada- saturados de pequeños altozanos y suaves valles. Y como fondo, dando profundidad a todo, los aires, siempre cambiantes.

Fuente Escontrilla

En fin, describamos un poco el trayecto. La primera parte es una suave subida pasando por campos en los que nacen regueras. Cerca de una de ellas y a la vera del camino, la curiosa fuente Escontrilla que, por su aspecto, nos recuerda una una tumba, eso sí, alegre y luminosa. Después rodeamos la casa del Monte de Urones. Lo del monte es un topónimo sin mayor significado, pues de lo que seguramente fue un extenso monte, no queda mas que una docena de carrascas.

Como esta casa está en lo más alto, comenzamos a bajar hacia el Cea. Hasta que el camino tomado se pierde y nos deja frente a un campo de cereal. Un poco más abajo hay un manantial que echa abundante agua por una tubería de riego y luego una pequeña laguna. Después, una pinar para salir a la carretera y llegar a Mayorga.

En la cañada

Cruzado el Cea, nos vamos derechos por la cañada real leonesa hacia el molino que está junto a la ermita de San Vicente. Pues ni ermita ni molino, que todo está vallado en propiedad privada. De manera que no queda sino seguir adelante. La verdad es que la cañada está preciosa: es una ancha y verde alfombra que se dirige hacia el norte entre campos de labor. De vez en cuando, algunas lagunas la adornan y diversos arroyos que se dirigen a desembocar en el río la atraviesan. Sólo hay un pero: que desde Mayorga hasta el arroyo de Valdelamuza -2,5 km- está llena de basura y escombros; una pena, vamos, ¡con lo fácil que sería no tirarlos aquí! Por mucho Rollo, primer buzón de correos y Museo del Pan, si luego no somos capaces de no echar basura en la cañada…

Por Castroponce

En Valdelamata, después de cruzarnos con un rebaño de churras, enfilamos hacia Saélices. Vamos con la idea de ver el molino que aprovecha la fuerza del Cea, y lo vimos, pero en ruina total. Hace 25 años todavía se encontraba visitable, con sus seis cárcavos, piedras e ingenios intactos. Ahora ya no queda casi nada, y lo poco que queda se caerá en breve.

De manera que, con el corazón en un puño por tanta desolación, pusimos rumbo a Becilla donde termina esta excursión: allí, al menos, el puente que los romanos construyeron todavía sigue en pie a pesar de todo. Mientras, disfrutamos del paisaje desde la cresta que se levanta entre los valles del Cea y del Valderaduey, desde la que se nos presenta la inmensidad de esta Tierra.

Aquí he subido la ruta.

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Orillas del Cea

15 febrero, 2018

El río Cea nace en el término leonés y pastoril de Prioro y desemboca en el Esla por Castrogonzalo, ya en Zamora. Pasa por nuestra provincia lamiendo y delimitando la Tierra de Campos, de manera que mientras su orilla izquierda pertenece a esta Tierra, la derecha está fuera ya del ámbito terracampino y, si la orilla izquierda se asoma al río desde tesos, cerros y verdaderos acantilados de barro, la derecha es suave y se va elevando muy lentamente formado húmedas tierras de labor.

Los Melgares, Monasterio de Vega, Sahélices, Mayorga, Castrobol, y de nuevo Mayorga, son los términos vallisoletanos por los que atraviesa, más Roales, después de pasar por Gordoncillo y Valderas, de León. Esta vez hemos rodado por la orilla izquierda desde Castrobol hasta las cercanías de Valderas.

Santa Engracia, uno de los tres cerros de Castrobol. A la derecha asoma la torre de la iglesia

Castrobol se levanta sobre un teso que cae directamente al Cea. A su lado, otros dos tesos que también se asoman al río. Buen lugar para contemplar la extensa y llana ribera opuesta y, al fondo, las torres de Mayorga; más al fondo, la montaña leonesa, de donde nuestro Cea viene.

Almendros de la Granjilla

Antes de bajar a la ribera nos acercamos a la Granjilla, deshabitada y olvidada, pero no deja de ser otro de los muchos puntos elevados desde los que contemplar un amplio paisaje. Para no dar la vuelta, nos tiramos por la ladera hasta el río, que viene limpio y transparente. Los árboles –álamos, chopos y sauces- están desnudos. La excursión habría sido más atractiva en verano, con baño incluido, pero cualquier época es buena para rodar. Nos acercamos a la presa que desvía el agua para la acequia del molino que más tarde visitaremos.

La escarpada ribera nos puso a prueba… Pero no se resistió

Rodamos por un sendero que han trazado las motos pero, curiosamente, no tiene excesiva arena y se rueda bien. Eso sí, los badenes y olas son continuos, y con frecuencia pasamos entre ramajes sueltos en el suelo y las ramas aéreas que llegan a rozarnos. De vez en cuando, paramos para ver mejor las aguas sin apenas remansos del Cea.

Bajando hacia el Cea

Al llegar al puente que comunica la granja de Béxar con la orilla derecha, pasamos a ver el molino. Gran sorpresa, pues nos damos de bruces con el molino más grande y mejor conservado, al menos exteriormente, de la provincia. Aquí está, olvidado de todos, junto a la vereda que conducía los ganados a y de Zamora. Pero no es sólo un molino, son cuatro edificios unidos formando una fachada: una ermita en la esquina, dos casas –se supone que al menos una sería la del molinero- y el molino propiamente dicho, con sus anchos caz y socaz. Todo –al exterior- está bien  cuidado y conservado, retejada la cubierta, con ventanas relativamente nuevas. La puerta de la casa del molinero está custodiada por dos enormes piedras de moler, una de ellas, con piezas de cuarzo incrustadas. Los cinco arcos de ladrillo sobre los que se sostiene el edificio del molino, con sus correspondientes columnas, indican cinco piedras de moler. Sus dos pisos hablan, como en tantos otros, de las industrias accesorias movidas también por las aspas de los rodeznos. En fin, no sé la historia de esta Granja del Molino, pero seguro que en ella vivían bastantes familias, no como ahora que ciertamente se nota actividad agrícola y ganadera pero no parece que vivan muchas personas.

El molino

Pero volvemos a la orilla y seguimos por nuestro senderillo. Contra un tronco atravesado en el río vemos una balsa de las que se utilizaban hace años para cruzar los ríos dirigidas por cables. Si estuviéramos en verano nos habríamos montado con las bicis para seguir cómodamente río abajo…    Llegamos a una zona en la que no hay salida y subimos desde la orilla arrastrando la bici. Ahora rodamos un poco más alejados de la ribera entre subidas y bajadas hasta llegar a la zona de la Barraca donde tomamos un camino ya de los normales. Aquí hubo otro molino que hace años no encontramos.

Pinos

Seguimos río abajo y pasamos junto a tres fuentes: de la Mora, del Tío Barrenones y de Segis Riol. Estamos en el término de Gordoncillo y se ve que sus vecinos se han molestado por conservar sus fuentes en buenas condiciones; algunas tienen sombra bajo los árboles y todas cuentan con su nombre inscrito en el frontal. ¡Bien! Por otra parte, el paisaje es delicioso: la ribera al fondo, regatos que van al Cea, una empinada cuesta hacia el sur, campos de cultivo… Avanzamos un poco más por la Parva hasta que nos alejamos del río en dirección a Valderas.

Vemos de lejos el castillo pero no entramos en Valderas: la lluvia amenaza y ponemos rumbo en dirección a La Unión de Campos, de donde hemos salido.

Fuente de Valdefuentes

Antes pasamos por Valdefuentes, que será uno de los pocos pueblos que en España quedan sin asfaltar. Todo es barro, salvo la iglesia y la fuente. Ésta, preciosa, con una doble bóveda de ladrillo –al interior- y piedra –al exterior. Pero se hundirá y desaparecerá dentro de poco, pues parece que ya nadie la cuida. Lo mismo está ocurriendo, en estado más avanzado, con la iglesia y su torre, vaciada por dentro y cayéndose también por fuera; todavía muestra rasgos –arcos, puertas cegadas, señales de otras construcciones accesorias- de lo que fue el antiguo templo.

Interior de la torre

Ya de vuelta nos detuvimos unos instantes, a pesar de la lluvia, en el paraje de la fuente de Jano, con sus inmensos álamos abiertos que, desde luego, tienen varios cientos de años. Un paraje ideal para pasar una tarde de verano.

No hemos dicho nada del pico Urones -o más bien loma- por donde pasamos inmediatamente antes de llegar a Castrobol. Es otro de esos altos a los que merece la pena acercarse en Tierra de Campos por la inmensidad de campos, pueblo y paisajes que nos ofrecen. Naturalmente, se alcanzaba a divisar el teso del Rey y el de san Vicente, además del páramo de los Torozos, el ancho valle del Cea hacia León, y diversos pueblos. Del más cercano –Castrobol- sólo asomaba tímidamente la punta de la torre de la iglesia. Aprovechamos para sacar unas fotos subidos a la columna del vértice geodésico… ¡con la bici!

Aquí, el recorrido en Wikiloc, de 44 km, según Durius Aquae.

La fuente de Jano está bajo los árboles del fondo

El puente de Valles Miguel

20 febrero, 2017

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El día amenazaba lluvia; los generosos pronósticos nos ofrecían varios litros por metro cuadrado durante las horas en que íbamos a pedalear y nos habían metido el miedo en el cuerpo. Bueno, esto último es un decir, porque a media mañana ya estábamos rodando sin mayores preocupaciones, si bien esperando la lluvia. Pero lo que no previeron estos profetas modernos fue el fortísimo viento huracanado que soplaba del sureste. De manera que la ida –en contra del viento- fue un agónico zigzagueo en busca de pinares y arbolado que nos protegieran un poco del vendaval.  Nunca vimos tantos pinos chascados por el suelo; entre el temporal de hace unos días y el de esta noche, habían caído muchos de los árboles que se sostenían muertos y algunos que aún estaban vivos pero con raíces someras…

Cruzando el vado

Cruzando el vado

La sorpresa de esta excursión fue descubrir el viejo puente del molino de Valles Miguel, sobre el Adaja. Los mapas antiguos señalan este molino entre Calabazas y La Mejorada. Pero ahora la ribera de Adaja a su paso por nuestra provincia es una intrincada selva de árboles de todos los tamaños pegados unos a otros, lianas, yedras, arbustos y zarzas que se asientan sobre un suelo de arena arrastrada y amontonada por las riadas que, a su vez, sirve de lecho a una superficie de fusca hecha de ramas podridas y hojarasca sobre la que es fácil hundirse e incluso desaparecer. Ni que decir tiene que con muchísima dificultad se puede transitar –o reptar, diríamos mejor- en invierno, y que es imposible hacerlo en primavera o verano.

No queda mucho más del puente...

No queda mucho más del puente…

Con el  panorama descrito es compclicado encontrar nada, aunque sea un edificio, en este caso un molino. En otra ocasión, hace años, nos metimos por el mismo cauce del río –sólo arena y agua- pero fue avanzada la primavera y, por tanto, las hojas de los arbustos lo tapaban todo. Esta vez, en el sitio exacto señalado por el mapa pudimos encontrar los restos de un puente de piedra y ladrillo que aún conservaba al menos un ojo por el que pasan las aguas. Era pequeño y estrecho y hoy se encuentra un tanto hundido, pues el agua casi pasa por encima. Adecuado para el cruce de personas y pequeñas carretas, seguramente servía para dar servicio al molino, que no encontramos, y poco más. Si el molino quedó reducido a ruinas y éstas fueron cubiertas por la arena y la maleza, será necesario mucho esfuerzo para rescatarlo. Así que ahí lo dejamos descansar bajo arena y fusca: Sit tibi terra levis, que dirían los latinos. A pesar de que debió ser una industria importante, pues aquí confluyen ocho caminos de procedencias variadas: Calabazas, Hornillos, Moraleja, Pozaldez, La Mejorada, Alcazarén…

En la Gaceta de Madrid hemos encontrado un rastro, pues en 1821 se hacía referencia a él para subastarlo y contaba con dos piedras correderas y capacidad para una tercera, dos cuadras y un puente. Menos mal que queda el puente, arreglado por un fraile arquitecto de La Mejorada unos años antes, en 1756.

Trabajo del viento

Trabajo del viento

Otros hitos de la excursión que dejamos reseñados:

  • El paso por el vado de Lavanderas. Fácil, pues el agua discurre sobre una capa de cemento.
  • El rodeo que dimos a la muralla del antiguo zoo de Matapozuelos, hoy Aula de la Naturaleza. Temíamos que quedara un viejo león escondido, alimentándose de ciclistas, pero no vimos ningún animal salvaje. Por no haber, no hubo ni perros en toda la excursión, cosa fácil de comprender, pues esta vez no vino Óscar. La muralla acababa cerca del vado de las Cuevas. En otra ocasión las buscaremos.
  • No encontramos fieras, pero sí un rebaño de gansos domésticos que volaban como si no lo fueran.
  • Los tres puentes sobre el Adaja en Villalba, cada uno de una época distinta. El más simpático, como siempre, el más viejo. Conserva los pilares de piedra y un perfecto arco de medio punto, no creo que por mucho tiempo.

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  • Calabazas. Preciosa vista desde la orilla derecha, con un campo de labor deslizándose suavemente hacia el cauce del Adaja y, al fondo, el perfil de las laderas y cuestas de la Mula. Bajamos hasta el vado, sin cruzarlo, para descubrir el lugar de reposo de los calabaceños.
  • El caserío de la Morabia, que antaño estuvo habitado y hoy tiene un pequeño majuelo y una huerta en ciernes, dos casas y abundantes ruinas, para variar.
  • La Mejorada, que vimos de lejos, y los cuatro puentes sobre el Adaja entre Olmedo y Medina: dos para el ferrocarril y dos para la carretera (nosotros cruzamos por el viejo y elegante de piedra, ya cerrado al tráfico).
  • La casa de Salazar, en el Chepuco, entre Calabazas y Villalba, reducida a una pared con puerta y ventanas que dan al paisaje campestre por ambos lados, y una hermosa higuera que ahora crece libremente sobre otra ruina (para variar) que a ella se acoge.
  • Y diferentes pinares –siempre con alguna encina- que nos protegieron del viento. Algunos, con negrales y piñoneros de buen porte.
Puente viejo de Villalba

Puente viejo de Villalba

Poco más destacaremos, salvo que, a la vuelta, desapareció repentinamente el viejo camino de Arévalo a Valladolid por la orilla izquierda del Adaja, entre Calabazas y Villalba, y tuvimos que atravesar una tierra y un pinar hasta enlazar de nuevo con él. Es lo que tiene rodar por el campo con mapas antiguos (que son los que cuentan secretos, además de ser obras de arte), pues los modernos están para seguir las carreteras con gps.

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

 

 

Cortados y miradores en La Guareña

3 noviembre, 2016

mapa

El río Guareña bordea la provincia de Valladolid por el suroeste, creando un desnivel de aproximadamente 100 metros, razón por la cual podemos acceder a buenos miradores para contemplar el panorama hacia el oeste, a la vez que disfrutar de un paisaje casi vertical, poco abundante en nuestra provincia. Cierto que sólo uno de nuestros municipios –Torrecilla de la Orden- se mete en el río e incluso llega hasta 4 km más allá. Otros –Alaejos, Castronuño- se acercan a la divisoria de aguas.

Casa de Los Llanos

Casas de Los Llanos

Además, todo este terreno tiene otra peculiaridad: es el único, en nuestra provincia, que procede del Paleógeno, en concreto del Oligoceno. El resto es más moderno. Según los expertos, el cauce del río Trabancos señala una falla que separa ambos terrenos.

Esta vez vamos a dar un breve paseo –unos 10 km- andando, sin necesidad de tomar la bici. En primer lugar, subimos desde Castrillo de la Guareña por Valhondo, siguiendo el cauce –seco, claro- del arroyo de los Batanes. Ya en el páramo, nos acercamos a la Casas de los Llanos. ¡Y tan llanos, que al fondo, a 10 km, se ven las torres de Alaejos! Pero nos vamos al cerral, desde donde divisamos un amplio y profundo panorama de La Guareña: Cañizal, Castrillo, Vadillo, Fuentelapeña, Guarrate…  A pesar de que el río que da nombre a la comarca no lleva agua, son muchas y muy abultadas las alamedas que se aprovechan de la humedad del subsuelo y de la misma compañía gozan los arroyos que atraviesan este ancho dominio, de manera que el paisaje no muestra una excesiva aridez.

Desde Los Llanos

Desde Los Llanos

En fin, desde Los Llanos, el páramo desaparece casi cortado a pico, y podemos descubrir cómo son los grandes escalones que sujetan las laderas del valle: si bien predominan conglomerados cuarcíticos, en algún momento aparecen otras formaciones, más fuertes, que sostienen el conjunto de arena y piedras.

Tomamos un camino hacia el sur que, cruzando la autopista, nos acerca a la Zorrera. Es una zona con pequeños barrancos y abundante maleza, ideal para escondites de zorros y conejos. Continuamos en el término de Castrillo pero a muy pocos metros de la provincia de Valladolid.

El Pico

El Pico

Por fin, nos asomamos al pico de la Cuesta o del Molino o, simplemente, al Pico. Es un recio espolón que sale del páramo, baja unos metros, se vuelve a elevar, y se adentra hacia el oeste en el valle unos 300 metros, dejando como dos grandes circos a derecha e izquierda (o al norte y sur). Y la verdad es que parecen dos circos no sólo por la forma semicircular, sino también por los grandes escalones, que recuerdan graderíos. Lugar perfecto para un mirador, pues vigila tres puntos cardinales. Poco antes de llegar, habíamos visto, a casi 7 km, la torre y el caserío de Torrecilla.

Y de nuevo a disfrutar del paisaje. Aquí ya no vemos tantos pueblos no porque la vista sea menor, sino porque hay muchos menos. Seguimos contemplando Castrillo y Fuentelapeña, pero al sur se pierde la vista en el valle ilimitado y profundo –al fondo, la sierra de Ávila y Salamanca- y al oeste tenemos las cimas de la divisoria de aguas de la propia Guareña. El río se ve señalado por los bosquetes que le acompañan y por prados donde pasta ganado bravo.

Valle de La Guareña

Valle de La Guareña

Vemos con detalle las paredes que caen hacia el valle: son areniscas de diverso tipo y conglomerados; también aparecen estratos de caliza. Predominan los colores ocre, gris y amarillo, y forman paredes con artísticos entrantes y salientes que ya querría para sí un escultor moderno, a pesar de que son millones de años de trabajo atribuidos a personajes tan viejos y tradicionales como el agua, el viento y los cambios de temperatura.

Además, en el Pico se han encontrado restos de la Edad del Hierro y es que nuestros antepasados ¡sabían donde establecerse! Hoy vivimos de espaldas al Pico: por la contigua autovía pasan millones de personas y nadie se fija ya en este espolón en los escarpes de La Guareña…

Laderas

Laderas

Casi en la misma falda del Pico, en la raya provincial, encontramos el molino que, a su vez, llaman Molino del Pico. Asombra la capacidad de moler que tuvo: una profunda balsa con tres bocines y sus tajamares, una gran fábrica de dos plantas al menos, establos, otras dependencias, un palomar cerca…y ahora, ¡ni corre el agua por el río! ¿Por qué nos portamos tan mal con nuestros ríos, que más que corrientes de agua fueron –son- corrientes de vida? En fin, es una cuestión para pensar. Ahora, varios municipios han dicho que ya está bien de dejar seco el Cega en verano. ¿Por qué no un política integral sobre las aguas?

Vista del molino

Vista del molino

Aquí lo dejamos. En excursiones anteriores por La Guareña hemos pasado por otros cortados, como los de Villabuena del Puente –aguas abajo- o los del Molino Nuevo o la Calderona, aguas arriba. Ninguno nos ha defraudado.

15-octubre-102

 

La luz de Tierra de Campos

26 diciembre, 2011

(46 km aprox.)

Pocas cosas hay comparables a un día de diciembre soleado y sin viento perceptible en Tierra de Campos, después de una helada nocturna, con niebla en el páramo próximo y con algunas nubes pequeñas y grises –fueron niebla en la noche- que se deshacen muy lentamente por la débil fuerza del sol de finales de otoño.

La claridad traspasa el aire y saca todo el color al cereal verde, recién nacido, y a la tierra, roja en unos campos, parda en otros. Nunca fue tan vivo el blanco de la panza de las avutardas pero, a pesar de todo, los bandos de perdices se confundían perfectamente con la tierra.

O sea, que tuvimos un día excepcional para pasear en bici.

A la salida de Villagarcía, en la fachada de una descomunal fábrica de harinas se apoyaban cuatro grandes piedras molineras en perfecto orden. Detrás, la ribera del Sequillo.

El molino de las Cuatro Rayas –rayas de Urueña, Villagarcía, Villanueva y Villardefrades- mantiene también sus cuatro arcos de salida y sus tajamares de entrada, y poco más. Urueña nos vigila desde el páramo y el Sequillo, con abundante agua, se adorna ahora con hileras de álamos pelados y esqueléticos. Pero en la hierba brillan miles de gotas de rocío, una vez fundido el hielo.

Junto a la carretera, un tapial y una puerta de hierro en la que puede leerse Villalbín nos indica dónde estuvo este monasterio primero cisterciense, al final convento de franciscanos. Hasta el siglo XIX, claro.

Y ya, saliendo de Villanueva de los Caballeros donde visitamos palomares de diferentes formas, tamaños y estados, el campo se pone a ondear, cual mar, y nosotros subimos toboganes que luego nos bajan, y así sucesivamente. Mirando hacia Tordehumos, en una ola, la fuente del Casquete se resiste al olvido.

¿Sotámbano? Hay un vértice geodésico, pero no vemos ningún sótano, ni bodega, ni cueva. ¿O tal vez aquí estuvo una salida de la comunicación subterránea del castillo de Villagarcía…? Lo cierto es que este lugar es una perfecta atalaya para contemplar el dilatado paisaje que se extiende alrededor. Pero sí hemos visto un sotámbano, dejada Villagarcía, al circular durante unos metros por el mismo cembo del Sequillo en un recodo del río.  (Otra de las acepciones de sotámbano, que no figura en el DRAE, es socavón causado por las aguas al arroñar las paredes o cauce de los ríos)

En Pozuelo de la Orden sí hay lagunas y pozuelos. Y una originalísima ermita de Santa Ana, legado de la Orden de San Juan de Jerusalén. Tiene un pórtico que la envuelve por completo. Y la iglesia en ruinas, donde vien las palomas.

¿Cabreros del Monte? No vimos cabras ni monte. Pero sin lugar a dudas que los hubo. Los restos del monte quedan al oeste: se ven enormes encinas solitarias salpicando el horizonte. Destacan perfectamente a varios kilómetros, oscuras, gracias a la luz de esta Tierra. Y al este se divisan Morales, Villagarcía y los cerros de Tordehumos. Esta Tierra también tuvo su historia, como lo demuestran los tratados de Tordehumos (1194) y de Cabreros (1206), que la repartieron entre Castilla y León. Dos molinos de viento -unos de piedra, otro de barro que luego fue palomar y ahora nada- hacen guardia a la entrada del pueblo. Cabreros, como Pozuelo, tiene sus lagunas con agua, si bien las que están en los campos ahora se encuentran secas.

De vuelta ya, ¡cómo resaltaban los almendros desnudos a la luz de la tarde, y cómo se recortaban los palomares en el horizonte! Al fondo, el páramo se elevaba poco a poco. Junto a los restos del castillo de Villagarcía, una vieja y olvidada fuente todavía alumbra agua mientras el sol se oculta y los charcos comienzan a helarse de nuevo.

Nota.- No todo fue tan poético. Los ciclistas almorzamos caldo calentito, tortilla de patatas, una hogaza de pan y una latilla de sardinas, todo regado con buen tinto y asentados en la hierba. ¡Ah! Y castañas de postre.

Entre el Jaramiel y el Esgueva (y3): Fuente el Olmo

1 julio, 2009

Camino de Villaco

¡Un poco largo nos ha salido este reportaje! Pero creemos que es interesante y con paisajes muy agradables para el viajero. Para tener a  mano el croquis, pincha aquí.

Entre el valle y el páramo

Salimos del barco de los Guardias y por los Lanchares, cruzado el prado pastoril, torcemos a la izquierda, hacia el Norte, para tomar el camino que acaba de nacer muy cerca de aquí, en los montes de Valdeherrera. Nos conducirá hasta Villaco.

Es otra ruta preciosa, llena de luz y de encanto. Son casi 6 km de navegación entre el valle y el páramo, pues aquí la falda de la paramera es suave, y forma como un segundo paramillo con valles tendidos y suaves ondulaciones en donde se puede cultivar la tierra. Hay que ir despacio para no perder detalle: a un lado el borde del páramo, con sus siluetas de árboles y las cañadas  que caen suavemente. Al otro, el valle del arroyo de San Juan y el pico de la Cuesta y, más de frente, se adivina el valle Esgueva. Y todo salpicado de zonas de pasto, y algunos pozos y fuentes más o menos próximas.

Pasamos por lugares como la Birlera, el arroyo del huerto Romero, bajo el barco de Valdeloberas que arriba tiene corrales y un chozo de pastor, las Peñuelas –donde mana una fuente entre peñas calizas-, el Hormigo –que también tuvo fuente, hoy cegada-, las Veguillas, hasta que después de ligereas subidas y bajadas…

Fuente el Olmo

¡Llegamos a otro sorprendente lugar: fuente el Olmo! (También conocido como la Fuentona)Ya desde el camino se deja ver abundante vegetación, propia de zonas húmedas, que delata la existencia de un hontanar. Nos desviamos por el camino que baja y vemos primero la fuente de los Baños, humilde pilón con un caño que gotea y a veces se seca.
Fuente el Olmo
Pero un poco más abajo se descubre un verdadero complejo de fuentes, arbolado, canalizaciones, estanques y abrevaderos. El agua sale abundante entre la piedra caliza, como en una cascada. Hay al menos tres caños y otras muchas  salidas de agua. No faltan mesas y sillas para sentarse y yantar mientras, bajo la sombra de los árboles, escuchamos el borbollar del agua. Curioso –y para nosotros- inesperado lugar. Si hubiera que hacer algún reparo se lo haríamos a las mesas: demasiado elegantes y complicadas para tan bucólico lugar. ¡Pero volveremos!

Reconfortados por tanta frescura seguimos camino hasta Villaco.  La bajada es fuerte y casi pasa desapercibido otro abrevadero. Podemos contemplar la mole de su iglesia encima de las casas y las simpáticas bodegas de la bajada. La vieja fuente del pueblo también tiene su encanto.

El valle Esgueva…

Volvemos a Piña vigilados por las estribaciones del páramo y el cauce del Esgueva, aquí todavía de aguas claras y frescas, pues hay pescadores de truchas. Los paisajes de este camino han pasado de la retina a la memoria y ahí seguirán por un tiempo, mientras nos movemos incluso por los altos e insulsos edificios de la ciudad.   ¡Y nosotros pensábamos que conocíamos toda la provincia…!
Valle Esgueva
Pero nos queda el epílogo, pues en Piña podríamos visitar las ruinas del molino que aún luchan contra el olvido, la maleza y los negrillos en el cauce viejo del Esgueva. Se levantan las paredes con las aberturas desnudas de ventanas y balcones, la balsa repleta de arbustos, y tres o cuatro piedras molineras tiradas entre los cascotes de lo que fue una potente fábrica que trasformaba el grano en harina.

…y cosas que ver en Villaco y en Piña de Esgueva

Villaco dependió hasta 1820 de Castroverde de Cerrato, siendo eximido en ese año el señorío del marqués de Aguilafuente, señor de la localidad. Destaca sobre el caserío la iglesia de San Sebastián, gótica del siglo XVI, de una sola nave dividida en cuatro tramos cubiertos cada uno de ellos con bóvedas de arista, mientras que la capilla mayor lo hace con bóveda de crucería con terceletes. A los pies se levanta una espadaña levantada en 1739.

Cerca se encuentra al ermita del Cristo del Humilladero, levantada en piedra con arco de medio punto de ingreso.

Dentro del núcleo urbano de Piña de Esgueva destacan en el caserío los edificios religiosos. La Iglesia de Nuestra Señora tiene dos naves, conservando el ábside semicircular de estilo románico del XIII apoyado en contrafuertes y ventanas decoradas con triple arquivolta. Vemos también los canecillos con decoración con cabezas de animales, piñas o liebres, así como los capiteles de la puerta de acceso al templo. En su interior contemplamos los retablos, uno de ellos del XVI con tallas de la Virgen, Cristo y San Juan de un imitador de Juan de Juni, mientras que el otro, también de finales del XVI, tiene pinturas San Juan Bautista, San Juan Evangelista, Santa Apolonia y Santa Lucía en el banco obra de Antonio Vázquez .

En la plaza, junto al Ayuntamiento de finales del siglo XIX se encuentra la Ermita de San Pedro, rescatada del olvido ahora utilizada como centro cultural, mientras que a las afueras está la Ermita del Cristo de la Buena Muerte.

El término municipal es pródigo en buenas excursiones y podríamos ver, entre otras muchas propuestas:

  • Los restos de una torre de la iglesia del despoblado de Mazariegos.
  • La casa del Monte, con magníficas vistas al valle Esgueva
  • Chozos de pastor en la ladera del páramo
  • El robledal de Valderrobledo
  • Los corrales del Raso y el comienzo del valle de San Pedro, junto a la cañada real burgalesa