Arlanzón: historia y vida

El Arlanzón es un río que nace en la sierra de la Demanda, pasa por Burgos y desemboca en el Arlanza cerca de Palenzuela, ya en el Cerrato. No es muy caudaloso, pero crea en sus orillas y riberas un bosque fresco de chopos, fresnos, álamos y sauces. Además –al menos donde lo hemos recorrido en esta excursión- recibe una multitud de ríos, arroyos y zanjas o esguevas que extienden este frescor mucho más allá de sus orillas. Y abundan las choperas y alamedas plantadas por la mano del hombre que contribuyen a desarrollar este oasis, lo cual es de notar –y de agradecer- en veranos como el que llevamos a cuestas, sudando lo lo que no está escrito.

Cerca de Villodrigo

Nosotros lo hemos rodado entre Torrepadierne y Villodrigo, partiendo desde éste último punto. Ya en Villodrigo nos topamos con restos, digamos, históricos y pudimos ver los de un puente sobre el Arlanzón y los de un molino de buenas dimensiones. Pero no era más que el aperitivo, pues pasamos nada menos que por un precioso puente romano –el de Santibáñez- casi escondido, al parecer sobre un antiguo ramal del río Cogollos.

Puente romano de Santibáñez

Vimos varias fábricas de harina. Tal vez la más impresionante por su increíble volumen en medio de la nada fue la de la Encarnación. Nos impresionó de manera particular el molino de Valverde-Mogina, al que accedimos tras una aventura cruzando el Arlanzón por su misma presa. Llenas de polvo y olvido estaban la cabria y sus lunas, las piedras con sus guardapolvos, los ejes, correas y toberas, y tantas cosas del molino y sus molineros… Incluso un trasmallo colgaba de la pared -¿cuántas docenas de años llevaría allí?- y un viejo tonel junto con otros útiles necesarios entonces para el sustento del molinero. Pero todo pasa en este mundo. En Pampliega, sin embargo, utilizan la presa del molino como piscina, nada mala.

Torrepadierne

Y pasamos por el castillo e iglesia de Torrepadierne; ésta ruinosa, aquél en muy buen estado. Nos dio la impresión de que esta comarca fue mucho más de lo que es hoy. Fue curioso, por ejemplo, atravesar el barrio de la estación de Villaquirán: tuvo estación activa, bares, tienda, talleres, pasaba la carretera de Irún al lado… hoy todo estaba cerrado y empezaba a parecer viejo y antiguo, lleno de polvo y tierra, como las fábricas de harina.

Cuérnago

Desde el otro punto de vista, o sea, si miramos el paisaje de la comarca, la cosa cambia. De entrada, al empezar a rodar íbamos en manga corta y pasamos frío, y es que las temperaturas del Arlanzón son bastante más bajas que las del Pisuerga o el Duero por Valladolid. Cruzamos ríos, arroyos, canales y acequias. Aunque no faltaron las rastrojeras, abundaron los cultivos de regadío como alfalfa, maíz o remolacha. También los perdidos verdes y otras zonas destinadas a pasto. Esto no es Tierra de Campos: por doquier ofrecían su frescor alamedas, hileras de sauces que seguían a los arroyos,  choperas, higueras, nogales y otros árboles frutales.

La Encarnación

En la ladera del páramo que sube por Torrepadierne, nos encontramos con un gran encinar cuyos ejemplares ofrecían un buen porte… Al fondo hacia el este se levantaba la sierra de la Demanda que parecía ofrecer sus aguas frescas y, al norte, la cordillera Cantábrica.

Y, si bien el Arlanzón no tiene un gran caudal, sí que forma meandros y cuérnagos que amplían su frescor. Y sus arroyos tributarios crean humedales y zonas pantanosas que también ayudan a suavizar los rigores estivales. Ya hemos citado el río Cogollos; ahora está seco, pero en otras fechas parece querer competir con el mismo Arlanzón.

Esto fue, a grandes rasgos, nuestro recorrido. Lo podéis ver sobre el mapa aquí.

Las frescas riberas del Carrión

Por los álamos de España
el viento lo repetía:
como el agua del Carrión
ningún río la tenía

M. García Velasco

Iba a ser el día más caluroso del año. Los termómetros subirían hasta 39 grados en Valladolid. Y nosotros teníamos que salir en bici y no queríamos pasar demasiado calor. ¿Qué hacer? Pues nos largamos a Villoldo, en plena ribera del río Carrión –al menos sus aguas vendrían fresquitas de Fuentes Carrionas, ¿no?- para dar una vuelta por aquellos frescos lares.

Entre Villoldo y Villalcázar

De sobra sabíamos que el río tiene un potente bosque de galería, que se ve engordado por las numerosas choperas que crecen en sus cercanías. Además, son abundantes los canales y acequias que riegan su vega, lo que también contribuye a hacer la temperatura agradable. Total, que salíamos muy de mañana y ¡con manga larga! (A este paso, no vamos a llegar a los 39 ni a los 30, pensé)

Crucero. San Mamés.

Visitamos Villalcázar de Sirga, San Mamés de Campos, Carrión de los Condes, Calzada y Torre de los Molinos, nos metimos en el agua para ver mejor molinos y atravesar vados, hicimos 5 km a la sombra de la ribera del Ucieza y alguno más junto al arroyo Izán… y la temperatura no se hizo en ningún momento sofocante. Y como tampoco subimos cuestas de importancia, pues el calor no acabó de aparecer. Tampoco hizo frío, conste. Al volver a Villoldo el termómetro había subido a los 30 grados.

Engranaje de compuerta molinera

En Valladolid, a media tarde, la temperatura debió llegar a los 36 grados. Un día de verano, o sea. Esperaremos a un nuevo pico u ola de calor.

En cualquier caso, esta ruta es muy recomendable para hacer en verano.

Aquí podéis ver el trayecto seguido y una descripción más detallada de la ruta en otro cuaderno de bitácora.

San Pedro de barro y piedra (Villalcázar)

Marundiel, Villalbarba, Cirajas, la Vega y Mota

(Viene de la entrada anterior)

Como todavía no estamos cansados, subimos a Cuestajendre, al otro lado de la carretera, que termina en una pequeña cima plana y tiene una altitud de unos 820 m, Y aquí, quedamos saciados de paisaje, si ello fuera posible. Estamos rodeados de motas y tesos, de páramos y valles. También distinguimos La Mota, San Cebrián y Tiedra. A nuestros pies, la fuente y el pozo de Vecillas, con su pradera y contados árboles… Al bajar, no comprobamos si tienen agua o no; hace unos años sí tenían. También distinguimos, lejanas, las alamedas que bajo las cuales se protegen las fuentes de Tiedra.

Los chopos señalan la fuente Vecilla

Enfilamos ahora, por la vega del arroyo Marundiel, la cañada del mismo nombre. Se rueda con dificultad, pues la hierba está crecida y el antiguo camino, sobre la cañada, ha desaparecido. Llega un momento en que la cañada también desaparece, comida por las tierras de labor. Pero vamos junto a los álamos del arroyo y, al otro lado, se levantan esculpidas en yeso las cuestas de Tiedra (si bien Tiedra está al otro lado, pero las cuestas están nominadas desde la Mota).

Cuestas de Tiedra

La cañada se pone peor y cuesta arriba. Casi no se puede rodar. Hacemos lo que podemos por rastrojeras –bien- y por tierras levantadas –muy mal- hasta que, con paciencia y cambiando de dirección, acabamos en la carretera que nos deja en Villalbarba, donde tomamos resuello. Y contemplamos palomares. Y puertas, traseras, fachadas y el puente de piedra; todos son verdaderas joyas de la arquitectura popular. Y la fuente del Pozo de la villa, muy parecida a la fuente del Caño, de Mota, ya de adorno también, puesto que el agua nos viene a través de una fuente conectada a la red.

Cárcavo del molino de Cirajas

Buscamos la otra orilla del río para subirlo por un camino con leves subidas y curvas, hasta que nos encontramos con el molino de Cirajas. Al principio dudamos si esta construcción que está al lado de una explotación agraria de buen tamaño es lo que queda del antiguo molino, pues parece que se ha usado como taller de maquinaria y se encuentra un tanto remozado al exterior, y cerrado. Tampoco quedan vestigios de la balsa o del caz. Hasta que, finalmente, descubrimos el arco de la cárcava. Cirajas, hoy despoblado, estuvo donde el caserío de la explotación y se le cita en el tratado de Fresno Lavandera -donde se señala la frontera de Castilla y León- como territorio castellano.

Regolfo

Atravesamos ahora, entre cuestas redondas y la vega, el pago de Villafeliz, que fue un término municipal hoy despoblado. Cruzamos el Bajoz para llegar al molino de la Vega. Sí, también es una ruina. Una bella ruina que mantiene una balsa asimétrica, la cárcava, si bien las paredes de caliza están en plena caída. Lo mejor es que podemos ver una piedra molinera, ejes, ruedas dentadas y… ¡un regolfo o tonel metálico bastante bien conservado! Gracias a él, se aprovechaba mejor la fuerza de las (pocas) aguas de estos ingenios en ríos de exiguo caudal. El molinero poseía también acequias o canales para regar las tierras próximas, protegidas por cercados de piedra que aún podemos contemplar, e incluso llegó a utilizarse como palomar. Otro precioso lugar perdido en los confines de Torozos –entre León y Castilla- que, hasta hoy, desconocíamos.

Finalmente, estamos de nuevo en Mota del Marqués. Cuenta con dos iglesias: arriba, en la cuesta y en ruina, la del Salvador, como protegida por el castillo; abajo, en estado regular pero en uso, la de San Martín. Pues bien, como estamos en tierra de fronteras, la de arriba perteneció a la diócesis de Palencia (Castilla) y la de abajo a la de Zamora (León).

Molino de la Vega

Por si fuera poco, también podemos visitar la ermita de la Virgen de Castellanos, imagen rodeada de leyenda, ya que Fernán González plantó aquí su pendón protector, bajo la advocación de esta Virgen, al salir vencedor en Simancas contra las tropas de Abderramán III. Lo que sí parece comprobado es que originalmente la iglesia levantada en este solar perteneció al monasterio de la Encomienda de la Orden de los Teutones. También podríamos hablar del humilladero del Cristo y su precioso crucero, de casas blasonadas, del palacio de los Ulloa, en fin, de todo lo que fue esta Mota y ya no será…

Dejamos Mota saludando a la Cruz de Hierro, como tantos motanos lo hicieran al tomar el camino de Tordesillas.

Manantiales y molinos que fueron en Mota del Marqués

Vamos a dar un paseo por los alrededores de Mota del Marqués, comarca llena de historia y de preciosos paisajes, que tiene mucho más pasado que presente, como iremos viendo. Pero eso significa también que, aun siendo un poco triste porque el pasado no volverá, es una comarca llena de contenidos y significados, ideal para acercarse a ella y conocer un poco, sólo un poco, de lo que antaño fuimos, de lo que fueron Castilla y León. Y lo cierto es que aquí sí podemos hablar propiamente, como también veremos, de Castilla y de León, pues nuestra Comunidad Autónoma no deja de ser un invento de ayer.

Cerca de la fuente de don Juan

Salimos de Mota por la vereda de las Carreteras de Palencia. Dejamos a un lado el castillo sobre su mota y al otro lado un campo de fútbol en el que se ha dejado crecer mala hierba. ¿Es que ni este deporte tiene por estos lares futuro? Hacia el sur, cuestas y colinas; hacia el norte, nos vamos acercando al páramo. Pasamos por donde estuvo una fuente de los Caños; mas tarde la vereda se introduce entre los pliegues del páramo, donde buscamos la fuente de Don Juan. Pero no vemos mas que los restos de una arqueta alta, de piedra en la base, de ladrillo el resto, que estuvo techada. Seca por completo. Sin embargo el paraje no puede ser más agradable, con abundantes juncos, arbustos y pinos en las cuestas.

Subimos hasta el vértice de los Almusinos para bajar de nuevo unos metros de ladera hasta el manantial de Valcavado que, igualmente, está seco. Al menos el paisaje que mira en dirección este merece la pena, deshaciéndose el páramo hacia Toro en las ya conocidas cuestas y colinas.

Los Almusinos

De nuevo avanzamos hasta donde manaba la fuente de Olmos. ¿Para qué seguir? Sí, también hay junqueras y majuelas pero no hay agua por ninguna parte. Una buena alameda nos separa de Adalia, a un tiro de piedra. Y cruzando el páramo de los Almusinos de sur a norte, bajamos, sin llegar a entrar, a San Cebrián de Mazote. Sólo una valla baja nos separa de buenas higueras y otros frutales.

Buscamos la fuente de las Cuatro Iguadas, con el resultado habitual. Nos consuelan las alamedas del Bajoz y sus altos y esbeltos chopos. El páramo nos muestra sus alturas, aquí casi verticales, al contrario que en la zona de Mota. Seguimos el río pero cruzamos por la senda de la Portilla, entre tesos, para bajar de nuevo al río por el prado de Villamor, convertido a estas alturas del siglo XXI en tierra de cultivo.

Chopos del Bajoz

Por aquí se levantó Villamor, hoy despoblado. Quedan restos de un molino: la balsa forma una extraña figura, como de jamón, para aprovechar mejor el terreno. Vemos el eje que trasmitía el movimiento a la piedra volandera clavado en la sala de trabajo y apareciendo en la cárcava. Ventanas y ventanucos de cuento de hadas. Basura -¡qué pena!- y matas de negrillo. Y, lo que es la vida: en el Boletín O. de la Provincia de 16 de diciembre de 2016 (hoy mismo, como quien dice) se publica una información sobre extinción del derecho de aprovechamiento de aguas del Bajoz para fuerza motriz, molino de Villamor, con un caudal máximo de 400 l/s a favor del Sr. Marqués de Viesca. Curioso, ¿no? ¿Hace cuantos siglos se paró el molino? ¡Cómo nos gusta a los hispanos el papeleo y la burocracia! Que esté en ruina y sea un basurero es lo de menos. O que el Bajoz esté seco, como está. [El último Marqués de la Mota fue el de Viescas; antes lo fue Rodrigo de Ulloa, Contador de los Reyes Católicos; antes de ser Marqués Rodrigo fue la Mota de Toro y antes Santibáñez de la Mota. O sea, la Mota no se ha movido y ahí sigue, impertérrita]

Ventanuco del molino

Pero no solamente queda el molino arruinado. También, en la otra orilla del río, vemos un corral, el corral de Villamor, que todavía hoy se utiliza, no para el ganado, si no para guardar tubos de riego y aperos agrícolas. Las jambas del portón de entrada superan el dintel y están rematadas con un adorno más o menos esférico soportado por sendos escudos. No deja de ser curioso. En el de la izquierda parece leerse AÑO DE 1897 y en el de la derecha, VILLAMOR, con otras letras que no distinguimos. Todo es posible en el campo castellano que aquí se nos ha abierto entre cerros y colinas.

Al fondo, un chopo que padece la sequía del Bajoz y el teso de Villamor, avanzadilla del páramo.

Chopo y teso

Os dejamos aquí, en wikiloc, el trayecto y continuaremos en la próxima entrada.

Navegando entre dos ríos

-Continuamos la entrada anterior-

El paseo discurrió entre continuos toboganes. Prácticamente no recorrimos ninguna llanura, de manera que mantuvimos en acción las pantorrillas. Y es que navegar por Tierra de Campos es como zambullirse en alta mar, donde la superficie del agua nunca es plana, sino que las olas te mecen arriba y abajo y tan pronto estas en lo más alto como en la parte más hundida de la superficie…

Fuentes romanas

La fuente (abajo) de la Virgen (arriba)

Nos llamaron la atención algunas fuentes de estilo romano. La primera cerca de Aguilar, bajo la ermita de la Virgen de las Fuentes, oculta entre una de esas alamedas que abundan en la comarca es precisamente el lugar donde la Virgen se apareció a un pastorcillo. Forma una bóveda de medio cañón, hoy cerrada por una verja para impedir que se tiren animales muertos, que se han arrojado en ocasiones. Además, en esta alameda hay otros manantiales cuyas aguas caen al cercano Ahogaborricos (claro, si se llama así, señal que por aquí se ahogaban otros animales…).

Fuente de Ciriaco

La otra fuente romana es la de Ciriaco, en el término de Ceinos. Engrosa las aguas de un arroyo de esos que, en Tierra de Campos, da vida a un praderío con hierba pero también con chopos y matorrales variados. Posee una bonita bóveda de roca arenisca, se ha limpiado hace poco con una pala mecánica que se ha llevado por delante alguna piedra de la bóveda o del conjunto. Pero, de momento, ahí está; más vale así. Desde esta fuente continuamos hacia Villalán y nos encontramos con la fuente de Lauto, que es realmente un pozo junto al arroyo del mismo nombre. Se encuentra en una ladera que domina la localidad.

La última fuente por la que pasamos esta vez fue la de Valdeposadas, muy cerca ya del teso del Rey. Se trata de un pozo, protegido por un arca relativamente moderna, de ladrillo hueco, que mana y da origen a un regato, en mitad de los campos. Al menos esta vez las tres fuentes tenían agua.

Palomar cerca de Villalán

Rollos y molinos

Los rollos jurisdiccionales se encuentran en Aguilar de Campos –imponente, no desmerece en nada al lado de la grandiosa iglesia mudéjar de San Andrés- y en la plaza de Bolaños. Esta localidad fue villa señorial, de hecho el Señor de Bembibre lo era igualmente de Bolaños, pero gracias a Gil y Carrasco se divulgó la fama del berciano.

También pudimos acercarnos a un molino de viento –en Aguilar, restaurado- si bien nos quedamos con las ganas de entrar para conocerlo también por dentro. Y otro molino –éste hidráulico y arruinado- en Bolaños, cuyas piedras se nutrían de las aguas desviadas del Valderaduey. Se encuentra en un bucólico lugar, junto a un prado y una alameda. Está construido en ladrillo y barro, con la balsa de piedra.

Restos de la balsa del molino, Bolaños

Tesos

La comarca de Tierra de Campos es amplísima, extendiéndose por las provincias de Palencia, Valladolid, León y Zamora. En su centro, ligeramente desviada hacia el oeste, se encuentra la zona que hemos recorrido en bici, modelada por los ríos Valderaduey y Ahogaborricos con sus respectivos arroyos tributarios. Esto hace del paisaje un continuo sucederse de colinas, vallejos, lomos y pequeños cerros y tesos. Los asentamientos humanos han buscado, desde los albores de la historia, lugares estratégicos de fácil defensa para establecerse. Por eso las poblaciones por las que hemos pasado gozaban de las altitudes más elevadas del territorio.

Teso del Castillo, Aguilar

Es el caso de Aguilar de Campos. El caserío, perfectamente ordenado, se extiende a los pies de un cerro en el que destaca, al norte, la joya mudéjar de San Andrés, y al sur, las casas-bodega que han venido siendo utilizadas hasta ayer mismo y que todavía hoy se habitan en ocasiones determinadas. En lo más alto hubo un castillo –hoy no quedan ni los restos- que se mantuvo activo al menos durante los primeros siglos de la Reconquista. Es un lugar perfecto para contemplar el paisaje terracampino hacia los cuatro puntos cardinales, si bien no goza de la misma altitud que el teso del Rey.

Lo que queda del «Palacio»

Algo parecido ocurre con Bolaños de Campos. En un altozano enclavado en el centro de la localidad se levantó una torre o castillo, allá por el siglo X. No queda ni rastro. Mucho más tarde se levantó otro castillo o, mejor, palacio –queda este topónimo- del que podemos contemplar tres arcos de ladrillo. Hacia el este vemos la torre de la iglesia y algunas casas, pero hacia el oeste contemplamos el valle del Valderaduey.

En Ceinos hubo igualmente castillo pero lo único que queda es ese nombre en una calle que discurre muy cerca del punto más elevado de la localidad, donde antaño se asentó. No muy lejos también se levantó un convento o monasterio de la Orden del Templo pero sólo vemos tres arcos del claustro devueltos no hace mucho desde el Museo de escultura de Valladolid.

Hacia Villalán

Villalán no está en un alto, pero la torre de su antigua iglesia dentro de poco será un mirador abierto al público.

Otros paisajes

Cruzamos los dos ríos de esta pequeña comarca que venían escasos de agua y casi tapados por las espadañas, feas y secas. Pasamos junto a lo que todavía queda del caserío de Pajares y también por el desaparecido caserío de las Rozas. Multitud de palomares ya se confunden con la tierra de la que salieron.

Parecen intimidados en tierra tan despejada…

Si las bajadas y subidas fueron continuas, el último tramo lo hicimos ¡cuesta abajo! por el firme del Tren Burra, que llega a Villamuriel donde, además de la estación que malamente queda en pie, hubo una fábrica de ladrillos que conserva una torre estrecha y alta que nos dio la bienvenida.

El Anguijón y sus molinos

Anguijón

El río Anguijón tiene poco más de 25 km, nace en Fuenteungrillo, o sea, en Fontes de Angriellos. Lo de anc– podría ser una raíz indoeuropea con significado de dobladura, así en anzuelo (y en anga, asa de vasija), y lo cierto es que nuestro río tiene forma de eso, de un anzuelo desde que nace hasta la punta, cuando desemboca en el Sequillo por Villanueva de San Mancio.

Antaño fue un río muy trabajador, sus aguas molían y molían. No hay más que comprobar cómo, en sus primeros 10 km se escalonaban nada menos que 9 molinos. O 14 más una fábrica de harina, según cuenta Madoz. ¿Hay quien lo iguale? No se sabe cuál sería la razón, pero simplemente con ver la inmensa llanura de Tierra de Campos, donde crece el cereal, y las pocas y amansadas corrientes de agua que la surcan, es suficiente para darse cuenta de lo bien que se aprovechaban los pocos ríos con pendiente que existían.

Cárcavo del molino de Marujillo
Cárcavo del molino de Marujillo

Esta vez daremos una vuelta exploradora, para descubrirlos qué restos de molinos quedan y cómo están a estas alturas de la película. También paseamos por el monte de Las Liebres y por Tierra de Campos, pero lo dejamos para la siguiente entrada.

Ya hemos dicho que nace en las Fuentes, donde se puede visitar el despoblado medieval de Fuenteungrillo, en parte restaurado. Allí veremos una laguna de color esmeralda y empezaremos el descenso –por llamarlo de alguna forma- del río. Poco más abajo veremos otra laguna menor. En las dos, y en los pozos que vemos entre ambas, viven peces y cangrejos. También descubriremos un curioso pozo-fuente cerca de la ladera derecha. A esta altura, el arroyo marcha abriéndose paso entre grandes losas de piedra caliza.

M. de Matallana
M. de Matallana

Y un aviso para navegantes. La mayoría del trayecto hasta el molino del Cubo discurre por prados y senderillos mal señalados. O ni por eso: a campo traviesa.

Pero vayamos a por los molinos.

De Marujillo.- Fue el primero que encontramos. No hubiéramos dado con él si llegamos a pasar unos días más tarde, pues se oculta en medio de una alameda salvaje cuyos árboles empiezan a echar hoja precisamente ahora. Se veían con dificultad unas ruinas y al acercarnos comprobamos que, efectivamente, era ¡el molino de Marujillo! La cosa pintaba mal, pues la alameda está protegida por un ancho cordón de zarzas y arbustos con espinas. Pero mal que bien, a gachas, soportando arañazos y pinchazos, llegamos a la ruinas. ¡Increíble que aun quede algo!: los álamos han derrumbado literalmente el edificio, y los troncos surgen por todas partes.

Inspeccionando el molino de Calixta
Inspeccionando el molino de Calixta

El único sitio que resiste bien, el más noble, es el dique de la balsa: aunque también han conseguido nacer arbolitos, se han secado. Por el momento ha podido más la buena piedra que las raíces. También se conserva el cárcavo, cuya bóveda acabará cayendo por el empuje de los árboles. Salimos de allá con las piernas ensangrentadas. Y no es una frase.

De Matallana.- Su situación es muy diferente. Además de estar en la ladera opuesta, en la izquierda, se encuentra dominando un recodo del valle donde, precisamente, se forma una amplia pradera. Según los entendidos, es un molino de escorrentía, cuyas aguas no eran recogida por un caz proveniente del río, sino que caían por la ladera del valle, de manantiales y de la misma lluvia. Quedan tres paredes, una piedra y la balsa. Delicioso lugar: aquí descansamos un poco de las mataduras del anterior escarceo. ¡Uff, menuda excursioncita!

En las praderas del valle
En las praderas del valle

De Calixta.- Protegido por abundantes zarzas y arbolado, si accedemos por la ladera; por el otro lado –el Este- hay que vadear el río. Hay que elegir. Nos acercamos y pudimos ver el cárcavo y las ruinas de una caseta. Un manzano o peral estaba en flor y nos alegró la breve estancia. Otro lugar para perderse, no para perdérselo.

Y aquí una nota: Nicolás G. Tapia y Carlos Carricajo, en su libro de Molinos de Valladolid, llaman de Calixta al de Matallana, y de Marujillo al que está en el arroyo de la Reguera. Para no complicar la cosa, nosotros hemos tomado los nombres del mapa del I. Geográfico de 1932, pues nombra todos los molinos.

La piedra de los Clérigos.- Al llegar, siguiendo el caz, al sitio donde el mapa señala el ingenio, sólo vimos una gran piedra molinera, además de alguna otra que pudo servir a una construcción. Misterio. ¿Se lo llevaron todo? Se halla accesible, junto a un camino y en una zona de alamedas.

Detalle del cubo del molino
Detalle del cubo del molino

Del Cubo.- Es el que mejor se conserva de todos los que vimos. Un amplio y perfecto cubo, cilíndrico, cuya altura daba más presión y fuerza a las aguas que, a través del bocín, chocaban contra el rodezno. El cubo es un depósito que está empotrado en una verdadera torre maciza de planta rectangular. El cárcavo no lo vimos, está cegado. Aun subsiste la balsa y la planta de la casa aneja al molino. Al fondo, se divisa Montealegre. A los pies, un prado con álamos.

Y el puente del Val.- No encontramos nada. Muy cerca de donde estuvo, un sencillo puente de larga bóveda por el que debieron cruzar anchos y pesados carruajes cargados de grano o harinas, que está empezando a caerse y que, por las trazas, pudo dar servicio a este molino.

Por aquí estuvo el molino del Val
Por aquí estuvo el molino del Val

Según el mapa citado, al pasar el Anguijón a la vera del cerro del Castillo había un molino, y otro más, el de la Serna, apoco menos de un kilómetro aguas abajo. La fábrica de harinas que cita Madoz debió estar en el arroyo de la Reguera, antes de que desembocara en el Anguijón aguas arriba de todos estos molinos. La hemos visitado –desde luego, es la de ruinas más grandes- en otra excursión, hace años.

Hasta aquí el trayecto por el curso alto del Anguijón.