La cabra tira al monte

No sé si es la cabra de dos cuernos y dos ruedas o la que todo ciclista todo terreno lleva dentro, el caso es que hemos vuelto al monte, a los montes Torozos, escenario de la última excursión. El escenario –como siempre ocurre- había cambiado, pues  después de un periodo de sequía, en el intervalo había llovido en abundancia y nevado un poco. Aunque todo estaba húmedo o mojado, las ruedas aguantaron bien y sólo estuvieron a punto de atascarse en una ocasión.

Ruinas de la casa de la Chinchilla

Igual que hace unos días, salimos de Mucientes. Pero esta vez por el camino de las Adoberas, para echar un vistazo a una antigua casa-cueva que aún conserva sus rasgos; como está cercada y no había nadie en esos momentos no sabemos cómo se mantienen por dentro. Si está igual que por fuera, estará fatal. Al lado, los cortes en la ladera nos dan a conocer los distintos matices de las estas tierras arcillosas y ponen de manifiesto que, efectivamente, aquí estaba la adobera del pueblo.

Parte del monte parece haberse roturado para labrantío

El siguiente tramo del camino –dirección La Mudarra- nos lleva por Barcilobos. Detrás, al sur, se levanta el  inconfundible alto de Trasdelanzas y el industrioso valle del Pisuerga. Un poco más y estamos en el páramo, que cuenta ya aquí con algunas manchas de pequeños encinares. En lo profundo del páramo, los molinos gigantes están iluminados por el sol. Parece una buena señal y, efectivamente, el sol acabaría rasgando la alta capa nubosa.

Robles

Ya en el monte, descubrimos un sendero que nos llevó por la linde hasta la carretera de Mucientes-Villalba. Estaba guapo el monte, con abundante hojarasca entre la que descubrimos alguna seta, con restos –poquitos, a causa de la lluvia caída después- de la nevada de hace unos días en las zonas más umbrías, y con las hojas de encinas y robles relucientes a causa del agua caída.

Nos desviamos de la senda para acercarnos a la casa de la Chinchilla, muy cerca, en las tierras destinadas a sembrado. Se trata –o se trataba- de una buena casa de adobe, con pozo, estanque, caseta al lado y bien techada. Ahora en ruina, claro; se deja abrazar por una parra lo que le da un aire más decadente si cabe. No creo que tarde mucho en desaparecer por completo.

Entre las matas de encina no es fácil abrirse paso -y menos con una bici.

Cruzamos la carretera y seguimos por el monte. Después de una pequeña zona con matas de encina y abundante maleza, salimos a otra donde predominan los quejigos de buen porte. Todos de un matiz diferente que va del verde al pajizo pasando por el dorado más elegante. No hay dos robles del mismo color, diría que ni tan siquiera hay dos hojas iguales en un mismo roble. Unos tienen más hojas, incluso verdes; otros menos y algunos las han perdido casi todas. La hierba todavía está amarilla y seca por aquí. Habrá que esperar a que llueva más.

Laderas

Salimos a un buen camino que viene de Mucientes. Justo aquí vemos el chozo de la Laguna, grande, alto, relativamente bien conservado, de excelente piedra. No tiene forma cónica, sino cilíndrica. Nos vamos por ese camino en dirección contraria, hacia el norte y enseguida nos desviamos hacia el este para seguir disfrutando de los mejores robles. Cruzamos por El Moral, un sembrado amplio entre el monte de Torozos y cintas de montes más reducidos, nos asomamos al arroyo del Moral para contemplar una vez más el paisaje alomado propio de las estribaciones torozanas y al fin caemos en ese valle, entre robles y encinas enormes.

Camino de vuelta del monte

Tomamos un camino con toboganes gracias al que conectamos con el camino del Hornillo que, finalmente, nos deja en Mucientes, donde aún tenemos tiempo de pasear por sus calles y contemplar diversos detalles de la arquitectura tradicional…

Este fue el trayecto seguido, de 21 km.

Por los montes de Torozos en Cigales y Mucientes

Último día otoñal, antes de la llegada del frente que nos ha traído frío y lluvias. Corto  paseo (34 km) por los montes Torozos entre Mucientes y Cigales. Especialmente grato por la buena temperatura, la luz y colores del otoño y la soledad. Ni labradores, ni pastores, ni ciclistas encontramos en este trayecto.

En Mucientes salimos por el barrio de bodegas para tomar la cañada de Valoria del Alcor. Enseguida pasamos por la fuente Mala, donde nace –o nacía- el arroyo de San Antón. Al lado hay un pequeño pico con un banco en el que alguna vez nos hemos sentado para contemplar el paisaje con Mucientes como centro.

Sembrado junto a los robles de la cañada (o al revés)

Seguimos entre viñedos y sembrados parando un momento en un sencillo guardaviñas restaurado. Por cierto, los bacillares conservan todavía abundantes racimos, de uva bien dulce, que no dejamos de probar.

Ascendemos suavemente por un vallejo abierto que la cañada aprovecha, si bien los robles y encinas se han aprovechado, a su vez, de la vía pecuaria para sobrevivir. El vallejo se abre en dos: la cañada sigue el más directo hacia el monte y nosotros tomamos un camino hacia el oeste por el que seguimos disfrutando de la orla de robles que mantienen las laderas… Pasamos junto a un viejo pozo que aún tiene agua y, poco antes de llegar al ras del páramo, vemos, ¡oh sorpresa!, un chozo de pastor.

El chozo

Pero es un chozo distinto a los demás. Tanto, que en toda la provincia no habíamos visto uno igual. Lo primero que nos llamó la atención fue la pared o fachada que enmarca la puerta de entrada, que ya delataba un chozo diferente, ni circular ni en falsa cúpula. Pero recordaba el grupo de chozos de la cañada real burgalesa en el Raso, entre Cubillas de Cerrato y Piña de Esgueva, si bien estos son de planta cuadrada o muy próxima, mientras que ésta forma una planta con los dos lados laterales mucho más largos que los de la portada y cierre. Y ello se debe a que en realidad el chozo es una construcción en bóveda de medio cañón, que parte del mismo suelo al menos en su parte de cierre y de un muro bajo en el lado de la portada (o eso me pareció). La parte final se ha derrumbado y la piedra puente que hace de dintel está a punto de ceder, pues se encuentra partida. Está parcialmente recubierto de tierra si bien cuando estuvo en uso debió de estarlo completamente.

Robles en los límites de los sembrados

Así es el chozo. Exteriormente se ve acompañado de un roble joven cuyas hojas se han vuelto doradas por la estación.

Continuamos por la ligera vaguada en la que se ha convertido el vallejo hasta que, finalmente, desaparece en el monte que aquí conserva abundantes robles con praderías sin maleza. Pero después de pasar por el caserío de la Cuesta, se torna en matas de roble muy cerradas, con abundantes arbustos.

Ya en el monte

Rozamos el monte de Villalba y el de Ampudia, y avistamos el Esquileo de Arriba. Pero acabamos en una zona cercana al caserío de la Barranca, ya en el término de Cigales, para reponer fuerzas gracias a unas latillas y a un excelente pan de Mucientes. Mientras, los robles exhiben sus gallaras y el sol acelera su caída para recordarnos que estamos en otoño.

Camino de la Barranca

Ya sólo nos queda dejarnos caer hacia Cigales. Pasamos por los pozos y manantiales del Tornillo, decimos adiós a los últimos y grandes robles y por el valle del arroyo Valcaliente llegamos a esa localidad. Se impone un parón en la iglesia, que se encuentra abierta.

Campos florecidos en otoño

Rodamos entre el teso Blanco y la carretera de Mucientes hasta que la cruzamos para subir por Piezabuena y contemplar vides casi centenarias hasta que, en lo más alto del cerrillo, nos pilla la puesta del sol, que recorta la silueta de un guardaviñas y algunos almendros que, a su manera, guardan el camino. Somos unos afortunados.

En Mucientes ya se ha puesto el sol, por lo que ahora sólo nos ofrece la silueta de las zarceras y de la iglesia sobre un fondo azul oscuro.

En Piezabuena

¡Grato paseo de una tarde de otoño! Aquí, la ruta seguida.

 

***

El término municipal de Mucientes cuenta con al menos cuatro cabañas de pastor que son únicas, verdaderas joyas pastoriles y etnográficas. Una de ellas, el chozo de Gaspar, es subterráneo, y cuenta con diversas dependencias. Otro chozo que está en el monte es cuadrangular –como el que hemos visto hoy- pero más pequeño y con cubierta a dos aguas, ya muy  derruido. El chozo de la Laguna es el más alto, elegante y robusto de todos, en piedra que pretender ser de cantería y con forma de cilindro; se sitúa al sur del monte,  ya en tierra de labor.

 

El monte de la Abadesa

Entre Villanueva de Duero, Serrada y el santuario de nuestra Señora de la Peña se extiende una superficie en forma de triángulo en la que podemos pasear por montes de encina, pinares, majuelos de la DO Rueda, riberas del Duero y de algunos arroyos, y también por arenales en los que se cultivan fresas, zanahorias, grosellas, berzas y otros productos hortícolas.

Ese triángulo pertenece a cuatro municipios –Villanueva, Serrada, la Seca y Tordesillas- y en este último término se encontraba el monte de la Abadesa, o de las Monjas, o de Terradillos, que por esos tres nombres es o fue conocido.

Vista desde la ladera

Pertenecía al monasterio de Santa Clara, que estuvo gobernado por una abadesa muy poderosa; su jurisdicción se extendía por buena parte de nuestra provincia, y por otras como Zamora, Burgos, Segovia o Soria. Sus facultades incluían la de nombrar alcaldes, como fue el caso de San Miguel del Pino. Incluso Napoleón llegó a nombrarla Abadesa Emperatriz y, por unos momentos, ejerció ese poder, ¡vaya si lo ejerció! [1]

En los viñedos quedan abundantes encinas, señal de que antaño fueron montes

Hoy el de la Abadesa es un monte, en buena parte roturado, y casi todo está cercado para pasto de ganado caballar o vacuno. Pero en sus antiguos límites todavía podemos contemplar algunas encinas de muy buen porte que no se sabe cómo han sido respetadas. Y como en 1409, todavía quedan ejemplares de lo que citaba un documento de Juan II [2]:

…que non sean osados de cortar nin levar lenna, nin çepas nin ballotas, nin otra cosa alguna del dicho monte, nin entrar a paçer las yervas, nin bever las aguas d’el con sus ganados sin liçencia e mandado de las dichas abadesa e dueñas e convento del dicho monesterio

Y respecto de la caza:

…nin entren ninvayan al dicho monte a correr nin tomar nin caçar caça alguna d’el con perros nin con furones, nin con vallestas, nin con rredes, nin con falcones, nin en otra manera alguna.

 

Y en la Poza de los Lobos hubo abundantes chopos

También debió de haber lobos, pues en su toponimia queda la Poza de los Lobos, que es un pliegue que cae desde los majuelos al monte, buen lugar para escondite de alimañas. Nosotros no hemos visto lobos en la poza, pero sí una pareja de corzos y muchos chopos secos a punto de caer definitivamente, además de otros muchos ya caídos, señal de que antaño hubo un pequeño regato o manantial. El mismo monte está atravesado por la colada de las Capellanías, que viene de Ventosa de la Cuesta y a través del vado de la Benita podía conectar con otra vereda hacia Tordesillas.

Tordesillas muy al fondo

Entre este monte y el arroyo que viene de Serrada se extiende, sobre una suave elevación, otro monte de encina y pino surcado por varios caminos. En sus cercanías tenemos viñedo abundante y la fuente de la Miel, reducida a un pozo seco. Ambos montes se encuentran separados por un vallejo que nace precisamente en esa fuentel: en su fondo hay pequeñas arboledas álamos y matas de negrillos, una huerta y, ya al final, una casa de labor arruinada con diversas construcciones auxiliares, alguna en construcción; finalmente da a un gran arenal que lleva al Duero.

Una línea de alta tensión va desde esta zona hasta Tordesillas atravesando el monte. Si nos situamos en la cima de la colina veremos los arenales y el monte de la Abadesa, con la torre de Santa María de Tordesillas dibujada al fondo.

Un monte curioso, donde quiere volver a dominar la encina

También se encuentra atravesado, de este a oeste, por la cañada del Pinar, que cruza el arroyo de Serradaen otro tiempo río Adaja– a la altura de un inmenso encerradero de ganado, la peculiar casa de Pombo. Siguiendo este arroyo que posee choperas, saucedas y algunos frutales, llegaríamos al despoblado de San Martín –que poblado también perteneció a nuestra Abadesa- y luego a las plantaciones de Viveros California. En dirección a Villanueva de Duero se extiende un pinar o monte especialmente arenoso, apto para ser rodado por esforzados ciclistas.

La casa de Pombo

Estos montes –salvo el de Villanueva-  se encuentran apartados de los caminos ordinarios, por lo que hay que proponerse el llegar a ellos. De todas formas, el camino más concurrido del triángulo tal vez sea el que une Villanueva de Duero con la Peña, camino directo hacia Tordesillas entre el Duero y diversas zonas valladas que dificultan la salida hacia el sur. También cuenta con algunos balcones al Duero, muy ancho y tranquilo aquí a causa de la pesquera de San Miguel.

En fin, siempre será apacible dar un paseo por estos montes, viñedos y arenales. Además de dulce por los racimos de uva especialmente mauros que quedan olvidados en esta época  y un poco cansado por los arenales, sobre todo si vamos rodando.

Y un aviso: ahora mismo, mucho ¡ojo al abrojo!

Balcón al Duero

Notas

[1]  Véase Napoleón y la abadesa de Santa Clara de Tordesillas, de Mariano García y García.

[2] Conforme nos cuenta S. Rodríguez Guillén en su tesis doctoral sobre la historia de este monasterio.

Los Torozos a trozos

Excursión perfecta para conocer los paisajes de este páramo, planicie elevada unos 140  metros sobre los valles del Carrión, Pisuerga y Sequillo. Es curioso el contraste, pues se trata de un espacio de terreno sin casi habitantes, donde no alcanzamos a divisar poblaciones, sólo algunos caseríos o casas aisladas. Sin embargo, donde todo debiera ser extensión amplia y sin límites, nos encontramos con continuas cercas y vallados que convierten el campo en un entramado de polígonos sonde se protege la propiedad privada. Es como un paraíso echado a perder por los míos y los tuyos, de que hablara don Quijote en el capítulo XI de la Novela.

Cultivo con encinas de fondo

Pero, a pesar de la acción humana, conserva su serena belleza. Veremos rodales de monte, monte alto y monte bajo, grandes encinas, enormes atalayas de roble, algunos pinos, prados de buena hierba, hileras de almendros en caminos, bajos cercados de piedra, algún chozo de pastor, enormes pedazos de caliza robados al subsuelo del páramo para señalar propiedades, antiguas y modernas alambradas, demasiados terrenos ganados al monte para cultivo, canteras, cañadas –derechos ganaderos de paso-, caminos de origen medieval… y mucho más. Y en medio, como un símbolo, la moderna cárcel de Valladolid, que nos recuerda lo que hacemos los humanos con el bien y la belleza que hay en este mundo. Por no hablar de fosas comunes.

Pues nada, vayamos a ello. Punto de partida: Fuensaldaña, desde donde subimos al páramo por el camino de Villalba, que nos muestra a la derecha el cerro de las bodegas. Empezamos la clase de paramología aprendiendo lo que es un barco o valle corto y profundo en las estribaciones del páramo. A nuestra izquierda atisbamos a ver otro, un poco más largo, el de Valdoncil.

Camino hacia las Cortas de Blas

Ahora nos encontramos en lo alto. Miremos hacia donde miremos, nada supera la línea del horizonte, no hay árboles y las pocas naves se confunden con esta línea. Y es que la mayor parte del monte fue arrasado en el siglo XIX en aras del progreso (en este caso del agrícola). La primavera, muy tardía, está en todo su esplendor. Por fin podemos disfrutar del campo esmaltado de margaritas y moteado de amapolas. Menos mal que la espera ha dado frutos. Cinco kilómetros de recta nos conducen hasta un picón de monte; es, sobre todo, monte bajo de carrascas con alguna encina corpulenta que no destaca demasiado. El camino de Villalba parece desaparecer pero no lo acaba de conseguir pues, aunque se ha intentado cultivar, el firme y las roderas no han desaparecido del todo y continuamos por él. El monte está protegido, bueno, señalado más bien, por esas enormes piedras calizas arrancadas de la superficie con algún tipo de máquina. Es una auténtica moheda, imposible de atravesar salvo que sigamos los senderos abiertos por los monteros…

Ejemplar de roble

Puede decirse que estamos en medio del páramo de los Torozos lugar perdido y sin almas, apto sólo para los caballeros andantes que resisten en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos… Y es que, hasta en nuestra literatura clásica el páramo es duro y solitario

Ahora el camino –que reaparece con restos de buen empedrado- nos lleva por campo abierto dedicado a cultivo. Otro poco más de monte, con vallas electrificadas que impiden la salida del ganado, y nos presentamos en las Cortas de Blas.

Tierra roja en la Mata Alta

La siguiente visita es al monte de la Mata Alta, de pino, encina y roble. Antaño cruzaba por aquí el camino de Montealegre a Valladolid. El suelo está cubierto de maleza al principio, pero luego emerge su primigenio color rojo salpicado de bogales. Lo mejor es su extremo occidental, en el que vemos grandes ejemplares de roble quejigo, sobre todo en el campo limítrofe.

Salimos de nuevo a la carretera para rodar por la zona de Roblealto. Aquí el monte no es cerrado, abundan los claros cultivados y las hileras de encina que separan como en retazos la tierras de labor. Tras una carrasca olivada que está a poco más de 5 metros, me siento observado por alguien o algo. Me fijo y descubro un jabalí que, efectivamente, no me pierde ojo y a su lado otro más pequeño. Sigo mi camino y se olvida de mí. Tal vez estaba vigilándome por si acaso molestaba a la cría. Ahora me explico mejor la sensación que antaño producía cruzar estos montes, temidos a causa de los bandoleros que los habitaban. En fin, acabo saliendo a la casa del Encinar, que me muestra sus cuadras y la espadaña de una ermita, ya en la carretera de Mucientes a Villalba.

Monte abierto

El siguiente tramo lo hago por la cañada que viene de Palencia y se dirige a Fuenteungrillo, despoblado que fue descansadero de merinas. Coincide con la carretera de Peñaflor hasta que ésta toma su propio rumbo. Mantiene cierta anchura y cruza campos de cereal con algún trozo de monte de encina. Bordea la alambrada del Carrascal pero yo tuerzo siguiendo los límites de esta finca y dejando la cañada de Fuenteungrillo. Me voy acercando a un zorro enorme que no me ha descubierto. Cuando lo hace sube la cerca de alambre como si tuviera cómodas escaleras y desaparece. Por cierto, es el cuarto zorro que veo hoy y aun me queda otro.

Cereal con encinas y amapolas

Ahora bordeo otro monte, dedicado a cantera para arrancar piedra caliza del Plioceno, hasta que llego a la casa de Navillas siguiendo la línea ideal de un antiguo camino que discurre junto a una cerca. La casa está en ruina –debió ser potente y señorial a juzgar por los restos en piedra- y  de un establo surge una lechuza blanca. Por cierto, que por esta zona abundan los topónimos de nava, como es el caso. Hemos pasado por Navafría –al lado del Carrascal-, la cantera está en Navaflor, hacia La Mudarra se extiende Navabuena, luego cruzaremos junto a Navacerros, antes de llegar a la cárcel… Es posible que muchas se cubrieran de agua antaño, si llovía mucho; como no se regaba tanto como ahora… Y, si te fijas, verás que el páramo no es perfectamente plano, sino que con frecuencia tiene ligeras hondonadas o navas. (Seguimos con la paramología).

En la cañada de Fuenteungrillo

Sigo hasta la casa de la Venta, ya en la carretera, donde pongo rumbo a Fuensaldaña. Algún zigzag por un camino que –luego lo veo, ya de salida- debe tener el cartel de prohibido. Y, por fin, una recta de 7,5 km pasando cerca de la cárcel y de la curva de la autovía. Para hacer  la llegada, el último camino que he tomado se pierde en el nacimiento del arroyo Pozo Moza, que baja hacia Fuensaldaña, de manera que lo cruzo a campo traviesa hasta que enlazo con otro que viene de Villanubla y bordea Cuesta Redonda. Fin.

Cuando el calor aprieta, el páramo

Cigales Santa Cecilia¿Qué se puede hacer cuando el calor aprieta? Pues hay muchas posibilidades. Una, salir a primera hora de la mañana o a ultima de la tarde. Otra, planear el recorrido junto a ríos y canales. Y otra –como la del domingo pasado- rodar por el páramo de los Torozos, que suele disfrutar de una temperatura entre 3 y 4 grados por debajo de los valles, y no digamos ya de Valladolid ciudad.

Robledal cerca de la Barranca
Robledal cerca de la Barranca

De manera que salimos de Cigales y enfilamos la amplia vaguada de Valcaliente para terminar la subida al páramo por la Barranca. Esta última parte –con manantial y todo- discurre bien protegida del sol por la densidad de su monte de robles. Rodamos sobre una alfombra verde.

Ya arriba nos acercamos, para seguirla, a la cañada de la Raya, que ahora tiene una pista paralela, que da servicio a los aerogeneradores. Después, a campo traviesa por terrenos ya cosechados, con el suelo bien duro y por tanto muy ciclable, hasta la carretera de Ampudia. Aquí tomamos un camino que pasa junto a una tenada y se mete por pinares que llegan a oscurecerse debido a su densidad y que ya teníamos olvidados desde hace muchos años.¡Cómo cantaban las cigarras!

Por los campos cosechados
Por los campos cosechados

Al salir del pinar, el camino desapareció en la dirección que nos interesaba, de manera que hicimos un pequeño trayecto campo a través. Luego, nos encontramos con que habían puesto puertas al campo, menos mal que se podían abrir y cerrar. Al fin tomamos una cañada que nos sorprendió con un tremendo tobogán hasta que acabamos por perderla en otro denso monte, esta vez de encinas y carrascas. De manera que salimos a la carretera que, en cuestión de muy pocos kilómetros, nos dejó en Santa Cecilia del Alcor, donde nos refrescamos en su fuente. Precioso pueblo instalado en el comienzo mismo del vallejo que se dirige a Ampudia y pasa junto al monasterio de la Virgen de Alconada..

Subiendo el "tobogán" de la cañada
Subiendo el «tobogán» de la cañada

La vuelta fue más sencilla, pues atravesamos el monte de Dueñas: pasamos por su corazón, recorrimos algunos de sus senderos, y salimos al término municipal de Quintanilla de Trigueros, ya en la provincia de Valladolid, y rodando algo a campo traviesa de nuevo. Saludamos a los Tres Pinos y, por campos de cereal y viñedo, pasamos junto a la bodega Museum y su encina nueve veces centenaria. Al fin, nos plantamos en Cigales y sufrimos un poco debido al calor y a los caminos de grava, algunos en pronunciada subida.

En el monte de Dueñas
En el monte de Dueñas

Interesante y variada excursión. Parte por sombra –montes de pino y roble-; muchos trayectos por terreno sin camino pero firme; páramo y laderas; por aprovechamientos tradicionales en el monte –si se contempla desde el cielo aparecen cuadrados cuyos limites son robles y encinas; carreteras por las que nadie circula…

Y todo terminó dándonos un baño junto al –ahora más que nunca- famoso puente de Cabezón de Pisuerga.

Esto no son los accesos a NY
Esto no son los accesos a NY

¡Qué gran día en el monte!

Sardon ruta del Duero

Pues sí, fue uno de esos días de primavera en los que todo sale bien: temperatura agradable, sol, todo verde con algunas flores, descubrimiento de chozos y caleras, profundos panoramas, y los ciclistas rodando con fuerza y –casi- sin cansancio. Además, la tortilla de patatas que llevábamos estaba especialmente buena. Hubo alguna pequeña contrariedad, pero mejor olvidarla.

Pico del Moro
Pico del Moro

Subimos al páramo desde Sardón por un camino que terminó antes de llegar arriba. No tuvo mayor importancia, las bicis se pueden cargar al hombro. Arriba nos esperaban:

  • Unos corrales entre almendros con los restos de un viejo chozo.
  • El mirador del pico del Moro, hacia la abadía de Retuerta en medio del valle del Duero. En el mirador, un elegante mojón que nos recordaba los antiguos miliarios romanos. Al parecer, el término de esta Quintanilla está así amojonado.
  • Dos sobrios y fuertes robles, uno a cada lado del camino justo al llegar al camino, que dan la bienvenida a quienes suben al páramo desde Quintanilla de Onésimo.
  • Tres caleras en relativo buen estado de conservación. Por cierto, que tenían –al igual que los robles y el mirador- un pequeño letrero indicativo junto con su traducción al inglés. Curioso
  • Y el monte. Un precioso monte de encinas, matas de roble, pinos y sabinas. De vez en cuando, un corzo saltaba asustado ante nuestra presencia.
Calera
Calera

Mereció la pena pasear por estos lares. Al final, después de bordear la Planta, salimos a una cantera de caliza en Quintanilla a Cogeces pudimos visitar otro chozo más, éste recubierto de tierra para protegerle mejor de los rigores climáticos.

Luego, una gran rodada de varios kilómetros por el monte el Carrascal, hasta salir al término de Quintanilla de Arriba. ¡Qué delicia pasear tranquilos por un monte prácticamente desierto!

Quejigos

Pero este placer creció cuando abandonamos el monte, pues ahora vamos entre pequeñas tierras de labor, islas de encinares o pinares, laderas, miradores, restos de corrales… Y todo de un verde exuberante, con el cielo azul como único contraste. Prometimos volver más despacio al pico del Castro, con sus cortados de caliza, al Cabezo sobre Valdecuevas, a la Robleñada, al Anisal, y a tantos otros parajes que nos parecieron como de ensueño. Otro día será.

Hontanillas

Tuvimos la suerte de pasar junto a los corrales del Cabezo, en los que aun se mantiene a duras penas un chozo de pastor que tiene protegida la portezuela por un murete de calizas, como un burladero abierto por un solo lado. No hemos visto otro igual, y conocemos más de cien.

Parada y fonda –de tortilla, ya lo hemos dicho- en la fuente de las Hontanillas. ¡Qué dos espectaculares chorros de agua soltaba! Sólo recordábamos algo parecido en la fuente de San Pelayo. No hubo ni sed  ni hambre. Y también volveremos a la fuente de Valdemoras.

Encinas

Después, con robles recortados en el horizonte y divisando las crestas nevadas de Somosierra, bajamos hasta Manzanillo. Ahora al fondo estaba el castillo de Peñafiel. Finalmente, dejando al norte históricos tesos de tierra, llegamos hasta el famoso pino Macareno, ya en Peñafiel. Un descansillo de nada para retomar el camino, esta vez de vuelta.

Y aquí tenéis el track

Horizonte