Posts Tagged ‘Monte’

El monte de la Abadesa

1 noviembre, 2017

Entre Villanueva de Duero, Serrada y el santuario de nuestra Señora de la Peña se extiende una superficie en forma de triángulo en la que podemos pasear por montes de encina, pinares, majuelos de la DO Rueda, riberas del Duero y de algunos arroyos, y también por arenales en los que se cultivan fresas, zanahorias, grosellas, berzas y otros productos hortícolas.

Ese triángulo pertenece a cuatro municipios –Villanueva, Serrada, la Seca y Tordesillas- y en este último término se encontraba el monte de la Abadesa, o de las Monjas, o de Terradillos, que por esos tres nombres es o fue conocido.

Vista desde la ladera

Pertenecía al monasterio de Santa Clara, que estuvo gobernado por una abadesa muy poderosa; su jurisdicción se extendía por buena parte de nuestra provincia, y por otras como Zamora, Burgos, Segovia o Soria. Sus facultades incluían la de nombrar alcaldes, como fue el caso de San Miguel del Pino. Incluso Napoleón llegó a nombrarla Abadesa Emperatriz y, por unos momentos, ejerció ese poder, ¡vaya si lo ejerció! [1]

En los viñedos quedan abundantes encinas, señal de que antaño fueron montes

Hoy el de la Abadesa es un monte, en buena parte roturado, y casi todo está cercado para pasto de ganado caballar o vacuno. Pero en sus antiguos límites todavía podemos contemplar algunas encinas de muy buen porte que no se sabe cómo han sido respetadas. Y como en 1409, todavía quedan ejemplares de lo que citaba un documento de Juan II [2]:

…que non sean osados de cortar nin levar lenna, nin çepas nin ballotas, nin otra cosa alguna del dicho monte, nin entrar a paçer las yervas, nin bever las aguas d’el con sus ganados sin liçencia e mandado de las dichas abadesa e dueñas e convento del dicho monesterio

Y respecto de la caza:

…nin entren ninvayan al dicho monte a correr nin tomar nin caçar caça alguna d’el con perros nin con furones, nin con vallestas, nin con rredes, nin con falcones, nin en otra manera alguna.

 

Y en la Poza de los Lobos hubo abundantes chopos

También debió de haber lobos, pues en su toponimia queda la Poza de los Lobos, que es un pliegue que cae desde los majuelos al monte, buen lugar para escondite de alimañas. Nosotros no hemos visto lobos en la poza, pero sí una pareja de corzos y muchos chopos secos a punto de caer definitivamente, además de otros muchos ya caídos, señal de que antaño hubo un pequeño regato o manantial. El mismo monte está atravesado por la colada de las Capellanías, que viene de Ventosa de la Cuesta y a través del vado de la Benita podía conectar con otra vereda hacia Tordesillas.

Tordesillas muy al fondo

Entre este monte y el arroyo que viene de Serrada se extiende, sobre una suave elevación, otro monte de encina y pino surcado por varios caminos. En sus cercanías tenemos viñedo abundante y la fuente de la Miel, reducida a un pozo seco. Ambos montes se encuentran separados por un vallejo que nace precisamente en esa fuentel: en su fondo hay pequeñas arboledas álamos y matas de negrillos, una huerta y, ya al final, una casa de labor arruinada con diversas construcciones auxiliares, alguna en construcción; finalmente da a un gran arenal que lleva al Duero.

Una línea de alta tensión va desde esta zona hasta Tordesillas atravesando el monte. Si nos situamos en la cima de la colina veremos los arenales y el monte de la Abadesa, con la torre de Santa María de Tordesillas dibujada al fondo.

Un monte curioso, donde quiere volver a dominar la encina

También se encuentra atravesado, de este a oeste, por la cañada del Pinar, que cruza el arroyo de Serradaen otro tiempo río Adaja– a la altura de un inmenso encerradero de ganado, la peculiar casa de Pombo. Siguiendo este arroyo que posee choperas, saucedas y algunos frutales, llegaríamos al despoblado de San Martín –que poblado también perteneció a nuestra Abadesa- y luego a las plantaciones de Viveros California. En dirección a Villanueva de Duero se extiende un pinar o monte especialmente arenoso, apto para ser rodado por esforzados ciclistas.

La casa de Pombo

Estos montes –salvo el de Villanueva-  se encuentran apartados de los caminos ordinarios, por lo que hay que proponerse el llegar a ellos. De todas formas, el camino más concurrido del triángulo tal vez sea el que une Villanueva de Duero con la Peña, camino directo hacia Tordesillas entre el Duero y diversas zonas valladas que dificultan la salida hacia el sur. También cuenta con algunos balcones al Duero, muy ancho y tranquilo aquí a causa de la pesquera de San Miguel.

En fin, siempre será apacible dar un paseo por estos montes, viñedos y arenales. Además de dulce por los racimos de uva especialmente mauros que quedan olvidados en esta época  y un poco cansado por los arenales, sobre todo si vamos rodando.

Y un aviso: ahora mismo, mucho ¡ojo al abrojo!

Balcón al Duero


Notas

[1]  Véase Napoleón y la abadesa de Santa Clara de Tordesillas, de Mariano García y García.

[2] Conforme nos cuenta S. Rodríguez Guillén en su tesis doctoral sobre la historia de este monasterio.

Anuncios

Los Torozos a trozos

30 mayo, 2017

Excursión perfecta para conocer los paisajes de este páramo, planicie elevada unos 140  metros sobre los valles del Carrión, Pisuerga y Sequillo. Es curioso el contraste, pues se trata de un espacio de terreno sin casi habitantes, donde no alcanzamos a divisar poblaciones, sólo algunos caseríos o casas aisladas. Sin embargo, donde todo debiera ser extensión amplia y sin límites, nos encontramos con continuas cercas y vallados que convierten el campo en un entramado de polígonos sonde se protege la propiedad privada. Es como un paraíso echado a perder por los míos y los tuyos, de que hablara don Quijote en el capítulo XI de la Novela.

Cultivo con encinas de fondo

Pero, a pesar de la acción humana, conserva su serena belleza. Veremos rodales de monte, monte alto y monte bajo, grandes encinas, enormes atalayas de roble, algunos pinos, prados de buena hierba, hileras de almendros en caminos, bajos cercados de piedra, algún chozo de pastor, enormes pedazos de caliza robados al subsuelo del páramo para señalar propiedades, antiguas y modernas alambradas, demasiados terrenos ganados al monte para cultivo, canteras, cañadas –derechos ganaderos de paso-, caminos de origen medieval… y mucho más. Y en medio, como un símbolo, la moderna cárcel de Valladolid, que nos recuerda lo que hacemos los humanos con el bien y la belleza que hay en este mundo. Por no hablar de fosas comunes.

Pues nada, vayamos a ello. Punto de partida: Fuensaldaña, desde donde subimos al páramo por el camino de Villalba, que nos muestra a la derecha el cerro de las bodegas. Empezamos la clase de paramología aprendiendo lo que es un barco o valle corto y profundo en las estribaciones del páramo. A nuestra izquierda atisbamos a ver otro, un poco más largo, el de Valdoncil.

Camino hacia las Cortas de Blas

Ahora nos encontramos en lo alto. Miremos hacia donde miremos, nada supera la línea del horizonte, no hay árboles y las pocas naves se confunden con esta línea. Y es que la mayor parte del monte fue arrasado en el siglo XIX en aras del progreso (en este caso del agrícola). La primavera, muy tardía, está en todo su esplendor. Por fin podemos disfrutar del campo esmaltado de margaritas y moteado de amapolas. Menos mal que la espera ha dado frutos. Cinco kilómetros de recta nos conducen hasta un picón de monte; es, sobre todo, monte bajo de carrascas con alguna encina corpulenta que no destaca demasiado. El camino de Villalba parece desaparecer pero no lo acaba de conseguir pues, aunque se ha intentado cultivar, el firme y las roderas no han desaparecido del todo y continuamos por él. El monte está protegido, bueno, señalado más bien, por esas enormes piedras calizas arrancadas de la superficie con algún tipo de máquina. Es una auténtica moheda, imposible de atravesar salvo que sigamos los senderos abiertos por los monteros…

Ejemplar de roble

Puede decirse que estamos en medio del páramo de los Torozos lugar perdido y sin almas, apto sólo para los caballeros andantes que resisten en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos… Y es que, hasta en nuestra literatura clásica el páramo es duro y solitario

Ahora el camino –que reaparece con restos de buen empedrado- nos lleva por campo abierto dedicado a cultivo. Otro poco más de monte, con vallas electrificadas que impiden la salida del ganado, y nos presentamos en las Cortas de Blas.

Tierra roja en la Mata Alta

La siguiente visita es al monte de la Mata Alta, de pino, encina y roble. Antaño cruzaba por aquí el camino de Montealegre a Valladolid. El suelo está cubierto de maleza al principio, pero luego emerge su primigenio color rojo salpicado de bogales. Lo mejor es su extremo occidental, en el que vemos grandes ejemplares de roble quejigo, sobre todo en el campo limítrofe.

Salimos de nuevo a la carretera para rodar por la zona de Roblealto. Aquí el monte no es cerrado, abundan los claros cultivados y las hileras de encina que separan como en retazos la tierras de labor. Tras una carrasca olivada que está a poco más de 5 metros, me siento observado por alguien o algo. Me fijo y descubro un jabalí que, efectivamente, no me pierde ojo y a su lado otro más pequeño. Sigo mi camino y se olvida de mí. Tal vez estaba vigilándome por si acaso molestaba a la cría. Ahora me explico mejor la sensación que antaño producía cruzar estos montes, temidos a causa de los bandoleros que los habitaban. En fin, acabo saliendo a la casa del Encinar, que me muestra sus cuadras y la espadaña de una ermita, ya en la carretera de Mucientes a Villalba.

Monte abierto

El siguiente tramo lo hago por la cañada que viene de Palencia y se dirige a Fuenteungrillo, despoblado que fue descansadero de merinas. Coincide con la carretera de Peñaflor hasta que ésta toma su propio rumbo. Mantiene cierta anchura y cruza campos de cereal con algún trozo de monte de encina. Bordea la alambrada del Carrascal pero yo tuerzo siguiendo los límites de esta finca y dejando la cañada de Fuenteungrillo. Me voy acercando a un zorro enorme que no me ha descubierto. Cuando lo hace sube la cerca de alambre como si tuviera cómodas escaleras y desaparece. Por cierto, es el cuarto zorro que veo hoy y aun me queda otro.

Cereal con encinas y amapolas

Ahora bordeo otro monte, dedicado a cantera para arrancar piedra caliza del Plioceno, hasta que llego a la casa de Navillas siguiendo la línea ideal de un antiguo camino que discurre junto a una cerca. La casa está en ruina –debió ser potente y señorial a juzgar por los restos en piedra- y  de un establo surge una lechuza blanca. Por cierto, que por esta zona abundan los topónimos de nava, como es el caso. Hemos pasado por Navafría –al lado del Carrascal-, la cantera está en Navaflor, hacia La Mudarra se extiende Navabuena, luego cruzaremos junto a Navacerros, antes de llegar a la cárcel… Es posible que muchas se cubrieran de agua antaño, si llovía mucho; como no se regaba tanto como ahora… Y, si te fijas, verás que el páramo no es perfectamente plano, sino que con frecuencia tiene ligeras hondonadas o navas. (Seguimos con la paramología).

En la cañada de Fuenteungrillo

Sigo hasta la casa de la Venta, ya en la carretera, donde pongo rumbo a Fuensaldaña. Algún zigzag por un camino que –luego lo veo, ya de salida- debe tener el cartel de prohibido. Y, por fin, una recta de 7,5 km pasando cerca de la cárcel y de la curva de la autovía. Para hacer  la llegada, el último camino que he tomado se pierde en el nacimiento del arroyo Pozo Moza, que baja hacia Fuensaldaña, de manera que lo cruzo a campo traviesa hasta que enlazo con otro que viene de Villanubla y bordea Cuesta Redonda. Fin.

Cuando el calor aprieta, el páramo

11 julio, 2015

Cigales Santa Cecilia¿Qué se puede hacer cuando el calor aprieta? Pues hay muchas posibilidades. Una, salir a primera hora de la mañana o a ultima de la tarde. Otra, planear el recorrido junto a ríos y canales. Y otra –como la del domingo pasado- rodar por el páramo de los Torozos, que suele disfrutar de una temperatura entre 3 y 4 grados por debajo de los valles, y no digamos ya de Valladolid ciudad.

Robledal cerca de la Barranca

Robledal cerca de la Barranca

De manera que salimos de Cigales y enfilamos la amplia vaguada de Valcaliente para terminar la subida al páramo por la Barranca. Esta última parte –con manantial y todo- discurre bien protegida del sol por la densidad de su monte de robles. Rodamos sobre una alfombra verde.

Ya arriba nos acercamos, para seguirla, a la cañada de la Raya, que ahora tiene una pista paralela, que da servicio a los aerogeneradores. Después, a campo traviesa por terrenos ya cosechados, con el suelo bien duro y por tanto muy ciclable, hasta la carretera de Ampudia. Aquí tomamos un camino que pasa junto a una tenada y se mete por pinares que llegan a oscurecerse debido a su densidad y que ya teníamos olvidados desde hace muchos años.¡Cómo cantaban las cigarras!

Por los campos cosechados

Por los campos cosechados

Al salir del pinar, el camino desapareció en la dirección que nos interesaba, de manera que hicimos un pequeño trayecto campo a través. Luego, nos encontramos con que habían puesto puertas al campo, menos mal que se podían abrir y cerrar. Al fin tomamos una cañada que nos sorprendió con un tremendo tobogán hasta que acabamos por perderla en otro denso monte, esta vez de encinas y carrascas. De manera que salimos a la carretera que, en cuestión de muy pocos kilómetros, nos dejó en Santa Cecilia del Alcor, donde nos refrescamos en su fuente. Precioso pueblo instalado en el comienzo mismo del vallejo que se dirige a Ampudia y pasa junto al monasterio de la Virgen de Alconada..

Subiendo el "tobogán" de la cañada

Subiendo el “tobogán” de la cañada

La vuelta fue más sencilla, pues atravesamos el monte de Dueñas: pasamos por su corazón, recorrimos algunos de sus senderos, y salimos al término municipal de Quintanilla de Trigueros, ya en la provincia de Valladolid, y rodando algo a campo traviesa de nuevo. Saludamos a los Tres Pinos y, por campos de cereal y viñedo, pasamos junto a la bodega Museum y su encina nueve veces centenaria. Al fin, nos plantamos en Cigales y sufrimos un poco debido al calor y a los caminos de grava, algunos en pronunciada subida.

En el monte de Dueñas

En el monte de Dueñas

Interesante y variada excursión. Parte por sombra –montes de pino y roble-; muchos trayectos por terreno sin camino pero firme; páramo y laderas; por aprovechamientos tradicionales en el monte –si se contempla desde el cielo aparecen cuadrados cuyos limites son robles y encinas; carreteras por las que nadie circula…

Y todo terminó dándonos un baño junto al –ahora más que nunca- famoso puente de Cabezón de Pisuerga.

Esto no son los accesos a NY

Esto no son los accesos a NY

¡Qué gran día en el monte!

26 abril, 2013

Sardon ruta del Duero

Pues sí, fue uno de esos días de primavera en los que todo sale bien: temperatura agradable, sol, todo verde con algunas flores, descubrimiento de chozos y caleras, profundos panoramas, y los ciclistas rodando con fuerza y –casi- sin cansancio. Además, la tortilla de patatas que llevábamos estaba especialmente buena. Hubo alguna pequeña contrariedad, pero mejor olvidarla.

Pico del Moro

Pico del Moro

Subimos al páramo desde Sardón por un camino que terminó antes de llegar arriba. No tuvo mayor importancia, las bicis se pueden cargar al hombro. Arriba nos esperaban:

  • Unos corrales entre almendros con los restos de un viejo chozo.
  • El mirador del pico del Moro, hacia la abadía de Retuerta en medio del valle del Duero. En el mirador, un elegante mojón que nos recordaba los antiguos miliarios romanos. Al parecer, el término de esta Quintanilla está así amojonado.
  • Dos sobrios y fuertes robles, uno a cada lado del camino justo al llegar al camino, que dan la bienvenida a quienes suben al páramo desde Quintanilla de Onésimo.
  • Tres caleras en relativo buen estado de conservación. Por cierto, que tenían –al igual que los robles y el mirador- un pequeño letrero indicativo junto con su traducción al inglés. Curioso
  • Y el monte. Un precioso monte de encinas, matas de roble, pinos y sabinas. De vez en cuando, un corzo saltaba asustado ante nuestra presencia.
Calera

Calera

Mereció la pena pasear por estos lares. Al final, después de bordear la Planta, salimos a una cantera de caliza en Quintanilla a Cogeces pudimos visitar otro chozo más, éste recubierto de tierra para protegerle mejor de los rigores climáticos.

Luego, una gran rodada de varios kilómetros por el monte el Carrascal, hasta salir al término de Quintanilla de Arriba. ¡Qué delicia pasear tranquilos por un monte prácticamente desierto!

Quejigos

Pero este placer creció cuando abandonamos el monte, pues ahora vamos entre pequeñas tierras de labor, islas de encinares o pinares, laderas, miradores, restos de corrales… Y todo de un verde exuberante, con el cielo azul como único contraste. Prometimos volver más despacio al pico del Castro, con sus cortados de caliza, al Cabezo sobre Valdecuevas, a la Robleñada, al Anisal, y a tantos otros parajes que nos parecieron como de ensueño. Otro día será.

Hontanillas

Tuvimos la suerte de pasar junto a los corrales del Cabezo, en los que aun se mantiene a duras penas un chozo de pastor que tiene protegida la portezuela por un murete de calizas, como un burladero abierto por un solo lado. No hemos visto otro igual, y conocemos más de cien.

Parada y fonda –de tortilla, ya lo hemos dicho- en la fuente de las Hontanillas. ¡Qué dos espectaculares chorros de agua soltaba! Sólo recordábamos algo parecido en la fuente de San Pelayo. No hubo ni sed  ni hambre. Y también volveremos a la fuente de Valdemoras.

Encinas

Después, con robles recortados en el horizonte y divisando las crestas nevadas de Somosierra, bajamos hasta Manzanillo. Ahora al fondo estaba el castillo de Peñafiel. Finalmente, dejando al norte históricos tesos de tierra, llegamos hasta el famoso pino Macareno, ya en Peñafiel. Un descansillo de nada para retomar el camino, esta vez de vuelta.

Y aquí tenéis el track

Horizonte

El monte de Zaratán

18 junio, 2011

Seguimos por los alrededores de Valladolid y del páramo de los Torozos. Últimamente no hemos podido salir mucho más lejos, pero también estas proximidades encierran sorpresas.

En esta última salida, al llegar a Zaratán vimos que un de los caminos –hoy calle- lleva por nombre Camino del Monte. Y pensé ante tanta urbanización: ¡qué tiempos aquellos cuando aquí hubo monte!

Yendo por el firme del Tren Burra, acabamos en otro camino que tomamos a la izquierda, hasta donde arranca el valle por cuya ladera hemos subido. Aquí, en vez de tomar el camino que baja de nuevo, vimos un sendero de no más de 20 centímetros de anchura, en la ladera contraria a la subida. Y he aquí la sorpresa: ¡en un momento, nos encontramos en medio de un tupido monte!

Y es que este monte, reliquia de otro más antiguo, aprovecha la ladera inculta. El sendero sube y baja, por pendientes y vaguadas, entre robles, encinas y arbustos variados. En esta época, además, todo está salpicado de mil colores y aromas: lino blanco y azul, tomillo salsero, salvia, lavanda, jaguarcillo, romero… ¡Qué descubrimiento! Lo teníamos al lado de Valladolid y no nos habíamos dado cuenta.

Poco a poco bajamos por toboganes, rozando algunos campos de cereal que han respetado enormes robles; en las vaguadas abundan los juncos, tal vez hubo fuentes o manantiales.

Al fin, después de cinco o seis kilómetros, acabamos saliendo al camino que viene del páramo y que termina en la carretera de Zaratán a Wamba.

Desde luego, este monte ya no es extenso, pero intensidad no le falta.

Encinas

29 agosto, 2010

¡La encina! ¡Símbolo y emblema secular del alma de esta tierra! Árbol que parece de roca, de berrueco, dura, prieta inmoble al viento, de oscuro follaje perenne, que escribiera Unamuno.

A pesar de que Valladolid es una provincia de páramos y cultivos, no faltan los montes, y la encina es seguramente, después del pino piñonero, el árbol que más abunda. A punto de terminar el mes de agosto -mes en el que hemos rodado muy poco por estas tierras- damos unas claves sobre los encinares y sitios donde abundan las encinas esparcidas.

En Tierra de Campos podemos pasear por montes de encina en el término de Mayorga: ahí están el monte de San Martín y el monte Grande, además del monte Chico -realmente reducido-, todos en el extremo noroccidental de la provincia. Y, rodeado por tierras leonesas, la dehesa de San Llorente con su pequueño encinar. Roales también tiene su monte, en este caso, entre León y zamora. Junto a la carretera de León vemos en Berrueces la típica dehesa de encinas centenarias, bajo las cuales se cultiva cereal o pastan vacas. Hay otros pequeños encinares en esta Tierra y, sobre todo, encinas aisladas, grandes y pequeñas. Destacan, por ejemplo, las encinas en la carretera que conduce a San Pedro de Latarce.

Los montes Torozos son de roble y encina. O más bien de matas de roble y encina, pues siendo una buena extensión de monte, escasean los ejemplares de buen porte. Habría que ir al monte El Viejo, en Palencia, para contemplar eso, viejos ejemplares.  Pequeños encinares en el páramo los descubrimos también en los términos de Corcos o Quintanilla de Trigueros, como desgajados del gran monte de Torozos. En cualquier caso, las extensiones más grandes de monte enciniego y de roble son los de Torozos, y tienen dos grandes manchas: alrededor del monasterio de la Espina, en los términos de Castromonte, Villabrágima, Tordehumos  y San Cebrián, y entre Mucientes y Villalba de los Alcores, sin contar el monte de Peñaflor.

Junto al Duero tenemos una gran extensión de encinas: la dehesa de Cubillas, abundante en viejos ejemplares. Muy cerca, las dehesa de Cartago y el monte de Bayona, con menor extensión pero de buenos ejemplares.

En Tierras de Medina y de Olmedo, no abundan los encinares, pero entre los pinares del Eresma y Adaja vemos abundantes ejemplares aislados, al igual que en el resto de la campiña destinada a cultivo.  En Torrecilla de la Abadesa hay un pequeño encinar y en Bodabilla del Campo, elexpléndido monte del Duque o de Bobadilla.

Más complicado sería dar cuenta de todos los encinares que se extienden del Cerrato al páramo de Campaspero pues, aunque no muy extensos, son abundantes. No lejos de la ciudad están los montes de San Martín de Valvení y de Villabáñez, además de la dehesa de Fuentes, en La Cistérniga. Valderrobledo lo descubrimos entre Piña de Esgueva y La Sinova; en Esguevillas, Valdecarros y el monte San Cristóbal; Carrascalejo en Fombellida; pequeños encinares rodeando el embalse de  Encinas de Esgueva…  Hacia el Duero descubrimos la amplia dehesa de Monte Alto, en Pesquera; el monte de San Llorente, y abundantes encinas en los pinares del Carrascal (Quintanilla de Onésimo) o de la Fraila (Montemayor). Y en  toda esta zona son numerosos los buenos ejemplares, más o menos aislados, o en pequeñas agrupaciones; no hay más que ver las encinas de La Quemada en Olivares,  las de San Bernardo, o las que se asoman en los cerrales de Quintanilla de Onésimo.

Bueno, no parece que falten encinares en estas tierras, a pesar de que antaño hubo muchos más, y más extensos. Prácticamente todos los páramos estuvieron recubiertos de monte, y no faltaban en el resto de la comarca.

Para terminar, dejamos al lector en manos de Unamuno, tal como empezamos.

Estas robustas matriarcales encinas castellanas, de secular medro, que van siendo sustituidas -¡lástima-! por esos pinos quejumbrosos –¡queixumes dos pinos!– y resinosos. Estas encinas, que esconden su flor, la candela y dejan escabullir,-o sea escascabullir, o salirse del cascabullo o cascabillo, del dedal -la bellota- “su dulce y sazonado fruto”, que dijo Don Quijote, para que se ceben cochinos en la montanera.

Al recorrer ahora estos campos he recordado otra predicación, una predicación propiamente comunista, al pie de una encina castellana, predicación de hace tres siglos y cuarto. Fue de Don Quijote, el gran comunero. En el capítulo XI de la primera parte se nos cuenta, cómo el caballero, habiendo tomado un puñado de bellotas en la mano y mirándolas atentamente, soltó la voz a razones… comunistas. Fue cuando entonó aquella arenga de  Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados… y lo que entonces se  ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío,  pues eran en aquella santa edad todas las cosas comunes…

¡Milenarias encinas castellanas a que riegan ramas del Duero y del Tajo, que Dios bendiga vuestro canto quijotesco, canto que me ha sido dado oir mientras miraba el oleaje dorado de la mies a espera de la hoz segadora!

(Del artículo Entre encinas castellanas, publicado en El Sol, Madrid, 11 de julio de 1931)