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Robles desnudos y un molino al que se le arrebató su río

7 abril, 2019

Ya vimos algunos robles en la última entrada, pero nos han atraído de nuevo, pues tienen algo de mágico y misterioso…

Si paseamos estos días por el monte de las Liebres, en Valdenebro, veremos que estos árboles parecen observarnos o, al menos, trasmitirnos cierta inquietud, algo distinto de lo que nos trasmiten otros árboles como los pinos o los chopos, que son como mas amables y serenos. Los quejigos son distintos y además, vistos ahora, desnudos, no hay dos iguales.

Todos tienen una corteza parda, de color grisáceo, con abundantes manchas anaranjadas que brillan elegantes al sol, producidas por un liquen. Si bien los troncos son fuertes y erectos, las ramas con frecuencia surgen en las direcciones más variadas e insólitas, se retuercen y a la la vez que se dividen y multiplican, van afinándose hasta desaparecer. Los nudos, de los que a veces surgen varias ramas a la vez contribuyen a darle ese aspecto de árbol viejo. Conforme pedaleamos por el camino viejo de Valdenebro a Valladolid, los robles nos van saludando a la par que nosotros nos vamos asombrando de sus correspondientes figuras, por lo ya dicho. Unos son más esbeltos, otro más corpulentos; otros nudosos y retorcidos mientras que los hay ligeros u con casi todas las ramas hacia arriba; unos viejos, otros más jóvenes; la mayoría han perdido todas las hojas, pero alguno todavía no las ha tirado… Parece un bosque un tanto lúgubre y tenebroso, a pesar de que el sol brilla en lo alto. Además, el suelo está de un amarillo mortecino.

Al final, el camino se abre a la luz casi cegadora y surge, abajo y al fondo, entre sembrados, la silueta de la iglesia de Valdenebro recortada sobre el Moclín. El camino también acaba aquí, cortado secamente por la carretera.

Volvimos hacia atrás, para seguir disfrutando de este bosque donde es difícil cansarse o aburrirse, así que de nuevo disfrutamos de otros viejos robles, de un pozo en un claro, de los linderos, de la piedra caliza de los caminos a flor de piel, de la piel del suelo y… nos alejamos por la carretera de Villalba, girando hacia Montealegre, hasta tomar el viejo camino de La Mudarra, bien protegido en la última parte por muretes de piedra y almendros. De vez en cuando, las ruinas de alguna caseta de antiguos viñedos.

Hasta que al fondo se abrió, el impresionante castillo de Montealgre, recortado por el cielo de Tierra de Campos. Rodeamos el cotarro donde se asienta el pueblo y nos acercamos a refrescarnos en la fuente Lluviel, manantial más bien.

Bodegas, cruces, palomares. Un poquito más y hubiéramos llegado a la ermita de la Virgen de Serosas, al fondo, pero nos fuimos, casi con el río, hacia el norte. Viendo en un mapa viejo el lugar donde trabajó el molino de la Serna, nos acercamos. Allí estaba, si bien sólo quedaba un trozo de pared en pie y un montón de piedras. Y una hermosa vista de Montealegre con su castillo e iglesias. Por aquí pasó el río Anguijón. Se nota porque la cebada crece más verde y alta, a lo largo como de un sinuoso reguero. Ahora se han llevado el río para convertirlo en un cauce rectilíneo. Cosas de los modernos ingenieros.

Un poco más y llegamos a Meneses, donde nos esperaban a la hora de comer con una paella y buen vino.

El trayecto –aquí lo tenéis- lo iniciamos en La Mudarra. Al poco de salir del mismo, nos encontramos con una buena cantera que explota la capa de caliza que hay en el páramo a ras de suelo. Y enseguida pasamos por un pinar en el que se levantaban, bien enhiestos, algunos cipreses. El pinar sigue avanzando sobre el monte de robles; en Las Liebres hay abundantes plantaciones de pimpollos, además de pinares creciditos.

Montealegre desde los restos del molino

Almendros florecidos en Torozos (Villalba, Montealegre, Valdenebro)

16 marzo, 2019

El almendro es un árbol habitual en los paisajes de la provincia. Lo vemos, sobre todo, señalando límites y, en hileras, acompañando caminos. O lo veíamos porque, la verdad, va a menos: si un camino se ensancha o se convierte en carretera –como fue el caso de la conexión de Herrera de Duero con la carretera de Segovia- el almendro es arrancado, y puede ocurrir lo mismo si en la tierra delimitada por almendros se comienza a cultivar por grandes máquinas. No solía haber plantaciones exclusivas de almendros, sino que todas tenían un carácter complementario, acompañando huertas, viñas u otros cultivos. Tampoco ocurre así hoy, pues empezamos a ver extensas plantaciones de almendros (por ejemplo, en Villamarciel).

Viña cerca de El Mazcar

Pero aún quedan muchos almendros perdidos por nuestros campos: no sólo la UE, también los reyes de Castilla dictaron leyes promoviendo los plantones de árboles; con frecuencia los agricultores de antaño plantaban almendros -mientras que los de hoy planta, sobre todo, pinos- pues sus ventajas eran manifiestas: prácticamente crece solo, pues no necesita de excesivos cuidados; nos ofrece un fruto, el almendruco, con el que se elabora repostería variada y otros productos, como la sopa de almendra que en nuestra zona se tomaba tradicionalmente en Nochebuena, preparados medicinales, aceites y cremas…

Volviendo de Landemesa

El caso es que la figura del almendro nos es particularmente familiar en febrero o marzo, cuando estallan en flores blancas o rosáceas por estos andurriales. Esta vez no nos los encontramos, sino que salimos a su encuentro por los términos de Villalba de los Alcores, Montealegre y Valdenebro de los Valles y en lugares donde sabíamos que es abundante.

Blanco el suelo y no es escarcha

La Picotera de Landemesa

En primer lugar nos acercamos a la Picotera de Landemesa –o Vandemesa, según quieran los mapas- en dirección norte. Allí nos encontramos con un curioso complejo de corrales, parcelas o tierras delimitadas por buenos muros de piedra –muchos caídos, algunos muy anchos e incluso de piedra trabajada- y almendros entre ellos o, por mejor decir, en ellos mismos, como si formaran parte del muro. O, simplemente, se trata de restos de una agricultura que no concentró la concentración parcelaria por la abundancia de árboles. Sea como fuere, lo cierto es que estaba especialmente llamativo, con todos los almendros estallando en flor. Claro que no disfrutamos demasiado del espectáculo, pues la niebla se cernía sobre nosotros impidiendo la entrada del sol. Dejamos las burras pastando en uno de los corrales y recorrimos el lugar caminando. ¡Más de cien parcelas componen este lugar tan curioso! Nos acercamos hasta el cerral para contemplar Tierra de Campos, con los restos de dos antiguos monasterios en primer plano: Matallana y Valdebustos, este último menos conocido, lo fue de Jerónimos hasta la desamortización del siglo XIX en que se convirtió en granja agrícola. Hacia el este nos asomamos también a la laguna de Valdebustos, en el vallejo de Valdecán.

Señalando el horizonte

Conforme nos dirigíamos al siguiente objetivo, las hileras de almendros y los ejemplares solitarios no dejaban de adornar el paisaje; la niebla se iba levantando poco a poco y los claros por los que se colaba el sol se ampliaban.

El Mazcar

Al oeste de Villalba vemos los corrales de San Vicente, de un tenor muy similar a los anteriores pero mucho menos extensos y, por tanto, con menos almendros de fiesta. Además, la densidad de estos árboles es aquí menor.

Al fondo, el páramo del Moclín

De nuevo a rodar en dirección a Montelegre, para conquistar el curioso sitio de El Mazcar, que se levanta como en una colina, en el sitio más elevado de la zona. Como la colina es alargada, las parcelas siguen ese mismo patrón, en lo más alto. A nuestro ras, el verde del cereal naciendo; arriba el blanco de los almendros y, más arriba el azul del cielo. Buen lugar para perderse. En el extremo de la colina nos acercamos hasta la fuente de Valderrina, que está seca. Y al bajar hacia el valle del Anguijón también estaba seca la fuente del Barruelo, pero al menos disfrutamos de unas preciosas vistas sobre el Montealegre y su castillo.

Viejo almendro y muro derrumbado, escena muchas veces repetida

En la ribera del Anguijón, los álamos también estaban en flor, pero se trata de una flor muy humilde y pequeña, que no pretende revestirse de un color llamativo. No obstante, el color de estos árboles es ahora distinto, tirando al amarillo unos ejemplares y al encarnado otros. Y tiene con el almendro que saca antes la flor que las hojas.

La Picotera, El Mirabel, los Pajares

Después de una cuesta, carretera y campo, llegamos a la Picotera, otro amplio entramado de corrales, parcelas y almendros con sus correspondientes calles. Y como está precisamente en una picotera, ofrece excelentes vistas sobre Valdenebro, y el valle que se abre hacia el Moclín. Bajamos al vallejo de Arenillas para subir de nuevo al páramo por el Mirabel, otro conjunto de vallados almendrados en explosión. Pero ya no entramos. Con todo lo anterior teníamos más que suficiente para llevar como corresponde este día tan primaveral.

En la Picotera de Valdenebro

En fin, bordeamos el monte de las Liebres y Navafría y pasamos junto a los corrales o parcelas del Tío Perdiguero y la Huelga. Pero en estos no hay almendros, sino encinas y robles entre los muros, por lo que pasaron desapercibidos para nosotros. No nos acercamos a los Pajares, entre Villalba y la cañada leonesa, de abundantes almendros y parcelas alargadas y con un chozo. Más lejos, en Navalba, en plenos Torozos podemos ver un gran claro de unos 4 km² de extensión dividido en parcelas casi idénticas de 350 por 60 metros con linderos formados por robles y encinas. Algo parecido observamos en los montes de Cigales y Ampudia: modos seculares de explotación de estas tierras.

Y, enseguida, bien asendereados, llegábamos a Villalba. Cayeron casi 50 km sin darnos cuenta, entre almendro y almendro, que no entre almendruco y almendruco, lo que hubiera sido más reconfortante y energético. Aquí, el recorrido.

Torremormojón

12 octubre, 2016

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Partiendo de Villalba de los Alcores, en el páramo de los Torozos, bajaremos hasta Tierra de Campos para luego regresar subiendo y bajando cerros y portillos. O sea, esta excursión recorre los límites entre Campos y Torozos.

Tomamos el camino que parte del pozo de Villalba siguiendo el arroyo de Matallana. Todo está seco y amarillo, por eso se agradecen de manera especial algunas alamedas que este arroyo posee. Luego, el camino desaparece y nos dedicamos a subir y bajar colinas hasta llegar al vértice geodésico de Atalayas, desde donde se divisa perspectiva del castillo de Montealegre, de Ampudia con su torre de la iglesia y su castillo, y de Tierra de Campos. También vemos cómo nuestra próxima meta –la Mella- se mete en Campos.

Montealegre

Montealegre

Bajamos un poco y nos encaramamos a la Mella del Garañón donde, además del panorama, contemplamos los juegos de los elementos con el páramo. Aunque ya la conocíamos, no deja de ser curioso cómo la calizas de la cima se van deshaciendo o cayendo dejando a su vez cárcavas blanquecinas de yeso y más debajo de arena marrón.

Po caminos solitarios en los que pastan rebaños de oveja sin pastor ni perro y luego a campo traviesa, pasamos junto a la fuente Rosa. ¡Da gusto ver fuentes cuidadas frente a tantas otras cegadas y olvidadas! El camino nos lleva luego por el cementerio, que tiene una portada de ladrillo trabajado y una cerca con simpáticos ventanucos casi a ras del suelo.

Cárcavas

Cárcavas

Los pueblos de Palencia por los que hemos atravesado estaban todos muy limpios; como si sus habitantes estuvieran contentos de vivir en el pueblo y no en la ciudad. En Villerías descubrimos cómo utilizar las cubiertas usadas de los coches: debidamente tratadas y pintadas pueden servir para construir el Pozo de los Deseos o bien para colocar un automóvil de uso infantil en plena calle. Además, todo esto lo vigila y protege un fuerte Dragón. Además de la fuente Rosa, Villerías posee el tradicional bebedero y otra fuente con sus paredes bien adornadas. Y mantiene dos negrillos junto a la portada de la iglesia. Bueno, todo como para quedarse a vivir allí.

Pero nos fuimos en dirección a norte por el camino de Castromocho. Claramente, ya no se utiliza este camino: después de cruzar junto a la Nava, en los Cirios, desapareció. Menos mal que el suelo de la rastrojera estaba duro y así pudimos continuar manteniendo la dirección y con la torre de Castromocho –y la de Boada, y la línea de álamos del Canal- al fondo. Al llegar al cruce del camino de Boada y Torremormojón, nos dirigimos hacia esta localidad. Nos desviamos hacia la charca de la Costana Verde, que no tenía ya agua. El resto de lagunas y pozos señalados en los mapas no los encontramos, no deben existir.

Moral solitario en Tierra de Campos

Moral solitario en Tierra de Campos

Hacía tiempo que no pasábamos por Torremormojón y, la verdad, nos sorprendió. ¡Qué iglesia tan inmensa y preciosa, con torre románica y entradas góticas! Entre sus edificaciones civiles había desde palacios de piedra y ladrillo macizo hasta humildes casas de barro. Palomares de los tipos más variados. Y un moral con sus frutos maduros y sabrosos.

Torremormojón desde el Monte Mojón

Torremormojón desde el Monte Mojón

También subimos al Monte Mojón, que se ve desde toda la Tierra de Campos y es un excelente mirador sobre esta misma comarca. ¡Qué inmensa llanura, y que dominio tan enorme podían vigilar desde aquí sus antiguos castellanos! En el pico más alto vimos el castillo, que conserva parte de sus pasadizos, torres y bóvedas en buena piedra de sillería; si bien no sabemos por cuanto tiempo. Se eleva por encima del ras del páramo cercano, lo que indica que la piedra de este cerro resistió los embates que acabaron con la paramera en esta zona. Pero el agua y el viento siguen trabajando y pudimos contemplar los cantiles y cárcavas de mil formas diferentes que aquí siguen esculpiendo.

Aspecto del castillo de Torremormojón

Aspecto del castillo de Torremormojón

Entre los molinos de viento pasamos al valle del arroyo del Salón por el Portillo –otra subidita de nada- y nos dejamos caer en Ampudia. La iglesia estaba abierta y pudimos contemplar, entre otras muchas, dos maravillas: el mecanismo del antiguo reloj que, desde la torre, daba las horas al pueblo –sus pesas eran tres enormes y llamativas piedras calizas- y una representación, mediante figuras propias de una Nacimiento y paisajes, de la Pasión de Nuestro Señor. Nos lo enseñó su propio autor, el señor Benito. ¡Muchas gracias de nuevo!

Nos paramos también a beber agua, comer moras y contemplar algunas bodegas de noble aspecto. Desde lejos, saludamos al castillo que ya habíamos visitado en otra ocasión.

En Valoria del Alcor

En Valoria del Alcor

Por la carretera –sólo 2 km- nos acercamos a Valoria del Alcor, únicamente por contemplar el exterior de San Fructuoso, sus calles y sus casas típicas.

Y por la cañada real leonesa nos plantamos, ya con el sol de frente, en Villalba de los Alcores, donde la gente es especialmente acogedora, pues si estaba el bar cerrado, unos vecinos nos ofrecieron cerveza.

Aquí, el mapa del recorrido.

De vuelta

De vuelta

La Mella del Garañón, en los Alcores

11 junio, 2016

Villalba del Alcor 2016

La Mella del Garañón es un cerro con forma de lomo, alargado, que quiere escaparse del páramo de los Torozos en dirección norte, hacia Meneses de Campos, que está a 4 km. Se encuentra a poco más de un kilómetro al este de Montealegre. Uno se pregunta ¿por qué Mella? Pues resulta que los accidentes geográficos de elevaciones del terreno tienen nombres según su forma: mota, mesa, pico, mambrilla, cabezo, lomo, falda… Al subir a la Mella del Garañón, ya en su larga cima, pudimos comprobar que ¡estaba mellada! pues cuenta al menos con un rebaje en su lomo. O dos, si se cuenta desde su unión con el páramo, donde justo tiene otro. Su lomo no es continuo, sino mellado.

Lo del Garañón tiene menor importancia, es como el apellido. En aquella zona pudo pastar, en tiempos lejanos, un garañón. O era donde el tío Garañón tenía sus tierras. A saber.

Paisaje desde la Mella. Al fondo, Montealegre

Paisaje desde la Mella. Al fondo, Montealegre

Además es un buen observatorio. Primero, de sí misma. O sea, que aquí podemos estudiar los diferentes estratos del páramo: abajo vemos las cuestas arcillosas, suaves y de color marrón que denotan la existencia de un antiguo mar interior; están acarcavadas por la acción de las aguas. Encima, otras arenas y margas; más arriba yeso de un blanco que nos deslumbra con el sol y, finalmente, las rocas calizas, con algunas lajas todavía no fracturadas y, arriba del todo, un auténtico y curioso canchal. Incluso parece que hay una línea de fractura en el mismo lomo. También es cierto que todo esto se aprecia a la vez que los pequeños bancales realizados para plantar pinos rastreros. En la falda este han prosperado algo, y nada en la oeste.

Cima de la Mella

Cima de la Mella

Y luego de la Tierra de Campos, de este a oeste: Montealegre, Meneses, Boada, Villerías, Torremormojón, Ampudia… El día era brumoso; se recomienda venir los días con atmósfera transparente y no olvidar los prismáticos.

 Cisqueros

Pero las sorpresas de la excursión no acabaron en la Mella. En el monte, entre el Esquileo de Abajo y Villalba pudimos descubrir montones de cisco o picón de encina recién hecho. El monte estaba con las encinas bien olivadas, lo que nos hace suponer que sus ramas habían sido quemadas para carboneo. Como en el caso de la resina, estamos volviendo a los usos tradicionales del monte, ¡qué bien! Eso significa cuidado y mantenimiento y, además, rentable (o casi, pues esto no lo pudimos comprobar). Lo ideal.

Carboneras

Carboneras

También, pudimos acercarnos a otros miradores, entre Villalba y Valoria del Alcor. Al fondo, como si fuera un paisaje pintado a la acuarela, se veían los difuminados Campos, no de Tierra, sino de trigo, alfalfa, cebada, amapolas, colza, guisantes forrajeros… todo de diferente color y tonalidades. Pocas veces encontraremos así esta austera tierra.

 Asombro ante San Fructuoso

Una sorpresa más: Valoria del Alcor, pasa desapercibida y oculta en un pliegue del páramo con sus bodegas, su ermita de la Virgen de Guadalupe con fuente incluida, sus casas de piedra caliza y su joya más escondida por desconocida: la iglesia de San Fructuoso. La verdad es que forma parte del páramo, en particular de su piedra caliza. Y aunque el paisaje natural de esta zona es perfecto para la contemplación, lo mismo podemos decir de esta iglesia. Merece la pena hacer un viaje solo para conocerla.  Es de un románico sencillo y puro y en su mismo lugar pudo haberse levantado una iglesia visigótica anteriormente. Sus arcos de medio punto cegados al haberse clausurado una galería nos dejan perplejos ante una perfección a la que se ha privado de utilidad… Estaba cerrada, pero el exterior fue más que suficiente.

En este paisaje domina el lino blanco

En este paisaje domina el lino blanco

Chozos de piedra en el Campo

Otro acontecimiento memorable fue acercarnos hasta la Cabaña o Chozo del Junco, una de las pocas corralizas con chozo de piedra caliza en plena Tierrra de Campos. Se levanta en medio de un campo –ahora- de alfalfa, a unos 3 km al noroeste de Valoria. Se encuentra en mal estado de conservación -¡qué raro!- pero todavía lo podemos contar. De sus piedras salen un montón de hierbas y matorrales que ahora le dan un aspecto primaveral. Otra cosa distinta aparentará en verano.

La Cabaña

La Cabaña

Pasmos también por Matallana y Montealegre. Pero sólo reseñaremos las buenas maneras de la señora que atiende el bar de esta última localidad. Nos limpió el bidón de agua por dentro y lo llenó de hielo. Además de servirnos una caña –lo pedido- con tapas variadas –no solicitadas.

Valle de las Fuentes,  las flores y los Alcores

Nuestra excursión terminó bordeando el valle del río Anguijón o de las Fuentes, florido y exuberante como pocas veces  lo hemos visto, y pasando junto a las ruinas, bien conocidas, de sus molinos.

El Mormojón al fondo

El Mormojón al fondo

Si a todo esto le unimos el soportable calor propio de la estación y el aroma y colorido con que se visten ahora los campos –blanco del escaramujo, del marrubio, del tomillo salsero o del lino; amarillo de la coronilla, la ardivieja o la tamarilla; azulado de la lengua de buey, del lino azul o de la salvia; rojo de la jabonera o del callejón- concluiremos que la excursión valió la pena. Los Alcores dan para mucho. Pero ahí ha quedado, desafiante desde todos los puntos del trayecto, el cerro o alcor de Mormojón, que se eleva por encima del páramo: habrá que humillarle. Lo dejamos para una avanzadilla siguiente.

(Y una última curiosidad: alcor viene del latín colliscolina- a través del árabe. Collis> Al cúll> Alcor. O sea, los mozárabes le meten el artículo y nosotros se lo volvemos a meter)
Arcos de San Fructuoso

Arcos de San Fructuoso

 

Entre Campos y Torozos

4 diciembre, 2015

Villerias 2015

Estamos en los límites de Tierra de Campos, pues mientras que Villerías es plenamente terracampina, Montealegre –aunque se apellida de Campos- está sobre una loma entre Torozos y Campos, y Villalba se levanta sobre el páramo si bien su término municipal pertenece en parte a Campos. En todo caso, este será un paseo tranquilo y relativamente corto: de Villalba a Villerías, y vuelta. Sin embargo, el viento puso lo peor y el frío –el primer día de verdadero invierno- hizo el resto. Está claro que los músculos del ciclista funcionan mejor en verano que en invierno. Pero somos todo terreno y todo clima.

En primer lugar, nos acercamos a la picotera de Landemesa. Picotera es a pico algo así como ladera a lado. O sea, en este caso, un terreno que tiene esa forma. Este término también se usa en el vecino Valdenebro. Y tanto en aquí como allí el terreno estuvo plantado de majuelos y con linderas de almendro y vallas de piedra.

Camino de Landemesa

Camino de Landemesa

Estamos donde el páramo se acaba y aparece la infinita Tierra de Campos. La caída no es tan fuerte como en otras laderas de Torozos, pues aquí se compensa con la mayor altura de la comarca terracampina. La vista disfruta como pocas veces: una llanura que se une al cielo allá al fondo, con tonalidades ocres, amarillas, verdes. Encima, nubes aborregadas de color blanco y gris pasean rápidas flotando en el aire. En el páramo, al Este, aparecen los molinos de Ampudia y, salteados por tierra que se extiende a nuestros pies, los pueblos, con la torre de la iglesia que les personaliza: Torremormojón, Pedraza, Mazariegos, Baquerín, Castromocho, Villerías, Capillas, Villarramiel…

Tierra de Campos. Mormojón al fondo

Tierra de Campos. Mormojón al fondo

Bajamos a campo traviesa por una zona de monte bajo y buscamos cerca de la carretera de Matallana a Alcor las fuentes de Toruelo –que no encontramos- y Pinilla, que descubrimos a duras penas totalmente asfixiada por la maleza y rota por la desuso. Sí que percibimos que se trata de una zona donde afloran los manantiales, pues los arroyos llevan agua y en medio de los campos de cultivo quieren surgir zonas pantanosas. Pero lo que más nos llama la atención es el horno de cerámica relativamente bien conservado, en el lado norte de la carretera y junto a pequeño cabezo.

El horno

El horno

Ahora tomamos el viejo camino de Montealegre a Ampudia hasta que nos quedamos a cuatro kilómetros de esta localidad. Los molinos nos centran una atención que se la quitan a la majestuosa torre de Ampudia. Entre Ampudia y Valoria distinguimos, ahora en tierra de labor, los corrales y chozo del Junco. A nuestra derecha, a unos seis kilómetros, el inconfundible alcor de Mormojón.

Torcemos hacia Villerías por el camino que viene de Valoria del Alcor, que aparece escondida entre los pliegues de la ladera. Subimos y bajamos por un camino en tobogán que nos sitúa cerca de una laguna –seca por el momento- que ha quedado en medio de un campo de labor. Curiosamente pertenece al término de Torremormojón, que llega hasta aquí en forma de lengua. El resto del campo es de Villerías (norte) y Ampudia (sur). Hay otras lagunas de las que ya no queda ni rastro.

Villerías al fondo. En primer plano, una de las lagunas

Villerías al fondo. En primer plano, una de las lagunas

Después de un paseo por Villerías –palomares y queso- tomamos el camino del cementerio y, un poco más allá, aparecemos en la fuente Rosa, recientemente rehecha. Es un lugar curioso como pocos. La fuente mana en lo alto de un teso extendido, si bien nos recuerda más un pozo que una fuente, pues el arca está en el fondo de un espacio de superficie pentagonal al que se baja por unas escaleras de piedra, como las paredes. La piedra es blanca, si bien quedan como tres cilindros de tonalidad rosa que debieron pertenecer a la antigua fuente. Era la fuente que abasteció a la localidad hasta principios de los años 70, luego condujeron sus aguas hasta el pueblo –vimos la fuente al tomar el camino del cementerio- y finalmente, el agua corriente, se toma del Canal de Castilla.

Aspecto de fuente Rosa

Aspecto de fuente Rosa

Bajamos a campo traviesa y enseguida tomamos un camino que nos conduce al que viene de Ampudia y lo tomamos en dirección a Montelegre. También se le conoce como cañada Zamorana. Una auténtica muralla nos da sombra –no se agradece, hoy preferimos sol- y el camino que se hace cañada nos lleva junto a lagunas y humedales. O se acumula o mana el agua. Todo extremadamente húmedo. Poco antes de llegar a la carretera descubrimos, a la izquierda, otra fuente que mana en tierra de labor.

Desde el castillo

Desde el castillo

En Montealegre nos acercamos al castillo para contemplar de nuevo la inmensidad de esta Tierra. ¡Qué buen mirador, el cerral, para descubrir los campos de tierra! Desde aquí descubrimos nuevas torres: Meneses, Boada, Castil de Vela, Capillas, Abarca, Autillo… Y el sol anuncia su puesta haciendo brillar algunos campos verdes al mismo tiempo que oímos la voz de Jorge Guillén, presente siempre en Montealegre:

Esta luz antigua
De tarde feliz
No puede morir

Ya solo nos queda poner rumbo a la localidad amurallada en la que comenzamos a rodar. Y lo hacemos por el camino viejo de Villalba, que abunda en subidas y bajadas. De vez en cuando, a través de un vallejo o en nuestra memoria, nos asomamos a Tierra de Campos. La luz antigua de tarde feliz muere per resucitará mañana…

De vuelta con las luces cayendo

De vuelta con la  luz antigua

Por Tierra de Campos desde Las Liebres (Montealegre, Meneses, Palacios, Valdenebro)

26 abril, 2015
Primer roble de Las Liebres, entrando desde Valdenebro

Primer roble de Las Liebres, entrando desde Valdenebro

Antes de llegar al río Anguijón, cruzamos el monte de las Liebres, que ahora se está desperezando: la hierba parece que quiere verdear y los tímidos robles empiezan a echar yemas y brotes que son anuncio de su perezosa hoja, que ni se cae en otoño –lo hace en invierno- ni sale hasta casi el verano. Nos acordamos de que tenemos que volver por aquí una noche de invierno sin luna para intentar descubrir los seres que en este tenebroso monte podrían habitar. Nos sorprendió un pozo ganadero que no habíamos visto en otras ocasiones.

Después de cruzar un descampado, llegamos al despoblado de Fuenteungrillo, que fue una localidad relativamente populosa –llegó a tener dos parroquias- entre los siglos X y XIV. Luego se sumió en la noche del olvido, y tanto que algunos hemos llegado a comtemplar –hace unos 30 años- esta ruinas cubiertas de una pradera de yerba rala que durante muchos siglos fue descansadero del trashumante ganado merino. Ahora está excavado en parte, y visitable.

Camino de Fuenteungrillo

Camino de Fuenteungrillo

A continuación, nos sumergimos en el valle del río Anguijón, como ya hemos contado en la entrada anterior. Y salimos de él para encontrarnos a los pies del cerro donde se levanta el castillo de Montealegre. Por cierto, allí, en el centro mismo de un cercado de piedra que ahora está sembrado de cebada, podemos ver un pozo de noria de buena piedra caliza y mejor factura, con su puentecillo en medio y a unos metros del suelo, que servía para reparar más fácilmente el mecanismo elevador, del que no queda nada.

Y ahora, ¡a rodar por Tierra de Campos! Bien protegidas las espaldas (la retaguardia la protege el castillo) llegamos a Meneses. Aquí el Anguijón es una pobre zanja cubierta de maleza. Visitamos la ermita del Cristo, la placita del Ayuntamiento, la Iglesia –su torre parecía la de un castillo- y algunas casas que son verdaderos palacetes. Pueblo tranquilo. No hay mucha vida ciudadana en esta Tierra.

En Palacios de Campos

En Palacios de Campos

A rodar de nuevo, pasando por las lagunas de la Polea –seca- y, ya en Palacios, de los Árboles. Es un amplio y llano espacio desde el que resulta siempre visible Montealegre y su castillo. En Palacios entramos por las eras que disponen de casetas tradicionales de barro para conservar el grano. Y un chozo con un pozo anejo. Las eras también se han vestido de primavera y sus verde se anima con chirivitas y dientes de león. Otro capítulo a visitar fueron los palomares: naturalmente, casi todos están en un triste y franco proceso de derrumbe. No deja de ser curiosa la escalinata y los arbotantes –nada comunes en estas localidades- de la Iglesia.

Llegando a Valdenebro

Llegando a Valdenebro

Y ahora el último paseo hasta Valdenebro. Disfrutamos del sol poniente, de los campos luminosos y hasta coloreados, de las alamedas a medio vestir, de paderas, y de algunos árboles frutales todavía en flor. Nos esperaba, al final del camino, una fuente de piedra de buenas dimensiones –una de las muchas que posee la localidad- y los restos de una calzada que ha dado servicio durante siglos y siglos, hasta que llegó ese asfalto cuyos baches hay que reparar cada año para no volver –de repente- más allá de la edad Media.

Cerca de Montealegre

Cerca de Montealegre