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Marundiel, Villalbarba, Cirajas, la Vega y Mota

26 septiembre, 2019

(Viene de la entrada anterior)

Como todavía no estamos cansados, subimos a Cuestajendre, al otro lado de la carretera, que termina en una pequeña cima plana y tiene una altitud de unos 820 m, Y aquí, quedamos saciados de paisaje, si ello fuera posible. Estamos rodeados de motas y tesos, de páramos y valles. También distinguimos La Mota, San Cebrián y Tiedra. A nuestros pies, la fuente y el pozo de Vecillas, con su pradera y contados árboles… Al bajar, no comprobamos si tienen agua o no; hace unos años sí tenían. También distinguimos, lejanas, las alamedas que bajo las cuales se protegen las fuentes de Tiedra.

Los chopos señalan la fuente Vecilla

Enfilamos ahora, por la vega del arroyo Marundiel, la cañada del mismo nombre. Se rueda con dificultad, pues la hierba está crecida y el antiguo camino, sobre la cañada, ha desaparecido. Llega un momento en que la cañada también desaparece, comida por las tierras de labor. Pero vamos junto a los álamos del arroyo y, al otro lado, se levantan esculpidas en yeso las cuestas de Tiedra (si bien Tiedra está al otro lado, pero las cuestas están nominadas desde la Mota).

Cuestas de Tiedra

La cañada se pone peor y cuesta arriba. Casi no se puede rodar. Hacemos lo que podemos por rastrojeras –bien- y por tierras levantadas –muy mal- hasta que, con paciencia y cambiando de dirección, acabamos en la carretera que nos deja en Villalbarba, donde tomamos resuello. Y contemplamos palomares. Y puertas, traseras, fachadas y el puente de piedra; todos son verdaderas joyas de la arquitectura popular. Y la fuente del Pozo de la villa, muy parecida a la fuente del Caño, de Mota, ya de adorno también, puesto que el agua nos viene a través de una fuente conectada a la red.

Cárcavo del molino de Cirajas

Buscamos la otra orilla del río para subirlo por un camino con leves subidas y curvas, hasta que nos encontramos con el molino de Cirajas. Al principio dudamos si esta construcción que está al lado de una explotación agraria de buen tamaño es lo que queda del antiguo molino, pues parece que se ha usado como taller de maquinaria y se encuentra un tanto remozado al exterior, y cerrado. Tampoco quedan vestigios de la balsa o del caz. Hasta que, finalmente, descubrimos el arco de la cárcava. Cirajas, hoy despoblado, estuvo donde el caserío de la explotación y se le cita en el tratado de Fresno Lavandera -donde se señala la frontera de Castilla y León- como territorio castellano.

Regolfo

Atravesamos ahora, entre cuestas redondas y la vega, el pago de Villafeliz, que fue un término municipal hoy despoblado. Cruzamos el Bajoz para llegar al molino de la Vega. Sí, también es una ruina. Una bella ruina que mantiene una balsa asimétrica, la cárcava, si bien las paredes de caliza están en plena caída. Lo mejor es que podemos ver una piedra molinera, ejes, ruedas dentadas y… ¡un regolfo o tonel metálico bastante bien conservado! Gracias a él, se aprovechaba mejor la fuerza de las (pocas) aguas de estos ingenios en ríos de exiguo caudal. El molinero poseía también acequias o canales para regar las tierras próximas, protegidas por cercados de piedra que aún podemos contemplar, e incluso llegó a utilizarse como palomar. Otro precioso lugar perdido en los confines de Torozos –entre León y Castilla- que, hasta hoy, desconocíamos.

Finalmente, estamos de nuevo en Mota del Marqués. Cuenta con dos iglesias: arriba, en la cuesta y en ruina, la del Salvador, como protegida por el castillo; abajo, en estado regular pero en uso, la de San Martín. Pues bien, como estamos en tierra de fronteras, la de arriba perteneció a la diócesis de Palencia (Castilla) y la de abajo a la de Zamora (León).

Molino de la Vega

Por si fuera poco, también podemos visitar la ermita de la Virgen de Castellanos, imagen rodeada de leyenda, ya que Fernán González plantó aquí su pendón protector, bajo la advocación de esta Virgen, al salir vencedor en Simancas contra las tropas de Abderramán III. Lo que sí parece comprobado es que originalmente la iglesia levantada en este solar perteneció al monasterio de la Encomienda de la Orden de los Teutones. También podríamos hablar del humilladero del Cristo y su precioso crucero, de casas blasonadas, del palacio de los Ulloa, en fin, de todo lo que fue esta Mota y ya no será…

Dejamos Mota saludando a la Cruz de Hierro, como tantos motanos lo hicieran al tomar el camino de Tordesillas.

Manantiales y molinos que fueron en Mota del Marqués

22 septiembre, 2019

Vamos a dar un paseo por los alrededores de Mota del Marqués, comarca llena de historia y de preciosos paisajes, que tiene mucho más pasado que presente, como iremos viendo. Pero eso significa también que, aun siendo un poco triste porque el pasado no volverá, es una comarca llena de contenidos y significados, ideal para acercarse a ella y conocer un poco, sólo un poco, de lo que antaño fuimos, de lo que fueron Castilla y León. Y lo cierto es que aquí sí podemos hablar propiamente, como también veremos, de Castilla y de León, pues nuestra Comunidad Autónoma no deja de ser un invento de ayer.

Cerca de la fuente de don Juan

Salimos de Mota por la vereda de las Carreteras de Palencia. Dejamos a un lado el castillo sobre su mota y al otro lado un campo de fútbol en el que se ha dejado crecer mala hierba. ¿Es que ni este deporte tiene por estos lares futuro? Hacia el sur, cuestas y colinas; hacia el norte, nos vamos acercando al páramo. Pasamos por donde estuvo una fuente de los Caños; mas tarde la vereda se introduce entre los pliegues del páramo, donde buscamos la fuente de Don Juan. Pero no vemos mas que los restos de una arqueta alta, de piedra en la base, de ladrillo el resto, que estuvo techada. Seca por completo. Sin embargo el paraje no puede ser más agradable, con abundantes juncos, arbustos y pinos en las cuestas.

Subimos hasta el vértice de los Almusinos para bajar de nuevo unos metros de ladera hasta el manantial de Valcavado que, igualmente, está seco. Al menos el paisaje que mira en dirección este merece la pena, deshaciéndose el páramo hacia Toro en las ya conocidas cuestas y colinas.

Los Almusinos

De nuevo avanzamos hasta donde manaba la fuente de Olmos. ¿Para qué seguir? Sí, también hay junqueras y majuelas pero no hay agua por ninguna parte. Una buena alameda nos separa de Adalia, a un tiro de piedra. Y cruzando el páramo de los Almusinos de sur a norte, bajamos, sin llegar a entrar, a San Cebrián de Mazote. Sólo una valla baja nos separa de buenas higueras y otros frutales.

Buscamos la fuente de las Cuatro Iguadas, con el resultado habitual. Nos consuelan las alamedas del Bajoz y sus altos y esbeltos chopos. El páramo nos muestra sus alturas, aquí casi verticales, al contrario que en la zona de Mota. Seguimos el río pero cruzamos por la senda de la Portilla, entre tesos, para bajar de nuevo al río por el prado de Villamor, convertido a estas alturas del siglo XXI en tierra de cultivo.

Chopos del Bajoz

Por aquí se levantó Villamor, hoy despoblado. Quedan restos de un molino: la balsa forma una extraña figura, como de jamón, para aprovechar mejor el terreno. Vemos el eje que trasmitía el movimiento a la piedra volandera clavado en la sala de trabajo y apareciendo en la cárcava. Ventanas y ventanucos de cuento de hadas. Basura -¡qué pena!- y matas de negrillo. Y, lo que es la vida: en el Boletín O. de la Provincia de 16 de diciembre de 2016 (hoy mismo, como quien dice) se publica una información sobre extinción del derecho de aprovechamiento de aguas del Bajoz para fuerza motriz, molino de Villamor, con un caudal máximo de 400 l/s a favor del Sr. Marqués de Viesca. Curioso, ¿no? ¿Hace cuantos siglos se paró el molino? ¡Cómo nos gusta a los hispanos el papeleo y la burocracia! Que esté en ruina y sea un basurero es lo de menos. O que el Bajoz esté seco, como está. [El último Marqués de la Mota fue el de Viescas; antes lo fue Rodrigo de Ulloa, Contador de los Reyes Católicos; antes de ser Marqués Rodrigo fue la Mota de Toro y antes Santibáñez de la Mota. O sea, la Mota no se ha movido y ahí sigue, impertérrita]

Ventanuco del molino

Pero no solamente queda el molino arruinado. También, en la otra orilla del río, vemos un corral, el corral de Villamor, que todavía hoy se utiliza, no para el ganado, si no para guardar tubos de riego y aperos agrícolas. Las jambas del portón de entrada superan el dintel y están rematadas con un adorno más o menos esférico soportado por sendos escudos. No deja de ser curioso. En el de la izquierda parece leerse AÑO DE 1897 y en el de la derecha, VILLAMOR, con otras letras que no distinguimos. Todo es posible en el campo castellano que aquí se nos ha abierto entre cerros y colinas.

Al fondo, un chopo que padece la sequía del Bajoz y el teso de Villamor, avanzadilla del páramo.

Chopo y teso

Os dejamos aquí, en wikiloc, el trayecto y continuaremos en la próxima entrada.

Huyendo del barro

31 enero, 2019

Había estado lloviendo todo el sábado, de manera que el domingo -uno cualquiera de este enero que se acaba- decidimos rodar, huyendo del barro, por tierras de arena y grava. Como en los campos del Verdejo no suele haber demasiado barro, salimos desde La Seca para dar un paseo sin mayores pretensiones que eso, librarnos del temido barro que bloquea las ruedas de las bicis. Y lo conseguimos aunque no del todo, pues pasamos por tramos totalmente embarrados y resbaladizos. Tanto, que nos encontramos con un coche abandonado en medio de un barrizal que se extendía donde camino y barranco -o reguera, en este caso- se cruzaban, en el valle del Zapardiel.

Las ruinas del torrejón

Al poco de salir ya estábamos bajo el dominio del torrejón de Rueda. Enormes trozos de conglomerado de calicanto y ladrillo siguen desprendiéndose de él, de modo que el pobre torrejón se adelgaza y empequeñece. Pronto no quedará nada, al pesar de que la construcción es de excelente calidad, como bien deja ver. A su lado, la laguna del Torrejón también es casi historia: la reguera que le abastecía se encuentra seca y cegada a pesar de que, igualmente, tiene un muro de contención construido en buen ladrillo mudéjar. Aquí se cruzaban una cañada leonesa y la de Valdelapinta. El torrejón estaba, pues, en un paso estratégico.

Valle del Zapardiel

De ahí bajamos al valle del Zapardiel, poco profundo y muy ancho y, después de pasar por las Dueñas y contemplar en sus cercanías una colonia de cigüeñas, pusimos rumbo a Medina.

Por Medina del Campos pasan todos los caminos. Ella está como una ancha señora sentada en medio de la meseta; ella extiende sus faldas por la llanura. Sobre la rica tela, se dibujan los campos y los caminos, se bordan las ciudades. Medina del Campo tiene cuatro sayas: una gris, una blanca, una verde y una de oro. Medina del Campo lava sus sayas en los ríos y se muda cuatro veces al año. Las va recogiendo lentamente y en ella empiezan y terminan las cuatro estaciones.

Perfil

Está claro que nosotros llegamos en la blanca. Sánchez Ferlosio tiene mucha imaginación y nosotros no la encontramos recién lavada, al menos en el camino del Olmo, que fue por donde entramos.

La vieja muralla de la Mota

Nos acercamos al mercadillo, luego admiramos el Hospital de Simón Ruiz -¡lo están rehabilitando, qué bien!- y recalamos al fin en la Mota para contemplar con calma, no el castillo más moderno, sino las viejas y grandiosas murallas que datan del siglo XII, cuando Medina se repoblara ocupando, precisamente, la Mota, si bajar a la ciudad actual. Curiosamente, aquí estuvo también la Medina prehistórica y seguramente la visigótica. Luego, nos acercamos al denominado Mirador de la Reina, a poco más de 300 metros al este del castillo y que en realidad es un pozo de la nieve de buenas proporciones, como puede apreciarse por la boca que vemos en el suelo y la alcantarilla de desagüe a los pies. Y desde el mirador se aprecia la laguna -seca- que recogía el agua de la Cava de la Reina o arroyo de la Vega.

Muérdago

En fin, atravesando campos de labor, pinarillos, olivares y viñedos, llegamos a Rodilana y, poco más tarde, estábamos en La Seca. Aquí tenéis el recorrido, casi 50 km.

Entre Villardefrades y la Cuesta Tijera

28 octubre, 2018

(Viene de la entrada anterior)

Subida al páramo, entrada en los Torozos

Para subir al páramo de los Torozos apuntamos entre Almaraz y la villa de Urueña, inexpugnable con su muralla que parece continuación natural de la ladera del páramo.

Salimos de Villardefrades para pasar al otro lado de la autovía y después de llegar a un caserío agrícola, tomamos un camino bordeado de chopos y álamos dejando al norte Almaraz, hasta que llegamos al arroyo de la Ermita, que ha abierto una rendija en el murallón del páramo, y por ahí nos colamos. Está llena de verdor, con la humedad necesaria para que vivan varias arboledas, que ya han comenzado a vestirse con su dorado otoñal si bien se encuentran impenetrables a causa de la abundante fusca. Detrás, las ruinas del monasterio del Bueso (o Hueso). Siempre las ruinas; por todas partes en esta excursión.

Hacia el arroyo de la Ermita

Pasamos junto a la fuente de los Caños, elegantemente cubierta, que nos ofrece sus escaleras para bajar a los caños. Por una vez, por suerte, su cercado se encontraba accesible. De allí nos acercamos por un sendero entre almendros a la ermita de la Anunciada, en una pradería, bien a la vista de Urueña.

Aprovechamos la carretera de San Cebrián para subir al páramo. No se nos hizo ni costosa ni larga: a la derecha, el bosque de galería de un arroyo nos daba sombra y frescor y, a la izquierda, las entrañas del páramo nos mostraban los estratos de diferentes tipos de piedra caliza (clase práctica de geología).

Los Caños

En el monte, de nuevo pozos y fuentes

Rodando ahora sobre bogales y bien protegidos por las encinas de los montes Torozos, llegamos a la raya de San Cebrián, perfectamente señalada por un monolito. Justo cuando íbamos a tomar el camino de Tiedra descubrimos ¡oh casualidad! los restos de un precioso pozo ganadero, cuyo mínimo brocal de una pieza –¡ahora roto!- se ve que fue labrado en buena caliza; a su lado, una coqueta pila. Ya no queda sino una pared de la caseta que lo protegía. Ni del abrevadero que, se supone, estaba al lado.

Pozo en el monte

Nos vamos por el camino de almendros que parte del pozo hacia el oeste hasta que acabamos tomando el valle del arroyo de las Celadas. Este camino, como otros tantos, se encuentra bordeado de zarzamoras, rosales silvestres y endrinos. Hace calor: los insectos están muy pesados y las telarañas cuelgan de los manillares.

Vamos buscando la fuente de los Gallegos hasta que damos con ella. No puede ser más sencilla, es la mínima expresión de fuente, casi pasa desapercibida, y más con la maleza que este año hay por todas partes. En realidad es un manantial –que mana- protegido por una piedra más o menos plana. Peor suerte ha llevado la fuente de las Vecillas, a 700 metros de ésta, entre la carretera y una cañada. No queda ni rastro, solo algunas junqueras.

Fuente de los Gallegos

Últimos picos

Un camino nos conduce, en subida, hasta el alto de los Cotos, desde el que se contempla no solo el valle del Bajoz, sino también, al fondo, Mota y las otras cuestas y cerros que le hacen compañía. Una suave neblina atravesada por la luz del sol poniente le da al paisaje cierto aire romántico y decadente. Por aquí, ya se ve, todo es antiguo y está caído.

Cuando nos queremos dar cuenta ¡nos hemos quedado sin camino! ¿Algún problema? ¡De ningún modo!: tenemos nuestras bicis-cabras que nos conducen como si nada al fondo del barco de las Viñas, donde tomamos un camino que baja hasta el río Bajoz.

Cuesta Tijera y otras motas

Después de tres subidas al páramo, a alguno todavía le sobran fuerzas y de una carrera se presenta en la cima del cerro Cuesta Tijera, poniendo como excusa que hay un buen panorama sobre Mota. Pues claro que lo hay. Y abajo un buen lugar para descansar, lo que es igualmente cierto.

Los higos del Diablo, cerca de Torremolinos

25 octubre, 2018

Hace ya un mes que entró el otoño, pero la temperatura no ha bajado. En esta excursión por las estribaciones de los Torozos y Tierra de Campos, además de vestir todavía de corto, hemos pensado en lo bien que nos vendría una sombrita a la hora de pedalear. De hecho, terminando ya la excursión, se presentaron algunas nubes que agradecimos.

Motas, pozos, arroyos y picos

Salida de Mota del Marqués. Paisaje de eso, de motas, cuestas redondas, colinas, mamblas, picos, tesos, o sea, lo propio cuando el páramo se rompe en mil pedazos. No puedes seguir un recorrido plano y recto, y no tienes otra opción que ir buscando el camino con menos ondulaciones, cruzando de una colina a un arroyo y al revés. De manera que cuando nos introdujimos en los tesos de san Vicente, rodeamos la Cuesta Vecillas aprovechando una pradera –todavía verde en contraste con los alrededores secos y amarillentos- del arroyo del Medallón. El pozo –ya en desuso- tenía agua.

Prado del arroyo del Medallón

Y también tenía agua la pétrea fuente de Plumales, gracias a la cual el arroyo Marrundiel no estaba seco. Esta fuente se encuentra en un valle relativamente amplio protegido por laderas de yeso. Y por aquí subimos al páramo aprovechando la cañada de Marrundiel; en el mismo cerral nos encontramos con un pozo de brocal cuadrado, en piedra, que se mantenía en pie gracias a unas buenas grapas de hierro. ¡También tenía agua!

Almendro y pozo

Bordeamos una mancha de monte, atravesamos los inicios del barco de san Nicolás y, sin perder altura, nos asomamos a Tierra de Campos gracias al pico del Cubillo. Abajo, en primer plano, Villavellid, agazapada en una cuesta. Detrás, San Pedro de Latarce en la llanura y en lontananza, la línea verde del raso de Villalpando. Todo esto hacia el oeste; hacia el norte Villardefrades y un sinnúmero de localidades desperdigadas por estos campos de tierra. Cerca, otros tesos –como la Tuda, de blancas laderas-, caminos, alamedas, tierras de varios colores, manchas de almendros… En fin, como para pasarse unas cuantas horas contemplando, sin ninguna prisa…

Al fondo está la fuente de Plumales

Villavellid, perdida en los pliegues de Torozos

Poco antes de llegar a Villavellid descubrimos un manantial que daba agua al arroyo de los Praínos. Después de ver el castillo por fuera, nos acercamos a la iglesia de Santa María, que estaba abierta. Impresionantes un conjunto de la Virgen con el Niño y santa Ana, y una Piedad, ambos en madera policromada y, respectivamente, de finales comienzos del siglo XVII y finales del XVI. También pudimos contemplar el san Miguel titular de la otra parroquia que cerrara y la imagen nueva de la Virgen del Riego, cuya ermita se cayó y cuya imagen original fue robada. Y, después, lo que queda de la iglesia de San Miguel: cuando llegas a la portada –plateresca, en caliza ligeramente dorada- parece que te saludan dos personajes desde sendos medallones en los ángulos… ¡Qué pena! ¡¿Qué estamos haciendo con nuestro patrimonio, que es nuestra historia y nuestra identidad?!

Villavellid desde el pico Cubillo

También pudimos visitar las fuentes del pueblo, una en la plaza y la otra en las afueras, la de Abajo, ésta con dos buenos pilones. Todavía no ha fenecido a pesar de que casi no se usa…

Villavellid sigue llena de interrogantes: algunas de las numerosas tapias de caliza tienen la piedra tallada, acercándose a labores de cantería. ¿Vienen del castillo? ¿O de antes aun, de posibles infraestructuras romanas? De hecho vimos en la iglesia de santa María dos capiteles usados en la pila de agua bendita que bien pudieran ser uno románico (pie) y el otro romano, vaciado como pila propiamente dicha. Por otra parte abundan las casas de piedra –y también de barro- con buenas entradas (delanteras y traseras), y todavía se mantiene el pósito, construido reinando Carlos IV.

Pilón, Villavellid

Los higos del Diablo

Un camino recto, con bajada y subida, nos condujo al paramillo o teso del Infierno, también conocido con el nombre de Jano, ese dios romano de dos caras que se guardaba las espaldas él solito. Está pegando a Villardefrades por el oeste y su suelo es plano, de conglomerado calcáreo; se trata de una terraza del Sequillo y constituye una buena balconada para la contemplación de los pliegues de los Torozos que van cayendo hacia la Tierra de Campos.

En el paramillo del infierno

De manera salteada, quedan todavía almendros, muy descuidados, secos muchos de ellos. Pero también descubrimos algunos perales e higueras, éstas con higos casi negros, maduros, en su punto. Un gusto. Nos quitaron el hambre en el momento que más arreciaba el calor. Por eso, podemos decir que tomamos los higos del infierno que, sin duda, se los robamos al mismo diablo.

Torremolinos

Y de un teso a otro de similares características, para contemplar los restos de cuatro molinos de viento. Uno de ellos conserva todavía su planta circular, con un diámetro de más de 10 metros, lo que nos daría una muy elevada altitud. Pero ahora, cada vez que cruzas este paramillo tienes que activar la imaginación al pensar que estos montones de barro fueran alguna vez molinos de viento, importantes ingenios para transformar la materia prima de Tierra de Campos. Al menos, la primera vez que pasé por aquí pude ver alguna piedra molinera. Tampoco es mal sitio para contemplar el paisaje de Tierra de Campos.

Restos del molino más grande

El teso de los Molinos o Torremolinos acaba en una cuesta que se aprovechó para excavar bodegas. Ahora también se están cayendo, a pesar de sus muros y refuerzos en piedra caliza.

Y siguiendo la ya inexistente cañada del Molino, junto al arroyo Lavaderas, llegamos a Villardefrades. En fin, este trayecto parece un recorrido por el pasado, al que hubiéramos accedido gracias a una máquina o túnel del tiempo. Como no podía ser de otra manera, nos dimos de bruces con la iglesia de san Andrés, en el centro del pueblo, que no se encuentra en ruinas, sino a medio construir desde mediados del siglo XIX (!).

Tierra de Campos desde Torremolinos

Continuamos el recorrido en la entrada siguiente. Aquí podéis ver el trayecto.