Niebla y sol

Después de la ventisca, unos días de sol gélido. Y después se metió la niebla. ¿Por todas partes? ¡Nooooo! Como siempre en estas ocasiones Valladolid  -valle de aguas, de barros, de charcas, etimológico y auténtico atolladero-, los valles de nuestros grandes ríos y las campiñas se volvieron grises, casi invisibles. Pero en muchos páramos brillaba el sol. Es lo que nos ocurrió en el páramo de La Parrilla, rodeado de nieblas pero donde –a mediodía- brillaba un sol incluso caliente en enero debido a la casi ausencia de viento.

Los caminos se encontraban intransitables, vírgenes desde la nevada, salvo algunos por los que había cruzado algún enorme tractor. Los campos, con grandes manchas blancas. Los cerrales, vallas, majanos y linderos, convertidos en ventisqueros. En el horizonte, las brumas elevándose, queriendo tomar  tomar forma de nube, sin conseguirlo. Y nosotros en medio de todo eso, disfrutando de manera distinta a como lo hicimos el día de la ventisca.

Al páramo subimos por el camino de Valdediego, que nace en la estación de Ariza y llega  casi en línea recta al mismo páramo. Ya arriba, recorrimos el hoyo Bacón, sus islas de encina y roble para meternos por el pinar de Ontorio y bajar a continuación al barco de Valdalar, recorriéndolo hasta arriba, hasta su fuente.

Finalmente bajamos a Tudela por el antiguo sendero de la Parrilla, próximo a la carretera, en el que, por cierto, se resbalaba más peligrosamente por el barro de greda que por la nieve casi helada.

No rodamos demasiado, pues no estaban los caminos practicables y había que buscar otras sendas, es decir, había que progresar a campo traviesa y el suelo no estaba duro, sino más bien blando, presto a formar barro. Pero mereció la pena. Como casi siempre que uno sale por ahí. Mientras, ese día, en Valladolid no salió el sol.

Niebla decembrina

No han abundado -hasta el momento- los días de niebla en Valladolid, pero ha habido algunos. En esta salida, la niebla llegaba más o menos al ras del páramo y había conseguido humedecer todo: los caminos, las tierras, la hierba y los árboles. No obstante, el barro nos respetó bastante.

Subí por el firme del Tren Burra desde Zaratán -donde me encontré algunos paseantes- para bajar por Ciguñuela y Simancas. No estaba agradable el día pero como tampoco hizo excesivo frío, pudimos quitarnos el mono que se había subido a la chepa y estirar las piernas. Suficiente. Y a esperar días mejores.

Niebla

Hoy llueve sobre Valladolid, ayer hizo sol, pero lo que no es muy normal es que en el mes de abril tengamos niebla, tal como la tuvimos aquel 6 de abril de 2014 en que salimos a dar una vuelta por el valle Esgueva. Cierto que la niebla levantó en cuanto llegamos a la espadaña de Mazariegos, en Piña, y disfrutamos de una jornada espléndida de sol y calor. (Prefiero la niebla al confinamiento, y ¡mira que es aburrida para el ciclista!)

Pinares, riscos y arenales

Un día más, hemos huido de la niebla espesa pucelana para rodar por los páramos del sureste, partidos por los arroyos del Henar -que va al Cega- y Valcorba -al Duero-, en los que se alternan pinares y tierras cultivadas. Claro que también abundan las dunas en muchos puntos, lo que dificulta la rodada y cabrea al ciclista impaciente.

Tras de nosotros, la niebla

Salimos de Camporredondo, patria chica de nuestro querido Gaude –nos dejó un 19 de enero hace ya dos años- que nos enseñó los secretos del resinero y, por tanto, de los pinos negrales. Al fondo permanecía la niebla gris de Valladolid. Rodamos por la linde del pinar de las Arenas hasta conectar, junto a un chozo perfectamente conservado, con la cañada que une San Miguel del Arroyo y Montemayor de Pililla. El sol iba fundiendo el hielo de algunos charcos y los cristales acumulados sobre hierbas y ramas.

En Montemayor

Desde Montemayor continuamos en dirección este para atravesar pinares y caer al arroyo Valcorva poco antes de Aldealbar. No lo teníamos previsto pero como nos llamaron las Peñas Altas con su blancura y verticalidad desde el páramo de la orilla derecha, a ellas subimos. Bien es cierto que las burras se resistieron y tuvimos que tirar fuerte de sus ronzales. Arriba salieron volando, del segundo escalón de las Peñas, los buitres de un peuqeño bando. Y allí nos quedamos un buen rato, sentados, disfrutando del paisaje soleado del Valcorba.

Vado en el Valcorba

Después de mantenernos poco más de un kilómetro en el páramo, volvimos a bajar por un delicioso sendero entre riscos. Una pequeña subida más y llegamos a las fuentes de Torrescárcela donde pudimos descansar tranquilamente después de curiosear por su entorno, un entorno plagado de arroyuelos, manantiales, balsas, huertos y arbolado. En suma, un pequeño vergel, ideal para el verano.

Todavía en Torrescárcela pero ya en el páramo, nos llamó la atención el espléndido Vía crucis que todavía permanece en pie, desafiando a los tiempos modernos; señal de que es apreciado por los vecinos. Que siga así por muchos años o siglos más: la piedra necesita de poco mantenimiento, sólo de cariño, para que nadie la tire o derrumbe. Después, el camino del Henar nos llevó, por pinares, a este santuario mariano. Las fuentes del arroyo estaban secas; habíamos leído en la prensa que los carmelitas del monasterio lo van a dejar… Los monasterios se despueblan y los manantiales se secan, ¡así estamos! A la vez, los mares se llenan de plástico, ¡no sé qué queremos!

Vía crucis

Ya solo nos quedaba tomar el cauce del arroyo y seguirlo hacia abajo. Primero bordeamos Viloria, luego dejamos en la ribera izquierda lo que fue una enorme fábrica de harinas. Más tarde nos presentamos en las ruinas de Casarejos; al lado han preparado un larguísimo abrevadero. Después, otra vieja calera que llegó a ser explotada industrialmente, más tarde lo que queda de la ermita del Espíritu Santo… El valle también se adorna de alamedas y choperas, algunos cantiles, praderíos, y pinarillos que caen desde el cerrral; la antigua carretera de Segovia casi ni se nota, pues lleva poco tráfico.

La niebla nos esperaba en Santiago

Y, al fin, nos presentamos en San Miguel del Arroyo. Aquí tomamos una buena decisión que ejecutamos mal. Decidimos volver en directo a Camporredondo desafiando a la arena y subiendo al páramo. Y sí, subimos al páramo y nos empantanamos en la arena. Pero por un error de cálculo, acabamos en Santiago, perdiendo todo lo ganado a tan caro precio. Pero siempre es agradable rodar en compañía de grandes negrales y robles mediodeshojados. Además, al bajar a Santiago nos engulló la niebla que nos acompañó hasta Camporredondo. Como habíamos tenido mucha suerte durante la excursión, al final tuvimos de padecer. Pero solo un poco.

Otro paseo bajo el sol

Y cerca de la niebla. Una vez más durante estos días, la niebla cubría el valle del Pisuerga y Tierra de Campos. Pero entre ambos estaba el páramo de los Torozos, donde brillaba el sol. Una bruma profunda y densa se levantaba sobre las laderas del páramo y, conforme soplaba una brisa suave, se desplazaba más o menos, pero sin abandonar las zonas bajas…

Esta vez partimos de Villalba de los Alcores y fuimos hasta Tierra de Campos, donde atravesamos esas nieblas movidas. Por la cañada real Leonesa nos acercamos hasta Valoria del Alcor, que sesteaba entre altos molinos y bancos de niebla. Por cierto, estos molinos son máquinas varadas –y paradas- en el páramo si no hay viento, que es lo que suele ocurrir durante semanas si persisten estas brumas. La compañía eléctrica tendrá que echar mano de las térmicas.

De Valoria bajamos hasta los campos de Ampudia, donde aún quedan restos de corrales y fluyen las regueras, para atravesar auténticas paredes de niebla y comenzar a subir por Matallana. Curiosamente, el sol perdía fuerza –que no luz- conforme nos acercábamos a esos paredones.  Entramos en una vieja bodega frente a Matallana: por las trazas debió de servir al monasterio y por el valle del arroyo de Matallana o del Prado nos presentamos en Villalba.

Apacible excursión por campos soleados a la vez que vigilados por las nieblas. He aquí el trayecto.

Niebla en los valles, sol en los páramos

Estos días muchos hemos recordado el dicho aquel de mañanitas de niebla, tardes de paseo que refleja el típico tiempo de niebla; sin embargo, la niebla en nuestra comarca tiene también un reflejo espacial que se podría enunciar más o menos así: cuando los valles nublados, los páramos soleados. Toda la pereza que da salir a rodar con niebla desaparece si piensas que puedes salir por el páramo cercano. Y aquí tenemos para elegir: Torozos, La Parrila, Cerrato.

Esta vez nos fuimos a La Parrilla en coche. Nada más subir la cuesta, el sol brillaba con fuerza y calor, a pesar de estar metidos en el crudo invierno.

Ya sobre la bici, unos campos estaban luciendo un blanco espectacular, otros lo habían lucido pero el sol se lo había arrebatado y otros, en fin, no habían tenido esa suerte, porque la niebla nocturna por estos lares es así de caprichosa. Pero el día estaba luminoso como pocos. Igualmente, los charcos, en su mayoría, brillaban con sus carrancas.

Cruzamos por montes de La Parrilla y Montemayor, circundando las grandes fincas que hay valladas entre ambos municipios. La primera parte, después de salir de los pinares contiguos a la localidad siguiendo la vieja cañada leonesa, nos llevó por la linde de estos términos municipales, señalada ahora por una valla metálica y antaño por un muro bajo de piedra que aprovechaba también el tronco de los robles y que se encuentra medio caído.

Encontramos desbordado el charco del Hoyo de la Casa, aunque lo había estado más. La mitad de la superficie estaba helada y la otra mitad líquida. Pero sobre todo estaba guapo en medio del naciente campo de cereal, rodeado a su vez de monte alto.

Antes de asomarnos a Traspinedo, dimos la vuelta para tomar el camino del Hoyo Hondo, ya en el término de Montemayor, cuya silueta se dibujaba al sur. Aquí se mezclan encinas y pinos hasta que éstos acaban por dominar.

Cruzada la carretera, nos metimos por el pinar de las Navas, donde viven negrales sobre arenales. Muchos de estos pinos se adornan con muérdago colgante, tal que fueran esqueléticas señoras con pulseras y collares de los felices veinte. Pero no hay que preocuparse, los caminos no tienen arena, sino un firme excelente. No obstante, al llegar a La Parrilla nos dimos una vuelta por la cuesta de los Moros para sufrir un poquitín con la arena.

A la vuelta, en Valladolid se estaba levantando, perezosa, la niebla. Aquí dejamos el recorrido.