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Jugando con la niebla en la Moraña

6 enero, 2019

O más bien la niebla jugando con nosotros, pues nos perseguía de manera implacable hasta que conseguimos zafarnos de ella.

El valle -o más bien llanura- del Zapardiel se encuentra delimitado por las cuestas el Aire, los ataquines y las cuesta Gradera por el este; por el oeste no está muy claro, pues entre este río y el Trabancos se suceden llanuras, lomos y cuestecillas de poca monta. Pero el caso es que el pasado domingo toda esa llanura estaba invadida por una niebla densa y baja que parecía no querer levantarse. Habíamos pensando salir en bici desde Bobadilla del Campo pero fue imposible, no se veía nada. De manera que nos fuimos en busca de la cuesta Gradera y el pico Donvidas y allí lucía el sol. Salimos, pues, desde el cercano Sinlabajos.

En Fuente Pedro. Al fondo, la niebla y Donvidas

Y como en Donvidas lucía el sol, allá fuimos. Parece que la niebla nos vio y, al poco de llegar a esta localidad que se asienta entre dos colinas, allí se presentó. Entonces nos fuimos hacia Tornadizos metidos en la niebla y, justo al llegar, un amplio rayo de sol penetró en la niebla. Intentamos perseguirlo, pero nos dejó. Total, que continuamos hacia el este, ahora entre pinares de buenos negrales hasta que llegó un momento en el que se abrió un gran claro que, poco a poco, fue ganando terreno a la niebla. Ya cerca de Arévalo vimos cómo estábamos rodeados de niebla, pero no nos volvió a molestar a lo largo del día: el sol brillaba en lo alto y no pasamos frío en ningún momento.

Galgos y galgueros

Así que pudimos dar un amplio paseo (52 km) por la Moraña con un agradable sol de invierno. Nos encontramos numerosos galgueros con magníficos perros. Por lo que nos comentaron -y por lo que vimos- no les había ido mal. También vimos muchísimas perdices, abundantes avefrías y algunos patos. En las torres de las iglesias revoloteaban las palomas y asomaba alguna que otra cigüeña de las que se han quedado a pasar el invierno con nosotros.

Y la arquitectura mudéjar. Pasamos por Donvidas, Tornadizos, Palacios Rubios, Aldeaseca, Villanueva del Aceral… En todos ellos resaltaban los ábsides de sus iglesias mudéjares que parecen volar hacia el cielo, con sus arquerías ciegas y humilde ladrillo. Y la infinidad de detalles en ladrillo que pueden adornar al exterior las casas de esos mismos pueblos.

En fuente Rosa

Otra sorpresa fue la pequeñísima ermita de la Caminanta, como se conoce en Arévalo a la Virgen del Camino. Situada en un cruce de caminos, domina la entrada por el puente de Medina y es un excelente lugar para disfrutar de una vista de conjunto de la ciudad, sobre todo -como fue nuestro caso- si no vas a entrar en ella.

No podemos dejar de reseñar las distintas fuentes que vimos, algunas levantadas en agradables parajes. La primera por la que pasamos fue la fuente Pedro, que da origen a un prado con hierba brillante -brillante por las gotas de agua provenientes de la reciente helada- en el que culebrea un delicado arroyo. Curiosa sensación: un prado rodeado de tierras de labor, algunas en las que el arado ha metido la reja en tierra más de medio metro y, a su vez, rodeados por la niebla gris y amenazante pero bajo el dominio de la luz… como si estuviéramos en el Jardín de las Delicias, jardín castellano y austero, eso sí.

La Caminanta

También nos encontramos, sin esperarlo, con la fuente Rosa, cerca de Aldeaseca, que da sus aguas a la ahora inexistente laguna del Lavajuelo, enorme extensión de terreno con hierba seca. Se encuentra acompañada de una arboleda y sus aguas pasan a través de tres pilones. Ya en Sinlabajos, la fuente de los Caños, junto a la ermita del Cristo de los Remedios, tiene el aire de la fuente Rosa, si bien su frontis es una pequeña obra de arte mudéjar. Y el pozo de la Herrada, que da servicio a varios abrevaderos, debió ser importante para los antiguos rebaños. Hoy no se usa, como tampoco pastan las ovejas el prado en el que se encuentra.

Ermita en Sinlabajos

En fin, también pasamos por algunos lavajos secos, con las espadañas quemadas por el frío invernal, y por charcas en las afueras de los pueblos, donde abundan los patos domésticos. Lo demás eran campos de tierra o, por mejor decir, de arena, muy abundante en esta comarca. Y algún pinarillo, testigo de lo que debió abundar en otros tiempos. Al fondo, la sierra nevada proclamaba que estábamos bajo el reinado del Señor del Invierno; en el llano algunos charcos lucían tímidas carrancas.

Aquí tenéis el trayecto que realizamos.

Niebla alta, niebla baja, o de Campaspero a Fuentidueña

1 enero, 2019

En estos días de Navidad, el anticiclón de las Azores está ejerciendo su influencia en España. Como consecuencia, reina buen tiempo en la península y mal tiempo -niebla- en las zonas centrales de nuestra región, donde no vemos el sol y disfrutamos de un maravilloso tiempo invernal, acorde con la estación.

Así las cosas, decidimos darnos un baño de niebla y barro. Salimos de Campaspero, en el páramo, a más de 900 metros de altura, con niebla cerrada y, al llegar a los valles del Duratón, dejamos la niebla arriba, pues descendimos un desnivel de unos 130 m.

Camino en el páramo

De manera que la primera -y también la última- parte del trayecto fue casi a tientas. Poco se veía. Era como navegar entre la bruma fiados del buen sentido y apoyados por los móviles con GPS. Abajo, hacia el suelo, niebla oscura. Del supuesto horizonte hacia arriba, niebla gris, más o menos luminosa. Y, a nuestros paso, más que árboles o arbustos veíamos cómo pasaban los fantasmas. Lo primero que observamos al poco de salir fue un pozo con molinillo de viento para elevar el agua. ¿Qué hubiera visto don Quijote en nuestro caso? Tal vez un estilizado dragón carcelero de una princesa encantada. ¡A saber!

Y barro. La tierra que ahora rodamos pasó hace unos días directamente de la lluvia a la niebla sin que el suave sol de invierno la pudiera secar. Se avanzaba con dificultad. Las bicis y los ciclistas se fueron llenando de esa pegajosa greda. A punto estuvimos, pero no nos bloqueamos, menos mal. Además, la niebla meona nos fue calando el pelo, la cabeza, las mangas, las chaquetas. O sea, parecía que estábamos sudando la gota gorda. Pero solo lo parecía.

Lagar en Aldeasoña

Al final se vio algo de claridad, que no de sol. Pasamos por Membibre de la Hoz, por la ermita de Rehoyo, la fuente del Piojo y un colmenar derruido, hasta llegar a Aldeasoña y su precioso barrio de bodegas con viacrucis incluido y luego, sí, por una mala pista medio asfaltada pero sin barro ni tráfico, llegamos entre laderas y barrancos invisibles a Calabazas, desde donde bajamos a Fuentidueña, despejada de la niebla porque está abajo, en el valle del Duratón.

Aquí, visita obligada a la iglesia románica de san Miguel, a las murallas del castillo, a la necrópolis medieval, al barrio de las bodegas, al puente, a las peculiares calles con casas porticadas… ¡Qué grande debió ser esta Villa en otros tiempos! Hoy mantiene su aire señorial que impresiona entre estos cerros de ladera casi vertical, simas, sabinas y buitres. Abajo, el Duratón fluye con abundante agua, si bien hoy no es el día más apropiado para bajar a sus praderas.

El Duratón en Fuentidueña, antes de recibir las aguas del Salidero

A pesar de todo, nos acercamos al Salidero, hontanar tan de ensueño como absolutamente real, lugar de sauces y praderas donde los manantiales borbotan y fluyen caudalosas fuentes creando un paisaje idílico en esta Castilla áspera de montes de enebro y pino. En pocos metros los manantiales conforman un auténtico río que tributa al Duratón. Algunos molinos se aprovechan de tanta agua y los peces están a sus anchas porque la temperatura de su líquido elemento es benigna tanto en invierno como en verano. Junto al manantial del Salidero propiamente dicho vemos la fuente de los Caños -7 posee- y la de la Cigueña, donde el agua borbota y parece hervir. Merece la pena acercarse hasta aquí para conocerlo. Además, esta excelente agua se aprovecha para consumo humano y abastece una treintena de pueblos de la Churrería. Es la magia de la caliza cárstica que aflora en un punto, el Salidero, bajo Fuentidueña, o sea, bajo la Señora de las Fuentes, que eso significa precisamente el nombre de esta histórica villa, baluarte contra Almanzor.

Restos de antiguos lavaderos en el Salidero

Ahora seguimos río abajo, por la ribera izquierda. Las aguas, a nuestro lado, bajan limpias y abundantes. El camino tiene barro, pero se soporta bien. Todavía pasamos junto a la fuente de Hontanillas. Y llegamos a Vivar de Fuentidueña donde para variar nos recibe la fuente de la Plaza, donde una figura peculiar expulsa agua por su boca. Poco después llegamos a Laguna de Contreras. Prácticamente todos los pueblos por los que estamos cruzando tienen restos de arte románico. El río modeló el valle y los hombres aprovecharon sus cuestas y recovecos.

Encinas

Entre el camino y el río se extiende una amplia zona verde, el Prado Cuerno y a nuestra izquierda, la ladera del páramo que es en realidad un monte de carrascos y matas de roble y encima. Subimos por Valdelabuz, que es una subida bastante dura con estas condiciones de arcilla húmeda. Nos bajamos de las burras para que suban sin peso y, salvados poco más de 100 m de desnivel; finalmente nos presentamos en el páramo de las Corralizas. Pero no vemos ninguna porque de nuevo se hace presente la niebla densa, cercana y meona. La cañada que va de Rábano a Campaspero nos hace de guía hasta esta última localidad con solo dos parones, el primero para probar las últimas uvas de un majuelo perdido en la llanura y el segundo para reparar un pinchazo.

Aquí dejamos el recorrido según Durius Aquae.

 

Donde el sol vence a la niebla

25 noviembre, 2015

Cogeces del MonteLo mejor de esta excursión es que disfrutamos de un día templado y soleado –en manga corta- mientras en Valladolid sufrían las consecuencias de la niebla sin ver para nada al astro rey, enfundados en sus abrigos. Y es que en los páramos es frecuente que luzca el sol cuando en los valles se estanca la niebla.

Dimos un paseo desde Cogeces del Monte hasta las cercanías de Langayo y Peñafiel. Relativamente corto, porque a uno de los ciclistas se le rompió, sin posibilidad de arreglo, la unión entre la tija y el sillín, de manera que a partir de ese momento volvimos por el camino más corto a Cogeces. No fue para tanto: 10 km sin apoyar el trasero se aguantan bien.

En la loma de El Brujo

En la loma de El Brujo

También destacaremos el maravilloso lugar que nos sirvió para almorzar: la suave loma de El Brujo se eleva ligeramente sobre la llanura, de manera que es un perfecto mirador que te muestra todo el contorno superando la visión rasea del páramo. Además, allí nos esperaba una mesa de piedra caliza con poyos del mismo material. Al lado, un guardaviñas también de piedra y unos cuantos almendros; los recolectores de almendrucos habían dejado algunos y dimos buena cuenta. Así que, mientras almorzábamos, disfrutábamos de la sensación de tener el mundo a nuestros pies porque, en realidad, estábamos en lo más alto del monte. No nos olvidaremos fácilmente de este estratégico lugar desde el que dominábamos incluso el castillo de Peñafiel.

Oreja al fondo

Oreja al fondo

Nos movimos en el ámbito de la vieja Cañada de la Yunta, que unía a través del páramo dos localidades importantes en la Edad Media: Peñafiel y Cuéllar, y que fue muy transitada hasta el siglo XIX. Hoy está en desuso, salvo para ser utilizada como vertedero de las piedras que los agricultores sacan de los campos adyacentes.

Valdemudarra

Valdemudarra

Naturalmente, pasamos junto a las ruinas del monasterio de Oreja. Debió ser muy impresionante este convento, románico por sus trazas y ya abandonado en el siglo XV. Tan bien construido estaba que hoy todavía mantiene en pie algunas paredes e incluso parte de su ábside; algunas de sus piedras de sillería podemos verlas en las casas de Langayo.

Aunque todo este páramo está pelado de árboles, exceptuando la zona de las Quintanillas, atravesamos un curioso monte mixto de encinas y robles, de casi un kilómetro cuadrado de extensión. Seguramente hace siglos todo el páramo era, más o menos, como este monte relicto.

La niebla en el valle de Oreja

La niebla en el valle de Oreja

Antes de terminar, volvemos a insistir en lo que disfrutamos en esta excursión de las vistas: Peñafiel, Langayo, el embalse de Valdemudarra, todo desde arriba. Canalejas, Campaspero, al ras. Y la niebla borboteando en los valles del Duero y del Duratón, y con un quiero y no quiero, juguetona, ascendiendo y descendiendo por el valle de Oreja en Langayo.

De vuelta

De vuelta

El Hornija con niebla

7 enero, 2015
Palomar en La Mudarra

Palomar en La Mudarra

¡Brrrr…. qué frío! ¡y qué niebla! Y lo peor de todo es que a no demasiados kilómetros de Valladolid, luce el sol. Y nosotros metidos en el agujero. Esta mañana, por ejemplo, un amigo que iba hacia Riaza me comentó que ya en Cantalejo el sol daba hasta calor. Otras veces es más cerca y, en Cogeces del Monte la niebla levanta.

Pero todo tiene su encanto si vences la pereza de estar en casa un día de niebla y sales a dar un paseo. Por el valle del Hornija, pongamos por caso. En La Mudarra brota este río de varias fuentes. Un cartel anuncia que tiene 64 km de recorrido hasta su desembocadura en el Duero por San Román.

 

La senda

La senda

En el páramo la niebla es molesta, siempre corre una ligera brisa que se te mete hasta los entresijos, a pesar de que vayas protegido con gorro y las mejores prendas. Pero en el valle, no. En el valle todo es más tranquilo y silencioso, también la brisa. Además, sólo bajamos unos 8 o 9 km, los justos para recorrer en toda su longitud una preciosa senda, muy poco utilizada ya, cuyo firme empedrado se ha cubierto de hierba. Los árboles son frecuentes: bosquetes de álamos o de raquíticos negrillos, o chopos y sauces aislados. También abundan las salgueras.

¡Al rico helado de cardo!

¡Al rico helado de cardo!

En algunas zonas el Hornija estuvo encauzado por diques de piedra caliza, en otras movió molinos y vemos los restos de balsas, puentes y piedras de moler.

Todo parecía estar muerto o, más bien, dormido. Los hielos pendientes de las ramas acentuaban más esa impresión de parón y descanso. Todo propicio a la meditación. La paz reinaba en el valle. Para los raposos, sin embargo, no ha habido paz últimamente: dos, tendidos cerca de la senda, habían muerto hace unos días. El primero, de un tiro en el corazón. El otro aparecía sin ninguna señal.

No se veía demasiado...

No se veía demasiado…

 

Dimos la vuelta en la fuente de Umayor para volver por el páramo y soportar estoicamente el fresquito. Los molinillos parecían fantasmas terribles entre la bruma. Algo así debió ver don Quijote en una de sus aventuras…

¡Carámbanos!

¡Carámbanos!

Entre la niebla, hacia la Torre de Mazariegos

15 abril, 2014

Mazariegos Paramo Tudela

Con un poco de retraso, publicamos esta entrada, que corresponde a la salida del domingo día 6 de abril, en la que nos acercamos hasta Mazariegos, en las proximidades de Piña por el valle Esgueva para volver por el páramo del Jaramiel y luego por el Canal del Duero. Cayeron unos 70 km. Resaltamos tres hitos o acontecimientos:

Niebla2

Primero, la niebla

Sí, a pesar de estar ya en abril, el día se presentó con niebla. En Valladolid era niebla alta, pero al embocar el valle Esgueva nos asustó una niebla más oscura y cerrada. Efectivamente, ya por Puente la Reina íbamos navegando entre brumas.

Menos mal que al pasar a la altura de Castronuevo, el sol consiguió hacer jirones la niebla y reducirla a bancos que querían quedarse atrapados entre los vallejos y picos de los páramos. Al final, como presagiábamos, brilló el sol. Pero asistimos a una lucha en toda regla entre la luz y la bruma mientras pedaleábamos.

Mazariegos

Luego, la Torre de Mazariegos

Nuestro objetivo era llegar a la denominada Torre de Mazariegos, que nos es otra cosa que lo que queda –la espadaña- de la antigua iglesia de Santa María, que perteneciera al poblado de Mazariegos, levantado en este lugar. Al parecer, se despobló en el siglo XVII. Milagrosamente queda esta espadaña que, a mayor abundamiento milagroso, ha sido hace poco consolidada para que no se la lleven el tiempo y los arados.

Piña

Al fondo, Piña

También nos acercamos al montículo en forma de teta en cuya ladera se asienta la torre. Sin duda hubo un castillo o torre de vigilancia: desde aquí se llega a divisar Valladolid al Oeste, y otro buen tramo del valle hacia el Este. En el lugar abunda la piedra de antiguas edificaciones y multitud de trozos de cerámica. Algo más al Este vemos la piedra caliza saliente y descarnada, y es que tal vez hubo aquí una cantera.

Villabáñez

Villabáñez

Y finalmente, el Pozo de la Solana de la Muela

De Mazariegos subimos directamente al páramo, donde los linderos de las tierras de cultivo son los restos –encina y roble- de antiguos montes. Por una estrecha lengua de páramo –Esgueva al Norte, Jaramiel al Sur- llegamos al Pozo, situado en el idílico lugar de la Solana de la Muela, ya en el término de Villabáñez. ¿Algún sitio mejor para que se refresquen nuestras bebidas, ya un tanto calentorras?

De vuelta, paramos un momento para ver los restos de la fuente de los Chopos, que resultó dividida –el manantial en la orilla derecha, la larga pila abrevadero en la izquierda- al construirse el Canal del Duero.

Pila de fuente los Chopos

Pila de fuente los Chopos

Y en el antiguo pinar de Jalón nos repusimos con una clara.

 

Una isla de sol en la niebla

28 diciembre, 2013

Trigueros

Día de niebla en Valladolid. Por tanto, hay que dar un paseo corto para no quedarse congelado en la bici. Además, vamos a tentar la suerte, pues tal vez no haya niebla en el páramo de los Torozos. ¿Qué tal cruzar el páramo desde Quintanilla de Trigueros hasta Autilla del Pino, ya en Palencia? Pasaremos por el monte de Dueñas y veremos fantasmagóricos robles, como apariciones. Y si levanta la niebla y podríamos incluso ver el mar de Tierra de Campos, ¡estupendo!

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En coche hasta Quintanilla y allí iniciamos la subida. Niebla cerrada, espesa, humeante. A pesar del esfuerzo, no conseguimos entrar en calor. Las manos y los pies se van quedando helados. Además, el camino está salvaje, con hierbas altas, por lo que vamos cogiendo todo el agua que desprenden al pasar y moverlas. Los pantalones y botas se mojan bien. Algún pino, alguna hilera de almendros se dejan ver. Los cuervos graznan. El reloj de Quintanilla, como todo está quieto, se deja oír con nitidez. Día perfecto de invierno.

Avanzamos un poco más y el sol parece que quiere salir. La niebla quiere como despegarse de la tierra roja, aquí abundante. Llegamos casi al ras del páramo: estamos en lo que queda de los corrales y chozo de la Chimenea, al final de un vallejo, ya en la linde del monte de Dueñas. ¡Hay claros en la bruma!

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A partir de aquí la niebla se deshilacha y el sol va ganando posiciones. Cruzamos el monte, y el sol saca todo el color amarillo a los robles, cada uno con tonalidad distinta, cada uno con diferente proporción de hojas que no se han desprendido aun del árbol. Salimos a campo abierto. Las tierras de labor se adornan con robles aislados, muchos a la vera del camino.

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Cruzamos las tierra rojas de Font, las caleras, y bajamos al valle de San Juan; hacemos de subida su último tramo. De nuevo en el páramo, cruzamos la cañada de Merinas, por aquí conocida como la Mendocina y también la carretera de Palencia. Pero no se ve Autilla del Pino, sino una densa barrera de niebla. ¿Para qué meterse entre la niebla? ¿Para quedarnos helados? ¡De ninguna manera, media vuelta!

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Y ahora tomamos la cañada hasta cruzar la carretera de Dueñas. En ella abundan los robles y encinas de buen porte. Vemos cómo el páramo es una isla de sol: por los cuatro puntos cardinales se levantan inmensas barreras de niebla. Pero no sabemos porqué, el caso es que la bruma nos ha respetado.

El camino nos lleva a Quintanilla, pero antes descubrimos los restos de un chozo, un artístico mojón y hasta nos acercamos a los derruidos corrales de Hoyalejos.

En Quintanilla nos recibe de nuevo la niebla. Hemos tenido mucha suerte, disfrutando con el sol en casi todo el trayecto. Nos hemos hecho unos 38 km.

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