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Niebla

6 abril, 2020

Hoy llueve sobre Valladolid, ayer hizo sol, pero lo que no es muy normal es que en el mes de abril tengamos niebla, tal como la tuvimos aquel 6 de abril de 2014 en que salimos a dar una vuelta por el valle Esgueva. Cierto que la niebla levantó en cuanto llegamos a la espadaña de Mazariegos, en Piña, y disfrutamos de una jornada espléndida de sol y calor. (Prefiero la niebla al confinamiento, y ¡mira que es aburrida para el ciclista!)

Pinares, riscos y arenales

22 enero, 2020

Un día más, hemos huido de la niebla espesa pucelana para rodar por los páramos del sureste, partidos por los arroyos del Henar -que va al Cega- y Valcorba -al Duero-, en los que se alternan pinares y tierras cultivadas. Claro que también abundan las dunas en muchos puntos, lo que dificulta la rodada y cabrea al ciclista impaciente.

Tras de nosotros, la niebla

Salimos de Camporredondo, patria chica de nuestro querido Gaude –nos dejó un 19 de enero hace ya dos años- que nos enseñó los secretos del resinero y, por tanto, de los pinos negrales. Al fondo permanecía la niebla gris de Valladolid. Rodamos por la linde del pinar de las Arenas hasta conectar, junto a un chozo perfectamente conservado, con la cañada que une San Miguel del Arroyo y Montemayor de Pililla. El sol iba fundiendo el hielo de algunos charcos y los cristales acumulados sobre hierbas y ramas.

En Montemayor

Desde Montemayor continuamos en dirección este para atravesar pinares y caer al arroyo Valcorva poco antes de Aldealbar. No lo teníamos previsto pero como nos llamaron las Peñas Altas con su blancura y verticalidad desde el páramo de la orilla derecha, a ellas subimos. Bien es cierto que las burras se resistieron y tuvimos que tirar fuerte de sus ronzales. Arriba salieron volando, del segundo escalón de las Peñas, los buitres de un peuqeño bando. Y allí nos quedamos un buen rato, sentados, disfrutando del paisaje soleado del Valcorba.

Vado en el Valcorba

Después de mantenernos poco más de un kilómetro en el páramo, volvimos a bajar por un delicioso sendero entre riscos. Una pequeña subida más y llegamos a las fuentes de Torrescárcela donde pudimos descansar tranquilamente después de curiosear por su entorno, un entorno plagado de arroyuelos, manantiales, balsas, huertos y arbolado. En suma, un pequeño vergel, ideal para el verano.

Todavía en Torrescárcela pero ya en el páramo, nos llamó la atención el espléndido Vía crucis que todavía permanece en pie, desafiando a los tiempos modernos; señal de que es apreciado por los vecinos. Que siga así por muchos años o siglos más: la piedra necesita de poco mantenimiento, sólo de cariño, para que nadie la tire o derrumbe. Después, el camino del Henar nos llevó, por pinares, a este santuario mariano. Las fuentes del arroyo estaban secas; habíamos leído en la prensa que los carmelitas del monasterio lo van a dejar… Los monasterios se despueblan y los manantiales se secan, ¡así estamos! A la vez, los mares se llenan de plástico, ¡no sé qué queremos!

Vía crucis

Ya solo nos quedaba tomar el cauce del arroyo y seguirlo hacia abajo. Primero bordeamos Viloria, luego dejamos en la ribera izquierda lo que fue una enorme fábrica de harinas. Más tarde nos presentamos en las ruinas de Casarejos; al lado han preparado un larguísimo abrevadero. Después, otra vieja calera que llegó a ser explotada industrialmente, más tarde lo que queda de la ermita del Espíritu Santo… El valle también se adorna de alamedas y choperas, algunos cantiles, praderíos, y pinarillos que caen desde el cerrral; la antigua carretera de Segovia casi ni se nota, pues lleva poco tráfico.

La niebla nos esperaba en Santiago

Y, al fin, nos presentamos en San Miguel del Arroyo. Aquí tomamos una buena decisión que ejecutamos mal. Decidimos volver en directo a Camporredondo desafiando a la arena y subiendo al páramo. Y sí, subimos al páramo y nos empantanamos en la arena. Pero por un error de cálculo, acabamos en Santiago, perdiendo todo lo ganado a tan caro precio. Pero siempre es agradable rodar en compañía de grandes negrales y robles mediodeshojados. Además, al bajar a Santiago nos engulló la niebla que nos acompañó hasta Camporredondo. Como habíamos tenido mucha suerte durante la excursión, al final tuvimos de padecer. Pero solo un poco.

Otro paseo bajo el sol

17 enero, 2020

Y cerca de la niebla. Una vez más durante estos días, la niebla cubría el valle del Pisuerga y Tierra de Campos. Pero entre ambos estaba el páramo de los Torozos, donde brillaba el sol. Una bruma profunda y densa se levantaba sobre las laderas del páramo y, conforme soplaba una brisa suave, se desplazaba más o menos, pero sin abandonar las zonas bajas…

Esta vez partimos de Villalba de los Alcores y fuimos hasta Tierra de Campos, donde atravesamos esas nieblas movidas. Por la cañada real Leonesa nos acercamos hasta Valoria del Alcor, que sesteaba entre altos molinos y bancos de niebla. Por cierto, estos molinos son máquinas varadas –y paradas- en el páramo si no hay viento, que es lo que suele ocurrir durante semanas si persisten estas brumas. La compañía eléctrica tendrá que echar mano de las térmicas.

De Valoria bajamos hasta los campos de Ampudia, donde aún quedan restos de corrales y fluyen las regueras, para atravesar auténticas paredes de niebla y comenzar a subir por Matallana. Curiosamente, el sol perdía fuerza –que no luz- conforme nos acercábamos a esos paredones.  Entramos en una vieja bodega frente a Matallana: por las trazas debió de servir al monasterio y por el valle del arroyo de Matallana o del Prado nos presentamos en Villalba.

Apacible excursión por campos soleados a la vez que vigilados por las nieblas. He aquí el trayecto.

Niebla en los valles, sol en los páramos

6 enero, 2020

Estos días muchos hemos recordado el dicho aquel de mañanitas de niebla, tardes de paseo que refleja el típico tiempo de niebla; sin embargo, la niebla en nuestra comarca tiene también un reflejo espacial que se podría enunciar más o menos así: cuando los valles nublados, los páramos soleados. Toda la pereza que da salir a rodar con niebla desaparece si piensas que puedes salir por el páramo cercano. Y aquí tenemos para elegir: Torozos, La Parrila, Cerrato.

Esta vez nos fuimos a La Parrilla en coche. Nada más subir la cuesta, el sol brillaba con fuerza y calor, a pesar de estar metidos en el crudo invierno.

Ya sobre la bici, unos campos estaban luciendo un blanco espectacular, otros lo habían lucido pero el sol se lo había arrebatado y otros, en fin, no habían tenido esa suerte, porque la niebla nocturna por estos lares es así de caprichosa. Pero el día estaba luminoso como pocos. Igualmente, los charcos, en su mayoría, brillaban con sus carrancas.

Cruzamos por montes de La Parrilla y Montemayor, circundando las grandes fincas que hay valladas entre ambos municipios. La primera parte, después de salir de los pinares contiguos a la localidad siguiendo la vieja cañada leonesa, nos llevó por la linde de estos términos municipales, señalada ahora por una valla metálica y antaño por un muro bajo de piedra que aprovechaba también el tronco de los robles y que se encuentra medio caído.

Encontramos desbordado el charco del Hoyo de la Casa, aunque lo había estado más. La mitad de la superficie estaba helada y la otra mitad líquida. Pero sobre todo estaba guapo en medio del naciente campo de cereal, rodeado a su vez de monte alto.

Antes de asomarnos a Traspinedo, dimos la vuelta para tomar el camino del Hoyo Hondo, ya en el término de Montemayor, cuya silueta se dibujaba al sur. Aquí se mezclan encinas y pinos hasta que éstos acaban por dominar.

Cruzada la carretera, nos metimos por el pinar de las Navas, donde viven negrales sobre arenales. Muchos de estos pinos se adornan con muérdago colgante, tal que fueran esqueléticas señoras con pulseras y collares de los felices veinte. Pero no hay que preocuparse, los caminos no tienen arena, sino un firme excelente. No obstante, al llegar a La Parrilla nos dimos una vuelta por la cuesta de los Moros para sufrir un poquitín con la arena.

A la vuelta, en Valladolid se estaba levantando, perezosa, la niebla. Aquí dejamos el recorrido.

Niebla de junio

16 junio, 2019

El sol se levanta sobre el valle de Olid. No hay nubes. Hace fresco, pero sin duda hará un buen día. En Mucientes el sol que acaba de nacer va desapareciendo y el ambiente se torna gris; una luz mortecina invade el aire. Subiendo al páramo, la niebla se derrama voluptuosa por la ladera desde el cerral. Y ya arriba todo es de un gris más cerrado, oscuro casi. Pero no hace frío, se puede aguantar con ropa ligera e incluso en manga corta los más valientes. Sin embargo, el paisaje es invernal y las siluetas de las encinas recuerdan los meses de diciembre o febrero. Menos mal que las amapolas, el lino blanco y la salvia nos dicen claramente que estamos al final de la primavera.

Alcanzamos la linde del monte y, por el momento, preferimos seguirla, no sea que entre la niebla y el arcabuco nos despistemos, o acabemos cayendo en una zona tupida e intrincada, que nunca se sabe. El sol hace esfuerzos por salir, y por momentos nos parece ver jirones de cielo azul. La niebla resiste.

¡Vaya! Un campo de adormideras en un gran claro del monte. Luego, plantas forrajeras y garbanzales. Las nubes y el sol siguen luchando a brazo partido. Ahora la niebla se eleva sobre nuestras cabezas, pero no quiere irse. Pasamos por dos grandes balsas antes de aparecer en las casas arruinadas del Paramillo, en la carretera de Mucientes a Villalba.

Nos introducimos en el monte, precisamente por la raya de las dos localidades citadas. Una valla señala la zona destinada a ganado, vacuno, al parecer. El monte es denso pero las encinas y robles no son grandes. Nos metemos en el monte de Villalba y nos da la impresión de estar solos y perdidos. El suelo aun está verde, las flores son abundantes. Y los robles y encinas no están cortados por el mismo patrón: altos, bajos, corpulentos, olivados, entre el verde claro y el amarillo oscuro… Ahora, por fin, parece dominar el sol; las nubes se van diluyendo con los rayos tenaces del astro rey.

Vamos poniendo rumbo a Mucientes. Salimos del monte -el cielo ya es todo azul- y comienza la cuesta abajo. Una cuesta larga -con alguna pequeña subidilla a modo de alegre tobogán- que llega casi hasta Mucientes. Los campos están todavía verdes porque abunda el trigo.

Y como la excursión nos ha sabido a poco, subimos al pequeño altozano que domina el pueblo y sobre el que se asentó el castillo, cuyas ruinas comentan lo que debió ser la historia de estas tierras. Hoy ya solo son un mirador privilegiado sobre el caserío presidido por la torre de la iglesia y los valles que lo rodean. Lo que no es poco.

Jugando con la niebla en la Moraña

6 enero, 2019

O más bien la niebla jugando con nosotros, pues nos perseguía de manera implacable hasta que conseguimos zafarnos de ella.

El valle -o más bien llanura- del Zapardiel se encuentra delimitado por las cuestas el Aire, los ataquines y las cuesta Gradera por el este; por el oeste no está muy claro, pues entre este río y el Trabancos se suceden llanuras, lomos y cuestecillas de poca monta. Pero el caso es que el pasado domingo toda esa llanura estaba invadida por una niebla densa y baja que parecía no querer levantarse. Habíamos pensando salir en bici desde Bobadilla del Campo pero fue imposible, no se veía nada. De manera que nos fuimos en busca de la cuesta Gradera y el pico Donvidas y allí lucía el sol. Salimos, pues, desde el cercano Sinlabajos.

En Fuente Pedro. Al fondo, la niebla y Donvidas

Y como en Donvidas lucía el sol, allá fuimos. Parece que la niebla nos vio y, al poco de llegar a esta localidad que se asienta entre dos colinas, allí se presentó. Entonces nos fuimos hacia Tornadizos metidos en la niebla y, justo al llegar, un amplio rayo de sol penetró en la niebla. Intentamos perseguirlo, pero nos dejó. Total, que continuamos hacia el este, ahora entre pinares de buenos negrales hasta que llegó un momento en el que se abrió un gran claro que, poco a poco, fue ganando terreno a la niebla. Ya cerca de Arévalo vimos cómo estábamos rodeados de niebla, pero no nos volvió a molestar a lo largo del día: el sol brillaba en lo alto y no pasamos frío en ningún momento.

Galgos y galgueros

Así que pudimos dar un amplio paseo (52 km) por la Moraña con un agradable sol de invierno. Nos encontramos numerosos galgueros con magníficos perros. Por lo que nos comentaron -y por lo que vimos- no les había ido mal. También vimos muchísimas perdices, abundantes avefrías y algunos patos. En las torres de las iglesias revoloteaban las palomas y asomaba alguna que otra cigüeña de las que se han quedado a pasar el invierno con nosotros.

Y la arquitectura mudéjar. Pasamos por Donvidas, Tornadizos, Palacios Rubios, Aldeaseca, Villanueva del Aceral… En todos ellos resaltaban los ábsides de sus iglesias mudéjares que parecen volar hacia el cielo, con sus arquerías ciegas y humilde ladrillo. Y la infinidad de detalles en ladrillo que pueden adornar al exterior las casas de esos mismos pueblos.

En fuente Rosa

Otra sorpresa fue la pequeñísima ermita de la Caminanta, como se conoce en Arévalo a la Virgen del Camino. Situada en un cruce de caminos, domina la entrada por el puente de Medina y es un excelente lugar para disfrutar de una vista de conjunto de la ciudad, sobre todo -como fue nuestro caso- si no vas a entrar en ella.

No podemos dejar de reseñar las distintas fuentes que vimos, algunas levantadas en agradables parajes. La primera por la que pasamos fue la fuente Pedro, que da origen a un prado con hierba brillante -brillante por las gotas de agua provenientes de la reciente helada- en el que culebrea un delicado arroyo. Curiosa sensación: un prado rodeado de tierras de labor, algunas en las que el arado ha metido la reja en tierra más de medio metro y, a su vez, rodeados por la niebla gris y amenazante pero bajo el dominio de la luz… como si estuviéramos en el Jardín de las Delicias, jardín castellano y austero, eso sí.

La Caminanta

También nos encontramos, sin esperarlo, con la fuente Rosa, cerca de Aldeaseca, que da sus aguas a la ahora inexistente laguna del Lavajuelo, enorme extensión de terreno con hierba seca. Se encuentra acompañada de una arboleda y sus aguas pasan a través de tres pilones. Ya en Sinlabajos, la fuente de los Caños, junto a la ermita del Cristo de los Remedios, tiene el aire de la fuente Rosa, si bien su frontis es una pequeña obra de arte mudéjar. Y el pozo de la Herrada, que da servicio a varios abrevaderos, debió ser importante para los antiguos rebaños. Hoy no se usa, como tampoco pastan las ovejas el prado en el que se encuentra.

Ermita en Sinlabajos

En fin, también pasamos por algunos lavajos secos, con las espadañas quemadas por el frío invernal, y por charcas en las afueras de los pueblos, donde abundan los patos domésticos. Lo demás eran campos de tierra o, por mejor decir, de arena, muy abundante en esta comarca. Y algún pinarillo, testigo de lo que debió abundar en otros tiempos. Al fondo, la sierra nevada proclamaba que estábamos bajo el reinado del Señor del Invierno; en el llano algunos charcos lucían tímidas carrancas.

Aquí tenéis el trayecto que realizamos.