La primera nevada

A más de uno nos hubiera gustado recibir la nieve desde la bici, pero no fue posible. Nos tuvimos que conformar con un breve paseo andando por la ribera del Pisuerga para disfrutar de la primera nevada de este otoño. El pasado miércoles, después de toda la noche lloviendo, a las nueve caía agua nieve y media hora después grandes copos adornaban el ambiente.

Pudimos dar un paseo por la ribera y comprobamos que estaba cuajando como pocas veces. Claro que duró muy poco. Unas tres horas. Cuando dejó de nevar empezó a deshacerse la capa blanca. Pero fue suficiente, pues ya se sabe, como «en Valladolid nunca nieva», lo poco que nieva se agradece. ¡Hasta la próxima nevada! (A ver si nos pilla con la burra)

El espigón del Bajoz y los vados del Hornija

Pedrosa del Rey se asienta sobre un llano, al lado justo de los últimos picos y mesas del páramo de los Torozos. De una de estas mesas o paramillos, llamada precisamente de las Canteras,  se ha venido extrayendo la piedra caliza que vemos en las construcciones de la localidad. En otros picos, como los de las Atalayas, sus cárcavas dejan ver las diferentes capas de que están formados… Nunca es mal momento para una lección práctica de geología.

Salimos hacia el oeste, por el camino de la ermita y su fuente donde vemos tapias y traseras que no cierran ya nada.

Aspecto del valle del Bajoz

El camino que seguimos, siendo uno, nos lleva por todos los posibles caminos de la provincia. Me explico. Por unos cientos de metros está seco y, por tanto, duro, se rueda con facilidad y de manera descansada. Luego, en otros tramos está empapado de agua y el firme es como de arena: la consecuencia es que las ruedas de la bici parecen hundirse y ¡cuesta tanto dar pedales! cada metro que recorremos es de una dureza inusitada, como si fuera una subida de máxima pendiente… Pero luego aparecen unos cuantos metros en los que está cubierto de durísimo hielo, te juegas la vida; un resbalón puede tener nefastas consecuencias. Poco después, hay que bajarse de la bici porque la rueda se clava en la nieve blanda. Pero enseguida transitamos por una nieve dura, apisonada por los tractores, por la que se rueda como nunca. O todo es un charco inmenso, una gran laguna. Y así continuamente… Esta tónica no fue sólo del primer camino, hacia el oeste, sino de todas las pistas y senderos que recorrimos en esta excursión de 30 km.

Río Bajoz. Al fondo, el depósito de agua.

Tras recorrer los seis primeros kilómetros, caímos al curioso y agradable valle del Bajoz, que forma una cinta de tierra llana para el cultivo entre colinas no muy elevadas. Estaba medio helado y llevaba agua, pero no la suficiente como para impedir atravesarlo con decisión de un salto en su zona más estrecha.

Después, subimos hasta un depósito –torre que se ve en varios kilómetros a la redonda- con su captación de agua. Seguramente antaño hubo aquí una fuente o manantial. Estamos sobre una especie de espigón entre el Bajoz y el aroyo del Valle, y lo seguimos hasta su punta que anuncia la confluencia de ambos. Curioso lugar, si bien toda la poesía se la ha llevado, sin duda, la autovía que cruza casi por el mismo pico del espigón. Estamos en una comarca de cantos enormes que, aunque vistos muchas veces, no dejan de llamar la atención por su tamaño, forma y colores. Difícilmente los encontramos en otras comarcas de la provincia.

Camino entre valles

Del cauce del Bajoz nos acercamos al del Hornija. Este río ya es otra cosa: es más ancho y lleva más agua que el primero. El molino cercano a Villaester de Arriba es una mole inmensa en medio de la vega. Conserva parte de la balsa y en el cárcavo restos del rodezno. ¡Imposible cruzar por el vado! En bici, el agua nos llegaría casi a la rodilla. Y no es agradable pasear con los pies helados y mojados.

Cárcavo del molino

Volvemos a aparecer unos kilómetros más arriba: aquí los vados están cubiertos de hielo y la corriente pasa por debajo. Además de mojarnos bien, el peligro aumenta debido a que un resbalón en el hielo puede significar, además de un buen golpe, una mojadura completa. Así que lo dejamos hasta encontrar un puente por el que atravesamos el infranqueable Hornija invernal.

Vado helado

Seguimos por su orilla derecha y vemos cómo la superficie del río está helada en totalmente helada en algunos tramos, mientras que el otro el agua discurre por el centro, manteniéndose heladas las orillas. De lejos, ya en el término de Villalar, vemos los restos del Molino Nuevo, pero no nos acercamos.

Finalmente entramos en Pedrosa por la torre de Santa Cruz y aprovechamos para contemplar algunos edificios que muestran la esencia de lo que  fue la arquitectura popular de esta zona peculiar donde abunda el barro y la piedra. Uno de ellos, frente al pósito y dos viejos carros restaurados, siempre nos llamó la atención por su curioso soportal en madera que mantiene una galería superior con barandilla de curiosos adornos.

Entre Villalar y Pedrosa, donde las estribaciones del páramo desaparecen

Agradable excursión si no fuera por el fuerte viento que soplaba del oeste. Aun así, como siempre, mereció la pena. Amenazaba lluvia, no cayó ni gota y, sin embargo, entre las nubes se colaron bastantes rayos de sol. Era el undécimo días después de la ventisca y aún permanecía la nieve en caminos y ventisqueros, como puede apreciarse en las fotografías.

Hornija con hielo en las orillas y corriente en el centro

Niebla y sol

Después de la ventisca, unos días de sol gélido. Y después se metió la niebla. ¿Por todas partes? ¡Nooooo! Como siempre en estas ocasiones Valladolid  -valle de aguas, de barros, de charcas, etimológico y auténtico atolladero-, los valles de nuestros grandes ríos y las campiñas se volvieron grises, casi invisibles. Pero en muchos páramos brillaba el sol. Es lo que nos ocurrió en el páramo de La Parrilla, rodeado de nieblas pero donde –a mediodía- brillaba un sol incluso caliente en enero debido a la casi ausencia de viento.

Los caminos se encontraban intransitables, vírgenes desde la nevada, salvo algunos por los que había cruzado algún enorme tractor. Los campos, con grandes manchas blancas. Los cerrales, vallas, majanos y linderos, convertidos en ventisqueros. En el horizonte, las brumas elevándose, queriendo tomar  tomar forma de nube, sin conseguirlo. Y nosotros en medio de todo eso, disfrutando de manera distinta a como lo hicimos el día de la ventisca.

Al páramo subimos por el camino de Valdediego, que nace en la estación de Ariza y llega  casi en línea recta al mismo páramo. Ya arriba, recorrimos el hoyo Bacón, sus islas de encina y roble para meternos por el pinar de Ontorio y bajar a continuación al barco de Valdalar, recorriéndolo hasta arriba, hasta su fuente.

Finalmente bajamos a Tudela por el antiguo sendero de la Parrilla, próximo a la carretera, en el que, por cierto, se resbalaba más peligrosamente por el barro de greda que por la nieve casi helada.

No rodamos demasiado, pues no estaban los caminos practicables y había que buscar otras sendas, es decir, había que progresar a campo traviesa y el suelo no estaba duro, sino más bien blando, presto a formar barro. Pero mereció la pena. Como casi siempre que uno sale por ahí. Mientras, ese día, en Valladolid no salió el sol.

Ventisca en Pucela

Más que nevando, el sábado pasado amaneció con una fuerte ventisca. No cayó mucha nieve, pero la poca que cayó no se derritió y fue arrastrada por un fortísimo viento hasta las distintas abrigadas que pudo encontrar: cunetas, lomas, arbustos, taludes, tapias, cerrales, surcos… Todas las zonas llanas aparecían limpias de nieve mientras que en las irregulares se convirtieron en auténticos ventisqueros. De hecho había caminos intransitables –los que se encontraban más bajos que el terreno de las orillas- y otros totalmente limpios –los que estaban más altos. Otros, protegidos por taludes, se defendieron parcialmente…

En general, los pinares permanecieron limpios, mientras que sus cortafuegos y caminos se cubrieron de blanco. Curiosamente, se podía rodar relativamente bien por unos y otros, ya que la nieve sólo tenía unos milímetros de espesor y el terreno estaba duro como una piedra debido a la fuerte helada.

Eso sí, casi nadie salió en bici y poquísimos a pasear andando. Se pueden contar con los dedos de dos manos los caminantes que me encontré. Únicamente a la altura de Pesqueruela me adelantó un grupo de chavales de Entrepinos que estaban disfrutando de lo lindo con la ventisca. Al igual que yo, se dieron la vuelta poco antes de llegar a la confluencia Duero-Pisuerga debido a que en las hondonadas del camino, al estar llenas de nieve, se quedaban clavadas las ruedas de las bicis y era imposible avanzar. E incluso algo similar ocurría fuera de la pista.

Poco hielo había. El único resbalón con caída se produjo precisamente al atravesar el camino Viejo de Simancas, debido a que los coches habían apisonado la nieve contra el asfalto, convirtiéndola en una dura capa resbaladiza.

Ni qué decir tiene que el paseo hasta Pesqueruela fue agradable y descansado. No así la vuelta, con un viento helado en contra. Gracias a que fuimos por lo más denso del pinar pudimos soportarlo.

Al día siguiente, volvimos a salir a dar un corto paseo. Había nubes, pero de vez en cuando se colaba algún rayo de sol que le daba profundidad y belleza a la nieve aun recién caída. En los caminos por los que no había pasado nadie teníamos que meter más riñones. Los transitados por vehículos todoterreno estaban inmejorables, pues la nieve apisonada estaba en lo justo de dureza sin llegar a tornarse resbaladiza. Daba gusto rodar por estos. En general, el paisaje lucía mucho más agradable que el día anterior.

 

El resumen de los dos días que ya lo adelantamos en Tuiter: mucho viento y poca nieve. Pero todo muy divertido, sobre todo por la rareza de este fenómeno meteorológico en estas tierras.

¡Nieve!

¡El domingo pasado nevó en Valladolid! Gran noticia que no se prodiga. El día siguiente a la fiesta de Reyes estuvieron cayendo copos durante varias horas. Bien es cierto que no cuajó -¡eso ya hubiera sido demasiado!- pero en los páramos y en el sur de la provincia llegó a desplegarse un manto blanco que por la noche se helaría.

Naturalmente, a nadie se le ocurrió salir en bici. De hecho, yo me hice 20 km y sólo me encontré con otro ciclista, que iba por la carretera. ¿Para qué salir con el frío que hacía y con el peligro de que lloviera o… nevara? Eso es lo de menos: siempre es bueno dar un paseíto. Y si el tiempo lo pretende impedir, pues entonces que sea corto para no provocar. Durante los diez primeros kilómetros cayeron unas gotas de agua, algo inapreciable. Durante los diez últimos se puso a nevar con ganas y me calé… bastante. O lo que uno se puede calar en sólo 10 km.

¿Qué ruta elegir? Casi era lo de menos, pero si había algo de nieve cerca, mejor, pues en Valladolid no había cuajado. Sin embargo, en Valdestillas, sí había nevado algo. Aunque hace una semana me había dado un paseo por allí, no importaba repetir. Bueno, realmente no era una repetición, pues el paisaje estaba muy cambiado a causa de las manchas de nieve, como puede apreciarse en las fotos.

 

De manera que volví al Pino-que-todo-lo-ve blanco (ahora). Esta vez el trayecto trascurrió casi todo por viñedos. La subida al Pino fue cruzando los majuelos de Campo Viejo por el camino de Serrada. Según subía la cuesta, la nieve aumentaba, de forma que las laderas cercanas al Pino estaban totalmente blancas. Y plagadas de huellas de conejos.

Ya en el Pino, era una verdadera delicia contemplar grandes extensiones manchadas de blanco hacia los cuatro puntos cardinales. La vista alcanzaba muy bien hasta las laderas de los páramos de Alcazarén, Mojados, Portillo, Cerrato y Torozos. Se veía sol en los Montes Torozos y una horrible borrasca gris oscura sobre Mojados.

Luego, a rodar un poco entre viñas en dirección a Serrada, pues en la llanura sobresalía la punta de la torre de su iglesia. Después, en los campos del sur se divisaba la silueta de las iglesias de Ventosa, Pozaldez y Matapozuelos. Todo vestido de blanco.

Finalmente, bajé la cuesta a campo traviesa entre la nieve y, como el temporal arreciaba con sus copos helados, acabé en la cañada de Salamanca en dirección a Valdestillas, precisamente en contra del viento y nieve. Y había que rodar rápido para no terminar muy calado.

Me asomé al cauce del Adaja, que bajaba con poca agua; esperemos que siga nevando o lloviendo.

Nieva

20 febrero 034

Cuando hace mucho frío, o llueve, o nieva, uno siempre duda si salir o no. ¡Bbbrrrr! Pero si acabas saliendo no sueles arrepentirte. Fue lo que nos ocurrió esta mañana. Toda la noche lloviendo y nevando. En las afueras de Valladolid, un fino manto blanco estaba cuajando…

20 febrero 0

¿Qué mejor que salir por el pinar? Es lo que hicimos, y llegamos hasta el monte Blanco. Tanto los pinos como las encinas estaban preciosos, con su adorno blanco. Los caminos estaban cubiertos y la arena, con alguna excepción, dura. A las once caía nieve fina, luego aguanieve, en el monte Blanco nevaba copiosamente y al avanzar por las estrechas veredas las ramas de las encinas llenaron de nieve, y al cruzar de nuevo por el Pinar de Antequera llovía ligeramente.

NIEVE 005

Ciertamente nos mojamos bien, y nos calamos especialmente manos, pies y piernas. Pero mereció la pena: al llegar a casa, ducha caliente y almuerzo para recuperar calorías. ¿Seguirá nevando? No parece, la tarde fue soleada.