Sofocante madrugada cerrateña

No sólo en la ciudad y no sólo por el día. En los páramos y valles del Cerrato, a eso de las tres de la mañana, continuaba haciendo un calor sofocante. Nunca de madrugada habíamos pasado tanto calor. Pero estábamos en plena ola, haciendo la transición del día 16 –Virgen del Carmen- al 17 de julio.

Además, los caminos rezumaban y soltaban polvo, cuando lo normal es que a esas horas estén ligeramente húmedos y no levanten polvaredas, típicas con el calor del día.

O sea que eso de polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga porque cruzaba por la terrible estepa castellana con el ciego sol, podía repetirse en la madrugada de un 17 de julio bajo la estrella Polar y la luna menguante…

Salimos de Cubillas de Cerrato para subir al extremo este del páramo de los Infantes, aun de Valoria la Buena. Entre encinas y campos segados y por segar, cantos de grillos, guiados por la Polar que asomaba en lo alto del cielo donde no llegaba la suave neblina, llegamos a la ermita de la Virgen del Monte, que se asoma a los valles de los arroyos Maderano y Rabanillo, donde también se asienta, a horcajo de ambos, Cevico de la Torre, convertido ahora en un poblado de luz.

Junto a la Virgend el Monte

Sin miedo pero con cierto de riesgo, atravesamos el páramo Angosto por un camino muy irregular de yeso convertido en torretera. Un curioso todoterreno con una rara y fuerte luz naranja en su techo y rodeado de una nube de polvo, apareció y desapareció ante nosotros ¿o era un OVNI? Para mayor dificultad y suspense en el trayecto, a una rueda se destalonó pero, a Dios gracias, pudimos volver a hincharla y seguir la ruta.

En las cercanías de Vertavillo, la tímida luna –que había emergido del horizonte sin ser vista- dejó la nube donde se había refugiado y nosotros apagamos las linternas para el resto del trayecto. En Vertavillo vimos un alma, lo que no es poco, y nos acercamos a la fuente, junto a la iglesia.

Luces de Cevico de la Torre

Rodamos largo y tendido, con brisa caliente y de espalda, por el valle del arroyo Madrazo. Visita a Población de Cerrato y su barrio de bodegas y, desde allí, recorrimos el último trayecto que nos dejó en Cubillas. Unos dos kilómetros antes, no sé si porque realmente bajó la temperatura o porque habían regado en la zona, notamos -¡por fin!- un agradable fresquito. Cuando llegamos a Cubillas estaban dando en el reloj las tres de la mañana.

Aquí, el recorrido, de 34 k. Abajo, una de las estrofas de Castilla de Manuel Machado.

El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Nocturno de cerratos sin luna ni estrellas

Es obvio que las salidas nocturnas nada tienen que ver con las habituales diurnas. De hecho son escasísimas y normalmente se deben a retrasar o ampliar el horario de las segundas. Pero precisamente porque son muy infrecuentes, sorprenden.

Por la noche funciona el oído. Sobre todo si hay poco viento. Se oyen todo tipo de animales que se mueven, se oyen pero no se ven. Aves nocturnas, normalmente rapaces; mamíferos como conejos o zorros que mueven la maleza; ramas que se agitan más de lo normal; crujidos extraños en el suelo; ruidos lejanos que no se sabe exactamente si son naturales o humanos… O sea, la noche es el reino del sonido. Tal vez los animales se han acostumbrados a vivir más tranquilos durante estas horas en las que el hombre está ausente y se aprovechan.

Pero por la noche también se ve. Uno se asombra de que el ojo se acostumbra bastante bien a esa penumbra que proviene de las nubes, tal vez porque dejan pasar resplandor de la luna o de las ciudades más cercanas. Es lo suficiente para rodar por un camino sin salirse de él. Y no digamos ya si hay luna, aunque sea un cuarto.

Al pasar por Villanueva

De manera la última salida fue diferente. Ya habíamos rodado por paisajes del valle Esgueva y Cerrato. Pero  no por esos mismos, pues los conocemos claros, claros como la luz del día. Y ahora estaban oscuros o en penumbra. Eran diferentes, tan diferentes que eran otros.

Teníamos la esperanza de disfrutar de una noche con luna, pero no fue posible. Había luna llena, pero también nubes, así que la vimos durante algunos minutos al principio y luego se ocultó. Una pena, pero aun así la excursión mereció la pena con creces.

Subida por las Victorias

Partimos de Olmos de Esgueva cuando aún se veía una tenue luz por el oeste. El carril bici nos llevó hasta el puente de Villanueva y, tras cruzar la localidad, fuimos ascendiendo poco a poco por el barco de las Victorias. Primero, un valle ancho que todavía guardaba un poco de luz gracias al yeso blanco de la falda, luego las laderas se fueron mutuamente acercando hasta que apareció el monte de robles, momento en el que nos metimos en un auténtico túnel obscuro. No obstante, pudimos pararnos un momento a ver un pozo manantial seco en la orilla derecha.

Arriba nos esperaba la cañada real Burgalesa, y por ella rodamos hasta los corrales del Raso, donde giramos por el camino de Piña. Desde la casa del Monte, en el cerral, se veía Piña perfectamente iluminada, algunas cosechadoras trabajando y, en el cielo, una luna prisionera de las nubes. El valle Esgueva era una gran hondonada negra…

Piña desde la casa del Monte

La bajada fue lo más peligroso de esta excursión. Pusimos la luces frontales, nos encajamos bien los cascos y ¡hacia abajo! Algún pequeño derrape sin mayor importancia y estábamos en Piña.

Otra vez por el valle, ahora rodando con el viento a favor hasta la espadaña de Mazariegos, que, naturalmente, se encontraba en tinieblas. Y otra vez a subir por la colada del cordel de Cuento el Sordo, que nos llevó hasta el mismo cordel. El ascenso fue largo y suave, sin problema.

En Mazariegos

Rodando por una lengua de páramo con asomadas a la Sinova y a Villavaquerín, llegamos al páramo de la Dehesa, donde se inicia una larga bajada que nos dejó en un Olmos durmiente. La noche, aunque sin luna, había sido una buena experiencia. También agradecimos rodar con un ligero cortavientos después de un caluroso día. Las noches de esta provincia son siempre frescas.

Este fue el recorrido.