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Olivos y encinas

22 marzo, 2020

El Cerrato termina en La Cistérniga, Tudela, Valladolid. Ahí vemos un pequeño collado en el cerro de las Encinas, entre Tudela y La Cistérniga; son las estribaciones cerrateñas que quieren asomarse al Duero. Bajo las encinas, casi en el centro de la fotografía, un pequeño olivar. Antes se podía cruzar por ese camino: recuerdo un Domingo de Ramos del siglo pasado que me empapó aquí mismo un fuerte aguacero; casi no salgo debido a la arcilla que se me pegaba en las ruedas… Ahora este campo está cercado. La fotografía es de hace 11 años: 22 de marzo de 2009.

Tres mamblas y un olivar

14 septiembre, 2015

mamblas

¿Por qué no rodar hasta las Mamblas de Tudela, desde Valladolid? Hace tiempo que no vamos por allí y el día es ideal para salir en bici.

Al fondo, el cerro San Cristóbal

Al fondo, el cerro San Cristóbal

Nombres de las elevaciones entre el páramo y el valle

Mesas, cabezos, picones, morros, lomos, muelas, mamblas… todos estos nombres bautizan accidentes geográficos que recuerdan el significado de la forma a la que se refieren. Además, se comprende muy bien en nuestro páramo cuya falda es un larguísimo festón sin resaltes especiales. En cuanto aparece una mambla, o una mesa, ya hay una referencia clara y distinta. Por eso, estos nombres se han utilizado históricamente como referencias para situarse en el terreno. Una mambla, por si alguien lo duda todavía, es una elevación del terreno con forma de teta (viene de mámmula, diminutivo de mamma).

Las mamblas de Tudela desde la de Villabáñez

Las mamblas de Tudela desde la de Villabáñez

Crestón con tres mamblas, collados y cotarros

Y ahí están las tres mamblas: dos en el término de Tudela y otra, la última en formarse –se supone- en el de Villabáñez. Separan las vertientes del Duero –al sur- y del Jaramiel, al norte. Desde San Llorente de la Vega se puede venir sin descender del páramo hasta las inmediaciones de Villabáñez, donde el ras desaparece para convertirse en una línea formada por mamblas y otros cerros. El Pico del Águila es el último punto del páramo, de ahí se cae al collado Peñalba –que une Villabáñez con esta localidad- y aparece la mambla más joven, denominada simplemente Pico de la Mambla, de 836 m de altura. El collado de Tudela es el punto más bajo que hay entre esta mambla y el Cotarro del Coscorrón -780 m-, luego vendrá el Cotarro Griego -776 m- con sus cárcavas, la siguiente mambla o Pico de la Cuchilla -842 m- y la mambla más exterior o Pico de la Mambla -otra vez- de 827 m. A sus pies, el Jaramiel tuerce directamente hacia el sur pues no hay elevación alguna que le separe ya del Duero, para desembocar en sus aguas. Precisamente en esa curva impide el paso de la senda de los Aragoneses, que le tiende un puente.

El perfil que forman estas elevaciones es algo así como la línea del vuelo de un pito real. Hacia el sur las laderas tienden a la vertical mientras que hacia el norte la inclinación es suave, pues el Jaramiel fue menos agresivo que el Duero. Antaño, vistas de lejos, eran de un blanco grisáceo. Hoy ese color lo conservan casi sólo para la cima, pues las laderas son verdes debido a los pinos de repoblación.

El cerro de las Encinas desde el páramo

El cerro de las Encinas desde el páramo

Cerro de las Encinas

Subimos al cerro de la Cistérniga por la carretera de la urbanización El Páramo, y nos acercamos hasta un disminuido ramal de la Cañada Real Leonesa que cruza este páramo desde Renedo para bajar a la finca el Retamar y seguir hacia Tudela junto a la autovía. En la bajada, los ganados abrevaban en la fuente de Santa Cruz, que ya no existe.

De ahí nos desviamos, por un collado, hasta coronar el cerro de las Encinas, perfecto mirador de un vasto territorio. De hecho, en el punto mismo donde se divisa todo el valle del Duero de Este a oeste hay abundantes restos de cerámica. Tal vez perteneció a una vieja torre de vigilancia. Aunque es de encinas también vemos matas de roble y algunos olivos jóvenes.

El olivar

El olivar

El olivar

A nuestros pies, un olivar. No es joven, como los que se han plantado hace poco en los términos de medina de Rioseco, Castrillo Tejeriego o Rueda. Tiene sus años, no tantos como el de Pozaldez. Y está vivo, no como el que hubo en el Camino Viejo de Simancas, que desapareció hace casi veinte años con la ampliación de la carretera y la construcción de urbanizaciones. Nos acercamos a él para volver sobre nuestros pasos, pues parece que está en una finca sin salida (el antiguo Le Patriarche).

Minas de yeso

Y en estas, bajamos –y subimos- a las dos primeras mamblas, que hasta mediados del siglo pasado estuvieron dedicadas a la explotación de yeso. De hecho, todavía podemos visitar –¡ojo, peligro, pero… qué fresquito hace dentro!- una de las minas, muy amplia, parece ocupar toda la sección de esa mambla. En la otra, de la Cuchilla, no queda abierta ninguna mina. Y la que está en el término de Villabáñez no ha sido explotada para yeso. En las laderas de todas ellas abundan las maclas de yeso. Las mamblas tienen esta forma debido a que han perdido la capa protectora de caliza.

Galería de las minas

Galería de las minas

Las dos de Tudela tienen una pista que conduce hasta las minas, donde dejamos las bicis para hacer el último tramo a pie. La tercera no tiene camino, pero fuimos a campo traviesa rodando hasta donde se inicia el monte bajo, donde echamos pie a tierra.

y un vasto panorama

Las mamblas y el cerro de las Encinas están situados en una zona estratégica desde la que se controla el paso por el Duero –y también el camino desde el sureste hacia Valladolid- y que resultaba especialmente clave en épocas de guerra o conflicto. Por eso, en sus inmediaciones se han encontrado abundantes restos de distintas épocas, como la villa romana de Fuente de la Vega, y F. Wattemberg situaba al norte, junto al Jaramiel, el poblado vacceo de Accontia, pero no llegó a encontrarlo. Además, por aquí cruzaba la calzada romana de Simancas a Clunia y, ya en época medieval, la concurrida senda de los Aragoneses. Y poco antes de llegar a las mamblas cruzamos junto al lugar donde se levantó la ermita visigoda de El Monte y el poblado de Santa Cecilia.

Campos de Tudela con la acequia en primer plano

Campos de Tudela con la acequia en primer plano

Aunque se tiene constancia documental de la existencia de castillos y fortalezas, no se han conservado debido a que corresponden al momento en que se iniciaba la reconquista en la línea defensiva del Duero, superada enseguida una vez repoblada.

Bueno, el caso es que son miradores perfectos para contemplar el valle del Duero, que precisamente aquí pasa de ser un valle relativamente estrecho, pues discurre encajonado entre páramos, a ser casi una amplia cuenca entre lejanas cordilleras…

Desde la Cuchilla

Desde la Cuchilla

Para terminar, el Priorato del Duero

De la mambla de Villabáñez nos dirigimos, cruzado el Canal, al antiguo Priorato del Duero, fundado por monjes de Santo Domingo de Silos, conocido también como Monasterio de Santa María de Duero o de las Mamblas. Cayó en el siglo XIX con la desamortización y el nuevo titular lo dedicó a explotación agrícola. Ahora parece que está vacío y tranquilo, sin actividad ni movimiento. Al menos al exterior no queda nada que le identifique como el viejo priorato.

No obstante, se trata de un lugar lleno de historia y misterio, pues se han encontrado restos neolíticos, de la II Edad del Hierro, romanos, medievales y hasta del siglo XVII. ¿Qué tendría este lugar, hoy abandonado, para que todos quisieran instalarse sobre él? Habrá que estudiarlo, pero también sentirlo aquí mismo…

El Priorato

El Priorato

Seguimos camino hacia Valladolid por Tudela, cruzamos el pinar de Santinos, donde hay un yacimiento romano y hubo una aldea visigoda llamada de San Tinellos. En Herrera visitamos la pesquera, donde trabajó una vieja aceña. Luego, por el Canal de Duero llegamos a la meta, Valladolid. Hemos recorrido casi 60 km.

Tierras del Verdejo

14 octubre, 2010

Como el día anterior al domingo pasado diluvió, no era cuestión de arriesgar en la salida para encontrarse con algún barrizal. ¿Algún sitio mejor que la tierra del Verdejo para rodar en tales condiciones? Efectivamente, los caminos estaban empapados, con bastantes charcos, pero no había nada de barro. Sólo arena y grava. Para colmo, el día amaneció estupendo a pesar de los malos augurios. Sol y nubes. Viento suave y fresquito; pero ningún chubasco se cruzó en el camino, así que… ¡adelante!

Entre Serrada y La Seca vemos los primeros viñedos del recorrido; son de Verdejo y ya están vendimiados. Tanto la subida desde Serrada como la bajada a La Seca, ésta desde la ermita de San Roque, ofrecen espléndidos paisajes de los dos pueblos, recostados en sus respectivas vegas.

Desde La Seca a Rodilana ¡qué bien se distingue la torre de su iglesia! el paisaje es similar, pero también distinto. Levantamos las primeras avutardas.
Entre Rodilana y Pozaldez se impone una parada en la fuente del Angelillo, casi oculta en la maleza. Tiene un curioso puente o pasarela de madera, no muy común en estas latitudes, y dos o tres piedras de lagar aprovechadas como mesas para el merenderos. Y árboles, todavía no muy altos.
Ya casi en Pozaldez paseamos por un viejo olivar ¿el único que queda en la Provincia, con el de La Cistérniga? El terreno está mullido pero los árboles tienen demasiados brotes bajos o chupones. La estampa de las torres de San Boal y Santa María se muestra imponente desde el olivar.


Pasamos por el pueblo sin parar para detenernos en el pozo de Santa Rita, que ya no existe. Pero ahí sigue buena parte de sus almendros, álamos, fresnos y negrillos, ofreciendo frescor al caminante o rodador. Por cierto, ¡qué sabrosos almendrucos!


Otra parada en el viejo castillo. O en sus ruinas, murallas de calicanto caídas y troceadas alrededor de la plataforma –en forma de cuña- donde se levantara hace siglos. Sólo está erguido un muro de lo que pudo ser torre. El sitio posee el encanto de los lugares legendarios y comparte buena vista con el pueblo en cuyo término se asienta; ya se sabe que Portillo y Pozaldez desde los infiernos se ven.  Y así, aprovechamos para pasar revista en la profundidad del paisaje: Olmedo, Hornillos, Alcazarén, Mojados, Aldea de San Miguel, Portillo, Villalba, la torre de Matapozuelos y, por supuesto, Pozaldez sobre su alto llano. Desde luego, la fortaleza no se levantó aquí caprichosamente.


El camino hasta Ventosa de la Cuesta es más feo, pues pasamos junto a la vía del tren de alta velocidad. Pero la pequeña carretera es simpática son sus curvas y subidas. Ventosa, señorío y sepulcro del maestro Alonso Berruguete, participa también de amplias vistas panorámicas. ¿Quién dice que en tierra llana no hay miradores?
Y a Serrada, salida y meta, llegamos  por un camino que recorre su vega a media altura. ¡Qué bien se rueda por la grava cuando ha llovido!

Olivares del Cerrato

28 septiembre, 2009

Jarmiel64 km aprox

El pasado verano hicimos este recorrido del que todavía no habíamos dado cuenta. Seguro que el otoño -recién llegado- es mejor época para rodar que el caluroso estío dejado atrás. Y es que los ciclistas y caminantes vivimos los meses y las estaciones como vivimos los caminos: caminante, no hay verano, se hace verano al andar…

Olivos

Lo primero que nos llamó la atención después de una suave subida al páramo –Villafuerte está ya alto- fue el joven olivar que se cultiva cerca de Castrillo. Los olivos, aquí mas arbustos que árboles, cuentan con sus espalderas para facilitar la recolección. No hay demasiados olivares por la zona; solamente el que está entre Tudela y La Cistérniga, ya cerca del Duero. Desde el cerral próximo pudimos contemplar  el valle del Jaramiel y la ermita de Capilludos, en la ladera.

En Castrillo abundan las fuentes. ¡Qué agua tan fresca y agradable en pleno verano! Luego, bordeando el páramo de las Atalayas, en cuya cuesta aún se levantan algunas (o sea, algunos robles y encinas de buen porte) nos metimos por el vallejo de la Peña Trastornada. Por cierto: ni este manantial ni el del tío Herrero ni el del Chopón manan. No existen ya.

Corraliza

A mitad del vallejo, una antigua corraliza con su chozo en relativo buen estado. Y entre matas de roble y encina, llegamos a la rasante de la paramera.

Pero poco duramos arriba. Por el camino de Valdebodega enfilamos de nuevo el valle -esta vez cuesta abajo- hasta llegar al poblado –despoblado realmente- de Jaramiel de Abajo. Al menos sirve para que las golondrinas aniden tranquilas en esta ruina.

Más subidas y bajadas. Más encinas y robles. Espadañas del Jaramiel. Pozos. Tierras onduladas. Finalmente, una amplia pista -en realidad el firme de una carretera en construcción- nos deja, después de pasar junto a la fuente del Cura, en Piñel de Abajo, en una pradera con álamos y fuente. ¿Qué mejor sitio para descansar y reponer energías gracias al queso, chorizo, pan, vino y agua?

Robles

En la próxima entrada contaremos la vuelta. Pero estas tierras y valles del Cerrato tienen, la verdad, su especial encanto con tanto recoveco adornado de viejos robles, testigos de otros tiempos y otros modos de vida. Tal vez aquí todavía se mantiene, por alejado y en parte incomunicado, la vieja esencia de la dura y sobria Castilla.

  • Sobre el origen de Jaramiel

Este valle se encuentra en la comarca del Cerrato y entre dos ríos: el Esgueva al Norte y el Duero al Sur. Jaramiel puede ser el diminutivo de Jarama (del celta sara, arroyo o flujo de agua y maith con el significado de bueno), es decir, arroyo bueno. Para otros sería de origen celto romano (sara, arroyo, y mel con el significado de miel) arroyo de la miel. Por último, también podría derivar de una mezcla del árabe xara (mata), del ibérico am, sierra o altura, y de la desinencia latina ellus (pequeño), que significaría arroyo de los matorrales.  Lo que sí es cierto es que nuestro Jaramiel de hoy es verdaderamente eufónico…